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Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad
Fecha: 04-Feb-17 « Anterior | Siguiente » en Intercambios

Diario de un Consentidor - 99 Juntando las piezas

Mario
Accesos: 17.552
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 64 min. ]
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Esta es una historia de deseos, emociones, placeres, dudas, decisiones y pensamientos, es la historia del camino que nos llevó a Carmen, mi mujer, y a mí a lanzarnos a vivir las fantasías inconfesables que sin saberlo compartíamos en silencio cada vez que hacíamos el amor Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Capítulo 99

Juntando las piezas

Mullido. Es la palabra que se le viene a la cabeza para definir las sensaciones que tiene en ese momento. Refugiada en el costado de Tomás apoya la mejilla en su pecho. Está recostada, descansa el brazo en su estómago y ha subido el muslo sobre el de él. De ese modo consigue un precario equilibrio que le evita caer de vuelta a la cama.

Tomás es más grueso de lo que aparenta vestido pero es mullido, blando, de tacto suave y agradable. Tiene una capa de vello corto, seguramente se lo arregla con regularidad. Sus axilas aparecen cuidadas, exentas de antiestéticas melenas. Huele bien, no identifica la colonia que usa pero más allá percibe el aroma masculino, olor a hombre, limpio, excitante.

Le sorprendió desde el primer instante. Los besos en el hall parecían no pedir nada más, solo caricias suaves, sensuales. Caricias expertas que buscaban agradar, excitar la piel sin buscar lo obvio, lo que la mayoría de los hombres pretenden en segundos. No, Tomás no tenía prisa, parecía estar más preocupado por dar placer, por conocer su silueta. No, definitivamente no tenía prisa por salir de aquel pequeño hall.

Se sintió desarmada, no esperaba tal arrebato de pasión en ese momento, cuando tras la tregua del café ya daba por hecho que Tomás aceptaba su postura, que se rendía, había renunciado al debate que ella dio por ganado. Así tuvo ocasión de entender las razones que le inducían a refugiarse allí, a buscar su compañía, su conversación, su amistad. Era otro triste solitario como ella.  En realidad no buscaba nada más, puede que hubiese pensado mal, acostumbrada como está a ver el lado oscuro de los hombres.

De nuevo lo había acompañado a la puerta. Entonces, justo cuando estaba a punto de marcharse…

—¿Qué te pasa?

Carmen cree ver algo, capta un signo de tristeza en el instante en que Tomás hace un amago de despedida. Lo detiene. Él la evita, tiene los ojos brillantes. ¿Qué le está ocurriendo? Puede que haber hablado de su fracaso matrimonial, de esos hijos que hace tiempo tomaron partido y le ven como un enemigo le esté poniendo difícil la marcha. «Vamos» dice Carmen intentando apaciguar esa emoción contenida,  esa incipiente angustia. Toma una de sus manos y nota como él aprieta con fuerza, como si fuera un salvavidas al que aferrarse. «¡Tomás!» exclama para frenar ese arrebato fuera de lugar. Quizás él se siente interpelado, puede que interprete mal esa llamada, lo cierto es que ya no se contiene y surge el beso.

Carmen no reacciona, se deja envolver por Tomás que la abraza sin violencia, con ternura. Sus manos le acarician la espalda de una manera suave sin retenerla, le transmiten cariño más que apetito. Su boca recibe un beso delicado que no intenta invadir. Es una caricia, una leve presión que roza y sensibiliza sus labios. Ha cerrado los ojos, ha cedido, se entrega a ese arranque de pasión inesperada. ¿Por qué? Por debilidad, por soledad, por tristeza. Esas manos que recorren su espalda masajean levemente, sin avasallar, sin…

Cuando al fin reacciona se despega, no le mira, está confusa.

—Esto no puede ser Tomás, no puede ser.

Es un reproche si, pero ¿a quién va dirigido?

—Me marcho, hoy mismo me voy de aquí. —concluye con una determinación que no puso en su anterior frase.

Tomás parece abatido, entonces se repone y toma el pomo de la puerta.

—No es necesario Carmen, el que se va soy yo, no te volveré a molestar.

Se ahoga. De nuevo ha visto esa nube acuosa en los ojos de Tomás, esa pena que sabe sincera, que intuye a partir de lo que ha podido leer entre líneas, de lo poco que ha dejado caer este hombre solitario, con una vida rota. No, no es inocente del todo, tampoco es el único culpable del fracaso que arrastra y no es capaz de zanjar.

—Espera, no te vayas así.

Carmen le acarició la mejilla, luego deslizó la yema del pulgar por su ojera para retirar la humedad que comenzaba a brotar. Tomás ahogó un lamento. Sus miradas se cruzaron. ¿Por qué, por qué siente como propia esa pena que ve en sus ojos? Eso la desarma, la deja sin defensas y Tomás lo reconoce en la expresión de su rostro. Por eso se ha acercado, por eso ha vuelto a besarla, porque adivina que no va a encontrar oposición. Tampoco pretende abusar de esta tregua, solo busca refugio, a estas alturas sabe que ella está tan necesitada de cariño como él. La envuelve en sus brazos, la besa con delicadeza, la arrulla, la acaricia como si temiera romperla y se olvida del tiempo.

Cuando por fin, aún no sabe cómo, llegaron al dormitorio Carmen había intuido que esos hábiles dedos podían hacer grandes cosas. Tenía una ingenua esperanza en lo que estaba por pasar y se dejó desnudar, y lo desnudó. Sabía lo que se iba a encontrar; un hombre maduro, tierno, sensible en las formas. Esperaba que lo fuera en el cuerpo a cuerpo.

Dejarse mirar de nuevo por un desconocido, desnudarse ante un hombre por primera vez, ver su expresión de asombro es algo que la conmueve, que comienza a ser adictivo. Tomás no la decepcionó. Durante unos segundos la observó de lejos como si fuera una escultura del Louvre, luego se acercó y llevó una mano muy despacio hacia ella hasta tocar su hombro, «¡Dios!» murmuró más para sí mismo. Avanzó hacia la clavícula. Carmen lo percibió como una pequeña descarga eléctrica, Tomás llevó la mano izquierda a su cadera y dejó que viajara hacia atrás palpando con exquisito cuidado su nalga. Ella bajó la mirada, el pequeño pene temblaba erguido por la excitación.

¿Qué poder tiene en las manos este hombre? A partir de ese momento no dejó de acariciarla ni un instante. Carmen nunca había sentido tanto en su piel. Fue como si se desplegase, como si se abriese en forma de alas majestuosas y toda su piel vibrase al contacto de los dedos de Tomás que, lejos de buscar las zonas erógenas le hacía vislumbrar el clímax iniciando un camino con las yemas de los dedos avanzando por las palmas de sus manos, las  muñecas, siguiendo lentamente por los brazos hasta pasar rozándole las axilas. Visitó la base de sus pechos, dibujó una a una el contorno de sus costillas, acarició las caderas, recorrió sus muslos y se deslizó como un rayo por sus piernas insinuándose por la planta de los pies apenas un segundo. Desapareció y cuando todavía estaba expectante por su ausencia rompió el silencio  palpando donde menos lo podía esperar. Todo un exceso de sensaciones.

Así alcanzó el primer orgasmo, fue una oleada de placer. Bastó que posara un dedo entre los hinchados labios y se rompió, gimió, se estremeció.

Y rompió a reír.

«Quieta, no te muevas», le dijo y ella obediente, no se movió. Y siguió el suplicio, su piel sensibilizada al máximo volvió a ser recorrida por los dedos del verdugo y ella, entregada, no contuvo los gemidos de placer. «No puedo más», suplicaba, «Si puedes», y aguantó. Sus pechos por fin fueron el centro de atención y gritó al sentirse por fin satisfecha en su anhelo y poco duró porque Tomás supo encontrar el modo de martirizarla. Carmen colapsó una vez más y entre estertores moría de nuevo. «No puedo más», «Si puedes», decía implacable. «Si», reconocía ella, y por fin atacó con la boca y besó el lugar sagrado y ella le abrazó con sus muslos para retenerle allí, pero no, no la iba a dejar dominar, esa vez no. La separó con suavidad, abrió sus piernas y jugó con la lengua con la misma delicadeza que utilizó con los dedos y Carmen se abatió una vez más.

—Demasiado pronto niña, demasiado pronto, ahora tendré que empezar de nuevo.

—¡No!

Y derramó una lenta lluvia de besos cortos, suaves en la misma entrada húmeda, cálida, palpitante y a cada beso Carmen gemía como si la estuviesen clavando un puñal. Tomás manejaba la punta de la lengua con habilidad, conocía bien el mapa, y a cada temblor que provocaba respondía con un beso para aplacar el orgasmo, luego seguía atacando la erguida cumbre indomable, la cubría con sus labios la rodeaba con la lengua hasta que Carmen volvió a explotar.

Solo entonces, derrotada una vez más, Tomás avanzó entre sus muslos.

—Eres un sueño hecho realidad, eres maravillosa.

Carmen lo abrazó, le necesitaba dentro de ella, le necesitaba ya.

Fue algo rápido, estaba preparada y él no aguanto demasiado. No le importó, estaba exhausta, aquello fue el culmen.

Es un hombre inteligente —se dice a sí misma—, cualquier otro se hubiera retraído por sus limitaciones. No tiene una gran potencia viril y su miembro no alcanza un tamaño ni siquiera mediano. Sin embargo él no se arredra, ha conseguido suplir sus carencias con destreza, con mucha maestría, con arte. La ha mantenido en lo más alto durante… ¿cuanto? Ha perdido la noción del tiempo, tanto que al final ansiaba tenerlo dentro y lo sintió, ¡Dios como lo sintió!

…..

—¿Cómo estás?

Tomás la saca del sueño en el que sin darse cuenta se ha sumido. Carmen dobla el cuello buscando su mirada.

—¿Cuánto tiempo llevo dormida?

Sonríe y se encoge de hombros.

—Lo necesitabas.

—Si, llevo mucho tiempo durmiendo mal. Este trabajo me tiene…

Cómo expresar la tensión en la que vive, cómo hacerle entender la angustia que le produce enfrentarse a si misma, a su reciente pasado, al tránsito que no quisiera haber recorrido y que al mismo tiempo le parece irrenunciable.

Y le cuenta, le dice lo que no le dijo la otra noche en el club. No, era demasiado incluso para una mujer amparada en el anonimato. Ahora es diferente. Está desnuda a su lado y su desnudez alcanza más allá de su piel. Habla, confiesa y se sorprende al escuchar cosas que hasta ahora no consiguió arrancarle a la náufraga.

—¿Y ahora cómo estás, mejor?

—Serena, en una nube, ¿Qué me has hecho?

—Darte todo el placer que he podido. —murmura con los labios rozando su frente en un beso interminable.

Carmen arrastra la mano por su pecho, se pega a él, la pierna que reposa sobre su muslo se frota instintivamente, tropieza con la verga dormida. Carmen la alcanza con la mano, la atrapa.

—Estoy rota —responde mimosa.

—Jamás pensé que podría tener a una mujer como tú y mucho menos que podría satisfacerla.

—Pues lo has hecho, no sabes cómo —Carmen besa su pecho, lo único que alcanza con su boca —¿como puedes ser tan dulce?

—No te creas, también tengo mi genio.

Carmen deja que juegue con las joyas que le atraviesan los pezones, parece estar hechizado con los pequeños aros. Piensa en Mario, ¿reaccionará igual cuando los vea? Seguramente. Tras la sorpresa inicial y las primeras preguntas sus dedos se moverán inquietos como le sucede a Tomás y su atención quedará perdida, atento solamente a lo que sus ojos tienen ante sí.

—¿Te dolió?

Sin duda la pregunta se tornará recurrente. Sonríe.

—Apenas.

—¿Estaba tu marido delante mientras te lo hacían?

No has entendido Tomás; después de todo lo que te he contado deberías haber intuido que…

—No me lo hice para él.

Un silencio, una mirada que interroga, que espera una respuesta. Pero ella no desea proseguir. Mas la curiosidad es insensata.

—Bueno pero, fuera quien fuese… ¿estaba delante?

Carmen claudica. Es como hablar con un niño; al fin y al cabo se ha portado tan bien…

—Él no, ella. Si, estuvo ella delante.

No espera. La expresión de asombro que se anuncia le hace adelantarse a palabras que pueden arruinar una hermosa velada.

—Fue un regalo que me hizo una mujer, una maravillosa mujer y apenas me dolió porque estaba conmigo, cogiéndome la mano. Y era tanta la ilusión que nos hacía que no, no sentí dolor.

Tomás la escucha sin dejar de juguetear con la yemas de índice y pulgar. Lo hace con extrema delicadeza, consiguiendo que el pezón adquiera toda su turgencia, logrando que Carmen perciba cada milímetro de piel de su pecho como si estuviera siendo atacado por una leve corriente eléctrica que crece y acaba alcanzando su clítoris.

—¿Es tu…?

—¿Amiga, amante, novia? Es todo eso y puede que más, aún no lo sé, es pronto para decirlo.

Tomás tira con cuidado del aro estirando el pezón, calibrando el efecto que causa interpretando el rostro de Carmen. Ella se deja hacer; imagina a Mario. ¿Jugarán así? ¿Cuándo?

—¿Cómo es?

—¿Cómo es qué?

Tomás sonríe con timidez, algo avergonzado. Asoma en esa sonrisa el niño que fue. Sus dedos hacen girar el aro a través del pezón. Despacio, muy despacio. Leves espasmos comienzan a nacer allá abajo, la humedad brota.

—Hacer el amor con otra mujer.

Baja los ojos tras confesar su morboso pensamiento, la imagen que ha surgido en su mente al saber que ella es bisexual. Carmen lo observa con cierta condescendencia. Es tan previsible todo.

—Es… diferente. Conoces, sabes perfectamente lo que siente porque es lo que tú sientes, cada caricia es un reflejo de tus caricias. Su piel es suave como tu piel. Sus movimientos están en sintonía con los tuyos, no sé como explicártelo. Todo es mucho más delicado, menos… posesivo, menos agresivo. Todo es mucho menos egoísta. No, no es la palabra adecuada, pero se acerca.

—Entiendo.

Piensa en ella, en sus pechos, en sus caderas, en sus labios. Se recuerda hundiendo  la boca entre sus nalgas y el grito ahogado de Irene. Se remueve intentando sofocar el fuego que nace en su coño.

—No. Tendrías que ser mujer para entenderlo.

Acaricia la pequeña verga que cabe en su mano, extiende los dedos y alcanza los testículos, nota cómo va reaccionando. Tomás se estremece.

—¿Qué me estás haciendo?

—Prepararte.

—¿Cómo?

—Te has ganado un premio.

Es pequeña, cuando se ha situado entre los muslos aún no está completamente erecta. Tomás no se lo esperaba y ha quedado boquiabierto, sin saber cómo reaccionar. «Déjate hacer», le ha dicho.

Parece un niño mirándola con las cejas elevadas, con esa sonrisa bobalicona como si aún no se creyese lo que está a punto de suceder.

Es pequeña, ahora que ha conseguido endurecerla en su boca ya sabe lo que tiene en sus manos. Es la más pequeña de las que conoce, sin embargo puede que sea uno de los hombres que más le ha hecho sentir. Es gruesa para el tamaño que tiene, rosada. El glande redondeado sobresale exageradamente del tallo. Juega con el borde cerrando los labios a su alrededor y escucha los gemidos de Tomás. Ve como encoge el vientre, debe dosificar los estímulos o esto acabara demasiado pronto. Hunde el miembro en su boca, sabe que no va a tener problemas, lo nota en el fondo, escucha la exclamación de sorpresa de Tomás, nota la mano en su cabello, la acaricia, no intenta dirigirla, siempre tan delicado. Tiene dos dedos trabajando a conciencia dentro de su coño. Irene sigue presente. Chupa, lame, vuelve a recorrerla, se dedica al sensible glande, le mira, sabe que sus ojos clavados en los de él mientras se la chupa tienen un valor para el hombre muy especial. No se equivoca, ve su sonrisa de agradecimiento, también nota que está a punto. Se hunde, hasta el fondo, nota los latidos, escucha su gemido, oye la advertencia, llega la descarga, traga, siente el latido en su coño, ¡Oh Dios! Si, frota con urgencia, necesita acabar.

Lame, limpia las últimas gotas con esmero, no quiere mirarle mientras lo hace. Luego sube y se acurruca a su lado.

—Gracias, ha sido increíble, nunca había sentido nada igual.

Carmen no se lo cree pero calla.

Es mullido, blando, agradable al tacto. Su respiración pausada le transmite una sensación de paz.

—Esto no puede volver a pasar, estoy intentando recuperar a mi marido.  Ha  sido precioso pero...

—Lo entiendo, solo desayunar, nada más.

—Tomás! —protestó.

Se despidieron en la puerta, habían pasado dos horas desde que se intentaron despedir. Se miraron, Tomás la tomó por la cintura y la besó. Carmen le echó los brazos al cuello. La bata comenzó a deslizarse dejando su pecho a merced de las manos de su amante. Carmen se escuchó gemir. Un Tomás encendido salvó con urgencia la barrera de la corta bata y atrapó sus nalgas desnudas amasándolas con lujuria, buscando el húmedo hueco entre ellas.

—Ya basta, por favor.

—De acuerdo.

—Tengo que trabajar, si no me lo pones fácil me iré.

—Te lo prometo.

Cuando se marchó, Carmen se quedó pensando en lo sucedido. No entraba en sus planes complicarse la vida de nuevo. Quizás la tensión acumulada durante las últimas semanas y la coincidencia con las páginas que estaba analizando en esos días había provocado ese desenlace.

Se miró en el espejo del baño. Buscaba un reproche, una sensación de vergüenza, algo que le hiciera sentirse indigna, sucia, alguna idea que le hiciese pensar que estaba retrocediendo en su camino.

No la encontró. Lo único que sentía era una sensación de paz que había añorado. Por alguna extraña razón Tomás le había servido como un medio para descargar tensión y así debía afrontarlo, como una descarga no sólo sexual y desde luego Tomas había resultado ser un experto amante.

No obstante algo había cambiado, de una forma muy sutil pero si, algo había cambiado. Ahora si era la amante y algunos pequeños gestos lo evidenciaban. Tomás se movía con soltura por el apartamento. Al levantarse del lecho abrió el armario sin pedirle permiso, sacó una de las batas de “la otra” y se la ofreció.

—Toma, te será más cómoda por la mañanas al levantarte de la cama.

Ella no reaccionó. Acababan de follar y no fue capaz de negarse. Se incorporó y aceptó la prenda que de alguna manera instauraba su nuevo rol.

—No es de mi talla, pero…

—Nunca he tenido una chica tan alta.

Tomás se arrepintió inmediatamente de haber pronunciado esa frase. Miró a Carmen intentando armar una disculpa.

—Claro, no te preocupes, solo es para estar en casa— zanjó ella.

Aliviado, la tomó de las manos y la recorrió con la mirada. La bata solo le cubría medio muslo y se cruzaba con dificultad dejando un profundo escote.

—Bueno, a Mónica le sacas la cabeza; no, algo más; era muy menuda.

Mónica; la otra ya tenía nombre.

—Es… perfecta, te queda maravillosamente bien.

La atrajo y la beso en la boca mientras sus manos la acariciaban de una forma menos delicada.

No, no le gustaba como habían cambiado las cosas.

Entró en el baño y se sentó a horcajadas en el bidet. Le sorprendió la poca cantidad de semen, quizás la edad. Se lavó la boca y tras vestirse, salió a la calle. Necesitaba despejarse antes de reanudar su trabajo.

Esther

Le parece mentira estar haciendo esto. Sentada frente a su hermana pequeña como si en realidad ella fuera la menor de las dos. Está nerviosa y teme no haber logrado ocultarlo. Esther sin embargo transmite serenidad. Se ha demorado en exceso dando vueltas al café y siente los mirada paciente de su hermana que espera a que termine. 

—¿Me vas a contar de una vez qué está pasando? Es evidente que papá sabe algo pero no he conseguido más que evasivas, lo cual me preocupa aún más. Mamá está  triste, hace semanas que no habla contigo, no os vemos y cuando llamo a tu casa Mario lo único que hace es poner excusas; que si no has llegado, que si estás en la ducha. A ver, ¿qué pasa?

Respiró hondo, había llegado el momento de hablar con su hermana,  siempre se habían apoyado. Esther no tenía secretos con ella, la tormentosa relación que mantenía con su marido había sido el punto en el que la relación entre las dos se había terminado de consolidar.

Solo tenía que decidir hasta donde contarle.

—¡Joder Carmen, soy yo! —insistió. Esther se había agachado buscando la mirada huidiza de su hermana.

—Mario y yo... nos  hemos separado temporalmente.

—¡Qué!

—No estoy viviendo en casa, llevo fuera algo más de un mes, pensé que era lo mejor para que pudiésemos reflexionar sobre nuestra relación.

A medida que ha hablado la expresión de alarma ha ido creciendo en el rostro de su hermana. Parece no poder asimilarlo, como si lo que escucha la sobrepasase.

—¿Y dónde… dónde estás viviendo, qué ha pasado?

—Tuvimos una discusión muy fuerte, ambos perdimos los papeles... y yo me fui.

—Te fuiste; tú, te fuiste. No  lo entiendo Carmen, ¿por qué te fuiste tú?

¿Por qué, por qué? Se refugia en la taza, un sorbo, dos, necesitaría beberse la taza entera, dos tazas, una cafetera entera y no tendría la maldita respuesta. Clava la mirada en su atónita hermana que no se acaba de creer lo que está escuchando.

—Tuvimos una bronca, una discusión que se desmadró y...

—Eso ya me lo has dicho.

Se siente acorralada, conoce esa forma de discutir, sabe que no va a ceder.

—Me insultó.

—¿Te insultó? —repite incrédula —¿Mario te insultó?

Claro, no entra en sus esquemas que Mario la insulte, no es concebible si no sabe, si no conoce...

—Puta —acierta por fin a decir.

—¡Te llamó puta!

Asombro, estupor. Esther niega con la cabeza, busca en su rostro esperando algo más, una explicación.

—Y te vas tú de casa, no lo entiendo.

—No hubiera podido soportarlo, se me habría caído la casa encima.

Pero Esther la conoce bien y esa mirada evasiva le da indicios.

—No me cuadra Carmen, ¿por qué llegasteis a esa bronca? Y Mario; no me puedo imaginar a mi cuñado llamándote puta. ¿Qué más ha pasado que no me has contado?

No puede más, no pude seguir callando, la tensión es insoportable, si pudiera huir, si pudiera salir corriendo.

Siente la mano que aprieta la suya, con suavidad.

—Tranquilízate, vamos, cálmate.

¿Calma? ¡Si está tranquila!. Aunque su respiración no indica eso, ese temblor que agita sus manos tampoco. Está tranquila, fatalmente tranquila.

—Me he acostado con un hombre.

—¡Joder Carmen! —se vuelve hacia los lados. Ha subido tanto la voz que ha levantado la curiosidad de las mesas cercanas. —¿Que has hecho qué? ¡Estás loca!

—Delante de mi marido, con él. Varias veces.

Ya está dicho, ahora es Esther la entra en crisis.

—¡Carmen!

No acierta a decir nada más, está bloqueada, la mira con la boca abierta entre sorprendida y asustada.  Superado el primer escollo Carmen entiende que debe contárselo desde el principio.

—¿Te acuerdas el año pasado, cuando nos fuimos a Sevilla antes del verano? —Esther hace memoria y asiente —Mario se inventó un juego, era una bobada, nadie nos conocía y me hizo pasar por un ligue, yo no era su mujer sino su plan. La idea era darle un poco de morbo al viaje, nada más. Salimos con un compañero de Mario y me presentó como su ligue, una mujer casada que se había ido con él a pasar esos días a Sevilla. Todo era muy excitante, nadie me había tratado así desde que estaba soltera, aquel chico intentaba ligar conmigo, yo era una mujer casada y Mario se encargó de dejar claro que estaba disponible. Además aquello le daba un puntito de golfería que me excitaba. Pero se fue complicando, Mario y yo comenzamos a jugar más fuerte, nos inventábamos cosas cada vez más atrevidas...

—¿Cómo de atrevidas?

Duda, no sabe qué contar y qué callar. Esther la empuja a continuar.

—Tonterías para excitarnos, fantasías en las que implicábamos a Carlos. Nos provocábamos a ver si éramos capaces de subir el listón en la ficción que nos habíamos creado. Si Mario me había presentado como una esposa infiel que se había marchado con su amante a Sevilla yo fui más allá y me inventé una historia de una orgia con unos amigos sevillanos que explicó un retraso de Mario en el congreso una mañana.

Esther parecía preocupada mientras escuchaba la historia que desgrana su hermana.

—El problema es que, a medida que Mario y yo fuimos tejiendo nuestra historia, no nos dimos cuenta de que Carlos se iba enganchando más y más conmigo. A Mario le excitaba escuchar como Carlos le hablaba de mí, de sus intenciones, pensando en que nunca llegarían a realizarse y a mí...

—¿A ti, qué?

—No sé Esther, no sé cuando perdí la perspectiva.

—La perspectiva. ¿Qué pasó con el tal Carlos?

Esther comenzaba a irritarse.

—En Sevilla nada, o casi nada aunque estuvo a punto.

—¡joder Carmen, es que no me puedo creer lo que estoy oyendo! Casi nada dices. En Sevilla, ¿Y luego, que pasó luego?

—Nos fuimos de allí dejándole plantado, fue muy violento, se sintió engañado.

—¡No te jode! —Esther y su lengua, pensó Carmen.

—Después del verano volvimos a las andadas. Tanto Mario como yo nos acordábamos de lo que había sucedido. Cuando estábamos en la cama hablábamos de aquello, nos servía de estímulo. Fue cuestión de tiempo que sacáramos la idea, que nos provocáramos. Por otra parte, en Sevilla salimos una vez en parejas, Carlos trajo a una amiga y se las apañó para emparejarla con Mario, aquella noche mientras bailábamos...

Hasta dónde, hasta dónde contar. No lo tiene claro.

—¿Qué pasó?

—Mario me provocaba con Elena, y yo le provocaba con Carlos. Estábamos en un restaurante a las afueras, salimos a los jardines, yo había visto como Mario y Elena se besaban…

—¿Y tú lo permitiste?

—Era un juego Esther, solo era un juego entre Mario y yo.

—No lo puedo entender. —La interrogó con la mirada —¿y ese Carlos y tú, qué hicisteis?

—En el jardín, nos besamos, estábamos en un lugar apartado, si no hubieran llegado, yo...

—¡Oh Carmen!

—No me mires así. Por eso nos fuimos al día siguiente.

—Ya, pero me estás dando a entender que después del verano...

—Después del verano volvimos a contactar por teléfono, solo eso. El invierno fue muy difícil para mí. Todo el proceso del ascenso se complicó, eso nunca te lo conté.

—Ya, algo intuí, estabas muy tensa.

—Carlos se convirtió en un amigo, un auténtico confidente, un soporte que me ayudó muchísimo, no te imaginas cuanto. Por aquellas fechas Mario estuvo muy... muy ausente, demasiado ocupado y las conversaciones con Carlos fueron un sustituto inestimable.

—Vaya, ¿lo sabe Mario?

—Lo supo. Tarde pero si, lo sabe.

—Te  acostaste con Carlos, verdad?

—Si.

—¿También lo sabe Mario?

Suspiró profundamente y por un instante miró a su hermana a los ojos. Tenía que hacerle entender.

—Lo organizamos juntos, preparamos la casa de la sierra juntos, fuimos juntos a recogerle al hotel, estuvimos los tres en la misma cama, me desnudaron los dos.

Carmen dejó que su hermana intentase asimilar lo que acaban de escuchar, luego prosiguió.

—Sé que ahora no lo puedes comprender, lo que te pido es que no nos juzgues.

—Lo que no entiendo es cómo, si lo tenéis tan claro, habéis acabado separados.

Carmen le hizo un gesto claro pidiéndole paciencia.

—Mario y yo hemos ido juntos a comprar el regalo de reyes para Carlos, compartimos la ilusión por esta experiencia. Carlos era mi amigo y mi amante, le tenía cariño y hacíamos el amor los tres juntos y a veces los dos solos, pero llegó un momento en el que Carlos quiso más, se enamoró de mí y yo no supe gestionar ese sentimiento. Entonces, la mentira que habíamos construido se volvió contra mi. Teníamos que haber deshecho el engaño, haberle contado que yo no era la esposa infiel y promiscua que le habíamos contado en Sevilla sino la mujer de Mario. Pasase lo que pasase era mejor que seguir manteniendo la mentira, pero nunca me atreví y cuando me declaró su amor aquello me superó e intenté ganar tiempo y quitárselo de la cabeza. Se sintió herido y dejó de ver a su princesa y solo vio a la adúltera, a la puta. Rompió conmigo, se deshizo de mi, ya no valía nada para él, era o todo o nada.

—¡Hombres!

—El caso es que me desmoroné, busqué a Mario y por una de esas extrañas casualidades ni le encontraba ni aparecía y cuando por fin respondió, mira por dónde, estaba en pleno juego ligándose a una mujer a la que me quería presentar al día siguiente. Aquello acabó de romperme. Cuando llegó a casa tuvimos una de las escenas más duras que recuerdo, aunque en realidad la recuerdo a medias. Solo sé que, al día siguiente, fuimos al vermut con la panda, me presentó a Graciela, que es un encanto, nos hemos hecho amigas aparte de que se la esté tirando, —Carmen reaccionó, no era esa la forma de presentarla; negó efusivamente —, no, no es justo, no se la está tirando. Graciela me ha ayudado a que Mario no se hunda durante esta etapa que yo estoy fuera de casa, pero ya te lo contaré.

—¡Dios mío! —exclamó, Esther parecía sobrepasada por toda la información que le estaba dando su hermana.

—¿No querías saber? —preguntó con una amarga sonrisa y sin esperar respuesta continuó —Estaba amargada, hundida. Mario no sabía nada de lo sucedido con Carlos y ya no quería que se enterase, su opción para saberlo había pasado, no estuvo cuando tenía que estar. Me presentaba su ligue como un triunfo y además me lanzaba un nuevo órdago: tú no serías capaz de hacerlo, parecía decir.

—¿Hacer qué?

Carmen la miró. Su hermana parecía perdida ante tanta información.

—Ligarme a un tío como él se había ligado a una mujer. Tu querido cuñado seguía jugando el juego que iniciamos en Sevilla ajeno a mi drama. 

Se detuvo. Jugueteó con el pliegue de la servilleta y luego bebió un sorbo al que dedicó mas tiempo del necesario. Esther no la interrumpió ni siquiera cuando la vio ensimismarse con unas niñas que jugaban en una mesa cercana. De pronto pareció salir de un sueño y continuó.

—Lo que no sabía es que días antes había tenido un encuentro trivial con un italiano en un café cerca del gabinete, algo casual. Una breve charla que no tuvo más interés. Si me retaba le iba a demostrar que se equivocaba. El lunes siguiente acudí al mismo lugar con la remota esperanza de que aquel hombre apareciese. Y tuve suerte, apareció, tomamos café y la conversación fluyó de manera que surgió la ocasión adecuada para llamar a Mario y que le diese un contacto para un amigo que necesitaba un psicólogo. Le di por las narices, era todo lo que necesitaba. Pero Mario jugó fuerte otra vez. «Quiero veros» Acepté, fue a la cafetería y nos espió. Jugó conmigo y me hizo desearlo «¿Serás capaz de llevártelo a la cama?» Yo no me rindo ya lo sabes, estaba herida, necesitaba un escape y Doménico fue la droga. Así acabamos en su cama, todo un fin de semana en el que superamos las expectativas, sobre todo las de Mario.

—¡Oh Dios!

—Se sintió desbordado, aún no sé bien por qué aunque lo intuyo, hicimos cosas que jamás pensamos hacer y cuando volvimos a casa habíamos cambiado mucho, demasiado. La conversación que iniciamos el domingo descarriló, Mario acabó por llamarme puta. La puta de Doménico dijo; y yo decidí irme unos días antes de que aquello terminase mal.

Después he cometido muchos errores, pensó Carmen, ¿debo contárselos? A su tiempo.

Esther agita la cabeza como si pretendiese ahuyentar malos presagios.

—Esto... esto es, no sé qué decirte. ¿Como estás ahora?

—Reconstruyéndome. —dijo poniendo una débil sonrisa en su boca, en algún momento habían enlazado las manos a través de la mesa.

 —¿Y mi cuñado? —su querido cuñado, casi un hermano.

—Lo está pasando mal, pero ya le conoces, es fuerte y está poniendo lo medios. —mintió.

—¿Y que vais a hacer?

Desvió la mirada sin poder evitarlo, mal asunto, Esther no es tonta.

—Estamos en ello. Yo estoy trabajando todo lo sucedido, como mi propia terapeuta. No es muy ortodoxo, me estoy apoyando en un colega...

—¿Cuánto tiempo lleváis... así?

¿Cuánto tiempo? Por primera vez Carmen mira hacia atrás. ¡Dios, ha pasado una eternidad!

—Más de un mes, mes y medio.

—¡Joder! —se llevó una mano a la boca.

—No te preocupes, lo vamos a solucionar.

—Pero, esa chica, Graciela, está con Mario, no?

Asentí, cerré los ojos al hacerlo. Si, está con él. ¿Cómo decirle que yo la eché en sus brazos?

—No es ese el mayor problema.

Sus ojos me interrogan ¿Qué problema puede haber mayor que ese?

—Cuando me fui de casa... —duda, no sabe si continuar—estuve en casa de Gloria un día. Si, si la conoces.

No puede continuar, no sabe cómo confesar el error ¿qué justificación tiene ahora, pasado el tiempo? Ni ella misma encuentra una excusa.

—Me llamó, estaba cerca, yo iba a recoger el coche, llevaba en el parking desde el viernes…

—¿Él?

—Si. Estaba rota Esther, no puedes ni imaginar cómo me sentía, sola, destrozada, con toda mi vida hecha pedazos. Me propuso tomar un café, solo un café. Estaba a un paso, luego recogería el coche y volvería...

Se quedó mirando la taza de café que se ha quedado frio. Lo vio como si fuera una película. Su llegada al viejo pub, Doménico en la puerta y la emoción avasalladora, incontrolable al verle, fue como si nada se hubiera interrumpido, como si no hubiera habido sábado ni domingo, como si el beso frente al ascensor les hubiera conducido directamente a donde les condujo el beso que se dieron ante la puerta del café.

—Cuando llegue al café donde nos habíamos citado él ya estaba allí, esperándome. No me preguntes cómo sucedió, no lo sé, yo no soy así o al menos no lo era antes. Nos besamos en la calle, nos abrazamos sin importarnos quien nos pudiera ver, Esther, en pleno centro, a un paso de mi trabajo. Nos fuimos a su casa, es allí mismo, sin hablar, sin decir nada más.

Agarró sus manos con fuerza, estaba encendida, había perdido cualquier prevención que hubiera tenido antes con su hermana, ahora le hablaba a su confidente, a la amiga que siempre había tenido en ella.

—¡Oh Esther, cómo folla! No te haces una idea, es increíble, podemos estar horas sin agotarnos, es... ¡fantástico!

Esther observa el cambio que se ha producido en su hermana y de alguna manera entra en sintonía con ella. Son otra vez las dos amigas que han sido siempre, las cómplices compartiendo un secreto que nadie debe saber. Es una sensación tantas veces vivida, algo físico, algo psíquico que las arrastra a un mundo personal que solo ellas comparten.

—¿Y te quedaste con él todo el día?

—¿Todo el día?  Me acompañó a recoger mis cosas a casa de Gloria. Me trasladé a su casa.

—¡Oh Carmen, qué locura! —su voz ha perdido el matiz de censura que endurecía sus respuestas, ahora es la hermana que escucha la confidencia, que acompaña y anima al desahogo.

—Si, fue una locura impensada, pero estaba tan triste, tan sola, tan necesitada de una caricia, si vieras la noche tan amarga que pasé en casa de Gloria.

—Claro, nada parecido a la que pasarías con el italiano.

Carmen mira asombrada a su hermana, ya no hay reproches, ahí está su amiga.

—Gracias —apenas acierta a decir por la emoción —no sabes lo que significa para mí contar contigo.

—No me des las gracias, no creas que apruebo todo esto, anda sigue.

—Solo pretendía estar más cerca del gabinete, tener un sitio tranquilo donde pensar, donde seguir reflexionando sobre lo sucedido e intentar ordenar las ideas, pretendía volver a hablar con Mario sosegadamente.

—Y seguir follando como una salvaje.

La tensión se rompe en risas incontroladas. Lágrimas, risas, entendimiento entre las dos hermanas.

—¡Calla! Es cierto que Doménico me llevaba por un camino que me sobrepasaba, habíamos hecho cosas durante el fin de semana que... Esther yo nunca pensé que me sentiría.... dichosa en un rol pasivo con un hombre, ¡jamás! Ya me conoces.

—¿Rol pasivo, de qué me estás hablando?

Se miraron unos segundos, escoger las palabras adecuadas era importante, muy importante.

—No sé si lo vas a entender, déjame hablar antes de formarte una opinión, por favor.

—Me estás asustando.

—Doménico es enérgico, tiene carácter, sabe imponerse sin ser violento, tiene una forma de ser que impone respeto. No sé cómo explicarme, sabes que nunca he dejado que nadie me mande ni que se me impongan sin darme buenas razones. Sin embargo, desde el principio, Doménico me fue ganando el terreno sin que casi me diera cuenta, y eso en lugar de molestarme me producía una sensación extraña, inquietante, porque...

—¿Por qué?

—Incluso me llegaba a agradar.

—No me lo puedo creer.

—Yo tampoco, era algo extraño, me superaba en una discusión, en una decisión y en lugar de molestarme, me sentía... en paz, relajada, ¿te lo puedes creer?

—Te lo acabo de decir. No —Ambas rompieron a reír.

—Esa sensación de abandono, de entrega del mando, por decirlo de algún modo, me preocupaba pero al mismo tiempo decidí tomarlo como un juego, era solo un rol, un pasatiempo que jugaba a veces, fuera de mi vida habitual. Probaba a ver cómo se vivía siendo una mujer convencional.

—¿Y qué tal se vive?

—Sin tensiones, sin responsabilidades, sin tener que tomar decisiones. Para un rato está bien, es como tomarse unas vacaciones.

Hicieron un alto mientras el camarero les cambiaba los cafés.

—Cuando estuvimos los tres juntos, Doménico afianzó su territorio, era como si volviésemos a la jungla. Mario cedía terreno y él lo conquistaba y yo era la pieza codiciada, así me sentía. No sabes lo erótico que puede ser.

—Me lo estoy imaginando y me estas poniendo...

—El viernes que íbamos a ir a su casa quedamos en un pub. Todo fueron señales subliminales de poder, cuando Mario llegó...

—Vosotros dos ya estabais en el pub?

—Si, llevábamos juntos dos horas.

—¿Y cómo se lo tomó?

—Él fue quien lo organizó, él fue quien quiso que fuera así.

—Cada vez lo entiendo menos.

—No sé si seguir contándote.

—¡Claro que si!

—Cuando Mario llegó yo estaba con él, besándole, tenía su mano dentro de mi jersey, me acariciaba el pecho. Era una escena que habíamos fantaseado varias veces. No puedes ni imaginar lo que sentí al ver a Mario delante de mí mientras Doménico me metía mano.

—No sé qué pensar.

—Luego, durante toda la tarde, estuve con él, frente a Mario. Me sentía... suya, no sé cómo explicarlo, allí estaba Mario si, pero en ese momento yo era de él, me exhibía para Mario pero era de él, no sé si me entiendes.

—No, no te entiendo pero veo tu emoción al contarlo y, no sé qué pensar Carmen, no pareces tú.

—No sé Esther, esa dejadez, ese abandono que he experimentado es una sensación adictiva. Luego en su casa lo viví más intensamente, él tiene un carácter dominante y me dejé llevar. También sucedió que Mario se inhibió, no sé bien por qué. Al principio estuvo más activo, luego comenzó a estar menos presente, parecía más un espectador y eso influyó. Me molestó su pasividad, me irrité y de alguna manera se lo hice pagar volcándome más en Doménico. Él me trataba con cierta rudeza y yo lo aceptaba de buen grado. Puttana me llamaba, decía que yo era su puttana y no veas cómo me ponía eso.

—¿Y Mario que decía?

—No sé si eso lo escuchó, creo que estaba dormido cuando sucedió eso.

—¿Se durmió? —dijo algo decepcionada.

—Llevábamos sin dormir toda la noche, no es extraño.

—Si pero vosotros no estabais precisamente dormidos.

—No, en absoluto —bromeó.

—¿Como se pudo dormir? —dijo más para ella misma que para Carmen.

—Ha hecho conmigo lo que ha querido.

Esther levantó la cabeza.

—¿De que coño estás hablando?

—Y yo se lo he permitido, de buen grado.

—Carmen, qué estás insinuando.

—Doménico me ha abierto el culo. Era una asignatura pendiente que teníamos Mario y yo, pero su extrema delicadeza, el miedo a hacerme daño nos detenía siempre. Este italiano tiene mucha experiencia, no es el primer culo que rompe y lo hizo sin hacerme ningún daño; eso si, con la inestimable ayuda de mi maridito que colaboró en proveer de lubricación en los momentos precisos.

Esther la mira escandalizada.

—Nunca te he escuchado hablar así.

—Ya ves, a lo mejor me han roto más cosas además del culo.

—Y Mario, lo mencionas de una manera tan sarcástica, no sé Carmen, ¿de verdad crees que lo vuestro aún tiene arreglo?

—¿Por qué lo dudas, porque me duele que se limitará a actuar de mamporrero mientras otro me abría el culo con arte? No sé por qué se quedó paralizado a mitad de la noche, no lo entiendo; estábamos haciendo lo que habíamos planeado juntos, ¡juntos!. Era su sueño más que el mío, y cuando me tiene convencida, entregada, dispuesta, a tope, se retira a una esquina a mirar el espectáculo, a dirigir, a controlar, a decir lo que desea que ocurra, a proponer, a ayudar a que suceda.  

Algo ha cambiado, Esther no reacciona como esperaba. Adivina un gesto de rechazo, de censura que a duras penas consigue ocultar.

Quizás ha ido demasiado lejos. No debe seguir, conoce a su bien hermana y su confesión le está haciendo daño.

—Son casi las doce, vámonos.

…..

—¿Qué más ha pasado? —Esther ha roto su silencio.

—¿Cómo?

Caminan por Rosales hacia Plaza de España, el día es luminoso, soleado.

—Dijiste que ese hombre...

—Doménico

—Doménico si,  dijiste que ha hecho lo que ha querido contigo.

—Y añadí que yo se lo he permitido siempre.

—¿Qué es lo que ha hecho contigo?

Por dónde empezar, qué omitir. Carmen mira al cielo azul, casi sin nubes. Sus ojos se iluminan, hay tanto que olvidar y tanto que jamás olvidará.

—¿Tan fuerte es?

Regresa de sus recuerdos y sonríe.

—Fuerte, hermoso, sórdido, salvaje, indecente... hay de todo Esther, no sé si quieres oírlo.

—Soy tu hermana, no voy a repudiarte, siempre me vas a tener a tu lado, lo sabes.

Se cogió de su brazo.

—Cocaína. ¿sigo?

—Sigue —responde en un murmullo ahogado.

—No vayas a llorar, ya lo dejé.

Reduce el paso, necesita calma para contarle. Va a usar el estupor que le ha provocado y convertirlo en empatía. Así se sintió ella cuando entendió la causa de tanta potencia, de esa inagotable virilidad. Sorpresa y engaño, eso es lo que experimentó cuando entendió que Mario se había dejado llevar del canto de sirena del italiano y había tirado por la borda años de compromiso, todo lo que ambos creían, lo que habían vivido y sufrido juntos dejaba de tener sentido.

—En un instante todo cambio, miraba a Mario como si fuera un desconocido, debió ser algo parecido a lo que se siente cuando te enteras que tu pareja te ha sido infiel.

Se arrepintió al instante. Esther bajó los ojos fulminada por esas palabras.

—Lo siento, no quería…

—No importa, creo que puedo entender perfectamente lo que sentiste.

—Me bloqueé, durante un buen rato me aislé intentando entender. Di por cancelada la noche y a punto estuve de hacerlo pero entonces pensé en las consecuencias que aquello podía tener para nosotros.

—¿A qué te refieres?

—Aquello sucedió al comienzo de la noche, quizás Mario se dejó arrastrar por Doménico igual que yo me había dejado seducir por él en otras cosas, no lo sé, he pensado mucho en esto durante estos días. Ya sabes, el ego masculino, el querer estar a la altura. Pero en aquel momento me preocupaba que, una vez rota la barrera, no supiera volver a ponerla.

—No te sigo.

—Pensé que tenia que hacerle consciente del peligro.

—¿Por eso…?

—Si, pero me equivoqué, Mario estaba más pasivo de lo que calculé y yo, yo no pensé que perdería el control como lo perdí.

Las imágenes brotan abrumadoramente, son control.

—Todo cambió. Sin la droga nada hubiera sido igual, hubiéramos actuado de otra forma. Me equivoque, aposté y mi hipótesis falló. Mario no respondió como yo esperaba y además el efecto en mí fue muy diferente al que imaginé. Todo se descontroló.

Desinhibida, frustrada por la conducta de Mario, volcada en Doménico, seducida por su carácter dominante, se somete, ser sodomizada solo fue un paso más en su proceso de sumisión.

—¿Sumisa? ¿pero tú te estás escuchando? ¡Carmen por Dios, estás hablando de sumisión, de sometimiento!

—Y  eso me lo dices tú claro, que estás claudicando a diario con ese chulo impresentable con el que te casaste, todavía no sé por qué.

Esther acusa el golpe y calla. Es un reflejo de las viejas peleas que vivieron cuando era niñas, cuando el daño infligido no se calibraba y se curaba casi al instante. Ahora no, el paso de los años no ayuda a cicatrizar los zarpazos con las misma celeridad que entonces.

—Lo siento, no debí...

—No importa, el caso es que tienes razón, cómo soy capaz de criticarte si yo misma no soy capaz de afrontar mi propio fracaso.

—No has fracasado chiqui, ya llegará tu momento, estoy segura.

—¿Tú crees?

Carmen aprieta el brazo que la agarra como si fuera un seguro de vida.

—Estoy segura, somos fuertes.

—¿Entonces qué haces hablando de sumisión, dejándote someter? No lo entiendo Carmen, somos fuertes, tú misma lo acabas de decir, nunca hemos aceptado que un hombre nos domine, lo mío tiene unos límites claros pero lo tuyo...

—¿Crees que no lo sé? Mil veces me he reprochado estas ideas. Sabes perfectamente cómo pienso, por lo que he luchado toda mi vida.  Y cada vez que me recuerdo de rodillas delante de la polla de Doménico, con su mano sujetando mi cabeza, guiándome, haciéndome saber cómo desea que se la mame, es... ¡Oh Esther, es maravilloso!

—¡Te estás escuchando! No me lo puedo creer, no eres tú.

No puede contarle más, la confidente ha desaparecido. Su hermana no podría oír cómo recibió el chorro cálido y humeante de orina en su pecho y en sus manos y se extasió. No, no puede contarlo, la tomaría por loca o peor aún, por depravada..

—¿Qué te ha pasado?

Al final si la  está juzgando, piensa con tristeza.

—Se me hace tarde, mejor quedamos otro día.

Esther parece  afectada. Se detiene y la coge de la mano con fuerza.

—Tienes que dejarlo, si no lo haces no vas a volver con Mario.

—Hace semanas que puse fin a eso Esther, me marché de su casa y comencé mi propia terapia.

—¿Entonces, dónde… con quién vives?

Huye de su mirada. No le ha hablado de Irene. No le ha contado tantas cosas…

Me fui a una casa rural unas semanas, necesitaba estar sola para limpiarme, para poner un poco de orden. Acabo de volver, aun necesito unos días antes de enfrentarme al encuentro con Mario.

—¿Y entonces?

—Estoy viviendo en casa de un amigo. No, no es lo que piensas —mintió.

Es consciente de que no ha sabido esconder la verdad ante su hermana.

—Tomás es un amigo, me ha dejado su apartamento, solo serán unos días. Quiero acabar ya con esto, hoy mismo voy a llamar a Andrés, quiero volver al gabinete y en cuanto a Mario, tenemos que hablar ya.

Mira a su hermana y no consigue aguantar mucho tiempo.

El taxi se detuvo junto a ellas. Le costaba separarse de su hermana ahora que habían vuelto a ser las confidentes que siempre habían sido. Se abrazaron como si no fueran a verse en mucho tiempo. No era así, prometieron encontrarse pronto, se necesitaban la una a la otra, se habían echado tanto de menos que no podían volver a dejar que el tiempo y el silencio las separase.

Cuando el vehículo arrancó una última mirada a través del cristal tintado, una sonrisa y una despedida con la mano casi le arranca las lágrimas que durante toda la tarde había estado sujetando titánicamente. Quedó en la acera esperando que el taxi desapareciese entre el tráfico denso de la tarde ya avanzada.

Se ha aislado del mundo, de su mundo, de las personas que la rodean y la quieren. Ha sido un error, no es esa la manera en que enfoca la terapia de sus pacientes, no es ese el consejo que les transmite. Quizás por eso no avanza como debiera.

Tiene que reconectar con su mundo. Durante unos minutos intenta establecer un plan para reintegrarse a su vida de un modo progresivo. Andrés, su trabajo, sus amigos; eso implica su casa, sus padres, Mario.

Comienza a agobiarse, ¿está ya lista? ¿Acaso Mario está preparado para escuchar? ¿Y si es así cuál será su reacción?

Sus padres. El cumpleaños fue una prueba de fuego, hubo momentos incómodos esquivando a su padre, evitando entrar en el cuerpo a cuerpo. Se sintió tan triste, le vio tan triste. No, esto no puede continuar por más tiempo. Hay que solucionarlo ya, en un sentido o en otro pero tiene que acabar ya.

Por el momento tiene razón Esther, la Semana Santa está a la vuelta de la esquina y es muy posible  que pudiera haber algún error de coordinación entre Mario y ella a la hora de hablar con las familias. Tienen que ponerse de acuerdo.

Dudó antes de llamar a Mario, recordaba cómo le había pedido que no la volviera a llamar y la seca respuesta que él le había dado. Estuvo muy dura, demasiado cortante. El mensaje era correcto, las formas no lo fueron.

Mario tardaba en responder, por un instante temió que…

—Carmen, ¿te puedo llamar más tarde?

La voz apagada de Mario apenas oculta la megafonía del lugar donde se hallaba. Carmen se hizo una rápida composición de lugar. Un acto académico sin duda. Le ha interrumpido en mitad de una conferencia, un seminario, algo así.

—Claro, cuando puedas.

—¿Es algo urgente?

—No, no te preocupes.

Cuelga sin despedirse, no es su costumbre pero se ha sentido tan descolocada que ha reaccionado siguiendo un impulso. Mal hecho, mal hecho. Está cambiando conductas y eso puede dar lugar a conclusiones erróneas.

Qué sola está. Recordar con su hermana ha sido vertiginoso. Ha dicho cosas que no ha plasmado en el cuaderno, que no le habría dicho a un terapeuta. «¡Ni te imaginas como folla!» Si, se ha permitido reconocer que siente nostalgia de Doménico, que hubo desprecio por la actitud pusilánime de Mario y, aunque hoy no le ha hablado de Irene, algún día le tendrá que contar que el amor con otra mujer es sublime, es la experiencia mas dulce y tierna que ha vivido jamás y a la que no piensa renunciar.

Y Carlos. Durante la terapia ha pasado de puntillas por su figura, sin embargo ha bastado sentarse frente a su hermana y ponerse a hablar para que aparezca con toda su potencia. Carlos, el origen de su derrumbe. Lo ha sepultado en lo más profundo de su mente, lo ha ocultado tras todas las barbaridades que ha hecho y sin embargo ahí sigue, presente, sangrante, doliendo tanto como el mismo día que salió de su vida.

Carlos, le aflige pensar en él, le duele su ausencia, por eso huye, quizás por eso se hace daño, por eso se hundió en esa espiral de locura. ¿Es eso? No puede ser que todo se reduzca a eso.

No, sigue empeñada en evitar enfrentarse al origen de todo. Es como si evitase afrontarlo, no hace más que dar rodeos. Carlos, Mario, los dos pilares a los que no se atreve a mirar cara a cara.

Está sola, esa es la conclusión, esta sola, alejada de su amor, de su marido, de su novia. Tiene que acabar ya o lo va a perder todo.

Andrés

Inspiró profundamente. La decisión estaba muy meditada, aún así cuando tuvo el teléfono en las manos le costó pulsar la llamada.

—Carmen, te esperaba.

—Andrés, ¿cómo estás?

—Eso quiero saber yo, ¿Cómo estás? cuéntame.

Su voz sonaba cargada de cariño, como siempre. Carmen comenzó a hablar con cautela pero pronto cedió a la confianza que su mentor había depositado en ella y se abre a él. Y el cuenta su proceso de autoanálisis profundo apoyado por un colega, donde deja entrever mas intervención de la que en realidad había habido para que le diera visos de un control del que ha carecido.

—He hecho mi trabajo Andrés, estoy recuperada y en forma. Quiero, si estás de acuerdo, reincorporarme a mi puesto. Necesito volver, retomar mi vida, ejercer mis responsabilidades con normalidad.

La pausa que siguió la puso en tensión. Aquel silencio se le hizo eterno y le dio tiempo a pensar que quizás su ausencia había alterado profundamente su estatus profesional.

—Me gustaría verte antes, ¿te parece bien?

Precaución, prudencia, puede que en el gabinete pesen decisiones que le condicionan.

—Claro, cómo no —responde forzando una serenidad que está lejos de sentir.

Escucha, asiente, finge participar en unas decisiones que llegan ya tomadas por Andrés. Mantiene el tono de voz lo más sereno y firme que puede, intenta evitar que su mentor detecte la tensión que ha ido creciendo en su ánimo a medida que las dudas, como densos nubarrones grises, se han instalado sobre sus planes de futuro.

—¿Entonces, estamos de acuerdo, no? Quedamos en mi despacho el lunes… no, mejor el martes sobre… ¿las diez y media te viene bien?

—Por supuesto, allí estaré.

Dejó el teléfono sobre la mesa, aún tardó unos segundos en reaccionar. El latido que sentía en las sienes le hizo buscar en el bolso un analgésico antes de que el dolor de cabeza que se anunciaba fuera a más.

Bebió media tónica de un trago con la pastilla. ¿Por qué la citaba fuera del gabinete, en su despacho de la facultad? Demoraba su entrevista hasta después de la semana santa, ese era su plan, si,  pero no había tenido ocasión de planteárselo; Andrés directamente había demorado cualquier decisión anterior. Era como si la estuviese evitando.

No, no podía seguir dándole vueltas a esto. Debía dejarlo de lado hasta que llegase la fecha, bastantes temas tenía sobre la mesa como para añadir otro motivo de estrés.

…..

Cuando salió del ascensor se detuvo un instante. Del interior del apartamento surgían los acordes del Fly me to the moon interpretado por un Sinatra ya gastado.

Dejó que la puerta golpeara al cerrarse y avanzó hacia el salón. Como había supuesto, Tomás estaba allí, en mangas de camisa hurgando entre los compactos que se apilaban cerca de la mini cadena; La recibió con una sonrisa casi infantil.

—¿Qué haces aquí?

Avanza hacia el sofá, deja el bolso y la chaqueta, luego se vuelve hacia él, no quiere mostrar toda la irritación que siente pero tampoco puede pasar por alto esa invasión de su intimidad; si lo hace ¿qué será lo siguiente?  Tomás pierde la sonrisa, deja los CDs y camina hacia ella con cautela.

—Esperarte, me apetecía pasar un rato contigo, ¿te ha molestado?

No responde, no quiere hacer una escena, necesita tiempo para medir las palabras. Va al dormitorio y entorna la puerta, quiere ponerse cómoda. Duda un instante; cerrar la puerta añade un punto de dureza más a la situación, confía en que no trate de entrar mientras se desnuda.

—Voy a cambiarme —añade por si acaso —, ahora salgo.

Esta situación le preocupa, ha sucedido lo que se temía. Es su territorio y no debería haber dado ese paso. ¿cómo delimitarlo ahora sin ofenderle?

Cuando sale le encuentra de espaldas mirando por el ventanal; se acerca, intentará ser conciliadora pero firme.

—Tomás… —Él gira el rostro, está serio.

—Sí, lo sé; debería haber avisado antes de venir, lo siento.

Carmen se compadece; acerca su mano, roza sus dedos.

—Debes entenderlo, tienes que respetar mi espacio. Lo que sucedió ayer…

Tomás la detienes con un gesto. Parece abatido, deja caer la cabeza y la mueve como si negando pudiera borrar sus actos. ¡Cómo puede pasar tan rápidamente de la euforia a la depresión! piensa Carmen.

Se vuelve hacia ella.

—Será mejor que te deje, mañana hablamos.

Está dolido, quizás se sienta humillado. La historia con su mujer pesa. Es otro solitario buscando cobijo, como ella. Un nudo se apodera de su garganta. Carmen pone una mano en su pecho y le detiene.

—No, quédate.

…..

Frank Sinatra suena lejos en la cadena del salón. Apenas un murmullo que pone fondo al silencio que les arrulla tras el éxtasis al que la ha llevado lentamente, sin prisas como él sabe hacer, jugando con sus suaves manos por su piel. «Cierra los ojos», le ha sugerido, «abandónate»; y ella, sabedora del arte que tiene en los dedos se ha dejado hacer, ha extendido los brazos, se ha agarrado a los barrotes del cabecero y ha cerrado los ojos. Su piel bulle, se extiende convertida en un manto inmenso, receptor hambriento de sensaciones que parece crecer y crecer a medida que esos hábiles dedos la recorren sin apenas ejercer presión, volando a escasos milímetros, evitando el roce, ¿por qué entonces lo siente, por qué agoniza a su paso?

Y así han llegado uno, dos, tres orgasmos encadenados antes de que él acudiese al abrazo de sus muslos, a la llamada anhelante de su sexo entreabierto y se ha fundido con ella, atormentado por su escasa potencia, su talón de Aquiles. No importa, ella ya está más que saciada, la rápida pulsión de Tomás, su brevedad, se sincroniza con la urgencia de Carmen que estalla en un nuevo clímax.

¿Por qué ha vuelto a ceder? Se siente frágil, insegura, indefensa, sola. La conversación con su hermana y con Andrés le han devuelto a una realidad plagada de incertidumbre de la que ha pretendido aislarse en los brazos de Tomás. ¿Es eso?

…..

Dean Martin alargó la última sílaba con su inconfundible vibrato y tras un corto silencio Sammy Davis Jr. tomó el testigo.

Carmen le cedió el pitillo a Tomás y volvió a jugar con el suave vello de su vientre. Está en calma, en sus brazos se siente protegida, como si estuviese en un refugio. Toda la tensión, la ansiedad y las preocupaciones que la atenazan durante el resto del día desaparecen cuando él llega y toma el control. «Hazme un café, prepárame una copa» o simplemente le ayuda a quitarse la chaqueta y le escucha hablar. Cómo le ha ido el día, qué planes tiene, le cuenta cómo fue su juventud. O le aprieta la mano mientras escucha la angustia por su infelicidad, por no ser capaz de conectar con su esposa, por no lograr recuperar esa pareja que fueron y ya no son, Sabe que su verdad no es toda la verdad, que hay mucho de egoísmo en esa versión, que hay otra persona, una mujer que no está allí para defenderse y contar sus miserias, sus afrentas, pero calla, escucha, recoge sus penas, aconseja, hace su trabajo mitad terapeuta, mitad concubina, luego… luego sabe por su mirada lo que desea, se deja llevar a la alcoba y, como hace un momento, se olvida de sus propias miserias y disfruta del sexo tan especial que este pobre hombre, casi impotente es capaz de dosificar hasta llevarla al nirvana.

Dos tristes solitarios apoyados el uno en el otro para aguantar hasta que…

El sonido del móvil rompió la paz, podía ser Mario, ayer le dejó un mensaje excusándose. Se incorporó rápidamente abandonando la cama.

—Ahora vuelvo, espero una llamada.

Salió hacia el salón y cogió el móvil.

—Mario, hola.

—Hola, perdona por lo de antes, me pillaste en la inauguración de un congreso y luego ya sabes, los compromisos, las despedidas.

—No importa.

Qué extraño se le hace hablar con su marido, quizás las circunstancias tampoco son las más adecuadas. Desnuda, en casa de su recién estrenado amante, con él a un paso, no es el mejor momento.

—¿Qué congreso? —demasiado tarde, la curiosidad se anticipó a la prudencia, quizás esas cosas ya no son de su incumbencia, no tenía noticias de que su marido tuviera previsto asistir a ningún congreso de manera inmediata.

—No recuerdo si lo llegamos a comentar, han pasado tantas cosas.

—Habrá sido eso.

—Estoy en Sevilla, preparando un simposium sobre...

Carmen dejó de escuchar, durante un tiempo indeterminado Sevilla fue el estímulo que la desconectó del presente y la trasladó a un espacio atemporal en el que esa conversación con su marido carecía de contenido concreto, solo su voz a través del móvil le traía recuerdos de otras veces; sensaciones, emociones, vivencias. Sevilla...

—...Santiago, si lo vieras no lo reconocerías, está arruinado físicamente, una pena.

Ese frase la devolvió al presente.

—¿Santiago, tu Santiago?

—Tanto como mío... bueno pero si, ese mismo. Parece que le hayan caído veinte años encima Carmen, da pena verle, su afición al alcohol le está pasando factura de una manera peligrosa.

Carmen le escuchaba y sintió que había recuperado su tono jovial, era el Mario de siempre, el de antes, como si de pronto aquella conversación les hubiera devuelto a los que habían sido y ya no eran.

—¿Y Elvira, cómo está? —pronunciar esas palabras le produjo una breve y profunda taquicardia.

—Bien, como siempre, volvió a la universidad, dejó la política harta de tanto chanchullo.

Carmen espera más, sabe que hay más, ha tenido que haber más confidencias pero el silencio se prolonga, Mario no va a contarle lo que Elvira ha dicho solo para él.

Solo para él. Nunca la quiso, desde que llegó la hizo sentir como si fuera una intrusa. A pesar de ser la mujer de Santiago actuaba como si Mario fuera suyo.

Va a romper ese breve e incómodo silencio cuando escucha  nítidamente unos nudillos llamando a la puerta.

—¿Sí? Un momento Carmen.

En un instante, mientras intenta capturar más sonidos, se hace un composición de lugar, o varias. Mario debe estar en la habitación del hotel, quizás ha debido llamar al servicio de habitaciones. “Pasa”, escucha quedamente. No, no es ningún camarero, es…

—Pues eso, Elvira sigue más o menos igual, desencantada de la política aunque no ha perdido los ideales, lo que no soporta es en lo que se ha convertido el partido.

—Claro —contesta mecánicamente Carmen, ajena a la conversación.

Descartada la primera opción, sin  duda es Graciela, su alter ego, la mujer que la sustituye, que la complementa ahora que ella está fuera de juego. ¿Le duele? no está segura. Por mucho que lo tenga asumido, que incluso lo haya fomentado, algo en su interior se le rebela. Siente frío, más allá de encontrarse desnuda paseando por el salón, el frío que acaba de apoderarse de ella tiene otro origen. Necesita un cigarrillo pero escucha el carraspeo de Tomás en la cama y eso la detiene.

—Está preocupada por Santiago, cada vez más abandonado. Su carrera profesional ha perdido esa chispa que tenía.

—Son los años Mario.

Escucha de fondo una cisterna que se vacía e inmediatamente el sonido se apaga al cerrarse la puerta de un baño. Graciela se prepara para acostarse con su esposo, ahora es su pareja.  Camina hacia el dormitorio, necesita ese cigarrillo.

—No Carmen, no son los años, es el abandono, la ambición de poder. Me contaba anoche…

Anoche. Esa palabra y lo que significa se le clava en el alma. Elvira y Mario, anoche. Se sienta en la cama al lado de Tomás, le roba el pitillo de los labios, le lanza un beso, recibe una caricia y  le sonríe. Vuelve al salón.

—…que desde que aceptó la viceconsejería apenas dispone de tiempo para nada más, está totalmente…

—Cegado por la política, ¿es eso? —continua Carmen.

—Si eso es.

—Es una lástima, era un gran profesional, tenía un carisma muy fuerte, me gustaba escucharle a pesar de...

Un sonido seco, parecido a una pequeña explosión llenó el silencio. Carmen lo identificó inmediatamente, acababa de descorcharse una botella de cava, posiblemente un benjamín sacado del mini bar.

—Bueno, te voy a dejar no quiero interrumpir.

—No interrumpes. —Aunque si, está claro que la conversación ha llegado a su fin.— Pero no me has dicho para qué me llamabas.

—¡Ah si! Me ha dicho Esther que mis padres están nerviosos, las excusas cada vez son menos eficaces, creo que han vuelto a hablar contigo.

—Si, tu madre ha llamado a casa, procuro ponerle alguna excusa, que estas fuera o en la ducha, pero está resultando difícil.

—Avísame en esos casos y la llamo.

—Eres tú la que deberías llamarles con más frecuencia y no dar pie a que llamen por falta de noticias, ¿no crees?

La está reconviniendo y Carmen siente un brote de irritación que consigue sofocar. Mario tiene razón.

—No obstante, cuando llamen avísame, por favor. Otra cosa. Estamos a un paso de Semana Santa, deberíamos pensar qué vamos a decirles.

—Eso quiere decir que no prevés… déjalo, no he dicho nada.

—No lo sé Mario, estoy trabajando intensamente, he hablado con Lucas.

—¿Lucas, por qué Lucas precisamente?

—No te preocupes, lo planteé con cuidado, como un caso que se me ha atascado, ya sabes, de todas formas no creo que le pida más datos, el planteamiento que me hizo no me gustó nada, no me encaja.

Lucas estaba muy metido en el estudio de los abusos a menores, había seguido sus trabajos y sobre mi mesa tenía sus dos últimas publicaciones para leer en cuanto tuviera ocasión.

—¿Qué es lo que te ha sugerido?

—Es igual, me sirvió para continuar.

—De todas formas Lucas, no sé si…

—Ya hablaremos de eso, la cuestión ahora es que si para entonces seguimos así, tus padres y los míos deben tener una historia coherente.

—Una historia coherente… —repitió con cierta amargura —Es cierto, algo habrá que decirles.

Carmen se quedó sin fuerzas, sin ganas de pensar. El tiempo comenzó a correr mientras el silencio se extendía entre los dos.

—No sé, piensa algo, no me lo dejes todo a mí —rompió de pronto algo tensa. —Perdona prosiguió antes de que pudiera reaccionar— perdona, no he querido decir eso, estoy… lo siento.

—No te preocupes, yo también estoy tenso a veces,  la terapia me está revolviendo mucho.

—¿Si?, ¿estás en terapia?

—Si, por fin me decidí, yo solo no podía hacerlo, no soy tan fuerte como tú.

—¿Tan fuerte? —sonó con un sarcasmo doliente— no sabes…—rectificó— Me alegro, me alegro mucho Mario, no sabes cómo me alegro.

Nunca, nunca habíamos tenido esos silencios entre nosotros y ahora además con otras personas deambulando a nuestro alrededor, acechando nuestros cuerpos.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

«Cuando me permitieses hablar contigo», pensé.

—Hablé con Raúl, es la única persona a la que podía confiar un asunto tan intimo y a la vez es la persona más capacitada.

—¿Raúl? No sé si voy a ser capaz de ponerme delante de él la próxima vez que le veamos.

—¿Lo dices en serio?

—No, claro que no.

Recogí el guante, Carmen había hablado en plural de un futuro en común.

—Sabes bien como va eso, somos profesionales; cuando le veamos, el historial clínico no estará en su mente.

—Lo sé, lo sé.

Carmen captó el mensaje, el desliz que había tenido significaba mucho. Era algo más que un deseo y el hecho de que Mario lo hubiera continuado era importante.

—Bueno, ¿Y qué les decimos?

—Mantengamos el plan que teníamos, total ya lo conocemos, no nos van a pillar en ningún renuncio.

—De acuerdo

—Bueno…

De nuevo el silencio, Mario entiende que le falta algo más por decir y la deja que lo piense.

—Siento… estuve muy brusca la última vez…

—No pasa nada, habíamos quedado en no hablar y me puse un poco pesado.

—Me alegro que te hayas puesto en manos de alguien, me alegro mucho.

—Yo también me alegro de que sigas haciendo tu trabajo, me dijo Graciela que lo llevas muy bien, que estás… estupenda.

—Graciela… dale un beso de mi parte.

—Sí, cuando me deje verla.

—¿De qué hablas?

—¿No lo sabes?

—¿Qué tengo que saber?

—Pues no sé, pero sus palabras parecían calcadas a las tuyas

—¿A qué te refieres?

—Me llamó para decirme que en una temporada era mejor que no nos viésemos, al menos hasta que no hiciera mi trabajo.

—No sé nada de eso, créeme.

—Te creo; pensé que os habíais puesto de acuerdo, con la mejor intención, eso sí.

—No Mario, no. No sabía nada.

Su tono, no me dejó la menor duda.

—Pensaba que… —dudó, la conozco, supe inmediatamente lo que quería saber

Carmen sintió un vacío inmenso en su pecho, no tenía ningún derecho a exigir, a saber quién era la persona que acompañaba a Mario pero…

Claro, era eso. Mario no se ocultaba, durante toda la conversación había notado algo, una serenidad que echaba en falta. Charlaban sin echarse los trastos aunque ocasiones no habían faltado. Mario estaba con una mujer, una desconocida y no había rastro de tensión.

Y ella, sin embargo...

Caminó como una autómata hacia la habitación buscando un refugio. Se sentó en la cama y se recostó en su pecho, Tomás la recogió en su brazo, Carmen apoyó la cara en su mejilla.

Nos quedamos callados, algo había pasado, ¿qué? No supe.

—Entonces, ¿lo hacemos así? —dije para poner fin a ese brusco silencio que no acababa de entender.

—Sí, está bien

Su tono de voz había cambiado.

El carraspeo de Tomás, tan cerca del rostro de Carmen, atravesó el espacio con nitidez.

Intentaba asimilar la idea de que Carmen no estaba sola. Intentaba reaccionar a mi propia reacción. No me sentía mal, simplemente lo sabía, nada más.

—¿Sigues ahí? —Su silencio me hacía pensar que le quedaba algo por decir, algo que le hacia mantener la llamada en suspenso.

—Si, pensaba que quizás Graciela no esté preparada para asumir lo tuyo con Elvira.

Un súbito golpe de emoción me invadió sin que yo pudiera controlarlo. Era ella, éramos los dos de nuevo compartiendo pensamientos cotidianos, éramos un matrimonio hablando de nuestras cosas. Nuestras cosas. Me costó poder articular palabra.

Por otro lado… Si, lo vi.

Carmen intuía que entre Elvira y yo habían ocurrido cosas que estaban pendientes desde muchos años atrás. ¿Podía negarlo, debía negarlo?

—¿Y tú, lo estas?

—Hace un año posiblemente no, seguro que no. Hoy si.

—Me alegra poder estar hablando de esto, Carmen.

—No sé si me debo meter en ello.

—¡Por favor!

De nuevo un silencio, una pausa.

—¿Sabes? Hacía mucho que no hablábamos tanto sin... —añadió Carmen como si me hiciera una confidencia.

—¿Sin montar una bronca? —terminé su frase.

—Eso es.

—Lo estaba pensando, es todo un avance.

Tomás acariciaba su pecho con la punta de los dedos, ella se removió para darle más acceso.

—Mario, es cuestión de días, estoy terminando de cerrar todos los... No sé cómo explicarte.

A través del teléfono escuche esa tos contenida, tos de fumador que  tiene tan asumida que ni se da cuenta cuando carraspea.

—Yo voy más lento Carmen, empecé más tarde que tú, apenas si he iniciado el camino. Tenía que haberos hecho caso antes. Y eso que Raúl está haciendo grandes cosas, si.

Carmen sintió frío, aquello se parecía mucho a un rechazo.

—No es Raúl, eres tú.

Medité durante unos segundos cómo plantearle lo que necesitaba sin hacerle daño, fue un tiempo durante el que el silencio se lleno de sonidos tenues cargados de sentido por ambas partes. Carmen escuchó pasos, un choque de copas, un trago. Yo percibí el roce de sabanas, alguien que se removía al lado de mi mujer quizás buscando un contacto más íntimo, quizás arropándose junto a ella. Un cabecero que golpea la pared, el crujido de una cama…

—Carmen, ahora soy yo quien necesita algo de tiempo, no demasiado pero lo necesito. Sé que antes lo he desperdiciado lamentándome, culpándome, haciéndote la vida imposible pero eso ya no tiene remedio. Ahora estoy en otra posición, quiero arreglarlo y eso es lo importante, estoy en la misma idea que tú. Pero no quiero precipitarme, igual que tú.

—Lo entiendo y no sabes cómo me alegra escucharte.

Nos quedamos en silencio, poco había ya que añadir. La emoción podía jugarnos una mala pasada si seguíamos hablando.

—Anda, no hagamos esperar...

Me sorprendió su audacia. Sonreí, esa iba a ser mi nueva mujer.

—Te quiero.

—Y yo a ti —respondió en un susurro.— Adiós.

—Adiós Carmen.

No acabo de creerme lo que ha sucedido. Quisiera estar solo para poder saborear la escena que acabo de vivir. Es el inicio de una nueva etapa. Renacemos convertidos en otra pareja. Sé que lo que acaba de suceder es la promesa, el augurio de lo que me espera.

—¿Qué haces aquí, Sofía?

…..

Carmen está afectada por la conversación, Tomás sigue acariciándola suavemente, ella recorre el torso de Tomás sin rumbo fijo, jugando con su vello, melancólica.

—¿Qué ha pasado?

Carmen le mira, hay tristeza en sus ojos.

—Por un momento pensé que me  estaba haciendo pagar todo lo que le he hecho, luego...

No, no va contarle más, no lo entendería, tampoco le apetece. Demasiadas emociones ambiguas, incoherentes como para ponerse a explicarle a un extraño.

Tomás le acaricia la mejilla.

—¿Duele?

Un mohín con el que intenta minimizar los daños.

—No, en realidad no lo ha hecho aunque estaría en su derecho, ¿Acaso no estoy aquí contigo?

La atrae hacia él, no hay palabras para consolarla, solo la compañía y el silencio pueden ayudar. Carmen lo agradece, el siseo del aire acondicionado es el único ruido que acompaña a sus pensamientos. Una caricia en su hombro y el nudo en la garganta remite poco a poco.

—¿Quieres que me quede contigo esta noche?

Se desliza en la cama, es fácil en esas sábanas de raso. Se refugia en su pecho, la respiración de Tomás suena amplificada en su oído pegado al costado. El corazón le late rápido, quizás sea la obesidad o la falta de ejercicio. Acaricia su vientre. Se siente protegida.

—Si por favor, quédate.

Dormir

Dormir, si pudiera dormir. No está acostumbrada a esperar en vano a que el sueño llegue, jamás le ha ocurrido. Es una situación nueva que añade un motivo más a ese estado de ansiedad que se ha vuelto compañero inseparable.

Se acuesta con la sentencia firmada, sabe de antemano que no va a conciliar el sueño y eso la irrita. Y eso le impide dormir. Esa espera, esa vigilancia al acecho del sueño es absurda, lo sabe pero no consigue evitarlo. La tensión va en aumento a medida que reconoce el fracaso.

No, hoy tampoco va a dormir. Entonces desiste, espera y cuando escucha la respiración acompasada de Tomás abandona la cama con cuidado y deambula urdiendo un plan que llene las horas que tiene por delante. El primer café, el primer cigarro. Abre el cuaderno, trabaja, quizás así...

Hablar con su hermana le ha dado ideas. Debe volver al inicio, desandar una vez más el camino, puede que así encuentre la clave del escollo que la detiene. Algo falla, algo no está dicho.

Ahí está. Como una fugitiva, la paciente pasa de largo, apenas le dedica un par de líneas a su salida del hogar aquel domingo. ¿cómo no lo vio antes?

Analiza la frase: “Enfrentados, echándonos en cara lo ocurrido, las palabras dieron paso al insulto. Me fui antes de que aquello diera lugar a algo que se nos fuera de las manos”

Nada más. Carmen se detuvo a recordar. ¿Cómo puede resumir en una frase todo el drama que se representó aquel domingo en su casa? ¿ Y el sábado por la tarde, y aquella noche, donde está? ¿por qué no se ha enfrentado a Carlos, por qué le ocultó lo ocurrido a Mario?

Aquella Carmen que fue y ya no es tenía miedo, por eso huyó. ¿Qué es lo que se le podía ir de las manos?

Carlos, Carlos y la reacción de Mario y su propia reacción a lo que pudieran decir y decidir si continuaban hablando.  Eso es lo que se le viene a la mente como respuesta.

Dos horas más tarde vació el cenicero y pulsó el botón de la cisterna. Se refrescó el rostro en el lavabo sin mirarse al espejo, luego regresó al salón, el escenario de la lucha que había mantenido consigo misma.

El cuaderno revelaba la intensa batalla que había mantenido con la otra, esa naufraga escurridiza que se negaba a reconocer lo que ella ya había visto con claridad. A veces se fusionaban, entonces le era más difícil hacerle entender la realidad, el por qué de los hechos, tal y como cómo fueron. Cuando conseguía tomar distancia como si se viera a través del cristal de un vaso lograba separarse de ella. Así podía discernir con claridad los errores y marcar las pautas a seguir. O eso pensaba.

Ojeó lo que había escrito. Caótico. Frases tachadas, palabras subrayadas, páginas cruzadas con un aspa que intentaba anularlas... Una batalla intensa entre dos combatientes que, al final, había dados sus frutos.

Volvió a la alcoba. Tomás dormía profundamente. Se acostó a su lado y en sueños él se giró recogiéndola entre sus brazos

Si pudiera dormir…

Y Álvaro sin llamar.


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