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Fecha: 09-Feb-17 « Anterior | Siguiente » en Otros Textos

Victoria y Melbourne: Altar o Mortaja (5)

Efrain Jorge
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Tiempo estimado de lectura: [ 10 min. ]
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Quinta parte del relato de Lord Melbourne y Victoria; la relación entre ambos se vuelve más intensa, cuando Victoria se arriesga para pasar una noche con su esposo secreto, teniendo los primeros acercamientos eróticos. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Capítulo 5: Educación Sexual…

- ¡Pero Victoria, tú no puedes! – exclamó Lord Melbourne alarmado.

- ¡Tranquilo Lord M! ¡Nadie sabe que estoy aquí! Solamente nuestros fieles amigos – respondió Victoria, aproximándose a la cama.

Al tenerla más cerca, Lord Melbourne pudo ver mejor a través del camisón semitransparente de Victoria, aquello que se suponía que él no debía ver; así que él desvió la mirada perturbado, y Victoria tomó consciencia de su semi-desnudez, y por un instinto pudoroso se cubrió con los brazos. Pero luego ella esbozó una sonrisa pícara, al ver el efecto que había causado en Lord Melbourne.

-Lord M… estamos casados. ¿Ya se te olvidó? – preguntó Victoria algo divertida.

- ¡Cómo olvidarlo, señora! Pero el nuestro… no ha sido un matrimonio real al uso – replicó Lord M, con cierta ironía, pero sin poder evitar una sonrisa.

-Sea como sea, tenemos derecho a una noche de bodas, incluso aunque estés herido Lord M – dijo Victoria.

- ¡Victoria, por favor, no es…! – iba a protestar Lord Melbourne.

- ¡Por favor Lord M! – exclamó Victoria subiéndose a la cama y poniéndose muy cerca de Lord Melbourne - ¡Quiero estar contigo ésta noche! ¡No me eches de tu lado! Quiero tener un hermoso recuerdo del día en que me casé contigo – agregó ella viéndolo a los ojos con una mirada tierna y suplicante.

Lord Melbourne vio su hermoso rostro, con aquel gesto conmovedor, y luego bajo su vista y vio los senos de Victoria debajo de la tela casi transparente; él sintió el deseo venciendo los restos de su sentido común, y él se dio cuenta de que no podía resistirse.

- ¡Metete a la cama, Victoria! – exclamó Lord Melbourne apartando la gruesa colcha con su mano izquierda.

Alegre, Victoria se metió debajo de la colcha y acurrucó su cuerpo al lado derecho del cuerpo de Lord Melbourne, colocando una pierna encima de la entrepierna de Lord Melbourne; él volvió a colocar la colcha, cubriendo los cuerpos de los dos, y con su brazo derecho sobre la espalda de Victoria, la atrajo en un gesto íntimo y protector. Ella descansó su cabeza sobre el pecho de él, con los ojos entrecerrados.

-Victoria… mi dulce y temeraria Victoria – susurró Lord Melbourne mientras con su mano izquierda acariciaba el cabello de Victoria.

- ¡Lord M…! – exclamó ella, mientras una lágrima surcaba su mejilla y su cuerpo temblaba.

- ¿Tienes frío Victoria? Con ésta vestimenta debes tener frío, señora – le dijo Lord Melbourne con cierto tono lascivo, mientras la abrazaba más fuerte.

-Es… es mi ropa de dormir – dijo Victoria sonrojada, sintiendo debajo de su mejilla los latidos del corazón de él.

-Ya veo – contestó Lord Melbourne dejando deslizar su mano del cabello de Victoria al hombro desnudo de ella

Lord Melbourne hundió su rostro en los cabellos de ella, aspirando su aroma; le dio un suave beso en la cabeza.

-Tu cabello huele muy bien – le dijo en tono varonil Lord Melbourne.

-Lo lavé y perfumé antes de venir contigo – contestó Victoria, complacida.

-Victoria… tú sabes como hacerme perder la cabeza. Como despertar en mí pasiones que yo no sentía desde muy joven – dijo Lord Melbourne.

-Me hace muy feliz oírte decir eso, Lord M – replicó Victoria.

Victoria notaba como las manos fuertes y grandes de Lord Melbourne acariciaban su cuerpo, como una mano recorría su espalda, y la otra su hombro desnudo; Victoria se estremecía y sentía al mismo tiempo excitación y nervios…

-Lord M… hay algo que… ya sé que por estar herido tú quizás no puedas estar en condiciones de… consumar nuestro matrimonio ésta noche… Pero, sí tú quieres intentarlo… yo estoy dispuesta a hacerlo – dijo Victoria con la voz quebrada por la ansiedad y los nervios.

-Ya veo… es una oferta muy generosa, señora – replicó Lord Melbourne con voz dulce y un cierto toque sensual, y luego puso su mano bajo la barbilla de Victoria y suavemente la hizo levantar la cabeza para verla a los ojos - ¿Y tú lo deseas mi amor?

-Si… yo deseo ser tu mujer en todos los sentidos, William – contestó ella emocionada y con los ojos brillantes, con los nervios aflorando en el gesto de su rostro.

- ¡Mi bella Victoria… mi dulce ángel! – dijo Lord Melbourne con la voz cargada de deseo y ternura simultáneamente – ¿ya tú sabes todo sobre el acto del amor físico entre un hombre y una mujer?

- ¡Yo… no! Es decir, yo sé o intuyo algo, pero… no sé todo al respecto – contestó Victoria avergonzada y roja como un tomate.

Lord Melbourne la vio con una extraña e intensa mirada, entre conmovida y lasciva. Luego la besó en los labios, un beso prolongado y suave.

-Tu inocencia, tu virginidad es el mejor regalo que me puedes hacer… Amo tu candor Victoria, es dulce y excitante a la vez… Te deseo tanto, querida – le dijo Lord Melbourne con ese deseo reflejado en su voz viril.

Lord Melbourne la besó en la boca, ésta vez un beso más profundo y apasionado. Después Lord Melbourne puso su mano sobre uno de los pechos de Victoria, por encima de la tela del camisón de dormir; la acción tomó por sorpresa, que dio un respingo y se estremeció.

- ¡Tranquila, Victoria! Permite que te enseñe algo de ese amor físico entre un hombre y una mujer – dijo Lord Melbourne, mostrando a Victoria un rostro de él que ella no conocía… la del hombre excitado, la del macho en celo.

Con su mano grande y fuerte, Lord Melbourne comenzó a acariciar y apretar el pecho de Victoria por encima de la tela de la prenda; luego él llevó la mano al hombro y bajó la tira del camisón… hasta que él consiguió sacar el pecho de ella del camisón y dejarlo desnudo.

Lord Melbourne puso su mano sobre el pecho desnudo de ella, y volvió a acariciarlo y apretarlo, ésta vez en contacto directo con la piel. Victoria cerró los ojos y jadeó, excitada y algo asustada a la vez. Lord Melbourne pellizcó el pezón de Victoria, haciendo que ella emitiera un pequeño grito ahogado, y que todo el cuerpo de la chica temblara con cierta fuerza…

- ¡Me vuelves loco Victoria! Tú haces que me pierda en el deseo… que solo desee poseerte – dijo Lord Melbourne con voz jadeante y ansiosa.

Él llevó su otra mano al trasero de ella y empezó a acariciar sus nalgas, y a darle pequeñas nalgadas. Lord Melbourne hizo descender su cabeza y puso sus labios sobre el pecho descubierto de Victoria, y entonces lo besó y…

Victoria sentía cosas que nunca antes había sentido… oleadas de calor y de hormigueo recorrían su cuerpo, y se concentraban en ciertas partes… Ella temblaba como un flan, y jadeaba ansiosa y desesperada. Al mismo tiempo frotaba su pierna contra el cuerpo de Lord Melbourne, por instinto. Mientras tanto Lord Melbourne hizo que la mano que tenía sobre el trasero de Victoria se aferrara a la tela del camisón, y haló de la prenda dejando descubierto el muslo, que acarició con sus cálidos dedos.

- ¡Oh Lord M! – jadeaba Victoria perdiendo el control.

- ¡Déjate llevar, Victoria! ¡Dios, que hermosa eres! – exclamó Lord Melbourne apartando un momento sus labios del pecho de ella, para enseguida volver a su labor, usando con habilidad su boca sobre el duro pezón, estimulándola

Victoria posó una mano en el cabello de Lord Melbourne y se aferró a él. Lord Melbourne apartó su boca del pecho de ella y ahora besó a Victoria en los labios, un beso apasionado y casi violento, que casi le hace daño a ella. Mientras tanto, él volvió a apretar casi con rudeza el pecho de Victoria con su mano.

Lord Melbourne descendió sus labios y besó el cuello de Victoria, y lo mordisqueó. Con la otra mano Lord Melbourne acarició las nalgas de Victoria, que había dejado desnudas al subirle el camisón…

- ¡Dios, como me cuesta detenerme! – exclamó Lord Melbourne jadeando de cansancio y excitación.

- ¡No lo hagas! – replicó Victoria, sorprendida de sus propias palabras, también jadeando.

-Victoria… tengo que parar… En primer lugar, porque mi cuerpo aún no está en condiciones… y… cuando te haga el amor por primera vez, quiero poder dar lo mejor de mí… amarte como tú te mereces – le dijo Lord Melbourne con una sonrisa – Y en segundo lugar, porque cuando te ame por primera vez, no quiero hacerlo casi a escondidas, como sí yo fuera un inmoral que entra a una casa a hurtadillas a seducir a una niña inocente… Yo quiero hacerte el amor como tu marido… con orgullo, sin escondernos… quiero que el mundo sepa que eres mía… Y quiero que tu primera vez sea especial… para los dos – agregó él.

-Lord M… por eso te amo… Pero es tan difícil parar ahora – dijo Victoria riéndose.

- ¡Sí tú supieras todo sobre el amor físico entre hombres y mujeres, sabrías que para mí es mucho más difícil! – contestó Lord Melbourne riéndose, mientras pensaba en el abultamiento en su entrepierna – Por cierto… ¡bonitos atributos, señora! – agregó él mientras volvía a apretar el pecho descubierto de Victoria.

- ¡Lord M! ¡Es usted muy atrevido! – replicó Victoria con una risita nerviosa, mientras le daba una palmada amistosa a la mano de Lord Melbourne que sujetaba su pecho, y luego oculto su cara en el pecho de él.

-Te amo tanto Victoria, tanto – le susurró él al oído.

El resto de la noche se la pasaron conversando, de vez en cuando riendo, con frecuencia besándose, compartiendo caricias… hasta que ambos se quedaron dormidos. Al día siguiente, cuando apenas despuntaba el Sol, se oyeron unos golpes a la puerta, y la señorita Skerrett entreabrió la puerta y asomó la cabeza.

- ¡Majestad! ¡Majestad! – llamó Skerrett.

Victoria y Lord Melbourne despertaron, y ambos levantaron la cabeza para ver a Skerrett…

-Perdone Majestad, mi señor… pero la Baronesa Lehzen me envió a buscarla… Usted debe volver a su dormitorio para evitar ser vista aquí.

Victoria y Lord Melbourne compartieron una rápida mirada de decepción, y ella lo besó en los labios.

-A la hora del almuerzo volveré a visitarte querido – dijo Victoria y de forma apresurada se salió de la cama y se puso de pie.

- ¡Victoria, espera! – Lord Melbourne trató de advertirla, extendiendo su brazo…

Pero ya era tarde… Victoria aún tenía el pecho fuera del camisón, y aunque se dio cuenta y se lo cubrió con pudor, ya la señorita Skerrett lo había visto, y la doncella de la Reina se puso roja como un tomate, al sentirse como una testigo indiscreta en un momento íntimo de la pareja…

- ¡Yo, yo espero afuera Majestad! – se disculpó avergonzada Skerrett, y cerró la puerta avergonzada.

Victoria y Lord Melbourne intercambiaron una mirada y se echaron a reír como dos niños traviesos, y ella se echó en brazos de él, que le dio un beso de despedida en los labios, entre risas…

Unos minutos después Lehzen, Victoria y Skerrett ya estaban en el dormitorio de la Reina; la Baronesa Lehzen veía a Victoria con mirada suspicaz y de reprobación.

- ¿Y qué tal su noche, Majestad? – preguntó Lehzen tratando de sonar indiferente.

-Tranquila y dulce… interesante – contestó Victoria tratando de ocultar el rostro y la mirada para no delatar su rubor.

- ¿Interesante? – preguntó Lehzen enarcando una ceja.

- ¡Lehzen! ¡No tengo que darte explicaciones! Pero, para satisfacer tu curiosidad, no ha sucedido… lo más importante – dijo Victoria dirigiendo una mirada de reojo a Skerrett, que acomodaba la ropa de la Reina en la cama, y que se sonrojó al ver la mirada de Victoria.

-Ya veo – replicó Lehzen con expresión ceñuda.

- ¡Lehzen, no me veas así! – reclamó Victoria, como una chica que se queja por el regaño de su madre después de salir con un novio a escondidas.

- ¿Así como? – preguntó Lehzen.

- ¡Como cuando era niña y hacía algo malo! ¡Soy una mujer casada! Además, me avergüenza hablar de esto – dijo tajante Victoria.

Cuando la dejaron a solas unos minutos, Victoria recordó los momentos vividos, los besos y caricias de Lord Melbourne, y recordó la sensación de excitación sexual que había vivido por primera vez de esa manera… sintió el calor en sus entrañas, y se echó a reír sola. Ahora más que nunca estaba dispuesta a luchar por su amor, y decidida a dar el siguiente paso, por más arriesgado que fuera… 

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© Efrain Jorge

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