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Fecha: 20-Feb-17 « Anterior | Siguiente » en Control Mental

Tres palabras

Machi
Accesos: 22.570
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Tiempo estimado de lectura: [ 73 min. ]
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La Duquesa, con el único afán de hacerme entender que no era la primera vez que su culo albergaba el descomunal aparato, clavó una desvergonzada mirada en mí y arqueó sus caderas hacia atrás, invitando al engrasado misil a que explorara sus entrañas. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Nota: Todas las personas que aparecen en el relato, así como los hechos narrados son fruto de la imaginación del autor, y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

Cristina Dorotea Ernestina Faustina Gertrudis Herminia Ignacia Jacinta de Austria y de todas las Francias. Cada vez que leo el nombre completo de mi paciente, no puedo evitar pensar en las absurdas costumbres de la nobleza española y en que hay pocos días al año que no sean onomástica de la Duquesa.

Al coger el abultado expediente de los cojones, soy consciente  tanto del estupendo estudio científico  que encierra, como del poco partido científico que le estoy sacando. ¡Tengo ante mí el caso clínico de mi vida y ni siquiera, me he tomado la molestia de compartirlo  con mis colegas de la  profesión!

A mí, a Tomás Torres, licenciado en Psicología por la Universidad de Granada, me ha tocado soportar, durante el último año, horas y horas  las quejas y lamentos de la adinerada dama, escuchar lo mal que la había tratado la vida y, ¡encima!,  tener que ser educado con ella ¡Tanto estudiar para tener que oír los gimoteos de una niña de papá!  Menos mal que como  todo esfuerzo, este también está teniendo su  recompensa… ¡Y la  recompensa está siendo la leche en bote!

Que la “pobre” Duquesa de Sotomayor tenía problemas era, de sobra conocido  por todos, pero si su interminable apelativo le había llegado impuesto por su noble estirpe, el resto de cruces con las que  estaba lidiando se las había buscado ella solita y, entre todas ellas, su mayor penitencia: el sinvergüenza de su marido.

Cuando su hombre de confianza contactó conmigo para contratar mi servicio, me lo estuve pensando.  No obstante, aunque no me apetecía mucho incluirla en mi lista de  pacientes, mi amor por el dinero era inmenso y, como el hecho de que subiera mis honorarios bastante más de lo normal no la hizo desistir de su capricho, me vi en “la obligación” de llevar su caso. Todo fuera porque la ropa de marca, las cenas caras, los coches de lujo y demás, siguieran siendo compatibles con mi cartera.

Como lo desconocía  casi todo de la jodida Duquesa, antes de su primera sesión de “que desgraciada soy”, me tuve que empapar de toda su vida pública y para ello no había mejor archivo que la versión digital de las  revistas del corazón.

Así que para saber un poco más de mi acaudalada  paciente, decidí navegar por internet.  El primer artículo que me encontré  fue uno de unos diez años antes que decía: “Cristina de Austria  mantiene una buena amistad con Fran Muñoz”.

Fran Muñoz era un famosillo torero de poca monta, que vivía del renombre de su fallecido padre y de las exclusivas de la prensa del corazón por sus constantes amoríos. Por eso cuando a Cristina, la Duquesa de Sotomayor,  una chica que había llevado una vida bastante discreta, se la comenzó a ver en compañía del atractivo diestro, el que sus idas y venidas fueran objetivo de los paparazzi y que  los cronistas de la vida ajena empezaran a especular sobre un posible romance, fue todo uno.

Así la atractiva Duquesa pasó de ser un personaje anónimo a alguien de quien todo el mundo tenía algo que opinar en la cola de la carnicería.

En los últimos meses, una pregunta ha sonado insistentemente en mi cerebro: ¿Por qué se fijó la Duquesa en Fran? Cristina no solo es rica, culta y atractiva, sino que tiene don de gentes y una elegancia que ya quisieran para sí algunas de las anoréxicas modelos de la pasarela Cibeles. Y el jodido Fran Muñoz no pasaba de cateto monillo y poco más. ¡Cómo coño iba a saber yo cuál era la excepcionalidad del novillero? Ni la Universidad, ni cientos de libros te preparan para considerar una circunstancia de esa índole.

La peculiaridad del torero hizo que la relación se consolidara rápidamente y al poco tiempo de dar a conocer su relación, anunciaron a bombo y platillo una boda que terminó siendo portada de todas las revistas de cotilleo. Fue un enlace mediático cien por cien, no recuerdo tanto trasiego de curiosos, periodistas y cámaras de televisión por la ciudad de Sevilla, desde la boda de la Infanta Elena. Fue una celebración opulenta a más no poder,  con el despilfarro como seña de identidad y todo el mundo pendiente de unos  completos desconocidos, a los que, por su  aparente cercanía y popularidad,  creían conocer.

Tras el idealizado “Sí quiero” de la pareja, me tocó recolectar los reportajes del viaje de novios, todo fuera por conocer mejor a mi cliente, poder curarla de su trastorno y la publicidad que esto supondría para mi consulta.

La única exclusiva de la luna de miel que el afamado novillero no vendió a la prensa rosa fue la consumación del acto marital. Porque a excepción de cuando estaban en plena faena, no había un momento del día que no tuvieran un fotógrafo pendiente de todos y cada uno de sus movimientos.

Indirectamente la forma de gestionar aquel momento tan íntimo de Fran y la postura de su recién estrenada esposa, me dieron  las claves para entender muchas de las cosas que sucedieron tanto antes, como después de lo acontecido con el caso Vox.

Estaba claro que la pareja, con el inmenso patrimonio que había heredado la Duquesa, no necesitaba de los cheques de aquellos reportajes, pero si la ambición del torerillo era grande, más lo era su afán de notoriedad y, con tal de ser el más guapo del baile, no le importó  empujar a su esposa hacia el precipicio de las exclusivas, que crecieron como la mala hierba: hoy porque cambio los muebles de sitio, mañana porque nos vamos de compras a Milán… Si a eso le sumamos sus dos embarazos, partos y presentaciones de los niños a los medios, la verdad es que era raro el mes que no protagonizaban un  extenso reportaje  tanto para deleite de las  largas esperas en peluquerías, dentistas y demás, como para engrosar la cartera del recién estrenado duque.

A pesar de su escasa preparación, demostró ser bueno en los temas empresariales, comenzó a tomar parte en los consejos de administración de las empresas de su esposa. Incluso empezó a tomar decisiones, la primera fue la creación de una empresa de energía renovable en la costa gaditana. Para conseguir el capital necesario para dicho proyecto, no tuvo más remedio que lanzar una emisión de obligaciones cuya campaña publicitaria iba dirigida preferentemente a los jubilados, recuerdo que el lema del spot era: “Ayuda a Fran Muñoz a dejar un mundo con menos polución para tus nietos”.

La popularidad del matrimonio Sotomayor, unido a la alta rentabilidad de la inversión y lo ecológico de la misma, hizo que mucha gente mayor  pusiera sus ahorros  en sus manos, sin pensárselo demasiado. ¿Quién iba a imaginar que personas tan simpáticas y cercanas iban a engañarlos? Fue tal el éxito alcanzado, que su nombre no paraba de sonar entre los círculos empresariales como si fuera una especie de gurú de los negocios.

Fuera como fuera, Francisco consiguió ser alguien a tener en cuenta en la jet set nacional y, amparándose en ello, fundó Vox, una especie de ONG  para ayudar a los niños con enfermedades raras. Gracias a su multitud de contactos y su popularidad,  los eventos para recaudar dinero para esta causa se fueron multiplicando  a lo largo y ancho de todo el territorio nacional.

Hoy en perspectiva, al analizar todas y cada una de las apariciones mediáticas de los Duques de Sotomayor, no puedo evitar pensar que el otrora novillero era un  puto sociópata y que todos sus movimientos respondían a un plan perfectamente trazado y con un único objetivo: su enriquecimiento personal.

Si de la etapa “Disneylandia” de Vox tuve que consultar una amplia hemeroteca, en el momento en que el verdadero rostro del esposo de Cristina salió a la luz, nadie pudo callar a una prensa harta del despotismo de Francisco Muñoz. Eso sí,  si los antiguos titulares parecían salidos de “Sissi emperatriz”, los nuevos  recordaban a  “Los soprano”.

Todo se inició con una primera plana en un diario conservador: “El Duque de Sotomayor, bajo el punto de mira de Hacienda por blanqueo de capitales”. Ni qué decir tiene que el periódico agotó su tirada y todos los jodidos tontulianos de las distintas cadenas aprovecharon para dar su  versión sobre la insólita noticia, intentando explicar a través de complicadas teorías algo de lo más evidente, pues simplemente pasó lo que pasa siempre, que el dinero llama al dinero y que la ambición y la legalidad pocas veces se dan la mano. Y en el caso de mi paciente y su esposo, es que no se vieron ni de lejos.  

Las noticias sobre las presuntas actividades  ilegales del atractivo noble se fueron sucediendo  y lo que en principio era un delito menor fue aumentando  en progresión  geométrica, como una especie de bola de nieve al descender desde la cima. Un alud que terminó evidenciando que el guapo torero  era un estafador “sin todas las de la ley”.

Tras el presunto blanqueo de capitales, se supo de su saqueo de las arcas públicas mediante el cobro desorbitado de servicios inexistentes a través de la ONG Vox, también  de que el préstamo masivo que consiguió de los jubilados era una especie de trampa, pues no se trataba de depósitos a plazo fijo, sino de deuda subordinada cuyo período de amortización superaba los cincuenta años.  Y lo peor,  cómo a través del entramado de empresas de su esposa, consiguió apropiarse indebidamente de unos fondos para el desempleo y  para cursos de formación para los más necesitados. Por lo visto, el ex novillero consideraba que   aquellos millones de euros eran más necesarios en su cuentas de los paraísos fiscales, que en la casa de las personas en peligro de exclusión social.

Dada la mala situación que pasaba el país (un desempleo muy alto, desahucios a la  orden del día y una clase política corrupta), el valiente juez Monzón le echó cojones y   se atrevió a imputar al matrimonio Sotomayor.

La prensa conservadora se cebó con el osado juez, intentando deslegitimar sus acciones aduciendo que estaba movido por los hilos de la izquierda y los antisistema. Sin embargo,  pese a que tanto los poderes fácticos como los poderes públicos intentaron hacer desistir al magistrado de su empeño, el matrimonio Sotomayor fue imputado y, posteriormente, juzgado. 

El articulo con la sentencia de Francisco Muñoz y Cristina de Austria, ocupa un lugar privilegiado en su expediente médico, entre otras cosas porque fue el detonante de su trastorno: “El Duque de Sotomayor condenado a diecisiete años de prisión, su esposa sale absuelta”.

Argumentar que no conocía nada de los negocios de su marido y que ella se limitaba a firmar los papeles que él le ponía delante, salvó a mi cliente de dar con los huesos en la trena. La  ayuda especial del Fiscal General del Estado y de otros altos poderes legislativos, también tuvo su importancia.

Aquello me dejó claro que esta sociedad española nuestra puede presumir de ser moderna, igualitaria y demás zarandajas, pero sigue siendo tan machista y clasista como cuando hace cuarenta años y aún el “Gran Hermano Tito Paco” nos vigilaba. ¿Cómo no va a saber una mujer del siglo XXI cómo y dónde gana el dinero su marido?   Máxime una que entre otras cosas era socia al cincuenta por ciento en la mencionada empresa Vox ¡Que por muy tonta que sea una mujer esas cosas las sabe! (Si no que se lo pregunten a la mía, que parece que la ha enseñado el mismísimo  Sherlock Holmes).

Pese a que  ella negó repetidas veces en el  juicio que conociera o no le constara algo de las actividades y los negocios de su marido, todo el mundo concluyó que mentía y aquello la hizo caer en desgracia. Y de ser la nuera, la hija o la amiga que todo el mundo quería para sí, pasó a ser persona non grata en la mayoría de los círculos sociales.

Los aristócratas, artistas y demás gente que frecuentaba,  le dieron la espalda para que su imagen no se viera dañada. Es más, a pesar de su dinero e influencia la mayoría de las  puertas se le cerraron, no porque hubiera hecho algo que los demás no hicieran, sino porque había sido tan torpe como para que la pillaran.

Pero el que se dictara sentencia no trajo consigo que la pareja desapareciera de los dimes y diretes de las tertulias varias. Todo el mundo daba su opinión sobre la decisión del Juez, los había  que  hasta aseguraban y perjuraban  que  meter a un Duque en la cárcel respondía a una especie de conspiración tras la cual estaba  o el cartel de la droga colombiana  o la revolución bolivariana… Cualquier cosa menos reconocer que, en un estado de derecho,  quien la hace la paga.

Mas cuando parecía que el tema se agotaba, una nueva noticia saltó a las portadas de los diarios: “Cristina de Austria en paradero desconocido”. Se especuló todo lo que se quiso y más sobre su desaparición, los que fueron más suaves con ella argumentaron una especie de depresión por ver su marido en prisión. Y por otro lado, los amantes de los todopoderosos, que vieron  en lo sucedido una confabulación, culpando de su desgracia al Juez Monzón.

Nadie podía sospechar que la Duquesa de Sotomayor había sido secuestrada por unos ancianos damnificados por los negocios de su marido (el que no pidieran rescate ayudó bastante) y tras dos semanas sin saber de ella, se presentó en un centro comercial con una indumentaria más propia de una prostituta que de una dama de la nobleza.

No olvidaré el titular en la vida: “La Duquesa de Sotomayor reaparece en un centro comercial y es detenida por escándalo público”.

Las fotos de su regreso y lo que sucedió después acaparó las portadas de los diarios, los programas del corazón y las tertulias de sabelotodos tuvieron comidilla para unos cuantos debates. No todos los días meten a una Duquesa en la cárcel por hacerle una mamada a un tío en pleno centro comercial y mucho menos a una  tan conocida y famosa como la de Sotomayor.

Entre los beneficiados de aquel estropicio, estuvo el Falote,  el tío que se dejó hacer por mi paciente. El muy cabronazo, de ser un canorro sin oficio ni beneficio,  pasó a ser trending topic y a desfilar, previo pago,  por todas las televisiones para dar su versión de lo sucedido. El puto niñato se hizo de oro por estar en el lugar y sitio preciso.

A raíz de aquel incidente fue cuando  la ilustre Dama pidió  contar con mis servicios, en principio no supe por qué me eligió a mí de entre todos los psiquiatras de la capital hispalense; hoy, tras las numerosas charlas compartidas y con todo lo que he averiguado de ella, estoy en condiciones de conocer la respuesta: me escogió por ser el más joven y más atractivo…

Aún recuerdo   nuestra primerísima  sesión, creo que fue ahí cuando caí rendido ante sus numerosos encantos.  Intuitivamente  pulso el play de la grabadora para escucharla y dejo que el sonido enlatado refresque mi memoria.

15 DE DICIEMBRE 2012 PACIENTE: Cristina de Austria sesión nº 1

—Doña Cristina. Para poder estudiar mejor su caso necesitaré grabar nuestras sesiones. Nada de lo que se diga aquí, amparado en el secreto profesional, saldrá al exterior.

—Sí. Y además está la cláusula de confidencialidad que mis abogados le han hecho firmar…— A pesar de la baja calidad de la grabación,  se puede palpar la arrogancia y prepotencia en su voz— Puede grabar y por favor, si quiere que me sienta cómoda no me llame Doña Cristina, llámeme Cristina o si lo prefiere Kit.

—Lo dejaremos en Cristina…

—Pues entonces no nos tutearemos…

—De acuerdo… Quiero que se relaje, que esté lo más cómoda posible, que se sincere conmigo y que olvide todos los formalismos sociales—El armonioso sonido de mi voz, no tiene otro objetivo que su comodidad—.  ¿Sabe usted que, para poder solucionar los problemas que le ha acarreado el secuestro, deberemos hablar de él?

—Vaaaaale .

—Sucedió a finales de noviembre, pocos días después de que el juez la absolviera de toda culpa, ¿no?

—Sí, pero eso usted lo debe saber porque, desde que los negocios de mi marido fueron sacados a relucir por la maldita prensa, no ha habido un día en que los medios de comunicación no hayan bombardeado a la gente  con datos sobre el dichoso caso. Si hubiera sido el marido de  una cajera de un supermercado en vez de un miembro de la nobleza, no se le hubiera dado tanto bombo —Hace una inflexión al hablar, como si se creyera sus palabras—. Ya sabe usted, son los inconvenientes de ser una persona  súper conocida, que la envidia se ceba con nosotros…

—Debería entender que el marido de la cajera de un súper no hubiera tenido acceso a tanto dinero.

—Ya…—permanece en silencio como contrariada, para proseguir con más ímpetu— No es que intente justificar lo que hizo mi marido, pero como ya dije una vez y otra vez  ante el juez, no es que yo no supiera nada, sino lo siguiente. 

¿Cómo pude ser tan necio? Su forma de alternar vocablos propios de la persona culta que era, con los de una pija descerebrada debió darme que pensar sobre lo que verdaderamente pasaba allí, pero estaba tan ensimismado con la majestuosidad de su persona, que demostré ser poco profesional y lo obvié por completo.

—Cristina, debe sincerarse conmigo pues, como sabe, nada de lo que diga saldrá de aquí…

—Bueno, no creo que decir que supiera o no lo que Fran estaba haciendo, vaya a solucionar el problema que me han acarreado los puñeteros  yayo flautas.  O sea, que no creo que valga para nada.

—¿Por qué utiliza ese término peyorativo hacia sus secuestradores?  ¿Qué sentimientos tiene hacia ellos?

—Odio, mucho odio —Aunque intenta sacar una voz lastimera, le es imposible pues no está dispuesta a  perder su perenne “saber estar” —.No solo me apartaron de mis hijos y de mi familia durante dos largas semanas, sino que además contrataron a aquel psíquico estúpido para que me hiciera aquello…

—¿Qué recuerdos guarda usted del día del secuestro?  

—Todo está tan mega confuso… Solo recuerdo que fui de shopping a aquellos grandes almacenes intentando evadirme de la realidad. Intentando olvidar que Fran se quedaría en la cárcel por mucho tiempo y que cuando saliera de allí, sería un añejo cincuentón. Que perdería los mejores años de su vida entre delincuentes…

—¿Fue usted sola?

—Pues claro. Y aunque lo de despistar a mi escolta, vestirme con ropa barata, ponerme una peluca´, unas gafas y pagar en efectivo, no era nuevo para mí pues, tanto para pasar desapercibida como para divertirme, ya  lo había hecho en otras ocasiones con mi ex–mejor amiga Mamen Meiras, pero como desde que pasó lo de Fran, no solo me ha retirado la palabra, sino que  me ha borrado hasta de su grupo de WhatsApp… O sea, que no tuve más remedio que ir sola.

»Sí, sé que debí de haber hablado con alguno de mis guardaespaldas y que me vigilara en la distancia, pero estaba tan obsesionada en convencerme de que nada había cambiado, que opté por hacerlo como siempre lo había hecho.  Si hubiera sido más precavida, nada de aquello habría pasado.

»Por lo que pude saber después, hacía días que los yayo flautas  me tenían súper  vigilada y seguirme  a los  grandes almacenes fue de lo más megafácil. En los aparcamientos y  con la excusa de pedirme ayuda para cargar unas bolsas en el coche (¿quién iba a  desconfiar de unos débiles e inocentes viejecitos?) me dieron a oler cloroformo y el resto ya lo conoce.

—Conozco lo que ha salido en la prensa, pero no lo que usted vivió de primera mano.

—¡Lo flipo en colores…!¿Tengo que revivir ese momento para poder curarme?...

—Aunque no sé si podré revertir el proceso, si usted no acepta plenamente lo que pasó aquellos días y lo comparte conmigo. Difícilmente estaré yo en situación de ayudarla.

—De acuerdo, pero le tengo que decir que mis recuerdos no es que sean vagos, sino lo siguiente.

—Pero siempre serán mejor que nada.

—Lo primero de lo que fui consciente fue de lo oscuro del lugar y  de mi imposibilidad de movimientos —Sus palabras suenan con firmeza, como si todo estuviera en su cabeza y no tuviera que hacer esfuerzos por recordar —.Estaba atada de pies y manos, una mordaza cubría mi boca y aunque las ligaduras eran suaves, no por ello dejaban de ser incómodas. Un inconmensurable terror se apoderó de mí, pues no sabía ni dónde estaba ni quién me había llevado allí. No sé cuánto tiempo pasé allí sola, lo único que recuerdo es que tenía tanto miedo que hasta me oriné encima. Fue súper espantoso sentir cómo el caliente líquido empapaba mi trasero y resbalaba por mis piernas. Es la mayor abyección a la que puede ser sometida una persona, y más una de mi  categoría y clase social.

»De pronto la luz de una linterna me dio de pleno en la cara, cegándome por completo. Sentí cómo el lugar donde estaba se llenaba de gente. El primero en hablar fue un hombre, por la forma de arrastrar sus palabras y lo ronca que era su voz, supuse que era un señor de avanzada edad. Nunca olvidaré lo que me dijo: —La Duquesa sorprendentemente, cambia su tono de voz e imita la voz áspera del hombre —“Cristina, usted y su marido se han llevado la seguridad de nuestra vejez, los ahorros de toda una vida. Su marido ha acabado con los huesos en la cárcel, pero usted ha conseguido eludir la Justicia por ser quien es. ¿Cree que se puede ir de rositas después de ser cómplice de nuestra ruina? Por su culpa, nuestra vida ha cambiado por completo. Nosotros haremos que la suya cambie para siempre”.

»Dicho esto se marcharon y me volvieron a dejar sola. Un terror incontrolable atenazó mi pecho, la angustia fue mi compañera durante largas horas, hasta que recibí  la  única visita de una mujer mayor que venía a traerme la comida. La  muy odiosa vieja cubría su rostro con un pasamontañas y me dio de comer  sin decir palabra alguna.

—¿No intentó hablar con aquella señora?

—¿Me lo dice o me lo cuenta?... — Al gritarme pierde la compostura —¡Pues claro que sí!,  pero ella me ignoraba y me metía el alimento en la boca del mismo modo que se hace con  una bestia. ¡No me había sentido tan  híper  humillada en la vida!

—¿Qué pensamientos pasaron por su cabeza ante el desprecio de aquella mujer?

—Si hubiera podido moverme hubiera reventado su cabeza contra la pared, ¿quién se había creído aquel vejestorio que era para tratarme a mí así? ¡A mí, a la Duquesa de Sotomayor!

—Eso es, suelte su frustración… Le vendrá bien.

—No creo que ni en mil sesiones con usted, doctor, sea capaz de soltar todo el resentimiento que siento hacia aquellos malditos viejos. ¡Y al final dicen mis abogados que por su avanzada edad no van a ir a la cárcel! ¿Hay derecho a eso?

—Eso es justamente lo que pensaban ellos, que no era lógico que usted no pagara por lo que había hecho…Ellos la consideraban cómplice de su ruina.

—Pero… ¿Usted de que parte está?

—Yo de la de usted… Pero si no acepta su culpa en los hechos y continua mostrando ese resentimiento hacia sus secuestradores, difícilmente podremos afrontar una posible mejoría.

—¿ O sea, que me está pidiendo que los perdone?

—No, pero el odio y el resentimiento son emociones muy negativas y lejos de ayudar a revertir su estado, lo único que pueden hacer es empeorarlo.

—¿Sabe usted lo que me hicieron pasar en aquellos catorce días?¡No se lo pierda!  Cuando se marchó la mujer que me dio de comer, estuve no sé cuántas horas allí sentada, muerta de frio,  empapada y apestando a orín. Lloré y gimoteé hasta que el cansancio me venció y a pesar de lo incómodo de la postura, me quedé dormida sobre aquella asquerosa silla.

»Al despertar, estaba tendida sobre una especie de cama, me habían vendado los ojos y por la sensación de mareo que tenía, sospeché que me habían vuelto a sedar.  Por las voces, deduje que junto a mí había cinco personas distintas: tres hombres y dos mujeres. La voz cantante parecía llevarla el carcamal de la voz ronca.

»No había que ser un Einstein para deducir que estaban súper bien organizados y que llevaban mucho tiempo preparando aquello —Aunque el sonido de su voz es alto, intenta que sus palabras no sean un reflejo de su  degradado estado  de ánimo —. Hablaron delante de mí como si fuera invisible, como si nada de lo que yo pudiera hacer o decir les importara. Aunque no pillaba el sentido completo de su conversación, supe que no pedirían rescate por mí y cuando viniera alguien y me hiciera no sé qué, se entregarían a la policía. No tenía ni zorra de quién se trataba  y qué me esperaba pero, por lo que pude deducir,  el tipo no era un asesino a sueldo y lo que me haría no era nada grave… ¡Aunque sí duradero!

—Un mes  lleva padeciendo las consecuencias de lo que lo hicieron, ¿no?

—¿Me lo dice, o me lo cuenta? … ¡Sí, treinta largos días   y parece no tener fin…! Es más, creo que sus efectos en vez de mitigarse van a más…

–Bueno, pero no adelantemos acontecimientos. ¿Cuál fue su relación con sus secuestradores?— Mi tono jovial suena a entrevistador televisivo.

—¿Quiere saber si nació en mí una especie de síndrome de Estocolmo o como quiera que lo llamen?¡Qué fuerte! Pues definitivamente y rotundamente, ¡no! ¿Sabes qué hicieron para lavarme y ponerme una ropa asquerosa? Me sedaron ¡A saber quién me desnudó y el modo en que lo hizo! O sea, que uno de esos viejos me tocó y manoseó para cambiarme de ropa. Es solo imaginarlo y se me ponen los vellos de punta… ¡Fue súper horrible!

—Por lo que sé, no hubo abusos sexuales, ¿no es así?

—No, no los hubo —guarda silencio unos segundos y su voz vuelve a mostrar un tremendo enojo—. ¿Pero le parece poco lo que hicieron? No se conformaron con mantenerme en aquel repugnante sitio durante catorce eternos días, luego estuvieron las sesiones con aquel maldito psíquico… ¡Solo recordarlo y me pongo estresadisíma!

—¿Sesiones? —Lo que dice me coge por sorpresa y callo por un instante —. Eso lo desconocía, creía que la hipnosis se hizo de una sola vez…

—¡Eso me hubiera gustado a mí! Pero por lo visto o el psíquico no era tan bueno como decían o mi mente se resistía a ser controlada. Al final, seguramente porque mis defensas se debilitaron, fue oír las malditas palabras que salieron de la boca de aquel tipo y mi mundo no se volvió de revés, sino lo siguiente.

—¿Qué recuerda de aquel momento?

—En principio no sabía qué reacción buscaban con decir delante de mí aquellas tres palabras  —Por primera vez en toda la sesión, sus palabras parecen dubitativas —, pero el día que mi mente y mi cuerpo se vieron afectados por ella, lo supe.  No olvidaré jamás cómo me sentí aquel día. ¡Fue súper mega horrible! Incluso peor que  en el juicio…. ¡Aquellos malditos yayo flautas destrozaron mi vida por completo! Si me quedaran lágrimas que echar, lloraría.

—No se reprima. Suelte toda la rabia, llore si lo precisa.

—La rabia la puedo soltar pero lo de llorar prefiero hacerlo cuando no esté maquillada, por aquello del rímel y tal… ¿Por dónde iba? ¡Ah! Cuando por primera vez, las malditas tres palabras tuvieron efecto en mí. Ignoraba qué es lo que pretendían hipnotizándome y con todas aquellas sesiones de sugestión psíquica, pero aquel día lo averigüé… ¡Y bien que lo hice!

»A pesar de estar maniatada a una desdeñable silla de madera, una sensación parecida al hambre me invadió, era como si mi vientre, mis pechos, mi boca, mi culo, cada poro de mi cuerpo pidiera ser acariciado. Como si tuviera un vacío en mi interior que solo pudiera ser saciado con unas buenas dosis de sexo.

 »Y lo que era peor: no había un deseo hacia formas, olores o sensaciones. Era una necesidad impúdica de otro ser humano sin importarme su género, edad, raza o cualquier otra característica física. Una lujuria irracional se apoderó de mí y si hubiera estado libre ninguno de los allí presente se hubiera salvado de ser acosado por mí. Solo de pensar,  que de no haber estado amordazada, me habría insinuado como una cualquiera a aquellos asquerosos viejos, ¡ aiss, me entran escalofríos de solo pensarlo!

»El hipnotizador pareció darse cuenta de mi transformación y me quitó la mordaza —Cambia el tono de su voz por uno más ceremonial, tanto que parece ensayado —. Aun hoy, al recordar las frases que salieron de mi boca, siento como si hubieran sido pronunciadas por otra persona. Articulé insultos que desconocía que existieran siquiera. Toda mi instrucción religiosa quedó relegada por los ardores de mi entrepierna. Vociferé con todas mis fuerzas que me tomaran de los modos más soeces posibles. Mis pechos estaban duros como una piedra, mis bragas se mojaron de manera evidente y una sensación extraña nacía en mi trasero, como si estuviera incompleto sin algo dentro ¡Ya le digo mega mega mega espantoso!

»Tras disfrutar del lamentable espectáculo que di, me volvieron a sedar y ya, lo siguiente que recuerdo es despertarme en un banco en un centro comercial, vestida  y maquillada como una mujer de vida alegre. Fue recuperar la conciencia, alguien a mi lado pronunció las tres palabras y mi mundo se volvió de revés.

»Un deseo incontenible por disfrutar de los placeres carnales se apoderó de mis sentidos, todos los viandantes me parecían deseables y, como si mi bajo vientre gobernará mis movimientos, me fui hacia la persona que estaba más cerca de mí: un señor grueso de unos cincuenta años.

»El hombre no me reconoció,  cualquier parecido de aquella ropa y maquillaje de mercadillo con mi indumentaria habitual, con  mi particular estilo y clase, era pura coincidencia. Y es que el modelito que me pusieron los vejestorios, no molaba para nada.  Por eso cuando le metí mano a la entrepierna, el hombre me amonestó diciendo, ¡no te lo pierdas!,  que él no iba con putas.

»Uno a uno fui tanteando a los hombres y mujeres que transitaban junto a mí. Ninguno me hizo caso, es más, en algunos casos hasta me insultaron y me agredieron de mala manera. Como nadie me prestaba atención, en un gesto desesperado me desprendí de toda aquella asquerosa ropa y mostré mi hermoso cuerpo a los ojos de todos. Si al verme desnuda,  con lo divina que soy, no reaccionaban, no lo harían con nada.

—Esa parte es la que mejor conozco pues salió en todos los noticieros.

—No hay nada que más le guste a la plebe que ver a los poderosos caer en desgracia. No olvidaré nunca cómo se cebó la prensa con mi persona.

»Y lo peor de todo es que todo el mundo creyó que era una especie de depresión, consecuencia del rechazo social del que fui víctima después de que Fran entrara en prisión. ¡Me pareció súper fuerte!

»Si mi vida social anterior había sido lo más de lo más, mis fotos desnudas dieron la vuelta al mundo. Todavía hoy estoy en trámites legales para quitar los videos de  lo sucedido aquel día de la red. Pero es “híper complicado”.

—Yo creo que son muy pocos los que  no le han echado un vistazo a su momento con el Falote.

—El Falote, ¡no me lo mencione, por favor! Es solo oír su nombre y me entra repelús. O sea, ¡que me pongo malísima de la muerte!

—Pero también es algo a lo que deberá enfrentarse.

—Doctor, admito que tenga que revivir mi encierro porque desconozca los detalles, pero de lo que pasó con aquel don nadie, no hay nada que pueda añadir a lo que  se ve en el megavisitado video —Sus palabras denotan que he tocado una fibra sensible en ella.

—Sí que lo hay Cristina… Lo que usted sintió…

—Mis recuerdos son contradictorios… —Guarda silencio un instante y comienza a hablar de manera vaga —Por una parte, el placer que me dio disfrutar de aquel enorme miembro entre mis labios y por otro lado, la sensación de verme ultrajada ante los ojos de todos.

—Por lo que puedo deducir, usted cuando está en su “otro estado” lo recuerda todo perfectamente.

—Sí, pero  me siento como tuviera la mente  en arenas movedizas; cuando vuelvo a mi estado normal, aunque todo está en mi memoria, es como si lo hubiera vivido otra persona.

—¿Y cómo se siente cuando esto ocurre?

—Mal, muy mal. ¡Súper horrible. La indefensión es absoluta pues soy plenamente consciente de lo que he hecho y de sus consecuencias. O, ¿cómo cree que me he sentido cuando el Falote se ha paseado por todos y cada uno de los platós de televisión, dando detalles y más detalles de lo que pasó?

—Y lo del video porno que rodó, ¿cómo lo lleva?

—¡Súper fatal!, no solo he tenido que soportar que un odioso nini,  quien  se ha hecho famoso por tener un pene grande y que yo le practicara el sexo oral, recree una y otra vez aquel momento ante las cámaras. También he tenido que aguantar cómo una actriz porno  de tres al cuarto, maquillada y caracterizada como yo, ha llegado a hacer todas las vejaciones posibles con él, para deleite de los pervertidos de este país…

—¿Ha visto usted el video en su totalidad?

—Sí, es denigrante  a más no poder,  y lo peor que la chica que han escogido para mi papel no se me parece en nada: está más gorda, es más fea que yo y no tiene mi elegancia. ¡No me llega ni a los talones!

—Volviendo al día de los hechos, ¿Qué sintió cuando la policía la detuvo? ¿Seguía en trance?

—¿Es una pregunta con trampa, doctor?—Su interpelación es un reto en toda regla —Si ha visto usted el famoso video, en él se ve cómo la policía me tiene que despegar a la fuerza de la entrepierna del Falote, habrá visto que cuando lo consiguen, intento tener sexo con ellos y les meto mano a sus paquetes como una vulgar ramera…

»Por lo que sé, hasta que no me pusieron el sedante en la Comisaria no me calmé...

****

Interrumpo la grabación, lo que queda por escuchar de la sesión no me parece nada interesante. Las sesiones siguientes fueron claves para entender el verdadero problema en que se encontraba la Duquesa: escuchar las tres jodidas palabras la convertían en una “perra salida” y no le importaba dónde estuviera, ni con quién, mi paciente daba rienda sueltas a sus más bajos instintos, lo que le suponía en la mayoría de los casos un arresto por escándalo público, una primera plana en la prensa rosa y algún video tórrido en la red.

Para evitar que todos estos estropicios fueran lo habitual en su día a día, contrató los servicios de dos exmilitares que hacían las veces de guardaespaldas: Iván y Ramón.

Iván era de uno de los países que formaban parte de la antigua Unión Soviética (Lituania o Letonia, no lo tengo claro). Era un rubio de piel clara,  metro noventa  y ojos claros. A pesar de ir siempre trajeado, se intuía  que el cabrón estaba  hecho un armario.  

Ramón era madrileño. Al igual que su compañero rondaba los dos metros de altura y una parecida complexión física. A diferencia del lituano o letón, su piel era oscura al igual que sus cabellos, que salvo por unas tímidas canas,  era negro como el azabache.

La función de estos dos fornidos hombres era la minimizar los riesgos de su jefa ante cualquier acontecimiento de aquel tipo, del mismo modo que si se tratara de un atentado contra su persona o cualquier otra situación límite. El protocolo era siempre el mismo, sacarla por las buenas o por las malas de los lugares públicos y a continuación proceder a sedarla para evitar que la cosa fuera a más. Sin embargo,  lo que en principio parecía una solución, no hizo sino agravar el problema.

Las secuelas que en su psiquis dejaban el reprimir, una y otra vez, los sórdidos instintos que despertaban las tres palabras de los cojones en la Duquesa, eran evidentes. Cada vez estaba más deprimida y la juventud de su rostro parecía desvanecerse ante la sombra de una tristeza, para mí entender, demasiado profunda.

Estaba claro que o mi terapia para conseguir revertir el proceso de la sugestión tenía éxito pronto, o me veía tratando a la de Sotomayor de una depresión de camello. La única solución que se me ocurría es que no refrenara sus apetitos sexuales, ¿pero cómo? Cualquier remedio era más inapropiado que el anterior y todos ellos me parecían  más producto de la desesperación que de la ciencia. Tras dos meses de sesiones me encontraba ante un callejón sin salida y completamente desmoralizado,  y así se lo hice saber a Cristina. La conversación de aquella tarde, la recordaré mientras viva.

—O sea, que si persisto en frenar los impulsos que las tres palabras despiertan en mí, usted piensa que a la larga puede acarrearme consecuencias psicológicas. ¡Suena horrible!

—La verdad es que sí… —Mi voz sonó apesadumbrada, dejando ver un sentimiento de culpa.

—¡Vaya loser!—gritó de un modo desagradable pero vacío de emotividad; era tan dada a guardar las apariencias que era incapaz de mostrar sus sentimientos—. Vengo a su consulta para que me solucione un problema y no solo no ha conseguido nada, sino que puedo acabar peor…

—La hipnosis a la que sido inducida es muy potente —intenté justificarme.

Se quedó pensativa durante un momento, como si su cerebro conociera la puerta de emergencia para salir de aquella contingencia.

—Puede hacer el favor de decirle a mis guardaespaldas que pasen.

La observé durante unos segundos y estuve a punto de decirle que no era ninguna de sus criadas, pero dado el desaguisado en que estaba metido, decidí tragarme mis palabras y llamé a Iván y Ramón.

Los dos hombres entraron en mi consulta con un gesto de preocupación en sus rostros torvos. La Duquesa se dio cuenta de ello, con una pasmosa naturalidad y sin incorporarse siquiera del canapé se dirigió a ellos en un frívolo tono:

—¡No ocurre nada! Es el doctor, que tiene que explicaros una cosa.

La miré haciendo un mohín extraño, a lo que ella, tomando las riendas completamente de la situación y adelantándose a cualquier pregunta, me dijo:

—¡Vamos, cuénteles lo que me estaba comentado!

Si exponer mi teoría ante Cristina había sido descabellado, la idea de hacerlo ante sus musculosos guardaespaldas me pareció surrealista. Escruté el rostro de mi paciente por si había intenciones ocultas en su petición pero, si las había, las tenía escondidas bajo su habitual expresión marmolea de saber estar.

Poco a poco y haciendo mil y un esfuerzo porque no se me trabara la lengua, presenté una a una mis jodidas  conclusiones ante los robustos guardaespaldas. No había concluido del todo y la requetepija de la Duquesa me interrumpió:

—Sé que suena súper horrible, pero lo que el doctor quiere decir es que cuando me den los ataques esos que me dan, no me deberéis de sedar, sino llevarme a un sitio tranquilo donde vosotros podáis  calmar “mi enfermedad”.

Aunque lo escuchaba mi mente era incapaz de asimilarlo por completo. La mujer de sangre azul que tenía ante mí, le estaba pidiendo a sus hombres de confianza que follaran con ella. ¡Así, sin más, sin “anestesia”!

Si aquello me dejó atónito ver cómo ambos asentían sin ningún pudor ante la insólita solicitud de su jefa, rompió todos y cada uno de mis esquemas preestablecidos sobre lo que la gente hace para conservar un puesto de trabajo. “La crisis esta, que está siendo muy, pero que muy jodida…”—pensé. Bueno, creo que ayudó mucho,  el que Cristina a sus casi cuarenta años siguiera siendo una mujer de bandera, porque imagino que no sería lo mismo si aquella extravagante petición la hiciera la Duquesa de Cornualles, Camila Parker (Ya se sabe: Siempre ha habido clases para estas cosas).

La siguiente semana cuando los dos hombres acompañaron a su jefa a mi consulta, me pareció vislumbrar un gesto de satisfacción en sus mal encarados rostros y mi suspicacia no estaba mal encaminada, pues la sesión de aquel día estuvo aderezada por las fogosas relaciones de la sugestionada dama con Iván y Ramón, a veces  de uno en uno,  pero la mayoría de ellas formando un ardiente trio,  y todas bajo el influjo de las putas tres palabras.

Pese a que el ánimo de Cristina había dado un giro de ciento ochenta grados, me escamaron bastante las numerosas veces que se vio forzada a ello (más que de costumbre), incluso llegué a pensar que los dos ex militares habían forzado la situación. El caso es que la única utilidad para mí  de  la hora de charla de aquel día,  fue  poder entrever que, en el asunto de su hipnosis, la de Sotomayor se callaba más de lo  que contaba.

La frustración me agobiaba, pues me encontraba en una especie de encrucijada sin salida; volví a releer una y otra vez el sinfín de notas sobre mi paciente y hoy, con la sabiduría que da conocer acontecimientos posteriores, pienso que cómo  coño pude pecar de  ser tan ingenuo, pues todas las  jodidas piezas estaban delante de mí y solo me quedaba encajarlas.

Como no veía ningún avance en su caso, decidí aumentar el número de horas de terapia a dos semanales, pero como el que lava y no enjuaga: la Duquesita de Dios seguía igual (diría que su único cambio fue una esplendorosa sonrisa de oreja a oreja) y yo, bastante lejos de revertir la sugestión que la atormentaba.

A pesar de que estuve a punto de rendirme o pedir la ayuda de otro profesional, se me vino una  idea, tan disparatada como insólita: ¿Y si observaba las reacciones de Cristina en un entorno cerrado y planificado?

Dado que  sus guardaespaldas calmaban con asiduidad los deseos que despertaba  la hipnosis inducida en ella, consulté a mi paciente si quería someterse al experimento. Ella accedió diciendo: “¡Me parece súper bien! Todo sea por dejar atrás este episodio de mi vida. Además así no tendrá que imaginarse nada y lo podrá ver de primera mano. Ni Iván ni Ramón creo que tengan nada que objetar al respecto… ¡Para eso les pago!”

La sorprendente tranquilidad con la que accedió a que la filmara teniendo relaciones con sus dos guardaespaldas, no me sobrecogió tanto como la trivialidad con la que impregnó a sus palabras. Estaba claro que su consciencia y su moral   se amparaban en que no era dueña absoluta de sus actos, pero tampoco era ninguna excusa para que fuera tan descarada.

Nunca olvidaré lo sucedido aquella tarde(a ello creo que ha ayudado mucho, el sinfín de veces que he vito la grabación que efectué), no fue lo mismo escuchar sus libidinosas palabras que verlo ante mis ojos. El famoso video de Internet no  hacia justicia ni al cuerpo tan hermoso que poseía Cristina de Austria, ni al fuego que crecía en su interior cuando se convertía en una copia de Tracy Lord.

Anulé todas las citas de aquel día y centré todos y cada uno de mis sentidos en conseguir que la extravagante idea diera su fruto. Lo primero que hice fue agenciarme una buena cámara,  de esas digitales que consiguen buenas imágenes incluso con poca luz.

Lo siguiente  fue preparar  mi despacho  para la ocasión, saqué todos los muebles de mi consulta a excepción de mi sillón, de la enorme mesa y las estanterías, y coloqué en el centro una improvisada cama de agua de dos metros de largo por dos de ancho. Cambié las luces blancas  por unas de tonos azules apagados que aportaran más intimidad. Añadí unas velas aromáticas por aquello de dar mejor ambiente. Quería que por nada del mundo la de Sotomayor se sintiera incomoda y que todo saliera perfecto.

En el momento que llegó mi paciente, los nervios carcomían mi animosidad. Nunca había hecho nada así y no sabía siquiera si podría controlarlo, ni en qué medida. Su gesto frío y altanero en lugar de calmarme, me exasperó un poco. A pesar de que está de toma pan y moja,  esta mujer siempre ha tenido  el  maldito don de sacarme de mis casillas, y parafraseándola a ella: “O sea, no es que me toque los cojones, sino lo siguiente”. 

Su indumentaria de aquella tarde me sorprendió un poco: vestía una camisa blanca de seda con un diseño parecido a las masculinas,  una falda marrón de tubo, sus piernas estaban envueltas en unas cálidas medias  de color carne y calzaba unos zapatos negros de tacón de aguja. Aun así, lo que  más llamó mi atención fue su peinado, llevaba su cabellera rubia en una  especie de recogido que le daba un aspecto entre ejecutiva y secretaria. Incluso su maquillaje me parecía más llamativo.  Tuve la sensación de que todo en ella  estaba milimétricamente estudiado, con la única intención de que su aspecto tuviera un aspecto netamente sensual.

Tras un escueto y frío saludo, tanto ella como sus guardaespaldas pasaron a la consulta y si les gustó  o no cómo había decorado mi despacho para la ocasión, no dijeron nada y aguardaron, de un modo casi ceremonial, a que yo dirigiera el experimento. Interpretando el papel de que lo tenía todo bajo control, dispuse la cámara para la ocasión y me senté en mi sillón habitual, no sin pedirles a los hombres que actuaran como si yo no estuviera, que nada de lo que pasara transcendería las cuatro paredes de mi consulta. Me miraron de forma impersonal y asintieron sin darle la mínima importancia a mis aclaraciones.

Ordené mis ideas y me atrincheré tras el objetivo de la cámara, mi único propósito era pasar desapercibido ante lo que allí se pudiera gestar. Tragué saliva y un sabor agrio llenó mi esófago, lo que hacía era netamente peligroso para mi carrera y si algo de lo que allí se disponía a suceder se sabía, me veía (y en el mejor de los casos) aprendiendo  árabe, convirtiéndome al puto Corán y haciendo  terapias de grupo al harén de un acaudalado jeque Saudí. Fuera como fuera, mi vida profesional estaría acabada.

Seguidamente, la atractiva Duquesa se dirigió hacia la cama de forma presuntuosa, me pareció intuir cierta provocación en su caminar, pues movía las caderas de un modo voluptuosamente sensual. Se quedó de pie junto al lecho,  aguardando el comienzo de un modo solemne, como  si se tratara de un acto largamente ensayado.  Tanto la implícita lujuria que descubría en cada uno de sus movimientos, como su actitud de aparente pasividad  afrontando que las fatídicas palabras fueran pronunciadas, despertaron sin querer mi suspicacia y mi radar especial “de aquí hay gato encerrado” se puso en funcionamiento. 

Miré a los dos apuestos hombres que la acompañaban, en su cara no había gesto de afección alguna, solo un fruncido ceño  vestido de frialdad. Daba la sensación de  que el  hecho de ser filmados en posturas obscenas no les importaba lo más mínimo; es más, llegué a suponer que encaraban aquello con cierta habitualidad.

Uno a uno, los fonemas que despertaban la conducta inducida bajo hipnosis salieron de mi boca y automáticamente el rostro de Cristina cambió como si estuviera poseída por algún ente extraño. Sus ojos parecían querer salirse de las cuencas, sus pómulos se contrajeron en indescriptibles muecas y sus manos, sudorosas,  se tocaron impúdicamente los pechos. De improviso, pasé de tener delante a  una modosita Hannah  Montana a una desbocada Miley Cyrus.

Sus empleados la observaron sin pestañear durante unos instantes, para poco después buscar la mirada del otro y con un gesto de complicidad casi imperceptible, se pusieron de acuerdo en cómo debía de actuar.

La controvertida Duquesa se sentó sobre el improvisado lecho, con desdén soltó su cabello  y, acto seguido, agitó levemente su rubia melena al aire. Abrió las piernas de modo provocativo y seguidamente  se remangó la  falda marrón que llevaba, hasta la ingle y se desprendió de las medias,  dejando ver con ello unos contorneados muslos sobre los que reinaban unas diminutas  braguitas rojas de encaje.

Movió la cabeza de un modo casi felino, a la vez que paseaba su lengua por la comisura de sus labios y manoseaba sus pechos. Seguidamente, desabotonó su blanca camisa hasta la cintura, se acarició su vientre al tiempo que hacia círculos con su índice en el ombligo de un modo que invitaba al placer.

Se desprendió de la prenda de vestir de un modo sutil, casi elegante, mostrando un tórax  y unos hombros tan hermosos como delicados. Sus redondos pechos parecía que pugnaran por salir, bajo la tela del sujetador que los oprimía. Volvió a acariciarlos de un modo obsceno y, acercándolos a  su mentón, pasó fugazmente la lengua por ellos.

Con la misma finura  con que se quitó la camisa, dejó sus senos al desnudo. Sus pezones estaban erectos por la excitación, la cual se reflejaba en cada fibra de su cuerpo. Como si de un rito se tratara, se subió la falda hasta la cintura y metió, sin decoro de ningún tipo,  una de sus manos bajo la carmesí prenda interior.

Centré el objetivo de la cámara en la pequeña y delicada mano de la mujer. Era extraordinariamente morboso   ver cómo sus dedos, escondidos tras la débil tela, jugueteaban de un modo casi mecánico con  el interior de su sexo. Cambié la imagen a panorámica y,  al mismo tiempo que me deleitaba con lo que hacia mi cliente, observé la reacción de sus dos empleados, quienes sin perder un detalle de lo que la Duquesa realizaba, mostraban una expresión completamente despreocupada, como si la cosa no fuera con ellos.

Contemplé detenidamente a la mujer que tenía ante mí, en ella no había resquicio alguno de la elegante y educada Duquesa de Sotomayor, ante mí tenía un ser depravado  y dominado por sus más sórdidos instintos.  Un ser que había relegado todas las convicciones sociales a no sé qué lugar de la mente  y se dejaba guiar por sus impulsos más primarios.

Escruté de nuevo con la mirada a los dos guardaespaldas, en su semblante  no había ningún atisbo de excitación. Es más, tenían la mirada clavada en la fogosa masturbación de Cristina y  ni siquiera parpadeaban. Si su entrepierna daba muestra de caer en las redes de la lujuria (tal como le pasaba a la mía),  era algo que desde donde estaba  era imposible discernir,  ni siquiera haciendo un zoom con la cámara, pues los pantalones que lucían eran bastante holgados.

Volví a poner toda mi atención en mi  Miley Cyrus particular, quien seguía acariciando su clítoris de modo frenético, al tiempo que se mordía los labios y farfullaba palabras incomprensibles. La obscenidad con que se movía estaba completamente falta de sutileza y las muecas de su rostro recordaban  más a un animal en celo que a un ser racional.

Con la certeza de que sabía que no había ningún interés científico en mi pensamiento, imaginé  cómo sería tener aquel cuerpo entre mis brazos, acariciar sus senos, probar el sabor de su caliente coño… Sumirme en aquellos  más que improcedentes deseos, solo me supuso una cosa: una muy dolorosa erección. Bajo mi pantalón, se marcó un tubo de carne que imploraba ser merecedor de los mejores mimos.  

Del mismo modo compulsivo que empezó a autocomplacerse, la mujer alcanzó el orgasmo.  Durante unos segundos, su cuerpo pareció detenerse bajo una sombra  de serenidad pero, tras estos, sus ojos volvieron a brillar con una lujuria desmedida y desprendiéndose de golpe de las escuetas bragas y la falda, gritó del modo más vulgar y escabroso:   

 —Tres tíos en esta habitación y ninguno se anima. ¿Es que nadie me  va a meter la polla? ¿Es que nadie me va a comer el coño?

Ante mí tenía una especie de Linda Blair, su voz sonaba distinta, su forma de expresarse difería de sus ademanes refinados y delicados. Nada en ella recordaba a Cristina de Austria, era como su copia reversa. Era de las pocas veces que la escuchaba decir algo, sin usar uno de sus manidos “o seas”.

Me recluí tras la cámara con la única intención de pasar desapercibido y, aunque su cuerpo desnudo había despertado mi libido, mi profesionalidad me obligaba a pensar en aquello como algo meramente científico. La frontera entre mis sueños y la realidad, era algo que mi educación convencional (sé que algunos podrían tacharme de tener una doble moral) no me dejaba traspasar.

Aun así, no pude reprimir deleitarme en las formas de mi paciente que, a pesar de no ser una jovencita,  todavía se mantenía en forma y todo avance del tiempo  que el sacrificado deporte no había conseguido limar, se lo había cedido a un cirujano plástico.

Cuánto había de natural en sus redondos senos, su vientre plano, su trasero prieto, era difícil de adivinar. Todo en ella  tenía un toque de distinción, desde su hermoso rostro, pasando por sus delicados hombros, sus  voluptuosas caderas y sus ejercitadas piernas. Una mujer de su condición y clase  era un bocado de difícil acceso  y ella, de la peor de las maneras, se estaba ofreciendo en barra libre a dos hombres de un estrato social muy distinto al suyo.

Al llegar junto a  Iván y Ramón, la mujer aplastó sus tetas con sus manos  y sacó la lengua con total desvergüenza, circunstancia ante la que los dos fornidos hombres no parecieron inmutarse. Sin prolegómenos  de ningún tipo, la mujer se abalanzó sobre el “soviético”, restregó sus pechos sobre él al tiempo que se metía la mano en la entrepierna como una posesa. Ramón adoptó una postura de  esas de portero de discoteca y  observó impasible, cómo su compañero era acosado sexualmente.

Analicé detenidamente a Iván, un pelo rubio casi blanco  cortado al uno le daba un aspecto de marine americano y , a pesar de su gesto de estar enfadado con el mundo y su pronunciado mentón que lo hacía parecer un tipo duro,  había cierto encanto en sus ojos azules y, pese a que  su traje oscuro no dejaba distinguir cuánto había de músculo o de grasa bajo este, sus anchas espaldas y su pronunciado pectoral dejaban entrever que, si a sus treinta y tantos años no era un adicto a las pesas, estas habían formado parte de su rutina diaria durante mucho tiempo.

Cristina, ante el aparente desinterés del hombre, se volvió más insistente y de manera instintiva llevó la mano a su bragueta. Lo que encontró tuvo que colmar sus deseos, pues sacó la lengua en una burda señal de satisfacción al tiempo que comenzó a mover su mano de manera incontrolada sobre el abultado paquete. Con ademanes desproporcionados y más propios de una bestia que de una persona, la atractiva señora se arrodilló ante el muro de cemento que estaba demostrando ser Iván. Cristina chupaba como una posesa el contorno del pantalón que cubría el miembro viril de su guardaespaldas; hice zoom con la cámara y bajo la oscura tela se dejaba entrever una hinchazón, claro reflejo de que la calentura de la Duquesa era capaz de derretir hasta el hielo de la fría Siberia.

Fijé el objetivo a la altura de la cintura del ciudadano “soviético”, concretamente en el rostro de la ferviente dama. Sus pupilas estaban dilatadas, el rímel de sus ojos se había corrido un poco y en sus labios apenas quedaba carmín, pues este se había transferido  casi por completo a la bragueta del guardaespaldas. La mujer empapó una y otra vez el envoltorio del vigoroso instrumento con su saliva, hasta que Iván no pudo reprimir farfullar algo en su lengua natal, a la vez que se mordía el labio placenteramente.

Lo que sucedió a continuación golpeó mi perplejidad de un modo bestial: La aristócrata abandonó a su presa y se fue hacia el otro hombre. Volvió a repetir sus actos, como si fuera una especie de ritual  de apareamiento: friccionó su cuerpo contra él, manoseó sus genitales y finalmente morreó  la tela que cubría estos, hasta  conseguir empinar su aparato. Las palabras que brotaron de los labios del madrileño fueron mucho más entendibles por mí: “¡Hija puta, cómo me estas poniendo!”

La Duquesa se arrodilló en el suelo, hizo un gesto al “ruso” para que se aproximará a ellos y una vez estuvo a su lado,  se colocó entre los dos musculados hombres y de manera ceremonial agarró ambos paquetes como si sus brazos fueran una báscula y calibrara su peso. Mientras efectuaba esta morbosa acción, en su cara se dibujó una mueca de absoluta felicidad.

Al unísono, bajó las dos cremalleras, dejando entrever unos considerables bultos reprimidos bajo el algodón de la prenda interior. Posó sus labios sobre la escueta tela, el primero en tener el honor fue Iván, después su compañero. Durante unos breves instantes, la calenturienta aristócrata estuvo dividiendo las débiles atenciones de su boca   entre ambas entrepiernas, con la única meta de posponer  el momento de sacar a los pájaros de su cautiverio.

Encuadré mejor el rostro de la Duquesa, este era el reflejo de una miscelánea de sensaciones que iban de la satisfacción a la ansiedad, pasando por la alegría. Todo en ella era desmedido: su forma de mirar, de gesticular, de moverse… Se comportaba como un hambriento al que le colocan una fuente de manjares delante…

Una vez se cansó de juguetear y caldear con ello,  más aún, la entrepierna de sus empleados, decidió quitar la barrera que impedía que su boca se uniera a las imponentes vergas que luchaban por salir de su encierro, tiró bruscamente  de ambos bóxer hacia abajo y dejó al descubierto  los dos vibrantes miembros.

Al  ver la polla de los dos ex militares pensé que, por su tamaño, pasarían de largo el casting de una película porno, pero he de reconocer que el instrumento de Ramón era un poco más gordo y bastante más largo que el de su compañero. Cristina también era consciente de la evidente diferencia, pues tras masturbar levemente ambos falos, decidió meter en su boca la polla del madrileño a la vez que proseguía acariciando la de Iván.

El primer plano de la de Sotomayor envolviendo aquel grueso badajo con sus labios permanecería mucho tiempo en mi memoria. Jamás pensé que una cavidad tan refinada como su boca podría contener una bestia tan enorme. En un principio, se limitó a lamerlo como si fuera una piruleta pero, una vez lo lubricó debidamente con sus babas, procedió a ingerir toda la porción de cipote de la  que fue capaz.

Su rostro intentó pegarse a la pelvis del guardaespaldas como una ventosa, engullendo el erecto órgano viril a más de la mitad. Acerqué el objetivo y pude percibir que de la comisura de sus parpados brotaban unas pequeñas lágrimas, al tiempo que sus ojos parecieran querer salirse de sus orbitas al atragantarse con semejante embutido.

Una vez  impregnó aquel firme cipote con su saliva, giró su cabeza y dirigió sus mimos al tranco de Iván. Este, pese a ser de dimensiones menores que el del madrileño, era de un tamaño respetable y lo que más llamaba la atención de él era su  enorme glande circuncidado que, al ser  más ancho  que el tronco, le daba un aspecto parecido a un champiñón.

Tras pasear su lengua por la singular cabeza, Cristina se tragó aquella cabeza de flecha por completo, provocando que el “soviético” susurrara unas incomprensibles palabras que se volvieron más potentes cuando su jefa se introdujo su pene hasta la base.

Estuvo alternando las mamadas a uno y a otro durante unos minutos, controlando  sabiamente que ninguno de sus dos amantes llegara al clímax, tensando y soltando la cuerda del placer de todas las formas y modos que su paladar le permitía. Hasta hubo un momento en que acercó ambas vergas, puso una sobre la otra  y  surcó  a ambas con su lengua al mismo tiempo.

Del mismo modo que se agachó, se levantó, como si formara parte de una extraña coreografía múltiplemente repetida, e hizo un gesto a los hombres para que la siguieran. Una vez llegó a la cama señaló su bajo vientre y con una  estridente voz de polígonera  les dijo:

—¡Comedme el coño!

Ver cómo aquellos hombretones adoptaban una postura sumisa y se agachaban ante la Duquesa, despertó fuertes  sensaciones en mí, tan potentes que,  instintivamente,  me llevé la mano a la entrepierna y constaté  lo evidente: ¡Tenía la  polla como una roca! Hasta estuve tentado de sacármela y masturbarme pero, a pesar de la  puta dolorosa erección, el raciocinio seguía gobernando mis sentidos y continué concentrado en todo lo que aquel experimento podía aportar a la resolución del problema de Cristina.

El madrileño y el “ruso” alternaron los favores de su lengua en la raja de mi clienta, y lo tenían que estar haciendo bastante bien pues la mujer no paraba de gritar obscenidades, al tiempo que se tocaba los pechos de un modo que solo había visto hacerlo a las actrices porno. Pues tenía claro que  las mujeres decentes, ni se aplastan sus senos,  ni se aprietan los pezones, ni satisfacen sus deseos intentando chupárselos ellas mismas (por lo menos mi mujer nunca lo hace)…

Intenté por todos los medios  que el análisis objetivo y terapéutico  de los hechos que tenía ante mí se impusieran a la lujuria que imperaba en el ambiente, pero entre que aquello subía más de tono y mi pene pugnaba por salir fuera, mis sentidos se nublaron cada vez más y a cada momento que transcurría, me era más difícil discernir cuánto de científico y cuánto de pornografía pura y dura, había en aquella grabación que estaba efectuando.

La siguiente escena me volvió a descolocar por completo, a petición de la ferviente Duquesita, Ramón e Iván,  adoptando un rocambolesca postura, intentaron hundir sus cabezas en medio de la  entrepierna de la mujer para realizarle el sexo oral  ambos al mismo tiempo. Como no había suficiente espacio el madrileño se tuvo que acomodar desde arriba y el soviético lo hizo desde abajo y, por lo que pude intuir, Ramón le lamería la parte externa e Iván, haría lo propio con la interna.   Fue ver a aquellos dos individuos  con la cabeza tan pegada, con la lengua  de uno tan cercana a la del otro y un pensamiento malsano cruzó mi mente: “¿A qué no iban a ser estos dos tan machitos como parecían?”

Intenté acercar el objetivo lo máximo posible, pero lo único que conseguí ver fue el cogote casi rapado de los dos guardaespaldas, volví a hacer una panorámica de la situación y la escena no podía ser más controvertida: sobre la cama estaba Cristina completamente espatarrada, y entre sus piernas la cabeza de las  dos moles de cerca de dos metros. Mi  jodido subconsciente volvió a gastarme una mala pasada y sentí cómo mi verga vibraba bajo el pantalón. Si hubiera sido más valiente, habría dejado la cámara grabando en el modo automático y me habría unido a la escena, mas dejé que el interés científico tuviera mayor peso y seguí observando desde la distancia.

Unos descompasados gemidos fueron la señal inequívoca de que la de Sotomayor había alcanzado el orgasmo. Poco después sus guardaespaldas se detuvieron y se incorporaron. Clavé la mirada en sus entrepiernas,  era  evidente que seguían teniendo la misma enfermedad que yo y  es que mi paciente estaba resultando ser  toda una  “endemoniada epidemia”, capaz de levantársela al más pintado.

No habían pasado ni dos minutos y la Duquesa volvió a dar muestras de su insatisfacción y, poniendo cara de perra en celo y metiéndose los dedos en su rasurado chocho,  se dirigió de nuevo  a sus empleados y les dijo:

—¡ Mamones, quiero que me hagáis un striptease! —Su voz cada vez sonaba más grave e histriónica.

Ambos se miraron perplejos y después se volvieron hacia mí,  como buscando una explicación que no les supe dar. Ante lo absurdo de la solicitud de su jefa, a Iván solo se le ocurrió una excusa:

—Sin música, no posible. 

La ardiente mujer hizo una mueca de asco, como si le perdonara la vida con ello y alargando la mano en un gesto carente de amabilidad, le grito:

—¡ Inútil, tráeme mi Louis Putton!

El hombre, como el buen y servicial empleado que era,  se dirigió hacia la percha donde estaba el bolso de la desagradable dama, no sin antes guardar en la bragueta su pene, el cual de repente había perdido todo su vigor.

Cristina cruzó las piernas en una especie de postura de yoga y se colocó el bolso entre ellas, sacó un ipod touch de color rosa de él y, de malos modos, se lo devolvió al “soviético” para que lo volviera a colgar en la percha.                                                                                                                                                       

Durante unos segundos estuvo buscando algo en el reproductor, cuando lo encontró puso una cara de pérfida satisfacción y, dejando entrever una malévola sonrisa, dijo:

—¡Canallas, ahora no  tenéis excusa…!

El aire de la consulta se llenó con la melodía del “You can leave your hat on” de Joe Cocker. Fue sonar los primeros acordes y los dos fornidos guardaespaldas se empezaron a mover de una forma que me pareció hasta profesional. Claro que, viniendo de un patoso como yo, eso no era mucho (pero he de reconocerme que mi sexto sentido no estaba  demasiado mal encaminado).

Aquel baile me descubrió dos cosas: Iván y Ramón eran más de lo que parecían a simple vista y los gustos musicales de Cristina se habían detenido en la década de los ochenta. Dividí la atención de la cámara entre el improvisado baile y el rostro de mi cliente; a cada prenda que los hombres se quitaban, sus ojos se volvían más lujurioso, a cada contoneo de cintura que ellos ejecutaban, sus manos buscaban más sus tetas y su coño.

Poco a poco, los guardaespaldas se fueron desnudando ante la atenta mirada de su jefa. No había una pizca de grasa en el cuerpo de ninguno de ellos dos, quienes,  como yo  me suponía, eran un tremendo amasijo de músculos. La canción concluyó y ambos  seguían con el bóxer puesto.

A la de Sotomayor, aquello no pareció importarle y sin dejar de masturbarse, pidió a los hombres que se acercaran a ella. Cuando estuvieron a su alcance pegó un tirón de su ropa interior y se  las arrancó, casi destrozándolas. Sus penes, al contrario que el mío, que  estaba que iba a reventar de duro, se habían adormecido, pero aquello no supuso ningún problema para la Duquesa, que se metió el de Ramón en la boca y comenzó a masajear el del otro.

De forma inmediata, los rabos de ambos comenzaron a tomar vida y poco después, los dos hombres los lucían cual espadas dispuestas a la batalla. Cristina constató con la mano la dureza de la herramienta del “ruso” y, haciendo alarde de la rudeza que imperaba en esa diferente forma de ser suya,  ordenó al hombre que se sentara en la cama. Una vez lo hizo, dejando desatendido por completo al madrileño, se acuclilló de espaldas a él y, de un modo que fue de todo menos refinado, se introdujo aquel falo en el chocho.  

Motivado más por el malintencionado morbo que por la ciencia, hice un zoom del vientre de la aristócrata. Ver con qué facilidad la cabezona verga irrumpía en los interiores de la vulva,  sacó a relucir mis más bajos instintos y de nuevo, sin poder remediarlo, volví a tocarme la polla y hasta estuve tentado de pajearme con la excitante visión, pero mi autocontrol seguía siendo fuerte y desdeñé la idea, por inapropiada.

Volví a centrar  todos y cada uno de mis sentidos en el pseudo-espectáculo porno que tenía ante mí. Mi paciente, olvidándose por completo de mi presencia,  cabalgaba al “bolchevique” con una fuerza  y brusquedad incongruente con su forma física. ¡No sé de dónde sacaba las energías para hacer aquello! Aunque, no contenta con tener el cipote del “ruso” dentro, había hecho que Ramón se subiera a la cama y acercara su nabo a sus labios, y   se lo mamaba en la medida que las salvajes embestidas se lo permitían.

Si me tenía atónito el modo de comportarse de Doña Cristina, más me sorprendía el hecho de que  Iván, con el tute que le estaba metiendo la Duquesita, no se corriera. Es más, observé su rostro y, aunque el placer se dejaba entrever en él, una expresión de dominio sobre sus emociones era la que imperaba en su semblante, como si estuviera entrenado para no alcanzar el orgasmo hasta que él quisiera. Ignorante de todo lo que realmente ocurría, concluí que sería una especie de técnica militar. ¡Ingenuo de mí!

De nuevo el rostro de la de Sotomayor convulsionó en extrañas muecas, evidenciando que de nuevo llegaba al clímax (era la tercera vez que lo alcanzaba). Como las anteriores ocasiones, se detuvo unos instantes y, sin recuperar fuerzas, volvió a las andadas.

Descortésmente pidió a Ramón que le trajera de nuevo su Louis Putton, cuando lo tuvo ante sí sacó una caja de preservativos y un bote que me pareció lubricante. Sin protocolos de ningún tipo y sin pedir siquiera la opinión del chico, envolvió el pene de Iván con un condón, le echó un chorreón de gel y, acto seguido, se sentó sobre el vientre de él. Esta vez, me pareció entender que la puerta de entrada seleccionada era la de atrás. Volví a enmarcar debidamente la imagen y del mismo modo que antes su coño se tragó el erecto pene, su culo hizo otro tanto… Bueno al principio costó un poco por lo ancho del glande del ruso, pero una vez rebasada  la cabeza, el resto entró sin dificultad alguna.

¿Dónde estaba la “niña de papá” Cristina de Austria? ¿Quién era aquella mujer que se proporcionaba  todo el placer que ansiaba su cuerpo? Aquellas dos preguntas martillearon mi cerebro al tiempo que veía  cómo mi paciente, sin pudor de ningún tipo, se dejaba taladrar el ano mientras  mamaba el nabo de Ramón, quien, al igual que su compañero, daba unas  enormes muestras de autocontrol.

Tras unos diez minutos de saltar sobre la erecta pértiga del “ruso”, los dedos de la Duquesa la trasportaron a la placentera cima del orgasmo, lo cual quedó evidenciado por el prolongado quejido que salió de sus labios.  Los dos hombres, por su parte, seguían sin rematar la faena y con la churra mirando a la pintura del techo.

El quinto tiempo de la de Sotomayor se reanudó chupando la polla que había horadado hasta  breve instantes antes sus esfínteres, se tendió de lado sobre la cama y, poco a poco, fue envolviendo la cabezona polla con sus labios. La oscura lujuria que habitaba en mí, me obligó a acercar más el objetivo de la cámara a la polla del “ruso”. Cristina, como si intuyera mi intención de enmarcar mejor la mamada, echó su rubia melena a un lado ofreciendo un primer plano digno de Mario Salieri.  La habilidad que demostraba para el sexo oral era impresionante, mordisqueaba las anchas venas que recorrían el tronco, pasaba la lengua por toda ella desde la cabeza hasta la base, daba golpecitos con la lengua en el frenillo, hacia círculos con ella por los pliegues de la superficie circuncidada… Seguí minuciosamente todas y cada una de  las atenciones que dedicaba al vigoroso miembro, a la  vez que me introducía, cada vez más,  en el lujurioso acto.

Tan absorto estaba en el momento de sexo oral, que me olvidé  por un momento de Ramón.  Un perceptible gesto de satisfacción en la cara de la mujer me hizo sospechar que no se encontraba con las manos cruzadas. Cambie la distancia focal a 28 mm y mis presentimientos se hicieron realidad, el madrileño se encontraba agachado y con la cabeza metida entre las piernas de la Duquesa.  No había que ser un Einstein  para saber qué modalidad sexual estaba practicando.

Sin darme tiempo a acercar un poco la imagen, el hombre se incorporó y sin decir esta boca es mía, se acomodó entre las piernas de Cristina y, de sopetón, le metió la polla. La brusquedad del guardaespaldas estuvo acompañada de un quejido seco por parte de la horadada Duquesa, quien, para mi sorpresa, siguió mama que te mama el nabo del ruso.

Por primera vez en todo el tiempo que estuve grabando, la mujer dejaba de llevar la voz cantante y se dejaba someter bajo el yugo masculino. El robusto hombre la había agarrado por la cintura, levantado su pelvis y acoplado su sexo con el de ella de  una forma, cuánto menos,  habilidosa. Las caderas de Ramón se movían con frenesí, como si intentara meter en cada embestida más porción de su instrumento dentro de la húmeda gruta. Bombeaba sus caderas sin parar, con el único objetivo de proporcionar placer a su jefa.

Hice un primer plano del pollón del madrileño y era evidente que, si el tío parecía tener veinticinco centímetros, esos eran los que habían entrado en el coño  de la de Sotomayor, pues sus cojones, haciendo las veces de tope, chocaban contra las paredes externas de este.

Unas palabras soeces primero y unos entrecortados gemidos después, fueron la señal inequívoca que la Duquesa volvía a ser visitada por un frenesí desmedido.   Tras los momentos de éxtasis, tal como las anteriores ocasiones,  su cuerpo pareció volver a la normalidad durante unos segundos, aunque esta vez no necesitó ordenar nadar para sus lujuriosos juegos prosiguieran, pues el madrileño, que parecía haber cogido las riendas de la situación, le dio la vuelta como a una muñeca de trapo y comenzó a restregar la enormidad de su entrepierna contra los glúteos de la dama de alta alcurnia. Todos sus movimientos eran una señal inequívoca de  que se disponía a ensartar aquel culo con su grueso falo.

Mi mente no podía asimilar que aquel  monumental instrumento pudiera entrar por aquel orificio tan pequeño, difícil me pareció que lo hiciera por la entrada principal, cuanto más por la puerta de servicio. Dominado por el lascivo momento, giré mi sillón hacia el lado izquierdo de la consulta, en pos de conseguir un mejor plano de algo que se me antojaba imposible.

Cristina, al sentir el enorme trozo de carne rozar sus nalgas, gritó unas cuantas incoherencias al tiempo que volvía a agarrar la verga de Iván, al que había dejado desatendido durante unos instantes. Al ser consciente de las verdaderas intenciones de su guardaespaldas, no pudo evitar sonreír maliciosamente. Con un vulgar ademan indicó al “soviético” que le acercara su bolso. Volvió a sacar de su interior un preservativo y  el bote de crema, los cuales volteándose levemente se los entregó  a Ramón.

El madrileño, tras cubrir su carajo con látex y lubricarlo convenientemente, procedió a colocarlo a la entrada del estrecho orificio. La Duquesa, con el único afán de hacerme  entender que no era la primera vez que su culo albergaba el descomunal aparato, clavó una desvergonzada mirada en mí y arqueó sus caderas hacia atrás, invitando al engrasado misil a que explorara sus entrañas.

Centímetro a centímetro, el ajustado agujero fue acogiendo el gordo y enorme miembro. Busqué el rostro de mi paciente y, si el dolor visitaba su cuerpo, no había muestra alguna  de ello en su rostro y   en sus facciones  solo se podía apreciar  un aspecto de plena satisfacción. Cuando el hombre comprobó que el ano de la Duquesa se adaptaba perfectamente al calibre de su grueso embutido, comenzó a sacarlo y a meterlo de un modo irrefrenable.  Las embestidas  se hicieron cada vez más salvajes y vigorosas, tanto que Cristina se puso  a vociferar groserías.  Su chillona y molesta voz fue apagada por Iván, que tiró fuertemente de su cabeza y la hundió de lleno en su entrepierna.  Tras un rato de ser atravesada por boca y culo, la mujer  alcanzó su sexto orgasmo de la tarde.

En el rostro de la Duquesa,  a pesar de las evidentes muestras de cansancio, reinaban unos ojos repletos de impudicia, el apetito sexual de aquella mujer parecía no tener fin y sus empleados lo sabían pues, tras intercambiar una  breve mirada de complicidad, cogieron en volandas a la delgada mujer y la colocaron en el centro de la cama: Nos pondremos en esteángulo para que usted pueda grabar un plano con mejor encuadre”—me dijo el madrileño con plena naturalidad,  dejándome interpretar con ello que no era profano al argot cinematográfico.

No sabía qué se proponían hacer, pero la vehemencia dominaba todos mis sentidos y prueba de ello era la dura estaca que se marcaba bajo mi pantalón. Es más, me había dejado arrastrar por  el torbellino sexual que era la Sotomayor y, para mi pesar, los verdaderos motivos que me hacían tener la cámara en mano habían pasado a un segundo plano.

Ramón se tendió sobre la cama y colocó a su agotada jefa sobre él; Cristina sin pensárselo demasiado se puso en cuclillas sobre su pelvis y dejó que el pollón entrara en su coño. De un modo impersonal y mecánico comenzó a moverse, como si el hombre fuera un  caballo y ella su jinete. Iván se colocó tras ella y parando en seco el traqueteo de su jefa, colocó su verga en la entrada del orificio libre, el cual, lubricado y  tan dilatado como estaba, dejó entrar de golpe la cabezona churra.

Una de las mujeres más importantes de la nobleza española se estaba comportando como una vulgar fulana ante mis ojos y lo peor, es que yo amparándome en  querer curar a mi paciente de la sugestión a la que estaba sometida, la estaba filmando. Lo más curioso de todo es que hacía rato que la grabación había perdido todo interés científico y, escudándome  en que todo era por su bien,  había dejado que se transformara en una especie de video  pornográfico casero con todas las de la ley. Seguramente   alguno de mis colegas de la profesión, me acusaría de tener  una doble moral y todo.

Ver la doble penetración a la que estaba siendo sometida la de Sotomayor y  mis convicciones sociales se fueron de paseo; volví a tocarme la entrepierna,  estaba tan excitado que hasta estuve a punto de sacármela para masturbarme.  Pero no hizo falta, pues al mismo tiempo que la noble dama se corría por séptima vez, mi polla como si fuera un ente independiente expulsaba un pequeño río de semen que empapó primero mis calzoncillos y posteriormente mis pantalones. ¡Hacía años que no me corría tan generosamente!

Tras recuperarme de la comprometedora experiencia, de la cual una  prueba fehaciente era una redonda mancha en mi bragueta,  intenté volver a mi yo profesional y científico, pero la imagen que ofrecía Cristina y los dos hombres no me lo permitió: La de Sotomayor  se encontraba arrodillada en el suelo con sus dedos acariciando el interior de su vulva  y a su lado, los dos hombres se masturbaban contundentemente. El primero en correrse fue Iván que al sentir como eyaculaba acercó su miembro a los hombros de la mujer y se corrió sobre estos, la pequeña cascada blanca empapó casi por completo el lado derecho de su torso. La mujer, sin dejar de acariciarse  el clítoris, restregó el pegajoso líquido por sus pechos.

Si abundante  me había parecido la eyaculación del “ruso”, cuando por los gestos de su compañero puede prever que se corría, fijé el objetivo en su miembro viril y  en el blanco geiser que brotó de él. El esperma salió disparado con tanta fuerza que, aunque buena parte fue a parar al suelo, los primeros chorros alcanzaron la tez, los ojos y el pelo de Cristina, quien, regada por el pegajoso fluido, se dejó llevar hacia su octavo y último orgasmo. Tras los espasmos correspondientes, el agotamiento la hizo perder  el sentido totalmente.

Al despertar, salvo por la decoración de la sala y que ella estaba completamente desnuda y hasta arriba  de esperma, todo había vuelto a una normalidad aparente. Yo me había cambiado de pantalones, sus guardaespaldas vestían su indumentaria y guardaban su compostura habitual, hasta volvía a asomar en sus rostros el  impersonal gesto  de costumbre.

Una expresión, mitad ira, mitad vergüenza llenó la cara de la de Sotomayor. A falta de palabras para expresar lo que sentía, llena de furia, recogió su ropa, se vistió todo lo rápida que pudo, cogió su Louis Putton y se dirigió al baño.

Unos quince minutos después, la mujer había compuesto  perfectamente su desaliñado aspecto y nadie que la viera podía imaginar ni por asomo lo demacrada que había llegado a estar momentos antes.

Al despedirse, cogió mi mano entre las suyas y con una voz tan suplicante, como sobreactuada me dijo: Doctor, por favor, haga todo lo que esté en su mano para sacar ese demonio de mi interior”.

*****

Los días siguientes fueron muy intensos, todo el tiempo que me quedaba libre lo dedicaba a visionar el  puto video del que en principio no conseguí sacar nada (bueno, sí, fue la inspiración de unos cuantos momentos onanistas, pero poco más), hasta que cambié el modo de enfocar  el problema y la nueva perspectiva me dio la solución. ¿Cómo no lo supe ver? Dicen que los árboles a veces no nos dejan ver el bosque y yo, a fuerza de golpear mi cabeza con sus troncos, descubrí que no hay una verdad más cierta.

Durante días,  volví más  tarde de lo habitual a casa, los niños ya  se encontraban  durmiendo e Irene, con el ceño fruncido como única conversación. Pero, pese a lo que me dolía prescindir de mis hijos y no poder tener una agradable charla  con mi mujer, una alegría latía en mi interior, pues creía haber dado con la clave para resolver el problema de Cristina de Austria. Aunque, si era como yo sospechaba, no tenía solución pues no era ningún problema.

Un día decidí ponerme en contacto con un detective amigo al que recurría en algunas ocasiones  y le pedí que investigara a los dos guardaespaldas. Una semana después su informe vino a corroborar lo que yo sospechaba: Ramón  Domínguez había sido expulsado del ejército por acosar  a una compañera  del cuerpo, el informe psicológico al que mi amigo tuvo acceso decía era un jodido machista al que gustaba pavonearse ante todos de su hombría.  Los siguientes empleos que se le conocían eran de portero de discotecas, de camarero,… hasta que decidió optar por el dinero fácil y empezó a trabajar de boy en una sala de striptease,  pasar de ahí a los espectáculos de sexo en vivo y a rodar películas porno, únicamente había sido un paso.

 Iván Jankauska, de él los datos que pudo conseguir mi investigador fueron menos. Solo que, al igual que su compañero, había alternado diversos trabajos hasta que, del mismo modo que él, acabó en la sala de sexo en directo y en el cine para adultos. Las averiguaciones de mi contacto dieron respuesta a la pregunta de por qué el asombroso aguante de los dos hombres ante el sexo: eran unos profesionales del mismo. Sin embargo unos nuevos interrogantes tintinearon en mi cerebro: “¿Por qué carajo contrató mi paciente a dos actores de cine x para el trabajo de guardaespaldas?”La solución seguía ante mis ojos y no era capaz de verla…

Volví a visionar la grabación de la de Sotomayor bajo el influjo de las tres palabras, fue observar el comportamiento de los tres protagonistas del video, confrontarlo con lo que ya sabía de dos de ellos y muchas piezas del tremendo puzle que había montado en mi cabeza comenzaron a encajar. Lo peor era que adonde encaminaban mis pesquisas no me gustaba nada, porque no solo me hacía sentir imbécil, sino el peor terapeuta del mundo.

Aquella individua de rancio abolengo, al contratar mis servicios, me había metido en un embolado de tres pares de cojones  y, para mí,  resolverlo se había convertido en la mayor de las obsesiones. Centré todos mis sentidos en saber qué había detrás de la supuesta sugestión de la de Sotomayor, tanto que hasta desatendí bastante mis otras obligaciones, tanto familiares como profesionales.  

Como consideré  que debía saber más de ella, y sobre todo de su vida afectivo-sexual, decidí contactar con uno de sus antiguos pretendientes: El Márquez de Varabaja. El tipo era un noble cuyo único patrimonio  importante era su título mobiliario, de ahí que cuando su relación con Cristina se fue por la ventana, la pobreza volvió a llamar a su puerta. Accedió a hablar conmigo a un precio que me pareció desorbitado, pero era tal mi desesperación por saber más de la condenada Duquesa que accedí,  quedamos en un bar de copas de Triana. Una vez constató que no era periodista me dio pelos y señales de su relación y su ruptura:

—A Kit y a mí nos iba de lujo, yo creo hasta que estábamos empezando a enamorarnos y todo eso… —la arrogancia  se  reflejaba en cada gesto y en cada palabra del aristócrata—.El problema vino cuando empezamos a acostarnos… Uno es muy hombre y tal, pero para Kit no era suficiente y siempre que lo hacíamos terminábamos discutiendo, pues siempre quería más…

—¿Tan ardiente era?

Mi acompañante hizo un gesto de sorpresa y poniendo cara de estar oliendo algo  podrido,  contestó a mi pregunta:

—¿Usted es su psiquiatra? ¡Pues vaya mierda de profesional está hecho!

La altanería de aquel individuo me sacaba de quicio, pero necesitaba la información que tenía y opté por callarme.

—¡Me parece mentira que no conozca el problema de Kit! —prosiguió, dando a entender que era imbécil por no saber de que hablaba. 

—¿A qué problema se refiere?

—¡Es ninfómana! El hombre que esté con ella debe ser capaz de proporcionarle orgasmos  a tutiplén o si no, para ella,  es poco menos que una mierda —Mi gesto de sorpresa tuvo que ser bastante obvio, porque el Márquez sin darme tiempo a nada, hizo una inflexión al hablar y dijo—.¡No le ha dicho nada! ¡Qué zorra! A mí me lo contó el día que cortó conmigo, en el momento ese que se dice la frase tan famosa de “No eres tú, soy yo”, aunque a mí en ese caso me parecía que era verdad —al pronunciar esto último una sonrisa estúpida se dibujó en su cara.

¿Cómo podía haber estado tan ciego? La hipnosis no puede sacar de nosotros lo que no tengamos dentro, si no sabes nadar difícilmente podrás hacerlo sugestionada, si no te gustan las natillas nadie te puede inducir a que te las comas… Todo parecía encajar y coger forma, al tiempo que se volvía más complicado. Lo que cada vez tenía más  claro es que Cristina de Austria no era un zorrón, ¡sino lo siguiente!

La vida perfecta de la Duquesa empezaba a hacer aguas por todas partes, la esposa correcta y la madre ejemplar era una pantomima de cara a la galería, pues  parecía ser que a aquella dama de alta alcurnia lo único que la impulsaba a levantarse un día sí y otro también, era  el sexo desmedido. Cuanto más avanzaba en mis averiguaciones, más intricado se me volvía todo y ante  las pequeñas respuestas, siempre había enormes preguntas.

*****

Para conocer cuánto de fidelidad había en su sagrado matrimonio, contacté con varias personas de su entorno pero estas o  no quisieron decir nada, o estaban tan engañadas como el resto de los mortales. Quien clarificó más el esquema psicológico que me estaba montando de la Duquesa fue una ex de su esposo: Chayo Bermúdez,  una chica sin oficio ni beneficio, a la  que la naturaleza todo lo que le había negado en inteligencia se lo había compensado en belleza y buenas curvas. Era el prototipo de choni que pensaba que la mejor escuela era la calle, la mejor universidad una noche de botellón y que los libros son un artículo para decorar las estanterías (Tanto más gordo, más bonitos).  

Se presentó en mi despacho vistiendo un ajustado jersey blanco de punto y un pantalón naranja, que marcaban  voluptuosamente cada curva de su espectacular cuerpo. Su falta de saber estar se notaba en toda ella y, aunque  se movía como si estuviera en una pasarela, tenía tan poco estilo, que sus contoneos me resultaron patéticos.

—¿De verdad,  tío, que no eres periodista? —Arrastraba las silabas como si pensar y hablar al mismo tiempo fuera agotador; le negué con la cabeza y prosiguió —: Aunque, mientras me pagues lo convenido, a mí, como si quieres ser  el Papa de Roma.

—¿Qué tiempo estuvo usted con Francisco Muñoz? —dije, dando a entender que me importaba un carajo lo que pensara.

—¡Hostia, tío, no me llames de usted que me hace sentir vieja! Y como puedes ver, estoy en la flor de la vida —Al decir esto, se apartó la melena hacia un lado para que pudiera ver mejor su rostro, al tiempo que ponía su espalda derecha, en un claro intento de que sus abultados y firmes senos no pasaran desapercibidos —.Un año, más o menos, pero Fran ha sido y será el hombre de mi vida… No ha habido ninguno antes, ni lo habrá después que  me llegue tan hondo como Fran… Yo, porque no me hizo una barriga como el Jesulín a la Esteban,  que si no me había hecho de oro como ella, de plató en plató, contando mi historia. Y ahora que está en el trullo, más…

Corté  tajantemente su soliloquio, pues no aportaba nada nuevo a mi búsqueda de información.

—¿Cómo eran sus relaciones en la cama?

Chayo se me quedó  mirando como si hubiera traspasado alguna raya imaginaria pero, tras reflexionar un momento, me dijo:

—Tío, ¿cómo iba a ser? ¡La leche en bote!—La mujer guardó silencio durante unos segundos como si estuviera reflexionando la respuesta—¿Tú, porque te crees que la duquesita esa de mierda esa se casó con él? Porque es un follador nato, es capaz de echarte cinco y seis polvos en una noche y no se cansa. Creo que se llama multiorgósmico o algo por el estilo. ***

*****

 A cada secreto que descubría de la Sotomayor, más cerca estaba de conocer los porqués de su sugestión. Pero esto no lo podría desentrañar si no hablaba con quien la había sumido en aquel estado y era uno de los grandes misterios de su secuestro: el nombre del hipnotizador. Si la Policía no había conseguido sacárselo a sus captores, difícilmente podría yo hacerlo. Pero aun así, me puse en contacto con el organizador de todo, Federico Vázquez o, como lo describía Cristina: el viejo de la voz ronca. Como todos mis informantes, el anciano accedió a contarme todo lo que sabía, claro está,  previo pago, lo que me vino a demostrar que si las estadísticas decían que  la crisis nos había hecho más altruistas, a mí me había tocado bregar con las excepciones que confirmaban la puñetera regla.

—¿Qué quiere usted que le cuente? —Pese a que intentaba ser amable, había tanta furia contenida en aquel hombre que más que una pregunta parecía que me estuviera lanzado un desafío.

—Sé que, por activa y por pasiva, se han negado a dar el nombre del psíquico que sugestionó a mi clienta, pero si me dijera todo lo que sabe sobre el tema me podría ayudar.

—Sabe Dios que si no me hiciera falta el dinero, ¡iba a hablar con usted un guardia! ¿Sabe usted lo que han hecho el torerillo y esa zorra con nuestras vidas? Y ahora, el juez dice que teníamos que haber leído la letra pequeña… ¡Para mear y no echar gota!

—Lo entiendo.

—¡Qué va a entender usted, ni qué niño muerto! —El grito del hombre me incomodó, primero porque yo no tenía culpa de nada y segundo porque todos los presentes en la cafetería clavaron sus miradas en nosotros, con lo que mi intención de pasar desapercibido se fue al traste—.En fin, le contaré todo lo que sé para que se vaya por donde ha venido.

Escuchar pormenorizar todos los detalles del secuestro, me hizo creer que ante mí no tenía un anciano estafado, sino a un reputado estratega. Cuando llegó el momento de hablar de cómo fue la hipnosis, comprendí que Cristina no había sido sincera conmigo desde un principio.

—… El gran problema que tuvimos es que la persona que tenía que hipnotizarla, se retrasó casi dos semanas, menos mal que lo consiguió hacer de una sola vez.

Intenté disimular como pude el que mi paciente me había mentido, por lo que lancé una ineludible pregunta para cambiar el curso de la conversación:

—¿Cuál era el objetivo de la hipnosis?

—Que sacara a relucir lo que más la avergonzara de ella… ¡Mire por dónde descubrimos que la modosita madre de familia era un zorrón de marca mayor…!  Queríamos que sufriera como nosotros lo estábamos haciendo, por eso escogimos esas tres palabras para activar su sugestión… La pena es que no fuera duradero y dejara de hacer efecto tan pronto…

La cara de imbécil que se me tuvo que poner al  escuchar tuvo que ser tan palpable que hasta el abuelete preguntó qué  sucedía, contuve mi ira y di la callada por respuesta porque si hubiera dicho lo que pensaba en aquel momento, me habría arrepentido por siempre jamás.

*****

La última persona que consulté fue un colega de mi profesión versado en hipnosis:

—¿Entonces me dices que en una sugestión inducida por tres palabras da igual el contexto en el que se pronuncien, que solo importa el orden  para que  esta tenga efecto?

—Sí, el neo córtex recibe la información y reacciona ante ella, da igual que venga fraccionada o al completo; lo que sí es importante es el orden. Si yo te sugestiono a ti con la frase “te quiero mucho”, da igual que estás lleguen juntas o dentro de un contexto, así si te digo:” yo te he dicho que quiero poco y no mucho”, también tendrían efecto en ti, pues las tres palabras se han pronunciado en el orden correcto.

Dando por válidas las explicaciones que me dio, me dispuse a ponerlas en práctica, para ello preparé una frase que contuviera las tres palabras que sugestionaban a la Duquesa y en nuestra siguiente cita y durante la sesión de terapia,  las pronuncié. Como me temía, las palabras, de forma fraccionada no tuvieron efecto en mi paciente. Volvía a probar, y ella siguió actuando como si nada.

 Tras concluir su catálogo de “lo mal que la trataba la vida y de lo desgraciada que era “que me tocaba escuchar  aquella tarde, una rabia contenida empezó a bullir en mi interior, tan mal me sentí que estuve tentado de decirle que dejara de fingir No obstante,  sopesé los resultados nefastos que aquello podía tener para ella en caso de que estuviera errado,  y preferí callarme hasta no tener más certeza sobre el tema.

Estudié todos los datos  y  aclaré mis dudas, antes de emitir un diagnóstico definitivo. Tras profundas reflexiones llegué a una conclusión: La duquesa de Sotomayor, por culpa de su ninfomanía,  siempre había vivido una doble vida, una señora de cara a la galería y una puta en la cama. Desconozco cómo llevaba aquella faceta de su personalidad, pero está claro que el dinero que todo lo compra, todo lo puede. Con la llegada de Fran, su excepcionalidad en la cama, lo hizo el marido perfecto; con él, matrimonio y deseo iban de la mano,  podía ser una perra viciosa sin dejar de ser una dama. Cuando lo metieron a él en la cárcel, su yo lascivo, al igual que su vida social, quedaron en un muy segundo plano.

Aunque tengo claro que la hipnosis debió tener efecto en un principio (no me entra en la cabeza que ella en su sano juicio, le practicara una mamada al Falote). No obstante, cuando esta dejo de tener efecto, el subconsciente de Cristina, al verse libre de todas las ataduras y el lastre que suponía su encorsetada educación, atándose a la coartada moral que suponía  que  no era responsable de todo lo que realizaba bajo la influencia de las tres palabras , optó por que estas siguieran teniendo efecto. Aunque en realidad, no fuera así.

 Por primera vez en su vida podía mostrar a todos cómo era, sin cortapisas y además nadie la juzgaba. Por eso inconscientemente contrató a los dos actores porno como guardaespaldas, por eso mostró un estado depresivo para que yo le diera luz verde a hacer uso intencionado de la sugestión, por eso ese dominio de la situación cuando aparentemente había perdido el control…

Tenía ante mí el caso clínico con el que  siempre había soñado: una doble personalidad. Fingida o real, nunca lo sabré, pero un trastorno de disociación del “yo”, al fin y al cabo.  La educada niña de papá  por un lado y la zorra deslenguada por otro.  Con una paciente que, aunque con la boca pequeña me rogaba por su curación, con la boca grande todo lo que deseaba era sexo a espuertas. Nunca sabré cuánto había de la modosita Cristina, en la explosiva chica que se lo follaba todo. Nunca sabré cuánto de fingimiento había en la salvaje Kit. Solo sé que nunca sería capaz de curarla y que con sus visitas  mantenía holgadamente la consulta. Y si esto no fuera suficiente, el añadido del sexo la hacía la más suculenta de las pacientes.

A partir de aquel día, todas las sesiones de terapia incluían un estudio científico de las tres palabras. Estudio que concluía con la Duquesita penetrada por todos los orificios posibles y  toda ella empapada de semen. Pero  como aquello tenía tan pocos resultados visibles, Cristina amplió las visitas a tres veces por semana y después a cuatro. Aquello se volvió tan cotidiano para mí que, un día, dejando mi pudor encerrado en el cajón,  me incorporé a la fiesta y gocé de los placeres de la carne en grupo.

Eso que puede parecer tan poco ortodoxo, tenía también su fondo terapéutico: ya que, del mismo modo que inconscientemente contrató a Iván y Ramón por lo que eran, su elección de psicólogo también pasaba por ese mismo deseo, pues no me escogió por ser el más cualificado de mi profesión, sino por ser de los más jóvenes y guapos.

*****

Al oír el timbre de la puerta, abandono mis cavilaciones y suelto la carpeta sobre la mesa. Hoy, al igual que todas las tardes que viene la de Sotomayor con sus guardaespaldas, he dado la tarde libre a mi asistente y así tenemos completa libertad.

Cuando abro la puerta, me encuentro a una de las mujeres más hermosas y deseables que he visto nunca, hoy trae dos coletas y un atuendo de colegiala a lo Britney Spears en su primer video. Me saluda con solemnidad dándome la mano y yo se la beso como manda el protocolo, a continuación la hago pasar a la consulta. Saludo a Iván y Ramón y les pido que esperen en la puerta por si preciso de ellos, que de momento me  sobro y apaño yo solo.

Me siento en mi sillón y ella se tiende sobre el diván. Me gimotea durante diez minutos lo desgraciada que es, yo hago como que la escucho pero solo tengo ojos para su escote y sus esbeltas piernas. Sin querer, mi pene empieza a tomar vida. Solo tres palabras me separan del placer supremo, así que no dilato más el momento,    las  pronuncio una tras otra y todo el sexo que puedo imaginar queda a mi alcance.

¿FIN?

No, lo siguiente.

Nota del autor: Este relato se publicó en la categoría “Grandes relatos” el 26/11/2014. Por circunstancias, he considerado darle la oportunidad, que creo merece, en la sección de “Control mental”.  


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