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Fecha: 25-Mar-17 « Anterior | Siguiente » en Orgías

Dos de Mayo en Madrid (2)

Anejo
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Los tres delegados se marcan un fiestorro privado con unas señoras expertas. Parejas,tríos, dobles parejas, algún comodín oculto y un ful inesperado.Sigue el Mayo Florido... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Julián, Oriol y Andrés tardaron casi media hora de taxi en llegar a su destino final, un club de alterne de apariencia elegante muy a las afueras de la capital. Los dos forasteros iban con ánimo de tomar unas copas y tontear un poco con las niñas pero, nada más entrar, vieron que aquello iba más a fuego de lo que se imaginaban. Una pequeñaja madurita y morena, de leonina melena azabache y plataformas de metacrilato les esperaba; Salió a su encuentro y les dispensó una cálida bienvenida, con besos en las mejillas y rozamientos de caderas y tetas incluidos. Era una veterana  meretriz caribeña que atendía por Gladis. Aparentaba entre treinta y cincuenta años; el maquillaje no dejaba ser más preciso en la datación. Destacaban sus grandes ojos gatunos y su nariz de reminiscencias africanas. La boca era un poco demasiado grande y los labios colagenados contribuían a aumentarla. Por lo demás, era simpática y picarona; Cada cinco minutos se acomodaba los voluminosos pechos en el sostén, como si temiera que el público se olvidara de ellos, y movía las caderas con gracia al caminar, haciendo bambolear un culazo impresionante, sin duda también herencia de sus ancestros subsaharianos.

Estaba sobre todo por Julián, a quien era evidente conocía ya. Se sentaron los cuatro en un reservado donde cabían ocho personas, lo que hizo pensar a Oriol y Andrés que esperaban incorporaciones al grupo. Trajeron Champaña, que no cava, para disgusto del catalán, y Gladis les explicó anécdotas del establecimiento que, como es natural, fueron calentando el ambiente.

A eso de las dos sonó el móvil de la anfitriona, que pareció aliviada al contestar.

Salgo afuera un segundo. ¡No se me amuermen, que ahorita empieza lo bueno! Les recomendó.

A los cinco minutos volvía acompañada de dos muchachas de auténtico escándalo. Por sus facciones se les podía atribuir sin temor a equivocarse el origen eslavo. Eran casi un palmo más altas que Gladis y exhibían unos cuerpazos infartantes, cubiertos con vestiditos cortos y escotados y con sandalias de tacón no exageradamente alto, quizás para evitar acomplejar a los machos ibéricos o foráneos de alturas limitadas.

Olga, la más bajita (uno setenta y tres descalza) lucía una cabellera anaranjada claramente irreal, como irreales eran los volúmenes mamarios, turgentes como quesos manchegos, que exhibía generosamente, bien adheridos a la licra de su modelito. Deslumbraban sus ojos verdes y el granadino, nostálgico de la copla de ese nombre, se emparejó con ella, soñando ya con pedirle candela  a cambio de un carnoso clavel que pensaba ponerle en los labios a la menor ocasión.

El tímido Oriol, lanzado al vicio por obra del orujo y el Champaña, se amigó con la rubia, de nombre Natasha aunque conocida como Nati en el ambiente. Aquella mujer parecía inacabable, con piernas y brazos de voleibolista, corta melena rubia y más escueta de busto, aunque aquí se veía que era todo natural y muy sensible, ya que los pezones y las areolas se marcaban descarados en la tela azul celeste del vestidillo, a juego con los ojazos glaucos, hermosos y tristes, como los de un maniquí.

Chapurreaban el español con acento del este de Europa, pero les bastaron unas sonrisas y unos gestos coquetos para embelesar a los dos visitantes. Compartieron los seis el champaña y pidieron otra botella. La visa de Julián ya echaba humo, pero él no parecía inmutarse por el dispendio.

Una mulata que hacía las veces de camarera irrumpió para indicarle algo a Gladis. Ésta se levantó diciendo a todos que la imitaran.

Salieron del reservado y enfilaron  una estrecha escalera que conducía al piso de arriba. Fue entonces cuando Andrés y Oriol comprendieron que aquello iba en serio y no iban a limitarse a “alternar”.

En efecto. Accedieron a una suite con una gigantesca cama redonda bajo un complicado adorno de luces. Completaban la decoración dos butacones, colocados estratégicamente para presenciar el espectáculo que se ofreciera sobre el fastuoso lecho.

Sin más preámbulo, cada una de las dos bellezas alabastrinas se arrimó al cliente respectivo y lo condujo al mega catre mientras les iban despojando de sus ropas traviesamente. Julián y Gladis ocuparon los butacones y la mujer empezó a interesarse por la bragueta del viejo luchador, frotándola con la mano primero y con el pie desnudo después. El tipo de dejaba hacer, bebiendo champaña con las piernas separadas y sobando las opulentas tetas de la morena a través de la coloreada blusa.

Para mayor comodidad del sobón, Gladis se sacó la prenda por la cabeza y se desabrochó el sostén, dejando derramarse sobre su abdomen las dos veteranas tetas, que por la postura caían hasta cubrirle las costillas. A pesar de la flacidez, los pezones se empitonaban traviesos bajo los dedos de Julián, que se desabrochó la bragueta dejando que ella metiera los dedos y medio pie hacia el interior. Removiendo con gracia, la caribeña hizo emerger la verga curtida en mil batallas, no muy dura, pero de buen tamaño y grosor. Su planta la amasó con cariño, los dedos manipularon el glande y el talón comprimió la bolsa y sus dos mustias canicas, que pronto se mutaron en esponjosas ciruelas, deseosas de verter su jugo.

El viejales asió el bruñido seno, como si fuera la correa de una perrita rebelde, y Gladis tuvo que espabilarse para seguir el movimiento de su teta para evitar el doloroso estirón. Ven aquí golfa, que el amo te va a dar de cenar, masculló él en tono chulesco. Y Gladis acabó su paseo de rodillas ante la verga a medio izar de Julián, que aprovechó la exuberancia de la negra melena para sujetar por el pelo la cabeza de la mujer y acercarla, quieras o no, a su morcillona polla. Ella se apresuró a engullir y chupar, quizás temerosa de la ira del viejo, quizás ansiosa por obtener sus réditos profesionales, sin importarle que su propio pie hubiera estado masajeando aquel pedazo de carne un segundo antes.

¡Cómo se pasa el Julián!, ¿no?, comentó Oriol a Andrés, mientras Nati le despojaba de su calzoncillo plagado de pequeñas esteladas que hicieron torcer el gesto al andaluz. Cada uno a lo suyo, niño, le contestó sopesando los tremendos melones de Olga, que ya estaba magreándose con él en cueros vivos. Y tú ¿Qué haces con ese calzoncillo separatista? ¡Ahora sí que me has tocado los huevos, catalufo!. Nati empezó a masturbar a Oriol con tal acierto que no podía él acertar a responderle algo coherente al andaluz en disculpa por aquel desliz en su atuendo íntimo. Es mi mujer, coño; que es muy radical y me hace llevarlos siempre para entonarse en la cama. ¡Ay, nena, para, para!¡ Que a este paso me la vacías antes de metértela!

Andrés no dio más importancia al poco decoro del catalán. Su polla estaba ya apresada entre las dos montañas de silicona de Olga y diríase que se la estuviera cascando dolorosamente entre dos balones de rugby.

Natasha pidió algo a Gladis en inglés chapurreado, y ésta le señaló un cajón en la cabecera de la cama. De allí extrajo la rubia dos condones en sus fundas. “Estas son nuevas en esta plaza. Aún no dominan” comentó Andrés. La chica pasó una bolsita a la colega, abrió la otra y se metió el condón en la boca tras extraerlo del envoltorio. Con habilidad circense, empuñó la temerosa polla de Oriol y bajó la cabeza para dar una larga y poderosa chupada. Subió y bajó sin soltar la presa y a los dos minutos de trabajo, abrió la boca y dejó emerger una verga bien hinchada y turgente enfundada en un preservativo rosa. ¡Collons! Exclamó impresionado el catalán, que nunca había pasado por semejante experiencia. Luego a su mente vino por un instante la imagen de su querida Montserrat, a la que nunca había sido infiel en diez años de matrimonio. Si ella supiera lo que estaba haciendo le daría un patatús, pero había muchos atenuantes, se decía él, mientras la experta prestidigitadora se montaba sobre el carajo enhiesto y se lo hundía en su caliente funda hasta la empuñadura, iniciando una cadenciosa cabalgada.

A su lado, Andrés había pasado a la acción y enfundándose el profiláctico había embestido a su partenaire tras ponerla a cuatro patas en la cama. Él estaba pues de pie, detrás de la mujer penetrándola a lo perrito.

Los focos iluminaban de cara a Oriol y de culo a la pareja de Andrés. La que hacía de jinete le dijo algo a la otra en ruso y ésta asintió, pidiendo paciencia con un gesto de la mano.

Gladis se había quitado ya toda la ropa y le hacía una buena mamada a Julián, que no perdía detalle del número que ejecutaban los otros cuatro. En un momento dado apartó la cabeza de su feladora y le dijo algo al oído. La morena hizo un gesto de negación a la pareja de Andrés que de nuevo dijo que sí y se dejó caer hacia delante, desenvainándose de la polla del andaluz, que perdió el preservativo en el lance. Cariñosa, lo recogió y volvió a colocarlo dando lengüetazos en los huevos al hombre, que no opuso resistencia cuando la chica lo tumbó boca arriba en la cama, se la mamó un momento y volvió a endiñársela hasta el fondo de su curtido chocho, ahora ella arriba y el abajo, mirándola de cara y disfrutando del tacto de sus bellas tetas entre las manos.

Los dos tipos estaban ahora bien repantigados, en plan “estrella de mar”, dejando trabajar a las profesionales y ofreciendo una imagen diáfana de sus rostros a la batería de luces y otros ingenios ocultos que les estaban enfocando desde el techo de la alcoba.

Julián sonrió satisfecho y colocó a Gladis a cuatro patas en el butacón. Ella le dijo algo en tono de advertencia, pero recibió dos buenos azotes en su negro culazo y, regañando por lo bajo, apoyó las tetas en el respaldo y se abrió los gordos mofletes del culo para ofrecer su agujero posterior a la lujuria del veterano. Por suerte para la enculada, la verga sesentona no tenía ya el grosor ni la dureza de los años mozos, así que su ano se la pudo tragar sin demasiado sacrificio.

El tipo se creció en el papel de abusador y su polla entró de golpe hasta el fondo arrancando un gritito de dolor de la hembra. Luego fue ella misma la que empezó a remover las caderas, buscando vaciar al profanador lo antes posible. Sin embargo, el alcohol jugaba ahora a favor de Julián, que disfrutaba del espectáculo de los cuatro folladores en el centro de la sala mientras su verga iba creciendo en el recto de Gladis. Protestó ella y detuvo sus vaivenes. ¿Pero acabas ya o qué? ¡Me estás destrozando el orto, cabrón! Aquello disgustó sobre manera al tipo. ¡Maldita zorra! ¡Mueve tu culo de puta!¡Venga! Y empezó a atizarle guantazos a dos manos haciendo bailar los prominentes glúteos a cada golpe mientras hundía bien adentro su verga, arrancando nuevos gritos de dolor de su víctima.

Aquello duraba ya meses. Julián había encontrado en Gladis el báculo de su vejez. El romance con aquella puta solícita y mimosa había ido degenerando en el maltrato más abyecto. En eso la suerte había acompañado al gordito vicioso, ya que Gladis tenía cierta vena de heroína de tango o de bolero canalla, y se dejaba maltratar a pesar de sus gritos y enfados. Tampoco era ajena su sumisión a las espléndidas recompensas económicas que le llegaban desde la visa del tipo cada vez que se propasaba con ella hasta el límite de lo soportable.

Con un rugido sordo, Julián se corrió en el fondo del culo de Gladis, mientras ella gemía sordamente. Se retiró poco a poco un minuto después, dejando resbalar la flácida polla, que goteaba semen por el suelo. Venga, que no ha sido nada, cariño. La consolaba el pendejo, ponlo en agua fría y se te pasará.

Eres un hijo de las mil putas, masculló ella frotando el dolorido ano con los dedos. Te dije que no me lo hicieras más. La mujer se incorporó con dificultad y camino hacia el lavabo. Julián se acabó de desnudar y echó una mirada  a los otros cuatro.

Los dos tipos exhaustos después de ser escurridos a conciencia por las muchachas, se recostaban en los muslos de ellas, que conversaban indolentes en su propio idioma, sin hacer el menor caso de sus derrengados clientes.

Gladys se había puesto un albornoz y  seguía mirando con fingida indignación al tipo que la acababa de encular contra su voluntad. Niña, ves a mirar si todo está en orden, dijo él en tono un poco enigmático.

Ella salió obediente y volvió a los dos minutos levantando el pulgar,  al parecer signo de buenas noticias, ya que Julián le dedicó una sonrisa y una cariñosa palmada en las nalgas, que ella no rechazo, conciliadora.

Pues venga, cambio de parejas. Te vas a darles un repaso a los dos capullos y me mandas para acá a las dos prendas éstas, que no se van a ir sin que les meta dos buenos puyazos. Esto lo dijo en voz baja al oído de Gladys, que lanzó un bufido de rabia pero se dirigió hacia la cama para cumplir la orden de su dueño.

Las dos esculturales eslavas no parecieron muy felices con la noticia de que el barrigón del grueso carajo iba a catarlas, sobre todo después de presenciar el trato que había recibido su colega del nuevo mundo.

Haciendo gala de profesionalidad sin límites, se acercaron a Julián que, sin muchos miramientos, las empujó por el cuello hasta arrodillarlas ante su prominente vientre. Sujetando su polla morcillona con una mano, apuntó el capullo hacia la boca de Nati, señalando sus huevos peludos a Olga. Las chicas no se dieron por enteradas y recibieron dos sendos tirones de pelo. Ahora sí que se mostraron más complacientes y se aplicaron una a chupar el badajo del fornido sujeto, y la otra a dar agradables lengüetazos a la bolsa escrotal.

Mientras, Gladys se acomodó entre los dos agotados hombres, abriendo su bata y dejando a la vista sus encantos, mucho menos estéticos pero naturales y ecológicos. El catalán acarició con delicadeza las tetas que antes había maltratado el gordo salvaje, haciendo suspirar a la mujer; Andrés se interesó por el chocho. No lo había visto antes de aquel tamaño y se lanzó a sobarlo con curiosidad. De entre los enormes y negros labios, surgió un apéndice del tamaño de un frijol. Gladys se espatarró convenientemente, abriendo sus cortas pero bien formadas piernas, y dejó a los dos invitados disfrutar de su cuerpo de aquella forma casi inocente, usando los dedos con curiosidad infantil. Las mamas eran grandes y oscuras; estaban bastante flácidas, pero acariciándolas se podía notar la consistencia de las glándulas y dejar volar la imaginación con el uso posible de aquellas masas de carne. Por la retaguardia, el andaluz había hundido ya cuatro dedos en la ranura y el quinto, el dedo gordo, frotaba el clítoris siguiendo el ritmo de la penetración.

Gladys se relajó dejándose acariciar por los dos palomos, pero sin perder ojo de lo que hacía su particular gavilán. Después de ingerir un pequeño cóctel de pastillas, el robusto y veterano sujeto estaba en plena forma; Desnudo en medio de la sala, de pie, con las piernas abiertas y el vientre peludo y prominente tapándole la visión de sus mimados genitales, sus manos como sartenes seguían guiando a las dos mozas, sujetando sus cabezas y dirigiendo así sus bocas, ora hacia el cipote desafiante, ora hacia los hinchados huevos. Las chicas se aferraban a las caderas del tío y clavaban a veces sus uñas en las gordas nalgas, que se tensaban de gusto a cada nueva caricia de las jóvenes lenguas.

El brillo de las luces rojas centelleaba en la reluciente calva y el grueso mostacho subía y bajaba con los bramidos sordos de cachalote encelado que aquella morsa humana exhalaba mientras las dos bellezas se aplicaban a darle placer oral.

Con la rabia de los celos en las pupilas, Gladis se arrodilló ante Oriol y apresó la polla del catalán entre sus mamas, sujetando éstas con las manos. El tamaño de sus pechos permitía envolver la no demasiado voluminosa verga y friccionarla, con los codos de la mujer apoyados en los muslos del hombre. Oriol empezó a suspirar de placer mirando aquella leona de negra melena masajear su más preciado instrumento con cara de lujuria. En aquella pose, el hermoso culo de la morena quedó a disposición de Andrés, que cambió la posición de la mano para seguir penetrando el oscuro chocho con cuatro dedos y masturbar con el quinto el clítoris.

Ponte una goma y fóllame ya, que me duele el chichi de tanta friega que me das, corazón, pidió la mulata con voz ronca.

Al oír a su amante expresarse de este modo, Julián decidió cambiar de tercio. Apartó a las dos muchachas de su húmeda tarea oral. A buena hora, ya que las mandíbulas se les estaban agarrotando de tanto lamer y chupar. Tomó dos gordos cojines y condujo a Olga hasta la gran cama donde los otros tres refocilaban. Puso unos sobre otro los dos aditamentos y a la tetona Olga encima, boca arriba y las piernas bien abiertas. Tomó un condón de la caja, se lo enfundó con mano experta y le endiñó sin más preámbulo un pollazo tremendo a la chica, que instintivamente se contrajo y se apartó de su cliente. Sin contemplaciones, Julián tiró de los blancos muslos para volver a encasquetarse dentro del huidizo coño, arrancando algunos gemidos de protesta de la ninfa. Satisfecho se retiró él y ordeno venir a Nati, que había contemplado con alivio prematuro las evoluciones del calvo barrigón. La segunda muchacha tuvo que colocarse a cuatro patas sobre su compañera, bajando el culo de forma que su vulva quedara justo al lado de la de Olga, pero a 90 grados de ella, horizontal al suelo, mientras que la de su compañera permanecía vertical al mismo.

Era un “rincón del placer” que Julián ya había practicado alguna vez con Gladis y alguna de sus paisanas del club. Se acercó a sus presas indefensas, abocadas una sobre otra en una falsa postura amatoria, y hundió la polla en la vagina de Natasha, apuntándola hacia arriba con un giro de caderas. Tras cuatro bombeos, un nuevo giro de caderas y una ayudita de la mano, y su verga fue a penetrar de nuevo a Olga. Siete u ocho bombeos y cambio de agujero. Para terminarse de excitar, Julián se regodeó contemplando como Gladis dejaba caer una cascada de babas entre sus senos, remojando la polla de Oriol para hacerla resbalar mejor y arrancar nuevos gemidos de placer del entregado catalán. Su colega andaluz no le iba a la zaga. Enfundado el preservativo en su larga y delgada verga, Andrés alternaba también los orificios, húmedo y blando el vaginal y seco y estrecho el rectal. La humedad de la vagina ayudaba a suavizar la sodomización, que era mucho menos dolorosa que la primera de la noche a cargo de Julián. El pene era más delgado, el camino ya estaba abierto y Andrés resultó ser mucho más gentil y delicado que su compañero de fiesta.

Sin embargo la madura caribeña no perdía ojo de la placentera follada a tres que se estaba marcando su amigo Julián. Por algún motivo Gladis sentía una atracción morbosa por el gordo pelón del poblado mostacho. Parte del motivo era, claro está, la profusión de regalos, cenas y hasta alguna escapada a Mallorca y a San Sebastián con que el tío la agasajaba. Pero había algo más. Aquellas maneras rudas, su absoluta falta de tacto, la exigencia de que Gladis le proporcionara otras mujeres con las que follaba delante de ella y las enculadas salvajes y algún que otro guantazo en medio de sus tempestuosos encuentros, eran argumentos que hacían enloquecer de amor a la madura prostituta. 

Podíamos extendernos en el análisis de esta actitud, pero no es esto un tratado de psicología, sino un cuento erótico y no debemos distraer a los lujuriosos lectores de sus viciosos objetivos, así que volvamos a la orgía.

Julián decidió terminar en la vagina superior, no en calidad sino en posición anatómica, ya que así le era posible aplastar los huevos contra la vulva de Olga mientras hundía el garrote en la de Nati. Haciendo bailar a las dos muchachas sobre los cojines, para aumentar la fricción y el gusto en sus genitales, Julián se corrió poniendo los ojos en blanco. De nuevo notó al eyacular aquel hormigueo en el cuello y el brazo izquierdo y tuvo que inclinarse hacia delante, recostándose sobre la espalda y el culo de Natasha para no caer al suelo por una súbita debilidad. Pero no le dio importancia. Miró cómo Andrés lanzaba una sarta de balbuceos musicales, como unas bulerías orgásmicas, mientras se vaciaba en el ano oscuro de su amada Gladis y un minuto después pudo oír al catalán recitar atropelladamente a Angel Guimerá o quizás invocar a la Moreneta mientras se corría como un mono entre las apetitosas tetas de la morenaza.

Al cabo de un minuto la debilidad y el dolor habían desaparecido y Julián pudo sentarse en la cama y recibir el amoroso beso de Gladis, que ya se había limpiado los pechos, y desenfundaba la polla pringosa del condón para engullilrla con un vicio apasionado y morboso y sorber hasta la última gotita de la leche que las dos jóvenes habían hecho brotar de la vetusta fuente.

Era ya la tercera vez que Julián notaba aquellas sensaciones preocupantes al correrse y algo le decía que aquello acabaría mal para él y no tardando, pero se aferraba al “que me quiten lo bailao” sin poner freno a su lujuria alimentada con diversas y variopintas pastillas proporcionadas por la misma Gladis a precio de oro.

Las dos bellezas surgidas del frío se apresuraron a vestirse y a recoger el sobre que Gladis tenía preparado para ellas. Esperen en la puerta, que les pido un taxi, ordenó la mujer y las dos mozas hicieron mutis sin despedirse de los clientes y frotándose las entrepiernas que habían acabado bien escocidas con el lance.

Ahora a vestirse y a descansar al hotel, granujas, que os lo habéis pasado de puta madre, ¿no? Tronó el obeso bigotudo poniéndose los calzoncillos.

Yo no puedo ni levantarme. Me han dejado bien escurrido, se lamentó Oriol acariciando con cuidado su irritado glande.

Y yo estoy hecho una mierda, apuntó Andrés. Menudo túnel del miedo tiene la pájara ésta. Me la ha dejado como un pirulí. Y se la espolsó con precaución a dos manos como intentando reanimarla.

Gladis había salido y cruzaba el pasillo, atravesando una puerta pequeña que enfrentaba con la de la suite.

¿Lo tienes todo, Fani? Preguntó a una jovencita negra como un tizón que fumaba un canuto mientras manipulaba un ordenador de alta gama ubicado sobre una mesa de metacrilato.

Todo, todo, jefa. Tengo hasta la enculada que te ha endiñado el cigalita ese y la cubana que le has hecho al calvito.

Pues eso lo borras, pendeja. A ver, añadió acercándose a la pantalla.

Manipuló el teclado y el mouse la negrita hasta llegar a la escena en que los dos tipos aparecían claramente identificables, tumbados en la cama mientras las mozas los cabalgaban, un rato antes.

Ésta es la que interesa. Edita un poco y deja los dos minutos más tórridos. Luego lo envías a este correo, añadió tendiendo una nota a su amiguita. Y después lo borras todo del disco duro.

Claro que sí, patrona. No pase apuro…

Tú pasaras apuro si guardas alguna copia de eso. Juián quiere encularte la próxima vez a ti. Cada vez les gustan más jovencitas al cabrón. Así que no me enojes o acabarás con el ano más abierto que el túnel del metro. ¿Entendiste?

La pobre negrita asintió con cara de angustia mientras Gladis se daba la vuelta y volvía con los hombres a la suite. Apagó el porro a medio consumir. De pronto se le habían pasado las ganas de fumar.


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