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Fecha: 03-Abr-17 « Anterior | Siguiente » en No Consentido

Keyla: Violación en el mercado

Gaol7
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Segunda parte de la serie de Keyla, ésta vez intimidada durante una visita al mercado. Mientras Los amigos de su hijo reciben una propuesta que no pueden rechazar. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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1

Al día siguiente las cosas se desarrollaron con normalidad, no había nada que pudiera delatar a los muchachos de lo que hicieron la noche anterior. A pesar del placer provocado, ninguno de los tres sentía el mayor remordimiento, el placer había sido demasiado intenso como para lamentarlo; sin embargo, tenía un pánico atroz a ser descubiertos.  Durante toda la mañana, tenían la sensación de que Keyla los llevaría aparte y los amenazaría con denunciarlos, pero al parecer la mente de la deseada mujer se encontraba en otro plano, lejos de las miradas discretas que le dirigían los adolescentes. Parecía un poco pensativa, aunque de vez en cuando les dedicaba una sonrisa, cada vez que sus miradas se cruzaban.

Esa mañana llevaba puesto un vestido azul bastante ligero, la tela se pegaba a su cuerpo revelando sus caderas, pero en ese momento lo que más llamaba su atención eran sus piernas, suculentas como siempre, además de la tanga del bikini que se transparentaba cada vez que se daba la vuelta. Mientras hacía el desayuno, los tres amigos le dirigían miradas lascivas, asegurándose de que ni su hijo ni su sobrino se dieran cuenta. Keyla permanecía ajena, inclinándose de vez en cuando para acomodar las ollas o lavar algún traste. La vista que ofrecía era increíble y al ver semejante trasero, no pudieron evitar evocar los recuerdos… el hecho de haber tenido esas nalgas en sus manos.

−Hijo,  después de que desayunemos, ¿puedes acompañarme al mercado? –preguntó Keyla mientras se servía una porción y se sentaba a comer con ellos, sin notar que el escote del vestido revelaba el inicio de sus pechos, los cuales caían sobre la mesa como un par de frutos suculentos.

−Claro, no hay problema−respondió Gael de buen humor. Ninguno de los presentes dijo nada, los amigos porque creían que sería sospechoso si demostraban excesiva amabilidad hacia ella.

Julio la recorrió con la mirada, sintiendo que su miembro comenzaba a ponerse duro. “Y pensar que la tuve usando esa boquita” pensó observando cómo se llevaba un bocado, relamiéndose al recordar la escena. De reojo, notó que sus compañeros llevaban disimuladamente una mano bajo la mesa, seguramente para tocarse el paquete mientras la imaginaban haciendo toda clase de cosas. Sin quererlo, cuando intentaba beber Keyla derramó un poco de agua sobre sus tetas, disculpándose de inmediato y pasándose una servilleta sobre éstas, en un gesto que resultaba por demás erótico.

Terminando de desayunar, Misael subió hacia habitación, mientras Keyla preparaba la camioneta para marcharse; el mercado no quedaba muy lejos, pero no le gustaba caminar en el pueblo así vestida, ya que, a pesar de que le gustaba sentirse sexy, notaba algunas miradas demasiado perturbadoras para su gusto.  Sin embargo, debido a que no pensaba alejarse de la cabaña, la única ropa que traía era demasiado atrevida, aún así, no pensó demasiado en eso y salió con su hijo. Mientras tanto, Julio y sus amigos se quedaron en la sala, sacando un par de cervezas del refrigerador, sin importarles que la señora Keyla notara su ausencia, después de todo, la habían hecho su puta y eso les hacía perder un poco de respeto hacia ella.

− ¡Vieron esos melones! –exclamó Rodrigo.

− ¡Claro! Se le movían bien rico cuando estaba batiendo los huevos−corroboró César entusiasmado.

−No puedo creer que nos corrimos en esas tetas.

− ¡Sí! ¿Y notaste la tanga que traía puesta? Se veía tan buena que me dieron ganas de volver a cogérmela.

− ¿Creen que podamos volver a hacerlo antes de marcharnos? –ambos chicos miraron a Julio, quien todavía guardaba el frasco que contenía la droga.

−No sé… me dijeron que si se usaba en exceso podía traer problemas. Tampoco queremos matarla ni hacerle daño…−Julio parecía pensativo, a pesar de sus palabras, el deseo de volver a tener ese cuerpo era insoportable, sentía como si le quemaran las entrañas. El breve recuerdo de su aroma lo hizo volverse loco.

−Tienes razón…

−Aunque… no creo que volvamos a tener una oportunidad como ésta−Julio los miró con seriedad, aunque de pronto esbozó una sonrisa de complicidad−Creo que no pasará nada si lo intentamos ésta noche, aunque solo sea por última vez.

− ¡No puedo creer que sean tan estúpidos! –exclamó una voz a sus espaldas. Era Misael. Los tres amigos se levantaron de un salto, horrorizados y con una expresión de culpa que resultaba casi cómica.

Misael los miró detenidamente, sin decir una palabra; a pesar de que su físico no era del todo imponente, su actitud soberbia y su aire resuelto le otorgaban cierta autoridad.  Julio pensó que tal vez podrían amenazarlo para que no dijera nada, pero no estaba seguro de querer correr ese riesgo, a esas alturas, las cosas podían salirse de control y terminar con todos ellos en la cárcel.

−Bien, parece que ninguno de ustedes va a decir nada. La verdad, me sorprende lo idiotas que pueden llegar a ser. ¡Mira que intentar el mismo truco dos veces seguidas! ¡Son unos imbéciles! Si realmente se quieren volver a coger a mi tía, van a tener que cooperar conmigo.

− ¡¿Qué dices?! –saltó Julio sin dar crédito a sus oídos. El resto los observaba en silencio, al parecer, habían decidido dejar que esos dos se pusieran de acuerdo y los sacaran de ese embrollo.

−Lo que oíste. Miren, yo no voy a decir ni una palabra, la verdad, no puedo culparlos ¡Diablos, me masturbo pensando en ella todo el tiempo! Y más viendo como se viste. La muy puta está demasiado buena, pero no pudo dejar que arruinen una oportunidad como ésta, si lo piensan bien, tenemos aquí una mina de oro y hay que saber explotarla.

−Muy bien, te escuchamos.

Todos tomaron asiento en la sala como si fueran a jugar una partida de póker o estuvieran en una mesa de negociaciones. Misael se relajó un poco, sabiendo que las cosas marchaban a su favor, extrajo su celular del bolsillo y se los mostró a todos. Julio se contempló a sí mismo en un video, moviéndose de adelante hacia atrás, mientras sometía el cuerpo de Keyla a sus caprichos. Adelantó un poco la imagen y descubrió a sus dos amigos, en ese momento se puso lívido y miró a Misael con el ceño fruncido.

− ¿Qué es esto?

−Lo que estás viendo, idiota ¿Creyeron que nadie iba a notar ese ruido? ¡Por favor!, si yo también estaba esperando el momento para espiarla. Tenía la esperanza de verla desnuda en la cama, pero ¡Vaya que me llevé una sorpresa! –el tono de Misael parecía una amenaza disimulada.

− ¿A dónde quieres llegar? –le espetó Julio, creyendo saber a dónde se dirigía todo ese asunto: El muy cretino los iba a extorsionar y lo peor de todo era que no podían hacer anda para evitarlo. Si llegaba a difundirse ese video, podían demostrar que cometieron una violación.

−Como verán, los tengo agarrados por las bolas. Si quisiera, podría denunciarlos y quedar con la nalgona de mi tía como un héroe… Pero por suerte para ustedes, eso no me serviría a mis intereses. De hecho, me gustaría colaborar con ustedes, o mejor dicho, que ustedes colaboren conmigo. Si lo hacen, podremos coger con ella cada vez que queramos−en ese instante apreciaron un brillo malicioso en la mirada de Misael.

−Bien, ¿Qué quieres que hagamos? –no hacía falta pensarlo demasiado, era la cárcel o aceptar las condiciones de ese chico, quien, a pesar de su actitud mandona, parecía saber lo que hacía.

−Primero, quiero me den esa droga, no puedo arriesgarme a que cometan una estupidez que eche a perder las cosas. Acepten que no volverán a tener sexo con ella durante un tiempo, tal vez un par de semanas.  Primero necesito prepararla, pero cuando la tenga lista, estará dispuesta a hacer todo lo que ustedes le pidan…

− ¡¿Cómo demonios harás eso?!

−Tengo mis propios medios, pero necesito que confíen en mi. ¿Qué dicen?

Julio extrajo la droga de su bolsillo y se la arrojó como un gesto de rendimiento. Misael la sostuvo en su mano, notando un hormigueo en el estómago. La verdad era que después de haber visto a su tía desnuda, siendo cogida por todos esos fracasados, se había obsesionado. Ahora, no descansaría hasta convertirla en su perra y obligarla a cumplir todas sus fantasías.

2

Keyla y su hijo avanzaban por los pasillos abarrotados. El mercado consistía en un edificio viejo, con locales distribuidos en callejuelas que parecían un laberinto.  Los olores se mezclaban, pero en el fondo predominaba la suciedad. Gael notó que casi todas las personas los miraban con disimulo, la situación era un tanto incómoda, pero decidió no darle demasiada importancia, después de todo eran turistas en un pueblo extraño y estaba consciente de que la presencia de su madre atraía demasiado la atención; en las mujeres despertaba cierta envidia y punzadas de celos, sobre todo cuando sus maridos volteaban a verla con descaro. En cuanto los hombres… bueno, mientras avanzaban, algunos de los vendedores le lanzaron silbidos, otros hacían comentarios vulgares que se entremezclaban con el barullo. Parecía como si una celebridad hubiera arribado a ese lugar olvidado, así que se armó un verdadero alboroto. Keyla trataba de ignorarlos, caminando erguida y esforzándose por no hacer contacto visual con nadie, en ese momento lamentó no haberse cambiado, pero creía que al ser un lugar playero, la mayoría de las chicas iría vestida así; lo cual era cierta, pero su cuerpo era mil veces más voluptuoso y destacaba del resto. De pronto sintió como si caminara desnuda  y esa sensación le provocó un escalofrío, por un segundo estuvo tentada a dar media vuelta y  retirarse.

Se detuvieron en un puesto para comprar algo de fruta. Keyla se inclinó hacia adelante para alcanzar un par de bolsas, en ese momento, su hijo notó que el dueño del local le miraba el escote. El tipo tenía la expresión de un animal salvaje saboreando una presa especialmente apetitosa y al seguir la trayectoria de sus ojos no pudo culparlo, las tetas de su madre se balanceaban un poco, debido a su gran tamaño y la incapacidad del sostén para mantenerlas en su sitio. Mientras tanto, los hombres de los otros puestos no perdían detalle de su trasero. El vestido se le había levantado un poco dejando al descubierto sus piernas, pero lo más erótico era como la tela se le pegaba a sus formas, revelando que su ropa interior era muy diminuta. “La mayoría de éstos idiotas daría la vida para poder cogérsela” pensó Gael y sin saber porqué sintió un hormigueo en el estómago. De pronto la imaginó rodeada por todos esos vendedores, amontonándose mientras trataban de manosearla, gritándole cosas sucias, deleitándose con la firmeza de sus piernas, la suavidad de sus pechos y pellizcando sus carnes como si fuera una ramera. La idea de que un grupo de hombres sudorosos y sucios acosara a su madre, le provocó una erección, mientras se entregaba a esa fugaz fantasía.

Al volver en sí, se dio cuenta de que su madre lo adelantaba varios pasos; se dio prisa, pero antes de que pudiera alcanzarla, una carretilla se interpuso en su camino, bloqueando su campo de visión. Echó a correr el último tramo que le quedaba  y cuando el maldito armatoste decidió moverse, su madre ya no estaba. Su corazón dio un vuelco, miró hacia todas partes, sin tener rastro de ella. Por alguna razón, las personas comenzaron a ignorarlo, después de vigilarlos a ambos desde su llegada, ahora todos parecían enfrascados en sus asuntos.  La situación le dio mala espina, así que recorrió los pasillos a toda prisa, aguzando el oído y prestando atención a cada detalle; después de todo, una mujer como su madre era fácil de reconocer en la distancia, incluso entre una multitud.  Pasaron diez minutos sin que lograra  ver una señal de ella, llevado por el pánico, regresó al mismo punto y entonces esperó, apartándose del río de gente para observar desde un taburete.

Permaneció ahí unos minutos, hasta que un viejo atrajo su atención haciéndole un gesto con las manos.  Bastaba darle una mirada para saber que no era peligroso. Gael se acercó desesperado, esperando tener alguna pista. El viejo le hizo señas para que se acercara, su puesto se encontraba justo a un lado de una puerta metálica, al verla dedujo que se trataba de una bodega.

−Hey chico, ven aquí.

−¿Usted ha visto…?

El viejo se llevó un dedo a los labios para acallarlo, luego asintió con la cabeza. Gael se acercó un poco más, notando que el viejo no quería que nadie escuchara su conversación.

−¿Estás buscando a tu madre, cierto? –no esperó respuesta−Bueno, ella se encuentra ahí adentro. Te voy a dejar entrar, pero tienes que prometerme que no harás ningún ruido.

Gael asintió dubitativo y el viejo lo condujo por la puerta, atravesaron un pasillo oscuro, repleto de jergas, escobas y trapeadores, algunos chillidos apagados le demostraron que también había ratas. La bodega era bastante grande, tanto que por dentro parecía un salón enorme, las cajas se acumulaban en pilas que llegaban hasta los seis metros. En la distancia escuchó voces, los murmullos venían desde el otro lado, pero cuando se disponía a empezar a correr, el viejo lo detuvo en seco.

−Cállate, si no quieres que te maten−susurró en su oído, sujetándolo con fuerza del hombro.

Del otro lado vio a un grupo de hombres reunidos  junto a la pared, no podía ver sus caras, pero  en el centro reconoció el vestido de su madre. Los tipos la rodeaban como una jauría de lobos hambrientos, muy similar a la escena que había imaginado poco tiempo atrás, sin embargo, en este caso parecía haber alguien que  llevaba las riendas de la situación.

−¡No, mammmm! –el viejo le hizo una llave en el cuello y le tapó la boca con la mano, dejándolo sin respiración. Por suerte, afuera alguien había puesto música, así que su grito no llegó a escucharse. Gael protestó, pero su captor siguió empleando cada vez más fuerza, la vista se le nubló y fue entonces cuando decidió dejar de resistirse.

−Mira pendejo, te dije que no hicieras ningún ruido, ¿Crees que esto es un juego? –escuchó la voz del viejo en su oído, parecía muy tenso−Por ahora no puedes hacer nada, así que deja de portarte como un imbécil, ¿Acaso no sabes contar? Son cinco, si en éste momento te pararás ahí para defender a tu madre, no durarías ni un segundo.

Gael asintió, a pesar de la desesperación, el argumento del viejo tenía sentido.

−Te traje para que no estuvieras dando vueltas o llamaras a la policía, si lo haces, los tipos que ves ahí te encontrarán y matarán a toda tu familia, créeme… lo sé. Hace un par de años se metieron a robar a mi casa, violaron a mi esposa y mataron a mi hijo. Cuando los denuncie, la policía solo los retuvo por un día y luego salieron pavoneándose, tienen compradas a las autoridades, así que no te metas con ellos.

−Pero entonces, ¿Qué hago?

−Vete de aquí y regresa dentro de una hora. Si no puedes soportarlo, no tiene caso que te quedes a ver esto.  Nadie allá afuera va a ayudarte, todos tienen demasiado miedo, así que ya sabes cómo son las cosas. Si tu madre los complace, la dejarán ir sin problema, así que solo te queda esperar y estar ahí para consolarla.

3

− ¿Por qué me hacen esto? –preguntó Keyla conteniendo las lágrimas, su voz entrecortada la hacía parecer más débil e indefensa−¡Les juro que les daré lo que quieran!

−Esa voz me agrada−se burló el líder con una sonrisa de satisfacción, los otros hicieron una exclamación. En total eran cinco, ninguno de ellos tenía buen aspecto. El grupo tenía la pinta de ser solo vagos y delincuentes, sus ropas ennegrecidas hacían ver que no habían tomado una ducha en semanas; sus tatuajes eran grotescos, con imágenes siniestras que inspiraban desconfianza. El líder tenía la cabeza rapada, mientras los otros lucían cortes demasiado extravagantes. Al verlos, uno pensaría en una horda de caníbales o en su defecto, una mala imitación de maras salvatrucha.

−Ahora ven aquí putita, si te portas bien no te haremos daño−el tipo lució la navaja frente a sus ojos, medía unos veinte centímetros, así que la hoja resultaba intimidante, sobre todo por las manchas rojizas que aún mostraba en la superficie. Keyla la miró  como hipnotizada, con sus ojos azules, resplandecientes y asustados. De pronto dejó de suplicar y se sumió en un llanto silencioso.

−Eso es, así me gusta−el líder le acarició una mejilla como si fuera una niña pequeña, luego le peinó el largo cabello negro hacia atrás, descubriendo su cuerpo para clavar la mirada en sus pechos. El vestido se le había removido un poco, haciendo que el escote mostrara más de lo normal− ¡Mira nada más éstas tetas! ¿Son naturales? –con ambas manos se encargó de masajear sus tetas, probando la textura, apretándolas sobre la tela. Su rostro adoptó una expresión sádica y perversa.

−Por favor, no…−protestó en un susurro, pero sabía que no serviría de nada. El hombre rapado se acercó a su rostro, dejando que sus bocas quedaran a solo un palmo. Su corazón dio un vuelco, hasta ese entonces no había notado bien sus facciones, pero ahora se daba cuenta de que el sujeto era solo un niño, ¡Apenas llegaba a los veinte! La barba descuidada le hacía aparentar más edad, sin mencionar su cuerpo robusto, no era musculoso, pero tenía los brazos grandes. Sin embargo, lo que más le aterró fueron sus ojos, fríos como un témpano de hielo y malignos como nunca antes había visto otros.

−Ahora dame un beso preciosa−el joven posó sus labios sobre los suyos y los acarició con su lengua. La sensación fue desagradable, electrizante, incluso se le revolvió el estómago. Keyla giró la cabeza para evitar que ese tipo la besara, sellando los labios para que no la tomara por sorpresa. En ese momento, su instinto la obligó a forcejear y le dio un empujón que lo hizo trastabillar. Trató de aprovechar ese hueco para escaparse, pero antes de que pudiera dar dos pasos, sintió dos pares de manos que la sujetaban por ambos brazos. Los demás atacantes la inmovilizaron sin ningún problema, provocándole un terrible dolor en los hombros cuando empujaron sus brazos hacia atrás en una especie de llave.

−¡Maldita perra! –el rapado le asestó una bofetada que le hizo ver luces−Ahora vas a ver−se acercó a ella  y le sujetó la cabeza con ambas manos, tirando de su cabello hasta arrancarle un grito. En ese momento aprovechó para meterle la lengua hasta la garganta. La experiencia fue tan asquerosa que resultó casi en un dolor físico, mientras forcejeaba con los demás sujetos, notó como esa lengua penetraba en sus entrañas y acariciaba la suya impregnándola de saliva. Quiso volver el estómago, pero intuyó que de hacerlo, recibiría una golpiza. La mejilla aún le ardía por la bofetada.

−Así me gusta pendeja−dijo el atacante dejando un hilillo de saliva cuando sus bocas se separaron−No quiero pegarte, la verdad, estás demasiado buena como para maltratar ese cuerpo, pero si me provocas, voy a causarte mucho dolor. ¿O acaso ya olvidaste que tu hijo sigue allá afuera buscándote?

En ese momento Keyla sintió que su alma se estremecía, la sola idea de que su hijo entrara en contacto con esos monstruos la aterraba. Además, debía aceptar que no tenía escapatoria, si esos hijos de puta decidían asesinarla en ese momento, nadie más se enteraría y dejaría a su pequeño desamparado, sin poder explicarse lo que había sucedido. Todas éstas ideas cruzaron por su cabeza, haciéndole comprender que la única manera de salir bien librada, era cooperando con esos idiotas.

−Entonces qué dices, ¿Vas a comenzar a portarte bien, o quieres que te mate? Aunque debes saber que de cualquier manera vas a ser mi puta, aunque tenga que cogerme tu cadáver.

Keyla dejó escapar un suspiro entrecortado, tenía la mirada clavada en el suelo,  los brazos inmovilizados, pero ya no ponía resistencia. Cada parte de su ser la insistía a salir de ahí, pero eran demasiado fuertes para ella, sin contar con la carga moral de su hijo. Por un segundo, deseó con todo su corazón que no se le ocurriera buscar en esa bodega, otra razón para mantenerse callada.

−No te escucho.

−Sí.

− ¿Sí qué?

−Voy a ser buena con ustedes.

− ¿Eso qué significa?

−Hare lo que ustedes me digan, por favor… ¡seré suya! Pero no me lastimen.

−Mmm, muy bien, entonces podemos empezar a conocernos−el rapado dio un paso al frente y colocó el cuchillo en su garganta. Deslizó la hoja con parsimonia a lo largo de su cuello, sonriendo al ver como su piel blanca se estremecía al sentir el frío del metal. La hoja siguió su trayectoria hasta posarse en el canalillo de sus pechos. Al parecer, su primer pensamiento fue cortar el vestido por el frente para dejarla desnuda, pero luego se arrepintió y decidió tomarse su tiempo. En lugar de eso, siguió jugueteando con el cuchillo, llevando a la hoja hasta sus hombros. Los tipos que tenía detrás la soltaron, mientras los demás no se perdían detalle. La navaja se metió bajo uno de los tirantes y sin emplear mucha fuerza lo fue deslizando hacia afuera, luego repitió el mismo procedimiento del otro lado, hasta que la prenda cayó por sí sola, resbalando a lo largo de su cuerpo, dejándola solo con el bikini puesto.

−¡Wow! Ni siquiera se nota que has tenido un hijo−dijo acariciando su vientre plano con la yema de los dedos, deslizándola poco a poco hacia abajo hasta llegar a su entrepierna. La tanguita del bikini era diminuta y el tipo se entretuvo unos momentos estirando la parte de enfrente para echar un vistazo−Mira nada más, la tienes bien rasuradita, se nota que te gusta calentar vergas, ¿Eso es cierto?

−N-no…−antes de terminar, el tipo le asestó otra bofetada, ésta vez más ligera que la anterior. Su intención no era causar dolor, sino demostrar su autoridad−Sí, me gusta calentar vergas−se corrigió Keyla sintiendo que se ruborizaba de la vergüenza.

Mientras tanto, notó que los tipos a sus espaldas comenzaban a inquietarse. Una mano discreta comenzó a posarse sobre su trasero. Al principio solo rozó la palma, pero ahora sujetaba amasaba su culo con más fuerza, presionando sus carnes, para luego dejarlas caer. El hilo de la tanga se le metía hasta las entrañas y la hacía sentir como si estuviera completamente desnuda. Nuevamente lamentó haberse vestido tan sexy, ¡cómo podía ser tan estúpida!, admitió que su necesidad de llamar la atención, de sentirse atractiva después de haber sido dejada por su marido, la había llevado a esa ruina. El manoseo aumentó, ahora acompañado por otro par de manos que sobaban sus nalgas y apretujaban de vez en cuando su cintura. El toqueteo aumentó de tono, las manos abandonaban sus nalgas para abalanzarse sobre sus pechos, apretando, pellizcando ligeramente sus pezones, para luego volver a su punto de origen.

−¿Te gusta que te metan mano? –preguntó el líder. La hoja punta del cuchillo trazó una trayectoria desde su abdomen hasta uno de sus pezones, entonces empezó a recorrerlo en círculos. Su cuerpo reaccionó de inmediato  y sus pezones se pusieron en punta, marcándose a través del sostén que apenas contenía sus encantos.

−Si…

−¿Sí que?

−M-Me gusta q-que me metan mano−dijo con voz temblorosa.

−Muy bien putita, ahora quiero que te arrodilles−el rapado la sujetó por los hombros e hizo una ligera presión hacia abajo, como si fuera una vil perra en entrenamiento. Keyla obedeció de inmediato, flexionando las rodillas hasta quedar en el suelo. Desde ahí, sus atacantes se veían enormes y podía notar las tremendas erecciones que la visión de su cuerpo semi desnudo les había provocado. Un sudor frío le escurría por la frente, intuyendo lo que venía a continuación.

El líder se bajó la bragueta del pantalón, el ruido la hizo estremecerse. Sus amigos lo imitaron con la respiración acelerada, jadeantes, ansiosos por entrar en acción. Keyla permaneció arrodillada frente a su atacante, con la cabeza inclinada hacia abajo, las manos reposando sobre sus piernas desnudas, en una postura que reflejaba sumisión y derrota.

−Ahora vas a tragarte todo lo que te ponga en la boca, si dejas ir una gota, tendremos que volver a empezar  y así hasta que aprendas como tratarnos.

Keyla asintió resignada, notando como el miembro de ese maldito se acercaba a su rostro, por alguna razón todo se veía en cámara lenta, el olor era insoportable, tanto que por un instante tuvo ganas de vomitar.  El pene de ese hombre no era nada extraordinario, pero tenía un tamaño considerable, su erección punzante transmitía un calor desagradable. Keyla sintió un ligero mareo, de pronto quedó sin aliento, antes de que esa horrible cosa embistiera contra su boca entre abierta. El líquido pre seminal le barnizó los labios, mientras reunía el valor para realizar la felación.

 − ¡Vamos! ¿Qué esperas? –la apuró ese mal nacido y entonces supo que ya no podía demorarse, tenía el cuchillo a la altura de la sien, amenazando con clavárselo si no cumplía sus órdenes. Un par de manos descendieron acariciando su espalda con la yema de los dedos, cuando llegaron a su trasero, amasaron sus nalgas con gran deleite, separándolas un poco para ver el inicio de sus agujeros. El tipo que tenía detrás se había puesto en cuclillas para manosearla, observando con cara de idiota como la tanguita se le metía hasta el fondo, desapareciendo casi por completo.

−¡Estás bien buena, mamacita! –le susurró al oído, propinándole un par de nalgadas no tan fuertes, pero sí lo suficiente para ver como su piel temblaba como un apetitoso flan.

Mientras tanto, Keyla abrió la boca resignada, sintiendo las manos de ese otro sujeto acariciarla sin contemplaciones, deteniéndose de vez en cuando sobre sus pechos, los cuales apretaba sin llegar a desnudarla por completo, escupiendo su aliento en su oído, provocándole un estremecimiento involuntario. Con los ojos cerrados, se dispuso a pasar la lengua por el glande del hombre rapado, el acto en sí era repugnante, pero después de intentarlo notó que le parecía cada vez más soportable, como si fuera un trago amargo que debiera probar antes de terminar con esa pesadilla.  Su lengua acaricio la superficie de esa tranca maloliente, el sabor era amargo y el semen se le pegaba a la lengua haciendo que se cerrara la garganta. Su verdugo le puso una mano detrás de la cabeza, peinando su cabello hacia atrás para despejar su frente; empujó un poco para dirigir el ritmo de la felación, indicándole que se dejara de rodeas y se la metiera en la boca. Keyla obedeció, chupándola con actitud sumisa, jugando con su lengua en el interior para complacerlo. Creía que si le daba todo lo que quería, la dejaría en paz… o por lo menos con vida.

− ¡Eso es, así, perra! ¡Sí que eres buena en esto! –exclamó el agresor poniendo los ojos en blanco−Ahora mírame…

Keyla lo miró a los ojos y cuando sus miradas se encontraron, experimentó una enorme vergüenza. La saliva le escurría por las comisuras de la boca, tenía las mejillas sonrojadas y su cabeza se movía adelante y atrás, siguiendo el ritmo que le marcaba. Detrás de ella, el otro atacante jugueteaba con su entrepierna, pasando los dedos sobre su tanguita. Sin poder evitarlo, sintió como una oleada de placer recorría su cuerpo, haciéndola sentir como si estuviera traicionándose a sí misma. El movimiento en su intimidad le arrancó un gemido estrangulado, sin embargo, las manos que se posaban sobre sus nalgas le provocaban repele. Sus caderas empezaron a moverse por cuenta propia, mientras trataba de liberarse de ese contacto indeseable.

−¡Wow! ¡Síguete moviendo muñeca! Ya dieron ganas de montarte maldita, te aseguró que moverás nalgas como una puta −le espetó el otro intruso palmeándole el trasero como si fuera una yegua.

De pronto notó que el rapado se detenía en un espasmo, el chorro de semen se derramó dentro de su boca sin que ella pudiera contenerlo. El líquido espeso llenó su interior, expandiéndose sobre su lengua, llegando hasta su garganta. Su primer impulso fue escupirlo de inmediato, pero recordó la amenaza de su captor y se contuvo, haciendo un gesto de desagrado, pero reteniendo la corrida de ese imbécil hasta que pudo tragarla. Algunos restos quedaron impregnados en sus labios, deslizándose por su barbilla, hasta que unas gotas aterrizaron sobre sus tetas, sudorosas y tibias.

−Así se hace putita, ahora vas a tener que repetirlo. Verás, mi banda no ha podido divertirse, así que no es justo que solo yo te disfrute.  Pero antes de que me entregues tus agujeros, voy a dejar que le hagas una mamada a mis amigos… no olvides tragarte todo−el joven le dedicó una sonrisa burlona.

−¡¿ALGUIEN ME PUEDE EXPLICAR QUE ESTÁ PASANDO AQUÍ?! –el grito retumbó en la bodega haciendo que todos se sobresaltaran. Los pandilleros voltearon a sus espaldas y se dieron cuenta de que ya no estaban solos.

En la entrada había un hombre de pie, aparentaba unos cincuenta años, pero aún se veía bastante fuerte. Además, su voz poseía una autoridad difícil de ignorar.

−Ahh, pero si eres tú, ¡Maldito Braulio! ¡Lárgate a la chingada! ¡Llévate a esos vagos fuera de mi vista!

−Estamos ocupados viejo, ¡Lárgate tú!, ¿No ves que tenemos compañía?

Keyla yacía en el suelo, exhausta, con los ojos muy abiertos, la boca barnizada por las corridas de dos tipos que habían seguido la fiesta después de Braulio (el rapado). Uno de los tirantes de su sostén, pendía sobre su hombro a punto de descubrir uno de sus pechos; su aspecto era sumamente erótico, con el cabello alborotado, las piernas juntas en un intento de proteger su intimidad y el brazo izquierdo apoyado sobre sus tetas para cubrirse. 

−Por favor, ayúdeme−murmuró casi sin voz, antes de que Braulio le propinara un punta pie que la hizo caer sobre su trasero. Por un segundo, la hermosa madre quedó despatarrada en el suelo, con las piernas abiertas, luciendo un coñito apetitoso que se trasparentaba a través de la tanguita.

−Ah, con que así van a ser las cosas−dijo el viejo esbozando una sonrisa, llevó una mano a la cintura de sus pantalones y extrajo una pistola. Los pandilleros lo miraron indignados−Si no se largan voy a tener que cargarme a uno de ustedes. Ya les dije que no los quiero ver en mi mercado.

− ¡Con un carajo!, ¡Está bien, Don Gustavo!, espero que la aproveche, por lo menos déjenos usarla después de que termine−Braulio hizo un gesto con la cabeza y sus amigos los siguieron, luego le dirigió una mirada fría a su víctima−Te encontraremos preciosa, no creas que esto se ha acabado.

− ¡Claro que se acabo! No permitiré que le pongan la mano encima a esa señorita. ¡Ahora váyanse al carajo! –el anciano volvió a apuntar el arma en su dirección, mientras los veía salir de la bodega.

4

− ¿Quién es ese señor? –preguntó Gael al anciano que lo acompañaba. Las piernas le temblaban y apenas podía dar crédito a todo lo que había presenciado. La visión de su madre arrodillada ante esos sujetos, era demasiado para asimilar, pero por alguna razón, después de un rato dejó de hacerle tanto ruido. De hecho, su atención se centró en lo erótica que se veía con ese bikini. En algunas ocasiones la había imaginado desnuda y a veces incluso se masturbaba pensando en ella, sobre todo cuando se ponía vestidos escotados, pero ahora, a pesar de lo aterrador, se imaginó estando en el lugar del rapado y una pequeña erección se desencadenó bajo sus pantalones.

−Es Don Gustavo, el dueño del mercado. Tu madre tuvo suerte, ya que es el único al que temen esos desgraciados. El hombre es rico y tiene influencias en todas partes, por eso a nadie le conviene meterse con él. Así que quédate quieto, no vayas a cometer ninguna tontería muchacho.

A esas alturas, Gael y su guardián habían conseguido un asiento en primera fila. Se encontraban escondidos detrás de unas cajas, justo a un lado de donde sucedía la acción, así que podían escuchar y ver perfectamente. A pesar del remordimiento, el chico descubrió que quería ver más, su pene parecía estar a punto de saltar de sus pantalones, sobre todo cuando notó como ese viejo la saboreaba con la mirada, lo peor era que no podía culparlo, con ese bikini y en ese estado de sumisión, su madre era la mujer perfecta, un manjar que ningún hombre podría rechazar.

− ¿Se encuentra bien, señorita? –preguntó Don Gustavo, tratando de mirarla a los ojos; sin embargo, la visión de sus enormes tetas lo distraía. El sostén estaba a punto de reventarse debido al mal trato y uno de sus pezones asomaba discretamente desde la copa torcida.

−Yo…no… ellos… iban a violarme−susurró Keyla desconcertada, todo había sucedido tan rápido, apenas podía creer que se había librado de la amenaza.

−Vamos, todo estará bien, no dejaré que se le acerquen−Don Gustavo le extendió una mano tratando de confortarla. Keyla la recibió y permitió que le ayudara a ponerse en pie. En ese momento las piernas le fallaron y cayó hacia el frente, justo a tiempo para el viejo la recibiera con los brazos abiertos, casi como si fueran dos amantes.

Don Gustavo sintió la suavidad de esas tetas restregándose contra su pecho y sonrió sin que Keyla se diera cuenta. Aprovechó la cercanía para inhalar el perfume de sus cabellos, el cual resultaba embriagante. Con mucho tiento, la acercó hacía él, manteniendo una mano sobre espalda alta, mientras la otra tanteaba hasta aferrarse a su cadera. La sensación de su piel fría y sudorosa hizo que su miembro saltara, la consistencia de sus pechos lo volvía loco.

−Tranquila niña, todo estará bien−dijo apretando su cintura, luego dejó que su mano hiciera un amago de tocar su trasero, pero antes de que sus dedos pudieran avorazarse, decidió que todavía no era el momento. En lugar de eso, dejó que la mujer llorara en su hombro, presa de un estado de shock que le impedía darse cuenta de lo que estaba haciendo.

Don Gustavo quedó fascinado por la perfección de ese cuerpo, aprovechando que Keyla no lo veía, echó un vistazo sobre su hombro, admirando con atención ese hermoso trasero. La tanguita que llevaba puesta hacía que la imaginara en todas las posturas imaginables, entonces supo que no podía irse de ahí sin haberse llevado su premio. Trató de alargar lo más posible ese contacto, hablándole al oído, fingiendo consolarla. Mientras sus manos recorrían su espalda, acariciando su cintura, palpando de vez en cuando el inicio de esas nalgas. El perfume de Keyla quedó impregnado en su ropa y cuando se separaron, no pudo dejar de recorrerla entera, clavando su mirada en esas tetas de infarto.

La mujer recuperó la compostura y se dispuso a recoger su vestido, pero solo entonces se dio cuenta de que el viejo seguía rodeándola con sus brazos, inmovilizándola. Hizo un ligero intento por empujarlo, pero cuando vio que el tipo no pretendía soltarla, lo miró a los ojos y sus rostros quedaron a solo un palmo.

−No te vayas señorita, solo quiero pedirle un favor−susurró el viejo sin dejar de mirar sus pechos, como si pretendiera lanzarse un clavado sobre su canalillo a través del escote. De pronto notó que su rostro adquiría una expresión enfermiza.

−¿Qué está haciendo? –Keyla comenzó a asustarse y de pronto sintió el enorme bulto que se pegaba a ella, justo a la altura de sus piernas. Por primera vez cayó en cuenta de que todo ese tiempo había estado abrazando a un desconocido, casi desnuda, sin darse cuenta del espectáculo que estaba ofreciendo− ¡No, por favor!

−No te muevas, es solo un pequeño favor. Verás, soy un hombre solo y creo que tú podrías hacerme compañía−los brazos de Don Gustavo se ciñeron alrededor de su torso desnudo, apretándola con gran fuerza; debido a la diferencia de alturas, sus tetas quedaron justo frente a su cara y con el forcejeo llegaba a restregárselas de vez en cuando.

− ¡Por favor, ya déjeme en paz!

En ese momento Don Gustavo se separó de ella. Metió la mano en el pantalón y sacó el arma.

−Mira pendeja, te recuerdo que estoy armado, así que no me hagas enojar. Esos tipos que se fueron, son mis subordinados, así que si no quieres que te hagan una visita un día de estos, vas a dejarme hacer contigo lo que quiera, ¿Estamos? Además recuerda que me debes un poco de agradecimiento.

La mujer se quedo petrificada, sin saber cómo reaccionar. Habían sido demasiadas experiencias por una tarde y tenía la certeza de que su hijo seguía buscándola. ¿Qué pasaría si informaba a sus amigos  y éstos le ayudaban a buscarla? ¿Qué haría si los niños la encontraban en esa situación? Seguramente no podría volver a mirarlos a la cara. Por otro lado, el viejo tenía un arma y aunque había pensado en la posibilidad de golpearlo y salir corriendo, era evidente que aún así tenía más fuerza que ella; y si esos malditos eran sus subordinados, ¿No era más sensato acceder a sus peticiones? Por lo menos había pasado de una orgía con salvajes a una violación momentánea, como sea, eso sería una ganancia.

−Está bien−dijo agachando nuevamente la cabeza.

−Hágame suya, pero después olvidemos todo esto.

− ¡Muy bien, así se habla!

El viejo se abalanzó sobre ella, dejando el arma en su bolsillo.  Volvió a rodearla por la cintura para acercarla, mientras con la otra mano deslizaba los tirantes del sostén, uno por uno, hasta que sus pechos saltaron, liberados de su prisión.

−¡Mira nada más cómo las tienes!

Don Gustavo las apretó con fuerza, acorralándola de nuevo contra la pared. Permaneció un par minutos jugando con sus pezones, pellizcándolos, estirándolos como si pretendiera ordeñarla, luego volvió a concentrarse en amasar sus tetas, hasta que se decidió a lamerlas. Su lengua húmeda y rasposa la hacía sentirse sucia, sobre todo cuando usó su saliva para barnizar sus pechos. Su aliento asqueroso la hizo voltear la cabeza, pero en ese momento, Don Gustavo la detuvo y pasó su lengua sobre su mejilla, amenazándola con matarla si no cooperaba.

−Sí que eres guapa−dijo bajando sus manos hasta tocar su trasero−No puedo creer que me voy a comer estas nalgotas−las estrujó con fuerza, hundiendo sus dedos en la carne, gozando su redondez y volumen. La sopesó con ambas manos, aplicándole ligeros azotes divertirse. De pronto, Keyla sintió que esos dedos se hundían entre sus nalgas, sacando el hilito de la tanga para hacerle calzón chino. La tela se enterró en su entrepierna arrancándole un grito de sorpresa−Date la vuelta, quiero ver mejor ese culito.

La mujer obedeció, poniendo las manos sobre la pared, mientras Don Gustavo la obligaba a inclinarse, quedando en escuadra. La visión de su hermoso trasero era increíble, más de lo que cualquiera podría soportar. El viejo se puso en cuclillas y con la palma de las manos recorrió el interior de sus muslos, haciendo que sus piernas quedaran abiertas.

−Mmm, huele delicioso aquí abajo−Don Gustavo aprovechó para meter sus rostro entre sus nalgotas, inhalando su aroma, sujetándola por ambos glúteos para abrirlos ante él. Completamente expuesta, Keyla sintió cuando la lengua de ese hombre acariciaba la entrada de su ano. En ese momento casi se obliga a salir corriendo, pero recordó el arma que guardaba  al alcance de la mano, así que se dejó hacer, cerrando los ojos con la intención de aislarse, pero provocando el efecto contrario, ya que las sensaciones que atravesaba su cuerpo eran más intensas. Un par de lágrimas resbalaban por sus mejillas, cuando Don Gustavo se atrevió a meter su dedo índice, abriéndose paso entre la resistencia que ponía el cuerpo de su presa.

−Así que eres virgen de aquí atrás, bueno, hoy vamos a solucionar eso…

−¡Nooo! ¡Por favooor! ¡Haré lo que sea, si quiere se la chupo, pero por atrás nooo!

−¡Cállate preciosa! –Don Gustavo le dio una nalgada que resonó en la bodega−Tu oferta es tentadora, pero no nos queda mucho tiempo, así que haré lo que me venga en gana−En ese momento comenzó a bombear con su dedo, mirando con deleite como esas nalgas se abrían para él. El movimiento de esas carnes era de lo más erótico, así que ya no pudo soportarlo y se puso de pie; se colocó detrás de ella, sujetándola de las caderas para inmovilizarla, apuntó con su verga y comenzó a restregarla entre sus nalgas, escuchando el llanto ahogado de Keyla, que  se aferraba a la pared casi con las uñas.

En ese momento inició la penetración, primero lento, encontrando el camino, luego acelerando. A pesar de su reticencia, la hembra se quedó inmóvil. Luego empezó a agitar las caderas al ritmo que le marcaba, seguramente para no hacer el acto más doloroso de lo que ya era. Keyla soltó un grito que retumbó en la penumbra, pero antes de que siguiera haciéndolo, Don Gustavo le tapó la boca, mientras le estrujaba una teta con la mano que tenía libre. La sensación de tener ese hermoso cuerpo dominado bajo sus caprichos, hizo que Don Gustavo bombeara con más fuerza, notando como las nalgas de Keyla se sacudían sobre su herramienta, ejerciendo una presión deliciosa.

− ¡Ohh sí, eres perfecta! ¡Tus nalgas aprietan como las de una jovencita!

−¡Mhhhhhhhhhp! ¡Mhhhhhhhp!

−Y tu cuerpo…. Es increíble−el viejo siguió diciendo estupideces, sus cuerpos se balanceaban en un vaivén interminable. Ambos gemían, el viejo de placer y Keyla de resignación. Así transcurrieron cerca de diez minutos, hasta que Don Gustavo se quedó quieto, corriéndose con desesperación dentro de ese culo de ensueño. Keyla sintió como el semen se desbordaba, escurriéndose entre sus piernas. El viejo sudoroso, se mantuvo dentro de ella, recargándose sobre su espalda, reteniéndola contra la pared mientras realizaba las últimas arremetidas por reflejo−Si quieres puedo ponerte casa mamacita, nunca te faltará nada…−balbuceó mientras su miembro se iba haciendo cada vez más pequeño.

Cuando por fin terminó, Keyla quedó agotada. Antes de separarse, Don Gustavo le propinó un par de nalgadas de despedida, una en cada nalga, sorprendiéndose de nuevo por el tamaño de ese trasero. Luego sacó una tarjeta del bolsillo delantero de su camisa, la abrazó por detrás y se la colocó justo entre las tetas, como si éstas fueran una alcancía o un objeto. Keyla lamentó esa humillación y volvió a sentir ganas de llorar.

−Piénsalo mami, sabes dónde encontrarme.

Gael contempló a su madre, tirada en el suelo, recostada de lado mientras se recuperaba de la faena. Tenía las tetas al aire, colgando sobre el sostén, la tanga enroscada en la ingle, debido a que el tipo se la había cogido sin siquiera desnudarla por completo y el culo bullendo de semen. El sudor le otorgaba un aspecto bastante atractivo, pero antes de que ella fuera consciente de la realidad otra vez, se escabulló entre las sombras, junto con el anciano que le pisaba los talones. Salieron por una puerta oculta y luego se separaron, sin dejar de pensar en los eventos de los que habían sido testigos. 


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