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Fecha: 05-Abr-17 « Anterior | Siguiente » en Sexo con maduras

Jugando con las cincuentonas

GSilos
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Un juego sexual con dos maduras gallegas en la aldea Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

 

JUGUETE DE CINCUENTONAS


Habíamos comprado hacía unas semanas una gran casona gallega, de esas en las que uno ha de arreglar casi todo, y que aún carecían de cuarto de baño.

Al final convencimos a media familia de Amelia, mi mujer para que nos ayudasen en los arreglos y allá se vinieron media parentela, pero que al término de la jornada de voluntariado se iban para su casita en la ciudad, quien se quedaba con nosotros era la madre de Amelia, ósea mi suegra, que se encargaba de las labores de avituallamiento y logística de la casa.

El caso es que Amelia comenzaba a estar harta, de los trabajos y luego tener que ponerse a limpiar y  tener encima que follar conmigo, que tampoco es que lo hiciera a diario ni mucho menos. Para desahogarse de tanta tensión, se fue con sus hermanos camino de la ciudad un par de días y allí me quedé con mi suegra y la Sra. que cuidaba anteriormente de la Casona y que ahora era la ayudante de mi suegra.

Los calores eran abundantes y las labores de reconstrucción  hacían que transpirásemos por todos los poros y que las ropas se nos pegasen marcando nuestros cuerpos, haciendo apetecibles los revolcones y más en el estado en el que yo me encontraba sin follar desde hacía 15 días.

Ese día andaba yo un tanto salido de tono al ver aquellas dos cincuentonas allí medio las ropas recogidas, esperando un poco de fresco para sus carnes a cuyo olor vinieron los primeros canes que pugnaban por meterse bajo aquellos faldamentos para saborear aquel olor dulzón de hembra.

Ambas dos mujeres ante la insistencia de los canes y mi ruborización se echaban miradas y se reían a carcajada limpia, amén de hacer bromas a base de mi persona.

El caso es que me quedé un tanto mosqueado y dándole vueltas a tan picardiera situación. Como al día siguiente era Domingo y la family no vendría y Amelia tampoco, quise dormir la mañana, pero Doña Carmencita, o sea mi suegra, pronto me echó de la cama, con lo cual me fui a dormir a un prado cercano a la casona. El sol calentaba y mi badajo que iba creciendo en la misma medida opté por darle un respiro, saqué pues al prisionero a tomar el aire y darle un suave sobeteo,  en ello debía estar  cuando me quedé  medio trasbolillo, me deleitaba en sueños con que mi Amelia me daba unos lametazos, tal real me pareció  aquello que desperté y allí me encontré a uno de aquellos flacuchos canes de la Sra. Encarna, intentando sacarle el jugo a mi pirula.

No habían pasado ni dos  segundos cuando frente a mi se presentó la Sra. Encarna, - "ah mi "neniño que ten que consolarse el soliño, pues la flacucha, así llamaba a mi mujer, no le hace caso" y sin pensárselo dos veces y sin que yo pusiera reaccionar allí tumbado tan  largo como era, la cincuentona gallega arrebujóse el vestido hizo a un lado la braga y se encalomó en el príapo que ya estaba como la Torre de Pisa, la Encarna daba saltos y embragaba sobre mi ariete, mientras sacaba al aire sus nada despreciables tetas, para que se las chupara. Y así fui  ordeñado por  aquella bruja, la cual sabía  sacar bien el zumo al personal.

Cuando terminó silbó al can y le dijo: " ala canciño mío limpia al Sr. no vaya a descubrirse el pastel .." y con la misma, tras limpiarse a mano abierta el chocho y darle de chupar al can los restos, se arregló los refajos dejándome en aquella esperpéntica situación, exprimido y e intentando no ser mamado por en can.

Hacia el anochecer me acerqué hasta el l water, uno de esos adosados a la casa, con un enorme banco de madera y un agujero en medio, me senté allí con la intención de cagar, pero también de hacerme una paja soberana reviviendo la escena de la mañana con la Encarna.

Me senté y pronto le di al badajo unos meneos que le dejaron tieso, cerré los ojos y me deje llevar por la imaginación hacia aquellas entrevistos muslos llenos de vello y aquellas bastas bragas que me dejaron ver unos abultados labios y un olor de hembra en celo de la Encarna; cuando quise darme cuenta, algo había sucedido, pues acababa de entrar un nuevo olor en el cubículo, y juro que no era mío, sino de la mismísima Doña Carmencita.

Me apresuré a recomponer la postura y la figura, por aquello del respeto. "- Ahora te guardas he cabroncete, pero no lo hiciste con la Sr. Encarna, que ya os vi dándole al pandero y ya me contó que estabas de toma pan y moja, ósea, que si no quieres que vaya a tu mujercita y le cuente tus cuitas, saca de nuevo esa bonita herramienta y dale gusto a tu querida suegra.

Y dicho y echo, allí me vi sacando de nuevo la "herramienta como ella la llamaba" se subió la amplia falda y se puso en mi "colo" que dicen los gallegos, esta no llevaba bragas y pronto se ensartó hasta las hijuelas, y como no le parecía que entrase del todo, subió sus pies al banco del WC, y ahora sí que sentía que le llegaba a lo mas "jondo", pues la postura era tremenda y apretaba mi verga de una forma increíble. - "Mi querido yerno no te quedes ahí pasmado y dales un gusto a estas tetazas que están pidiendo tu lengüita, y esas manos muévelas y dame gustillo, y olvida tus prejuicios y goza  de lo que tienes mientras puedas.."

Ya que quería guerra, no lo dudé un momento más, me enfebrecí con aquellas tetas a lametones y medios mordiscos que enloquecían a la cincuentona de mi suegra, y cuando iba llegando a ese punto donde el despendole era total le hinqué el pulgar en pleno ojete, " ¡ no, por ahí no so marrano, " gritaba la condenada dejándose caer para que le entrara aún más.

Había descubierto su punto débil, una vez concluido el ordeño al que fui sometido, hice que la cincuentona  rebañara los jugos que rodaban por mis huevos y que me volviera a poner de nuevo tiesa la estaca, cosa que consiguió al punto, cuando ya estaba logrado la hice poner de rodillas con la falda arremangada y enseñando todo aquel percherón de culo que tenía, pasé una mano por su entrepierna, le aplasté con cuidado su pirulillo y cuando ya se abría de nuevo para ser ensartada, le di una lamida baboseante del chumino al ojete, y fue el punto para clavarle la "herramienta" hasta atrás, ella gritaba no sé si dolor o de placer, ahora si que no me importaba, porque que sé,  que el fondo le estaba gustando, y además para qué negarlo,  yo estaba disfrutando de ella y de las perspectivas que me ofrecían ambas dos cincuentonas.

GERVASIO DE SILOS


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