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Fecha: 07-Abr-17 « Anterior | Siguiente » en Lésbicos

Me niego a ser Lesbiana (29)

Nokomi
Accesos: 6.264
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Tiempo estimado de lectura: [ 35 min. ]
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Capítulo 29.

Exiliadas del Edén.

 

Aún nos quedaban, aproximadamente, cuarenta y ocho horas para disfrutar de nuestras vacaciones, lejos de las complicaciones del mundo real. Me encontraba sentada, desnuda, en una de las reposeras en el exterior de la casa, sintiéndome libre y protegida a la vez. La libertad me la daba mi propia desnudez, y la protección me la brindaba el cerco de espesos arbustos que rodeaba la propiedad. Intentaba poner todo mi empeño en “It”, la novela de Stephen King; pero no me sorprendía que no consiguiera concentrarme. Anabella se estaba dando un baño, tuve ganas de unirme a ella, pero no quería sofocarla quedándome pegada a su piel, como una sanguijuela lésbica; además yo ya me había duchado, antes de que ella se despertara. Al parecer ella no era tan madrugadora como yo imaginaba. De todas formas no puedo acusarla de dormir más de la cuenta, ya que la que durmió poco fui yo. Me desperté, sobresaltada, luego de tener un horrible sueño. No puedo recordar ninguno de los detalles del mismo; pero la angustia aún seguía vigente, y era la principal culpable de que no pudiera concentrarme en la lectura. Me atemorizaba la idea de que los problemas para conciliar el sueño y las pesadillas se hicieran algo recurrente en mi vida diaria.

La puerta de la casa se abrió, con un tétrico chirrido, agradecí no estar compenetrada en la lectura, porque me hubiera llevado un gran susto; en lugar de pensar en una dulce y sexy monja saliendo de la casa, mi inconsciente me hubiera traicionado llevándome a imaginar un horripilante payaso asesino. Nunca me habían hecho gracia los payasos, y por culpa de Stephen King, mi opinión sobre ellos había empeorado considerablemente.

Anabella se acercó mientras secaba su cuerpo desnudo con una toalla, quería llevarme el vívido recuerdo de cada rincón de su anatomía, ya que no sabía cuándo volvería a tener la oportunidad de verla completamente desnuda, luego de que este fantástico fin de semana concluyera. Antes de sentarse en la reposera contigua a la mía, se inclinó y me dio un rico beso en la boca.

―¿Qué tal está el libro? ―me preguntó.

―No sé… ando distraída, voy a tener que releer las últimas cinco páginas, al menos; porque no tengo idea de qué está pasando.

―¿Por qué andás distraída? ―me tomó de la mano.

El corazón me dio un vuelco, por unos instantes fantaseé con la idea de que ella era mi pareja, y me estaba brindando su apoyo. Deseé que el tiempo se detuviera y que nos quedáramos permanentemente viviendo en esa casaquinta, que se había convertido en nuestro paraíso personal… y eso era bueno, porque después de todo lo que habíamos hecho posiblemente Dios nos prohibiría la entrada al Edén. ¿Pero de qué valía la vida eterna en el paraíso, sin Anabella a mi lado?

―Creo que es culpa de ese “estrés postraumático” del que me hablaste. Otra vez me desperté al soñar con algo horrible. No recuerdo el sueño, sólo sé que era asfixiante y angustiante.

―¿Por qué no me despertaste? No hay mucho que pueda hacer para solucionar tus problemas, pero al menos hubiera intentado reconfortarte.

―Gracias, Anita, de verdad me alegra mucho escuchar eso; sin embargo no me hizo falta despertarte, porque apenas te vi, durmiendo a mi lado, me tranquilicé. Tenerte cerca me trae mucha paz.

Ella sonrió, con su cabello mojado y los pezones erectos, estaba absolutamente hermosa. Se puso de pie y luego se sentó sobre mí, con las piernas abiertas, mirándome de frente. Lo primero que hizo, luego de acomodarse, fue darme un largo beso en la boca; después acarició mi pelo y me miró fijamente a los ojos.

―Me encanta que digas cosas tan lindas ―aseguró―. Nunca nadie me había hecho sentir tan importante.

―Para mí sos una de las personas más importantes del mundo.

―Pero desde mi punto de vista siempre fui una de las tantas siervas del Señor; una sin nada especial.

―¿Me estás jodiendo, Anita? Sos una de las personas más especiales que conocí en mi vida, tenés una forma de ser que enamora. Si me puse celosa cuando Luciano andaba cerca tuyo, fue porque sabía que podías enamorarlo, sólo con proponértel0.

―A él nunca lo vi de esa forma. A vos quise verte como una simple amiga, pero no pude… por más que lo intenté.

―¿Puedo hacerte una pregunta? Pero te advierto que tal vez te moleste un poco.

―Bueno, agradezco la advertencia. ¿Cuál es la pregunta?

―¿Realmente creés que vas a poder retomar tu vida normalmente?

―Es decir, dudás que pueda vivir sin vos.

―Más o menos ―dije, encogiéndome de hombros―. Pero no es porque yo sea irresistible, es porque quiero creer que sentís por mí el mismo amor que yo siento por vos; y si te sentís de la misma forma que yo… entonces… ―se me quebró la voz y la garganta comenzó a dolerme, estaba a punto de llorar―. Entonces no podrías vivir sin mí; porque yo no creo poder vivir sin vos… no después de todo lo que pasó.

―Ya, ya… no te pongas mal ―me abrazó y me dio muchos besitos por toda la cara―. Sé que ahora te resulta muy doloroso, para mí también lo es. Va a ser muy pero muy difícil retomar mi vida normal; pero por mi deber a Dios, al menos debo intentarlo. Se lo debo a Él. No puedo abandonarlo de esa forma, no después de todo lo que hizo por mí… y por muchas otras personas. No nos angustiemos ahora por eso. Dejemos que el tiempo diga todo e intentamos volver a nuestras vidas; no como si nada hubiera pasado, sino sabiendo que esto fue algo hermoso.

―Pero que no se va a repetir…

―Posiblemente, no. ¿Pero acaso no es mejor haberlo vivido al menos una vez, en lugar de no haberlo vivido nunca?

―Supongo que sí…

―Además, Lucrecia, estamos aprovechando muy bien el tiempo ―me guiñó un ojo―. Nunca en mi vida imaginé que experimentaría tantas relaciones sexuales, en tan poco tiempo… y todavía nos queda hoy y mañana.

―Eso es muy cierto ―pude sonreír, y mi angustia se fue disipando de a poco―. Tengo que decirte que me encanta la actitud que le estás poniendo a todo.

―Como te dije antes, quiero aprovechar bien el tiempo… además, reconozco que el sexo superó mis expectativas, realmente me gusta mucho.

―¿Aunque yo sea mujer?

―Sí, aunque seas mujer. Antes de comenzar tenía en mente que te iba a lamer la vagina sólo para proporcionarte placer a vos, para hacerte disfrutar… y poder disfrutar yo también, al verte pasándola bien. Pero…

―¿Pero?

Anabella mordió su labio inferior.

―Pero tengo que admitir que me gusta. Me gusta chupártela. Es raro… me excito mucho cuando lo hago, porque sé que estoy chupando una vagina, y se siente…

―¿Prohibido?

―Sí, creo que esa es la palabra. Posiblemente con un pene me sentiría igual, pero no tengo forma de comprobarlo… vos no tenés pene.

―Tengo uno de plástico, guardado en el bolso. Aunque te aseguro que no es lo mismo, no es muy agradable chupar un pedazo de plástico… aunque sí es agradable para otras cosas…

―Me había olvidado de ese juguetito… ¿Te parece que…? ―no dije nada, me quedé mirándola, aguardando a que concluyera la frase―. Es decir… ya que estamos haciéndolo, podríamos… ya sabés.

―No, no sé ―le dije con una sonrisa libidinosa.

―No te hagas la sonsa, Lucrecia. Vos sabés muy bien en qué estoy pensando.

―Puede ser, pero no me perdería por nada del mundo la oportunidad de escucharte decirlo. ¿Qué querés hacer?

―Quiero… ―acercó más su cara a mí, nuestras frentes quedaron juntas―. Quiero que me lo metas ―su voz se suavizó, adquiriendo un tono aún más sensual―, y quiero metértelo.

―Por algo tiene dos puntas… ―le di un beso en la boca―. ¿Vamos adentro?

No hizo falta que respondiera, se puso de pie y comenzó a caminar hacia la casa; yo me apresuré a seguirla. Ella me esperó en su cuarto, ya que ahí las sábanas estaban más limpias, y yo fui al mío en busca del juguete sexual.

Me llevé una agradable sorpresa al encontrar a Anabella acostada en la cama, con las piernas abiertas, acariciándose el clítoris. Me miró de una forma tal que pude deducir que ya estaba lista para que demos inicio a una nueva sesión de sexo lésbico. Gateé por la cama hasta que mi cabeza quedó entre sus piernas, y comencé a lamerle la rajita, como una gata en celo. Tenía un agradable sabor, entre dulzón y salado.

―Podría pasarme la vida entre tus piernas ―le dije; pero dudo que me haya escuchado, ya que ella comenzó a gemir y mi boca estaba demasiado pegada a sus labios vaginales.

Tomé el consolador y acerqué una de las puntas a su vagina, con ella le acaricié el clítoris durante unos segundos y luego comencé a masajear en círculos el centro de su sexo, con el propósito de dilatar el orificio.

Estuve a punto de preguntarle si se sentía bien, ya que tal vez para ella esto de la penetración podría resultar muy invasivo, pero al levantar la cabeza la vi con los ojos cerrados, y sobándose las tetas con ambas manos.

Volví a acercar mi rostro a su rajita ya que quería lamerle el clítoris una vez más y anhelaba, con toda mi calentura, tener una visión en un primerísimo primer plano de esa penetración. Poco a poco fui hundiendo el juguete, el cual tenía un diámetro considerable, que mi propia vagina conocía muy bien. Tuve que retroceder varias veces, ya que ella la tenía más estrecha de lo que yo me había imaginado; pero pasados unos minutos conseguí introducir una buena parte. Supuse que ya estaba lista para recibirlo con un poco más de intensidad, por lo que comencé a meterlo y sacarlo aumentando el ritmo gradualmente.  

Sus gemidos se intensificaron y, agarrándome la cabeza con una mano, me hizo saber que quería que se la chupara. Centré mi boca en succionar su clítoris, intentando mantener el ritmo del consolador; una tarea que en un principio se me dificultó un poco, pero luego de un rato ya pude hacerla automáticamente.

Todo el cuerpo de Anabella comenzó a sacudirse y yo me enamoré de ese baile de sábanas. Me parecía irreal que fuera yo quien le estaba proporcionando tanto placer a esa adorable monja. Todo el tiempo esperado y todo el sufrimiento valieron totalmente la pena, haría todo eso otra vez si tan sólo supiera que ésta sería la recompensa.

Estaba embriagada por la dulzura de sus flujos y la melodía de sus gemidos, quería seguir dándole placer pero, al mismo tiempo, yo también quería sentirlo; por lo que decidí llevar las cosas a otro nivel.

Me coloqué en cuclillas sobre ella, por su mirada comprendí que ella estaba deseando lo mismo que yo, sujetó el consolador con una mano, facilitándome la tarea. Con dos dedos me abrí la vagina y descendí, la primera penetración fue corta, pero sumamente placentera. Mi cuevita ya estaba acostumbrada a ser penetrada por algo del tamaño de ese consolador por lo que me bastó con bajar unas tres veces más para que mis húmedos labios vaginales besaran los de Anabella. Me aferré a una de sus piernas, la cual estaba entre las mías, gracias a este punto de apoyo pude comenzar a menearme con gran soltura. Mi clítoris rozó el suyo y nuestros gemidos se fundieron en uno. Empecé a dar pequeños saltitos para poder disfrutar de ese consolador entrando y saliendo de mí, por experiencia personal sabía que ella debía estar sintiendo lo mismo.

―No pares, Lucrecia… esto está muy bueno…

―¡Sabía que te iba a gustar! Por eso lo traje…

―¿Admitís que desde un principio fantaseabas con hacerme esto?

―Sí… me moría de ganas de cogerte con este consolador.

―Bueno, lo conseguiste… ahora cogeme… cogeme fuerte.

Mis saltos se hicieron más intensos, el consolador se me clavaba hasta lo más hondo de la vagina, y por los gemidos de Anabella suponía que ella también estaba gozando de la misma manera. El tiempo pareció infinito mientras nos sacudíamos y nos frotábamos una contra la otra, en un baile de placer lésbico.

Cuando comencé a sentir las primeras señales de un inminente orgasmo, le dije:

―Te quiero acabar en la boca.

―¡Ay, sí! ¡Vení! Dame esa concha, que me la como toda.

Ni siquiera yo acostumbraba a decir esa palabra, por lo que escucharla de ella me excitó muchísimo. Me quité el consolador y fui directamente a sentarme en su cara, me bastó mirar hacia abajo para encontrarme con sus hermosos ojos color miel. Su boca se aferró a mi sexo con pasión y comenzó a chupar cada rincón de él. Me chupó el clítoris con tanta intensidad que por un momento temí que fuera a arrancármelo, pero lo único que consiguió arrancarme fue el orgasmo más hermoso que experimenté en lo que llevaba de vida.

―¡¡Te amo, Anabellaaaaaaa!! ―grité, estallando en una vorágine de placer.

*****

La intensa sesión sexual con el consolador, nos dejó más que satisfechas. Tanto que durante varias horas ni siquiera nos insinuamos nada que tuviera que ver con el sexo; sin embargo no nos vestimos, ambas sentíamos una inmensa libertad al andar desnudas por la casa y a mí me encantaba ver a la monja sin ropa, estuviera excitada o no.

Dedicamos la tarde a charlar de temas banales y a intercambiar opiniones sobre libros, música e incluso, algunas películas. Me sorprendió que ella hubiera visto tantas, ya imaginaba que dentro del convento el cine no sería una actividad recurrente; además las monjas deberían tener prohibidas muchas películas. Anabella me aclaró que, en realidad, no tienen prohibido mirar películas; pero si lo van a hacer en el convento, deben estar aprobadas por la Madre Superiora. Sin embargo esta monjita particular, con toda la rebeldía que la caracterizaba (y de la que yo no tenía ni la más pálida idea), había ideado más de un intrincado plan para poder ver algunas películas que la Madre Superiora no aprobaba.

Más tarde, luego de la improvisada cena, nos dedicamos a la ardua tarea de asesinar las botellas de vino que nos restaban. Descubrí que Anabella toma como Cosaco, y parece inmune a los efectos del alcohol. Sin embargo esto último no es más que una ilusión, poco después, al verla caminar, me di cuenta de que sabe disimular muy bien cuando está sentada; pero que al momento de ponerse en pie queda en evidencia.

Estuvo a punto de caerse al suelo, y yo pegué un salto para ayudarla… no fui de gran ayuda. De hecho, casi nos caemos las dos. Abrazadas, y desnudas, comenzamos a reírnos como estúpidas. Luego fuimos juntas a buscar la última botella de vino. Nos llevó como diez minutos, y muchas risas, lograr descorcharla. Claramente se podría decir que estábamos “descorchando de alegría”.

Mientras yo le llenaba su copa con ese néctar rojizo, ella comenzó a toquetearme los labio… los de abajo, los que tengo entre las piernas. Me subió la temperatura, pero ya estaba caliente desde antes. Con una mano tomó la copa y bebió un poco de vino, sin dejar de tocarme. Subí un pie a una silla y le ofrecí mi sexo. Ella se puso de rodillas y comenzó a comérmelo con devoción. Luego de darme un magnífico tratamiento con su lengua, se puso de pie, me miró seductoramente a los ojos y me dijo:

―Esta noche soy tu puta.

Me reí como escolapio al escucharla, lo cual debió ser la reacción más inapropiada; pero ella también se lo tomó con humor.

―Cómo se nota que estás muy borracha, monjita pervertida ―le dije.

―Sí… soy tu monjita pervertida… cogeme.

Me besó y al mismo tiempo me ensartó dos dedos en la vagina.

―¡Ay! Me estás poniendo muy cachonda, Anabella… esto va a terminar mal.

―¿Si? ¿Por qué? ¿Qué pensás hacerme?

―Vamos a la cama y te cuento.

Tambaleándonos llegamos hasta su dormitorio. Ella cayó bocabajo en la cama y sus piernas quedaron en el aire. Las separó y usando ambas manos se abrió el culo, enseñándome ese agujerito trasero y su vagina húmeda y sonrosada. Me lancé de cabeza y comencé a chuparle todo, sin obviar ni un solo rincón de todo lo que estuviera entre sus piernas o entre sus nalgas.

Mientras estaba compenetrada en esta tarea, vi aparecer ante mis ojos, como por arte de magia, el consolador que habíamos usado horas antes. Me di cuenta de que era la misma Anabella quien lo sostenía y me lo estaba ofreciendo.

―Metemelo ―me pidió.

Agarré el juguete, di varias lamidas a su vulva y luego comencé a metérselo. Mientras lo hacía, mi lengua comenzó a jugar con su culo. Fue escucharla gemir y pedir más lo que me llevó a dar el siguiente paso. Quité el consolador de su vagina y lo apunté hacia su agujero trasero. Una ola de calor me recorrió todo el cuerpo y colapsó en mi sexo.

Escuché que me decía algo, pero no pude comprender las palabras, ya que ella tenía la cara contra una almohada. Volví a lamerle el culo, con la intención de lubricarlo y comencé a ejercer presión con el dildo. Una vez más dijo algo inteligible, esta vez me detuve.

―No te entiendo, Anita; sacate la almohada de la boca.

―Te estoy diciendo que me lo metas fuerte ―tuvo que girar su cara hacia mí para que pudiera entenderle.

Me quedé atónita, esa no parecía la Anabella llena de límites que yo conocía.

―¿Estás segura? Porque si lo meto fuerte, te va a doler… además vos sos virgen por ahí atrás.

―No tanto… haceme caso, metelo fuerte.

―Pero ¿no me habías dicho que…? ―me quedé dubitativa porque no estaba segura de si ella alguna vez me había dicho que nunca había probado meterse nada por la cola o no; resultaba muy difícil pensar en esos detalles teniendo el cerebro flotando en alcohol.

―No importa lo que haya dicho… te mentí; ya te dije que las monjas también mienten. Ahora quiero que me lo metas fuerte.

―Te va a doler…

―Quiero que me duela.

―¿Eh?

―Sí, ya me escuchaste. No me hagas repetirlo.

Evidentemente el alcohol le había afectado más de lo que yo me imaginaba; no quería juzgarla porque yo, mejor que nadie, conocía el potente poder desinhibidor del alcohol, especialmente si lo acompañaba una gran calentura. Quería cumplir con su pedido, ya que la idea de penetrarle el culo me fascinaba, pero al mismo tiempo tenía miedo de lastimarla, por lo que comencé un largo proceso por lubricarla y dilatarla utilizando mi lengua y mis dedos, respectivamente.

Aparentemente ella comprendió mi intención, por lo que no siguió insistiendo. Volvió a posar su cara contra la almohada y, de rodillas, levantó la cola facilitándome el trabajo. No lo hice de forma automática, sino que disfruté de cada segundo; después de todo, estábamos teniendo relaciones sexuales y eso no se me olvidaba. No se trataba sólo del proceso mecánico de dilatarle el culo, sino de brindarle placer. No dejé de lado su vagina, la cual se llevó varias buenas lamidas; pero las mejores fueron destinadas a ese hermoso culo que aguardaba por ser invadido.

Después de un rato conseguí meterle dos dedos al mismo tiempo, y se me humedeció aún más la entrepierna al escucharla gemir de placer. Llegué a la conclusión de que la humedad de mi sexo era directamente proporcional a la intensidad de sus gemidos.

Comencé a preguntarme a qué se refería exactamente ella al decir que me había mentido. ¿Qué había hecho con su culo? Me moría de ganas de preguntarle, pero sabía que éste no era el momento, ya que ambas teníamos una borrachera considerable, que nos imposibilitaba cualquier conversación clara. Tal vez algún día sabría la respuesta… pero de algo podía estar segura: le metería el consolador en el culo, aunque me tomara toda la noche.

―Por favor, Lucrecia… metemelo de una buena vez ―me suplicó.

―Está bien. Te va a doler… pero si eso es lo que querés…

Sujeté el dildo doble con mi mano derecha y acerqué una de sus puntas al orificio trasero de Anabella. Recordé mi primera penetración anal y lo mucho que la disfruté, a pesar de que estuvo acompañada de un intenso ardor.

Presioné con fuerza y pude ver cómo el culo se dilataba rápidamente, pude haberme detenido en ese momento; pero Anabella lo quería todo adentro, por lo que aumenté la presión. La punta del consolador desapareció repentinamente y la monja soltó un grito que era una clara mezcla de dolor y placer.

―¡Ahh! ¡Seguí, seguí!

No me detuve, continué presionando y su culo siguió tragándose ese pene plástico, la vagina se me mojó más de lo que ya estaba, esta era una de las experiencias más excitantes que había vivido… le estaba rompiendo el culo a mi adorada monja… aunque esperaba que fuera sólo metafóricamente.

Retiré el consolador completo y me tranquilicé al ver que no había ningún daño, y al mismo tiempo me calenté al verlo tan dilatado. Introduje la lengua y me quedé lamiéndolo durante unos segundos, luego volví a meterle el consolador. Esta vez lo hice con mayor determinación, por lo que entró incluso más rápido… la monja volvió a gritar y tuve que empezar a frotarme el clítoris con la otra mano. Lo metí un poco más que la última vez, y luego de sacarlo completo no la hice esperar; se lo metí casi al instante. Los gritos de Anabella me hacían vibrar el alma, nunca hubiera imaginado que ella sería capaz de emitir un sonido que amalgamara de forma tan perfecta el dolor y el placer, y que, al mismo tiempo, sonaran como una súplica, pidiendo por más.

Agarré el consolador por la punta contraria a la que estaba introduciendo y comencé a moverlo rápidamente, como si me la estuviera cogiendo con un strap-on.  

―Ay, sí… así, así… dame, dame… ―dijo ella sin dejar de gemir.

Una de sus manos apareció en su entrepierna y comenzó a masturbarse con mucha intensidad, sacudiendo sus dedos de un lado a otro, produciendo un húmedo chasquido. El consolador ya se deslizaba dentro de su culo con gran facilidad.

―¿Te duele? ―le pregunté porque no dejaba de gritar.

―Mucho… pero me gusta.

Saqué brevemente el consolador, para corroborar que todo estuviera bien, ya más tranquila volví a metérselo.

Gradualmente sus gemidos fueron disminuyendo la intensidad, al parecer se estaba acostumbrando a las penetraciones y ya no sufría tanto. Levanté la cabeza para ver su cara, la tenía toda roja y estaba llena de sudor, al igual que parte de su cabello. Su espalda tersa brillaba por las miles de gotitas de sudor que la cubrían.

Me coloqué en cuclillas justo detrás de su culo, y ella entendió perfectamente cuál era mi intención.

―¿Me vas a montar? ―preguntó.

―Sí…

Separé las piernas y orienté el extremo libre del consolador hacia mi vagina. Lo introduje con relativa facilidad, Anabella extendió sus brazos hacia atrás, entendí que quería que nos tomáramos de las manos. Tal vez lo hizo por un simple gesto de cariño, pero lo cierto es que esto me proporcionó un punto de sujeción para poder empezar a dar saltos. No podía moverme mucho, porque de lo contrario me caería al piso y me partiría la cabeza; pero por más que el movimiento fuera leve, la sensación de placer era inmensa.

Por momentos tenía la sensación de que me había crecido un pene y que se lo estaba metiendo por el culo a Anabella.

Admito que mi estado físico no es el mejor del mundo, a pesar de que me encantaba moverme detrás de ella, provocando que el consolador se moviera entre nuestros agujeros, pasado un rato tuve que desistir, porque los músculos de mis piernas ya comenzaban a arderme.   

Me tendí en la cama bocarriba e intenté recuperar el aliento. Ella se quitó el consolador y se acercó a mí, me dio un cariñoso beso en la boca y me dijo:

―Gracias, mi hermosa. No sabés cuánto me gustó eso ―a pesar de que el aliento de la monja olía como a taberna de piratas, esas fueron las palabras más hermosas que escuché en mi vida.

Volvió a besarme, pero esta vez lo hizo con más intensidad, luego comenzó a bajar, recorriendo mi cuerpo con su lengua. Cuando llegó a mi vagina comenzó a comérmela con pasión. Me miró con sus ojos inyectados de lujuria y yo me derretí.

Sé que estuvimos un buen rato cambiando de lugares, chupándonos las vaginas mutuamente, incluso recuerdo haber hecho un intenso 69; lo que no puedo recordar es en qué momento nos quedamos dormidas.  

****

Tal vez nuestro último encuentro sexual no tuvo un final glorioso; pero fue tan intenso que eso poco me importó. Había pasado el mejor fin de semana de mi vida, y todo se lo debía a la monja más sexy del mundo… y a Rodrigo, por haberme prestado la casa.

Mi responsabilidad era devolverle la casa a su dueño en las mismas condiciones que él me la dio; sin embargo yo decidí devolvérsela limpia. Anabella misma sugirió que fuéramos a comprar algunos productos de limpieza y a mí se me ocurrió la idea de prender fuego las sábanas, ya que con todo lo que cogimos, sería imposible volver a dejarlas limpias. Esta última idea no la llevamos a cabo ya que no teníamos forma de reemplazar las sábanas, por lo que hicimos nuestro mayor esfuerzo por lavarlas y secarlas. No conseguimos grandes resultados. Con mi próximo sueldo le compraría sábanas nuevas a Rodrigo.  

Terminamos de limpiar la casa y ya no restaba otra cosa que salir y cerrar la puerta de ese paraíso. No quise hacer más duro el momento final, ni quise cerrarlo con algún discursito cursi; ambas sabíamos que esto terminaría y ese momento había llegado. Era el momento de que cada una siguiera con su vida, y lo mejor era hacerlo con naturalidad, en silencio… y con dignidad; de lo contrario comenzaría a llorar, como la gran maricona que soy.

Tal vez ella pensaba igual que yo, ya que se limitó a sonreírme en cuanto le abrí la puerta; caminó hacia el auto con una seguridad que pocas veces le había visto, lo cual agradecí, ya que fue una actitud contagiosa.

Durante el viaje de regreso charlamos de cosas banales, como si una vez fuera de esa casa volviéramos a ser las amigas que nunca fuimos… amigas sin un deseo sexual hacia la otra.

Me pregunté si eso sería todo con Anabella, y, por mi salud mental, comencé a hacerme la idea de que era así. Al menos habíamos tenido la oportunidad impagable de descargar toda nuestra tensión sexual. Habría dado cualquier cosa por acostarme con ella una sola vez, y en cambio de eso había conseguido mucho más… cuatro días seguidos de sexo puro y duro… y amor. Seguramente la parte del amor sería la que me dejaría una herida mucho más profunda.

 

*****

Para compensar los días de ausencia, me trabajé horas extras durante el resto de la semana. Rodrigo me dijo que no era necesario que lo hiciera, pero yo insistí. Sentía que debía devolverle, de alguna forma, todos los favores que había hecho por mí. Mientras yo controlaba los gastos, y calculaba los futuros ingresos, él se quedó cerca de mí, bebiendo sus acostumbrados jugos de fruta. Me gustaba charlar con él, y me alegró tener con quién compartir la hermosa experiencia que viví con Anabella, sin embargo Rodrigo tuvo que esperar un día completo para que le contara, porque yo quería aprovechar para contarle también a Lara Edith. Cuando ella fue a visitarnos, les narré todo, sin dejar de trabajar. Evité dar demasiados detalles, ya que no quería comprometer demasiado la intimidad de la monja, pero sí les dije que habíamos tenido sexo, varias veces. Pero lo más importante para mí fue poder contarles que ella dijo que me ama. Edith me dio un fuerte abrazo, con los ojos llenos de lágrimas, y me deseó lo mejor.

―Sos la chica más maravillosa del mundo, Lucrecia ―me dijo la pequeña―. Te merecés pasar el resto de tu vida con ella. Si no puedo estar yo con vos, al menos me alegra que sea ella. No la conozco, pero es monja, debe ser buena persona. Además se nota que vos estás súper enamorada de ella, y eso me hace feliz.

―Gracias, Edith, lo aprecio mucho, viniendo de vos. Por un momento creí que la noticia te incomodaría; pero me moría de ganas de contarte.

―No me incomoda, sé que lo nuestro no puede ser. Además, mi vida cambió… ahora voy a ser mamá, y alguna vez me voy a casar con Rodrigo ¿No es cierto? ―miró al rubio, que dio un salto en la silla y asomó la cabeza fuera de la oficina.

―Me están llamando los muchachos de la obra. Creo que necesitan algo… ya vengo.

Curiosamente, no volvimos a verlo durante el resto del día. Edith se lo tomó con mucha gracia, ella no tenía intenciones de casarse, sólo le gustaba hacer sufrir a Rodrigo.

*****

El viernes de esa misma semana, Miguel se acercó a mi oficina y me dijo que me estaban esperando para una reunión. No entendí nada, pero igual lo seguí.

La supuesta reunión se desarrollaba en uno de los apartados VIP de la discoteca, había al menos diez o doce personas, entre las cuales estaba Rodrigo, sentadas en los hermosos sillones rojos, tomando algunos tragos; como eran las diez de la mañana imaginé que eran sin alcohol, por lo que me serví uno. Efectivamente, no tenían alcohol. Me alegré que mis jefes no fueran unos borrachines.

―¿Qué es todo esto? ―pregunté luego de hacer un saludo general.

Noté que había una cantidad similar de hombres y de mujeres, y que todos parecían ser bastante jóvenes; de unos treinta años o menos.

―Ellos ―dijo Rodrigo señalando a los presentes― son los organizadores de la marcha de orgullo gay, que se va a realizar dentro de dos semanas.

―Ah, qué bien ―tomé asiento.

―Hola, mi nombre es Fernanda ―me saludó una chica bastante bonita, de cabello largo y negro―. Vinimos a invitarlos a participar de la marcha. Como este es un boliche gay, creemos que ustedes deberían concurrir.

―Ah bueno, gracias por la invitación ―le dije.

―¿Y qué dicen? ―preguntó Fernanda―. ¿Van a venir? Sería muy importante para nosotros tener el apoyo de ustedes.

―Por supuesto que vamos ―dijo Rodrigo.

―Yo no voy ―me apresuré a decir; todos los presentes clavaron la mirada en mí.

―¿Por qué no? ―preguntó la chica―. Recién tu jefe nos comentaba que vos sos lesbiana ―lo miré y él agachó la cabeza―. Esta es una marcha para expresar que estamos orgullosos de ser lo que somos. ¿Acaso vos no lo estás?

―Sí, lo estoy. Me siento bien conmigo misma, pero eso no significa que quiera ir a la marcha.

Todos se quedaron en silencio, sin dejar de mirarme. Me sentí como un animal exótico en un zoológico.

―Creo que deberías ir ―insistió Fernanda―. Al fin y al cabo es una marcha para defender nuestros derechos, para que el mundo nos acepte como gays y como lesbianas.

―Lo que pasa ―dije― es que a mí no me interesa que el mundo me acepte por ser lesbiana. Si el mundo me va a aceptar, que me acepte por como soy, no por mi orientación sexual. No me opongo a la marcha, ustedes háganla, si eso los hace felices; pero eso no significa que yo quiera participar. Tengo otra forma de ver las cosas.

―Me parece que no te estamos entendiendo ―dijo un muchacho de barba candado―. Nosotros organizamos todo esto para que personas como vos no tengan que esconderse. Si vos sos lesbiana, podés decírselo al mundo, sin que nadie te juzgue por ello.

―Es que sería lo mismo ―aseguré―, sería como salir a la calle con un cartel que diga “Soy Lesbiana”. No me avergüenza que me gusten las mujeres, pero tampoco considero que deba estar gritándoselo al mundo. No me gusta que me definan como “lesbiana”, pero es porque esa palabra define muy poco de mí.

―No te sigo ―dijo Fernanda, parecía estar molesta.

―Soy una persona, como todos ustedes. No soy una condición sexual. Así como no me gustaría que me definan como “Lesbiana”, hay un montón de palabras más que no me gustaría que usaran para definirme, como “boluda”… y soy bastante boluda, pero no es lo único que soy. A mí no me gusta que la gente le esté poniendo etiquetas a los demás, como si fueran ganado que hay que segmentar y dividir.

―Me parece que estás siendo un poquito hipócrita ―dijo Fernanda, sin dudas ya estaba enojada―. Al fin y al cabo esto es un boliche gay. Es para gays y lesbianas. ¿O me equivoco? Si eso no es segmentar…

Con Rodrigo nos miramos, él también parecía estar enojado, fue él mismo quien tomó la palabra.

―Dejame aclarar algo, Fernanda ―la muchacha asintió, parecía sorprendida por el semblante serio que mostraba el rubio―. Nunca en la vida prohibí la entrada a nadie por su condición sexual. A los que se las prohibí fue por algún altercado que ellos mismos ocasionaron, pero no porque fueran heterosexuales. Cuando abrí este boliche tenía la intención de brindarle un refugio a aquellas personas que amaran a los de su mismo sexo, pero eso lo hice porque la sociedad tiende a desplazarnos. Me incluyo, porque yo sentí ese mismo rechazo muchas veces. Sin embargo, gracias a Lucrecia, comprendí que no puedo limitar tanto el establecimiento, por una cuestión de negocios y por una cuestión de ética. Estamos a punto de inaugurar una discoteca anexa a esta, llamada Pandora. Allí pueden entrar, tranquilamente, los heterosexuales…

―Pero sigue siendo lo mismo ―dijo Fernanda―. Un lado para los gays, y otro para los hetero.

―No dejaste que él terminara de explicarte ―la que se estaba enojando, era yo―. Nuestra idea no es dividir. Desde hace un tiempo venimos dándole vueltas a ese asunto y se nos ocurrió algo, para evitar esa división. Al menos para que ésta no sea forzada por nosotros, sino que sea una elección de quienes vienen. Vamos a dejar una sección, entre ambas discotecas, que es “neutral”, allí no importa si uno es gay, lesbiana, homosexual o extraterrestre. En cuanto a la división entre Afrodita y Pandora, las dos discotecas, va ser solamente conceptual. En Pandora, juegan los nenes con las nenas; en Afrodita, juegan los nenes con los nenes, y las nenas con las nenas. Pero nadie tiene prohibida la entrada a ninguna de las dos discotecas. A nosotros lo único que nos preocupa es que, algún día, lleguen personas conflictivas y decidan “echar a patadas” a aquellos que no son de su misma orientación sexual. Intentaremos regular eso lo mejor posible, pero la idea que tenemos con Rodrigo es que, algún día, no haya ningún tipo de división. Que la gente entienda que no importa si al de al lado le gustan los hombres o las mujeres. Para eso brindamos la experiencia de esa área “neutral”. Además hay muchos bisexuales, ¿dónde entrarían ellos? Básicamente cualquiera puede ir donde le plazca. Así como yo también puedo hacerlo, y a mí no me gusta la idea de ir a una marcha de orgullo gay. No digo que esté mal, ya les aclaré que no me opongo; solamente digo que yo lo veo de otra manera. No necesito salir a la calle a gritar que soy lesbiana, lo único que pretendo es ser feliz con la persona que amo. Nada más. Mi forma de contribuir a que gays y lesbianas sean aceptados socialmente, es lo que hago acá, trabajando con Rodrigo. Pero mi sexualidad es un tema personal, que a mí me gusta mantener así.

―Me parece que vos tenés miedo a que te discriminen ―dijo Fernanda. Eso me hizo enojar bastante, pero mantuve la compostura.

―Sinceramente no me importa que me discriminen. Me echaron de mi casa porque me gustan las mujeres, la única de mi familia que me habla es mi hermana, y ella ya me aceptó tal como soy. Mis amigos y amigas, me aceptan tal como soy. No me escondo de nadie, pero eso no significa que quiera salir a la calle a gritar “Soy lesbiana, y estoy orgullosa de serlo”, porque ni siquiera me importa ser lesbiana. A mí me importa que me dejen en paz y poder elegir a la persona con la que quiero estar, y que esa persona me acepte a mí, tal cual soy.

―Sos bastante complicada, flaca ―Fernanda me rebajó con la mirada.

―Puede que te resulte complicado de entender, pero una vez que lo lográs, es bastante fácil vivir con eso. Considero que la sexualidad va más allá de un margen delimitado por una palabra, ya sea heterosexual, gay, lesbiana, bisexual, asexual, etc. Es una cuestión de elección, de preferencias, de gustos, de estados de ánimo, de sentimientos, de acercamiento, de descubrimientos. Hace poco una mujer me dijo que me amaba y ella ni siquiera se considera lesbiana. Ella afirma que no le gustan las mujeres. Entonces ¿le vas a estar diciendo lesbiana porque se enamoró de mí?

―Si se enamoró de una mujer, es lesbiana ―aseguró Fernanda―. Tal vez, a lo sumo, sea bisexual.

―¿Ves? Eso es lo que me molesta. Esa manía de estar catalogando a la gente. «Vos sos lesbiana»; «Vos sos bisexual»; «Vos sos maricón»; «Vos sos puta»; «Vos sos de los míos»; «Vos sos de los otros»; «Vos sos de acá»; «Vos sos de allá». A mí no me gusta eso. Porque después las etiquetas parecen nunca dejar de aparecer. «¿Sos lesbiana activa o pasiva?»; «¿Sos swinger o no?»; «¿Sos promiscua o no?»; «¿Alguna vez te acostaste con un hombre?»; «¿Y si no lo hiciste, cómo sabés que sos lesbiana?» Todas esas preguntas me parecen muy pelotudas. Perdónenme, pero no van conmigo. No me interesa estar corroborándole a la gente qué tan lesbiana soy o qué tan lesbiana debería ser. Así como tampoco le pido a esa mujer, que me corrobore si es lesbiana o no. ¿A mí qué mierda me importa? Lo que me importa es lo que significa ella para mí, y lo que significo yo para ella. ¿Qué soy mujer y ella es mujer? Tal vez sea meramente circunstancial. Podríamos haber sido un hombre y una mujer, y nos hubiéramos enamorado igual. A mí me importa un carajo si ella tiene pito o vagina. Yo la amo, y punto. Yo amo a la persona, y no a sus genitales.

Un silencio incómodo se apoderó de la sala. Todos continuaban mirándome fijamente, intenté serenarme tomando algo del trago, pero me temblaban un poco las manos.

―Yo la entiendo ―dijo un hombre que, hasta ese momento, se había mantenido en silencio―. Si ella no quiere ir, está en todo su derecho. Eso no significa que esté en contra nuestra, simplemente piensa de otra manera. Hasta estoy dudando de ir o no a la marcha.

―Pero vos fuiste siempre, José ―dijo Fernanda.

―Sí, lo sé, y la pasé bien. Pero ella tiene razón en algo, a veces te podés enamorar de una persona, y no significa que estés enamorada de su género. Es la persona en sí, lo que más importa. Al menos de esa forma lo comprendí yo. ¿No es así, Lucrecia?

―Es así.

―¿Acaso vos te enamoraste de alguna chica? ―preguntó Fernanda, José se rió.

―No, amiga. No me hace falta. Soy muy feliz con mi pareja, que casualmente es un hombre. No necesito vivir lo mismo que ella, para comprenderla. Si algún día me enamorara de una persona que resulte ser mujer, si es amor verdadero, voy a seguir hasta el final. Lo que prevalece es el amor, no los genitales de una persona o de la otra. Lo que Lucrecia está diciendo que el amor es una cuestión que va mucho más allá de géneros o de etiquetas; lo mismo ocurre con la identidad de una persona. Bueno, lo decidí, este año no voy a la marcha. Prefiero salir a pasear con mi pareja, y si la gente se siente mal de vernos felices juntos, entonces que se vayan a la mierda.

―Pero ¿cómo vamos a hacer que la gente entienda? ―preguntó otra chica.

―Educándolos ―todos nos dimos vuelta, el que habló fue Miguel―. Mi papá es maestro ―no sabía eso de él―, gracias a él aprendí que la mejor forma de quitar un prejuicio es con la educación, no con una imposición. Él aceptó mi condición sexual, porque es un hombre con una gran comprensión y amplitud mental, gracias a él logré ser aceptado en mi familia. Él se opuso a todos aquellos que me tachaban de “maricón”. Les hizo entender que yo seguía siendo el mismo Miguel de siempre, sin importar si estaba con un hombre o con una mujer. Por eso, además de la marcha, podrían ir a colegios secundarios y hablar con las autoridades, para que les permitan charlar con los jóvenes. La pubertad puede ser muy difícil para una persona que duda de su sexualidad. A ellos tienen que hacerles comprender que no hay nada de malo en que te guste una persona del mismo sexo y que tengas relaciones con ella, siempre y cuando haya un común acuerdo. No sé, es mi humilde opinión. A mí la marcha me gusta, pero creo que esta vez no voy a ir. Ahora, si deciden hacer algo similar a la idea que les di, cuenten conmigo.

―Es buena idea ―dijo José―. Mi pareja es psicólogo, él puede ayudarnos a que la charla esté hecha de la forma más profesional posible ―estaba enfadada y no prestaba demasiada atención a la conversación, pero la palabra “psicólogo” me trajo de vuelta a la realidad.

―Me alegra que, al final, hayamos llegado a comprendernos ―dijo Rodrigo, mirando a Fernanda, quien todavía parecía estar muy molesta―. Lo importante es tolerar que los demás puedan pensar diferente, y que eso no signifique que estén equivocados. Sé que tienen la mejor de las voluntades al llevar a cabo esa marcha, y les deseo todo lo mejor. Tampoco voy a ir, pero eso no significa que no los apoye. Les propongo una cosa. Cuando inauguremos Pandora, me gustaría que alguno de ustedes diera una breve charla para todos aquellos que concurran. Pueden explicarles que ser gay o lesbiana no es algo malo, y que pueden aprender a tolerar a las personas que lo son, ya que allí podrían encontrar un amigo, un hermano, un padre o una madre.

Poco después de eso, la reunión se dio por concluída. Aseguraron que participarían en esa charla, y en muchas otras más, con la intención de unificar las dos secciones de la discoteca. Tal vez, en el futuro, la división sería simplemente estética y musical. Podríamos pasar música bailable en una y rock en la otra. Ya sabía qué sección preferiría yo.

Fernanda se fue enojada, y había dos o tres personas más que tenían la misma cara de culo que ella; pero me importó poco. Al fin y al cabo, yo no les prohibí hacer la marcha, solamente hice valer mi derecho a elegir si quería asistir o no.

José, junto con otros de los presentes, se quedó a tomar algo fresco. Estaba a punto de volver a mi oficina cuando una vocecita en mi interior me dijo: «No seas tan cagona, Lucrecia, no perdés nada preguntando». Creo que se trataba de algún vestigio de la antigua Lucrecia, aquella que tomaba decisiones seguras, no se metía en problemas y se tomaba la vida de forma responsable. Por respeto a ella, debía hacer frente a mis problemas y comenzar a buscar una solución para los mismos.

―¿José, puedo hablar un momento con vos? ―le pregunté sin levantar demasiado la voz, no quería llamar demasiado la atención; pero mis intentos fueron inútiles, todos me quedaron mirando como si yo fuera un político importante antes de recitar un discurso―. Es sobre un asunto diferente a la marcha.

No sé si él comprendió qué era lo que quería preguntarle o no, lo que sí puedo decir con certeza es que se comportó de forma muy discreta. Se limitó a asentir con la cabeza y se puso de pie, espero hasta que yo le indicara hacia dónde podíamos dirigirnos para hablar en privado. Nos sentamos junto a una pequeña mesa redonda, de las tantas que había en la discoteca, estábamos lo suficientemente lejos de los demás como para que les resultara imposible escucharnos.

―¿En qué te puedo ayudar?

―Vos dijiste que tu pareja es psicólogo…

―Así es.

―¿Me podrías dar su número de teléfono? Estoy interesada en iniciar terapia ―más que interesada estaba desesperada por hacerlo; pero no quería sonar demasiado maniática.

―Por supuesto. ¿Tenés algo con qué anotar?

―Sí, espera un momentito.

Fui hasta mi oficina dando grandes zancadas, regresé en poco tiempo con una libreta y una lapicera en mano. José anotó todo lo que necesitaba para ponerme en contacto con su novio.

―Se llama Fabrizio, con Z. El consultorio no queda muy lejos de acá, así que te va a resultar cómodo ir. Con respecto al día y al horario, eso vas a tener que arreglarlo con él ―me alcanzó la libreta y luego me miró durante unos segundos, como si quisiera leer algo escrito en mi frente con letra pequeña―. ¿Te puedo hacer una pregunta? Si te incomoda no hace falta que la respondas.

―Decime.

―¿Tiene algo que ver el hecho de que Fabrizio sea gay para decidir iniciar terapia con él?

―No lo había pensado. En realidad hace varios días que la idea me viene dando vueltas en la cabeza. Cuando mencionaste que él era psicólogo, lo vi como una especie de señal para dar el primer paso ―me quedé meditando su pregunta durante unos segundos―. Pensándolo bien, puede que sí sea relevante que él sea gay, porque sé que al menos entendería mi sexualidad. De lo contrario entraría a terapia con miedo de que el psicólogo me tratara de loca por ser homosexual.

―Buen punto. Eso te lo vas a ahorrar con él. Además es un tipo muy comprensivo, no suele tener demasiados prejuicios, así que andá tranquila.  

Le agradecí por el favor y me despedí de él. Regresé a mi oficina y desde allí me puse en contacto con Fabrizio, no quería posponer la llamada por miedo a cambiar de opinión.

Diez minutos más tarde ya estaba anotando en la agenda de mi celular la fecha y la hora de mi primera sesión. Me sentí bien conmigo misma, este era el primer paso importante para acomodar mi vida. Sabía que lo necesitaba, pero no sólo porque tenía altas probabilidades de padecer alguna patología psicológica, sino también porque ya me estaba pesando la idea de que esos momentos mágicos que viví con Anabella, no se repetirían. 

Continuará...


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