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Fecha: 14-Abr-17 « Anterior | Siguiente » en Gays

El diario de aprendizaje de Rick Jones 15

Enterrador
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Diario de una adolescencia gay

_______________

Un relato del Enterrador

 

El diario de aprendizaje de Rick Jones 15: Aprender a comportarse en sociedad

 

El diario de aprendizaje de Rick Jones 15: Aprender a comportarse en sociedad─Como le decía, estoy escribiendo una novela sobre Leviatán. Es en modo alegórico, pero no al estilo de Hobbes. Verá, el protagonista, aún de nombre indeterminado, deberá enfrentarse a la bestia, que se ha hecho con el control de la tierra, para librar a la humanidad del terror más absoluto. Por supuesto, es una metáfora de cómo la sociedad actual se ha dejado llevar por los principios de la depravación que tanto criticaron nuestros autores del pasado.

─Señor Badwriter, no me estará usted diciendo que va a escribir algo a la manera de Lovecraft, ¿cierto? Que no tiene doce años, por favor… Eso de los dioses primigenios y demás pamplinas es apropiado para esos insulsos folletines juveniles. Desgraciadamente, luego esas historias carentes del numen literario llenan nuestras salas de cine. ¿Cree que Tolkien es un genio? ¡Que inventó un idioma! ¡Pónganle la medalla ya! Borges, ese ser extraordinario, alude a millones de ellos en su Biblioteca de Babel. ¿Por ello deberíamos condecorarle? Para nada. ¡Pero por su reflexión sobre el universo, sobre lo infinito y sobre el lenguaje, sí! Es fácil crear cosas prácticas. ¡Teorizar es lo complicado! Un primate puede engendrar un hijo en cualquier momento, pero no sabría explicar cómo ni por qué.

Suspiré. Vaya ejemplo había cogido el tío. Bueno, en realidad lo agradecía. Gracias a ello, me había enterado de que charlaban sobre monos follando. Cuando se habla de follar, mi oído se agudiza y puedo entender cualquier idioma. Me cosco hasta de las variaciones de la voz y de sus intenciones.

Me aburría. ¡Vaya fiesta más peñazo! Eran todos una panda de abueletes, y no hablaban más que de mierdas incomprensibles. Me estaban rayando la cabeza. Por lo visto, alguien llamado Juan, o algo así, era de varios tíos. No sé si es que estos ricachones tenían esclavos o algo. Entendí que pertenecía a un tal Tirso de Morcilla, a lord Byron, y a una zorrilla. El primero debía ser dueño de un restaurante, el segundo un noble, y la tercera posiblemente la puta de alguno de ellos. ¡Qué forrados debían estar para que hasta sus putas tuvieran sirvientes!

Seguramente sería una paja mental mía, lo sé. Pero al menos me entretenía montándome películas. Para matar el aburrimiento, incluso observaba el leve zarandeo del peluquín de un señor. Parecía a punto de precipitarse al suelo en cualquier momento. Sin embargo, no sé si es que llevaba superglue o algo, porque se había arraiga con fuerza a su calva.

Me pegué al tío de los canapés, el trajeado con la bandeja de plata y me puse a zampar con cierta expresión indiferente; más que nada para que no se me acercaran. Aunque no parecían mostrar mucho interés en mí. Se notaba a la legua que yo no era un estirado como ellos. Joder, yo no ponía esa cara de oler a mierda al probar el vino, ni estiraba el meñique como una duquesa victoriana, ni escribía notas en una libreta para hacerme el interesante. ¡Seguro que alguno simplemente hacía la lista de la compra, pero querría hacerse el guay!

Tomaba precauciones por si algún viejales quería darme zanahoria pocha para cenar. Ya sabéis, pepino arrugado, carne caducada, espada de hoja oxidada, piruleta derretida… Y ya paro, porque luego Peter me echa la bronca.

Sí, sí, si la pregunta es obvia. ¿Qué coño hacía yo en ese sitio? Supongo que ya sabéis por qué, o, mejor dicho, por quién estaba allí.

Todo comenzó una semana antes. Estaba viendo La house of mouse con Justin. Esos dibujos son del año de la pera, pero, por alguna razón, los tenía grabados en DVD y los veía una y otra vez. A pesar de ello, no voy a negar que daba gusto verlo tan ilusionado mirando la tele. Me daba pena el chaval. Seguro que el capullo de su hermano lo dejaba apalancado en el sofá para que se callara y así poder leer tranquilo.

Y, ya que hablamos de Peter, resulta que el muy cabrón me había llamado para tener una cita, y cuando llegué a su casa, va y me dice que tiene que salir a hacer algo, que me quede allí y cuide a Justin. ¡No soy una puta niñera! Bueno, en el fondo no me importaba quedarme con él, pero me encabronaban sus formas.

Había ido a una firma de libros o algo de eso, lo cual me parecía sospechoso, porque él odia la literatura moderna, y, por tanto, relaciona que un autor esté vivo con que su obra no haya pasado por la, como él dice, “criba del Tiempo”. Obviamente, se lo dije, pero me dijo que no tenía tiempo para mis preguntas estúpidas y se largó en mis narices. Interrogué a Justin al respecto, pero me respondió que no sabía nada. Y me lo creo. Ése, igual que me lo hacía a mí, se lo hace a él.

Me fijé en un libro que había sobre la mesa. Al parecer, era un poemario que se estaba leyendo Peter (deducible porque Justin se marea con cualquier libro que no tenga dibujitos). Lo abrí, y traté de memorizar algún poema para cuando volviera.

Al cabo de tres horas y casi 9 capítulos de la mierda ésa, mi novio se dignó a aparecer. Iba a cagarme en todos sus muertos (de forma fina, claro está), pero, cuando me acerqué a él, me di cuenta de que tenía los ojos rojos. Parecía haber llorado. Alarmado, le cogí la mano.

─¿Qué te ha pasado? ¿Has estado llorando?

─¿Eh?─dijo mirándose en el espejo del recibidor─. ¿Esto? No es nada. Emoción por conocer a John Green. Ya ves, soy como las grupis con los escritores.

─¿John Green? Pero si siempre dices que es un inepto analfabeto que escribe para adolescentes estúpidas y cursis.

─No está tan mal. No es Jane Austen, pero cumple su función: emocionar. Es cierto que ese refinamiento victoriano en las definiciones y la mentalidad de la época están ya obsoletos. Green actualiza ambas cosas en sus obras, y eso está bien. A todo esto, me sorprende que me escucharas cuando te hablaba de esas cosas.

─¡Yo siempre te escucho! Me interesa conocer aquello que te gusta. Y sé que desprecias profundamente a Green, así que no me creo que hayas ido a verlo. Bueno, sí me lo creo. ¡Pero para decirle que su trabajo apesta, y que no vale nada!

─¿Y tú qué sabrás? Eres un inculto. John Green entrará en el canon literario. No hay duda.

─¿Inculto?─puse una expresión de suficiencia─¡Ejem! Ahora verás:

Nadie rebaje a lágrima o reproche

Esta declaración de la maestría

De Dios, que con magnífica ironía

Me dio a la vez los libros y la noche.

Una sonrisa cansada se dibujó en sus delicados labios.

─No uses a Borges contra mí.

Justin, que nos observaba de reojo desde el sofá, frunció el ceño. Fijó su mirada en Peter, y éste se la apartó. Algo estaba pasando. Algo me estaban ocultando. Joder, siempre estaba con sus jodidos secretos. Tenía unas ganas terribles de decirle de todo a Peter. No obstante, no podía cabrearme con esa cara apesadumbrada.

El brillo lúgubre de su rostro humedecido, la tensión de sus pálidas mejillas, la respiración ligeramente entrecortada que escapaba de su boca diminuta… No cabía duda de que su llanto había terminado hacía muy poco. Creí que debía aguantarme. Si no quería hablar del tema, respetaría sus deseos.

Es cierto que me dolía que no compartiera su dolor conmigo. Porque, cuando quieres tanto a una persona, tu principal deseo es evitar que se sienta mal. Si no me lo cuenta, no puedo apoyarle, y mucho menos ayudarle. A veces deseaba tanto que confiara en mí… Yo confiaba en él. Peter sabía hasta la clave de mi tarjeta de crédito. En cambio yo no sabía nada de su infancia, o de su familia. Sólo conocía a su tío, y fue porque tuvieron que traerlo para que me echara un vistazo cuando caí enfermo.

¿Dónde estaban sus padres? ¿A qué se dedicaban? ¿Por qué no andaban nunca por su casa? Todo preguntas sin respuestas. Toda esa incertidumbre se convertía en dolor al ver que Peter sufría y no me decía por qué. Si no sé nada de él, no puedo hacer nada por él. Así de simple. Y eso me hacía considerar de vez en cuando si de verdad me amaba.

Joder, ya sé que es muy inseguro y todo ese rollo, pero… ¡No sé! Iba a acabar conmigo. Su puta coraza, su jodido orgullo, su mierda de inseguridad… Todas ellas eran barreras para nuestra relación, y, lo que es más importante, para la felicidad de Peter.

Aunque, por el contrario, si le presionaba, eso se añadiría a la presión que ya tenía de por sí en la vida. Y no iba a permitir eso. Si debía sufrir, si debía tragarme estos sentimientos por él, lo haría. No diría una palabra. Sonreiría y le soltaría alguna coña, como siempre. Al menos así se olvidaría de sus problemas, y podría ver esa preciosa sonrisa que sólo él es capaz de darme.

─En fin, da igual. Vamos arriba y follam…

─¿En serio no vas a decírselo, hermanito?─me interrumpió Justin apagando la tele.

─¿Decirle qué?─musitó Peter con cierto desdén en el tono de voz.

─Lo de la carta. ¿Crees que no la he visto? Has ido a llevársela a ella. Por eso has montado esta pantomima tan deprisa.

─¿Cómo sabes…?

─¿Que vas a verla? Vamos, es obvio. Lo que no sé es lo que pone en la carta para que te haya entrado tanta prisa.

Miré a Justin atentamente. Estaba cambiado. Parecía determinado, firme y cabreado con Peter. Se levantó del sofá y se acercó a su hermano mayor, señalándome.

─¡¿Por qué te saboteas?! ¡Espabila de una vez! ¡Tienes que contárselo! ¡Tienes que contarle lo de papá y mamá!

─No. No estoy preparado─susurró algo achantado.

─¿Qué ponía en la carta, Peter?

─Preguntaba que cómo estábamos.

─Mientes fatal. Pero es cierto que no es el cumpleaños de nadie. Su secretaria nos manda una tarjeta todos los años en su nombre. ¿Qué quiere de nosotros?

El cuerpo de Peter comenzó a temblar, y le pedí a Justin que parara, pero me dedicó un ademán de ferocidad. Suspiró y metió la mano en el bolsillo de su hermano. Éste no se resistió, derrotado.

─Justin, basta. No importa si no quiere decirlo…

Un par de lágrimas se deslizaron por el rostro de Peter, y, preocupado, fui a quitarle la carta a Justin, pero su hermano mayor me detuvo. Entonces negó con la cabeza. El chaval leyó en voz alta:

 

“Estimados retoños:

 

Os escribo esta epístola para anunciaros que en breve visitaré la ciudad. Tengo que presentar en el centro comercial Pluto mi nuevo libro, ‘La simiente de Milton en los cultivos literarios’, que espero, por supuesto, que compréis y leáis para compartir una futura disertación al respecto.

Previamente a la presentación habrá una pequeña recepción a la que asistirán afamados críticos y escritores de renombre. Os adjunto dos entradas para que podáis asistir. Cada uno puede traer un acompañante si lo desea. Aunque, evidentemente, deberéis comportaros de forma apropiada e ir vestidos de etiqueta.

Espero vuestra presencia tanto en la fiesta como en la presentación.

Con mis mejores deseos

George Lewis Wright”

 

Al acabar, los tres nos quedamos en silencio durante unos segundos, y después Justin resopló con una ceja alzada.

─Este hombre… Es más frío que un iceberg.

─Tendremos que ir a comprarte un traje, ¿no?─emitió Peter una risita afectada.

─¿Y por qué debería ir yo a ese rollazo? ¡Me niego! Además, no quiero verlo.

─Vas a ir─ordenó Peter. En ese momento recuperó el papel dominante.

─¡Que no! ¡Me voy a aburrir!

─Me da igual.

─¡Pues entonces me llevo a Axel!

─Por encima de mi cadáver.

─Bien, ya que insistes en que vaya y no me dejas llevarme al chico que me gusta...─dirigió sus pupilas hacia mí con una sonrisa de medio lado─, ¡llevaré a Rick!

Yo me mostraba en esos momentos como un espectador que sólo escuchaba, como una figura ajena a la conversación. Hasta que Justin me incluyó. Entonces Peter y yo nos lo dijimos todo sin intercambiar una sola palabra. Bueno, en realidad la negación estaba escrita con enormes luces de neón en su persona.

Y creo saber lo que estaba pensando. “¡¿Rick Jones en una fiesta de etiqueta?! ¡No me hagas reír! ¡Eso es imposible! ¡Pero si en la primera cita me llevó a un McDonald’s! No sabría ni anudarse los cordones de los zapatos. ¡Mucho menos el de la corbata!”.

Justin le amenazó con contarme todos los detalles de su pasado si no accedía a que fuera con ellos, e, iracundo, acabó por aceptar mi presencia en la fiesta. Eso sí, no se me dio ni una sola explicación. Peter me dijo que fuera a su casa vestido de traje el día 23 con el coche, y que los llevara al Pluto.

Y allí estaba, como buen calzonazos que soy. Ellos dos habían ido a buscar a su padre mientras yo esperaba con los demás tíos estirados, que ya habían llegado, y hablaban de sus gilipolleces pedantes.

─¿Qué opinión le merece, señor Youasshole, la saga literaria de Harry Potter?

Giré la cabeza. Al menos de eso había visto las pelis. ¡Podría enterarme de algo!

─No me haga reír. Apenas consideraría eso como literatura. Las sagas literarias se asemejan a narcóticos. Te ofrecen unas tramas perniciosas que acaban todas en cliffhanger para crear adicción, y que compres el resto de entregas.

─Coincido con usted. A Dickens no le hacía falta terminar sus capítulos al “borde del precipicio” para que la gente fuese a por más.

Capullos… Seguro que no se habían leído ni uno solo de los libros. Y mucho menos habrían visto las pelis. Conozco a esta gente. Les gusta criticar sin saber. ¿Si despiertan la sonrisa de un niño, a quién coño le importa que sean o no lo que ellos llaman literatura?

Vale, yo no sé nada de esas cosas repipis; sólo sé que Peter se pone supermono cuando habla de ellas: sus ojos sueltan chispas, sus labios se tuercen en un gesto de alegría y sus palabras se llenan de ilusión y de felicidad. Eso, para mí, es la literatura. ¡Eso es lo que Peter me ha enseñado que es! No es lo que diga un gordo bigotudo y con monóculo. ¡Es lo que hace sentir a la gente!

─Ya, ya. Si lo decía porque mis hijos no paran de hablar de ello. Todo el día hablando del dichoso Harry.

¿Ves? Si a los niños les gusta, ¿qué tiene de malo?

─Le recomiendo, amigo mío, que los aparte de eso. ¿Cuántos años tienen? ¿Ha probado con Andersen, o con los cuentos de Wilde?

─Me temo que sí. Al principio les di algunas obras clásicas. Pero ni tocaron la poesía de Catulo, ¡y mucho menos La Odisea! ¡Por ello, como bien ha dicho usted, jugué la baza de Andersen. Más allá de La Sirenita o La reina de las nieves no leyeron nada. ¡Y alegaron que no disfrutaron de ninguna de las historias! ¡Que dónde estaban Elsa y Ariel, decían! ¡Se puede imaginar el horror en mi semblante! Y, luego, la inconsciente de mi mujer, les regaló ese… bodrio. ¿Qué puedo hacer? Aconséjeme. No quiero que mis hijos acaben escribiendo… Agh… Literatura comercial.

Me fui lejos de esos dos. No quería partirles la cara. En fin, abreviando: hemos vuelto al inicio de la historia. Desde el fondo de la estancia venían Peter y Justin acompañados por un señor mayor de porte regio. Pero no me da la gana continuar, porque, para joder a aquellos tíos, ¡voy a acabar este capítulo en un jodido cliffhanger! ¡A mamarla!

 CONTINUARÁ...



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