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Fecha: 16-Abr-17 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Terapia Sexual Intensiva (07).

Nokomi
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Tiempo estimado de lectura: [ 35 min. ]
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Julieta decide encarar a su hermana para que le cuente qué es lo que realmente está ocurriendo en su casa. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Capítulo 7.

Hola Charly, hoy tengo que contarte muchas cosas importantes; por eso no quiero perder tiempo con introducciones, ni narrando cosas que no vienen al caso. Voy a ir directo a los hechos.

Basta con que sepas que fui al cuarto de mi hermana y le dije, seriamente, que tenía que hablar con ella, ya te imaginarás sobre qué tema. Le pregunté cómo permitía que nuestro padre la toque de esa manera, ella se enojó un poco y me dijo:

―Mirá, Juli. Tampoco es que papá me vaya a coger o algo así; pero a mí no me molesta para nada que mire o toque un poquito. Si se le para la verga, entonces mejor para él, y para mamá. Porque él después se saca las ganas con mamá, y ella feliz de la vida.

―¿Mamá sabe que a él se le para la verga viéndote?

―Sí, lo vio varias veces. Hasta le hace chistes. Después terminan cogiendo en la pieza ―me repugnó imaginar a mis padres teniendo relaciones sexuales―. Papá y mamá saben muy bien hasta dónde se puede tocar. Nunca se pasaron de la raya conmigo, ni yo con ellos.

―¿Vos también los tocás a ellos? ―te juro, Charly, que todo esto me estaba cayendo como si me estuviera tragando un puñado de clavos. La situación era mucho peor de lo que yo había imaginado.

―Ni me voy a gastar en aclarar eso, te quedará la duda ―dijo, cruzándose de brazos.

―No, ahora contame.

―No te voy a contar. Ellos, al igual que yo, están aprendiendo a tomar el sexo como algo sin tantos tabúes, y te puedo asegurar que lo disfrutan mucho más. Muchas veces tuvimos largas charlas sobre sexo, te sorprenderías de lo divertidos que pueden ser papá y mamá hablando de eso. A veces hasta me hacen llorar de la risa con sus anécdotas. Varias veces intentamos incluirte a vos a las charlas, pero parecés de otra familia.

―Yo no soy de otra familia ―dije, a punto de largarme a llorar―. Ésta es mi familia, ustedes me dejan de lado.

―Nadie te deja de lado, Julieta. Vos solita te apartás de nosotros. Te la pasás todo el día trabajando o dentro de tu cuarto. A nosotros ni nos registrás. Hasta cuando cenás con nosotros estás con cara de ojete y no se te puede hablar de nada, porque reaccionás para la mierda. ¿Por qué te creés que me animé a andar en bolas delante tuyo? Papá y mamá me vieron desnuda mucho antes que vos; pero ellos se lo tomaron como algo normal, al fin y al cabo yo soy su hija. En cambio vos, cada vez que me veías, hacías un escándalo. Como si yo estuviera matando a alguien. Es mi cuerpo, así nací, y no me avergüenzo de él. ¿Sabías que hay muchas familias que viven desnudas dentro de sus casas? Porque no se toman la desnudez como algo malo o vergonzoso, cada uno tiene el cuerpo que le tocó, y así lo debe aceptar. Hasta yo tengo complejos con mi cuerpo, y vos lo sabés ―se refería a la tendencia de aumentar de peso―; pero intento tomármelo de la mejor forma posible. Vos tenés un cuerpo hermoso, nadie se burlaría de vos al verte desnuda.

―No tengo ni la mitad de cuerpo que tenés vos, Gaby.

―Tal vez no tengas ni la mitad de tetas que tengo yo, pero tu culo es más grande que el mío.

―No me gusta mi culo, soy muy caderona. Parezco flaquita de arriba y gorda de abajo.

―A mí me parece que está bien. Además ¿qué importa? ¿Por qué hacerse tanto drama? Son tus caderas, es tu culo. Nadie es perfecto.

―Qué raro suena eso viniendo de la boca de una narcisista.

―Soy re narcisista, lo reconozco; pero eso no quiere decir que me considere perfecta. Aprendí a amarme con mis virtudes y mis defectos. Tal vez se me haya ido un poco la mano con mi “amor propio”, pero desde que lo encontré, me la pasé tan bien que no quiero perderlo.

―Sos hermosa, Gaby; para vos es más fácil encontrar ese “amor propio”. Yo jamás podría excitarme con mi propio cuerpo. Al principio me asqueaba saber que te pajeabas pensando en vos misma y mirándote al espejo, no sé… es algo que me costó mucho comprender. Todavía no logro comprenderlo; sin embargo siento un poco de admiración por vos.

―¿Por qué?

―Porque te animaste a reconocerlo. Te animaste a que te guste tu propio cuerpo. Sos narcisista y ni siquiera te da pena admitirlo. Tal vez yo también me sentiría bien si un día me hago una paja frente a un espejo.

―¿Y por qué no lo intentás? Te presto mi espejo… ya te presté el cepillo para que te pajees, así que no me importa. Al menos al espejo no me lo vas a llenar de flujos.

―¡Ey! Siempre lo lavé bien antes de devolvértelo ―sé que en ese momento me puse roja como un tomate―. Puede que algún día intente lo del espejo.

―¿Por qué “algún día? ¿Por qué siempre tenés tanto miedo de encarar estas cosas? Por ese mismo motivo me cogí a Rubén, y le chupé la verga a tu ex. Siempre das demasiadas vueltas. Disculpame que te lo diga de esa manera, pero es la verdad.

―No me ofende. Tenés razón en eso. Si yo hubiera sido un poquito más valiente con Rubén, me hubiera acostado con él… y quería chuparle la verga a mi ex. ¿Qué problema había si lo hacía? Él es tan pajero que nunca se hubiera negado.

―Es cierto, pero igual me alegra que no se haya dado. Ese pibe me parece un pelotudo. No es para vos.

―Sí, lo sé. Gracias por eso. Tu método fue extremista; pero me hizo dar cuenta de la clase de persona que es ―tomé una gran cantidad de aire y exhalé. Tuve que admitir que ella tenía razón en muchos puntos, yo me pasaba el día de mal humor, en gran parte era por mi trabajo; pero mi hermana me estaba haciendo ver que había otros motivos para que mi estado de ánimo siempre fuera tan pesimista, y el sexo era uno de los más importantes―. Bueno, me harté de siempre ser tan quedada, y de hacerme tanto drama por todo. Voy a probar suerte con la terapia al estilo Gaby.

―¿La de la poronga? ―preguntó sonriendo.

―Ya veré si llegamos a eso. No puedo pasar de cero a cien en un segundo.

―Yo sí puedo.

―Porque sos “rápida”, y con eso me refiero a que sos puta.

―Y a mucha honra. Pero soy puta con quien yo quiero. Soy puta selectiva.

Nos reímos y sentí el incontrolable impulso de abrazarla. Su cuerpo estaba cálido y olía muy bien, su espalda desnuda era muy suave, y sus tetas… aplastaban las mías.

―Te quiero, Gaby. Sos mi segunda hermana favorita.

―Pero si tenés una sola hermana.

―Ya sé, pero si digo que sos mi favorita, se te va a subir el ego más de lo que ya está.

―Bueno, me conformaré con ser la segunda; pero estaría bueno saber contra quién compito.

―Contra vos misma, y con la charla de hoy sumaste muchos puntos.  

A continuación bajé de la cama y me puse de pie. Volví a inhalar y a exhalar una gran cantidad de aire, y actué sin pensármelo más. Me quité las zapatillas y las medias, luego me saqué la remera, bajé el pantalón y, sin darme tiempo a arrepentirme, desprendí mi corpiño y me saqué la bombacha. Quedé totalmente desnuda y expuesta frente a mi hermana, ella se fijó en mi vello púbico, y luego llevó su mirada hasta mis tetas. Los pezones se me habían puesto duros. 

―Esta soy yo ―dije―. Al natural ―si bien mi hermana ya me había visto sin ropa, nunca me había desnudado deliberadamente frente a ella.

―Demasiado al natural, diría yo. Deberías depilarte un poquito la concha; parece un bosque tropical, hasta tucanes debe haber ahí adentro.

―No seas exagerada.

―Sí, mirá, creo que ahí se asoma el pico de uno.

―Ese es mi clítoris, Gaby.

―Parece el pico de un tucán. ¿De verdad no te querés depilar?

―A mí me gusta así. No digo que a vos te quede mal teniéndola depilada, pero tu concha y la mía no son iguales. Prefiero dejarla como está ―ella sonrió.

―Mientras a vos te guste, entonces todo bien.

Me senté en la cama, apoyando la espalda contra el respaldar, y dejé las piernas un poco separadas.

―La tenés mojada ―dijo mi hermana, acercando mucho la cabeza para mirarla.

―Sí, me mojé ―admití.

―¿Por qué te mojaste?

―No sé.

―Sé sincera.

―Eso hago. En realidad no sé por qué me mojé ―de pronto sentí deseos de hacer otra confesión―; me pasó lo mismo cuando vi que papá te metía los dedos… y cuando le vi la verga parada.

―¿De verdad?

―Sí, creo que me dieron ganas de que alguien me tocara de esa forma… y me dieron ganas de tener una verga parada para mí.

Acá te agarré, Charly, decime si no te tomé por sorpresa.

Perdón, soy una boluda. Cierto que sos un libro, y los libros no hablan.

Se sintió muy raro confesárselo a mi hermana; pero ella se lo tomó con total naturalidad.

―Está re bien ―me dijo―. A mí también se me ha mojado la concha viéndole la verga a papá; pero eso no quiere decir que tenga pensamientos raros hacia él. Solamente admito que tiene una linda verga.

―Ayer, cuando vi a papá sin ropa, sentado en el sillón, me llevé una gran sorpresa. Más me sorprendió que él no dijera nada.

―Te dije que él ya se está tomando el sexo con más naturalidad, sin tantos tabúes ni prejuicios. Cuando vos no estás, cosa que pasa casi todo el día, mamá y papá andan sin ropa. Bueno, yo también. Pero la diferencia es que ellos se visten antes de que vos llegues, por respeto; en cambio como yo te respeto poco y nada, me quedo desnuda.

―Qué sincera. Me dejás anonadada, Gaby. No me imaginaba que papá y mamá hicieran eso, y que yo no me enterara de nada. Realmente siento que fui desplazada de la familia. Pero no me quejo, entiendo por qué lo hicieron: por mi cara de culo. Imaginate, si hacía tanto escándalo al verte a vos desnuda, lo que hubiera pensado al ver a papá con las bolas al aire. A mamá sí la vi desnuda varias veces, eso no me mortifica tanto; porque es mujer. Pero estar viendo un pito todo el día, es incómodo.

―No es incómodo, cuando te acostumbrás. Es como si papá dijera que es incómodo ver conchas todo el día. Al principio tenía miedo de bajar la mirada cuando yo le andaba cerca, pero después se relajó y no le importó. Tenés que tener en cuenta otra cosa, al principio es muy difícil no mirarle los genitales a la otra persona, es como que los ojos bajan solos; yo me pasaba la tarde mirándole la poronga a papá, hasta que me dejó de resultar algo interesante.

―¿Lo viste muchas veces excitado? ―le pregunté con genuino interés; el corazón me latía a toda prisa y la concha se me humedecía cada vez más. No sabía todos esos secretos de mi propia familia, y estaba cautivada.

―¿Qué si lo vi excitado muchas veces? ―comenzó a reírse―. Antes se pasaba todo el día con la pija dura. La tiene de buen tamaño, por cierto. Ojo, no sólo se le paraba por verme a mí, sino que también le pasaba con mamá. Pero él no era el único que sufría los efectos del “acostumbramiento”.

―¿Acostumbramiento?

―Sí, que nos acostumbráramos a vernos sin ropa, sabíamos que al principio pasarían esas cosas, por lo que simplemente decidimos dejar que todo fluya naturalmente. Tarde o temprano nos iba a dejar de pasar.

―¿A mamá y a vos también les pasaba?

―Sí, obvio, mamá y yo vivíamos con la concha húmeda. Especialmente ella, que es su marido y tiene todo el derecho del mundo a calentarse con su verga; de hecho está bueno saber que después de tantos siglos que llevan casados, aún se calienten al verse desnudos. Con el tiempo esa calentura constante fue quedando atrás, nos fuimos acostumbrando a vernos desnudos y a vernos excitados. Los tabúes se fueron rompiendo y la cosa pasó a ser algo normal, con lo que podíamos vivir. No digo que a él nunca se le pare, porque ya viste que sí; pero le pasa con menos frecuencia. Ahora, normalmente, le pasa cuando me toca o cuando me ve masturbándome.

Todo lo que me contaba Gabriela estaba generando un potente efecto afrodisíaco en mí.

―Se me está mojando mucho ―le dije, acalorada.

―Está re bien, Juli. No pasa nada. Si querés te podés tocar, a mí no me molesta.

Asentí con la cabeza y bajé mi mano izquierda hasta mi concha. Empecé a acariciarme el clítoris lentamente, con cierta vergüenza porque mi hermana me seguía mirando fijamente la entrepierna. Aparentemente notó que eso me ponía un poquito incómoda, por lo que se sentó a mi lado. 

―¿Me vas a seguir contando? ―le pregunté, mientras iba ganando confianza.

―Sí. ¿Qué más querés saber?

―Lo de las pajas… las tuyas. Delante de ellos.

―Ah, sí. Es que eso también es natural, Julieta. Por eso a mí no me jodió leer “El diario de las mil pajas”.

Eso fue para vos, Charly. Ante cualquier ofensa, arreglátelas con ella; yo sólo me limito a transcribir las conversaciones de la forma más textual posible. Igual creo que la ofendida debería ser yo, al fin y al cabo las “mil pajas” son mías.

En fin, prosigo, porque ahora viene la parte en la que Gabriela me cuenta sobre esas pajas que ella se hacía; lo que me contó fue más o menos así:

―A mamá y a papá les llevó un poco de tiempo comprenderlo; pero al final tuvimos una charla, hace unos meses, en las que les expliqué que, para mí, la masturbación era algo hermoso, necesario y totalmente natural. Es algo de lo que yo no puedo avergonzarme, y les dije que me gustaría que ellos tampoco se avergonzaran si me veían haciéndolo. Me aseguraron que si pudieron aceptar lo de andar sin ropa, podían aceptar eso también ―aclaro que mientras Gaby hablaba, yo me estaba acariciando la concha―. Hasta ese entonces, las pocas veces que me habían visto masturbándome, fue por “sorpresa”, ya sea por entrar al baño o a mi pieza sin golpear. Pero un día, mientras papá estaba mirando fútbol en la tele y mamá planchaba, me senté en un sillón y empecé a tocarme. Ellos me miraron enseguida, no te miento, me dio un poquito de vergüenza; pero ellos estaban desnudos, como yo. Así que no me importó tanto ―mis dedos aceleraron el ritmo, la calentura que me provocaba ese roce contra el clítoris, era cada vez más intensa y placentera; por primera vez en mi vida, me estaba masturbando frente a mi hermana sin sentirme avergonzada―. Lo primero que noté fue que a papá se le puso dura. Después mamá dejó de planchar, y se sentó en un sillón frente al mío. Se puso a mirar el partido, pero yo sé bien que a ella el fútbol le importa un carajo; lo que en realidad quería era ver mi concha. No me molestó, me pareció lógico que sintiera curiosidad. Me relajé y lo hice con total soltura, incluso gemí un poco; no mucho, para no exagerar tanto, pero sí lo que no pude contenerme. Cuando llegué al orgasmo, ellos me miraron fijamente; pero luego retomaron sus tereas. Desde ese día empecé a hacerme la paja delante de ellos. Si bien yo me pajeo todos los días, no siempre lo hice frente a ellos. Un día… y acá te sugiero que abras un poquito la concha y te mandes los dedos, porque te vas a calentar ―hice lo que me pidió, no me importó que viera cómo me colaba los dedos, lo estaba disfrutando demasiado―. Bien, así me gusta, que te lo tomes de forma honesta. Un día papá se animó a hacerse la paja delante de mí.

―¿De verdad? ―abrí grande los ojos y comencé a pajearme con fuera. No sabía por qué eso me resultaba tan interesante.

Charly, si tuvieras ojos ya estaría viendo tu mirada acusadora; pero estoy siendo sincera. No sé por qué eso me calentó tanto, aunque sigo sospechando que es por la falta de sexo.

―Sí, de verdad. Estaba en su sillón de siempre, ahí donde se sienta a mirar tele; pero la tele estaba apagada. Con mamá tomábamos mates, sentadas en la mesa ―esa mesa está bastante cerca de los sillones, así que se podía ver todo perfectamente―. El tipo se agarró la verga y, sin avisar a nadie, empezó a pajearse. Creo que por un rato lo hizo mirándome la concha.

―¿No te jode que te haya mirado así mientras se pajeaba?

―No, para nada. Ya te expliqué por qué no me molesta. Al contrario, me halaga que él considere mi concha excitante. Me hace sentir linda; además es todo parte del proceso de acostumbrarse a esta vida donde el sexo deja de ser un tabú.

―Sos linda ―sonreí―. Tu concha es muy linda ―sincericidio total―, y te lo dice una chica a la que no le gustan las conchas.

―¿De verdad pensás eso, Juli? ―se la veía muy entusiasmada.

―Sí, de verdad. Quiero ser lo más honesta posible, con vos y conmigo misma. Siempre quise tener tu cuerpo, me parece el más hermoso que vi en una mujer ―se agarró el pecho, estaba emocionada―. ¿Viste la forma en que describí tus tetas, tu culo y tu concha? ―asintió con la cabeza―. Eso es porque recuerdo cada detalle, y eso que no te vi tantas veces desnuda. Tus labios exteriores son abultados, me encantan; y los internos son tan finitos que ni se notan. Eso te deja una raya perfecta, que sólo se corta por el clítoris. Yo, en cambio, tengo los labios internos más rugosos y sobresalientes. No me gustan.

―A mí me parecen muy hermosos ―me dijo acercándose otra vez para mirarme la concha, ya no me puso incómoda, abrí más las piernas y la dejé mirar―. Son arrugaditos, parecen muy tiernos y suavecitos.

―Lo son ―dije acariciándolos con mis dedos.

―¿Nunca te pajeaste pensando en mi concha? ―la pregunta me tomó por sorpresa.

―Si lo hubiera hecho, lo hubiera puesto en el diario íntimo.

―Ah, claro. Pero sí contaste que te pajeaste al verme coger con Rubén; pero eso no es lo mismo, porque a vos te calentó la verga de Rubén.

―Claro.

―Yo sí me pajeé pensando en vos.

―¿Qué?

―No lo pienses mal, no es que te vaya a coger o que esté fantaseando con eso. Es decir, pensé en tu concha y en lo lindo que sería chupar una como la tuya. Parecida a la tuya, no necesariamente la tuya.

―Mmm, entiendo… supongo. No sabía que te gustaran las conchas.

―Un poquito. Me parecen sexys. Nunca chupé una.

―En mi diario pusiste que te gustan los hombres, pero pensás que las mujeres tienen su encanto ¿te referías a esto?

―Sí. A veces me hago alguna paja pensando en alguna mina o mirando fotos de mujeres desnudas; pero nada más. Es una fantasía, y no todas las fantasías deben ser llevadas a la realidad; porque sino fantasear pierde sentido.

―Eso es muy sensato.

―Sí, además me da la oportunidad de pajearme pensando en lo que yo quiera, sin sentir remordimientos.

―O no sentir asco si papá se pajea mirándote la concha.

―Claro. Además, como te dije, a mí me halagó. Cuando me di cuenta de que él intentaba mirar debajo de la mesa, donde casualmente yo tenía la concha, abrí más las piernas. Con mamá nos quedamos mirando cómo se pajeaba, pero ella siguió cebando mates. Fue algo lindo de ver, hasta que le saltó la leche.

―¿Ahí se puso feo?

―No, ahí se volvió hermoso. Pocas veces vi una verga escupiendo tanta leche de una sola vez. Te juro que me pajeé muchas veces con esa imagen mental en la cabeza.

No la culpaba, yo misma estaba intentando imaginar una verga que soltara tanta leche… una similar a la de mi papá.

―¿Y él qué hizo después? ―pregunté pajeándome tan rápido como podía, con mi hermana aún mirándome de cerca.

―Nada, simplemente le pidió a mi mamá que le alcanzara algunas servilletas de papel, para limpiarse. Ella se las dio. Esa fue la primera paja que le vi hacerse, pero después vinieron muchas más. Es más, ayer se hizo una paja mientras yo le contaba de un pibe que me cogí. Eso pasó como una hora antes de que vos llegaras.

―¿Le contás de tus experiencias… y él se pajea?

―Sí, no lo veo como algo malo. A vos te estoy contando todo esto y te estás llenando la concha de dedos, y no me importa… veo que a vos tampoco.

―Está bien, entiendo el punto. Gaby ¿me prestás el cepillo?

―Ya era hora de que me lo pidieras prestado, en lugar de robármelo.

Se levantó y fue a buscarlo, cuando lo trajo me lo alcanzó, pero no me lo dio en la mano, sino que me lo introdujo en la concha; quise retarla por semejante atrevimiento, pero se sintió tan bien la penetración que decidí no decirle nada.

―Seguí contándome, por favor.

―De repente estás curiosa ―dijo con una sonrisa.

―Sí, quiero saber todo lo que pasó en esta familia sin que yo me haya enterado. Me lo deben.

―Tenés razón. Tenés derecho a saber todo. ¿Por dónde sigo?

Preguntó acostándose a mi lado, esta vez puso la cabeza sobre mi vientre y se quedo mirando como yo me metía el cepillo. No me desagradaba que estuviera allí, la piel de su rostro era cálida, al igual que su aliento, lo cual me producía una agradable sensación. Desde mi posición podía verle el culo y parte de la concha, sobresaliendo. De pronto vi asomar un par de deditos, ella también se estaba pajeando, me agradó no ser la única que lo hacía. Comencé a pensar que todo este asunto de quitar el tabú del sexo no era algo tan descabellado; y de hecho hasta me agradaba.

   ―Por mamá. Contame sobre ella. ¿A ella también la viste masturbándose?

No podía creer que le estuviera preguntando eso, yo siempre había considerado asqueroso imaginar a mis padres masturbándose; pero estaba tan caliente, que hasta lo encontraba excitante. Además Gaby tenía una forma tan particular de contarme las cosas, que me transportaba y me hacía imaginar todo, como si lo estuviera viendo con mis propios ojos.

―Sí, a mamá también la vi. Esto te va a sorprender, pero ella es, por mucho, la más pajera de los tres.

―¿Qué? ¿Mamá?

―Sí, yo también me sorprendí; pero la hemos visto haciéndose hasta tres pajas en un solo día. Yo nunca pasé de dos, y papá nunca pasó de una. Es como una escalerita hecha de pajas.

―Tendré que llegar a cuatro, para ser la más pajera de la familia.

―Ya lo sos, Juli, no me cabe duda. Qué manera de hacerte la paja con ese tal Charly.

―Es que me calienta mucho escribir todo eso. Me pajeo mientras escribo.

Sí, Charly, ya sé qué estás pensando. Ahora mismo, mientras escribo esto, me estoy haciendo una paja. A veces tengo que parar de escribir, para poder tocarme. Estoy re caliente. Me siento muy bien. Estoy feliz. Hoy fue un gran día. Pero todavía no terminé de contarte. Sigo.

―Te juro que no me la imagino a mamá haciéndose una paja ―le dije.

Mi madre es una mujer gordita, culona (como sus hijas) y parece la “ama de casa” más común y corriente que te puedas imaginar. Tiene cara de “buena mamá” y siempre está feliz, como yo, cuando no estoy en mi casa. Pero eso va a cambiar, voy a empezar a sonreír en mi casa.

―Lo hace de la misma forma que vos.

―¿Con un cepillo? ―me reí.

―Más o menos. Tiene un consolador. 

―¿Qué?

―Sí, ella a veces usa un consolador para pajearse. Dice que es su gran amante, hasta le puso nombre. Se llama Jorge, y es negro. Parece que vos heredaste de ella la manía de ponerle nombre a objetos inanimados; la plancha se llama Clara ―me reí, había demasiadas cosas que no sabía de mi propia familia―. En fin, volvamos a Jorge. Siempre le hace chistes a papá sobre eso: «Te voy a engañar un ratito con Jorge». A él le parece divertido, a mí también.

―Si hubiera sabido que hay un consolador en la casa, se lo robaba.

―Yo se lo robé varias veces. Bah, se lo pedí prestado. Ella dice que no se pone celosa con Jorge, ella sólo es celosa de su marido. Cosa que no es tan cierta, pero eso te lo explico después. A veces ella ha terminado de pajearse con Jorge y luego empecé yo.

―Me imagino que lo habrás limpiado antes.

―No, era más lindo tenerlo calentito y bien lubricado.

―¡Ay, qué asco!

―Para vos tal vez, pero a mí me gusta. Prestame.

Sacó el cepillo de mi concha, se puso de rodillas y lo enterró en la de ella, hasta el fondo.

―¡Ey! Lo estaba usando ―me quejé.

―Ya te lo devuelvo ―lo movió con fuerza, metiéndolo y sacándolo, ella estaba tan mojada como yo.

―No, lleno de tus flujos no lo quiero.

Pero no tuve tiempo de negarme, sin pedir permiso, me lo volvió a clavar en la concha. No sentí ninguna diferencia.

―¡Sos un asco! ―le grité.

De pronto se abrió la puerta de la pieza.

―¡Ey! ¡Dejen de pelear de una buena…!

Era mi papá. Se quedó duro al verme desnuda, con el cepillo metido en la concha. Yo quedé peor que él. Tenía ganas de suicidarme. Sé que lo impactante para él fue verme, por primera vez, en esa situación. Mi intención era reafirmar los lazos con mi familia, aunque me muriera de la vergüenza. Empecé a hablar, con el corazón en la boca.

―No estamos peleando, papá ―intenté mostrar mi mejor sonrisa, me costaba mucho, debo haber parecido Jack Nicholson en “El Resplandor”.

―Le estaba diciendo a Juli ―intervino mi hermana―, que si ella se quiere hacer la paja con mi cepillo, a mí no me molesta compartirlo.

―Ah… ya veo ―mi papá estaba muy desorientado, como si de pronto yo fuera un extraterrestre. Me miró la concha y tuve que esforzarme para no cerrar las piernas.

Mirá, papá. Mirala que no pasa nada. Soy tu hija mayor. Esa es mi concha.

Papá, te presento a concha. Concha, te presento a papá.

Me sentía sumamente incómoda, pero luchaba por actuar con la mayor calma y naturalidad posible.

―Sí, este es uno de esos “asuntos de hermanas” ―le dije.

―Ah ok, está bien. Bueno, las dejo solas ―giró para marcharse, pero luego volvió―. Me gusta verlas así ―sonrió―. Eh… me refiero a verlas sin que se estén peleando.

―Está bien, papá. Entendí, no hace falta que aclares ―le dije.

De pronto me di cuenta que si hubiera dicho «Me gusta verlas desnudas», no me lo hubiera tomado a mal. No después de todo lo que Gaby me contó. Hasta tenía ganas de que él me dijera que era linda; pero supongo que eso tendrá que esperar. Se marchó y nos dejó solas otra vez.

―Me sorprendés, Juli. Te lo tomaste muy bien.

―Casi me muero de la vergüenza; pero ya pasó. No pasa nada. Mejor así ―quería convencerme a mí misma―, es mejor que ya me vea desnuda, así me es más fácil.

―¿Pensás andar desnuda vos también?

―No sé, veré si me animo. Al menos delante tuyo, no me molesta. Es un avance.

―Sí que lo es.

―Gaby…

―¿Si?

―Te quiero. Gracias por ayudarme a sentirme mejor.

―Oh, yo también te quiero, boluda.

Se tiró sobre mí, y me abrazó con fuerza. Sentí un escalofrío al tomar contacto con su cuerpo desnudo, especialmente con sus grandes tetas, que se apoyaron sobre las mías. Empecé a colarme el cepillo con fuerza y gemí.

―¡Uy, veo que te calentaste! ―me dijo.

―S… sí. No sé qué pasó ―seguí dándome enérgicamente con el mango del cepillo.

―Tal vez te calentó mi cuerpo. No pasa nada, Juli. Sos nuevita en esto. Vas a ver cómo dentro de un tiempo te vas a acostumbrar. A vos te anda haciendo falta cariño ―me dio un cálido beso en la mejilla―. ¿Querés que me quede acá? ―asentí con la cabeza.

Me agradaba sentir a alguien cerca de mí, ella tenía razón, me hacía falta cariño, contacto humano. Con una mano le acarcié la espalda y con la otra seguí masturbándome. Ella también retomó su paja, no podía verla, pero se notaba por la forma en que se movía.    

―Gaby, hay algo que me llamó la atención.

―¿Qué cosa?

―Cuando dijiste que me quedara con la duda de si vos tocaste a papá. Me gustaría que me cuentes. Además ¿cuántas veces te tocó él a vos? ¿Y mamá? ¿Ella también lo hizo? No sé… contame todo… todo lo que haya para contar.

―Bueno, está bien. Viendo que has mostrado un gran progreso, te voy a contar todo. Eso de los toqueteos fue lo último en darse. La primera vez fue cuando mamá y yo, estando papá presente, nos pusimos a hablar sobre el “punto G”. Ella sostiene que realmente existe, yo le digo que es un mito, porque considero que en realidad es más psicológico que físico. Para demostrarme que tenía razón, me hizo sentar en un sillón, con las piernas bien abiertas, y me metió dos dedos. Empezó a moverlos buscando algo en la parte superior de mi cavidad. Se sintió muy rico, no sé si fue porque esos no eran mis dedos, o porque ella lo hacía muy bien; pero le aseguré que, de todas formas, no sentía nada demasiado especial. Ella le dijo a papá que se sumara a la búsqueda. Papá tenía mucha vergüenza, se le notaba en la cara, pero mamá le insistió tanto que él también me metió dos dedos. Los movió durante un rato, pero dijo que no encontró nada con forma de G.

Comencé a reírme, eso era muy típico de mi papá. Gaby prosiguió con el relato:

―Obviamente se le re paró la chota. No lo culpo, mi concha es muy linda ―sonreí y asentí con la cabeza, ya no la criticaría por ser narcisista―. Mamá estaba indignada, ella se sentó en otro sillón y le pidió que buscara en ella el famoso “punto G”. A ella le metió los dedos con más soltura, al fin y al cabo debió hacerlo un millón de veces. Medio que la pajeó durante un rato. Ella le indicó dónde buscar, pero después de un rato se enojó con él, diciéndole que no lo estaba haciendo bien. Por eso me pidió a mí que buscara. No me molestó meter los dedos en la concha de mamá, al fin y al cabo la de ella también es muy linda. Además quería saber qué se sentía tocar una. Nota al margen: se siente hermoso. Busqué y busqué, pero de punto G, ni noticias.

Estaba re caliente, todo mi cuerpo ardía y yo no podía detener el cepillo que me taladraba la argolla. Mi sudor comenzó a mezclarse con el de mi hermana, sus tetas cada vez me brindaban más satisfacción. Se sentía muy lindo tenerlas encima de las mías.

―Imagino que esa fue solamente la primera vez.

―Sí, porque después de eso ya no nos pareció tan malo eso de tocar un poco.

―Pero, no me imagino la situación. ¿Cómo se da eso?   

―Bueno, a veces pasa como esa vez que viste vos. Cuando yo estaba sentada arriba de papá.

―Sí, me acuerdo de eso. Me acuerdo demasiado bien. Pero no entiendo cómo justifican eso.

―No hay mucha justificación. Simplemente lo hacemos si queremos. El cuerpo humano es algo hermoso, no les niego a ellos que vean mi cuerpo, así como tampoco les niego que quieran tocar un poquito. A veces es sólo por curiosidad, imagino que otras veces habrá un poquito de calentura, pero es una calentura no dirigida hacia la persona en sí.

―No entiendo.

―No sé cómo explicarlo. A veces yo estoy parada, papá se acerca y me mete uno o dos dedos en la concha. Especialmente si yo la tengo mojada. Pero no está pensando en: «Me quiero coger a mi hija». Él piensa: «Mi hija tiene una linda concha».

―¿Y vos cómo estás tan segura de que piensa eso?

―Porque me lo dice, a veces. Tal vez no con esas palabras, pero me lo dice. Así como vos me dijiste que mi concha es linda, y yo dije que la tuya también lo es.

―Pero yo no te la toqué.

―Pero si un día querés hacerlo, no me voy a negar. Además hay ciertos límites, en la mayoría de los casos. Él no se queda eternamente mandándome dedo, sólo da una “probadita”. Igual que mamá, que también me lo hace. A veces, incluso, me meten algún dedito en el culo. A mí me gusta que lo hagan.

―¿Y vos le hiciste lo mismo a mamá?

―Sí.

―Es muy raro todo esto. Hasta lo de andar sin ropa lo podía entender, pero desde las pajas en adelante, todo se me está haciendo muy turbio.

―Eso es porque vos nunca probaste, vas a ver que no tiene por qué haber “pensamientos sucios”, por tocar un poco a otra persona.

Se colocó de rodillas a mi lado, y se abrió la concha con los dedos.

―Tocala ―me dijo.

―No quiero, me da vergüenza.

―En serio, tocala, vas a ver que no tiene nada de malo.

La curiosidad y la calentura se apoderaron de mí. Llevé mi mano izquierda hasta su concha y sentí el húmedo y cálido contacto de sus labios. Incluso acaricié su clítoris.

―¿En qué pensás? ―me preguntó.

―En nada. No sé, en que es linda. Nunca había tocado una que no fuera la mía ―giré los dedos, como si fuera a metérselos.

―Dale, metelos, no me jode.

―Pero a mí sí.

En ese momento su mano se dirigió hasta mi concha, sacó el cepillo y sin pedir permiso, me metió dos dedos. Me quedé tan sorprendida que ni siquiera pude atinar a apartarla o decirle que se retire. Empezó a moverlos dentro, se sintió de maravilla, mucho mejor a mis propios dedos. Eso me incentivó y la penetré. Los míos se hundieron en toda su carnosa humedad. Pude sentir el intenso calor de su sexo. ¿Así es la concha de mi hermana por dentro? La muy yegua la tiene preciosa.

Luego de unos segundos ella retiró sus dedos e hice lo mismo con los míos.

―¿Ves? No pasa nada ―dijo con una sonrisa.

―No sé si no pasa nada. A mí me dejó muy caliente.

―Eso es porque fue la primera vez, pero con el tiempo no vas a sentir tanta calentura. Además, como te dije, hay límites. No te voy a dejar a vivir los dedos adentro de la concha.

―Vos dijiste que había límites “en la mayoría de los casos”. ¿A qué te referías con eso?

―Bueno, te cuento; pero antes me quiero poner cómoda.

Creí que se acostaría a mi lado, como había hecho antes, en cambio se colocó arriba mío, de cuerpo completo. Pude sentir el contacto de toda su piel. Sus tetas, su vientre, su pubis, sus piernas. Por un segundo estuve a punto de decirle que eso era demasiado, que quería que se apartara; pero una vez más caí rendida ante la calidez y la suavidad de su piel. La abracé y comencé a acariciarle la espalda con ambas manos. Ella me miraba con sus preciosos ojos. Me mojé. Mi hermana es muy linda.

―¿No te jode? ―me preguntó

―Sí, me jode un poquito; pero, como vos decís, es parte del proceso de acostumbramiento. Además debo decir que no se siente tan mal, y que necesitaba abrazar a alguien. Gracias.

―De nada ―me dijo con una radiante sonrisa―. Esta parte que te voy a contar ahora, te puede molestar un poco. No te culpo si te enojás un poquito, pero sólo te pido que no juzgues hasta que vos misma lo hayas vivido.

―Está bien, haré mi mayor esfuerzo.

―Con los límites me refiero a que uno no va estar toqueteando al otro todo el rato, ni se va a quedar haciéndolo por mucho tiempo; pero esto no siempre se cumplió. Hubo algunas excepciones. Una vez, por ejemplo, papá y mamá estaban tomando mates y yo me paré, desnuda, al lado de papá. Él me acarició la cola y después me empezó a tocar la concha. Por supuesto que no le dije nada, ni mamá tampoco. Me incliné un poquito hacia adelante y él me metió dos dedos. Yo estaba re mojada, porque andaba caliente, como de costumbre. A él se le engarrotó la verga enseguida. Creí que esa vez sería como las anteriores, donde me tocaba un poquito y después sacaba la mano; pero no fue así. Empezó a pasar el tiempo y él seguía con los dedos allí dentro. Empecé a incomodarme, pero no por mí, sino por mamá; porque creí que ella se lo tomaría a mal. Sin embargo, a pesar de ver que la mano de papá seguía cerca de mi cola, continuó conversando con total normalidad. Ni sé de qué hablaban, no presté atención. La cosa era que papá me estaba manoseando toda la concha y colándome los dedos, para colmo lo hacía tan bien que me calenté mucho más ―mientras mi hermana hablaba, yo abrí las piernas, pude sentir el contacto de mi concha contra su pubis; ella no dijo nada al respecto―. De pronto él me metió un dedo en el culo, me sorprendí porque eso lo había hecho solamente una vez. Lo escuché decir: «Tenés el culo tan abierto como el de tu madre» ―comencé a moverme lentamente, frotando mi concha contra la piel de Gaby―. Entonces yo pregunté: «¿Y cómo lo tiene mamá?», porque yo nunca lo había tocado. Ella se puso de pie y se acercó a mí. Se quedó parada justo al lado de la mesa. Se agachó un poco y me mostró su culo. Ni siquiera lo dudé, tenía mucha curiosidad. Me ensalivé un dedo y se lo metí en el culo y me sorprendió que entrara tan fácil. Por eso metí uno más, el cual entró bastante bien. A todo esto papá también me estaba metiendo otro dedo en la cola. Me apoyé un poco más sobre la mesa, para que entrara mejor ―las manos que tenía en la espalda de Gaby, bajaron hasta llegar a sus nalgas. Me aferré a ellas con fuerza, eran firmes y redondas; comencé a moverme más fuerte―. Papá arrastró su silla y se acercó más a mí, su verga me quedó apoyada en una pierna. Con los dedos me dilataba cada vez más, y yo hacía lo mismo con mamá. De reojo pude ver que papá había empezado a hacerse la paja ―sentí algo pinchudo contra mi pierna, cuando lo agarré me di cuenta de que era el cepillo, lo sujeté firmemente con mi mano izquierda, pero no lo llevé hacia mi concha, sino que lo dirigí hacia el culo de mi hermana. Ella no sólo no puso objeción sino que además ayudó a orientarlo, moviendo un poco las nalgas, hasta que el mango quedó contra su agujerito. Sin piedad, se lo clavé. Sus ojos se entrecerraron de placer y suspiró. Comencé a moverlo lentamente, sin dejar de frotar mi concha contra su piel. Abrió sus ojos y nos miramos fijamente. Ella continuó con su relato―. Mamá se apartó diciendo: «¿Viste cómo lo tengo? Tu papá me la mete mucho por ahí… y Jorge también». Como me di cuenta que papá no iba a parar, y a mí me estaba gustando mucho, abrí las piernas, dejando las de él entre las mías, y me agaché un poquito. Ahí fue cuando sentí la cabeza de la pija de papá rozándome la concha. Supuse que él se la estaba agarrando con una mano, y la movía de atrás para adelante. Después de pasar un buen rato haciendo eso, papá sacó los dedos de mi culo y acabó. Toda la leche me saltó contra la concha y las nalgas.

Imaginé la concha de mi hermana llena de semen, y me calenté tanto que empecé a gemir. A pesar de que yo ya le estaba dando bastante fuerte por el culo, con el cepillo, ella seguía mostrándose serena. Debieron haberle roto el culo muchas veces.  

―Prometí no juzgar, y no lo voy a hacer ―le dije; además en ese momento mi cerebro estaba tan turbado que no podía pensar claramente―. ¿Pasó algo más?

―Bueno, un par de días después de eso, yo estaba sentada con papá en su sillón. En realidad yo estaba acostada sobre él y en un pequeño espacio de sillón que me dejó libre. Obviamente estábamos los dos desnudos y, obviamente, a él se le puso dura; pero no pasó nada, hasta que llegó mamá. Ella sí que me sorprendió. Sin decir nada, se agachó delante de papá y empezó a chuparle la verga. Me quedé mirando, atónita. Me habían contado muchas veces de cómo mamá chupaba la verga; pero era la primera vez que lo veía con mis propios ojos. Ella le puso muchas ganas, de la misma forma en la que yo chupo una verga.

―Y yo también ―aseguré.

―¿Ves? Tenemos a quien salir ―dijo con una sonrisa―. La cuestión es que ella se la siguió mamando hasta que papá acabó y le llenó la cara de leche. ¿Te la imaginás a mamá con la cara llena de leche?

―No, no me la imagino.

―Es muy sexy, te lo aseguro. Esa no fue la única vez que la vi haciendo un pete. Se volvió algo común, no lo veía raro ya que ellos son marido y mujer. Como te dije antes, me alegra que, después de tantos años de casados, se calienten tanto el uno al otro. Además aprendí varias cositas viendo a mamá chupando verga. Es muy buena.

―Me gustaría verla, alguna vez ―había perdido todo el asco a esas situaciones, me moría de curiosidad por verla comerle la verga a mi papá.

―Puede que algún día lo hagas.

―Sigo caliente, contame más ―le pedí.

―Está bien ―sonrió―. Te cuento que una vez hice algo como esto con mamá.

Al decir eso movió su pierna derecha hasta dejarla encima de la mía. Nuestras conchas se tocaron directamente. Pude sentir un intenso calor, era algo hermoso… y muy húmedo. Luego ella comenzó a moverse, haciendo que nuestros clítoris se frotaran el uno contra el otro.  

―Se siente muy rico ―aseguré en otro arrebato de sincericidio. La acompañé con el movimiento y no dejé de meterle el cepillo por el culo.

―A mamá también le gustó, pero sólo lo hicimos una vez.

―Contame cómo fue ―le dije jadeando.

Ella estuvo a punto de iniciar con la narración; pero mis gemidos se intensificaron tanto que guardó silencio y se quedó mirándome mientras yo me frotaba contra su cuerpo. Dejé el cepillo dentro de su cola y a tientas busqué mi propia vagina, Gaby tuvo que levantar un poco su cuerpo para permitirme meter la mano. Comencé a masturbarme intensamente, con los ojos cerrados. Mi hermana me dijo que me dejaba seguir solita, por lo que se apartó; esto me permitió sacudir mi cuero con mayor soltura. Estuve frotándome el clítoris y metiéndome los dedos durante unos cuantos segundos, hasta que me invadió una inmensa sensación de placer. Me estremecí hasta que las descargas de placer se detuvieron, luego quedé rendida.

―Se ve que te la pasaste muy bien ―dijo Gaby; al abrir los ojos me sorprendió ver que ella no se estaba tocando, por un momento creí que se excitaría al verme tener un orgasmo tan intenso.

―Fue hermoso, hacía tiempo que no acababa de esa forma ―aseguré.

―Me alegra mucho que hayas podido disfrutarlo.

―¿Ahora me vas a contar lo que pasó con mamá?

―¿Te vas a seguir tocando?

―Ahora mismo no, necesito descansar… tal vez más tarde.

―Entonces te sigo contando después.

―¿Por qué no ahora?

―Porque es más entretenido hacerlo mientras vos te tocás; sino como que pierde un poco la gracia.

―No sabía que me contabas con la intención de que yo me masturbe.

―Es parte de la terapia según Gaby. Vos necesitás dejar de reprimirte tanto sexualmente, y lo que hiciste hoy fue un gran avance; pero tenemos que repetirlo.

―Está bien ―definitivamente quería repetir ese momento.

Bueno, Charly, eso fue todo por ahora. Tal vez estás pensando que ya descansé de esa paja y que voy a volver al cuarto de mi hermana para que me cuente; pero la verdad es que me toqué tanto mientras escribía todo esto, que ya me siento satisfecha, y muy cansada. Tendremos que dejar la siguiente parte de las aventuras de mi hermana y mis padres para otro momento.

Me despido… y perdón por haberte dejado las páginas mojadas. 

Continuará...


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