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Fecha: 20-Abr-17 « Anterior | Siguiente » en Autosatisfacción

Donación de esperma

lib99
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La donación de esperma parece un trabajo sencillo y satisfactorio, ¿verdad? Sin embargo nuestro héroe sufrirá algunos “problemas” para culminar su desprendida aportación, y necesitará la ayuda de una solícita y atractiva enfermera. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

–Pase, por favor.

La enfermera abrió la puerta e invitó con su mano a que entrara. La habitación, sin ventanas, aunque decorada con intención de dotarla –con escaso resultado– de cierta calidez, poseía esa frialdad aséptica típica de los hospitales. Me situé en medio de la sala, de pie, algo envarado, observando a la enfermera realizar los preparativos. Encendió el monitor de televisión y el reproductor de dvd, colocó una serie de revistas encima de la mesa, orientó el asiento hacia la pantalla en blanco y situó junto a él el frasco de cristal.

Una primera punzada de excitación me asaltó mientras disfrutaba de las vistas de su anatomía en movimiento, resaltada por el frufrú de la tela blanca rozando su piel en medio del silencio de la sala. La bata se adaptaba perfectamente a su cuerpo, delatando que no había más prendas bajo ella que la ropa interior. Era un cuerpo joven, atlético, de formas firmes y rotundas. Imaginé aquella carne dura y fresca, desnuda bajo la tela, con una escueta braga adherida a sus caderas y sus prietos glúteos, insinuando el suave y rizado vello de su pubis, y un práctico sujetador sin adornos conteniendo dos pechos erguidos y redondos como dos jugosas frutas dispuestas a ser saboreadas. Su cabello castaño con mechas rubias, recogido en una sencilla coleta, adornaba un rostro discretamente hermoso. Poseía ese poderoso atractivo juvenil que no necesita de más aditamentos que su propia frescura.

Noté cómo mi polla iniciaba a su libre albedrío una erección que traté de aplacar –¡aún no!– concentrándome en las palabras de la chica.

–Bien, ya está todo preparado. Tiene una selección de películas en el dvd, y sobre la mesa le he dejado una colección de revistas pornográficas. Ahora le dejo solo. Cuando haya acabado me avisa apretando el botón, ¿de acuerdo?

–Sí, muy bien –respondí carraspeando–. Perfecto, muchas gracias.

Salió despidiéndose con una agradable sonrisa. Antes de que cerrara pude echarle un último vistazo a su culo, cuya redondez se mostraba gloriosamente resaltada por el blanco de la tela. Ésta, al adherirse a la piel, dibujaba las gomas de la braga, mientras que el movimiento al andar hacía que la falda se elevara, permitiéndome disfrutar de la rotundidad de sus muslos.

–¡Lástima! Un poco más arriba –fantaseé– y podría haber visto las ligas de sus medias.

Miré unos segundos hacia la puerta cerrada, antes de coger el mando a distancia y encender el televisor. Elegí una de las películas y la introduje en el reproductor. La pantalla mostró la imagen de una enorme cama de agua. En ella se veía a un hombre de rostro rocoso e inexpresivo y musculatura hinchada de gimnasio, retozando junto a dos mujeres que parecían vestidas –es un decir–, peinadas y maquilladas para cumplir escrupulosamente con el cliché de actriz porno. El guión no defraudaba: diálogos reducidos a su mínima expresión y transición al despelote sin dilación.

Un trío de maromo con dos tías. ¡Vaya!, han acertado con mis gustos. Las dos guarras comenzaron a magrear a cara de palo, desvistiéndole en menos que canta un gallo. Mientras la rubia platino se dedicaba a lamer, mordisquear y pellizcar los pezones del tipo, la pelirroja se arrodilló para centrarse en la entrepierna. Su lengua se deslizó por el rugoso y depilado escroto, lamiéndolo y chupándolo con alegría y entusiasmo. Cuando sus dientes se clavaron con suavidad y estiraron la enrojecida piel sentí una primera llamarada entre las piernas y la polla acabó de ponérseme dura.

Me abrí la bragueta, la extraje y comencé a masturbarme. La piel del glande, rosa y estirada, brillaba por la humedad de las primeras gotas preseminales. En pantalla la pelirroja de enormes tetas neumáticas lamía ahora el rabo del tipo que, al alcanzar su máxima erección, parecía una larga y gruesa butifarra surcada por enormes y seseantes venas. Cuando la introdujo en la boca de la mujer creí que iba a desencajarle la mandíbula. Pero no, la golfa la mamó como si fuera un caramelo.

–¡Chúpala, zorra –dije–, hasta la garganta!

Y mientras se afanaba en contener aquella barra de carne dentro de la boca, la morena de glorioso culo y coño escrupulosamente depilado se arrodilló junto a su ocupada compañera. Metió la cabeza entre las piernas del hombre, que con su mano sujetaba la cabellera de la pelirroja guiándole en la mamada, para lamerle los huevos. Deslizó su lengua por el perineo hasta alcanzar el ano, lo lamió con fruición e introdujo la punta de la lengua dentro, logrando que el esfínter se dilatara. Aproximó entonces su largo y estilizado dedo índice adornado por una delicada manicura francesa y lo metió lentamente en su interior.

El tipo gimió con evidente satisfacción, elevó la cabeza y con los ojos cerrados profirió alguna obscenidad del tipo “zorra, puta, guarra, etc.” –esto lo deduje por el tono, ya que no entendía una palabra del idioma, seguramente eslavo, en el que hablaban–.

Tras disfrutar un largo rato de la fantástica mamada acompañada de masaje prostático, el simpático trío cambió posiciones. La morena se puso a cuatro patas, colocando su glorioso culo en pompa para deleitar a la cámara –y a mí– con todo su esplendor. La pelirroja, por su parte, montó a caballito sobre ella, pero mirando hacia atrás, para tener acceso a las nalgas de su amiguita. Las separó para dejar perfectamente a la vista el jugoso anillo de carne que latía entre ellas, se agachó y lo lamió, empapándolo con abundante saliva. Cuando lo dejó bien lubricado, el tipo se arrodilló frente al bamboleante culo que brillaba por el sudor, colocó su imponente verga entre los glúteos y empujó. La polla entró fácilmente, sin problemas, desapareciendo casi por completo en el interior del orificio, con un gemido de evidente satisfacción por parte de la chica y un gruñido de placer del maromo.

Simulado o no, ese gemido me puso a cien. Me pajeé con ganas, deslizando la piel del frenillo arriba y abajo sobre la superficie del glande cada vez más rápido y más fuerte. Sentí como comenzaba a aproximarme al orgasmo. Miré mi reloj. Habían pasado unos quince minutos desde que me quedara solo en la sala. Me detuve, respiré hondo y apreté el botón del llamador.

En menos de dos minutos la puerta se abrió dejando paso a la enfermera, quien se detuvo de golpe con la mano aún puesta sobre el pomo, con un gesto que la delataba entre sorprendida y preocupada. Sorprendida por encontrarme aún con la bragueta abierta y la polla erecta en mi mano. Preocupada por el rictus de angustia que vio en mi sudoroso y, supongo, congestionado rostro.

–¡Oh! Perdone –se disculpó, haciendo ademán de volver a salir–. Creí que…

–No, no –le respondí con voz quebrada–. La he llamado yo. Verá, es que… tengo un problema.

–¿Un problema?

–Sí. Es algo que me ocurre desde siempre. Yo… alcanzó sin problemas la erección, pero… me cuesta mucho eyacular –logré decir, mirando hacia el suelo, azorado–. De hecho, habitualmente no lo consigo. Es muy frustrante.

–Oh, entiendo –me respondió con su tono profesional–.

–Sí, me resulta complicado, sobre todo haciéndolo solo, sin otros… estímulos.

–Ya veo –dijo, aproximándose–. ¿Qué clase de estímulos?

–Bueno –tragué saliva–, pues los provenientes de una mujer… una de verdad –puntualicé lanzando una fugaz mirada a la pantalla–. Estímulos visuales servirían, creo.

–Ajá –el tono de complicidad de ella me indicó que iba a tener suerte–. Quizá podamos hacer algo al respecto.

La chica cambió perceptiblemente de actitud. Clavándome la mirada, su cuerpo se relajó y sus movimientos adquirieron una evidente sensualidad. Elevó una mano hasta la abertura de su escote y comenzó a desabotonar la bata. Lo hizo muy lentamente, deleitándose con cada uno de los botones, como si desenvolviera un regalo… Un obsequio dedicado a mí. Cuando soltó el último, abrió la bata y mostró su anatomía en todo su esplendor. Tal y como había imaginado, estaba muy buena. Un cuerpo joven y firme,  suavemente moldeado, en el que destacaban como señales luminosas los blancos triángulos de la braga y las copas del sostén, a juego con las medias cuyas ligas –¡acerté!– apretaban los duros muslos.

No es el blanco mi color de lencería preferido, pero aquel sencillo conjunto sobre su cuerpo escultural y en semejante situación me resultó de lo más morboso. La enfermera me había puesto a cien, y eso que apenas habíamos empezado. Agarré de nuevo mi polla y comencé a acariciarme sin quitarle ojo de encima.

–Mmm –ronroneó–, parece que el tratamiento surte efecto.

A continuación, como si leyera mi pensamiento, se desprendió de la bata y comenzó a girar sobre sí misma con un sutil e insinuante baile, mostrándose por completo. Tetas erguidas que desbordaban el sujetador, abdomen plano, culo firme y respingón apenas constreñido por la escueta braga, una espalda de perfecta curva. Definitivamente me había tocado la lotería.

Avanzó y se detuvo a unos centímetros de mí, contorneándose como una serpiente. Sin dejar de moverse llevó sus manos a la espalda y soltó el sujetador. Colocó uno de sus brazos cubriéndose los pechos antes de dejarlo caer. Muy despacio fue retirándolo hasta permitirme disfrutar de aquellas estupendas tetas que parecían desafiar la fuerza de la gravedad, con sus dos rosados pezones apuntando hacia mi agradecida cara.

–¿Cómo va? –Me peguntó mirando hacia mi polla congestionada y enrojecida– ¿Hacemos progresos?

–Eee… –titubeé– Voy mejor, pero me está costando mucho. No sé si lograré eyacular.

–No nos rindamos. Habrá que reforzar la dosis del tratamiento.

Dicho lo cual sujetó la goma de su braga con dos dedos y comenzó a bajarla, despacio, balanceándose provocativamente. La bajó hasta los muslos y la dejó caer. Puede percibir el ligerísimo sonido que hizo al rozar el nylon de las medias. Admiré hipnotizado el delicioso triángulo de rizado vello que se movía sinuoso a unos centímetros de mi nariz. Aspiré con fuerza para captar su familiar aroma mezclado con el sutil perfume que le envolvía el cuerpo. Fantaseé con la imagen de la enfermera, desnuda por la mañana tras ducharse, aplicándose coqueta y libidinosa unas gotas de perfume en la entrepierna.

Abrió los muslos y se acercó aún más a mí, colocando sus piernas a los lados de las mías. Mi mano machacaba sin descanso mi polla, ahora situada justo debajo de su coño. Podía ver sus labios mojados y abiertos a unos centímetros de mi capullo empapado de semen.

Ella miró interrogativa hacia mi rostro desencajado y sudoroso. Yo lancé una mirada a mi verga y negué con la cabeza con un sentido gesto de “lo siento nena, tendrás que seguir calentándome”. Entonces ella se giró sin apartarse y colocó sus redondas nalgas delante de mi cara. Con las manos la abrió y me permitió ver el glandulado aro de su ano, rodeado por un ligero halo de vello casi transparente que descendía por el perineo hasta enlazar con las ensortijadas hebras que adornaba su jugosa raja. El corazón parecía que se me fuera a salir por la boca.

–¡Aaaaaaah… ya, ya me viene! ¡Estoy a punto…!

Rauda, ella cogió el recipiente y lo colocó delante de mi polla. La eyaculación estalló volcánica, como una descarga eléctrica recorriéndome del bajo vientre hasta la punta del nabo. Creía que las violentas convulsiones iban a desencajarme las articulaciones de todo el cuerpo.

De manera muy profesional la enfermera aguardó a que extrajera hasta la última gota de leche. Cuando terminé de estrujarme la piel del prepucio sobre el glande caí derrengado con un suspiro sobre el asiento.

La observé recoger su uniforme con perfecta naturalidad, como si en vez de un striptease y una paja me hubiese hecho, no sé, una extracción de sangre. Se ajustó la braga y el sujetador, se colocó la bata y la abotonó, y se aseguró de que su cabello estaba en su sitio. Recogió el vaso con la muestra y salió por la puerta recordándome que pasara por recepción para firmar los impresos. Me deleité por última vez con la vista de su trasero balanceándose.

*

 

            La verdad, en ocasiones resulta realmente difícil aguantar sin correrse. He estado a punto de estallar al menos un par de veces. Pero ha valido la pena. De todas las veces en que he utilizado el cuento del problema para correrme, ésta ha sido en la que más colaboradora se ha mostrado la enfermera. ¡Y encima estaba como un queso! Joder, ha sido una de las mejores pajas de mi vida


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