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Fecha: 20-Abr-17 « Anterior | Siguiente » en Lésbicos

Me niego a ser Lesbiana (32) [FINAL]

Nokomi
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Tiempo estimado de lectura: [ 29 min. ]
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Amor Cíclico. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Con ojos acuosos miré a la mujer que yacía a mi lado. Lara continuaba expulsando lágrimas, y con cada una de ellas yo sentía que en mi pecho se enterraba un nuevo clavo. Una de las personas que más quiero, me lastimó; pero antes yo misma lastimé a otra, por la que también guardo un inmenso cariño. Le había faltado el respeto al no decirle a Lara las cosas de frente; si algo debía felicitarle a Anabella, era su tenacidad para decirme las cosas en la cara, por más que éstas me lastimaran. Me sentía una completa estúpida, por haberle fallado de esa forma a Lara y por haber destrozado su corazón; todo por una obsesión. Ella tenía razón, Anabella era para mí, un vicio que no podía dejar. Al apartarse de mi vida, me privaba de la momentánea calma que me brindaba su presencia, como a un adicto al que le arrebatan todas sus drogas. Ahora estaba sufriendo un fuerte síndrome de abstinencia, y debía hacerme la idea de que la monja no volvería a formar parte de mi vida.

―Definitivamente necesito hacer terapia ―dije―. Había empezado… pero la dejé ―no recordaba si ya se lo había contado.  

Lara se enjugó las lágrimas usando el borde de las sábanas, y me miró como si de repente yo hubiera aparecido a su lado.

―Sí, definitivamente lo necesitás.

Ella fue dura conmigo, pero no puse objeción. No podía esperar otra respuesta de su parte, si me hubiera dicho que no necesitaba hacer terapia; me hubiera dado una base para engañarme a mí misma.

―Prometo volver al psicólogo ―le dije.

―Y esta vez no lo dejes.

―Sé que te lastimé ―la tomé de la mano―, y sé que tal vez no me perdones nunca por lo que hice; pero de todas formas quiero pedirte perdón, jamás tuve la intención de hacerte daño. Fui una estúpida al pensar que, de esa forma, sería menos doloroso para vos; pero me mentí a mí misma, lo hice de forma para que fuera menos doloroso para mí.

―Lo sé, por eso me molestó tanto. Fuiste muy egoísta. Sé que a veces podés llegar a ser un poquitín egocéntrica, pero eso nunca me molestó; porque siempre te preocupás por los demás, y cuando estuvimos juntas buscabas darme felicidad, a no ser que te estuvieras baboseando por la monja. Pero esta vez tengo que admitir que te pasaste de la raya, y sí me molestó. Estoy muy enojada, Lucrecia… y dolida. Estoy hecha mierda.

―Sí, lo sé… tuve que haber buscado una mejor forma de decírtelo.

―No, el enojo es por el método que usaste; pero estoy hecha mierda por lo que dijiste. Por más que hayas endulzado mucho las palabras, lo que me entendí es que no me amás, y que nunca lo hiciste. Nunca fui la mujer de tu vida, ni querés que lo sea. Todo por una…

―Una obsesión. Sí, lo sé. Me cuesta admitirlo ―las lágrimas volvieron a invadir mis ojos―; pero después de la dura charla que tuve con Anabella, me di cuenta de que ella nunca quiso jugársela por mí, simplemente buscó pasarla bien un rato; para sentirse viva por una vez, y luego volver a su rutina diaria, escondida dentro de una sotana. Fui tan estúpida como para creer que ella me amaba de verdad, y que yo sentía por ella lo mismo.

―Entonces… ¿no la amás?

―No sé… qué se yo. Ya ni siquiera sé qué carajo es el amor. Lo que sí puedo decirte es que la deseo… quiero estar con ella, eso no te lo puedo negar.

―Así como yo quiero estar con vos. ¿No te parece absurdo? Estamos sufriendo de la misma manera, por dos personas que no saben lo que quieren.

Tuve que reírme, ella tenía toda la razón del mundo. Tanto Anabella como yo somos dos estúpidas que ni siquiera saben qué hacer con sus vidas; al parecer la única que estaba segura era Lara, y ella es la persona a la que yo lastimé.

―Te vuelvo a pedir disculpas. Fui una idiota. Nunca supe ver las señales que vos me dabas, y nunca supe apreciar todo lo que hiciste por mí. Al fin y al cabo, vos sos una de las pocas personas que me demostró que yo soy su prioridad. Anabella nunca lo hizo, su prioridad siempre fue ella misma. Luego dice que la egoísta soy yo. Me siento una tarada…

―No te mortifiques tanto, la bronca se me va a pasar en algún momento.

―Dejame terminar. Me siento una tarada porque si me hubiera detenido a pensar, en lugar de seguir otro de mis absurdos impulsos, me hubiera dado cuenta de que vos siempre fuiste mi mejor elección. Justamente porque vos siempre me viste como tu prioridad, incluso cuando te apartaste de mí; lo hiciste para que yo pudiera ser feliz y… ―rompí a llorar, ya no pude seguir hablando.

Lara me envolvió con sus brazos, hundí mi cabeza en su pecho y pude experimentar, una vez más, la sensación de seguridad que ella es capaz de brindarme.

 Mi llanto se hizo más fuerte e incontrolable, el dolor de haber perdido a Anabella y de haber arruinado mi posible futuro con Lara, era más de lo que podía tolerar.

―Me pone muy mal verte tan triste ―me dijo, mientras me acariciaba el cabello.

―Sos demasiado buena, Lara ―apenas podía pronunciar las palabras―. ¿Cómo podés sentirte mal por mí, después de lo que te hice?

―Porque te amo, boluda; por eso. Además, vos estás peor que yo.

―¿Peor? ¿Por qué?

―Porque yo, al menos, puedo sufrir mientras abrazo a la mujer que amo; vos, no.

―Puede ser, no lo había pensado de esa manera ―la abracé con fuerza―; pero no creas que esto no significa nada para mí. Me conforta muchísimo tenerte a mi lado, más cuando sé que no lo merezco.

―Mi rabino siempre repite la frase: “Ama a quienes menos se lo merecen, porque es cuando más lo necesitan”.

―Y yo no merezco esto; pero sí lo necesito. Gracias, Lara. Sos una persona maravillosa. Lamento haberte lastimado.

El calor de su cuerpo me reconfortaba, y me ayudaba a darme cuenta de que no estaba flotando a la deriva, en medio del vacío de la incertidumbre; la tenía a ella.

Sentía que la cabeza se me partiría en cualquier momento, pero el cansancio producido por llorar tanto, me venció. Esa noche Lara se quedó a dormir conmigo.

*****

Nos despertamos prácticamente al unísono. No tenía idea de qué hora era, pero al mirar por la ventana me encontré con un cielo oscuro, y un puñado de estrellas. Me sorprendió que la primera reacción de Lara fuera sonreírme, sin saber por qué, yo también lo hice.

―¿Pasa algo? ―pregunté. El dolor de cabeza se había reducido considerablemente.

―Nada… estás hermosa. Me encanta cómo tenés el pelo, este nuevo look te hace ver aún más sexy.

Me congeló con su mirada.

―¿Cómo podés ser tan buena conmigo después de que te lastimé tanto?

―Ya te lo dije…

―Lara, no quiero que te ofendas, pero quiero preguntarte algo… no porque no sepa la respuesta, sino porque necesito escucharla. ¿De verdad me consideraste como la mujer de tu vida?

―No hables en tiempo pasado, nunca dije que aún no te consideraba la mujer de mi vida ―se me hizo un nudo en la garganta―. Te amo, Lucrecia… pero esto no es sólo un amor pasajero, ya aprendí que va mucho más allá. Es un amor cíclico… porque cada vez que me alejo de vos… vuelvo a vos. Puede que por un tiempo me convenza a mí misma de que ya no te amo, pero ese engaño se desmorona rápidamente. No pretendo un amor eterno, de esos nunca mueren… esos amores que sólo se ven en películas y en canciones. Quiero ser realista… tal vez, si estuviéramos juntas, podría haber períodos en los que el amor se desvanezca un poco, creo que a muchas parejas le puede pasar; pero estoy segura de una cosa: sólo sería cuestión de tiempo para que mi amor por vos vuelva a aflorar. Así es como imagino nuestra relación, no como una loca fantasía… como esas que vos tenés con la monja; perdón que te lo diga, pero necesito ser sincera con vos.

―Entiendo… sé cuál es tu punto, y lo acepto.

―Con vos imagino una relación real. Con altos y bajos, con peleas y reconciliaciones, con planes para el futuro, con planes que nunca llegaremos a realizar… no me importa, siempre y cuando sea estando con vos. Disculpame que te lo diga, pero vos tenés una visión muy superficial e infantil de lo que es el amor… no me la quiero dar de madura, pero…

―Sí, con lo que estás diciendo me dejás muy claro que vos lo ves como una persona adulta, y yo como una nena que recién está por terminar el colegio primario.

―Exactamente, por eso mismo te obsesionaste con la monja, y a mí me dejaste de lado. En ella viste esa loca fantasía romántica de las películas; en cambio yo soy el amor real, el amor con imperfecciones, el amor que no es un júbilo constante. No quiero estar con vos porque me cambies radicalmente la vida, yo puedo vivir sin vos… tarde o temprano me acostumbraría, incluso tal vez volvería a enamorarme…

―Entonces, ¿por qué querés estar conmigo?

―Porque nunca conocí a alguien que me necesite tanto, ni nadie a quien yo necesitara tanto.

De repente tuve ganas de llorar, pero en lugar de hacer eso, me limité a abrazarla y a darle un fuerte beso en la boca. Nos quedamos en esa posición durante varios segundos, me sorprendió que ella no me rechazara.

―Lo que decís es muy cierto ―le aseguré―. Te necesito mucho. Siempre creí que Anabella era la que me hacía poner los pies en la tierra, la que me iluminaba el corazón; pero nunca consideré que esos eran sentimientos fugaces, que se extinguirían en cuanto ella me demostrara que nunca tuvo intenciones de formar una relación conmigo.

―Incluso tal vez se hubieran disipado poco tiempo después de comenzar la relación. Desde mi punto de vista, vos no estás enamorada de ella…

―Estoy obsesionada…

―Así es, y como toda obsesión, se tiene que curar con tratamiento psicológico. No digo todo esto para que estés conmigo, porque ahora mismo estoy tan dolida por todo lo que pasó, que no te lo voy a pedir; perdoname por tener tanto orgullo, pero me siento pisoteada.

―Lo entiendo, lo entiendo… y sé que es mi culpa. Te traté muy mal. Hacés bien en no pedirme que esté con vos, ahora mismo no lo merezco. Pero…

―¿Pero?

Nos miramos fijamente a los ojos, pude verme reflejada en ellos, en un sentido metafórico, ella estaba tan lastimada como yo; me imaginé qué me gustaría escuchar en ese momento, pero antes de decirlo evalué mis propias emociones para constatar de que lo diría sintiéndolo de verdad. No quería engañarla ni consolarla con promesas vanas.

―Pero si yo hiciera algo… para demostrarte que siento mucho respeto por vos, ¿existe la posibilidad de…?

―Pará, Lucrecia… no me vengas con esas… no quiero ser el premio consuelo de nadie. Mucho menos de vos, sos demasiado importante para mí.

―No, no… quiero demostrarte que no sos un premio consuelo. Ahora, más que nunca, me está quedando claro que fui una egoísta y muy superficial, no supe ver más allá de lo que quería ver. Me negué a aceptar la realidad, y ésta me explotó en la cara. Quiero demostrarte que siento por vos lo mismo que vos sentís por mí, pero también quiero que me ayudes a separarme de mi obsesión. Fue un error, el más grande de mi vida, y quiero remediarlo; pero no puedo hacerlo sola… no puedo hacerlo si vos no estás conmigo. Mi vida es un puto desastre… ¿me ayudarías a arreglarla? Prometo que, mientras tanto, voy a hacer todo lo posible porque seas feliz. Quiero que seamos felices, juntas ―Lara comenzó a lagrimear otra vez―. Repito: no sos un premio consuelo, sos el primer premio… el premio que nunca pude ver, por estar ciega de obsesión. Sos la persona de la que nunca debí separarme, tal vez era necesario que me llevara un golpe tan duro, de otra forma no lo hubiera comprendido. Te amo, Lara… y puede que mi amor por vos se haya quedado dormido, pero vos me hiciste entenderlo claramente: el amor verdadero no es constante, es cíclico. Si es real, siempre se vuelve al mismo lugar… y mi lugar está a tu lado.

Lara se enjugó las lágrimas con la sábana, luego se abalanzó sobre mí y comenzó a besarme apasionadamente. Casi de inmediato sentí cómo todo su cuerpo se frotaba contra el mío y pasados unos segundos comencé a excitarme. Ella se quitó la ropa interior, y yo hice lo mismo. Reanudamos los besos y nuestros sexos empezaron a rozarse, quedamos amalgamadas en un cúmulo de pasión, deseo y amor cíclico.

*****

Creí que me llevaría mucho tiempo convencer a Lara de que formalizáramos nuestra relación, sin embargo lo hicimos esa misma tarde, luego de haber hecho el amor como cuatro veces seguidas.

―No puedo creer que volvamos a ser novias ―dijo ella con una amplia sonrisa.

―No puedo creer que me hayas aceptado tan rápido, después de todo lo que te hice. ¿Dónde quedó tu orgullo?

―¡Qué sé yo! Me puse tan contenta al saber que querías volver conmigo, que me olvidé de él. Sin embargo todavía tenés que reparar el daño… de eso no me olvido; pero prefiero que lo hagas mientras estamos juntas, ya me cansé de dar tantas vueltas. También quiero ayudarte a que superes tu obsesión, y creo que la mejor forma de hacerlo es estando a tu lado.

―Sí, totalmente, de lo contrario se me haría todo cuesta arriba. Al saber que vas a estar conmigo, me siento mucho más confiada, y segura. Sé que voy a poder olvidarme de la monja, y sé que voy a ser muy feliz con vos.

―Y que vamos a participar en muchos tríos y orgías.

―¿Qué? ―pregunté anonadada.

―Era un chiste, tarada… ¡No te comparto más! ¡Con nadie! Si te veo mirando raro a una chica, te corto las tetas ¿Está claro?

―Muy claro. Me gustan mis tetas, y preferiría conservarlas ―la miré detenidamente, estaba preciosa, creo que nunca la había visto tan bella, por más que tuviera los ojos enrojecidos e hinchados de tanto llorar―. Lara, me rompieron el corazón, y vos sos la única que puede volver a ensamblarlo. Sé que yo lastimé mucho el tuyo…

―Pero llegaste justo antes de que se rompa en mil pedacitos… sin embargo yo también voy a necesitar de muchos mimos, para recomponerlo.

―Y te los voy a dar.

―Mientras tanto yo te voy a ayudar a componer tu vida… y sé lo mucho que te gusta el sexo, por eso mismo sugiero que empecemos por ahí.

―¿Empecemos? Pero si cogimos todo el día…

―Y todavía nos queda toda la noche…

*****

Una de las primeras medidas que tomé para compaginar mi vida, además de reanudar la terapia, fue regresar a la universidad. Me había quedado atrasada en comparación con Lara, pero ella me aseguró que me ayudaría a estudiar y me explicaría todo sobre aquellas materias que ella ya había aprobado. Le dije que yo también podría ayudarla con aquellas asignaturas que yo aún no debía estudiar, porque me permitiría ir adelantándome a las mismas, y que no me parecieran tan extrañas cuando llegara el momento de cursarlas.

 Mi terapeuta me sugirió que añadiera alguna actividad física a mi rutina, eso me ayudaría mucho a despejar la mente y a canalizar un poco mi energía, con eso ya no sería tan dependiente del sexo y podría mantenerme fiel a mi novia con mucho menos esfuerzo. Opté por un deporte: Hockey sobre césped, el cual podía practicar en la misma universidad, como actividad extra curricular. No fue difícil anotarme en el equipo ya que, al parecer, siempre están necesitando nuevas jugadoras. No sabía si tenía talento para el Hockey, ya que nunca en mi vida lo había practicado, pero, después de unas semanas de entrenamiento para ponerme en forma, me di cuenta de que no se me daba nada mal; mis piernas largas me ayudaban a correr más rápido que la mayoría de las jugadoras. Aún no encontraba una posición fija en el campo de juego, pero la instructora me había dicho que debíamos buscar la mejor forma de sacarle provecho a la fuerza de mis brazos... yo ni siquiera sabía que contaba con brazos fuertes

Una tarde en, en la que me encontraba en el vestuario, colocándome las zapatillas deportivas, fui consciente de que en ese mismo lugar exacto fue donde di uno de mis pasos más importantes para aceptar mi sexualidad, allí tuve esa importante charla con Tatiana y allí fue donde una mujer me tocó por primera vez. Fue imposible no sonreír como boba al recordar eso. En ese momento de ensoñaciones, se me acercó una jovencita, supuse que estaba en su primer año universitario, ella estuvo a punto de decirme algo pero inmediatamente se volteó cuando una mujer le dijo: «Todo esto no me gusta nada».

―¡Pero mamá ―se quejó ella, dando una patada al piso y apretando los puños―. ¡Quiero jugar al Hockey! ¡Ya soy grande y puedo decidir por mí misma! ―por sus berrinches, no parecía ser exactamente una mujer madura… mucho menos si su madre la acompañaba al vestuario.

―Te dije que no, Ayelén, y ya sabés muy bien por qué ―la mujer se mantuvo firme, yo observaba la escena en silencio mientras me ataba los cordones de las zapatillas.

―¡Eso es un ridiculez! No podés decir que todas las que juegan al Hockey son lesbianas... eso es discriminar. Mirá ella ―me señaló con el dedo―. ¿Acaso tiene pinta de lesbiana? Flaca, decile a mi mamá que se equivoca... que las jugadoras de Hockey no son lesbianas ―la miré con los ojos muy abiertos.

―Este... flaca ―comencé diciendo―, creo que deberías preguntarle a otra chica... porque yo... este... sí, mejor preguntale a otra ―la jovencita quedó petrificada.

A la desafortunada Ayelén no la dejaron jugar al hockey sobre césped, me sentí mal por eso, pero no era mi culpa que la chica tuviera una puntería tan mala. Fue directamente hacia mí, teniendo tantas posibilidades... si eso hubiera sido un partido, hubiera mandado la pelotita a la mierda. Su puntería era pésima, y tal vez le hice un favor. Su madre se fue con la errónea idea de que todas las jugadoras de Hockey son lesbianas, me pone mal saber cuánto pueden llegar a prejuzgar las personas. Podré estar interesada en el Hockey, pero yo era lesbiana desde mucho antes que eso, y la mayoría de mis compañeras son heterosexuales… al menos eso creo… no me corresponde averiguarlo… tengo novia. Tengo novia… «Tenés novia, Lucrecia, no podés estar mirándole el culo a tus compañeras de hockey, aunque cambien delante tuyo».

Mi vida como monógama no sería fácil, pero le debía a Lara hacer mi mayor esfuerzo.  

Mis compañeras de hockey saben que estoy en pareja con una mujer; y a veces me enojo con algunas de ellas, porque si están desnudas, o con poca ropa, y me ven llegar, se cubren inmediatamente. Yo no las juzgo a ellas y me duele que me juzguen a mí, pero bueno, el tiempo me ha demostrado que la mayoría se adapta bien a esto y se dan cuenta de que, ahora que tengo novia y busco hacer las cosas bien con ella, no ando arrojándome encima de la primera mujer desnuda que veo.

Le conté a Fabrizio que en el vestuario debía luchar constantemente contra mis impulsos y él me dijo que el ambiente era el apropiado para ponerme a prueba, si podía controlarme allí dentro, podría hacerlo en cualquier parte. Tenía mucha lógica, eran pocos los lugares donde podía ver tantas mujeres con tan poca ropa.

Intenté explicarles a mis compañeras de hockey que ser lesbiana no es algo malo, sino que más bien es algo así como una elección de vida... un rumbo a seguir. Si bien existe la posibilidad de contagio por transmisión sexual, no es una enfermedad. Ellas no deben cuidarse del lesbianismo como si fuera un virus que les va a saltar repentinamente al cuerpo y no se lo van a poder quitar nunca, les expliqué que si ellas no desean ver a la mujer como un objeto sexual o pasional, no corren ningún peligro... en cambio, si llegaran a tener interés en el sexo femenino, tampoco deberían preocuparse por eso, de lo contrario sufrirían mucho. Lo mejor, en esos casos, sería buscarse amigos y amigas que comprendan lo que significa ser homosexual, ni siquiera deben serlo, con que lo entiendan es suficiente. De a poco el mundo entero va a ir comprendiendo estos conceptos y van a entender que esas personas que sienten atracción por el mismo sexo sólo buscan ser felices a su manera, con su propia filosofía de vida y que se sufre mucho cuando te apuntan acusadoramente con el dedo y te tachan de anormal. Hay gente que se queja visceralmente de una persona homosexual, argumentando que eso que hacen está mal, pero no son conscientes de que ellos le llevan aún más maldad a esa persona al discriminarla, atacarla y agredirla... tan solo por una razón: falta de comprensión.

Las personas discriminan, pero la maldad no. La maldad es uno de los sentimientos más equitativos del mundo. No discrimina entre blancos o negros; amarillos o rojos. No discrimina entre cristianos, judíos, musulmanes, etc. Tampoco discrimina a las personas de ningún país, ya que la maldad es un sentimiento universal y puede estar en cualquier parte. No importa qué profesión tenga una persona o dónde haya nacido, qué fe profese o qué afiliación política tenga, puede ser mala persona. Así como también puede ser un ser humano noble y admirable.

La discriminación en sí es un sentimiento de odio y maldad completamente absurdo, ya que no se apoya en ninguna lógica, y parte de una pobre educación: Te discrimino porque SOS tal cosa... o porque parecés tal cosa… o porque NO SOS tal otra...

Lo que muchos no se detienen a pensar es que, si discriminamos a la gente por nuestras diferencias, en lugar de centrarnos en nuestras semejanzas, poco a poco iremos creando un cerco alrededor nuestro y ese cerco se irá haciendo cada vez más estrecho, hasta dejarnos solos y apretados allí dentro, discriminando todo aquello que no se parezca a uno mismo... eso es, en realidad, discriminarse a sí mismo, porque son tus propias actitudes las que buscan apartarte del resto... y al que haga esto le sugiero que tenga cuidado, porque podría llegar a conseguirlo.

Estas malas actitudes son contagiosas. Solamente basta pensar en un hipotético caso en el que una persona comience a atacar verbalmente a otra, en la calle, por su color de piel. No pasará mucho tiempo hasta que ese agresor consiga un aliado, alguien que tan solo caminaba por allí y que no tenía en mente agredir a nadie durante el transcurso de ese día, pero que se entusiasma al ver a otro haciéndolo, llegando a pensar: «Hey, yo puedo insultarla de forma aún más hiriente, al fin y al cabo es una persona diferente a mí», y si nadie los detiene puede que se aburran de los insultos y lleguen a la agresión física. Sin provocación alguna. He visto eso ocurriendo, en Afrodita… tuvimos un duro incidente en el que Miguel tuvo que intervenir, con la ayuda de otros guardias de seguridad. Al final nos enteramos de que no hubo ningún tipo de provocación por parte de las personas agredidas, ellos sólo se limitaron a ignorar los insultos… lo cual, por alguna extraña razón, puede traducirse como una provocación directa por los agresores que sólo buscan llamar la atención de forma violenta.

También podría ocurrir que esa persona agredida encuentre un aliado, alguien que se ponga de su parte y lo defienda, tal vez haya gente que cree que no se ganaría nada con eso, pero allí es cuando se vería la verdad en el alma de las personas. ¿Quiénes se unirían a los insultos y quiénes a la defensa? ¿Quiénes buscarían provocar un altercado violento y quiénes lo evitarían diplomáticamente? La verdad que llevamos dentro se expone en los peores momentos.

Si algún día puedo hacer entender a alguien que aquel odio irracional que sienten hacia una persona, por no ser como uno mismo, se disuadiría tan sólo con la comprensión y educación. Si al menos un individuo comprendiera que debe comprender al otro, valga la redundancia, entonces yo sentiría que aporté mi granito de arena al mundo, para que éste sea un sito un poquito mejor que antes.

Aquellos que simplemente ignoren al agresor irracional, estarían contribuyendo con él a empeorar gradualmente el mundo. Nadie es totalmente bueno o totalmente malo, por eso nunca hay que dejar de intentar aportar algo bueno y hay que estar muy atentos si no queremos asimilar cosas malas. El mundo es un lugar peligroso, pero no estamos solos en él.

He conocido mujeres que se niegan a afirmar que son lesbianas, o que tienen cierto interés sexual o romántico en otras mujeres, y créanme que las comprendo. Si lo niegan es por miedo. Miedo a ser agredidas, a no ser comprendidas, a ser apartadas, a perder todo lo que tienen, tan solo por buscar amor en otra persona, en otro individuo. Puesto de esta manera suena totalmente injusto.

El día en que el mundo comprenda que la homosexualidad no es algo malo, ni es una enfermedad, podrán ver que, en la superficie del planeta, existe aún más amor del que podían imaginar.

La aceptación se fue haciendo una realidad en la familia de Lara, empezando por sus padres. No fue fácil para ellos, especialmente para Lucio, que ni siquiera podía mantener contacto visual directo conmigo. Lara, atribuyó esa actitud al supuesto odio que su padre sentía hacia nuestra relación, y no hacia mi persona. Al fin y al cabo él siempre soñó que su querida hija se casaría con alguien de la colectividad judía... y que ese alguien sería hombre; yo era, precisamente, todo lo contrario.

Lucio se pasó días y noches completas sentado en su sillón, con alguna taza de té en la mano y la mirada perdida en el infinito, intentando descubrir qué había hecho mal al criar a su hija; pero cuando Lara y yo hablamos seriamente con él comprendió que no había nada malo en nosotras, simplemente nos queríamos de una forma muy especial. Él dijo que su religión pone el amor por encima de todas las cosas y que, si era amor verdadero lo que nos unía, entonces podía aceptarlo… aunque yo fuera católica.

*****

Una mañana le dije a Lara que iríamos de picnic a un lugar bello y tranquilo, al principio a ella le resultó curioso; pero comenzó a sospechar que había algo raro cuando llegamos a un recinto llamado: «Cristo, nuestro Señor y Salvador».

―¡Yo sabía, me querés convertir a tu secta! ―exclamó.

―No, boluda. Te traje por otro motivo, vení.

Asustada, me siguió. El sitio era muy hermoso, era todo campo verde, con muchos árboles tupidos y mesas de campo de piedra, rodeadas de sillas de madera. Sentada en una de estas sillas, encontramos a Abigail. Ella me abrazó con fuerza y luego se abalanzó sobre Lara.

―¡Hola, cuñada querida! ―exclamó, luego escuché que le susurró al oído:― Si lastimás a mi hermana, te afeito la cabeza y te lleno la concha de sal.

Lara abrió grande los ojos, yo comencé a reírme, pero ambas sabíamos que mi hermana iba en serio… de allí su miedo. Luego Abigail volvió a sonreírle, como si fuera su mejor amiga.

―¿Qué hace Abi acá? 

―¿No le dijiste? ―preguntó ella, mirándome.

―No, quería que fuera sorpresa.

―Ah, está bien. ¿Lo vas a hacer ahora?

―¿Vos qué pensás?

―Pienso que es el momento justo.

―Entonces, vamos.

Nos pusimos en marcha.

―¿Adónde vamos?  ―quiso saber Lara.

―Ya vas a saber. Es una pequeña sorpresa, espero que te guste… aunque desde ya te aviso que no es una sorpresa convencional, no esperes un regalito o algo así.

―Tampoco te va a pedir casamiento ―dijo Abigail―, así que sacate un poco la cara de susto.

Por alguna extraña razón, ese comentario tranquilizó a Lara.

Llegamos a una mesa oculta detrás de un par de árboles, alrededor de la misma había un gran grupo de gente, eran al menos quince personas, todas caras conocidas. Más de uno se quedó boquiabierto al verme, especialmente al estar sujetando a Lara de la mano. Una mujer rechoncha, de cabello corto, se dio la vuelta para ver qué tenía tan sorprendidos a todos.

―Hola, mamá ―la saludé. A pocos metros, detrás de ella, vi a su marido―. Hola papá. Tanto tiempo ―mantuve mi mejor sonrisa, luego miré al resto; todos eran parientes míos, primas, tías, primos y tíos.

―¿Qué hacés acá, Lucrecia? ―preguntó mi madre, con el encanto de un perro pequinés rabioso.

―Vine para presentarles a mi novia. Lara, te presento a mi querida y perfecta familia. Familia, esta es Lara… y sí, es mujer. Creo que la mayoría de ustedes no lo sabe, pero ella es la verdadera razón por la que mi madre me echó de casa… bueno, mi papá también… sí, a vos te hablo, Señor Perfecto, Católico Apostólico Romano. No quiero estar señalando a nadie en particular, pero sé que muchos de ustedes tienen el cerebro quemado por la religión, está bien tener Fe, yo la tengo; pero algunos de ustedes la llevan a un extremo tal que se olvidan de que el amor y la comprensión son lo primero. Mis padres carecen de esas dos virtudes. A mí siempre me tuvieron como la niña perfecta, la que podían presumir ante todos ustedes, pero nunca, o muy rara vez, sentí un leve sentimiento de amor hacia mi persona… hacia mí… hacia lo que soy en verdad… y no hacia lo que ellos querían que sea, y bueno, Abigail…

―A mí ―intervino mi hermana―, siempre me trataron como el bicho deforme que hay que esconder, la chica rara que nunca puede hablar. Creo que más de uno recién me está conociendo la voz ahora… o casi. Sé que mis queridos y comprensivos padres les dijeron que yo tengo algún tipo de retraso mental… y no, por desgracia, para ellos, ese no es el problema. El problema es que estoy loca… tengo esquizofrenia. ¿Cuántos de ustedes lo sabían? Levanten la mano. Vamos… ―nadie movió un músculo, parecían estatuas de santos―. ¿No les parece raro que estén enterándose recién ahora de mi enfermedad?

―Queríamos protegerte ―dijo mi madre.

―¡Callate, vieja de mierda, la concha de tu abuela! ¡Estoy hablando yo! ―la cara de Abigail se transformó de tal manera que todos retrocedieron un paso, asustados―. Como decía ―su rostro volvió a ser el de una niña simpática y adorable―, ellos podrán inventarles un montón de mentiras, siempre lo hacen, tienen una habilidad impresionante para quedar bien parados… y ustedes son unos reverendos pelotudos que les creen todo. La verdadera razón por la que no les contaron sobre mi enfermedad, es la misma razón por la que no les contaron que Lucrecia es lesbiana: ¡Porque a los muy hijos de puta les da vergüenza!

Mis padres miraban para todos lados, no sabían dónde meterse; las primeras miradas acusadoras se hicieron presentes.

―¿Todo esto es cierto? ―preguntó mi tío Mario, un hombre que, a pesar de ser bastante estricto con la religión, parecía tener buen corazón.

―Sí, es muy cierto ―respondí antes de que mis padres pudieran hablar―. Sé que también les inventaron una mentira para explicarles por qué yo me fui de casa, pero como les dije antes, acá está la verdadera razón, se llama Lara, y yo la amo. Tal vez ustedes no puedan comprenderlo, no digo que lo hagan; pero al menos les pido que consideren que, por culpa de las apariencias, nuestros padres nos hicieron sufrir… y mucho. ¿Saben lo que es sentir que son la vergüenza de la familia? ¿Sentir que sus propios padres los desprecian por no ser lo que ellos quieren que seamos? ¿El no ser aceptadas por lo que verdaderamente somos? Pero ojo, yo no sólo soy lesbiana, y Abigail no sólo es esquizofrénica. Hay mucho más en nosotras, mucho que ellos nunca supieron ver ―tenía ganas de llorar, pero no le daría ese gusto a mi madre.

―¿Qué mierda les pasa? ―preguntó mi padre, parecía estar muy enojado.

―Sí, ¿por qué se inventan todas estas idioteces? ¡Nosotros les dimos todo!

―¡Callate, vieja de mierda! ―todos se quedaron helados, la que gritó esta vez fue Lara―. ¿Cómo podés ser tan hija de puta? Echaste a tu hija a la calle…

―¡Le dimos un departamento! ―exclamó mi papá.

―¡Se lo dieron para sacársela de encima! ―intervino mi hermana―. Yo misma los escuché hablando cuando decidieron dárselo, dijeron que esa era la única forma de que Lucrecia no les arruinara la vida. ¿Arruinar qué? ¡Si su vida no es más que puras apariencias! Por más que se inventen todas las mentiras del mundo, nunca van a poder cambiar lo que realmente somos Lucrecia y yo… ¡Nunca!

―¿Cómo es posible que nunca nos hayas contado todo esto? ―le preguntó mi tía Cristina a mi madre, quien era su hermana―. ¿Es cierto que Abigail tiene esquizofrenia? Vos nos dijiste que era medio tonta… pero la nena no parece ser tan tonta…

―¿También es cierto que echaron a Lucrecia a la calle? ―una vez más fue mi tío Mario el que preguntó.

―Sí, es cierto ―me sorprendió mucho ver a mi prima Leticia, ni siquiera me había percatado de su presencia―. Puedo dar fe de eso, Lucrecia se quedó unos días en mi casa… estaba desesperada buscando trabajo y algún lugar para dormir.

―Gracias por permitirme quedarme en tu casa ―le dije con sinceridad.

―No, Lucrecia, gracias a vos… por ayudarme a ver el mundo de otra manera ―miró a todos los presentes, estaba pálida y le temblaban las manos―. Yo… yo también… a mí también me gustan las mujeres. No sé si andaría de novia con una, pero me gustan… nunca me animé a reconocerlo, por miedo… pero gracias a Lucrecia pude considerarlo mejor. Hace un tiempo tuve una… aventura… con una mujer. Necesitaba estar segura… ahora ya me quedó claro, me gustan… y si ustedes no están de acuerdo con eso, entonces váyanse a la mierda… yo quiero hacer mi vida como me haga feliz.

―¿Acaso acá no hay nadie que le guste la verga? ―preguntó mi papá, muy enojado.

―A mí ―contestó mi primo Felipe, poniéndose de pie.

Todos los presentes, yo inclusive, lo miramos anonadado.

―Era un chiste, carajo ―prosiguió―. Estaban todos a los gritos… quería que se calmaran un poco. A mí me gustan las mujeres.

―¿Decir pelotudeces en momentos inapropiados, es de familia? ―preguntó Lara.

―Definitivamente ―le respondí.

―A mí sí me gusta la verga, hace poco me comí dos juntas ―dijo mi hermana―. No es chiste.

A mi madre le cayó tan mal la noticia que se tambaleó, y tuvo que sentarse en una silla, para no caerse.

―Me imagino que todos van a tener que procesar un montón de información ―dije―. Leticia, te felicito por tu confesión, se necesita mucha valentía para admitirlo.

―Gracias a vos, Lucre ―me dijo con una cálida sonrisa―. Espero que seas muy feliz con tu novia.

―Lo soy ―miré a Lara―. Te traje hasta acá para aclarar toda esta situación ante mi familia, y para demostrarte que no me importa lo que nadie piense, yo sólo quiero estar con vos. Quiero ser feliz a tu lado. Espero que este pequeño gesto haya servido para remediar un poco el daño que te hice.

―Sí… sí que sirve ―me dio un corto beso. Debe cierto que no hay nada más incómodo que besarse frente a los suegros, especialmente si éstos te odian con todo su ser.  

―Además tengo que decirte otra cosita ―tragué saliva, las manos me comenzaron a temblar como lo habían hecho las de mi prima, instantes antes―. Vos sos la persona más maravillosa que conocí en mi vida, y me estás ayudando a recomponer mi vida; espero estar dándote la felicidad que prometí darte.

―Sí, lo estás haciendo ―ella sonrió, estaba al borde de las lágrimas.

―Me alegra saberlo… por eso mismo ahora quiero pedirte que seas mi compañera, de por vida.

―¿Eh?

―Eso mismo, Lara… ¿querés casarte conmigo? ―pregunté tomándola de las manos.

―P… pero… ella dijo que no ibas a… ―miró a Abigail, y ésta le respondió:

―Si alguna vez te dijeron que los locos siempre decimos la verdad, te aviso que no es cierto.

―Me da mucho miedo la respuesta que vas a dar ―le aseguré―, porque te noté demasiado relajada cuando mi hermana dijo que no te lo iba a pedir.

―Es que… por un momento creí que sí lo ibas a hacer, y se me subieron los ovarios a la garganta… me tranquilicé al saber que no tendría que pasar por eso ahora mismo… pero eso no significa que la idea no me guste.

―Entonces… ¿qué carajo hacemos? ¿Nos casamos, o no? Respondeme, porque ahora la que tiene los ovarios en la garganta soy yo… y en cualquier momento los escupo.

―Nunca me voy a cansar de escuchar tus estupideces, Lucrecia, las amo. Eso fue lo que hizo que me enamore vos. Claro que sí me quiero casar con vos… y si a tus padres no les gusta la idea, se pueden ir bien a la mierda.

―Te amo, enana.

―Yo también te amo, boluda.

Sellamos el pacto con un apasionado beso frente a toda mi familia.

Por primera vez en mi vida supe que la felicidad no era una meta, sino un camino a transitar… y lo haría junto a la mujer de mi vida.

FIN.

 

Gracias a todos los que leyeron esta historia hasta el final, espero que me dejen sus comentarios dándome su opinión sobre la misma, y espero que hayan podido disfrutar tanto leyendo este relato como yo disfruté escribiéndolo.

 


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