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Fecha: 28-Abr-17 « Anterior | Siguiente » en Grandes Series

Smallbird y el enamoraputas. Capítulo 14

Alex Blame
Accesos: 1.555
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 36 min. ]
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Un día agitado que termina con una sorpresa. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

14

 

Gracia me despertó con su llamada a eso de las once de la mañana. La cabeza me daba vueltas y  no podía recordar nada de lo que había pasado la noche anterior, más allá de la cena en un restaurante indio.

Entre los aguijonazos que atravesaban mi cabeza, conseguí entender que habían encontrado el arma homicida en una  vieja caja de herramientas escondida en el garaje. Habían detenido inmediatamente al padre de Rosa y se lo habían llevado a la comisaría.

Según Gracia se había mostrado muy sorprendido cuando encontraron la herramienta con lo que parecían ser manchas de sangre en la bisagra, balbuceó algo de que la había perdido y se rascó la cabeza intentando recordar cómo podía haber llegado el arma hasta allí. Solo fueron unos segundos, el sospechoso se repuso rápidamente cerrando la boca y pidiendo hablar con un abogado.

Me levanté con las piernas temblando y el estómago revuelto. Me duché con agua fría y tomé un par de paracetamoles. El estomago se calmó un poco y el dolor de cabeza se convirtió en apenas una molestia, pero mi imagen en el espejo seguía siendo deplorable.

Al desviar la mirada vi un tarro de crema antiojeras que se había dejado Vanesa antes de irse. Lo cogí y lo observé con atención, recordando cómo se lo aplicaba todas las noches antes de acostarse. Aun no sé muy bien por qué, pero lo abrí. Aspiré el aroma que salía del tarro y una oleada de recuerdos me asaltó. Torcí el gesto y llevado por un impulso  me extendí el potingue generosamente por mis parpados inferiores.

Desayuné un café con leche y unas magdalenas y me vestí. Cuando salía del piso me miré al espejo y como esperaba mis ojeras tenían el mismo color violáceo que a la hora de levantarme.

Pensando en la de estupideces que hacíamos los humanos y la de dinero que gastábamos en busca de remedios milagrosos arranqué la moto y me dirigí al trabajo.

María me recibió con un gesto hosco. Al principio pensé que era por haber llegado tarde y sospechar que había estado de juerga sin ella, así que cuando entró detrás de mí en el despacho esperaba una escena de celos. Nada más lejos de sus intenciones.

—¿Se puede saber quién coños te crees? —dijo mi secretaria hecha una furia.

—No sé qué te imaginas, —respondí dispuesto a responder a lo que creía que era un ataque a mi independencia—pero no creo que a estas alturas tenga que darte cuentas de lo que hago en mi tiempo libre...

—¡Me importa un huevo lo que hagas en tu tiempo libre! ¡Por mí como si te prendes fuego y te tiras por un acantilado! ¡Lo que no tolero es que andes entrometiéndote en la relación que tengo con mis hijos a mis espaldas!

Me costó aun unos segundos más darme cuenta de que estaba hablando de su hijo. Mientras tanto ella continuó al ataque:

—¿Quién te ha dado permiso para contarle a mi hijo la verdad de cómo es su padre? —preguntó señalándome agresiva con su dedo índice.

—Lo, siento. Realmente no tenía intención, pero tu chico se puso tonto y decidí abrirle los ojos y de paso hacerte un favor. —respondí encogiéndome ante la mirada de ira de María.

—¡Pues gracias por el favor! Ahora no solo no me habla a mí sino que no le habla a nadie. Se ha encerrado en su habitación y solo le he visto el pelo en el desayuno antes de ir al colegio. Y por si fuera poco se lo ha contado a su hermana pequeña que se ha pasado toda la noche llorando porque su papá es un criminal.

A estas alturas yo no sabía dónde meterme, pensé en decirle que se dejase de estupideces y que ya era hora de que sus hijos supiesen la verdad. Nunca he tenido hijos, pero siempre he creído que la forma que tiene la sociedad actual de sobreprotegerlos y de intentar aislarlos de la cruda realidad no es buena para ellos, pero como ella muy bien decía y en eso tenía razón, yo no era quién.

—Lo siento mucho. Quizás haya actuado irreflexivamente y no haya pensado en las consecuencias. Te ruego que me perdones.

—¡Joder! Ya estamos. La palabra favorita de los hombres. Primero la liais bien gorda y luego pedís perdón y ponéis ojitos de cordero degollado. —me espetó irritada— Con eso creéis que todo queda arreglado.

Yo intenté disculparme de nuevo, pero ella como toda respuesta pegó un resoplido y abandonó primero mi despacho y luego la oficina con sendos portazos.

Cagándome en todos los muertos, me quedé en el escritorio diciéndome a mí  mismo que eso me pasaba por liarme con mi secretaria. Siempre tenía que hacer el gilipollas. Mientras me hundía en estas cavilaciones y me preguntaba si había perdido a mi secretaria para siempre, no podía evitar pensar, con un leve sentimiento masoquista, lo bonitos que refulgían sus ojos verdes animados por la cólera que hervía en ella.

Sacudiendo la cabeza, me dije a mi mismo que si conseguía que María no  dejase el puesto, tendría una charla con ella. Nada de relaciones que no fuesen estrictamente profesionales. Solo trabajo.

Como no tenía nada que hacer, solo esperar  los resultados de los análisis que confirmasen que la herramienta del padre de Rosa era el arma del crimen, llamé al nuevo cliente para pedirle unos datos preliminares y decirle que pronto empezaría a ocuparme de su caso.

Terminé rápidamente y fui a comer algo. Mi estómago pareció aceptar la comida basura sin demasiadas complicaciones. Justo cuando estaba terminando unas natillas que solo sabían a plástico, Gracia me llamó diciéndome que tenían los resultados preliminares del laboratorio y que iban a interrogar al sospechoso.

Dejé el dinero de la cuenta junto con un poco de propina y salí volando del restaurante. Cuando llegué ya tenían al padre de Rosa sentado ante Carmen, en la sala de interrogatorios, en compañía de su abogado.

—¿Ha dicho algo? ¿Qué me he perdido? —le pregunté a Gracia en cuanto entré en la sala de observación.

—Su abogado acaba de llegar. Hasta ahora, lo único que ha admitido es que se llama Abelardo López y que es el padre de Rosa López.

—¿Le habéis preguntado si conoce a Omar?

—Sí, le enseñamos su foto—respondió la policía después de mirarme unos instantes como preguntándome si creía que era tonta— y ha respondido que no conoce a ese hombre de nada.

Iba a hacerle más preguntas, pero Carmen comenzó de nuevo el interrogatorio poniendo su as sobre la mesa metálica:

—¿Entonces puedo preguntarle cómo demonios hemos encontrado este cortacables con restos de sangre de Omar en su garaje?

—¿A mí qué me cuenta? Ustedes lo sabrán que lo han puesto ahí.

—¿Está diciendo que esta herramienta, marcada con las letras AG en el mango no es suya? —preguntó Carmen alargando el arma del crimen para que el abogado pudiese observarla a través de la bolsa de pruebas en el que estaba envuelta.

—Me la robaron hace unos días y no he vuelto a saber nada de ella hasta hoy. —respondió el hombre a punto de explotar— Hice un informe para mi jefe y una solicitud por triplicado para conseguir una nueva, pueden comprobarlo... si de veras están interesados en conocer la verdad.

—Eso no demuestra nada. —replicó Carmen— pudo esconderlo y pedir otro nuevo con la intención de deshacerse del arma posteriormente.

El hombre hizo el amago de levantarse rojo como la grana, pero el abogado, un tipo maduro y reflexivo, le puso la mano en el hombro obligándole a permanecer sentado y recomendándole que no dijese nada más.

Carmen se levantó un instante y salió de la estancia para tomarse un respiro mientras Arjona continuaba haciendo preguntas a las que Abelardo replicaba con un hosco silencio.

—Bueno, dejemos que Arjona lo siga ablandando un poco.

—Hola, Smallbird. —saludo Carmen al entrar— Está visto que no podemos librarnos de ti.

—Ni de mi ayuda desinteresada. —dije yo sonriendo de nuevo— Un tipo durillo, ¿Eh?

—Puede ser lo que le dé la gana.  Le tenemos pillado... Solo nos queda relacionarlo con Omar.

—Yo sé cómo.

—¿Por qué no me extraña y por qué no se lo has contado a Gracia?

—La tuvisteis estos días ocupada, no es culpa mía. —respondí encogiéndome de hombros—Anda, déjame entrar.

Carmen me miró con cara de pocos amigos, pero finalmente accedió y me invitó con un gesto.

—Hola, ¿Qué tal? —saludé— Arjona, creo que quieren que vayas rellenar no sé qué impresos...

Arjona interrumpió el árido interrogatorio y se fue sin decir nada, echando chispas por los ojos mientras yo me sentaba en su silla aun caliente y aprovechando la confusión de mis interlocutores les dejé creer que era otro policía más.

—Creo que antes has dicho que no conocías a este hombre de nada. —dije mostrándole la foto de Omar de nuevo al sospechoso— ¿Estás seguro?

—Sí. —respondió Abelardo a pesar de que el abogado insistía en que no dijese nada.

—Entonces ¿Cómo es posible que uno de los guardas de la urbanización donde vivía le haya identificado como la persona que intentó colarse para verle dos días antes de su muerte? —pregunté exagerando un poco.

—Yo...

—Y no me diga que pasaba por allí por casualidad. Como no le dejaron entrar, volvió la noche del asesinato, al terminar de trabajar y se coló en su casa para hablar con él. Seguramente no quería hacerle daño, solo quería hablar y la cosa se puso tensa. En ese momento se puso violento y usted solo se defendió. Uso lo primero que tenía a mano. —continué cogiendo el cortacables.

—No, yo no...

—Lo sacó de esos cinturones de herramientas que llevan siempre encima y le golpeó en la sien.

—Eso no es cierto... —intento replicar de nuevo el sospechoso.

—En ese momento oyó un ruido y se alejó sin reparar en como Omar caía inconsciente en la piscina...

—¡No! ¡Yo no he matado a ese hombre! —gritó el hombre levantándose incapaz de contenerse más— Ese hijoputa embarazó a mi chica y luego la dejó tirada como un trapo viejo. Dios ha sido bondadoso y ha eliminado esa alimaña de la faz de la tierra y yo le doy gracias...

—Y  usted solo ha sido su instrumento... —añadí intentando darle cuerda para que se ahorcase el solo mientras su abogado intentaba calmarle.

—¡Mentira! No negaré que me satisface que ese cabrón este muerto, pero no he tenido nada que ver.

Consciente de que no iba a sacar nada más de él, me levanté mientras el hombre gritaba y me insultaba, señalándome con el dedo, repitiendo una y otra vez que no era el culpable del asesinato mientras el abogado intentaba inútilmente calmarle y abandoné la sala de interrogatorios hinchado de satisfacción.

—Bueno esto es lo más parecido a una confesión qué vais a sacar de ese tipo. —dije yo a Carmen y a Gracia que me esperaban al otro lado de la puerta— Ahora tenéis el arma, un móvil y un testimonio que lo sitúa en el lugar del crimen dos días antes del asesinato. ¿Qué tal si vamos Gracia y yo a hacerle una visita al jefe del sospechoso para averiguar algo más sobre él mientras vosotros interrogáis a su mujer y su hija?

—De acuerdo. Pero tendréis que ir ahora mismo y no pienso pagarte la horas extras. —dijo Carmen dando instrucciones para que volviesen a llevar al señor López de vuelta al calabozo.

 

Sin darle tiempo a la teniente a arrepentirse, cogí a Gracia por el brazo y me la llevé fuera de la comisaría. A estas alturas ya había desistido de llevar a Gracia en mi moto y dejé que me guiase al viejo Toyota. Con la radio chasqueando, me senté en el asiento del acompañante admirando lo limpio que estaba para ser un coche de policía. Al mirar por todos los rincones, buscando infructuosamente   una mota de polvo o una mancha de orines, vi una fina carpetilla.

—¿Es el informe preliminar del arma del crimen? —pregunté alargando el brazo en dirección a los papeles.

El informe era breve. Mientras le iba dando indicaciones a Gracia, lo leí y observé las fotografías donde se podían ver perfectamente las iniciales del sospechoso grabadas en el mango. 

Cuando terminé la lectura carraspeé unos instantes, golpeé suavemente el salpicadero con el informe y me callé.

—Está bien, ¿Qué ocurre? —preguntó Gracia que ya empezaba a conocerme.

—No sé, aquí hay algo que huele a cuerno quemado. —respondí— Está claro que la sangre de la cabeza de la herramienta es de Omar y mía. Aunque aun no tenemos el análisis de ADN, el grupo sanguíneo coincide.

—¿El grupo sanguíneo? ¿Pero eso no tiene un margen de error bastante mayor que la prueba de ADN?—preguntó Gracia.

—El grupo sanguíneo no solo consiste en el sistema ABO y el Rh. Para las transfusiones, a veces se analizan más de veinte fenotipos en un kit que tarda unos cinco minutos en darte el resultado. Fermín ha sido lo bastante riguroso como para hacer veinte alelos, por lo que las posibilidades de que dos personas tengan los mismos alelos no son tan bajas, pero aun así son ínfimas. La prueba del ADN está bien para líos de parentesco y para quedar como un Dios infalible delante de un jurado, —respondí— pero siempre que haya restos de sangre, a efectos de la investigación, los cinco minutos que tarda la prueba sanguínea hace que esta sea mucho más práctica.  Lo que no me cuadra es que el arma no tenga ni una sola huella. ¿Qué gilipollas se molesta en limpiar las huellas de la herramienta con la que trabaja todos los días y no limpia la sangre de la victima?  Es incomprensible.

—Bueno, las personas son incomprensibles, sobre todo si están trastornadas. Puede que no pensase con claridad...

—Y que en plena crisis, tras matar a Omar y llevado por los nervios me deja KO, pero no me mata. ¿Y pasadas unas horas, cuando es evidente que la policía está totalmente perdida, se pone nervioso, y la fastidia hasta el punto de no recordar deshacerse del arma homicida?

—Quizás quería conservarlo como un trofeo. —aventuró Gracia.

—¿Y luego pedir un cortacables nuevo? ¿No era mucho mejor comprarla y así no llamar la atención sobre su ausencia? Nosotros le pedíamos el cortacables, él nos daba el nuevo limpio y sin huellas y listo. Además, ese comportamiento es más típico de los psicópatas y Abelardo parece un tipo colérico, pero no un chiflado.

La llegada a la nave de la compañía telefónica interrumpió la conversación. Gracia aparcó el Toyota, esta vez en la parte delantera frente a la puerta principal.

Su placa de la detective hizo milagros frente a las secretarias y en cuestión de dos minutos estábamos en la oficina del inmediato superior del señor López.

Era obvio que había visto las noticias y nos estaba esperando. En cuanto entramos nos soltó una perorata previamente preparada en la que intentaba descargar de toda responsabilidad a la empresa. Gracia era un chica lista y consciente de que tenía que sacar al tipo de la zona de confort, interrumpió su discurso sin miramientos.

—Sí, ya lo sé... Señor Castillo. Somos totalmente conscientes de que esta empresa no ha conspirado para acabar con la vida del señor Omar Al Hariz. Lo que queremos saber es como es Abelardo como trabajador y como persona.

—Voy a serles totalmente sincero...

—Sabemos que lo es, no hace falta que nos lo diga. —volvió a interrumpirle la detective— Ahora por favor díganos, ¿Cómo es Abelardo?

—La verdad es que en lo personal es un tipo de lo más reservado y un santurrón. Nunca hace comentarios sobre su vida privada y no se queda jamás a tomar una copa ni nos acompaña en las comidas de empresa. La cesta de navidad la dona a Caritas y lleva una virgen en el salpicadero de su furgoneta.

—Entiendo, un hombre religioso. ¿Y en el trabajo?

—Es  un trabajador incansable y muy hábil. Cuando tenemos un asunto complicado, una de esas averías que parece que las ha causado un jodido gnomo, le llamamos a él y no para hasta solucionarlo. —respondió el hombre— Es tan hosco y cortante que no he encontrado un compañero para él, así que le suelo poner  a los novatos para que los curta, son los únicos que aguantan sus horarios y acatan sus ordenes sin vacilar y además aprenden mucho. Por otra parte solo con ellos es un poco más indulgente y suele tolerar sus fallos con mejor humor.

—¿Se lleva mal con sus compañeros?

—No es un jugador de equipo y cuando tiene que solucionar alguna cagada de algún compañero no duda en decirle a la cara lo que piensa y créame, no suele emplear palabras bonitas.

—Ya veo, una joya. —intervine yo.

—Sí pero es tan eficiente y tan rentable para la empresa que probablemente me despedirían antes a mí que a él. De hecho tiene algunos privilegios de los que carecen la mayoría de los empleados como poder llevarse la furgo a casa.

—¿Tiene un horario fijo?

—Le mandamos los avisos de las averías por internet, sale directamente a trabajar y termina cuando se le acaba el trabajo de lunes a sábado y cuando, como en esta época del año, estamos desbordados, también algunos domingos. La furgoneta tiene GPS y así sabemos más o menos su jornada laboral y sus movimientos, aunque cuando le apetece que no sepamos donde está lo desconecta. Como saca el trabajo adelante no le reñimos demasiado y el no abusa.

—¿Almacena el recorrido del GPS de su furgoneta? —pregunté yo.

—Sí, el suyo y el de todos los compañeros durante un año.

—¿Puede mostrarnos los movimientos de Abelardo de el lunes y el martes de hace dos semanas? —preguntó Gracia inclinándose hacia delante con interés.

Castillo asintió y tecleó varios comandos en el móvil antes de girar la pantalla para ponerla a la vista. Tal como esperaba, la furgoneta había trazado un complicado y largo dibujo por el norte de Guadalajara durante toda la mañana y la señal se interrumpía en un restaurante de carretera cerca de la autovía de Valencia. A una señal nuestra, el hombre apretó una tecla y apareció el día siguiente con el mismo patrón.

Antes de que Gracia interviniese, le pedí al hombre que fuese atrás en el tiempo y el mismo patrón se repitió los seis días anteriores.

Estaba claro que aquel hombre ocultaba algo. De repente se me ocurrió una idea.

—Una pregunta más, ¿Cómo hacéis con los repostajes?

—Los empleados tienen una tarjeta que utilizan para las comidas y los repostajes. Su única obligación es entregar los tickets para comprobar que no gastan dinero en exceso.

—¿Tienen la obligación de repostar en alguna cadena de gasolineras en concreto? —continué.

—No, siempre que conserven los tickets.

—¿Conservan los tickets? ¿Podemos ver los de esos seis días?

—Castillo volvió a teclear y nos mostro una serie de tickets digitalizados. Como esperaba y deseaba, uno de ellos pertenecía a la gasolinera que estaba a menos de un kilómetro de la urbanización de Omar. López había repostado treinta litros de diesel el sábado por la tarde así que ya teníamos pruebas de que había sometido  a vigilancia la casa de Omar o por lo menos lo había intentado.

—¿Perdió López alguna de sus herramientas? —preguntó Gracia evitando mencionar el cortacables.

—De eso también tengo un registro. —respondió el hombre mostrándonos en el ordenador  la imagen de otro documento en el que el señor López constataba la pérdida de su cortacables.

—¿Robado? —inquirí yo.

—Probablemente lo perdió. A todo el mundo le pasa en alguna ocasión y no obligamos a los empleados a pagar las herramientas perdidas, a menos que les ocurra con cierta frecuencia, pero el tipo está tan convencido de su infalibilidad que insistió en que figurase que le habían robado el cortacables y eso que ello le obligaba a perder el tiempo  denunciándolo en una comisaría.

—Interesante. —dije yo por todo comentario.

—Una última pregunta, ¿Ha pasado algo inusual estas tres últimas semanas? —preguntó Gracia por rutina más que por esperar alguna respuesta interesante.

— No... Un momento, sí que hubo algo que me chocó. Hace dos o tres semanas vino un inspector de trabajo.

—Eso me parece más conveniente que interesante. —intervine yo.   

—Es cierto que no es un hecho fuera de lo común, pero si la inspección la realiza un panchito sí me llama la atención.

—¡Perdone! ¿Pero cree que es adecuado llamar a las personas originarias de Sudamérica de esa forma? —exclamó Gracia levantándose irritada.

—¿Se identificó? —pregunté interrumpiendo la perorata de la detective con un gesto.

—Todo parecía estar en orden, pero no realizó los controles usuales, se concentró más bien en asegurarse de que el material de trabajo de los empleados y las furgonetas estaban en buen estado, hasta pidió a uno de ellos su cinturón de herramientas, las observó con detenimiento y me pidió los albaranes de los pedidos del material de trabajo.

—¿Podrías recordar cuándo fue eso exactamente? —pregunté.

—Mmm creo que lo tengo apuntado en la agenda. Veamos...  fue el sábado, no, el viernes anterior al asesinato,  a las seis de la tarde.

Una picazón en la rabadilla me estaba señalando que había dado con algo.

—¿Podrías describirme al tipo?

—Lo siento, detective, a mi todos los atahualpas me parecen iguales. —respondió el hombre generando una nueva mirada asesina por parte de Gracia— Lo único que recuerdo era que era inusualmente alto y moreno y tenía una nariz grande y delgada, de esas que da a las personas aspecto de pájaros, tenía bastante pinta de indígena. Al verlo no pude evitar imaginarlo con un taparrabos y un hueso atravesando su nariz, cazando pájaros con una cerbatana.

—Ok, muy bien, eso es todo señor Castillo muchas gracias. —le dije mientras Gracia salía del despacho echando humo por las orejas.

 

—¡Ese tipo es un gilipollas! —explotó Gracia mientras recorríamos los pasillos camino de la salida.

—Pero me ha dado que pensar con lo del inspector de trabajo. —repliqué yo.

—¿Qué tiene que ver lo de ese tipo con el asesinato?

—Por sí solo no es significativo, pero, ¿Cuantos funcionarios con aspecto de sudamericano has visto en tu vida? ¿Cuáles son las posibilidades de que aparezcan un viernes por la tarde para hacer una inspección? ¿Por qué precisamente se fijó en las herramientas de los empleados y no le pidió los historiales de siniestralidad o los datos relativos a las horas que trabajaban los empleados? Y todo justo antes del asesinato de Omar. Según mi experiencia, que una persona genere más preguntas que respuestas, no suele ser buena señal. Y luego está el asunto del cortacables, ¿Por qué no limitarse a hacer la solicitud y evitar llamar la atención sobre el arma del crimen...?

—¿Para reforzar la teoría de una conspiración contra él? —replicó Gracia con un bufido.

De vuelta a la comisaría apenas hablamos. Era obvio que Gracia pensaba que la visita solo había servido para confirmar que el sospechoso había perpetrado el crimen con premeditación, pero yo no estaba tan seguro.

Nos despedimos rápidamente y yo cogí mi moto. En condiciones normales me iría directamente a casa, pero necesitaba saber si aun tenía secretaria así que me dirigí a la agencia.

Cuando llegué me encontré la puerta abierta, pero al ver el escritorio de María vacío, mis emociones oscilaron entre la sorpresa y la prevención.

Haciendo el menor ruido posible me acerqué a mi despacho y entreabrí la puerta.

La sorpresa casi me tiro de culo. En la penumbra y vestida con un salto de cama que dejaba poco margen a la imaginación, Rosa López estaba tumbada sobre el sofá, degustando un Chupa Chups. Afortunadamente, había entrado en silencio y ella aun no se había percatado de mi presencia, así que mientras ella jugaba con los bucles de su melena yo respiré hondo un par de veces y tras reponerme de la sorpresa, entré en mi despacho como si tener una joven desnuda y preñada en mi sofá fuese lo más natural del  mundo.

Me costó horrores dar cada uno de los pasos que me separaban de mi escritorio sin posar mis ojos sobre aquel cuerpo turgente, aquellos pechos hinchados por la preñez, aquel vientre tenso y prominente y aquellas piernas enfundadas en unas medias profusamente adornadas.

Me senté en mi sillón. El cuero crujió al recibir mi peso mientras mi polla crecía por momentos, a pesar de que aun no había intercambiado una sola mirada con aquella putilla.

—Buenas tardes Señorita López. —la saludé volviéndome por fin hacia ella—Me gustaría creer que mi atractivo animal te ha atraído hasta mí, pero me imagino que será por razones más prosaicas.

—Estás en los cierto, querido, estoy aquí por otra razón.

La joven se levantó dando un lametón al Chupa Chups. Yo había optado por mantener la habitación en penumbra con la intención de mantener mi libido bajo control. Pero la puñetera luna se colaba por los polvorientos ventanales y atravesando el vaporoso salto de cama perfilaba un cuerpo vertiginoso. Los pechos eran grandes y pesados, pero perfectamente redondos, con los pezones oscuros y erizados apuntando hacia mí. A pesar de su estado de gravidez, se acercó a mí con movimientos elásticos y felinos meneando el culo con una cadencia hipnótica y con una naturalidad que me parecía casi imposible encaramada como estaba a unos tacones de más de diez centímetros.

Cogió la silla que estaba frente a mi escritorio y cruzó teatralmente las piernas. Sé que es la cosa menos original que podría haber hecho, pero la verdad es que a mi polla le dio igual.

—He venido porque estoy desesperada. En cierto momento me pediste ayuda y luego usaste la información que te di para acusar a mi padre del asesinato de John... Omar, o cómo diablos se llame ese cabrón.

—Yo te prometí encontrar al asesino de tu amado, lo que no te prometí es que te gustase quién resultaría serlo. —dije yo ocultando las dudas que habían crecido en mi interior las últimas horas.

—Lo sé, pero también sé que estás equivocado. —dijo inclinándose sobre mí todo lo que su abultado vientre le permitía y abrumándome con un denso perfume con base de jazmín— Mi padre es un capullo integral, tiene mal genio y a veces puede parecer un tipo violento, pero también es un hombre religioso y jamás le he visto saltarse una misa o transgredir los mandamientos conscientemente. De ninguna manera lo creo capaz de matar a nadie, por mucho mal que le haya hecho. Además estaba en casa con nosotras en el momento del asesinato.

—Muy bonito, pero creo que eso debería decírselo a la policía, no a mí. —dije intentando parecer indiferente.

—Ya lo he hecho, pero ese maldito madero... Arjona se ha dedicado a mirarme los pechos y a ignorar mis respuestas a sus preguntas.

—Típico de él, pero sigo sin entender que pinto yo en todo esto.

—Quiero contratarle para que exculpe a mi padre.

—Y encuentre al verdadero asesino. —añadí yo.

—Eso ahora me importa un pimiento. Una vez consigas sacar a mi padre de la cárcel no quiero saber nada más de este jodido asunto. Me lo debes.

—Hija yo no te debo nada. Y si mi permites la pregunta. ¿Siempre que vas a contratar un servicio vas así vestida?

—La verdad es que no. Pero supongo que su tarifa no es barata y la verdad es que mi padre es nuestro único sostén económico. Sin él, lo único que poseo de valor es mi cuerpo. —respondió la joven cruzando de nuevo las piernas, dando un lametón al Chupa Chups y lanzando una mirada tan sucia que no pude evitar un escalofrío.

—¿Qué es lo que tienes en mente? —dije yo sin poder evitar justificar a Arjona mientras observaba como la joven se quitaba el salto de cama y se quedaba prácticamente desnuda ante mí.

Con una sonrisa la joven se giró y dejó que observase su culo prieto a placer. Me levanté del sillón y repasé con mi mirada aquel cuerpo pequeño desde la punta de sus tacones hasta la melena rubia cuajada de largos tirabuzones.

La verdad es que no os censuro si no os creéis nada de esta maldita historia. En realidad eso era justamente lo que estaba pensando mientras observaba desde mi sillón como se acercaba otra mujer hermosa dispuesta a cumplir mis deseos. Bueno, para ser sincero, también me preguntaba por qué no todos los casos podían ser como aquel.

 En la penumbra, Rosa se acercó a mí y me dio de nuevo la espalda. Aquel culo que había rozado levemente hacia unos días en la iglesia de Brihuega, ahora se mostraba en todo su esplendor, grande, terso, suave, una deliciosa tentación que deseaba acariciar y morder.

Separando ligeramente las piernas  y apoyándose en los brazos del sillón fue aproximándolo a mi crecida entrepierna. Con un suspiro y sin dejar de dar lametones a su Chupa Chups comenzó a menear las caderas y a  pegar pequeños saltitos sobre mi  pene erecto y duro como la piedra.

Sin dejar de pensar lo divertido que era ser un tipo sin escrúpulos, alargué las manos y acariciando aquellas nalgas vibrantes, las desplacé hacia su vientre tenso y pesado, pero increíblemente suave.

La joven ronroneó y sin dejar de menearse cogió mis manos y se las llevó a sus pechos. Los sospesé un instante antes de soltar la trabilla del sujetador y dejarlos libres para mi disfrute.

Al verse libres comenzaron a bambolearse ligeramente con el movimiento de la joven.

No podía aguantar más. Me levanté empujando a Rosa contra el escritorio y me bajé los pantalones.

Rosa liberó espacio de la mesa de dos manotazos, tirando un par de expedientes y el pisapapeles con mi antigua placa incrustada en él. Apoyando firmemente las manos sobre la madera y separando las piernas ligeramente se inclinó hacia adelante.

Admiré sus piernas y las acaricié, eran suaves y brillaban a la luz de la luna como si estuviesen fundidas en plata. Sentí deseos de follarla, pero quería seguir observándola, como quién observa una obra de arte. Le di la vuelta. Su embarazo era evidente. Sus pechos eran enormes, estaban operados y el embarazo los había aumentado aun más.

Me preguntaba si unos pechos operados podían producir leche como unos naturales, lamentablemente dudaba que consiguiese respuesta para esa cuestión ya que, por el tamaño de la barriga,  Rosa no debía estar de mucho más de cinco meses.

Acerqué mis manos temblorosas a aquella tripa tensa y brillante.

—Adelante, no va a salir ningún alien a morderte.

No—pensé— Pero si el bicho que hay dentro da una patadita salgo corriendo.

Su piel era suave y olía a limpio. Recorrí su barriga con mis manos, acaricié su ombligo, ahora ligeramente saliente y llegué a su pubis totalmente depilado y tan cálido y suave como el resto de su piel.

Rosa gimió al sentir el contacto de mis dedos en su sexo y me lanzó una mirada rebosante de lujuria. De un saltito se sentó en el borde del escritorio y separó las piernas dejando su sexo a mi merced.

Me agaché y acariciando el interior de sus piernas lo besé a través de la seda transparente. La joven volvió a gemir, esta vez más fuerte y se echó hacia atrás, tumbándose sobre el escritorio y arqueando la espalda.

Parando solo para quitarle aquel molesto tanga repasé todo su sexo con mi boca mientras le acariciaba el vientre y  estrujaba sus pechos.

Incapaz de contenerme más me incorporé con la polla erecta. La visión del cuerpo de la joven, indefenso y tembloroso me hizo vacilar, pero una sola mirada de aquella chica me hizo recordar a lo que se dedicaba y como un  lobo me lancé sobre ella penetrándola con empujones salvajes y estrujando sus pechos con todas mis fuerzas.

La joven se estremecía y gritaba con cada uno de mis empujones enlazando sus piernas en torno a mis caderas y estirando su cuerpo, exhibiéndose y mirándome con impudicia.

Cogiéndola del cuello la obligué a incorporarse hasta que nuestros vientres contactaron. Mirándola a los ojos, seguí penetrándola con golpes secos, cada vez más rápidos hasta que un fuerte orgasmo la conmovió. Aun se estremecía cuando agarré uno de sus pechos y lo chupé con fuerza haciéndola reír.

La saqué de la mesa y la obligué a arrodillarse frente a mí y sin darle tiempo a ponerse cómoda le metí la polla en la boca. Rosa abrió la boca sin rechistar y dejó que le incrustase mi miembro en el fondo de su garganta. Hundí mis manos en su fragante melena y comencé a empujar sin apresurarme, disfrutando de la calidez de su boca.

La joven alzó su mirada y permitió que observase como sus grandes ojos se anegaban de lagrimas por el esfuerzo de mantener mi polla en su boca. Tras unos instantes las lágrimas rebosaron, tiñendo sus mejillas con restos de rímel y dándole un aspecto de muñeca rota.

Aparté la polla unos instantes y la cogí por la barbilla. Rosa tosió y gruesos hilos de saliva escurrieron de su labio inferior y fueron a caer entre sus pechos. La solté y ella sonrió antes de abrir la boca y comerme de nuevo la polla. Esta vez fue ella la que tomó el mando y empezó a chupar con fuerza. Tras unos segundos tuve que retirarme a punto de estallar.

Obligándola a erguir su torso flexioné un poco las piernas y golpeé sus pechos con mi miembro. Agarrándolos con las manos los sobé y acaricié los pezones mientras lo alojaba entre ellos. Rosa gimió y dejó que apretase los pechos contra mí y comenzase a follarlos.

Rosa bajó la cabeza y con su lengua lamía mi glande cada vez que asomaba por su escote. Mis movimientos se hicieron cada vez más rápidos hasta que no pude más y apartándome eyaculé sobre sus pechos, su vientre y su cuello.

Rosa recibió mi lluvia de semen con una sonrisa y levantándose con dificultad se quedó frente mí haciendo dibujitos con el semen que cubría su torso mientras me miraba con aquellos ojos que unas veces parecían fríos como el hielo y otras veces ardientes como el infierno.

Aun jadeando, la observé, la visión de su cuerpo era una paradoja, brillante de sudor y lujuria y a la vez con el toque de vulnerabilidad que le daba la preñez y los churretones de rímel recorriendo sus mejillas. Sin poder evitarlo me acerqué a ella y acaricié una vez más su vientre hinchado y su pubis cuidadosamente depilado.

—Entonces, ¿Tenemos un trato? —pregunto ella entre suspiros.

Sin dejar de acariciar su sexo, la mire a los ojos, en el fondo de ellos, parcialmente velado por el placer, creí ver un destello de preocupación. Supongo que en el fondo todas las hijas quieren a sus padres.

—Desde luego. En realidad estoy casi convencido de que tu padre no es el asesino. —dije yo apartándome bruscamente de ella.

La joven cambió de expresión y se acercó a mí con los ojos chispeando de furia. Rápida como una serpiente me soltó un bofetón.

—Eres un cabrón y follas de pena —dijo la joven cogiendo su ropa y saliendo de mi despacho.

—Otra clienta satisfecha —dije  mientras  trataba de fijar en mi mente aquel cuerpo delicioso y me frotaba la mejilla sonriendo.

Esta nueva serie de Smallbird consta de 18 capítulos. Publicaré uno  a la semana. Si no queréis esperar o deseáis tenerla en un formato más cómodo, podéis obtenerla en el siguiente enlace de Amazón:

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Un saludo y espero que disfrutéis de ella


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