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Fecha: 06-May-17 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Lazos ardientes

AmbarConeja
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Cuando madre e hija compiten entre sí, algunas cosas pueden salir mal. pero, no cabe dudas de que las dos son insaceables! Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Lazos ardientes

Andrea tiene 39, es madre soltera desde los 19 y da clases de idiomas en un instituto. Es de una familia decente y nunca tuvo inconvenientes económicos, aunque sí grandes carencias de afecto. Su hija Yamila nació en el medio de un alboroto sexual que día tras día la diplomaba como la más atorranta del cole, y el padre jamás se hizo cargo. No porque no quisiese. Es que gracias a su prontuario, ni ella sabía cuál de todos con los que cogía desde temprana edad fue el que le llenó la panza de huesos.

Ella era provocadora, siempre alegre y toquetona. Participaba en cuanto desfile, feria o torneo estudiantil se organizara con tal de no estudiar, y le fascinaba mamarle la pija a los varones en el baño, como resultado a sus precoces visitas para verlos hacer pis embobada.

Debutó a los 18 con un primo que doblaba sus años, en medio de la noche buena en el galpón del abuelo. Se llama Danilo y hasta hoy se frecuentan para revolcarse si la calentura los enceguece con la misma pasión que cuando adolescentes.

Danilo siempre fue la pija recurrente en su vida, incluso mientras estuvo embarazada de Yami.

Faltaban dos meses para el fin del año escolar cuando Andrea se da cuenta de su estado y deja de asistir. Así todo no abandona los boliches ni las salidas al club donde dos por tres se enfiestaba con algunos chicos, ni dejó de enamorar al que deseó en el momento para llevarlo a su cama.

Mientras Yamila dejaba los pañales y comenzaba a dar sus primeros pasos, ella tenía explosiones hormonales más intensas cada vez que la conducían solo a pensar en sexo. A Yami nunca le faltó nada de lo básico, incluyendo algunos lujos, porque enseguida su mami obtuvo buenos empleos. Pero sí tuvo desatenciones. Es cierto que Andrea probablemente haya disfrutado sabiendo que su hija dormía al lado de su cuarto mientras ella cogía como loca con su macho de turno.

Todo hasta que una tarde, Yami llegó radiante del cole, con ganas de su merienda y alguna peli. Pero ocurrió lo inevitable. Vio a su madre sentada en una sillita, con las gomas libidinosas brillando de desnudez en el reflejo de la ventana, con el pelo mojado y suelto, los ojos cerrados y las piernas abiertas, entre las que el portero del edificio en el que vivían sumergía su cabeza para comerle la vagina y estirarle la bombacha con los dientes. Yami se ruborizó con una sofocante cosquilla en su cuerpo que la hizo temblar, y no podía hablar mientras el tipo se ponía de pie aterrorizado, y Andrea buscaba taparse con lo que sea.

Ese día algo había cambiado para las dos. Andrea no lo notaría pronto, pero Yami esa noche hasta se hizo pis con 18 años de tanto tocarse, recordar y seguir generando calor en sus primeras sensaciones.

Durante unos días Andrea cuidó la efusividad de sus orgasmos. Pero en breve siguió gozando con cada acabada, y Yami se desvelaba imaginando, recreando y hasta soñando con sexo.

Una noche mientras Yamila dormía en calzones y destapada con sus 18 años cansados por sus actividades deportivas y el calor de un verano implacable, Andrea en el living fumaba y bebía ron con Danilo, aquel primo de la infancia y el presente. El alcohol y el morbo de lo prohibido tal vez los condujo a la cama de Yami, y Andrea se animó a sacarle la pija afuera de su bóxer, a pajearlo y a pedirle que le mire la cola a su nena, y más tarde que se agache para que pueda olerla pero sin tocarla. Danilo se negó, pero preso de los encantos de las gomas de su prima en su espalda lo hizo, y pronto corrieron presurosos al living donde él le acabó en la boca luego de bombear unos instantes en su conchita lujuriosa.

Danilo era para Yami ese tío copado que la malcriaba y complacía en todo. También el mismo que le hacía notar la erección de su pija en la colita cuando se la sentaba a upa para ver la tele juntos. Claro, después de la noche del ron.

Yamila fantaseaba con él, con el portero del edificio, con su profe de gimnasia, con dos compañeros y con las tetas de su madre. Ya había descubierto que le gustaba que se le apoyen en la cola y que le den besos en la boca. Heredó de su madre aquella manía de meterse en los baños de varones para ver algo más, ya que solo había visto pitos en dibujos. También se estremecía mirándolos hacer pis.

Hasta que uno de los chicos del secundario le robó la virginidad allí mismo, cuando el celo de su curiosidad se lo pedía a gritos. Ella no tuvo que hacer nada, pues, él le comió la boca como si quisiera enamorarla, la manoseó, le mostró su pene y se lo hizo tocar, le bajó el pantalón y la bombacha para acaramelarle la conchita con besos suaves, lentos y delicados, y cuando los latidos de la vocecita de la nena se agolpaban en su pecho, él se la metió teniéndola contra la pared.

Ella sentía un ardor interminable mientras él la hamacaba suave, abriéndose paso a la pureza de Yami que gemía asustada, sorprendida y caliente. Ese estallido de semen, el primero de su vida se derramó todo en su bombachita apenas él se la subió y le sacó la pija de adentro con algo de sangre para pajearse junto a los labios de su vagina tierna como un durazno.

Aturdida y perpleja salió del baño sabiendo que al tiempo su fama de peterita se inscribiría en el colegio, en las paredes de su cuarto cuando mami trabajaba y ella lograba ratearse, o en la casa de alguna amiguita.

Con sus 18 años ya le había chupado la verga a todos los varones de sexto. Pero solo había podido coger tres veces. Andrea lo ignoraba por completo. Hasta que un lunes tórrido, ventoso y feriado se sorprendió cuando Yami se aventuró a darle una lección.

Ella había jurado que su hija salió con Macarena a terminar unos mapas. Pero, mientras se deleitaba peteando con vigor a Ricardo, que es el carnicero de la cuadra, Yami surgió como una estrella fugaz, en bombacha y medias blancas para arrebatarle la pija a su madre de la boca y decir impetuosa:

¡lamela así mamá, que me parece que no sabés chupar pijas!

La lamió unas cuantas veces y la llenó de sorbitos tras escupirla. Se la pasó por las tetas y la introdujo todo lo que pudo en su boca. No paró de subir y bajar mientras el cuarentón nublaba sus ojos, estremecía sus articulaciones y le manoseaba las tetas a la mujer que, por momentos creyó que todo era una dilocuente alucinación por los porros y el vino.

¡dale borreguita, seguí mamando y bajate la bombachita!, entredijo Ricardo mientras ella le marcaba los dientes en el cuero y, pronto un ramillete de leche espesa le rebalsó los labios. El tipo le sacó la bombacha y le limpió la carita con ella, y entonces, ahora las dos le retribuyeron una nueva erección con sus bocas endiabladas.

Andrea le chupaba la pija y Yami los huevos. Apenas Ricardo estuvo empalado soportó que la mujer lo cabalgue indignada por perder protagonismo a manos de su hija.

Yamila debía mirarla coger sentada en el suelo, mientras el tipo jadeaba absorto y la mujer le exprimía la tripa con la furia de su sexo.

Las dos comprendieron que entonces son rivales, competentes  y hembras en celo dispuestas a pelear por su territorio.

Los hechos se seguían sucediendo, aunque Yami jamás participó más que con sus ojos cada vez que pillaba a su madre cogiendo o peteando. Las dos tienen casi el mismo cuerpo, lo que hace que se presten ropa y accesorios. Pero Andrea vivía acomplejada porque su panza lucía algunas estrías por su embarazo prematuro, y Yami mostraba una tersura perfecta con un piercing que la hacía aún más sexy.

Una vez Andrea entró al cuarto de Yami mientras su amiga Macarena le hacía un pete a un pelirrojo, y ella se dejaba penetrar por un morenito de rastas que la sacudía de las trenzas y le mordía los hombros. Los 19 de Yami se habían revolucionado al punto que echó a Maca del depto y le pidió a su madre que se coja al pelirrojo. En breve Yami y Andrea, madre e hija, les cobraban una suma módica respetable a los nenes de la facultad para chuparles la pija. Pese a las diferencias, todo iba bien porque se divertían y, de paso juntaban unos pesos más.

Pero cuando Andrea al fin quiso sentar cabeza y formalizar su relación con Fabián, un profe de alemán que trabaja en su instituto que en teoría se separó para estar con ella, Yami lo complicó todo, y nada fue como antes.

Las aptitudes bucales del arte de Yami eran incontrolables hasta para su abuela, que en dos ocasiones debió hablar con Andrea por haberla encontrado peteando a sus primos. Hablaron de psicólogos, de una ginecóloga que le explique los riesgos a los que se expone con tales prácticas, de un cura para que le desvíe semejantes actos impuros, y hasta de encarrilarla con violencia.

Entonces, apareció Fabián, una tarde cualquiera, y fue descubierto por Yamila, quien llegó como siempre, con sus calzas ajustadas y su musculosa con brillitos. Se presentaron, compartieron un jugo y unas tostadas, Yami le ofreció un porro, y casi como un juego inocente le tocó al pasar el bulto con la mano, el que a esa altura reaccionaba a los estímulos que sus ojos recibían de sus tetas ya en corpiño.

Sonrieron, Yami se mojó entera y él solo miraba la tele para desentenderse. Pero pronto Yami se sentó en su falda, le dijo:

¡desprendeme el corpiñito que no llego!, y mientras él cumplía fascinado ella fregaba su cola en tamaña dureza. De golpe, como cautivo de una culpa impiadosa, él la empujó. Ella cayó inerte en el mismo lugar para descalzarse y darle unas pitadas al porrito, que ahora iba y venía de sus bocas.

¡me encanta sentirla en la colita, nunca lo hice por el culo!, le reveló Yami riéndose como una tarada. Él, mientras le decía que no quería bardo con su madre, que es una putita desubicada, que debía jugar así con los de su edad y un sinfín de argumentos, le deslizó la calza hasta los tobillos. Sacó su pija venosa de entre su ropa y sujetándola de las caderas se la refregó toda en el culo, la pajeó sobre su culote, y, de repente dejó que la lengua de Yami reconozca su virilidad con lametazos por demás groseros.

Cuando se cansó puso los codos sobre la mesa inclinando la cola hacia atrás, se metió el calzón en la raya y fue categórica.

¡quiero que me hagas la cola ahora, antes de que llegue mami!

Fabián estaba tan excitado y resplandeciente, empalado y embobado por esa cola que no pudo más que bajarle la bombacha, olerla, nalguearla con brutalidad, pellizcarla, rozarle las uñas y putearla mientras le lamía la vagina, y ella abría las piernas babeando el mantel.

En unos instantes, por primera vez su agujerito se estremeció apenas con el contacto de su glande púrpura, ya que Fabi se pajeó junto a él, usó su pija como un látigo contra sus nalgas rosadas y, solo tuvo el valor para calzársela un buen rato en la concha, donde se sintió el mejor de los amantes por su estrechez, sus jugos abundantes y los espasmos de placer que el cuerpo de la nena reproducían en su piel.

Casi le acaba adentro, porque fueron unas penetradas feroces, punzantes y desmedidas. La mesa crujía, el aire se evaporaba en gotas de sudor y ella pedía más, cuando al fin él se apartó de su flor y le hizo tragar de un solo sorbo profundo todo lo que fue capaz de su lechazo agitado. Esa y otras veces en las que cogieron, no habían sido descubiertos por Andrea, que volvía a ignorar y a subestimar los pocos escrúpulos de su hija.

Pero cierto lunes Yami no fue al colegio. Fabián se quedó dormido y faltó a su trabajo, entretanto Andrea cumplía normalmente con su labor de docente. A eso de las 11 Yami se muestra ante los ojos de Fabi en bombacha para pedirle lo que hasta aquí le había negado.

¡dale, hoy quiero que me rompas la cola!, dijo la nena con un dedo en la boca, y otros dos, los de su mano derecha estirándose un pezón. El flaco corregía unos exámenes e intentaba abstraerse. Pero cuando sintió que su pija le iba a reventar el pijama se puso de pie, la arrodilló de un zamarreo en una silla tras alzarla en los brazos, y le coloreó la cara con su pene, hasta que se anidó en su boca para que ella se dedique a succionarlo como a una mamadera de chocolatada caliente.

Andrea entró justo cuando los jadeos de Fabi se disipaban en chorros de semen inundando el paladar de la nena, pero prefirió ahogarse en su desilusión y quedarse en el umbral de la puerta para ver cómo ahora el hombre le revolvía la vagina con unos lengüetazos ruidosos. Ellos no la oyeron en ningún momento.

Pronto la arrodilló en el sillón mirando hacia el respaldo, le corrió la bombacha y, en un solo empujón le perforó el culo con un pijazo en seco. Fue tan preciso aquel golpe, ese limpio arrebato en el culito apretado de Yami que él no disimuló en absoluto el goce en sus ojos como leños ardiendo en cada arremetida a fondo, ni ella evitó putearlo, ni sus arañazos en el sillón, o menos aún los estrujes a sus pezones erectos. Por el contrario, se la pedía más adentro, más rápido y que no pare de tironearle el pelo.

La mujer mezclaba horror y excitación entre sus piernas, y se permitió estimularse el clítoris sobre la ropa, enfureciendo cada terminación nerviosa de su cuerpo y llenando su mente con lo que veía. En el fondo le gustaba ver cómo su nena se cogía a su macho, pero sabía que debía castigarla con todo el rigor que su potestad le confería.

De repente Fabi dio vuelta a Yami como a un almohadón, y enceguecido le puso la pija en la boca. Deliró unos minutos con el fuego de una peteada colosal, hasta que comenzó a darle unas bofetadas sin quitarle su pene a su lengua, y acabó incesante al grito de: ¡tragala toda putita lecheraaa!

Para Andrea eso fue demasiado. Bebió unos sorbos de una botella de whisky, y en medio de una discusión decidió echar a su novio de su hogar. Permaneció casi una hora ignorando a Yamila que no se movió de aquel sillón, hasta que por fin le exigió que fuera a su cuarto.

La rabia, el desconsuelo y el sinsabor de la traición se apoderaron de sus pensamientos, uno a uno. Entonces, tras unos espesos minutos como la niebla, ella siguió sus pasos.

¡¿te parece bien lo que hiciste?!, dijo sin aliento mientras cerraba la puerta y Yami se acostaba boca arriba en su cama desordenada. Hubo un silencio de muerte, y al fin Andrea se sentó a su lado posando sus manos temblorosas en las piernas de la nena para abrirlas entrediciendo: ¡sos una cerda inmunda!

Pronto tomó su agenda personal y la obligó a llamar a su noviecito Brian, a su mejor amigo Diego, y a Nico, el novio de Macarena, su mejor amiga. Debía citarlos a las 2 de la tarde en el depto, mientras la mujer le mordía los pezones y le revolvía la conchita con un dedo.

Yamila ni se inmutó. Lo hizo cuando eran las 12 del mediodía, y soportó cada porción de su castigo, rendida y consciente por espacio de 2 horas. Andrea la acarició tiritando de furia, le dio 5 cachetazos en el rostro sin mirar, le abrió la boca para olerla y morderle los labios hasta que la sangre comenzó a brotar. La escupió desde la cara a los pies sin ahorrarse insultos, y le retorció los pezones ahogando la clemencia de sus gritos con almohadones. Entretanto le dijo que estaba orgullosa de haberle comido la pija a sus últimos 3 novios y de haber cogido con uno de ellos en un telo. Buscaba la reacción de Yami, que aún vencida solo podía pensar en los latidos de su culito abierto. Además sabía que su madre le mentía.

La mujer le quemó las tetas con cigarrillo, le arrancó la bombacha y se la introdujo entera en la concha junto a sus 4 dedos sin nada de piedad. Cuando se la retiró se la obsequió a su boca, bien adentro para que se saboree directamente. Le mordió la vagina y marcó sus dientes en toda su piel mientras la azotaba con un cinto ancho de cuero.

La masturbó con un desodorante, quiso asfixiarla con una sábana en su cuello al tiempo que le enrojecía las nalgas con interminables rasguños y agudas quemaduras, y hasta rompió un vaso de vidrio para hacerle un corte en la teta derecha.

¡¿te gustó la leche de mi macho putona? Ahora me vas a chupar la concha, y después te vas a la mierda de mi casa!, sentenció Andrea mientras la ataba a la cama con cordones, se desnudaba y le restregaba las tetas en la concha. Dos cordones le amarraban las piernas, otros dos las muñecas, y uno un poco más sueltito atravesaba su cuello, mientras permanecía abierta, inmóvil y perdida, aunque nunca había estado tan caliente como entonces.

Le sacó la bombacha de la boca, le dio una pitada a un faso mal trecho y se le subió a la cara, donde obligó a Yami a lamerle el culo y la concha, sin quejarse por la forma en la que le estiraba los pezones y la masturbaba. Y cuando al fin su lengua, que aún atesoraba el sabor del semen de Fabián se adentró en su cavidad, entre esos labios hinchados de rabia pero extasiados de lujuria, la mujer empezó a saltar desenfrenada sobre el rostro de la pecadora, a refregarse resbaladiza, a intentar tener esa lengua lo más adentro que fuera posible, a darle patadas con los talones y a gritarle: ¡chupá zorrita, sacame todo pendeja de mierda, comeme bien la concha!

Apenas un dedo delgado de Yami entró sin filtro en el culo de Andrea y otro presionó su clítoris, ella comenzó a tener un orgasmo que duró mucho más de lo que ningún otro. En ese momento le pidió a Yami que se haga pis en la cama, que le muerda la concha con fuerza y le arranque los pocos pelos que tenía al ras de sus labios vaginales.

Casi se desmalla cuando el timbre irrumpió en la siesta, y luego de vestirse con una bata transparente, una tanga azul y una cola en el pelo corrió a la puerta. Yamila siguió allí, porque así tenía que ser.

En cuanto los chicos cruzaron el umbral del cuarto quisieron huir al ver a Yami en semejante situación. Seguía atada, con mordidas y quemaduras relucientes en la piel, hecha pis, desnuda y amordazada con pañuelos. La mujer se los explicó todo, con lujo de detalles, y como si se tratara de un conjuro, los 3 asintieron apenas Andrea concluyó: ¡¿no les parece que a esta calientapijas hay que darle una buena lección?!

Se sacó la bata, sentó a Brian en el lado izquierdo de Yamila, le comió la boca, y pronto comenzó a mamarle la pija. Los otros 2 se pajeaban junto a la cara desolada de Yami, especialmente Nico que le pegaba en la boca, cuando luego Andrea y Brian le olían la concha compartiéndose una pajita.

Pronto Andrea en cuclillas se la mamaba a los 3, mirando a Yami con violencia a los ojos cada vez que Brian se la introducía hasta la campanilla. Éste le sacó la tanga y se la hizo oler a todos. Cuando llegó a Yamila le escupió la cara y se le subió encima para acabar en cuatro bombazos precisos en su conchita abierta y lastimada.

En esos instantes le pegó algunas cachetadas y le mordió las tetas. Luego Diego y Nico se le treparon para metérsela con esfuerzo al mismo tiempo, y la nena sufría por el grosor de ambas pijas empaladas en su vagina que no lograba más elasticidad por las ataduras.

En cuanto Nico le inundó el útero con su sabia, el otro corrió hasta su boca para que se la trague con una tremenda presión en el cuello, mientras su madre sorbía todo lo que se acumulaba en el hueco de su sexo y se lo escupía en las tetas.

Pronto, los 3 le daban chotazos en la cara, la mujer la masturbaba casi con todo su puño adentro, y ella gritaba humillada, sucia y culpable pero sin arrepentimientos.

Los 3 le hicieron el culo, alternándose por momentos, y en otros bombeando con fuerza y asco en su conchita apenas la dieron vuelta. Andrea cogió delante de sus ojos con los tres, pero con mayor desacato con su novio Brian.

Cuando todo parecía un suplicio hostil, una pesadilla oscura y desgarradora llegó Macarena. Entró sin permiso porque todas las puertas estaban abiertas. Desató a su amiga mientras ésta recibía un último chorro de semen en la boca, precisamente el de su mejor amigo. Andrea cabalgaba a su novio y se la mamaba al de Maca.

La socorrió de inmediato. Le puso un vestido largo, unas ojotas y se la llevó casi sin poder hablar del espanto. Ni le importó que su novio estuviese allí. Yami respiraba a duras penas, ardía entre quemaduras, cortadas y moretones, olía a semen y a pis, y casi ni sentía sus esfínteres de tanto sexo. Pero al menos descansaba a salvo en su casa. Se la llevó tras explicarles todo a sus padres.

No denunciaron a Andrea. Yami y su madre no volvieron a verse. Pero lo claro es que ni aún separadas pueden evitar imaginarse siendo observadas una por la otra

cuando cogen gozando como locas.     Fin 


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