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Fecha: 13-May-17 « Anterior | Siguiente » en Grandes Series

La venganza del Pagafantas III

xiketete
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Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Capítulo III Alicia.

El fin de semana pasó volando. Tomamos el sol, vimos alguna peli (bueno, solo una en realidad…) comimos, hablamos. Y sexo, mucho sexo.

Pero todo llega a su fin y debía devolver a sus maridos a mis compañeras. Yumiko y yo hablamos antes de negocios con Elizabeth, que no era para nada la mujer florero que yo había pensado, y decidimos empezar un negocio juntos. La influencia de Yumiko tuvo mucho que ver, naturalmente.

La idea era abrir varias empresas con sede en Panamá. Esas empresas independientes entre sí, pero controladas directamente por mí, operarían en los principales mercados bursátiles de todo el mundo. El capital inicial lo pondríamos a partes iguales Elisabeth, Yumiko y yo mismo.

Yumiko y yo viajaríamos semanalmente por las principales sedes de las más poderosas bolsas del mundo, principalmente HongKong, Frankfour, Londres, Nueva York y Tokio. Haríamos contactos, crearíamos en esos mercados nuevas empresas dependientes de nuestras off shore de Panamá y aprovecharíamos para invertir a razón de lo que pudiésemos enterarnos. Información privilegiada, claro está. Poder saber lo que piensan de verdad los grandes financieros mundiales ayuda mucho a ganar dinero en bolsa. Para evitar sospechas por los rápidos enriquecimientos alternaríamos las inversiones con las diferentes empresas, e iríamos haciendo unos traslados continuos de capital de unas a otras para hacer un entramado financiero imposible de rastrear.

Les conté a mis padres que quería retirarme un año de la circulación y que nadie supiera de mí. Solo les dí a ellos un número de móvil por si acaso había alguna emergencia. Quería desaparecer, lo que ellos interpretaron como desesperación por la ruptura con Andrea, pero no me importaba.

Así pasó casi otro año. Inversiones, gimnasio, sexo con Yumiko, comida sana, más gimnasio, más sexo… descubrí que era sencillo destacar en deportes que incluían conocimientos o habilidades como el tenis. Las artes marciales no tenían secretos para mí… simplemente mirando al maestro. Otra cosa era la acción, pero mi cuerpo ya entrenado no tardaba mucho en seguir las rutinas de los ejercicios. Yumiko insistió en entrenamiento con armas de fuego, ignoro para qué, pero también me hice asiduo de las galerías de tiro tanto de armas de fuego como de tiro con arco.

Corría diez kilómetros diarios al amanecer, estuviera en la ciudad que fuera. La mañana era para los negocios bursátiles o de inversiones a largo plazo, pues el dinero empezó enseguida a fluir como un río demasiado caudaloso ya y había que meterlo en algún sitio, más que para evitar al escaso fisco panameño, para que se fuera perdiendo el rastro del mismo. Comida, dojo con Yumiko, y tarde noche libre. Y al fin, tras 11 meses intentándolo, Yumiko quedó embarazada.

Nada más confirmarse, voló al día siguiente a Japón para seguir allí el embarazo y tener al niño. Por supuesto, seguíamos en contacto para cualquier problema, y me dio el número y dirección de la persona que en caso de apuro, se encargaría del bebé. Nadie salvo ella y yo lo sabríamos. Conexión diaria por Skipe, pero no me hice muchas ilusiones, sabía que su trabajo todavía la absorbería más que a mí.

Mi aspecto ya no recordaba para nada al hombre que llegó a Panamá casi un año antes. Estilizado, con una tabla de abdominales perfectamente marcada sin llegar a la exageración, músculos finos de tipo ballet más que de pesas y un pelo bastante más largo, junto con una cuidada y siempre incipiente barba, me daban un cierto aspecto de canalla simpático y aventurero. El sol de Panamá había contribuido a clarear mi pelo ya de por sí castaño claro, y ahora estaba a medio camino ya del rubio con mechas, un surfero de mediana edad, vamos. Mi vestuario había cambiado totalmente por influencia de Yumiko, y de los sosos y serios trajes de mi época de trabajo, ahora usaba ropa de sport, de tipo aventurero, o en ocasiones formales, trajes ligeros italianos. El antipagafantas.

Y entonces me llegó una llamada de Madrid.

Mi primo Jacobo me llamó para darme la mala noticia del fallecimiento de mis padres. Un accidente de coche. Acababan de enterrarlos hacía una semana, y había encontrado en una tarjeta de la cartera de mi madre un teléfono sin nombre, y había llamado a ver si por casualidad era el mío, pues era un misterio para todos en Madrid hasta si seguía con vida.

Impactado, le rogué que no comentase nada a nadie, pillaría el primer avión a Madrid desde Frankfour y me reuniría con él en la casa familiar.

Jacobo me esperaba en la terminal de Barajas nada más aterrizar al día siguiente. Me abrazó al dirigirme a él.

— Joder Javi, si no vienes hacia mí ni te reconozco tío. Vaya cambio.

— ¿Qué ha pasado Jacobo? Cuéntamelo todo.

— Al parecer fallaron los frenos en el coche de tu padre. La policía dijo que iban a demasiada velocidad bajando Navacerrada y se salieron en una curva. No había ni marcas de frenos en el asfalto….

— ¿Mi padre a exceso de velocidad? ¿Y fallaron sus frenos? Pero si el coche era la niña de sus ojos. No pasaba una semana sin limpieza y revisión del motor. Anda que no nos hizo limpiarlo a los dos de críos.

— Ya lo sé, pero… mala suerte, algún manguito roto… y no sé cómo decirte esto pero… alguien entró en vuestra casa y lo revolvió todo.

— ¿Qué?

— No sé. Tal vez algún ladrón que se enteró de la muerte y que no habría nadie en casa… aunque no parecía que faltase nada. Mira, vamos a casa y hablamos con mis padres, ellos hablaron con la policía el día del accidente. Mi padre se ha encargado de llevar un poco el tema del bufete y los temas financieros hasta que te localizase. Menos mal que te encontré Javi, ya sabes que a él todo eso de los negocios no le gustan nada de nada.

Asentí con la cabeza mientras cavilaba lo extraño del asunto mientras Jacobo conducía hacia casa. Mi padre era un maniático perfeccionista de su ya clásico mercedes SEL 600. Decía que no quería las tonterías que le ponían a los mercedes de ahora. Él quería el suyo. Y tenía suficiente con él. Cada quince días pasaba por el taller, para que su mecánico de confianza le diese un vistazo, como él decía. Nunca había tenido una sola avería desde 1990. ¿Y fallaron los frenos?. No me lo creía.

Tras los pésames de rigor de la familia y todo el servicio, decidí acercarme a la casa de mis padres. Me quedaría allí hasta que supiera qué hacer, pues habría un montón de trámites que arreglar. Nada más entrar vi a lo que se refería Jacobo. Alguien había entrado y revuelto toda la casa, sin duda buscando algo. Rápidamente me acerqué a uno de los mejores cuadros que había en la casa, una obra menor de Sorolla, y descolgué el cuadro para abrir la caja fuerte que había detrás. Vacía. Al parecer, los ladrones sí se habían llevado algo de la casa. Pero no estaba reventada. Quien la había abierto sabía la combinación o era muy bueno abriendo cajas. Por no hablar que conseguir mover el cuadro era complicado para quien no supiera cómo.

Al día siguiente un examen de los movimientos bancarios revelaron unos pagos importantes en los días anteriores al accidente. Agencia Siñeriz y Casaus. Sabía perfectamente quienes eran, los detectives que llevaban los asuntos del bufete. De plena confianza de mi padre, así que me dirigí hacia su sede sin dilación.

— Tu padre nos contrató para una investigación delicada y con el mayor de los secretos, Javier. De hecho nos hizo dejar todos nuestros otros clientes varios meses para centrarnos solo en esto. Un día antes del accidente le hicimos llegar el expediente completo. Sin copias.

— ¿No hay una copia de lo que investigasteis? — pregunté incrédulo.

— Tu padre así lo quiso, y cumplimos su voluntad, claro está, pero…

— ¿Pero?

— Solemos formatear los discos duros que usamos en cada caso al terminar la investigación, cuando hay una petición de este estilo. No necesito remarcarte la discreción que requiere gente como tu padre…

— ¿Y?

— Los formateos no es algo que hagamos de forma inmediata, siempre puede salir mal alguna de las copias, o el cliente decidir que avancemos más  con la misma, así que solemos esperar unos días. Al ocurrir el accidente al día siguiente… no sé, tuve un mal presentimiento y no formateé el disco. Por supuesto, está encriptado en mi caja fuerte. Solo yo tengo la combinación.

— No había nada de un expediente vuestro en casa, alguien entró y lo revolvió todo y vació la caja fuerte.

Klaus Siñeriz asintió con la cabeza.

— Entonces buscaban el expediente, no hay duda. Escucha, no es muy ético, y puede que tampoco muy legal, pero te voy a hacer ahora mismo una copia. Cuando lo leas, me dices qué hacemos con el disco original. En él están tanto las transcripciones, como los vídeos de vigilancia, las escuchas, los certificados y todo lo que necesites desde un punto de vista jurídico para realizar las acciones legales que estimes oportunas. Por no hablar de si decides ir a la policía…

— ¿Acciones legales?

— Tú léelo y luego me cuentas si quieres. Por de pronto, el disco se queda aquí en la caja fuerte, puedes estar tranquilo, no hay quien pueda reventar esa caja.

Con el expediente recién impreso debajo del brazo volví a casa, al día siguiente tendría que empezar el peregrinaje por los bancos, el bufete, el notario de la familia… todo lo que conlleva una herencia. Pero por de pronto, empezaría por leer el maldito expediente.

Al parecer, al poco tiempo de nuestro divorcio, se empezaron a difundir ciertos rumores por Madrid sobre la supuesta causa del mismo apuntando a una cierta homosexualidad por mi parte. Dado que yo estaba encerrado en casa, no hubo quien lo contradijera, de todas formas, mis padres no se enteraron de ello hasta un par de meses antes de mi ingreso en el hospital.

Obviamente no se lo tomaron muy bien, y encargaron a la agencia de detectives una investigación sobre el origen de tales rumores.

Al parecer el centro de los mismos eran mi ex cuñada y un grupo de tres amigas suyas, que reconocí de mi boda. Mi ex mujer no decía nada, ni a favor ni en contra. Pero ciertas averiguaciones que sucedieron tras mi ingreso recomendaron a mis padres una investigación más en profundidad y a que la agencia se dedicase en exclusiva a la misma.

Tras mi infarto, mi suegra acudió al hospital, pero curiosamente no a verme e interesarse por mi salud, sino directamente al jefe del servicio de cardiología. Le contaron que eran francamente pesimistas sobre mi estado, que dudaban de mi recuperación, y que, aunque esta se lograse, no me daban ni un año de vida. Tras eso desapareció de allí sin ir a planta siquiera, lo que extrañó mucho al médico. Además no parecía especialmente afectada. Y según sus vigilantes, desde allí se fue directa a ver al notario que llevaba todos nuestros asuntos.

Evidentemente el notario no le contó al detective nada de la conversación, pero sí le indicó que era “casi” lo mismo que había contado a mi exsuegra.

De inmediato, supe de qué iba todo aquello. Imbécil de mí, no había cambiado mi testamento. ¡¡¡Adriana era mi heredera universal!!!

Y de repente, otra realidad se fue abriendo paso rápidamente por mi cerebro. Si yo moría antes que mis padres, ellos heredarían dos terceras partes de mi herencia a causa de la legítima por mucho que Adriana fuera mi heredera universal, pero si morían ellos antes… yo heredaría sus bienes y al morir yo… ¡¡¡Adriana lo heredaría todo!!!

Me negaba a pensar algo así de Adriana. Tal ves lo podría pensar de su madre pero ella… de todas formas apenas había leído cuatro folios y eran más de doscientos. Empezaba a estar verdaderamente intrigado. Por otra parte, el notario era de plena confianza. Tanto él como su padre habían llevado siempre los asuntos de la familia con una lealtad extrema. Así que si había alguna filtración sobre mi testamento tendría que ser otra persona en su despacho… seguí leyendo.

En 1985 mi suegra, Carlota Catalina de Atienza y Villena era secretaria de Dirección Médica en el Hospital Universitario Santa Cristina en la calle O'Donnell de Madrid. Hoy en día hay varias causas abiertas por el robo de cientos de niños en ese hospital y otras maternidades dependientes de él. Carlota tenía 21 años, se había casado casi hacía uno y ya estaba embarazada. Pero con apenas cinco meses de embarazo un aborto la llevó a una operación arriesgada en el quirófano y dio al traste con sus esperanzas de ser madre. No podría ya concebir. En el expediente se acompañaba la copia del ingreso hospitalario y de la intervención quirúrgica, así como del diagnóstico médico.

Tras la lógica desilusión, Carlota decidió coger el toro por los cuernos y aprovecharse de sus contactos en el hospital. No quería una adopción, quería tener un hijo, así que lo planeó cuidadosamente. Le contaron a una mujer soltera que iba a tener un parto gemelar que había complicaciones serias, y tras el parto, que no habían podido sobrevivir. Dos niñas. Se acompañaba la declaración jurada de la matrona jefa del Hospital en aquel año.

Con sus contactos certificó un parto inexistente y logró inscribir en el registro civil a las dos niñas como hijas suyas. Se acompañaba copia del certificado del parto. El médico que firma el certificado estaba en un seminario en EEUU en la fecha del parto. Se acompaña también copia de su asistencia a dicho seminario. Dado que había sido vista embarazada, nadie pensó en nada raro. Curiosamente, la madre biológica murió de varias puñaladas al cabo de unos pocos meses en un atraco en la tienda de comestibles donde trabajaba.

Tras quince años de estos sucesos, Antonio Ruiz, el marido de Carlota muere en una caída al vacío cuando hacían juntos la ruta del Caminito del Rey en Málaga. Solo iban ellos dos, a pesar de las recomendaciones de no salir por el mal tiempo o de al menos ir acompañados de los guías que habían contratado. Al día siguiente, Antonio Ruiz tenía concertada una cita con un fiscal de la Audiencia Nacional amigo de la infancia para un asunto de la máxima importancia relacionado con su mujer y sus hijas. Solo le dijo que tenía que ver son los niños robados del Santa Cristina. Dada la posición social del matrimonio, emparentada con la nobleza madrileña, la policía no investigó en profundidad.

Lo que seguía eran folios y folios de transcripciones de escuchas telefónicas, seguimientos a personas, fotografías donde podía ver a mi ex mujer, con su hermana y sus tres amigas, Alicia, Sofía y Belén. Las cinco habían sido compañeras de estudios en las teresianas. Extractos de cuentas bancarias, informes confidenciales de una agencia de detectives que habían intentado seguir infructuosamente mi rastro contratados por la madre de Adriana, y que habían llegado a la conclusión que estaba muerto, pero que habría que esperar a declarar dicha situación varios años…

Levanté la cabeza anonadado. Las cosas parecían más serias que un simple accidente de tráfico. Se trataba al menos de varios asesinatos y, lo peor, tal vez los asesinatos de mis padres.

Tras meditar toda la noche, llegué a una conclusión. Si quería probar algo, debía realizar un acercamiento sigiloso, sin que nadie se diera cuenta de mi presencia. Para empezar, no me dejaría ver por Madrid y dejaría la casa de mis padres.

Al día siguiente llamé a Claudio, el mecánico de mi padre, y concerté una cita con el depósito de la policía para retirar el vehículo de mi padre. Antes, Claudio le daría un vistazo.

La conclusión de Claudio incrementó mis sospechas.

— Alguien ha cambiado este manguito — me dijo.

— ¿Estás seguro?

— Del todo. Yo solo le ponía originales, Javi. Este ni siquiera es mercedes. Tu padre me mataría si ve que lo pongo un accesorio no original.

— ¿Está manipulado?

— Eso es lo raro… está suelto, si, pero… salvo que se soltase justo en el momento más inoportuno, el coche no frenaría ya desde mucho antes. Tu padre se daría cuenta y me levantaría de la cama para que lo fuera a buscar con la grúa. Pero sí que es extraño.

— No había marcas de neumáticos en el suelo, eso parece indicar que no frenó…

— Todavía más raro. Aunque no frenase, intentaría dar la curva y los neumáticos quedarían marcados igual en el suelo al derrapar. Es como si hubiera seguido de frente en plena curva. Sin embargo no veo mal la dirección.

Todo era extraño, sí, pero no veía cómo se podía haber manipulado el coche precisamente para que tuviera ese accidente. Un accidente en cualquier carretera si, pero precisamente en ese punto… era extraño. Iba a tener que buscar en otra dirección, así que decidí investigar a las personas.

Lo primero que iba a hacer era empezar por Las cinco, como se llamaban a sí mismas. Separaría a las tres amigas de las gemelas y de paso, me enteraría de todo lo que pudiera. Ya tenía bastante información de ellas en el expediente de Klaus, así que empezaría por Alicia. La más bohemia de las tres y que vivía sola en un apartamento de Madrid.

Corría tres cuartos de hora todos los días por el parque del Retiro después de trabajar. Le quedaba justo enfrente de su coqueto apartamento de la calle Alfonso XII. Pensé mucho cómo actuar para seguir en el anonimato y que respondiese a todas mis preguntas, y decidí un ataque directo.

Entré en su portal un viernes justo cuando ella salía. Con mi vestimenta de sport, un macuto a la espalda, un foulard en el cuello y una gorra, estaba prácticamente irreconocible para ella. Saludé de pasada con un marcado acento alemán mientras me dirigía al ascensor. Ya sabía que en el cuarto D vivía una pareja de jubilados alemanes, así que podía pasar perfectamente por su hijo, y las llaves tintineando en la mano me daban cierta apariencia de respetabilidad.

No me costó mucho hacer vibrar el bombín de la cerradura de su piso para abrirla limpiamente, y me colé rápidamente dentro. Limpié la cerradura y me puse unos finos guantes de cirujano. En la nevera, había dos botellas de acuarius, así que deduje que se hidrataría al llegar a casa. Una de ellas estaba abierta aunque apenas faltaban tres dedos de su contenido. Disolví unas pastillas dentro para provocarle sopor, e hice lo mismo con la otra botella por si acaso, tras abrir el tapón. Esperaba que no sospechase y bebiese, sería todo más limpio.

Me cambié de ropa. Una camiseta de manga larga, y unos pantalones negros, junto con un pasamontañas hicieron de mí una imagen totalmente distinta a la persona que se cruzó con ella. Me metí dentro del armario empotrado de la habitación de invitados, con cuidado de dejar la puerta abierta lo justo para atisbar lo que ocurría cuando entrase.

Todo transcurrió como había planeado. Entró en casa, fue a la cocina a beber y acto seguido a la ducha. Desde mi ubicación solo veía parte del pasillo y hasta la mesa de la cocina, pero no tardó en pasar con un pijama holgado hasta la cocina a prepararse algo de cenar. Sus movimientos ya eran algo torpes, y tras un momento se sentó a descansar en una silla con el plato delante. Se llevó confundida la mano a la cabeza y se apoyó en la mesa. Tras un momento así, deduje que ya estaba sedada. Era mi ocasión, pues no iba a durarle mucho el efecto de las pastillas.

Cuando Alicia despertó, estaba atada con los brazos y piernas en cruz a las patas de la cama, una venda cubría sus ojos y una mordaza impedía que pudiera gritar.

Intentó soltarse y empezó a moverse desesperadamente, queriendo gritar, y haciendo unos fuertes sonidos guturales al no conseguirlo. Le puse una navaja en el cuello y le dije con la voz más macarra que pude:

— Si haces ruido, te rebano el pescuezo rubia. ¿entiendes?

Alicia inspiró aterrorizada, pero dejó de hacer ruido.

—Que si entiendes he dicho, chochito. — y presioné aún más con la navaja.

Aterrorizada asintió vigorosamente con la cabeza intentando no mover la zona del cuello en contacto con la navaja.

— Vale. Voy a quitarte un momento la mordaza. Si haces un solo ruido raro te rajo la cara de barbi que tienes. Oído.

Asintió otra vez y le quité la mordaza.

— Solo vas a tener una oportunidad. Si no me gusta la contestación mueres. Dime las clave del móvil del portátil y de la tablet.

— ¿Q… qué? ¿Qué quieres de mí? Por favor, por favor, no me hagas daññ…

Le puse inmediatamente la mordaza de nuevo, me levanté y fui hasta la cocina donde busqué unas tijeras para volver de inmediato.

— Recuerda barbi. Un grito o un ruido y estás muerta. ¿entiendes?

Cogí las tijeras y procedí a cortar de abajo arriba el pantalón de su pijama desde los tobillos hasta llegar a su cintura, sacándole los trozos mientras ella gimoteaba quedamente. Acto seguido hice lo mismo con su sudadera.

Solo tenía puesto un pequeño tanga casi transparente que apenas ocultaba nada. Sus hipidos eran bastante audibles ya. Sus tetas eran bastante potentes, y eso que la postura con los brazos abiertos hacía que no fueran tan grandes.

— Bien, esto por no contestar a la primera. A partir de ahora si no contestas nada más que te pregunte algo, no tendré mucho más que quitarte y tendré que pensar en otras cosas… espero que nos entendamos. Volveré a quitarte la mordaza y empezamos de nuevo ¿vale?

Asintió vigorosamente.

— Las claves.

— ¡¡Wonderland!!, ¡¡wonderland!!, es la misma clave para todo. Wonderland, no me hagas daño por favor, llévatelos si quieres, pero no me hagas daño, por favor, por favor…

— Chisssstt… vale. Wonderland entonces. ¿dónde tienes la pasta y las joyas? Y no te dejes nada porque si encuentro algo de valor que no me hayas dicho…

— En mi armario, en mi armario está el joyero. Dinero tengo poco, algo en la cartera, siempre uso las tarjetas, pero tengo otra cartera en el cajón de la mesita… — lloró.

— Bueno, voy a ver. Espero que no me engañes, me enfadaría bastante ¿sabes? — y le puse de nuevo la mordaza.

Fui recopilando las joyas y los apenas doscientos euros que había entre las dos carteras. No me hacían maldita falta, pero quería que pensase que era un atraco.

Tomé su móvil, encendí su portátil y la tablet y puse a hacer copia de seguridad de todo ello en unos discos duros portátiles que llevaba.

A la vez entré en su facebook y puse que estaba en Montpelier, de fiesta con sus antiguos compañeros de Erasmus, para que nadie la buscase.

No quería dejar ningún rastro de ADN en el piso, por eso los guantes, pero me quité uno de ellos para poder tocar a Alicia.

Para incrementar su miedo le toqué un pecho amasándoselo con suavidad. Era firme, la chica apenas tenía un gramo de grasa fruto sin duda del ejercicio que hacía. Gimió de nuevo aterrorizada. Noté cómo su mente estaba en un pozo de negrura. El pánico la dominaba por completo, era difícil distinguir lo que pensaba, pero estaba claro que pensaba que iba a ser violada. Lo curioso es que allí, en el fondo, muy al fondo había… una chispita de algo… ¿deseo? Vaya vaya… decidí cambiar de planes sobre la marcha.

— ¿Te gusta que te toque barbi? ¿Te gusta que te toque las tetas?

Negó con fuerza y rotundidad moviendo a ambos lados la cabeza

— Yo creo que si… me recuerdas a una novia que tuve cuando estaba en la legión… tenía la fantasía de ser violada ¿sabes? No sé… me parece que tú también las puedes tener chochito.

Poco a poco fui bajando la mano en dirección a su tanga. Se envaró de miedo. Metí la mano por debajo, pero me detuve justo al llegar a su monte de Venus. Entonces volví a subir la mano en dirección al otro pecho. Noté su alivio, pero también aquel rastro de deseo insatisfecho. Pero ni ella misma era capaz de reconocerlo. Sus pezones estaban como piedras, pero el miedo y la excitación suelen tener parecidas respuestas fisiológicas.

— Vamos a hacer una cosa Barbi. Un trato. Si no consigo que te corras en cinco minutos, me marcharé sin hacerte nada más ni llevarme nada de aquí, pero si te corres… follarás conmigo de todas las formas que a mí me de la gana. ¿Aceptas?

Otra vez la negación rotunda.

— Pero chochito… si no aceptas, tendré que llevarme todo lo que pueda y follarte igual… no sé que hacer. No suelo frecuentar a pijas como tú… y me mola hacer que os corráis como putas cuando tengo la ocasión. Si me pudiera follar a otra pija no te iba a violar ¿sabes?

Inmediatamente noté la imagen de Sofía en su mente. “Por favor, viólala a ella, a ella no a mi, por favor, por favor”

— Pero no creo que vaya a tener otra oportunidad ¿sabes? Tú dejaste abierta la puerta del piso, y no creo que tenga tanta suerte en otro piso pijo…

Su mente frenética siguió pensando casi sin que ella se diera cuenta. Las llaves del piso de Sofía estaban en el cajón superior del neceser. Se las habían dejado una a otra por si las perdían. Sonreí. Ya la tenía.

— Pufff… en fin, ¿qué hacemos? ¿Hay trato? Solo tienes que aguantar sin correrte…

— Mmmmmmpppff nnn… pppppmmmff….

— Espera, espera… no seas impaciente. Pero recuerda la navaja y tu cara si gritas… — y le quité la mordaza.

— Por favor.. haré lo que quieras, por favor, no me hagas daño, por favor… — gimió.

— Hummm… entonces cinco minutos. Tranquila… te diré cuándo empiezan a contar ¿vale? Pero… no sé… tendré que romperte las bragas estas… tienen pinta de caras, aunque tal vez sea lo que menos te importa jejeje… mira, vamos a hacer una cosa. Te desato las piernas si no haces tonterías y te las quito sin romperlas ¿vale?

— Por favor… no.. por favor…

— Joer tía, ya vale de tanto por favor… voy a pillar la navaja y dar un corte, allá tú si corto más que las bragas.

— ¡¡Vale!!, vale, desátame, no haré nada, nada, pero la navaja no…

— Hummm.. así me gusta, que lleguemos a un acuerdo.

Le desaté los tobillos dejando sueltas las cintas que los aprisionaban en las patas de la cama. Metí las manos por el elástico del tanga y lo fui bajando despacio. Sí… allí estaba ese punto de excitación aumentando… la expectación por lo que va a suceder. Yumiko ya me lo había advertido. Hay que manejar esa expectación por lo que va a venir, más que la acción en sí, y hacer que vaya aumentando.

Me acosté a su lado. Mis labios y mi lengua acariciaron de una manera casi inapreciable su oreja. Noté su estremecimiento crecer a medida que mis manos se apoderaban de sus pechos haciendo círculos con los dedos alrededor de sus enhiestos pezones.

— Empieza el tiempo barbi. Tendrás que ser fuerte…

El miedo no le permitía dejar la mente en blanco. Ella misma iba guiándome sin saberlo, dónde le gustaba que la tocase, qué no le gustaba…

Mis labios bajaron a sus pezones a la vez que mis dedos empezaron a hurgar en su sexo a fin de conseguir algo de humedad. No estaba por la labor, así que hice un poco de trampa ayudando a que se excitase un poco. Entonces empecé con el masaje a su clítoris, que era lo que ella llevaba esperando y temiendo un rato. Era difícil separar los dos sentimientos, y eso la confundía.

Bajé un poco más besando su ombligo, para sustituir luego rápidamente los dedos por la lengua en las atenciones al clítoris. Al tener ya libre la mano empecé a introducir unos dedos en su vagina suavemente, solo para que se sintiese penetrada. Oí un lloro mezclado apenas con un gemido. Entonces cambié los dedos metiendo el pulgar en su vagina y haciendo círculos alternativamente con el índice y el medio en el exterior de su culo. Su respingo fue inmediato. Bingo. Ese era su punto débil. Nunca lo había hecho por el culo, y era una de sus fantasías que jamás se iba a atrever a confesar a nadie. Pero su mente estaba ya pensando que si la violaban por detrás no era como si ella fuese una zorra que pidiese que le dieran por el culo. Ay, esta educación religiosa, pensé…

Apenas iban tres minutos y ya notaba cómo su respiración se hacía más rápida, así que hice que aumentase aún más. El calor en su coño la estaba volviendo loca, y empecé a sensibilizar aún más todas sus terminaciones nerviosas en la zona. Ya gemía audiblemente, aunque procurase cerrar su boca para que no se notase. Introduje una falange en su culo y arqueó inmediatamente el cuerpo. No dijo nada, solo inspiró profundísimamente y mordió los labios hasta hacerse casi sangre.

— ¿Te gusta zorrita? — le dije.

— Nnno, no. Eres un cerdo…

— Jejeje… tu boca dice una cosa, pero tu cuerpo otra… pero bueno, si no te gusta pararé.

Y quité mi dedo de su culo y me subí otra vez hasta su cabeza.

Su decepción ya era visible casi hasta para quien no pudiera sentir su mente. Pero no iba a dejarla ir tan fácilmente.

— Pídemelo. Pídeme que te meta el dedo en el culo. Lo estás deseando, todas las pijas sois iguales, en cuanto probáis por el culo ya sois unas zorritas.

— No… no….

— Te voy a mostrar solo un poquito de lo que te pierdes… — y volví a meterle el pulgar en el coño y a ponerle en el agujero del culo otro dedo con solo una leve presión, sin llegar a introducirlo.

Sus pulsaciones se dispararon de nuevo.

— Nnnno… no quiero… — gimoteó, pero sus caderas se movían imperceptiblemente para que los dedos entrasen más.

En uno de esos movimientos volvió a entrar la falange en su culo y soltó ya abiertamente un gemido y empezó a moverse sin tapujos.

— ¿Ves? Ahora te vas a correr para mí…

— Noo.. eso no. No voy a… mmm…

Todavía aguantaba, pero estaba en el filo. Yo lo sabía, y ella también. Notaba que iba a correrse en unos instantes.

Metí de golpe aún más el pulgar en su vagina, y al sacarlo apreté de nuevo el clítoris haciendo que empezase a gemir y a moverse sin control. En unos instantes empezó a convulsionar en mi mano. Un líquido transparente mojó mi mano.

— AHhhhhhh… mmmnnnnpppfff…

— Vaya… te has corrido y solo quedaban diez segundos.. qué mala suerte ¿no? — dije con sorna.

Alicia lloró en silencio. Sentía que era una zorra. Correrse con un violador…

— Hummm… has perdido. Pero tranquila, vas a disfrutar como nunca lo has hecho.

Me situé entre sus piernas y dirigí mi polla hasta dentro del pozo de fluidos que era su coño.

— No… por favor, no lo hagas… — dijo al sentir que la iba a penetrar pero sin intentar siquiera hacer ademán de cerrar las piernas.

La dejé en la entrada. Alicia notaba sus labios mayores abiertos abarcando mi polla, pero nada más. No terminaba de entrar.

— Despacio, por favor, no me hagas daño…

Sonreí. Alicia quería tapar su placer con el miedo a que le hiciera daño. Así no era culpable. Poco a poco empecé a introducirla dentro de ella hasta que mis huevos tocaron su culo. Estaba totalmente dentro.

— AHHHHHHHH…

— ¿Qué sientes Barbi? Dímelo. ¿La sientes toda dentro de ti?

— AAYYYYY… me haces daño…

Salí casi hasta el final y la volví a meter de un solo envite hasta el fondo.

— UUUUAAAAA…

— Dime Barbi. ¿La sientes?

— AHHHH si, si, la siento si… ayyyy…

Y empecé a bombear con un ritmo endiablado. No tardó de nuevo en correrse intentando que no me diera cuenta, y de pronto me detuve.

— Y ahora dime qué prefieres Barbi. ¿Me corro dentro de tu coño o en tu culo?

— NNNNO NO, dentro no por favor, dentro no…

— Hummm… eres una zorrita ¿eh? Te voy a desatar las manos, y espero que no hagas ninguna tontería.

Le desaté las manos, me salí de ella con un choff bastante audible y le dí la vuelta poniéndola boca abajo. Respiraba con dificultad por el reciente orgasmo.

Le subí el culo hasta que se puso de rodillas y se la volví a meter con decisión.

— OOHHH… mmmm… despacio...

Alargué la mano, cogí un bote de aceite que había dejado en la mesita y regué su espalda y su culo, empezando un masaje en la espalda para que al llegar al culo mis dedos poco a poco fueron metiendo líquido en su agujero.

— OHH… ohh…

Se la saque cuando más parecía disfrutar y empecé a presionar su culo despacio, pero con firmeza.

— AHHHHAAA, NOOOO NO, POR FAVOR PARA…

El grande entró con dificultad, pero una vez dentro la parte más difícil ya estaba hecha.

— Mira Barbi. Ya tienes el culo abierto… siente ahora como entra…

Y fui introduciéndosela despacio mientras Alicia mordía con fuerza el edredón por no gritar.

— MMMMMMPPPPPFFF…. AHHHHMMMMMMMNNNN…

Tras unos instantes, mis huevos estaban ya golpeando dese atrás el coño de Alicia

— AHHHHHHYYYYYY… AHHHH…

— Sí Barbi… ahora notas lo que te gusta que te haga esto ¿verdad? ¡¡¡DÍMELO!!!—Le dije mientras disparaba todas sus hormonas a la vez haciendo que se corriese como nunca se había corrido antes.

— Nnno.. nnn.. no… Siiii… AHHHHHHHH.. si, ME GUSTAAAAA, AAAHHHHH…

Sus rodillas dejaron de sostenerla y poco a poco fueron abriéndose para ir cayendo sobre la cama con las piernas totalmente abiertas. Pero mi polla seguía taladrándola sin parar.

Sus brazos quedaron abiertos, y aproveché para cogerle desde detrás las tetas y así poder impulsarme más.

Empezó a berrear sin control. Y en cuanto le apreté con fuerza las tetas, con un chillido se volvió a correr y se desmayó.

Cuando despertó estaba desnuda dentro de la cama y sin el pañuelo en los ojos. Me miró con desconcierto, yo estaba totalmente desnudo pero con el pasamontañas puesto. Sus ojos se fijaron en mi cuerpo y noté cómo se volvía a humedecer.

— ¿Y estas llaves? — le pregunté mientras le enseñaba las llaves de Sofía.

— Son mías.

— Hummm… ¿no somos amigos ahora Alicia? Me ha dado tiempo a ver tus documentos, y he visto también que estas no son tus llaves.

— Son de una amiga.

— Vaya.. ¿Otra pija?

Desvió la mirada. Era mi oportunidad para romperla y alejarla de sus amigas.

“Qué más da ya todo. Soy una guarra, y total no se va a enterar nadie…” le sonó una voz dentro de su cabeza.

— Sssí, otra pija.

— Vaya, qué interesante. ¿cómo de llama y dónde vive?

Alicia me dio la dirección, Cada vez su cerebro se oponía menos a mí. No se daba cuenta de hasta dónde alcanzaban sus decisiones.

— Cuéntame cosas de Sofía… — dije mientras sonreía.

El fin de semana pasó para Alicia perdida en un mar de sexo y lujuria.

Sin darse cuenta me iba poco a poco contando todo lo que yo quería saber. Para dormir le ataba de nuevo las manos, no quería tonterías cuando no estuviera atento, pero mientras follábamos ya estaba siempre libre. Casi siempre iba con un pañuelo en los ojos para que yo estuviera más libre y pudiera andar sin el pasamontañas.

Cuando despertaba, se pegaba a mí con el culo para que la acariciase y le soltase las manos. Sabía que si se quitaba el pañuelo de los ojos me vería la cara y eso tendría fatales consecuencias para ella, así que se acostumbró a andar con él puesto. Eso sí, sus manos manoseaban todo mi cuerpo con pasión. Era ella misma la que pedía ya follar conmigo. Lo sentía como una necesidad, como algo sin lo que no podría vivir ya más.

Al finalizar el domingo, decidí ir terminando con aquello, y le quité el pañuelo. Abrí un poco más la parte de los ojos del pasamontañas y me puse a pocos centímetros de ella mirándola fijamente mientras ella notaba cómo entraba de nuevo dentro de ella.

— Y ahora dime chochito. ¿eres mala?

— ¿Eh? Q… qué quieres decir.

Alicia notó cómo me detenía, pero ella intentó moverse para seguir sintiendo placer con la penetración. La cogí de las manos y se las puse en la almohada con los brazos extendidos.

— Que me digas de qué te sientes culpable. Todos hacemos malas acciones chochito, todos. Y yo quiero saber las tuyas, Mientras me las estés contando, te estaré follando y haciendo que te corras, pero… si no tienes nada feo que contarme… pararé.

— Ah, no sé… no hago nada feo… sigue, sigue por favor, necesito que… — e intentó moverse para seguir follando, yo me mantuve firme y no lo consiguió.

Ya se estaba desesperando. Necesitaba su dosis, y no la estaba consiguiendo, y era como un yonkie en pleno síndrome de abstención. Pero de sexo.

— Vale, vale, a ver… déjame pensar. Sí. En una ocasión me tiré al marido de Sofía. Pero solo fue una vez…

— Hummm… interesante. Cuéntame más, eso no es muy malo…

— Por favor muévete aunque solo sea un poco, por favor….

Lo hice arrancándole un suspiro de satisfacción, pero no me moví demasiado.

Notaba su sentimiento de culpa. La sensación de pecado era lo que la llevaba al terreno de la angustia. Hice que se regodease en él. Que se bañase en el fango de la culpabilidad.

— Ahhh.. mmmasss… si… mmm… hace un par de años tapé una estafa en la empresa, un compañero me dio una buena suma por hacer la vista gorda a que llevaba varios años quedándose con dinero. OOOHHHH… Sssiiiii…

Me moví un poco más fuerte.

Alicia empezó a desgranar todas sus pequeñas maldades, nada de otro mundo, pero por las que se sentía culpable. Recopilé bastante información para mis siguientes actuaciones con sus amigas.

— También dije que el marido de otra amiga era maricón. Ahhh… — exclamó ante un embate mío bastante fuerte.

— ¿Y eso?

— Auyyyyy.. sigue, sigue así… máss… ahhh.. mm.. unas amigas y yo dijimos que lo habíamos visto con un tío morreando en bar de maricas.

— Pero… ¿Por qué?

— Ahhh…uff… mmmm… no lo sé. Nos lo mandó decir la hermana de mi amiga… dijo que había intentado tirárselo, y no lo había podido hacer, así que era maricón.

— Jejeje…

Le dí la vuelta y le subí el culo. Sin dilatárselo siquiera, aunque ya lo había usado bastante todo el finde, se la empecé a meter con algo de mala leche.

— OOOOOOUUUAAA… despacio, despacio… OOOOOAAAAA…

Seguí martilleando sin compasión su culo. A la vez empecé a acompañar mis embestidas con  palmadas bastante fuertes en su culo.

— AYYYYY… más despacio… OOOUAAA…

Sus brazos cedieron y tuvo que apoyar sus tetas en el colchón, quedando con el culo empinado y dándome más facilidades para seguir machacándola.

— OHHHH… COF, COF… AOOOHGGGHHH DIOSSSSS… me estás matando joder, ahh…

— Eres una zorra Alicia. Te gusta que te folle por el culo y por todos los sitios ¿verdad?

— Ahhhh… ahh… sí… siiii… me gusta que me folles por todos los sitios.

— Y serás siempre mi puta ¿verdad?  ¿Querrás que venga por las noches a follar contigo?

— SI SI… SIIIII… ARGGHHHHHFHFFF…

Se corrió de nuevo en medio de las convulsiones a las que ya estaba habituada. Sus terminaciones nerviosas estaban a flor de piel. Era ya solo una máquina de follar.

— Quiero que sepas que eres mía para siempre. Serás mi puta para todo lo que te pida. Y si te portas bien, tendrás tu ración de polla, pero si no, desapareceré y no me verás más.

Nada más decir eso, le hice sentir la desesperación más absoluta por mi pérdida. Ya no sería nada sin sentir lo que estaba sintiendo, se moriría sin remedio. Las lágrimas saltaron a sus ojos que se abrieron más.

— NO, NOOOOO, ESO NO…  haré lo que quieras, todo lo que quieras, pero no me dejes. No podría ya vivir sin esto, por favor, por favor, fóllame, hazme la puta más puta de todas, por favor… sigueeeee…

Empecé las embestidas más bestias que podía. Alicia tuvo que poner la almohada para evitar que la empotrase con violencia contra la pared y amortiguar en lo posible. Al mismo tiempo acaricié su clítoris mientras la hacía excitarse lo más posible. Estaba cabreado, la verdad, y no me importaba mucho lo que le llegase a pasar.

— AYYYY AHHHHH ME CORRO, ME CORROOOOO AHHHH — y luego en un tono ya mucho mas bajo — soy una puta, soy tu puta, hazme lo que quieras ahhhhhhhhhhhhh… sigueee…. Sigue… Ahhhh…

Alicia se volvió a dejar caer.

— No puedo más, no puedo más, Dios… mmmmm…

Al mismo tiempo regué sus intestinos al correrme lo que la hizo gritar aún más en un orgasmo contínuo.

— SSISIIIIIIIII… AHH…

 En cuanto recobró un poco la respiración, me levanté de la cama y me vestí.

— No te muevas, te traigo un vaso de agua.

Le traje la botella de acuarius ya con las pastillas dentro, con lo que en poco tiempo volvió a quedarse dormida.

Le dí un pinchazo de anestésico para estar seguro de que no despertaba y la bañé en profundidad en el baño, limpiando también cualquier resto en todos sus agujeros. Luego la puse de nuevo en la cama.

Luego limpié con cuidado todo lo que había tocado en el piso, pasé un par de veces la aspiradora y cambié la bolsa del polvo, quemé las sábanas y la funda del edredón en el fregadero, junto con todo lo que podía tener algún resto de ADN mío, cogí las llaves del piso de Sofía y me marché de nuevo con mi ropa de ‘alemán’, dejándole una nota en la almohada.

“Si quieres volver a verme, deja todo contacto con tus amigas. Si veo que simplemente les diriges la palabra, y me enteraré, no tengas dudas, no me verás más. Te llamaré cuando vuelva por Madrid y volverás a ser mi puta”


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