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Fecha: 14-May-17 « Anterior | Siguiente » en Gays

El hijo de mi hermano

Guitarrista
Accesos: 23.651
Valoración media:
Tiempo estimado de lectura: [ 21 min. ]
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NOTA: Cuando se cumplen los diez años de mi primera publicación en TodoRelatos, quiero cerrar este largo ciclo publicando alguno que otro que se quedó en el tintero. El tiempo ha pasado rápidamente; he aprendido mucho y mucho más tengo que aprender. He conocido también a muchos lectores ―y con algunos de ellos mantengo una agradable amistad en la distancia― que me han ayudado a esforzarme siendo exigentes con mis lecturas y han sido mi apoyo y un acicate para mantenerme escribiendo.

Por un motivo y por otro, tras tanto tiempo, creo que ha llegado el momento de decir adiós a todos y agradeceros la atención que me habéis prestado, vuestras críticas y comentarios, vuestros mensajes y valoraciones. Me sentiría satisfecho si todo esto que he escrito os ha hecho disfrutar de agradables momentos y me satisface saber que aún hay mucha gente que se dedica al sano deporte de la lectura.

Gracias a todos por soportarme…

 

 

EL HIJO DE MI HERMANO

 

Había pasado mucho tiempo desde que mi padre murió inesperadamente y mi madre se sentía, de vez en cuando, más sola que enferma; excusa que daba para venirse a pasar unos días a casa. No era algo que me molestara demasiado, sino que perdía mi intimidad durante al menos una semana.

―Entiendo que tu padre fuese muy severo, Javi ―me dijo en el almuerzo como hacía bastante más a menudo de lo deseado―. Lo que no entiendo es que dos hermanos, de pronto, se lleven tan mal que se traten como dos completos desconocidos. ¿Cuándo has visto a dos hermanos que no puedan verse?

―Por más que me lo repitas, mamá ―respondí como siempre con paciencia―, no vas a remediarlo. Ahora que va a venir a verte, convéncelo a él. No tengo nada en su contra.

―¡Hm! Sé que siempre le echarás en cara que fuera el ojito derecho de papá. ¡Era el mayor! No tengo la culpa de que decidiera, a su manera, repartiros su patrimonio antes de morir. Eras un crio entonces, y después, tú mismo decidiste vivir aquí solo, en un apartamento de lujo, y tu hermano prefirió irse a Alemania y casarse. Yo no tomé la decisión por vosotros.

―Pues ya sabes, mamá… Cuando venga a verte tu «hijo pródigo», ahora que va a venir con su mujer y su hijo, lo convences de que no soy un monstruo ni le guardo rencor. Para mí es un completo extraño al que me da igual conocer o no. Es él el que no quiere saber de mí.

―¿Y tú sobrino Johann? ―gimió―. ¿No quieres conocer a tu único sobrino? ¡Qué disgusto! Sé muy bien que nunca vas a casarte y mucho menos que me vayas a dar un nieto. ¿Y si Johann saliera a ti? ―La miré con disgusto―. ¡No es que me moleste que prefieras llevar esta vida, hijo! Tampoco me disgustaría que Johann salga a ti, en ese aspecto, si no fuera porque esta rama de la familia va a extinguirse…

―Preferiría que no saques a relucir este tema cuando estén aquí. Lo que decida su hijo tampoco me preocupa. Creo que es mayorcito para decidir por sí mismo, ¿no? ¿Piensas que esto se aprende o se hereda?

―¡Él tiene estas cosas muy claras!

Me miró insegura como si ocultara algo. Efectivamente, a ella nunca le importó que yo prefiriera buscar como pareja a un joven o que mi hermano, ocho años mayor que yo, se casara antes de tiempo. Lo que sí parecía preocuparle ―o al menos eso me transmitía― era que su único nieto, Johann, tuviera mis mismas inclinaciones sexuales; más por seguir la rama familiar que por otra cosa. Yo ni siquiera me planteaba lo que pudiera pensar un joven alemán al que desconocía completamente; más que a su padre.

Mi hermano Pedro, a sus dieciocho años, siendo yo un mocoso, le dio a mi madre un nieto muy llamativo ―según había visto en fotos y algún vídeo― con más aspecto de alemán que de latino y, aunque parecía un jovencito muy simpático y muy atractivo, nunca había despertado en mí mucho interés ―más o menos lo que me pasaba con su padre―. Casi veinte años después de su exilio voluntario había decidido volver otra vez a España a ver a mamá, pero con esposa e hijo; seguramente, pensé, con la excusa de visitarla por su salud delicada. Yo sabía muy bien cuáles eran los intereses de mi hermano sobre la salud de su progenitora… Había que pasar ese trago.

―Van a quedarse en casa ―dijo recogiendo los platos―. ¿No piensas ir, aunque sea un rato, a conocerlos? Siempre que he ido a Berlín a visitarlos se han portado muy bien conmigo. Parecéis auténticos extraños y… ¡sois mis hijos!

―Te advierto… ¡Vale! Iré a verlos aunque sea un rato. No me comprometas a un almuerzo ni nada de eso. Voy a tu casa, los saludo y me vuelvo. Yo también tengo cosas que hacer.

―¡Hazlo por ti mismo y por tu sobrino, hijo! Sé lo que digo…

Después de oír aquella extraña frase, que no tomé demasiado en cuenta, pensé hacerlo por ella, desde luego, aunque no pareció creerme. Decidí ir un día y quedarme en casa o irme a la oficina el resto, como de costumbre, sin pasar otra vez a visitar a mamá mientras estuvieran con ella.

Llegó al fin el día de la venida. Mi madre ―como todas las madres―, haciéndose un poco la víctima y otro poco la ignorante, me preguntó si me importaba ir a recogerlos con ella aquella tarde al aeropuerto y, evidentemente, aunque me pesó bastante, me negué.

Fue mejor así. Mi hermano había alquilado un coche para la semana larga que iban a pasar con mamá. Tanto él como Johann conducían, así que… ¿qué pintaba yo yendo al aeropuerto? Lo que no esperaba era que iba a haber sorpresa.

Estando cómodamente en casa echado en el sofá, desnudo, viendo las noticias de las ocho, llamaron repetidamente al timbre de la puerta de abajo. Di un salto muy feliz pensando en que podría ser una visita íntima de mi amigo Borja, corrí a preguntar y oí la voz de mi madre:

―¡Hijo, abre! ¡Sorpresa! Hemos venido a verte antes de ir para casa.

―¡Mamá! ―exclamé y me retuve.

―¡Abre, ingrato! No me vayas a decir que estabas a punto de salir…

No contesté. Pulsé el botón para abrirles y corrí al dormitorio a ponerme unas calzonas y una camisa, que se quedó abierta, antes de correr a recibirles. Al tirar de la puerta, esperando ver a mi madre entrar pletórica y a mi hermano con cara de funeral, casi me di de bruces con el hijo de mi hermano; el desconocido sobrino alemán que había visto en tantas fotos y que conocí por su mirada.

―¡Pasad, pasad! ―dije fingiendo gran alegría―. ¡Qué sorpresa! ¡Perdonad! Me habéis pillado así… ―Cogí un pellizco de la camisa para cerrarla.

―Estás guapo de todas formas, hijo ―aseguró mi madre apartándome para entrar―. ¡Anda! Recibe a Pedro y a Anna como es debido… ¡Y a tu sobrino Johann le das un beso! ¡A ver si eres más hospitalario!

―¿Qué pasa, hermano? ―lo saludé tendiéndole la mano y tiró de mí para besarme con amabilidad.

―¡Me alegro de verte, de verdad! Esta es Anna ―me dijo feliz―, mi mujer; y este… aunque no lo parezca, es tu sobrino.

Besé a Anna, que chapurreó algo en un español muy poco inteligible y, al volverme para saludar a Johann, lo encontré pegado a mí.

―¡Hola, guapo! ―disimulé mi asombro―. ¡Qué grande estás! ¡Dale un beso a tu tío aunque no lo conozcas!

―¡Sí te conozco! ―respondió seguro y con un fuerte acento germano―. Te he visto en las fotos y en los vídeos abuela enviado.

―¡Es verdad! ―quise ser amable con tan bello joven tomándolo de la mano―. También yo te he visto en vídeo, aunque algo más jovencillo… «Geht in, bitte. Komm mit mir!» Y no me pidáis que os hable en alemán que no sé decir ni cuatro cosas…

Mi sobrino apretó mi mano para pasar y me miró sonriendo abiertamente:

―Was für ein schönes Zuhause! ―exclamó dirigiéndose a su madre―. Es una casa muy bonita, tío.

―¿Te gusta? ―pregunté tirando de él―. Perdonad que esté todo un poco desordenado; estaba viendo la tele…

―¡No te preocupes! ―intervino mamá―. Venimos a verte a ti, no a ver tu casa. ¡Anda! Ofréceles asiento… ¿Queda algún refresco en la nevera?

―«Sitzen» ―comenté entre dientes―. ¿Se dice así?

―«¡Gut!» ―volvió a responder el más joven―. Mejor en español hablamos.

Todos se sentaron en el tresillo, alrededor de la mesa de centro, mientras apagaba la tele sin que Johann dejara de mirarme con disimulo y con interés.

Para romper el hielo de aquel (un tanto) indeseado encuentro, me senté cerca de mi hermano y le pregunté cosas triviales; que cómo había sido el viaje, que si vivían bien allí… ¡Esas cosas!

Mi madre se encargó de servir un buen vino ―que, todo hay que decirlo, tenía reservado para mis mejores visitas― y colocó en el centro un plato de jamón cortado con algo de pan que hizo las delicias de la visita.

Me pareció entonces que Pedro no era el mismo… Demasiado cordial, quizá. Sin embargo, no me llamó eso tanto la atención como que mi desconocido y nórdico sobrino se sentara junto a mí poniendo su brazo sobre mis hombros y mirándome atentamente.

―¿Vives tú aquí solo? ―me preguntó observando que el salón era bastante grande―. Yo también quiero en una casa como esta vivir.

―¿No estudias? ―intenté cambiar la conversación.

―¡Claro! Yo quiero un ingeniero ser. Papa quiere yo que estudiar pronto.

―Estoy seguro de que será bueno en lo que estudie ―comentó mi hermano con seguridad―. Este niño nos ha salido un genio. Empezará este año.

Anna apenas habló. Sabía español casi tan bien como su hijo aunque con un fuerte acento. A los alemanes el español les suena a chino, como decimos nosotros. Mi sobrino, sin embargo, no paró de hacerme preguntas y, en cuanto charlamos todos durante una media hora, aún habló con más soltura:

―¿Puedes enseñarme tu estudio? ―me preguntó al saber que trabajaba con ordenadores―. Yo quiero tener una potente computer

―¡Vamos! ―exclamé levantándome y tendiéndole la mano―. ¿Alguien más se apunta a verlo?

―¡Ahora vamos, hijo! ―se quejó mi madre―. O ya vendrán otro día para verlo sin prisas. ¡Id vostros!

Por un lado prefería enseñar el estudio a Johann y que no se repitieran esas visitas y, por otro lado, estaban comenzando a moverse mis tripas por no perder de vista a aquel joven tan bello y simpático que, además, era mi sobrino; sencillamente por ser hijo de mi desconocido hermano.

Cuando encendí las luces de mi salita de trabajo, se detuvo en seco, abrió los ojos tanto como pudo y me miró incrédulo.

―¡Me dedico a esto! ―le dije―. Quizás algún día, cuando seas ingeniero, tengas un lugar así.

Yawohl!

No se separó de mí en ningún instante y, aunque quiso hablar de mi trabajo y lo intentó varias veces, cambié en todo momento de tema.

―¡Bueno, cariño! ―exclamó mamá como desilusionada antes de irse―. Un despido breve y hasta mañana… Sé que estás… muy ocupado.

―Estoy ocupado, ¡claro! ―me excusé ante Pedro y Anna―. No sé si podré hacer un hueco… Casi siempre paso a ver a mamá, así que si estáis allí…

―¿Y no puedo yo quedarme? ―preguntó Johann ante mi asombro―. Yo creo que tío Javi tiene coche y vamos a la casa mañana.

Ich habe die Nase voll von deinen Anfragen! ―prorrumpió mi hermano enfadado―. ¿Pero qué coño te has creído que dices? ¿Tú te crees que se puede quedar uno por las buenas en casa ajena?

―¡Espera, espera, Pedro! ―medió mamá―. Es la casa de su tío Javi; no es la casa de un extraño. ¡Deja a Johann que se quede! ¡Sabes que le hace ilusión! ¡Anda, cielo, baja al coche y sube tu maleta! Seguro que lo pasas mejor aquí que en casa… ¡Mañana veremos! ¿Verdad, Javi?

―¡Claro, mamá! ―le respondí inseguro―. A mí no me importa en absoluto.

―Eso es bien ―chapurreó Anna―. Johann no es un Kind. Tiempo ya tiene otros muchos días con nosotros.

―¡Pues claro! ―insistí―. A mí no me estorba, ¡encantado!; y seguro que quiere entretenerse ahí dentro con mis máquinas.

―¡Es precipitado, creo! ―dudó mi hermano―. El chico es prudente, Javi, pero acabamos de llegar… Tiene que ducharse y descansar del viaje… Podría venir mañana, si quiere y puede ser. ¡Y ya verás cuando tenga que acostumbrarse a vuestros horarios y comidas!

Johann siguió el debate atento pero no insistió hasta que su madre, acercándose a él para besarlo, le pellizcó la barbilla:

―Tú mejor decide, mein kleiner Schatz... Ich weiß, er will mit ihrem Onkel sein.

―¡Pues claro que lo que quiere es estar con su tío! ―le respondió mamá―. ¡Venga, Pedro! Bajad a por su equipaje. Mañana irán a casa.

―¡Vamos! ―exclamó mi hermano contrariado―. Schlaf gut!Mañana en casa con Großmutter.

―¡Bravo! ―gritó el joven entusiasmado―. Ahora subo, tío.

Me quedé literalmente pegado a la puerta cuando salieron. No me había enterado de la mitad de la conversación. Estaba muy claro que aquellas costumbres no eran las nuestras y que, si no me tomaba un ansiolítico y me contenía, iba a pasar una muy mala noche.

Esperé un poco hasta que oí que llegaba el ascensor y abrí.

―¿Quieres que te ayude? ―le pregunté.

Danke! ¡No, no! Esto tiene ruedas.

―¡Pasa, anda! Te enseñaré tu dormitorio y dejas la maleta. Supongo que querrás ducharte y cenar, ¿no?

―¿Cenar? ―preguntó extrañado―. Es tarde para eso. He comido mucho de jamón de ese tuyo. ¡Buenísimo! ―Anduvimos juntos por el pasillo―. Papa dice que cerveza aquí es muy buena. ¿Tú tienes cerveza?

―Sí. Está muy fresquita. Ahora nos tomaremos alguna, si quieres.

―Pero mejor tú no dices a papa ―susurró con misterio―; él no quiere yo bebiendo cerveza.

―Te aseguro que no diré nada ―le respondí insinuante.

―¡Nada de nada!

Cuando nos asomamos al dormitorio que conservaba arreglado para cuando mamá se venía a casa, volvió la cabeza hacia el pasillo, buscó algo y me preguntó confuso:

―¿Esta habitación de los dos?

―¡No, no! ―me justifiqué al notarlo incómodo―. Esta es la habitación de la abuela… «¿grossmutter?». Mi dormitorio está allí al fondo, pasando el estudio. ¡No te preocupes!

―¿Y tengo que dormir aquí lejos y solo? Yo quiero hablar contigo. Tú me muestras las computers, ¿ok?

―¡Claro que sí, hombre! ―le dije más tranquilo tirando de él―. Ella tiene eso decorado a su gusto. Estaremos más cómodos en mi dormitorio… si no te importa…

Al llegar a la puerta y encender la luz, asomó la cabeza para observar con atención. Mi dormitorio ―y esa fue mi impresión― no debería parecerse demasiado al suyo. Mi cama era de matrimonio extra, la decoración «techno» que a mí me gustaba y… ¡oh, una tele enorme a los pies de la cama!

―¡Sí, es una tele grande! ―dije empujándolo hacia adentro―. Si prefieres dormir en el sofá…

―¡No! ―exclamó entrando despacio―. Quiero dormir aquí. ¿La ducha?

―¡Ah, la ducha! Es esa puerta. Te dejo todo lo necesario mientras sacas ropa limpia. Yo te espero en el salón y me avisas cuando termines.

―¿Tengo que vestirme? Aquí hace mucho calor…

―¡Sí, hijo, esto no es tan fresco como Alemania! ¡A mí sí que me van a entrar calores! Yo me he quedado así, ¿ves? Puedes ponerte cómodo. ¡Cómo prefieras! O…

Antes de que sacara un par de toallas, se había quitado toda la ropa y estaba allí, frente a mí, en slips, dejándome comprender por qué coño no tenía que haber decidido que se quedara.

―¡Vamos, vamos! ―quise quitarle importancia a la situación―. Voy a decirte cómo funciona la ducha.

Tampoco; tampoco esperó a que terminara de explicarle cómo mezclar el agua fría y la caliente. Se quitó los calzoncillos, se acercó a besarme, me dio las gracias y se metió en la ducha. No pude reaccionar. Me quedé clavado al suelo mirándolo a través de la mampara. Sacó la cabeza ya mojada:

―¿Tú no te duchas? ―preguntó sin dejar de enjabonarse.

―Ya me he duchado, Johann ―respondí como pude―. Voy a esperarte en el salón, ¿vale?

―¡Tú puedes entrar! ¡Komm, komm!

¡Mi sobrino invitándome a ducharme con él! Me aseguró que en casa todos se duchaban así a pesar de que ya no era ningún niño, precisamente…

―¿Todos juntos?

―¡No! ―soltó unas risas haciéndome señas para que entrara―. ¡Todos desnudos!

Me encogí de hombros sin entender muy bien y me quité lo poco que llevaba puesto aunque, tengo que confesarlo, me costó un poco quitarme las calzonas allí delante.

Después de una ducha reconfortante y despreocupada, nos secamos uno frente al otro sin hablar y observé, no sin asombro y cierto estupor, que fijaba su vista sin disimulo en mi pubis.

―Tú eres más joven que papa ―dijo impreciso.

―¡Claro que sí, hombre! Tu padre me lleva ocho años y naciste cuando él era joven; como tú. Yo era un chiquillo…

―Sí. Tú no pareces un papá español, ¿verdad?

―¿Cómo? Perdona, no entiendo qué quieres decir…

―Los padres son serios y aburridos; y tú joven y divertido. Te he mirado siempre mucho en los vídeos. ¡Me gustas!

―¡Ah, mira qué bien! ―respondí como pude.

―¿Yo no te gusto? ―preguntó entonces abriendo la toalla para que observara su delicioso y musculoso cuerpo.

―Ammm… ¿Sabes lo que estás diciendo? En español suena a otra cosa, ¿comprendes?

―Lo sé. Igual que en alemán. Papa y abuela dijeron que tú no quieres mujer. Yo tampoco. ¡Es fácil! Pero si yo no te gusto…

 Desarmado, como un guerrero en pelotas, frente a un sobrino maravilloso que me estaba diciendo claramente… Se movió un poco hacia mí y dejó caer la toalla.

―Sería mejor ponerse algo y tomar una cerveza ―improvisé nervioso.

―¿Por qué tú así? Es tu casa, ¿no? ¿Siempre vestido en tu casa?

―¡Claro que no, Johann! Estaba desnudo cuando llamasteis a la puerta. No os esperaba. Tampoco esperaba que, sin conocer a tu tío, decidieras de pronto quedarte y lo dijeras así… ¡como si nada!

―Entonces, ¿qué tienes miedo?

―¡Soy tu tío! Te pareceré todo lo joven que quieras, te gustaré, ¡vale!, pero es que resulta que soy tu tío, ¡y nunca me he llevado demasiado bien con tu padre! ¿Lo ves?

―Mi vida no es de mi padre, tío. Sólo quería saber si te gusto… Perdón.

―¡No, no! ¡Tampoco es eso, sobrino! ¡Claro que me gustas! Te invito a unas cervezas mientras ponemos algo en la tele y charlamos. ¿Te parece bien?

Bitte! ―exclamó muy contento.

Saqué unas copas buenas ―para impresionarlo un poco― y abrí dos botellines. Cuando bebió un primer trago y lamió la espuma que había quedado en su bigote, hizo un claro gesto de aprobación.

―¡Te gusta! ―canturreé―. Vamos a tomarla allí sentados.

Ya en el sofá, uno junto al otro muy pegaditos, en pelotas y con las copas en la mano, me miró con picardía y comenzó a hablar muy dudoso:

―Siempre me equivoco. No he pensado que te importa que eres mi tío…

―Verás… Empiezo a dudarlo, Johann. En realidad, tu padre y yo casi no nos conocemos. Si te soy sincero, ni siquiera te veo como a un sobrino, sino como a un chico agradable; ¡acabamos de conocernos! Por eso prefiero llamarte por tu nombre; como a un amigo.

―¡Claro! Yo no te he preguntado si tú ya tienes… ¿amigo?

―¡Novio! Supongo que quieres decir novio.

―¿Tienes?

―¡No! ¡Qué va! Y ya va siendo hora, creo. Quizá alguno de esos amigos que tengo de siempre decida algún día tomarse lo nuestro en serio. Sólo tengo aventuras.

―Pero yo soy muy joven, Javi. Es esto.

―¡Te equivocas! ¡Me gustas, joder! Es que nunca me he visto en otra como esta.

―No entiendo…

Lo miré seriamente. Parecía un poco asustado; como si pensara que había metido la pata hasta la ingle. Por su cabeza, desde algún tiempo atrás, podían haber pasado ciertas historias con aquel que veía en las fotos y los vídeos. A mí siempre me había gustado, pero jamás hubiera imaginado una cosa así con mi sobrino.

―Vas a estar aquí nueve días, creo ―le dije muy a mi pesar―. Habéis venido a ver a la abuela y tendrás que estar con papá y mamá… ¡No vas a estar conmigo! Mañana te vas, a lo mejor nos vemos alguna tarde y luego… tú a Berlín y yo aquí solo. ¡No! No me parece justo; ni para ti ni para mí.

―¿Es justo que yo me vaya y no esté contigo, Javi?

No pude remediarlo. Solté la copa en la mesa, me dejé caer un poco sobre él y lo abracé sin decir nada. Sus labios rozaron tímidamente la comisura de los míos.

―Yo quiero perfeccionar mi español. Tengo una beca Erasmus y estaré aquí para estudiar. Así no tengo que hacer intercambio. Eso no lo sabías. ¿Tampoco así?

―Creo que ahora entiendo. Eres joven y lo ves todo muy fácil. Si mañana me propusieras que probáramos me sería imposible decirte que no.

―¿Tiene que ser mañana?

―¡Por favor, Johann! ¡Me encantas! ¡De verdad! Lo que no ves es lo que viene después. Imagina que te digo que sí, convivimos, estamos a gusto…

―Nos queremos…

―¡No puede ser! ¿Qué iba a pensar la abuela? No es tan sencillo.

―Tú no tienes que decir nada, Javi. Yo ya he dicho a mis padres y a la abuela. ¿Tienes miedo a eso?

―¿Cómo? ¡Me asusta esto! ―respondí muy seguro―. Lo que está pasando ya, me da pánico.

―¡No ha pasado nada! Todavía… Por favor para mí. ¿Tampoco?

Era un compromiso imposible; peligroso a mi modo de ver, aunque parecía haberlo dicho abiertamente a la familia. Empezaban a encajar ciertas piezas; ciertas conversaciones con mamá. Lo cierto era que pasar una buena noche con él y decirnos adiós me parecía un disparate y, ¿a quién no le iba a apetecer el cuerpo que tenía pegado al mío en esos momentos? Mi madre se llevaría las manos a la cabeza: «¡Incesto!».

―Vamos a beber otra ―dije levantándome y disimulando mi erección―. Necesito tiempo. Cosas así no se pueden decidir en diez minutos. ¿Cuánto tiempo hace que has llegado? Todo eso es lo que me asusta… y, siendo sincero, me gustaría tenerte.

―¿Por qué no miras mi cuerpo?

Tenía razón. Estaba evitando mirarlo por «el qué dirán» cuando nadie podía vernos. Volví a sentarme a su lado, puse la mano sobre su pierna para acariciarlo y pegué mis labios a los suyos como si me hubiera vuelto loco de pasión, olvidando que era quien era. Me gustaba porque estaba buenísimo; y lo quería en el fondo porque estaba harto de verlo en fotos y formaba parte de mi vida.

―¿Sabes que te quiero? ―le susurré―. Te quiero desde hace tiempo sin haberme acercado a ti hasta ahora; te quiero porque siempre me has caído bien y te miraba en los vídeos como a mi sobrino; ¡por eso! Pero ya no sé si es amor familiar y me va a costar trabajo saberlo.

Colocó su mano, en un imperceptible movimiento,  de forma que su palma rozaba la punta de mi glande. Era una mezcla de dos sentimientos inmensamente profundos. Uno era mera atracción, por supuesto; el otro no lo entendí aquella noche.

Cayó sobre mí empujándome con fuerzas y su mano se aferró a mi polla como si no quisiera perderla nunca:

―¡Enamórate de mí! ¡Enamórate de mí!

Lo empujé para levantarme y asomó a su rostro un gesto de desconcierto. Alargué mi brazo para tomarlo por el cuello y tiré de él para llevármelo a la cama. Caminando por el pasillo, casi a oscuras, siguió acariciándome sin parar un segundo hasta que lo dejé caer en la cama:

―Voy a quererte esta noche, ¿sabes? Quizá no deje de quererte nunca. No sé lo que va a pasar mañana; sé lo que va a pasar ahora… exactamente lo que has soñado tanto tiempo.

―¡Javi! ¡Yo lo sabía! Yo pedí a papa venir a visita antes de venir a estudiar. Él quiso venir a visitar a abuela; no yo. Nadie va a decir nada…

Caí sobre él lentamente para besarlo y se dio media vuelta para quedar bocabajo sobre la cama. Me eché sobre él y acaricié cada rincón de su cuerpo, sus pectorales firmes, mientras besaba su cuello.

Volvía su cabeza de vez en cuando, como haciendo una pausa, para besarme dulcemente y dejó en todo momento que yo decidiera qué hacer.

Eran mis primeros escarceos con alguien que no hubiera imaginado jamás y comenzaban a parecerme los primeros de toda una larga serie de mimos, caricias y sexo.

Follamos, por supuesto. No una vez ni dos; toda la noche. Quise que su polla me empujara en la campanilla mientras se corría; y eso mismo hizo él conmigo. No cabía la más mínima duda de que abandonarlo iba a ser crear una distancia aún más tensa que la que había habido siempre entre mi hermano y yo. Iba a tenerlo allí mientras estudiaba su carrera, de todas formas. Quizá iba a tener que pasar por momentos muy difíciles, pero no estaba dispuesto a arruinar su vida; ni la mía.

 

―¡Hijo! ―exclamó mamá cuando nos llamó por la mañana―. ¿Qué tal habéis pasado la noche?

―Bien, mamá; muy distraídos…

―¡Me alegro! Seguro que has hecho muy buenas migas con Johann. ¿A que te gusta? Pedro reconoce que este largo distanciamiento ha sido culpa suya. Ya está todo aclarado, aunque yo discrepe bastante de ciertos comportamientos.

―Todo a su tiempo, mamá… ¿Quieres hablar con tu nieto?

―¡Claro que quiero! Pásamelo ahora y venís luego. Johann se vendrá a estudiar a España. ¿Te lo ha dicho? Que arregle mi habitación para sus estudios a su gusto. ¡Sé que lo vas a querer mucho! ¿Verdad?

―No te quepa la menor duda, mamá.

―¡Ay, Jesús, qué cosas! Si tu padre levantara la cabeza…



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