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Fecha: 16-May-17 « Anterior | Siguiente » en Lésbicos

A mi hija le gusta la conchita

AmbarConeja
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Fue tan sorprendente encontrar a mi nena en pleno clímax con esa mujer que, no pude prohibirle a mis ratones liberarse y calentarme la concha como nunca antes! Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

A mi nena le gusta la conchita

No lo podía creer! Pensé que mis métodos y mi forma de educar a Soledad habían dado buenos resultados. Hasta ayer no tenía absolutamente nada que reprocharle, exigirle, reclamarle o lamentar de su conducta, sus calificaciones escolares y su sed de liderazgo como capitana en su equipo de vóley, sus buenas relaciones con sus amigos y su poca gana de dramatizar con los amores adolescentes. Nunca hizo falta levantarle la voz para nada. Es ordenada, limpia, correcta en su lenguaje y sus modos, muy delicada y espontánea.

Justamente, como premio a sus esfuerzos, y teniendo en cuenta que hace una semana cumplió los 18, con mi marido tuvimos la idea de comprarle un auto. Era un Peugeot 306 usado pero en excelentes condiciones.

Ayer por la tarde ultimé detalles con la agencia, firmé papeles y pedí permiso para salir más temprano del trabajo. Hace 10 años que tengo a cargo una afamada imprenta en Caballito, y gracias a la confianza que se ganaron mis empleados, a veces me doy el lujo de ausentarme alguna tarde.

Esperé el llamado de mi marido y entonces fui hasta Barracas, que es donde vivimos. Mi marido dejaría el coche de Soledad en la puerta de casa y luego iría a un café por una reunión de negocios. Yo debía sorprender a nuestra hija con semejante regalo, y no lograba controlar la ansiedad por ver la alegría en sus ojos celestes.

Entré algo extrañada, pues, la puerta de calle estaba sin llave. Me quité los zapatos, puse música bajito, la llamé, aunque sin insistir porque, en ocasiones solía recostarse un ratito a la salida del gimnasio, y me preparé un té. Me lo tomé medio a las apuradas, y decidí que algo tan importante no tenía que esperar más.

Subí las escaleras rumbo a su habitación y, me sorprendió ver su cama vacía. Estaba su celular, su billetera y su celular en una silla. La puerta del baño permanecía abierta. Tampoco había rastros de ella en la sala de lectura, ni en el balcón donde a veces se sentaba a pensar.

Entonces bajé con los nervios de punta.

No quise llamar a ninguna de sus amigas hasta no revisar la casa por completo. Pensé que podía estar en mi cuarto con los auriculares puestos, tal vez agotada por la rutina, y me tranquilicé.

Pero, apenas estuve a unos pasos de la puerta entreabierta, se me paralizó hasta el último músculo del cuerpo. Tragué saliva y sentí que algo imposible de definir me arrancaba la garganta. Oía besos, gemiditos, movimientos de roces y fricciones invisibles a mis ojos, ya que la luz estaba apagada. Quería creer que mi hija estaba excitadísima, pero que fuese un muchachito tan sediento como ella el que la incitaba a gozar de esa manera.

Pero cuando decidí entrar al cuarto, vi que era una mujer que le doblaba la edad la que lamía su sexo, le acariciaba el abdomen y los senos. Mi niña tenía los pezones duros y crespitos, el pelo mojado, la bombacha por las rodillas, las piernas en un constante temblor, las manos en el pelo de Mónica y los ojos cerrados.

Sí, yo conocía a Mónica, tanto como Soledad. Ella cuidaba de mi hija cuando era pequeña. Es nuestra vecina de toda la vida, y a pesar de ello jamás supe de su condición sexual. Ahora algunas piezas empezaban a reorganizarse en mi mente mientras seguía impertérrita, muda y desorientada, viendo cómo Soledad succionaba los dedos de Mónica, y ella se los deslizaba por las tetas.

Mónica no tenía hijos, y siempre se quejaba del poco tacto de los hombres a la hora de seducir a una mujer. Nunca se vestía muy femenina que digamos, a pesar de que tiene una cintura preciosa y una cola que derrite todo a su paso. Siempre sale sola a tomar un café o al shopping. Algunas veces Soledad la acompañaba, y entonces mi cabeza generó posibles situaciones entre ellas. Las imaginaba besándose en el cine, entrelazando sus manos cuando iban en el tren a lo de sus abuelos, a Mónica mirarla con deseo mientras Soledad se arreglaba para salir con amigas, o a mi hija aprendiendo a masturbarse bajo los consejos de su mentora.

Pero la realidad era mucho más cruda que en mi imaginación.

Mónica olía la bombachita roja de mi niña luego de sacársela con la boca, una de sus manos le abría los labios vaginales para que un dedo irrespetuoso se escurra en su hueco prohibido, y con la otra se apretaba las tetas, tan desnudas como el asombro de mis oídos al escucharla romper el silencio.

¡no te asustes Sandrita, que recién tuvo un polvito sensacional, tiene una conchita deliciosa tu nena!

Quise mandarla a la mierda y reventarla a trompadas.

Pero la voz de Soledad la defendió de cualquier acto violento que pudiera aplicar sobre ella.

¡mami, yo estoy bien, no te pongas mal… me encanta que me toque, que me coma la concha y las tetas, que me chupe toda!, dijo ahogando sus palabras, porque la lengua de Mónica se nutría de los jugos que renacían de la fiebre de su clítoris.

Soledad le presionaba la cabeza y se movía como para pegar más y más su pubis a su boca, y los chupones de mi vecina la hacían gemir de emoción.

Mónica le lamió los pies, le mordió los talones, le hizo cosquillas detrás de las rodillas, le metió un dedo en la entrada de la vagina para lamerlo y, justo cuando me pareció escuchar el timbre, se dio a la tarea de saborear sus pezones. Se los sorbía, los estiraba, los juntaba entre sus labios y no paraba de friccionarle la conchita.

Sole jadeaba con algunas lagrimitas en los ojos y le pegaba en el culo a Mónica, que ya no tenía su jean desgastado.

Por momentos quería que la tierra se abra y me trague. No sabía cómo dejar de observarlas. No podía reprender a Soledad ni echar a  la mierda a Mónica. Pensé en mi marido y en su reunión de negocios. Tuve ganas de que no vuelva hasta que todo culmine entre ellas. Pero también de que las vea y les caiga con todo el rigor de un macho enojado de verdad. Nada resistía explicaciones ni análisis en mis estructuras derrumbadas ante mí.

¡sacame la bombacha Sol, dale chiquita, y pajeame un ratito, querés?!, dijo Mónica poniéndose como en 4 patas sobre el cuerpito de Sole, que seguía boca arriba. De esa forma sus bocas se reunían con sus respectivos sexos para compartirse una inacabable sensación de placer.

La bombacha de Mónica cayó espesa de tantos flujos al suelo, y su lengua se internaba más y más adentro de la vagina de mi pequeña. Esa lengüita la estaba cogiendo como la pija que siempre soñé que alguna vez le arrancara un orgasmo tras otro en su luna de miel.

La boquita de Soledad también lamía. Besaba. Chupaba y jugueteaba en la conchita sedienta de mi vecina, y se desesperaba por llenarse de su aroma.

¡no sabés cómo chupa la concha tu nena Sandri… seguí pendeja, comeme toda, meteme los deditos, dale, que me volvés loca!, susurraba entre jadeos y espasmos de lujuria, al tiempo que Sole le estrujaba las nalgas sin abandonar el fragor de sus suspiros y su boca laboriosa.

¡vos también me calentás mucho, mordeme la chuchi, dale perra, sacame todo el juguito!, decía mi hija envuelta en un río de sudor que ardía en las sábanas.

Cuando Mónica se levantó y abrió el cajón de la mesa de luz de Soledad, no sé por qué una sensación de estremecimiento se apoderó de mis sentidos. Sacó de adentro una hermosa bombachita blanca con un pito erguido, de no más de 15 o 16 centímetros.

Se la puso sin perder tiempo, le dio sus tetas a mi hija para que se las succione como una bebé acalorada, desnudita y solloza, la besó en la boca y, lentamente fue acomodándose encima de su cuerpo para primero frotar la puntita de ese chiche en el clítoris incandescente de Soledad, que retorcía los deditos de los pies como no creyendo en lo que estaba viviendo.

Hubo unos movimientos sutiles, después unos besos intensos, y luego un quejidos de Soledad acompañado de un quiebre de cintura de Mónica, al que le siguieron varios. Supe que ese pito de mentirita, pero flexible y penetrante comenzaba a entrar y salir de la vulva de Soledad. El impacto de las tetas de Mónica contra las suyas podían iluminar todo el cuarto con los chispazos que desprendían tales frotadas, y mi nena gemía feliz, cada vez más entregada a su amante.

Supuse que el entrechoque de sus pubis le ofrendaba a Mónica una excitación inmanejable, ya que Soledad le mordía los pezones, le rasguñaba la espalda dejándole serias cicatrices, ya que tenía las uñas largas, le apretaba las piernas con las suyas como respuesta a los ensartes de su pija de plástico y la lamía enceguecida, casi sin reparar dónde.

Pero mi nena tampoco controlaba sus gritos, ni las groserías que pronunciaba su aliento fresco, como de hierba empapada por el rocío.

¡cogeme guacha, haceme tuya, sentime y comeme las tetas, abrime toda con esa poronga rica, tocame toda y no pares putita!

De repente tuve ganas de meterme una mano por debajo de la falda y masturbarme con la misma despreocupación que ellas me inspiraban.

Pero la moral, mis temores y prejuicios, mi rol de madre aterrada por el panorama que, ahora ya no me parecía tan terrible, no me lo permitieron.

Justo en ese ir y venir de pensamientos sucios en mis venas, Mónica se levantó luego de que ambas quedaron unos minutos pegoteadas como babosas, a punto de caerse de la cama. Las dos tiritaban, gemían bajando las revoluciones, pero se besaban con una obsesión que, podría incendiar toda la casa con solo acercarles un pedazo de papel.

Mónica, sin sacarse la bombacha le hizo lamer el juguetito a mi nena, y recién entonces me miró con cierta desconfianza.

¡y bueno Sandri, a tu nena le gusta la conchita como el helado de chocolate!, dijo la descarada, con una sonrisa de circunstancia y la lengua de Sol limpiando el pene de fantasía, saboreándose como si fuese un manjar exótico.

Soledad no podía dirigirme la mirada. Solo lo hizo ni bien Mónica se vistió, recordando que esperaba a no sé quién en su casa y se le había hecho tardísimo.

Allí contemplé a mi hija desnuda, con huellas y marcas de besos en la piel, con olor a sexo, con destellos de saliva y los ojitos luminosos como nunca.

¡no me vas a retar por esto ma?, yo quería hablar con vos de Moni, pero no me animé!

No podía retarla. Ni pensé en castigos o reprimendas. Solo pude articular en medio de un bostezo descomprimidor:

¡ponete una bombacha, algo encima y vamos a comer una pizza, querés? Ya llega tu padre… y si te gustan las chicas, eso no cambia nada mi vida, no te aflijas!

Ella sonrió, guardó el juguetito en una bolsa para entonces devolverlo al cajón, y salió de la cama dispuesta a vestirse con lo primero que encontrara luego de una ducha.

Cuando estuvimos en el living recordé que el auto estaba esperando en la puerta, y preferí que le demos la sorpresa con mi marido. Esa noche hubo felicidad, algarabía, abrazos de sincera emoción y agradecimiento, alguna charla para advertirle de los cuidados de la gente en la calle, pizzas, algunas cervezas y muchos brindis.

Mi marido la trataba como a una princesa, y mi hija sabía cómo enorgullecernos cada vez que nos hablaba.

Pero yo sabía su secreto, y esa noche no pude con las ataduras de mi mente. Apenas estuve en ropa interior en la cama con mi marido se lo comenté todo, con detalles y por menores. Me gustó que se lo tomara con naturalidad.

Yo permanecía caliente por todo lo que había visto, y esa noche, en cuanto le toqué la pija comenzamos a fantasear con ella y con la vecinita. Hacía mucho tiempo que no cogíamos así de rico, con una pasión que se nos desbordaban hasta los gemidos.

Yo pensaba en la boca de Soledad comiéndole la conchita a esa perra, y él en el culo de Mónica siendo azotado por las manos de nuestra nena. Esa madrugada me dio tanta leche, y se le había parado tanto que hubo lugar para dos polvos más. El guacho acababa cada vez que le decía que Sole tiene una conchita perfecta, que gime como una diosa del sexo y que le excita mucho que le pellizquen la cola. Mi marido nunca habló con Soledad de nuestro secreto, en especial porque yo se lo pedí.

Saber que a mi nena le gusta la conchita nos encendió todos los morbos que jamás imaginarnos que existían. ¡¿cómo podría prohibírselo?!    fin


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