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Fecha: 19-May-17 « Anterior | Siguiente » en Lésbicos

La invitada de Íngrid quería probar y probó

Erardo
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Íngrid invitó a casa a una compañera de la Universidad, la chica era muy tímida y según me había dicho Íngrid decía sentirse lesbiana, pero no estaba segura. Íngrid es, como dije en el primer relato, la hija de un amigo mío. Íngrid y su amiga querían tener sexo entre las dos. Me dejaron mirar y... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Íngrid invitó a casa a una compañera de la Universidad, la chica era muy tímida y según me había dicho Íngrid decía sentirse lesbiana, pero no estaba segura. Íngrid es, como dije en el primer relato, la hija de un amigo mío, ahora además es mi sumisa. Íngrid y su amiga querían probar a tener sexo entre las dos. Al final sus dudas las aclaramos entre los tres.

Siempre he respetado a las personas homosexuales, a las bisexuales a veces además las he disfrutado, o las he dejado "hacer" con respeto.

Ese fin de semana no habría sumisión entre Íngrid y yo para que su amiga de la facultad no se enterara de que era sumisa (lo manteníamos en secreto). Su amiga se llama Antonia y es italiana. Nada más llegar a casa Íngrid la acompañó a su habitación, las dos dormirían juntas para así poder tener su experiencia lésbica. Antonia estaba encantada con mis fotografías de paisajes en mi blog de Google, realmente estaba encantada conmigo. Además me confesó que le parecía de lo más excitante que mi amigo dejara a su hija de veintiún años vivir con un cuarentón. El primer día recolectamos flores del jardín entre los tres, Antonia era feliz como una niña, tenía diecinueve añitos, dos menos que Íngrid pero parecía aún más joven, con dieciocho comenzó en la universidad. Íngrid con su pelo rubio cortito y Antonia con su pelo moreno y largo hasta el culo me parecían dos diosas del Olimpo que se habían colado en mi jardín.

Ese sábado por la tarde los tres nos sentamos en el sofá a ver una película; Antonia en el centro, yo a su izquierda e Íngrid a su derecha. Antonia llevaba un vestido campestre estampado con flores, muy suelto y veraniego, el cual le llegaba por encima de las rodillas y dejaba ver unos muslos fuertes y de una piel morena preciosa. Ella e Íngrid iniciaron una conversación, Antonia me miró de reojo y al ver que yo estaba concentrado en la película se soltó hablando con Íngrid y desahogando sus pesares. Yo no estaba tan atento a la película como ella creía, estaba más atento a la conversación entre la dos (perdón), y a los muslos de Antonia sobre todo. Antonia se sentía cómoda allí en medio de los dos, su forma de hablar tan suave y vulnerable daban una sensación de ternura muy sensual. Comenzó a profundizar en la conversación con Íngrid, mi oído se agudizó porque hablaban muy bajito, esto es lo que "cacé":

Si Íngrid, como te lo cuento, todo el instituto me sentí enamorada de ella, y cuando tuve la ocasión, "no me atreví".

—Valla, eso pasa, nos cuesta más con quien amamos. Ya sé que no lo has hecho con otra chica, ¿pero te has magreado por lo menos? —dijo Íngrid muy bajito y ella contestó:

—Claro que sí, con varias chicas, pero en alguna fiesta... y las dudas siempre me pararon a la hora de ir hasta el final; ¿y tú, tampoco te atreviste Íngrid?

—No es eso, es que no lo deseé, pero ahora al conocerte he sentido ganas de ayudarte a cumplir tu deseo y probar yo también, ¡y aquí estamos! Antonia, alguna vez has estado con un hombre.

—Si pero muy mal, quedé con un joven que estaba algo bebido y me besó y me tocó de un modo brusco y grosero, pero no es por eso, siempre me han atraído las chicas, y si son rubias como tú más, mi debilidad.

—Gracias primor —dijo Íngrid y las corté yo diciendo:

— ¡Bueno chicas vais a ver la película o seguir hablando!, "mirad que apago la tele y os hago cosquillas a las dos".

Ni corto ni perezoso comencé a hacerles cosquillas a las dos en la barriguita, sin tocar las tetitas por supuesto; como se reían las dos.

Por la noche, cuando ya estaba acostado, Íngrid vino a mi habitación y moviéndome me despertó y me dijo:

—Amo, Antonia ha aceptado mi petición de que estuvieras presente en nuestro primer encuentro.

—Como coño has conseguido "eso".

—Veras Erardo, yo soy más malilla que ella, y la he convencido de que solo las dos no me excita lo suficiente. Le he dicho que tú me atraes mucho y me da mucho morbo que nos veas desnudas hacer el amor, y que seguro que no me dices que no. No es verdad que no me atraiga lo suficiente, porque es preciosa y muy tierna, pero quería que disfrutaras de nuestros juegos—dijo y le respondí algo enojado "de verdad":

—Anda Íngrid ve allí y dile que yo no quiero, que no quiero aprovecharme de sus dudas y su inocencia, anda, ve y díselo —dije en tono avergonzado.

—Sí Amo.

Pon, pon, pon; ¡otra vez la puerta!, y otra vez despierto. Abro y me encuentro a Antonia en braguitas con sus enormes tetas al aire, me dice:

—Señor Erardo, me ha dicho Íngrid que no quiere aprovecharse de mí, y eso me ha gustado, por su falta de egoísmo; de verdad, gracias, pero venga con nosotras, que ahora yo también lo deseo, ¿no nos irá usted a despreciar a las dos?, no quiere acompañarnos en este comienzo, ande venga, siempre me ha gustado que me vean desnuda, será excitante.

—Vale, vale Antonia, que iré, gracias preciosa por este regalo de los Dioses que es ver este encuentro de ninfas.

En la habitación me senté en una silla junto a la cama, vestido con mi pijama, callado y solo mirando muy emocionado.

Esto es lo que vi y escuche con mucha emoción:

Antonia, a los pies de la cama, se desprendió de sus braguitas de algodón con dibujos de frutas dejando ver un chocho con un cepillo de pelos negros muy abultados, pero estrecho, no parcia recortado. Íngrid se desprendió de sus braguitas y de su camiseta. Se subieron sobre la cama y no se arroparon por mí, se tumbaron, Íngrid acarició el enorme y proporcionado trasero de Antonia, se besaron en la boca muy tiernamente.

Íngrid comenzó a acariciar las enormes tetazas de Antonia, que tiene los pezones tan grandes como huevos fritos de codorniz, y muy oscuros... sus pezones se alzaban como montoncitos de arena de mar. La mano de Antonia se despachó a gusto con la raja de mi Íngrid, acariciando continuamente la pelusilla rubia y escasa de mi sumisa.

Íngrid puso su culito mirando hacia mí, y abriendo los muslazos morenos de Antonia comenzó a comerle el coño lleno de pelos negros como una piraña. Los pelos del coño de Antonia brillaban bajo la suave luz de la lámpara de la mesita de noche (que espectáculo disfruté) una peli de chicas en 3D. Se turnaron y Antonia mordía los muslos y los labios externos del chochito de Íngrid, y el comienzo de sus cachetes desde abajo, lamiendo el pequeño ano de Íngrid, la cual se corrió en su boca y en las sábanas ya arrugadas y desmadejadas.

Dando varios saltitos hicieron un 69 bestial: mientras se comían sus respectivos coños, cada una de ellas estrujaba la cabeza de la otra con sus piernas; Íngrid casi no podía respirar apretada por los muslazos de Antonia.

—Vente Erardo —dijo Íngrid.

—No —dije intimidado ante tanta pasión lésbica verdadera.

Me sentía muy excitado, pero como que estaba de más allí.

—Erardo, ¿sabes una cosita? —dijo Antonia muy feliz, ya muy segura; con Íngrid había perdido las dudas y la timidez.

—Dime Antonia, sorpréndeme.

—Veras, con lo amable que has sido conmigo y lo que me ha excitado que estés de público. Siento que este es el momento de probar el pene de un hombre, algo que nunca he probado, y que después de lo que he sentido con Íngrid creo que si no pruebo tu polla hoy; "ya nunca probaré".

La creía de verdad, las había visto ser tan felices delante de mí que hasta en algunos momentos deseé haber sido yo también mujer; le contesté a la muy jovencita morena:

—Aunque tú no lo creas, e Íngrid menos aún "y ella me entiende", estoy vergonzoso y tímido ante vuestra pasión; pero te daré el gusto. Antes deja que valla a lavarme mis intimidades, que ahí en el rincón me he puesto sudando.

—Vale guapetón.

Después de lavarme muy bien con jabón, me perfumé los muslos y el vientre, para que al hacérmelo ella oliera en el entorno mi perfume de Christian Dior.

Al regresar estaban esperándome sentadas sobre la cama sonriéndome. Me desprendí de mi pijama y pude ver que mi pene estaba casi erecto pero no del todo... yo de rodillas sobre la cama; Íngrid tragó "mi tajada" y la magreó dentro de su boca como una trituradora, se sacó mi pene duro como un consolador. Antonia se acercó a mí y dio lengüetazos a mi pene, como saboreándolo y comprobando que sentía al hacerlo, que carita mas bella; se tragó mi pene entero y movió su cabeza como una profesional, "cuando la tenía bien adentro", apretaba un poco los dientes clavándolos en mitad de mi tronco. Bajo nosotros se tendió Íngrid y comenzó a dar con la punta de su lengua, muy ligeramente, solo rozando un poco mis testículos que colgaban como una breva madura, como maduro soy yo. Antonia se recreó en el agujero de mi pene con la punta de la lengua, uffggggg, ¡parecía limpiar el revólver por el cañón!, ¡Que tía, joder!

Un solo chorro, en la nariz de Antonia, y varias gotas en los ojos de Íngrid, allá, bajo nosotros.

Al día siguiente repitieron las dos, pero Antonia, como ya me había dicho, no quiso que participara yo; su sexualidad se había decantado por otra mujer.

El lunes, después de marcharse Antonia me dijo Íngrid al oído:

—Erardo, en la universidad hay más chicas que quieren probar con una rubita como yo, así que a lo mejor repetimos, ¿no?

—No seas mala Íngrid y déjalas tranquilas, que eres un zorrón.

—Erardo—


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