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Fecha: 17-Jun-17 « Anterior | Siguiente » en Grandes Series

Hasta el Quinto Pino y Más Allá. Capítulo 4.

Alex Blame
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Capítulo 4. ¿Dónde coños estoy? Marco despierta al otro lado del agujero de gusano... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Capítulo 4: ¿Dónde coños estoy?

 

 

 

Desperté con la cabeza dándome vueltas. Lo primero que noté es que Eudora había vuelto a estabilizar la aceleración del motor gravitatorio en una gravedad para que me sintiese cómodo.

Me arrellané en el asiento, intentando fijar mi mirada y miré en la consola. Todos los instrumentos parecían funcionar correctamente y las naves habían desaparecido de la pantalla, pero había algo que me preocupaba.

—¿Dónde diablos estamos? —pregunté  a la nave.

—No lo sé, señor. Al atravesar la singularidad, las referencias de navegación han cambiado totalmente y no reconozco ningún punto de referencia.

—¡No me jodas!

—Lo siento, capitán, pero todo apunta a que aquella nave quería escapar mediante un agujero de gusano y nos vimos atrapados en él. Podemos estar en cualquier otro lugar de esta galaxia o incluso de cualquier otra.

Estupendo, mis deseos se habían cumplido, no volvería ver el jeto de ningún humano nunca más. Si quería volver a ver a una mujer en bolas, tendría que ser en alguna de las películas de la colección porno que había traído conmigo.

—Está bien, no nos pongamos nerviosos. Si esa nave huía, lo haría en alguna dirección, ¿Hay alguna fuente de radiación en las inmediaciones?

—Creo que tiene razón, capitán. —asintió Eudora— Hay una fuente de microondas y de ondas de radio a unos doscientos setenta grados y a unos treinta millones de kilómetros de distancia.

—Está bien dirígete hacia allí, con  las luces de navegación apagadas y mira a ver qué puedes averiguar de ese lugar.

Tras unos segundos, Eudora me mostró una serie de gráficos en la consola mientras me explicaba que nos encontrábamos en un sistema cuyo centro era una enana blanca. A su alrededor, los sensores habían detectado tres pequeños  planetas demasiado alejados del pequeño sol como para ser otra cosa que tres bolas de hielo. Orbitando en torno a uno de ellos había dos objetos, uno de los cuales era la fuente de las radiaciones.

Le dije a Eudora que invirtiera los motores y terminara la aproximación a los satélites con las velas solares hasta quedar orbitando a unos seiscientos kilómetros de distancia.

Allí, con los motores apagados y camuflado gracias al color oscuro del casco, enfoqué todos los sensores hacia el pequeño satélite habitado.

El astro era un pequeño objeto de forma irregular, sin atmosfera ni agua en su superficie y de unos doscientos kilómetros de largo. Su superficie pardogrisácea, su forma alargada e irregular y los  agujeros causados por los impactos de múltiples meteoritos caídos en su superficie hacían que me recordase a una patata podrida.

Aprovechando el extremo más agudo habían construido un amarradero con capacidad para una docena de naves espaciales. Una especie de escudo energético protegía el resto de la pequeña colonia, contenía un ambiente respirable y mantenía una temperatura soportable. Bajo aquella estructura se apretaba una pequeña zona industrial formada por la torre de control erizada de antenas y armas defensivas y una serie de almacenes de forma prismática. Un poco más allá se podía ver una zona urbana en la que destacaba una extensa  plaza rectangular con un edificio enorme y rodeándola había una miríada de pequeñas edificaciones, aprovechando todo el espacio disponible y formando tortuosas callejuelas.

 Amarradas a los muelles, pude distinguir al menos tres naves como la que se había desintegrado al otro lado del agujero de gusano aunque algo más pequeñas. Desde una distancia prudente las observé con más detenimiento. Eran alargadas con pronunciadas aristas y se distinguía claramente la zona de proa con el domo en el que se alojaba el aparato que generaba los agujeros de gusano y la popa en la que destacaban dos enormes toberas que debían formar parte del sistema de impulso de las naves.

El resto del casco estaba ocupado por torretas de armas y pequeñas toberas probablemente para ayudar a las enormes naves a maniobrar.

Estaba claro que, por lo menos, había resuelto el problema de si estábamos solos en el universo. Lo que no estaba claro es que pudiese volver a la tierra para contarlo.

—¿Puedes escuchar sus comunicaciones? —pregunté.

—Creo que sí, parecen utilizar microondas para enviar mensajes a las naves que no están amarradas y trasmisiones de onda corta para comunicarse dentro de la estación.

—¿Podrías descifrar su lenguaje?

—Me llevará unos días, pero creo que sí.

—Estupendo porque luego me lo tendrás que enseñar.

Mientras Eudora analizaba las comunicaciones, yo traté de pasar el tiempo y espantar el tedio, haciendo ejercicio y buscando algo en la nave que pudiese usar para hacer trueques o conseguir dinero. La verdad es que no había mucho. Suponía que las muestras que había conseguido en Marte no servirían de mucho así que me deshice de ellas.

Busqué entre el material que tenía para reparaciones y aparté algunas cosas que quizás les pudiese resultar útil a aquella gente, aunque lo dudaba mucho. Lo más probable es que tuviese que recurrir a algo que no hubiesen visto jamás.

Aquel era un lugar de paso, al principio me recordaba a un bar de camioneros. En cuanto las tres naves que había amarradas se fueron  un par de días después,   empezó un constante trasiego de naves más pequeñas de todas las formas y tamaños. Amarraban. hacían lo que les había traído a aquel lugar y se iban rápidamente.

Pronto me di cuenta de que las naves pasaban demasiado poco tiempo, un par de días como mucho. Y cuando vi que un día, de repente se largaban todas a la vez, justo unas horas antes de que llegasen otras dos naves más grandes con un aspecto parecido a las que había cuando llegué, me figuré que aquel lugar era una nido de contrabandistas y aquellas eran naves de algún tipo de autoridad que debían sospechar algo, pero que nunca encontraban nada.

Por lo menos había tenido suerte. No había mejor lugar para conseguir  lo que necesitaba. Seguramente allí todo estaría en venta, siempre que pagase el precio adecuado.

Otra cosa que noté fue que a pesar de pasar muy cerca de Eudora, ninguna de las naves había dado muestras de detectarme, lo cual contribuyó a tranquilizarme. Probé a desplazarme lentamente con las velas solares y llegué a estar a menos de setenta kilómetros de la estación sin que nadie pareciese haberlo percibido.

Tres días después recibí el primer informe de Eudora. Al parecer las transmisiones de radio se habían hecho en más de treinta idiomas distintos, pero el noventa por ciento se hacían en un especie de idioma común que según la computadora era muy sencillo y bastante fácil de pronunciar.

Aquel mismo día empezaron mis clases de idiomas. Pronto me quedó claro que Eudora tenía razón. Las frases eran cortas, los verbos eran sencillos y regulares y los nombres y adjetivos se agrupaban en ámbitos, de forma que cada ámbito tenía una raíz y luego disponía de una serie de terminaciones que encajabas luego para formar las palabras que necesitabas de forma que para poder expresarme solo necesitaba aprender unas mil raíces y unos cientos de terminaciones.

Otra cosa era que luego cada tripulación que llegaba usase una variante de ese idioma con su propia jerga y palabras memorizadas desde la infancia que eran deformaciones de las originales, pero eso no me importaba para la traducción tendría el apoyo de Eudora lo que quería era poder hacerme entender y no me importaba parecer raro o arcaico. Siendo el único humano en ese lugar, mi forma de hablar sería lo último que llamaría la atención.

Como pensaba, no me llevó más que unos días aprender los rudimentos, otra cosa era hablar con soltura así que me dediqué a charlar con la computadora de casi todo lo que se me ocurría. Una vez más Eudora me sorprendió por su capacidad de aprendizaje. La conversación al principio artificial y acartonada empezó a ser más fluida y en cuestión de pocos días me encontré charlando con ella como lo haría con un colega, incluso llegando a bromear. Nunca se me pasó por la cabeza, que el pensamiento de aquella máquina pudiese llegar a ser tan complejo y eso hizo que comenzara a cogerle un cariño especial, llegando a pensar en la nave como en una especie de hija grande y gorda.

Al fin me sentía lo suficientemente seguro como para poder desenvolverme en aquel idioma. Mientras estudiaba, nos fuimos alejando con las velas hasta estar a una distancia en la que nuestra aparición no causase sorpresa. Encendí las luces de navegación e imitando los protocolos que había estado observando en las naves que arribaban, me identifique y declaré que el objetivo de mi llegada era comerciar y reaprovisionarme.

El plan era sencillo. Llegar, simular un problema técnico para no salir de la nave en unas horas y aprovechar para que Eudora se conectase a la base de datos de la estación y así poder averiguar que podíamos vender y qué necesitábamos comprar. Especialmente estaba interesado en aquel aparato para crear agujeros de gusano y que al parecer todas las naves poseían.

Nadie pareció extrañarse del nombre de mi nave, nadie preguntó por mi procedencia y nadie se preocupó en hacer preguntas a parte de como pagaría la tasa de embarque. Estrenando mi nuevo idioma les conté que tenía una avería en la computadora de navegación y que les pagaría en cuanto me fuese posible. Nadie se preocupó, tampoco lo necesitaban. Los anclajes habían unido  la estación espacial a la nave de manera que no tenía ninguna posibilidad de largarme hasta que hubiese pagado.

Eudora, además de las comunicaciones por radio, había establecido una conexión de datos con una red pública de la que se podía obtener todo tipo de información. Mientras Eudora buscaba objetos para comerciar y la forma de conseguir piezas para el generador de agujeros de gusano yo me concentré en averiguar algo sobre los dueños de aquella estación.

Al parecer aquel lugar era oficialmente la estación de reaprovisionamiento Federación-13 en la frontera entre la Federación Kuan y el estado Kronn cerca del límite exterior de la galaxia, aun no sabía qué galaxia.

Afortunadamente parecía que la bioquímica de los habitantes de aquel lugar era similar a la mía. Respiraban oxígeno y tenían como base el carbono. Los kuan eran una especie vagamente humana. Eran mucho más altos y delicados y tenían la cabeza  más grande que la nuestra y en el extremo de un largo cuello. Sus ojos eran todo pupila y del tamaño de pelotas de golf. Al parecer, por lo que averigüé, se alimentaban solo con líquidos, papillas  y eran especialmente aficionados a todos los alimentos fermentados. Eso me dio una idea. Tenía las cajas de whisky que había traído, pensando que me harían compañía, pero que al final apenas había probado y quizás me valdrían para negociar.

Poco después, Eudora terminó su análisis y añadió que  el oro también allí era valioso. Conservaba unos pocos lingotes, destinados a hacer reparaciones en los circuitos de Eudora y podrían valer algo.

Por otra parte la música volvía locas a algunas especies aunque no a los kuan. Eso sí que me alegró, porque antes de marchar me había bajado una enorme cantidad de música de todo tipo para entretenerme durante el viaje y no dudaba que podría venderla a buen precio.

Le pregunté a la computadora si había encontrado diseños de los generadores de agujeros de gusano y de escudo así como algunas armas  y dijo que había conseguido algunos diseños, que no eran los más modernos, pero que servirían y me dio un listado del material que no podía producir nuestra impresora 3D con el que salí por fin fuera de la nave.

La estación parecía mucho más grande desde cerca. La masa de aquel satélite era la suficiente para tener un decima parte de la gravedad terrestre con lo que me dirigí, medio flotando, medio saltando por el tubo de conexión hasta el corazón del satélite.

Al salir del tubo de conexión un tipo se acercó a mí y me dio un resguardo en el que figuraba el número del amarre de mi nave y la tasa que debería pagar si quería salir de allí. Ni bienvenida, ni preguntas y lo que más llamó mi atención fue que el tipo ni siquiera me lanzó una mirada de curiosidad.

O eran los tipos más impasibles del mundo o no entendía la actitud de aquel kuan ante un individuo de una especie que jamás había visto. Más confundido que nunca me interné en la estación con un par de botellas de whisky en mi mochila, aunque diez minutos después  lo comprendí todo.

Esta nueva serie  consta de 24 capítulos. Publicaré uno  a la semana. Si no queréis esperar o deseáis tenerla en un formato más cómodo, podéis obtenerla en el siguiente enlace de Amazón:

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Un saludo y espero que disfrutéis de ella


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