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Fecha: 10-Jul-17 « Anterior | Siguiente » en Sexo con maduras

El trabajo con una madurita se nos va de las manos

Martin
Accesos: 31.071
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Tiempo estimado de lectura: [ 7 min. ]
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Busco ayuda para un proyecto y acabo con una madura casada en su casa de campo. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Esto que voy a contar ocurrió hace pocos meses, sin previo aviso y siendo una de las mejores experiencias que he tenido. Yo, por esas fechas, tenía veintinueve recién cumplidos y una vida relajada, trabajaba de fotógrafo para revistas turísticas y las cosas me iban bastante bien.

Todo empieza cuando, por motivos de trabajo, conocí a María, una mujer de unos cuarenta y pocos. Ella trabajaba en instituciones públicas dando cursos y en proyectos de dinamización. Para el trabajo que estaba haciendo me pasaron varios contactos, entre los que se encontraba el suyo. Escribí varios correos electrónicos buscando información sobre las zonas que debería fotografiar, quería conocer la historia y la vida alrededor del trabajo que estaba realizando. Desde el primer momento ella me contestó encantada, siempre había tenido en mente un trabajo como el que yo estaba haciendo, que diera visibilidad en medios especializados a la zona donde ella trabajaba y vivía. Me brindó toda la ayuda posible y nuevos contactos que me sirvieron para avanzar en mi proyecto. No nos conocíamos en vivo así que, para darle las gracias, le propuse tomar un café y así le enseñaría como iba el trabajo. Ella accedió encantada y quedamos al día siguiente en una terraza cerca de su casa.

Yo llegué 5 minutos antes de la hora prevista, así que pedí algo de beber y esperé que ella apareciera. A los pocos minutos ella llegó, no nos conocíamos de vista, pero en su gesto aprecié que buscaba a alguien con la mirada así que no dudé de que era ella. Era una mujer bajita y delgada, con el pelo largo y una bonita sonrisa. Me levanté, le di dos besos y me apresuré a darle las gracias por la ayuda que me había brindado, me estaba ayudando mucho a sacar adelante el trabajo. Ella me contestó que no era nada, que desde el primer momento le había interesado y que lo había hecho encantadísima. Estuvimos charlando un ratito sobre el tema, yo saqué la tablet y estuve mostrándole las fotos que había tomado durante esos días. Se mostró interesada y se veía que lo que le estaba enseñando, pero como buena conocedora del terreno me explicó que me faltaban un par de fotografías para redondearlo - “El trabajo me gusta mucho, pero deberías hacer alguna más”- me dijo. Yo estaba abierto a cualquier sugerencia así que apunté. Me habló de unas ruinas a la orilla del río y de un par de sitios más.

Estuvimos hablando un buen rato más y no solo de trabajo, entre caña y caña nos vinimos arriba y nos conocimos un poco más. Ella era una mujer casada y con dos hijos, vivía en una buena casa y tenía una vida cómoda. Por lo que pude intuir hacía tiempo que su matrimonio era algo aburrido, pero tampoco quise aventurarme a preguntarle, al fin y al cabo nos acabábamos de conocer. Por mi parte yo le conté que tenía novia desde hacía unos meses, pero yo nunca había sido de relaciones estables. La conversación fue muy animada y descubrí una mujer inquieta y con ganas de conocer todo lo que estuviera a su alcance, no sabría como decirlo, pero me empezó a atraer. En un momento de nuestra charla ella se levantó para ir al baño y yo, con unas de cervezas encima, no pude dejar de fijarme en su culo al alejarse. Era el culo que quisieran muchas de mi edad. Se veía duro y bien puesto. Me quedé embobado mirando, tanto que casi se da cuenta. A la vuelta seguimos charlando animadamente durante un rato y ella se mostró más simpática y con ganas de conocer mis otros trabajos así que antes de despedirnos nos dimos los móviles y quedé en tenerla al corriente de mi proyecto.

Hablamos durante dos de días. Siempre con la excusa del trabajo, pero dejando alguna perlita que denotaba interés. Ella me había visto de lejos mientras yo trabajaba y me decía que tenía cara de interesante mientras miraba por el visor. Ahora que teníamos confianza me dijo sitios para hacer fotos de las zonas que me había indicado, de hecho ella tenía una casa en la orilla del río con unas vistas espléndidas de las ruinas de un antiguo caserío. Ella me invitó y yo accedí.

Al día siguiente me envió la ubicación de la casa. Estaba a las afueras de la ciudad, a unos 5 kilómetros. Cuando llegué me encontré con una típica casa de campo para pasar los fines de semana, rodeada de jardín y árboles. Era un remanso de paz. Dejé el coche a la puerta y me invitó a pasar. Estaba sola. Eso hizo que mi mente empezara a bullir. Estaba en medio de la nada, solo con aquella mujer que a cada paso me parecía más atractiva. Ella parecía tranquila y me empezó a enseñar la casa. Estuvimos en la parte de atrás, viendo el río y las espectaculares vistas. María siempre iba delante y yo no apartaba la mirada de su trasero. Era perfecto, tenía ganas de abalanzarme sobre el y comerlo. A estas alturas ni que decir tiene que ya estaba con una tremenda erección. Era una situación muy morbosa.

Antes de ponerme a trabajar entramos en la casa y me invitó a beber algo. Yo tenía la boca seca por la situación. Fuimos a la cocina y se agachó a por una cerveza. Al incorporarse tuve la sensación de que había visto el bulto que no podía ocultar en mi pantalón. Miró de reojo y siguió sin inmutarse. Seguimos viendo la casa. Me mostró el amplio salón, las habitaciones de abajo y subimos a la parte de arriba.

Mi sensación era que la tensión era cada vez mayor. Yo ya no podía dejar de imaginarme a María con mi polla entre las manos. Vimos la habitación de los chicos, las vistas desde las ventanas y acabamos en la suya. Una habitación grande y luminosa. Allí nos paramos a hablar un par de minutos, yo estaba que reventaba y era imposible de que no se diera cuenta. En un momento en que ella se agachó para abrir un cajón yo aproveché para, como por casualidad, rozar mi pene con su culo. Ella no solo no lo rechazó, sino que juntó aún más sus nalgas hacia mi. Fue una sorpresa, no podía creérmelo y volví a probar. Ella reaccionó de la misma manera pero sin tapujos, sin querer esconderse. Me miró con una sonrisa y siguió apoyándose contra mi. Yo la cogí de las caderas y empecé a restregarme aún más. Ya no podíamos parar. Ella se levantó y se abalanzó sobre mi, empezamos a besarnos, entrelazando nuestras lenguas. Empecé a desabrocharle la camisa a cuadros que llevaba puesta y cual fue mi sorpresa que debajo no llevaba nada, dejando sus pechos frente a mi. Eran perfectos, con los pezones duros. Me senté sobre la cama y ella sobre mi y empecé a comerle las tetas como si no hubiera mañana. Ella estaba gozando y gemía. Movía sus caderas rozándose contra mi polla a punto de explotar. Yo seguía mordiendo su pecho, quería que fuera solo para mi. Me metía sus tetas en la boca, succionando fuerte, lamiendo los pezones mientras agarraba fuerte su culo. A continuación se levantó y me empezó a bajar los pantalones, se puso de rodillas en el suelo y metió la mano en mi calzoncillo buscando mi polla que salió dando un respingo. Por su mirada parecía que le gustaba lo que vio. Sin esperar ni un momento empezó a besar el capullo, a acariciarlo con la punta de la lengua, me parecía que iba a explotar en cualquier momento. Siguió lamiendo el tronco completo, disfrutando del momento hasta que, sin dudarlo, se la metió en la boca entera, no quedaba ni un milímetro de polla fuera de su boca. Me estaba haciendo la mejor mamada de mi vida. La tragaba hasta el fondo una y otra vez, le encantaba llenarse la boca una y otra vez. Estuvo así unos minutos y yo estaba a punto de correrme cuando le dije que parara, la subí encima de la cama, le quité los vaqueros y las braguitas blancas que llevaba puestas y metí mi cabeza entre sus piernas. Tenía un coño muy apetecible, con algo de pelo, pero arregladito. Yo le lamía desde el culo hasta el clitoris una y otra vez. Quería comérmelo entero. Seguí lamiendo con la punta de la lengua. Ella se estremecía y apretaba mi cabeza contra sus caderas. Estaba a punto de correrse así que yo aceleré mi ritmo y colaboré introduciendo un dedo en su coño mojado. Empezó a jadear y a gemir más fuerte, pidiendo más… hasta que no pudo contenerse y se corrió en mi boca. María gritaba de placer y me decía que la follara, que quería tener mi rabo dentro. Así que me levanté, me puse sobre ella y, mientras le lamía el cuello, le metí la polla de un golpe. Empecé a bombear con todas mis fuerzas, quería que la sintiera bien dentro y, por lo que reflejaba su mirada, lo estaba consiguiendo. Le cogí las piernas y se las levanté para seguir chocando contra su coño una y otra vez. Los dos estábamos casi en éxtasis. María me pedía más y yo le daba lo que me quería. Se puso a cuatro patas, dejándome su preciado culo delante. Me acerqué y de otro golpe le metí la polla en el coño mientras acariciaba su ano con el pulgar. Ella seguía queriendo más y yo no quería que eso acabara nunca. Le agarraba las nalgas y las empujaba sobre mis caderas una y otra vez, una y otra vez. María me pedía que la llenara de leche, que quería sentir mi semen dentro de ella. Le di la vuelta y la acerqué al borde de la cama para poder follarla más fuerte, seguí follándola con fuerza durante unos de minutos hasta que volvió a pedirme que me corriera dentro, que quería ser mía y lo hice. Empecé a notar los espasmos y sin poder contenerme, entre jadeos y gritos de placer, eché toda mi lefa dentro de su coño.

Nos quedamos un rato tirados sobre la cama. Después, una vez recuperados, nos vestimos y nos fuimos sin importar el trabajo. No fue la última vez que nos vimos…


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© Martin

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