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Fecha: 16-Jul-17 « Anterior | Siguiente » en Hetero: Infidelidad

Terapia de choque

Clementine
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Tiempo estimado de lectura: [ 22 min. ]
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Un cuentecillo de cornudo narrado esta vez en primera persona y con mucho cariño, sin humillaciones. Podría ir en otra categoría, quizás en Voyeur, o en Orgías... Contiene unas pinceladas de sexo homosexual. Nada grave. Escríbeme y cuéntamelo si te gusta :-* Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

Yo sé que no es fácil de entender. Si lo fuera, todos ustedes lo harían. Cuando no lo hacen, es evidente que no comprenden el placer que produce. Bueno, claro, que cada uno es cada uno y tiene sus gustos no lo pongo en duda, pero estos son los míos. Bien es posible que a usted, por ejemplo, no le gustara encontrarse en mi misma situación, pero yo le recomendaría que probase, aunque fuera una vez, para salir de dudas. Desde luego, le puedo asegurar que si le produjera el mismo placer que yo siento, repetiría, como yo, una y otra vez.

Lo hacemos casi siempre que podemos. Bueno, hay que tener en cuenta que nos vamos a Madrid, o a Barcelona, por que donde vivimos sería un escándalo, y tampoco es cosa de que nos saquen cantares, así que no podemos más que los fines de semana, o, al menos, más fines de semana de los que no lo hacemos. Afortunadamente, no nos faltan los recursos. Vamos, que podemos permitírnoslo, ustedes me entienden. El único problema es el tiempo.

Los hoteles son siempre los mismos, por aquello de que más vale ponerse una vez rojo que ciento colorado. Allí ya nos conocen, y nadie pregunta nada, que es mucho más cómodo. Solemos coger una suite, por tener espacio y comodidades. Son cosas para las que es mejor no andar con cutrerías. Ya que nos ponemos, nos ponemos a lo grande.

Cómo explicarlo… La semana pasada, por ejemplo, fuimos a Madrid, que nos cae un poquito más cerca. Yo, según nos subimos al AVE, ya ando en un sinvivir, y Rosa también. Se le nota en cómo se ríe por cualquier cosa. De una manera desproporcionada, ustedes me entienden. Alguien hace un chiste tonto, y ella se ríe hasta las lágrimas.

Solemos coger asientos separados, por si suena la flauta, que alguna vez ha pasado. Yo me pongo donde la vea bien. Es un espectáculo, sobre todo en verano, por que es que se le nota. Según lo que se ponga, cualquiera le puede ver los pezones empinados a un kilómetro de distancia.

Hace un par de meses, le tocó de vecino un tipo muy agradable. No tardaron en entablar conversación. Estuve viendo (disimulando) cómo le seducía. Es como una danza. No se imaginan ustedes lo sensual que puede llegar a ser. Le fue envolviendo en una conversación que no alcanzaba a escuchar y, cuando se quiso dar cuenta, la mano de Rosa se movía lentamente bajo la mantita con que el tipo se cubrió las piernas. Yo tuve que hacer lo mismo, ya saben, no es cosa de dar el espectáculo.

Bueno, pues, cuando vi que ella se iba camino del aseo, y que él le seguía al poco rato, creí que me daba algo.

Debieron estar allí como cosa de quince minutos. Yo estaba que me costaba respirar imaginándolos: el tipo era joven, de treinta años, o quizás ni eso, así que me lo imaginaba lleno de vigor, follándola como un animal, en ese espacio tan pequeño. Me los suponía, no sé por qué, de pie: ella apoyada en la pared, dándole la espalda, y él detrás, culeándola a lo bestia, haciendo bambolearse ese culo suyo, que es como una invitación; las bragas en los tobillos, muy estiradas, la camiseta subida hasta por encima de las tetas, y el tipo magreándoselas mientras la bombeaba… Bueno, se pueden imaginar qué nervios.

Cando volvieron, a ella se la veía sofocada. A Rosa se le encienden las mejillas cuando folla, y luego tardan un buen rato en recuperar el color. Tenía el carmín un poco corrido, y se lo estuvo recomponiendo con el pañuelo y un espejito que siempre lleva en el bolso. Eso terminó de rematarme, por que supuse que se la había estado comiendo. Yo es que es imaginarla con una polla en la boca, entre esos labios gruesos, tan carnosos…

El tipo creyó que había ligado, por que, durante el resto del viaje, le ponía la mano en el muslo, y charlaba con ella muy animado. Hasta le dio un besito en la boca. Me fijé en que la tenía otra vez dura. No me extraña, por que es tan linda… Cuando, al llegar a Madrid, me acerqué y me besó, y empezamos a bajar juntos la maleta, se le vio un poco cortado. Bueno, que se marchó sin despedirse. Nos reíamos a carcajadas.

- ¿Qué tal?

- Bueno… Bien dotado sí que estaba, pero tampoco te creas que es un artista.

- ¿Te has corrido?

- Como una perra.

- ¿Y él?

- Llevo las bragas para tirarlas.

Nosotros esto ya lo llevamos haciendo muchos años, así que lo tenemos muy organizado. Casi siempre llamamos a alguien para quedar. Unas veces a profesionales de confianza, otras a algún conocido (de los de estas cosas, no a un conocido de los de la vida normal, claro). A veces salimos por ahí a la buena de dios, a buscar. Eso es más emocionante, aunque eso a mí me da un poquito de miedo. La verdad es que nunca nos ha pasado nada, o nada más allá que haber dado con gente desagradable, por decirlo de alguna manera. Rosa, que es muy lanzada, suela llevar una pistolita en el bolso, una de esas pequeñitas, muy linda, como de damisela, con cachas de nácar. Yo no le tengo mucha fe a ese invento, pero ella parece que va más tranquila.

La semana pasada, por poner un ejemplo, quedamos con Ander, que es un chaval muy agradable, elegante y educado, muy atlético, y con unas “dotes” dignas de admiración. Por lo visto, estudia teleco y no sé qué más en un grado combinado en el CEU, y tuvo que buscarse la vida cuando quebró la empresa de su padre, así que se ha metido en este oficio, y no le debe ir mal. A Rosa le encanta, y yo tengo que reconocer que alguna vez me lo he montado con él, o les he ayudado, más bien, comiéndosela mientras él le hacía lo propio a mi mujercita, agarrándosela mientras nos hacía un striptease. Un día hasta le hice darme… Bueno, ustedes me entienden… Se pone uno como se pone y pasa lo que pasa.

El caso es que íbamos muy animados. El finde anterior había tenido que quedarme en Dublin y no habíamos podido, así que estábamos deseando marcha, y le pedí que nos buscara a otro buen semental, por armar una buena.

Quedamos en Stella, y Rosa, como siempre, se puso a bailar en la pista mientras esperábamos. Yo prefiero quedame en la barra. Pido una copa y miro cómo coquetea con unos y con otros. Lo mío es mirarla.

Pero bueno, es que no se la he descrito. Un descuido imperdonable. Rosa es una mujer de 45 años, no muy alta, de 1,65, más bien entradita en carnes, aunque sin exageraciones. Tiene una cara preciosa, sensual, de pómulos amplios, labios sensuales, y unos ojos oscuros, casi negros, grandes y muy bonitos. Es una morenaza, de pelo muy negro y piel oscura. Cuando vamos a la playa, le prohíbo el topless, por que me encanta el contraste de su piel oscura con el blanco inmaculado de las partes que cubre el bikini.

Cuando salimos, sin parecer un zorrón, no suele vestir recatada. Al bailar es muy provocativa. Creo que va en su naturaleza. Ella es seductora, aunque lo quiera evitar. Es natural, muy dulce, y sus movimientos parecen producirse sin rupturas, como si flotara. Es muy difícil que Rosa esté cerca y los hombres no la miren. A mí me gusta eso, que la miren. Me excita preguntarme qué estarán pensando mientras lo hacen, cuales serán sus fantasías.

Pero bueno, que me estoy yendo por las ramas. El caso es que llegamos al Stella un poco antes de la hora acordada, como solemos, para irnos entonando, y repetimos nuestro ritual acostumbrado: yo a la barra, y Rosa a la pista. Estaba divina con un vestido de tirantes de color rojo, con lunares blancos, entallado y con la falda amplia. Un poco años 60. Bailaba como siempre, muy sensual, como si bailara con todos, y se le formó la típica nube de moscones. Ella, claro, coqueteaba con todos, hasta que se le acercó el negrazo más impresionante que he visto en mi vida y tomó posesión de ella, que podríamos decir que se le entregó con entusiasmo. Los moscones, claro, desistieron, y ellos comenzaron a bailar suavito, de una manera muy insinuante que me puso cardíaco al instante.

- Se llama Django. No creo que os decepcione.

- No, yo tampoco lo creo.

Ander debía llevar un rato a mi lado en la barra. Yo, hipnotizado por el bonito espectáculo que ofrecía mi mujer, no me había dado cuenta. Nos dimos dos besos, como solemos, y charlamos un rato sin perderlos de vista. Rosa parecía una muñeca, o una niña, al lado de aquel hombretón rapado, musculoso y alto, de piel de color negro mate, que la envolvía y la manejaba como si fuera suya.

En fin, que ustedes dirán “¡Menudo topicazo, lo del negro!”. Pues sí, es lo que hay. Era la primera vez, y a Rosa se la veía muy entusiasmada. Literalmente se frotaba contra él como una gata en celo, y había empezado a comérsele la boca. Las manazas negras sobre el vestido rojo, estrujándole el culo… La cosa estaba empezando a convertirse en un espectáculo, y ya había más gente alrededor de la pista mirándolos que bailando.

- Oye, Jandro, yo creo que nos debíamos ir antes de que esto acabe en problema de orden público ¿Estáis donde siempre?

- ¿Qué? Sí… sí… donde siempre.

Ander, juicioso y atento, como siempre, me sacó de la ensoñación en que me había quedado mirándoles. Comprendí a qué se refería cuando le vi encaminarse hacia ellos. Rosa manoseaba lo que parecía una polla impresionante por encima del pantalón y parecía que iba a hacer falta un cubo de agua fría para separarla de él. El tipo reía con esa boca blanca y enorme.

Cuando llegaron hasta mi, tenía las mejillas encendidas. Caminaba agarrada a su brazo y parecía tener prisa.

- ¡Vámonos volando!

- Jajajajajajaja…

- Yo he traído el coche.

- Pues venga.

El viaje hasta el hotel ya se lo imaginarán ustedes: Ander y yo en los asientos delanteros y Rosa con Django en el trasero. Se la oía gimotear y, en un momento dado, lanzó una exclamación de asombro. Al girarme, la encontré abierta de piernas, con los dedos del negrazo clavados en el coño y agarrada a una tranca de un tamaño que yo no había visto cosa igual. La mía, humildemente, parecía querer romperme el pantalón.

Cruzamos el hall del hotel a toda velocidad. Por razones evidentes, prefería no exhibirnos mucho en esa compañía y con mi mujer con las mejillas encendidas y el vestido evidentemente arrugado. Uno, será lo que sea, pero tampoco es amigo de ir dando más escándalo del imprescindible.

A estas alturas, pensarán ustedes que a veces me pierdo en los detalles, pero es que yo creo que la sensualidad está en los detalles, en esas impresiones, como flashes que nos entran por los ojos, olores, sonidos… Al final, si se paran a pensarlo, el sexo nunca tiene un relato lineal, no se recuerda como un cuento, por explicarlo de alguna manera. El sexo siempre se recuerda como un conjunto de impresiones, de un modo anárquico, si se quiere, por que las sensaciones son difícilmente jerarquizables. Es como si se atropellaran unas a otras ¿No? Supongo que es por eso por lo que me enredo de repente en una imagen, una impresión. En fin: tendrán que aguantarme con paciencia.

Bueno, el caso es que, en cuanto entramos en la suite, aquello no había quien lo parase. Rosa se echó encima de Django como si no hubiera un mañana. Sin preámbulo alguno, comenzó a desabrocharle el cinturón y los pantalones. Créanme que no la había visto así. Supongo que quería verlo a la luz, asegurarse que lo que había tocado en el coche era cierto. Y vaya si lo era. A medida que lo iba desnudando, se desvelaba un cuerpo que no parecía real: musculoso, aunque sin esos abultamientos absurdos de los gimnasios. No sé cómo explicarlo: parecía tallado en madera; su piel era de un color asombrosamente oscuro, y mate, perfecta, y cubría un cuerpo increiblemente bello. Sonreía observándola arrodillada a sus pies, acariciando aquella polla que no lograba cubrir con las dos manos, mirándola como si se preguntara si aquello cabría en algún sitio con una expresión entre el miedo y la de una niña que ha encontrado por casualidad la golosina de su vida.

- Impresionante ¿Verdad?

Ni siquiera respondí a Ander, que permanecía sentado a mi lado, en el sillón, contemplando el espectáculo. Rosa Había decidido intentarlo, pero apenas era capaz de alojar en la boca su capullo, y parecía que fueran a desencajársele las mandíbulas. Se agarraba al grueso tronco como si le fuera la vida en ello, pero resultaba evidente que aquello no podría ser.

Cuando quedó claro que no conseguiría mucho más, Django, sin dejar de sonreír ni un momento, la levantó en volandas y se la llevó al pequeño escritorio. Con mucha delicadeza, la dejó frente a él, colocándose a su espalda. Ella se apoyó de manos con fuerza sobre el tablero, como si esperara una ola que pudiera derribarla, y él envolviéndola, mordiendo su cuello, subiéndole la falda del vestido y amasándoselo, negro sobre blanco, magreándole las tetas…

Yo estaba que me venía solo de verles, y a Ander parecía sucederle lo mismo. Se había sacado la polla y se la pelaba lentamente. Nunca he sido muy de acomplejarme, pero era tan evidente que en medio de aquella pareja la mía parecía una piltrafilla…

- ¿Me… me vas a hacer… daño?

- Te voy a destrozar.

- ¡Ahhhh….!

Sujetándola con su mano, la deslizaba entre sus labios empapados. Le había bajado las bragas hasta las rodillas, y ella se contoneaba como buscándole. Tenía las mejillas encendidas, los pezones apretados, y esa respiración nerviosa y agitada que se le pone. Me vuelve loco verla así. Movía el culito como una gata, y dejaba caer la cabeza atrás cuando él le mordía el cuello, con los ojos entornados. Sobre las zonas blancas de su piel, los grandes dedazos negros dejaban huellas sonrosadas al apretarla.

- ¿Quieres…?

A mi derecha, Ander me ofrecía su polla. Le miré a los ojos apenas un instante antes de volver a contemplar las primeras aproximaciones. Yo también había sacado la mía. Comencé a acariciársela sintiendo una extraña agitación en el preciso instante en que aquel capullo oscuro hacía el primer amago de clavarse en el coño empapado de Rosa, que respirada deprisa con los ojos apretados, como si temiera que, cumpliendo su promesa, la fuera a destrozar realmente. Bajo la delgada piel que movía con mi mano arriba y abajo, lentamente, en un movimiento hipnótico, resbalaba un tronco nudoso, duro como una piedra. El delicado fluido transparente la humedecía y a veces mi mano resbalaba sobre ella.

- ¡Ahhhhh…! ¡Duele!

- No, eso no es dolor. Esto es dolor.

- ¡Ahhhhhhhhhhhhhhh….!

- ¿Quieres que pare?

- La quiero entera.

- ¿Así?

Con un poderoso golpe, mientras sujetaba con fuerza sus caderas, clavó en ella la buena mitad que todavía estaba fuera. Rosa chilló como una desesperada y golpeó sobre la mesa con los puños cerrados. Su rostro se crispó en un gesto de dolor intenso y se dejó caer sobre la mesa. Django comenzaba a culear con una cadencia lenta, sin apenas sacarla. La polla de Ander manaba ya un chorro constante, y mi mano resbalaba a lo largo. Jadeaba sin dejar de mirarlos. Ni siquiera había hecho ademán de acariciar la mía, que cabeceaba violentamente. Por alguna razón, me excitaba.

- Es… tremenda…

- Deliciosa…

A cada empujón que recibía, sus nalgas se ondulaban. Sus tetas blancas, grandes y redondas, se aplastaban en la mesa. Me miraba con un gesto de dolor y de placer. A veces, cerraba los ojos.

- Más… deprisa…

Comenzó a culear con fuerza, acelerando el movimiento. Rosa gemía cada vez con mayor intensidad. Me fascinaba el cuadro que componían: el modo en que doblaba las rodillas dejando reposar su peso sobre el tablero, y sus bragas se estiraban sin romperse; el jadeo acelerado; el modo sutil en que la tensión de sus rasgos iban mudando desde el dolor al placer intenso. Django bombeaba ya su coño muy deprisa. Acariciaba su culo. A veces, lo azotaba, y ella respondía con un quejido mimoso. Le animaba.

- ¡Fóllame así… cabrón…! ¡Rómpe… me… lóooo…!

La clavó con fuerza y dejó de sacarla. Solo empujaba con los músculos tensos, agarrándola con fuerza por las caderas, hundiéndole los dedos en la carne. Rosa boqueaba temblando con los ojos muy abiertos. Emitía un sonido ronco, como si se ahogara, y su cuerpo se veía sacudido por violentos espasmos. Ander se levantó, atravesó los cuatro o cinco pasos que separaban el sofá de la mesa donde se estremecía y, sujetándola del pelo, casi delicadamente, colocó su polla entre los labios entreabiertos y empujó. Ella ni le miraba. Tenía los ojos en blanco. Comenzó a chorrear. Un reguero de esperma goteaba entre sus piernas salpicando sobre la alfombra y las bragas, irremediablemente deformadas. Entre sus labios escapaba otra cantidad similar. Ander se la clavó hasta la garganta. No quise tocarme. Mi polla se movía a golpes secos. Chorreaba. No quise correrme. Sabía que aquello no terminaba allí, y, a mi edad, ya no me recupero como antes, así que me contuve por seguir gozando de aquella angustia febril.

- Anda, Jandro, ponnos un par de copas, que nos recuperemos.

- ¡Joder, tío, tenías razón! ¡Es una potra!

- Pues todavía no has visto nada.

Puse dos gintonic deprisa, de cualquier manera. Mi mujer permanecía caída sobre la mesa, y me preocupaba. En cuanto los tuve listos, acudí a asistirla. Me miró con una sonrisa agotada. La ayudé a desnudarse y me besó los labios mientras lo hacía. Después, mientras la limpiaba con unos pañuelos de papel, mirándome a los ojos, se las apañó para devolver mi polla, más que rígida, congestionada, a su lugar, y me subió la cremallera guiñándome un ojo.

- Es… tremendo, cariño.

- Ya he visto.

- Una cosa tan… Ufffff…

- ¿Te ha hecho daño?

- El justo, de momento… No te la saques ¿Vale?

- Como quieras, mi vida.

- ¿Me ayudas?

Siguiendo sus deseos, me arrodillé entre las piernas de Ander, encontrándome ante su polla, grande todavía, aunque sin la consistencia necesaria para resultar funcional. Comencé a jugar con ella. Bastó con lamer sus pelotas para que dejara de menguar y apenas unos minutos después, recuperaba su apostura entre mis labios. En aquel momento, yo me encontraba en un estado de excitación extrema, literalmente enfermo de excitación. Mi polla, encerrada bajo la tela del pantalón, como Rosa me había pedido, pugnaba por liberarse hasta el dolor. Rosa, a mi lado, acariciaba el falo monstruoso de Django, que tardaba algo más en recomponerse. Lo miraba de reojo impresionado, preguntándome cómo había podido clavarle aquella monstruosidad. Rosa acariciaba mi nuca empujándome delicadamente. Me invitaba a tragarla más adentro, y obedecí hasta donde pude. Se me saltaban las lágrimas y, pese a ello, se la mamaba con verdadero entusiasmo. Yo era el único en aquella reunión que todavía no se había corrido.

- Déjame, cariño.

Se sentó a horcajadas sobre él. Con un ligero gesto de dolor, se la clavó entera. Estaba dilatada, aunque parecía padecer las secuelas de aquella penetración brutal.

- ¿Creías que había dejado de quererte?

- Esperaba mi momento, cariño.

- Despacio… despacio… Asíiiiii…

A menudo, juegan a coquetear, a hablarse como enamorados mientras follan delante de mí. Me excita enormemente. Seguí metiéndome en la boca sus pelotas mientras Rosa le comía la boca abrazada a su cuello, moviéndose lentamente, dirigiéndolo don delicadeza. La tranca gigantesca de Django iba adquiriendo una consistencia mayor. Brillaba a nuestro lado.

- Ven.

Incorporándose, me cogió de las manos y me hizo sentar junto a ellos, en el sofá. Permaneció frente a mí, de pie, ofreciéndomela, magnígica: enorme, brillante, negra. La acaricié con ambas manos. Rosa gemía a mi lado besando a Ander sin cesar.

- Mi… amor…

- Preciosa putilla.

- Despacio… despacio…

Gemían y se besaban como enamorados mientras mi mujer gemía. Sus tetas se apretaban en el pecho del muchacho, que sujetaba su culo con las manos. Todavía tenía marcadas las huellas de los dedos negros de Django, que condujo mi boca hacia el capullo, todavía ligeramente arrugado. Lo sentí inflamarse entre los labios. Era imposible tragarse ni siguiera la mitad de aquella barbaridad. Lo suplía agarrándosela con ambas manos, meneándosela. La dureza que adquiría me excitaba.

- Deja.

Se apartó dirigiéndose a ellos. Le vi arrodillarse tras ella, que gimió al sentir sus manos en las caderas. Temblaba. Ander la abrazó con fuerza. Le besaba los labios apasionadamente. Sus lenguas se enredaban en un beso lúbrico, ardiente.

- ¿Qué… vas a hacer? -pregunté-.

- ¿Tú que crees?

Me acercó un tubo de gel y comencé a untar su verga con él. Brillaba, y olía a fresas. Me excitaba hasta el dolor sentirla. La piel, completamente tensa, no se deslizaba. Mis manos resbalaban sobre su superficie como de madera pulida. Le vi apuntarla al coño de mi mujer, que hiperventilaba como si tuviera miedo, pero no interrumpía su movimiento cadencioso de caderas. Poco a poco, fue abriéndose hueco en ella, junto a la de Ander. La dilataban de una manera bestial, y ella jadeaba con los ojos y los dientes apretados. Consiguió clavar algo más de la mitad con esfuerzo, y comenzó a culear, despacio al principio, poco a poco más deprisa. Me ponía enfermo verlas, resbalando la una sobre la otra, sincronizándose. Rosa gemía, chillaba. A veces, se quedaba como sin respiración. Se dejaba caer sobre el pecho de Ander, como desmallada, para “despertar” a continuación y gemir, incitarles.

- Seguid, seguid… cabro… neeeees…

- …

- Me estáis… reventando…

La rompían. El ritmo de sus movimientos se hacía infernal. Rosa gimoteaba con los ojos apretados. Me incliné hacia ella y besé su boca. Me devolvió un beso húmedo, cálido, hasta que un nuevo acelerón le hizo perder la consciencia. Se dejaba manejar como un pelele, desfallecida sobre ellos. Su cuerpo, de cuando en cuando, se estremecía en un temblor violento. Se corría con un gesto de dolor que me hacía sentir el propio dolor de mi polla constreñida. Su carne se ondulada. Creí que iba a correrme solo por verles.

- ¡Ahhhhhhhhhhhhhh…!

Chilló como una loca cuando Django empujó con fuerza y su polla gigantesca se perdio entera en su interior. De su coño empezó a manar un reguero de esperma. Ambos hombres jadeaban y empujaban con fuerza. Se corrían.

- Quita, anda, déjame.

Django ocupó mi sitio, junto a ellos, en el sofá. Extendía una cantidad enorme de gel sobre su polla y la acariciaba impidiendo que se ablandase. Me alcanzó el tubo y entendí. Tuve miedo.

- ¡Vamos!

Sonreía. Obedecí. Quería verlo. Comencé a lubricar su culo. Mi mano resbalaba entre sus nalgas mullidas, amorosas. Estaba como desmayada sobre Ander, que todavía culeaba lentamente buscando el mismo efecto que Django se procuraba con las manos. Clavé mis dedos en ella, dilatándola, y gimió. Me latía el corazón de manera desbocada.

- Ayúdame.

- ¿Qué… hacéis…?

No respondimos. La levantamos en volandas sujetándola por los muslos y la espalda, uno a su derecha, y el otro a su izquierda. La condujimos con esfuerzo hasta Django, que me miraba a los ojos exhibiendo aquella brillante sonrisa blanca. La dejamos caer despacio. Se le abrieron los ojos desorbitadamente. Tenía los dientes apretados, pero se dejó hacer, no sé si por falta de fuerza o por deseo. Emitía un quejido ronco a medida que aquello iba penetrando en su culo. Agarrada a mi cuello, me besaba desesperadamente. Tenía los ojos llenos de lágrimas.

- Des… pacio… Des… pacio… Por… favoooooooooooooor…

La dejamos caer. Chilló, arqueó la espalda, y se rindió, como muerta, sobre el torso de piedra de Django, que sonreía. Ander ocupó su lugar entre los muslos clavando la suya en su coño dilatado. Comenzaron a follarla como animales. Su cuerpo temblaba. La zarandeaban, y sus tetas dibujaban ondas de carne mórbida. Yo las acariciaba, acariciaba su vientre, encontrándome a veces con las de ellos, que la sometían a un traqueteo infernal. Le comía los labios y sentía en mi boca su aliento agitado. Gemía de dolor y de placer. Se escuchaba el chapotea, sus quejidos, los rugidos de los hombres, como gruñidos. Era un momento bestial. Rosa me sonreía a veces, con el rostro contraído en una mueca indescifrable. Me sentía enfermo de deseo, dolorido. Mi polla peleaba como si quisiera romperme la ropa. Chorreaba. Mi pantalón mostraba una mancha evidente.

- Dámelo… así… así… asíiiiiiii…

Se abrazó con fuerza al cuello de Ander. Temblaba espasmódicamente y emitía un sonido leve, agudo, intermitente, que parecía salirle del fondo del pecho. Con los ojos en blanco, lanzaba aquel gemido enervante. De repente, sus brazos se aflojaron y cayeron a los lados. Dejó de moverse más allá del balanceo de su cuerpo inane.

Salieron de ella. Cuidadosamente, la dejaron tendida en el sofá. Ella se encogió en posición fetal. Sonreía. Apuraron sus copas mientras yo me desnudaba. Un reguero de esperma densa manaba de su coño y su culo. Se estremecía todavía a veces en un espasmo. Mi polla ardía. Al quedar liberada, cabeceaba descontroladamente. Salpicaba. Literalmente salpicaba aquel flujo transparente a cada golpe seco que daba en el aire. Acaricié sus tetas y su culo con dulzura. Besé sus labios. Me respondía apenas. Estaba cubierta de sudor. Sabía salada.

Django y Ander se vestían charlando animadamente.

- ¿Que, exageraba?

- No, tío, es impresionante.

- A mí esta pareja me encanta.

- Ya te digo, no me extraña.

Mientras se marchaban, se despidieron de mi, que clavaba mi polla sin esfuerzo en el culo dilatado de mi mujer, que chorreaba leche tibia. Emitió un quejidito leve.

- Bueno, Jandro, un placer. Te dejo aquí mi tarjeta, por si quieres que quedemos otro día.

A solas con ella, envuelto por aquel silencio inesperado, seguí culeando apenas un par de minutos más. No se movía ni abría los ojos. Ni siquiera gemía. Me corrí escuchando su respiración pausada. Su cuerpo se balanceaba inerte, sin respuesta. Me corrí como vaciándome. Me corrí como jamás, apretando mi cuerpo en ella, sintiendo derramarse en su interior un flujo de esperma intermitente y violento. Me corrí temblando de placer, profundamente enamorado, sin respuesta, como si estuviera muerta.

Al terminar su relato, se había hecho un silencio mortal en el bar. Rosa le miraba con una expresión entre febril y embelasada, sonriendo. Los ocho o diez clientes que habían atendido sin pronunciar una palabra su relato, mostraban erecciones más que evidentes bajo sus pantalones. El camarero fue el primero en reaccionar: con la llave en la mano, se dirigió hacia la puerta. Mientras regresaba, tras cerrar, los dos primeros desconocidos se habían acercado a Rosa. La desnudaban con prisas, magreándola. Ella sonreía mirando a los ojos a su marido. Se dejaba hacer. Jandro la vio perderse entre el gentío. El último, que no se había acercado, le mostraba su polla erecta. Nada comparado con la de sus partenaires de la semana anterior. Arrodillándose, se le metió en la boca. Rosa gemía a lo lejos sumergida en una muchedumbre que pugnaba por follarla.

- No me beses en los labios, cariño...


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