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TODORELATOS » NO CONSENTIDO » GRACIAS AL PADRE, ESTUVE CON LA HIJA Y LA MADRE 4
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Fecha: 20-Jul-17 « Anterior | Siguiente » en No Consentido

Gracias al padre, estuve con la hija y la madre 4

GOLFOENMADRID
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Había lanzado mi oferta a Isabel, resolvería sus problemas legales pero ella y su socia debían aceptar convertirse en nuestros objetos sexuales durante dos años. Angustiada se lo cuenta a Patricia y esta acepta encantada. RELATO REVISADO, CORREGIDO Y VUELTO A SUBIR Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Capítulo 5

Todo se había desencadenado, desde que Isabel se fue de mi casa desesperada. Nunca en su vida había sido objeto de una degradación así. Se sabía en mis manos. No había escapatoria, iba a ser mi esclava y no podía evitarlo. Me tenía miedo pero solo pensar en el ir a la cárcel, le aterrorizaba. Con este pensamiento, encendió su coche, dirigiéndose al apartamento de Patricia. Tenía que convencerle que no había más remedio que aceptar nuestra oferta. Eran amigas y socias, su destino era común, no podía dejarla en la estacada.

Vivía cerca, por lo que solo tardó cinco minutos en llegar. Preocupada, tocó el timbre. Conocía el edificio a la perfección, allí mismo habían decidido ser socias durante una cena. Desde que se conocieron habían congeniado a la perfección, tenían los mismos intereses, los mismos ideales. Sabía que iba a ser difícil convencerla, tenía unos principios muy sólidos y la oferta que tenían en la mesa, era todo lo contrario.

Al abrirle la puerta, toda la tensión y la humillación que había sufrido, hizo que se lanzara a sus brazos en busca de consuelo. No había nada sexual en ello, Necesitaba cariño, apoyo. Durante unos minutos se quedaron así, abrazadas. Isabel no podía hablar, por mucho que su socia le preguntara que es lo que había pasado.

Se sentía hecha una piltrafa, no solo había sido follada, sino que le habíamos obligado a hacerle el sexo oral a Lucia. Era tal, su vergüenza, que era incapaz de contarlo. Ya un poco más calmada, se dejó llevar a la cocina.

-¿Quieres una tila?-, preguntó Patricia mientras le sentaba en una silla.

No esperó su contestación, viendo que estaba hecha un mar de nervios se la preparó en el micro. Como autómata empezó a bebérsela mientras pensaba como abordar el problema.

-No nos van a ayudar- afirmó su amiga.

Había malinterpretado su desesperación. Pensaba que era por tener que ir a la cárcel y no porque su querida amiga y su novio la hubieran violado.

-No es eso- Isabel contestó: -Pedro ha prometido ayudarnos pero me ha venido con una condición.

-¿Cuál?

Pensó unos momentos antes de contestar. Su corazón le pedía contarle su angustia al ser penetrada contra su voluntad, su asco al sentir el sexo húmedo de Lucia en su boca, mi risa al despedirse, pero su mente se lo impidió:

-Pedro se hará cargo de nuestras deudas, si durante dos años nos convertimos en sus amantes-, le explicó quitando le hierro, a lo de ser sus esclavas sexuales.

-Amantes, ¿de quién? ¿De Pedro?- contestó con un brillo en su mirada.

-De los dos, Lucia también participaría.

-¡Habrás aceptado!- respondió su socia con un deje de alegría en su voz.

No se lo podía creer. Lejos de rechazar la idea, le gustaba. Era una perra, mientras ella sufría la agresión, la había dejado sola y encima, ahora  parecía encantada con la oferta. Todos estos años haciéndose la mojigata y resultaba que era una puta.

-No, no les interesaba yo sola, debíamos ser las dos quienes aceptáramos- replicó cabreada.

-Llámalos y diles que aceptamos-, dijo esta con una sonrisa.

Hecha una furia, cogió el teléfono y me llamó. Estaba dormido cuando sonó mi teléfono. Nada más contestar, me dijo que era Isabel y me pidió que fuera a casa de Patricia. Extrañado, le pregunté el motivo. Isabel solo me contestó que habían recapacitado y que querían hablar conmigo. Decidí, vestirme e ir a su encuentro. Lucia no se había enterado de nada por lo que pasé de despertarla.

Todavía seguía con el teléfono en las manos cuando vio aparecer a  Patricia con una botella de champagne y dos copas:

-Hay que celebrarlo.

Venía exultante por su suerte. Eso fue la gota que colmó el vaso e Isabel sin poder refrenarse, se lanzó contra ella.

-¡Zorra! No sabes por lo que me han hecho pasar- le gritó mientras de un bofetón la tiraba al suelo -he sido usada, sometida, dominada y tú, entre tanto, en tu casa tranquilamente.

-No sé de qué te quejas. En vez de pasarnos quince años en la sombra, vamos a ser amantes de una pareja, que además está muy bien- contestó sin comprender todavía el destino que les teníamos reservado.

-No seremos sus amantes, sino objetos a merced de sus caprichos, meras esclavas.

-Aun así, lo prefiero.

-Entonces te voy a preparar- contestó Isabel, cogiéndola de los brazos y llevándola a la habitación.

Era más fuerte que ella y en breves instantes, desgarró su ropa, dejándola desnuda. Su ira le impidió siquiera oír sus quejas. Hiciera lo que hiciera, sería menos cruel que lo que ella había soportado. El colmo fue sentir como Patricia al defenderse le hincaba los dientes en su pantorrilla. La tumbó de espaldas en la cama y sin piedad, empezó a azotarla.

Sus golpes, la hicieron llorar en un principio, pero rápidamente se transformaron en gemidos:

«A la muy zorra le gusta», pensó asombrada, no solo no se oponía sino que para recibirlos mejor, había levantado su trasero, dándole un excelente objetivo a sus azotes.

Su piel se tornó un color rojizo, irritada por los golpes e Isabel al verlo, siguió con el castigo pero algo en su interior estaba cambiando. Notó como su rabia se iba transformando en excitación. Tenerla a su merced, la ponía cachonda.

Consciente de ello, empezó a usarla como ella había sido usada. Metió sus dedos en la cueva de su amiga, quien fuera de control abrió sus piernas para facilitar su maniobra, dejándola ver un sexo, poblado, y húmedo.

Isabel viendo que estaba como poseída, forzó su vulva, introduciéndole toda la mano en la vagina. Un grito de dolor salió de su garganta, el correctivo era demasiado doloroso por lo que intentó zafarse cerrando las piernas.

«Pedro no había tenido clemencia conmigo», se dijo, « no tengo porque tenerla con ella»

Y llevando su mano al pecho de Patricia, torturó su pezón con un cruel pellizco. Esta volvió a gritar pero su sufrimiento se trocó en placer y mientras se retorcía disfrutando como una perra, sintió que su sexo empezaba a segregar un manantial, el cual mojó el pantalón de Isabel. Su socia estaba a punto de vengar esa nueva afrenta pero en ese momento, toqué el timbre de la casa, lo que no le dio tiempo a castigarla por haberla empapado.

-Voy a abrir a Pedro, ¡ni se te ocurra moverte!, ¡Quédate como estás para que pueda ver qué tipo de puta se va a follar esta noche!.

Al abrirme la puerta, pude intuir que algo había cambiado, sus mejillas estaban coloradas, producto del esfuerzo y de la excitación. Educadamente me hizo pasar, sobre la mesa estaba el champagne y las copas que Patricia había sacado para brindar. Sin preguntarle, abrí la botella, y sirviendo dos copas le pregunté:

-¿Qué es lo que tenemos que celebrar?

-Nuestra completa sumisión a partir de mañana, con una única condición…-, hizo una tregua antes de continuar. Mi expresión divertida le dio los ánimos que le faltaban para continuar: -… esta noche, quiero ayudarte a seguir entrenando a Patricia.

Solté una carcajada, aceptando. Me picaba la curiosidad de lo que había ocurrido, por lo que me tuvo que relatar cómo se había sentido engañada, cómo la había castigado y cómo había hecho uso de su coño, dejando para mí el culo totalmente virgen. Satisfecho y cogiendo la botella, le repliqué:

-Vamos, no se nos vaya a enfriar.

Entrando en la habitación, pude ver que la muchacha seguía en la misma posición que la había dejado. Sin mediar palabra, empecé a desnudarme, pidiéndole por gestos a Isabel que hiciera lo propio. Mi alumna no se hizo de rogar, desprendiéndose de toda su ropa. Al quitarse las bragas, me las tiró diciéndome que tocara lo mojadas que estaban.

Acto seguido, levantó a Patricia, tirándola de los pelos. Ya erguida, empezó a mostrarme al ganado.

-Pedro, como puedes ver esta zorrita tiene unos buenos pezones y como la perra que es, le encanta que se los pellizque así- dijo mientras los torturaba sin piedad. Patricia respondió a su tortura con un gemido, que no supe definir si era de dolor o de deseo - su coño es vulgar, no está depilado pero eso se puede arreglar. En cambio su culo es espectacular, está un poco rojo pero es porque se lo he preparado así-, prosiguió al tiempo que le soltaba tremendo azote.

La violencia del golpe hizo que su ex socia se cayera en la cama.

-Siéntate en el sofá con la piernas abiertas- pedí a Isabel y cogiendo a la zorrita, le puse su cara en el sexo de mi asistente.

Como una loca, su víctima se apoderó del clítoris y separando sus labios, mordisqueó suavemente el monte de placer mientras que con sus manos acariciaba los pechos de su dueña. Esta, lejos de ser la frígida de antes, se la notaba cercana al orgasmo y apretándole la cabeza, le grito:

 -¡Hasta dentro! ¡Quiero sentir como me chupas!

Me arrodillé detrás de la muchacha y abriéndole las nalgas, observé su culito virgen, rosado y prieto que no había sido usado en su vida. Patricia al sentir mis maniobras paró pero con una nalgada, la obligué a que continuara con su mamada, lo que provocó la explosión de goce de la otra morena.

«Es un desperdicio que nadie haya usado este culo», medité y agarrando la botella, le introduje de golpe el cuello de la misma.

Desprevenida, la más  menuda de las dos gritó de dolor al sentir como se desgarraba su esfínter y un fino riachuelo de sangre recorría sus mulos. Agitando la botella, el líquido a presión inundó sus entrañas mientras ella se corría con fuertes aullidos de placer.

-Coge la botella sin sacarla, ¡No vayas a mancharnos! Y quítatela en el baño - ordené.

La muchacha dócilmente se levantó a cumplir mi orden, lo que me dejó el sexo de Isabel, solo para mí. Como tanto ella, como mi pene estaban listos, de un golpe certero se lo encaje dentro de su cueva. Su sexo estaba empapado, lo que facilitó mis movimientos. Desde el principio mi ritmo fue brutal, mis pelotas rebotaban contra ella, de la misma forma que la punta de mi lanza hería la pared de su vagina. Apretándome con sus piernas, se corrió en bestiales sacudidas, arqueándose entera y pidiéndome más. No me hice esperar y con la respiración entrecortada, me derramé en su interior, regándola de mi simiente.

Exhausto, me desplomé sobre ella mientras desde el baño oíamos la detonación provocada por Patricia al sacarse la botella de su ano...

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