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Fecha: 25-Jul-17 « Anterior | Siguiente » en Grandes Series

Bimbo Tech - Ocultos intereses (1): Marta

Tania
Accesos: 2.933
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Tiempo estimado de lectura: [ 11 min. ]
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Vuelvo a adentrarme en el territorio de la dominación, control mental, aunque esta vez me atrevo a intentar publicar una saga mezcla de varias temáticas y basada en la corporación "Bimbo Tech" que, inicialmente, publicó SteveRogers. Espero que os guste y perdón por la extensión, sentaos y disfrutad. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Hola amigos. De nuevo vuelvo a adentrarme en el territorio de la dominación y el control mental. Me gusta saber que mis anteriores relatos fueron de vuestro agrado, especialmente el que escribí inspirada en la saga de la corporación “Bimbo Tech” que tan buen resultado le dio a su publicador inicial (SteveRogers) y que veo que no os fue indiferente.Este nuevo relato mezcla un poco de varias temáticas (lesbianismo, heterosexualidad, dominación, control mental, etc.), en un delicioso cóctel (¿Qué va a decir una madre de su hijo?) que espero también sea de vuestro agrado. Perdonad la extensión, espero que no os sea pesado, y disponeos a disfrutar...

 

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Cuando Martha cerró la puerta tras de si dando un portazo tenía la impresión de que la vida tal y como la había conocido ya no tenía sentido. Acababa de terminar una etapa y era totalmente consciente de ello, aunque la rabia se hubiese apoderado de ella. Por eso cuando se subió a su automóvil y arranco furiosa camino de no sabía dónde se sintió a la misma vez ligeramente desorientada. ¿Qué iba a hacer? Dinero tenía, eso no era problema, y vio como la aguja del combustible marcaba que el depósito estaba prácticamente lleno, así que tenía kilómetros ante ella para poder pensar. “Buscaré un motel”, pensó, siendo consciente de que dada la hora y su estado anímico quizá lo más peligroso sería conducir sin rumbo, así que cuando vio las luces a lo lejos y un letrero iluminado en el que ponía “Welcome. Pool free coffee. Free cable TV. Vacancy” no se lo pensó dos veces y se salió de la autopista hasta el aparcamiento.

 

Era un edificio de dos plantas, en forma de “U”, con las cocheras en la planta baja y unas escaleras que daban acceso a las habitaciones en ambos extremos de los brazos largos. Estacionó su descapotable en el aparcamiento y se dirigió a la recepción.

 

- Hola, buenas noches.

- Buenas noches. Bienvenida al “Drivers Paradise”, mi nombre es Mike. ¿En qué puedo atenderla?

- Quisiera una habitación, con baño a ser posible...

- No hay problema, tenemos casi todas las habitaciones libres, así que puede escoger la que prefiera... Permítame su documentación, por favor... ¿Tiene usted vehículo?

- Sí, está en el aparcamiento, es ese descapotable rojo...

- Bien, perfecto... Serían 50 dólares, por adelantado, por favor...

 

Martha miró en su monedero, dándose cuenta de que solamente tenía 35 dólares y algunas monedas, pero por suerte todavía tenía sus tarjetas de crédito.

 

- ¿Aceptan dinero de plástico?

- Claro que sí, eso no es problema. En ese caso tengo que preguntarle cuánto tiempo se va a quedar.

- No lo sé, la verdad. Quizá un par de días, una semana, tal vez hasta mañana... No lo sé... – a la vez que decía eso sintió como una lágrima corría por su mejilla, lo que hizo que el hombre se mostrase más comprensivo.

- No se preocupe, señorita, haremos una cosa...

- Dígame.

- Verá, parece usted una buena chica, así que no tengo problema en dejarle la habitación y ya me lo pagará todo junto cuando se vaya. ¿Le parece bien?

- Oh, muchas gracias, pero quizá se meta usted en un lío...

- ¿Por qué iba a hacerlo?

- No sé... Tal vez tenga problemas con la caja, su jefe le llame la atención... –una súbita carcajada salió de la boca del hombre.

- Eso no es problema, señorita. El motel es mío, soy el propietario, así que sólo tengo que darme explicaciones a mi mismo... y a los cabrones de Hacienda, claro, pero ese no es su problema.

- Disculpe, no sabía...

- No se disculpe, por favor, no me gusta ver mal a las chicas guapas. Aquí tiene usted las llaves, habitación 10. Este mando abre el garaje. Feliz estancia. –añadió con una sonrisa.

- Es usted un buen hombre. Muchas gracias.

 

Cuando iba a salir de la oficina el hombre volvió a hablarle...

 

- Por cierto, una última pregunta, y perdone mi indiscreción...

- No se preocupe, dígame...

- ¿Espera usted a alguien – Las lágrimas brotaron de los ojos de Martha.

- No... A nadie... –dijo casi sin poder hablar, apenas en un sollozo.

- No se preocupe, señorita – añadió comprendiendo que aquella preciosa morena tenía un problema y de los gordos – Lamento mi indiscreción. Es que si esperase a alguien tendría que cobrarle un pequeño suplemento. Por favor, olvídelo y vaya a descansar, por favor...

- Muchas gracias de nuevo, lo intentaré.

 

Cuando salió de la oficina aparcó su coche en el garaje y sacó parte de su equipaje del maletero, encaminándose a continuación a la habitación que le sorprendió por el buen gusto de la decoración y el tamaño de la cama, de 2x2 metros, aunque se dijo a si misma con tristeza que no necesitaba una cama tan grande para nada. Dejó la maleta en una pequeña mesa y se derrumbó llorando en la cama, preguntándose porqué Paula la había traicionado de una manera tan cruel. Lloró a moco tendido, sin retenerse lo más mínimo, hasta que se quedó dormida.

 

Se despertó un par de horas más tarde y se dio cuenta de que se había quedado dormida vestida, por lo que decidió darse una ducha para poder volver a dormir más cómoda, desnudándose y dirigiéndose al cuarto de baño. Cuando salió de la ducha no pudo evitar mirar el reflejo de su cuerpo desnudo en el espejo.

 

Era guapa, de eso no cabía duda, y a sus 35 años presentaba un aspecto que ya quisieran muchas veinteañeras. No era una modelo de pasarela, pero su cabello rubio enmarcaba un bonito rostro de ojos verdes y labios carnosos, nariz respingona y unas pecas que le daban un cierto aspecto adolescente. Su cuerpo no era precisamente delgado, pero sus pechos redondos y turgentes y sus largas piernas que acababan en unas caderas un poco anchas y un culo duro y levantado le daban una voluptuosidad que hacía girarse las cabezas a su paso para observar el movimiento de sus caderas cuando caminaba por la calle. Envuelta en una toalla volvió a sentarse en la cama y buscó el teléfono en su bolso. Estaba en modo silencio, por lo que no había escuchado las numerosas llamadas y mensajes de Paula. “Vete al infierno, maldita”, pensó, y volvió a dejar el teléfono sobre la mesita de noche.

 

Mientras se secaba pensó. Pensó en su vida, en su infancia en aquel pequeño pueblo en el que había nacido, en cómo había tenido que ocultar su verdadera forma de ser dada la estricta moral de su familia y de sus vecinos, que consideraban la homosexualidad como un castigo de Dios. Sí, Martha era lesbiana, y lo era desde que tenía uso de razón. Se había sentido atraída por las chicas aunque se sentía sucia, una especie de pecadora que tenía que expiar sus pecados. Incluso tuvo que perder la virginidad con un compañero de clase para que no pensasen mal de ella, aunque no resultó en absoluto placentero para ella, sintiéndose en realidad como un pañuelo de papel como los que sabía que usaban sus hermanos después de masturbarse viendo las revistas eróticas que sabía que escondían debajo de sus camas.

 

Tuvo esos pensamientos hasta que abandonó el pueblo para estudiar en la universidad. Allí tuvo oportunidad de conocer a mucha gente, sorprendiéndose de que algunos chicos y chicas sentían sus mismas inclinaciones con total naturalidad sin ocultarse ante nadie. Allí conoció a Sandy, su primer amor de verdad, con la que tuvo una apasionada relación hasta que tuvieron que separarse. Durante ese tiempo se sintió plenamente feliz y contenta, incluso orgullosa de si misma, y ese estado la hizo llevar una vida académica con excelentes resultados que provocaron que cuando terminó la carrera de Económicas tuviese varias y jugosas ofertas de trabajo de varias empresas, decidiéndose por una asesoría fiscal de Indianápolis. Allí había hecho buenas amistades, compaginando trabajo y vida social hasta que en una fiesta de amigos comunes conoció a Paula.

 

Se sintió irremediablemente atraída por aquella belleza morena, casi salvaje, sobre todo por sus rasgos que dejaban claro que tenía sangre india. Le sorprendieron sobre todo su desparpajo y su naturalidad, con una simpatía arrolladora que la hacía ser el alma de la fiesta. Por fin un amigo las presentó una amiga y al poco rato estaban riendo como si se conociesen de toda la vida, con más cosas en común de lo que parecía a simple vista, hasta que aquella misma noche terminaron haciendo el amor en el apartamento de Paula como dos posesas.

 

Aquella primera noche fue el comienzo de una relación que duró varios años. Tenían sus discusiones, como todas las parejas, pero nada tan importante que no se pudiese solucionar con un profundo beso y palabras cariñosas. Sin embargo, pese a todo, desde hacía más o menos un año sentía a Paula distinta, casi extraña. Parecía más fría, distante a veces, y una especie de corazonada se empezó a instalar en el corazón de Martha aunque no tuviese indicios que pudiese respaldar sus sospechas. No había llamadas a horas intempestivas, Paula no se ausentaba sin motivo de la pequeña casa que habían comprado a medias con la idea de adoptar un bebé, y cuando lo hacía ni llegaba tarde ni lo hacía oliendo perfumes ajenos. “Me estoy volviendo loca”, pensaba Martha, achacando sus pensamientos a su irregular período.

 

Sin embargo, esa misma tarde había tenido la confirmación total de la forma más clara cuando llegó a casa un poco antes de lo previsto. Con extrañeza vio que el coche de su novia se encontraba en el camino de entrada pero, inocentemente, pensó que se le habría averiado y habría tenido que utilizar el transporte público. Cuando abrió la puerta pensó que la casa estaba vacía, no se escuchaba nada, pero cuando subió las escaleras hacia el dormitorio le pareció escuchar unos gemidos. “No”, pensó. “No será verdad”, se decía a si misma mientras observaba el resplandor que escapaba por debajo de la puerta cerrada y un nudo atenazaba su pecho. Se despojó de sus zapatos de mediano tacón y avanzó despacio por el pasillo, haciendo acopio de fuerza mientras asía lentamente el picaporte y abría la puerta...

 


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