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Fecha: 25-Jul-17 « Anterior | Siguiente » en Grandes Series

Bimbo War Z: Apocalipsis (1)

Tania
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Tiempo estimado de lectura: [ 6 min. ]
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Otra incursión por mi parte en las sagas, aunque esta vez centrada en lo que ocurriría si un virus se propagase sin control con unos sorprendentes efectos. Espero que os guste. Besos!!! Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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 “Esto está durando ya demasiado”, pensó el centinela mientras se pasaba la mano por los ojos para intentar mitigar la fatiga que empezaba a sentir. Permanecer toda la noche de guardia era cansado, sí, pero en esas condiciones era realmente complicado. Cualquier ruido, cualquier sombra, hacía que sus sentidos se pusiesen en alerta y se echase su AR-15 a la cara apuntando hacia el lugar que le señalaban sus sentidos, adiestrados tras varios años de servicio militar.

Aunque ahora formaba parte de una extraña amalgama de soldados pertenecientes a diversas unidades y países encuadrados en pequeñas unidades encargadas de custodiar las denominadas “Zonas seguras”, Antaño había pertenecido a la “Fuerza RECON” del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos, una auténtica unidad de élite, y había servido en Afganistán combatiendo contra los insurgentes. Con lo que algunos llamaban el “Fin del Mundo” su unidad había dejado de existir como tal, al desaparecer la cadena de mando, y se podía decir que cada quien hacía la guerra por su cuenta uniéndose a una de esas variopintas unidades.

La zona en la que Ray se encontraba había sido denominada como “El Arca de Noé”, quizá pretenciosamente podría pensar alguien, y su objetivo era intentar proteger a los civiles supervivientes hasta que pudiesen ser evacuados a otras zonas. Para ello contaban con reservas de alimentos y medicinas, siendo abastecidas con envíos provenientes de otras bases ubicadas en zonas consideradas como limpias, y mantenían en funcionamiento una pista de aterrizaje en la que, mucho tiempo antes, habían aterrizado incluso los gigantescos bombarderos estratégicos B-52 o cargueros C-5 Galaxy, aunque ahora su uso fuese casi exclusivo de los aviones Hércules y helicópteros de transporte pesado que traían esos suministros tan vitales para mantener los últimos reductos de la civilización humana, prácticamente desaparecida tal y como había sido hasta unos meses antes. Se podía decir que estaban teniendo un relativo éxito, pero en otros lugares del mundo no era así. De pronto algo crepitó en su oído, sobresaltándole, aunque casi al instante se dio cuenta de que era la voz de otro de los centinelas que cubrían el muro perimetral del Arca.

 

  • Puesto 4-Delta, sin novedad.

 

Distraídamente se apoyó la mano en la garganta para responder en un susurro apenas audible.

 

  • Puesto 5-Charlie, sin novedad.

 

Las órdenes eran claras: ni un ruido. Cualquier sonido podía provocar un ataque, algunos de los cuales podían ser repelidos fácilmente con un gasto mínimo de munición, pero en otras ocasiones era una verdadera marea que, casi siempre, necesitaba el uso de aviones o helicópteros para poder ser rechazada. Habían oído extrañas noticias que decían que en algunos lugares había sido necesario incluso el uso de armas nucleares tácticas, pero no habían podido confirmarlo.

Casi de improviso le pareció escuchar un ruido a su derecha, acompañado de un leve movimiento en las ramas de un arbusto, pero cuando apuntó con su arma hacia el lugar se dio cuenta de que sólo era un perro que hurgaba con su hocico buscando algo que comer. “Creo que me estoy volviendo loco”, pensó mientras se frotaba otra vez los ojos. Apenas le quedaba una hora para terminar su guardia, y estaba deseando llegar al barracón y caer sobre el catre para poder dar una cabezada. “Un click, Ray duerme; Otro click, Ray se pone en modo automático”, pensó recordando una novela de vampiros que había leído hacía ya lo que le parecía una eternidad, una novela que guardaba siniestros paralelismos con la situación actual. Volvió a mirar hacia la ladera del monte que se elevaba a menos de un kilómetro.

En ese momento vio a la mujer por el rabillo del ojo. Se encontraba allí, de pie, apenas a unos quince metros de donde él estaba se hallaba. Estaba totalmente desnuda, lo que le extrañó dada la baja temperatura, con sus ojos fijos en él. Era relativamente alta, aparentemente de uno setenta, rubia, y pensó que realmente era muy atractiva. Sus labios esbozaban una leve sonrisa, como una muda invitación, pero su sexto sentido le decía que no debía fiarse de ella. Habían llegado noticias realmente raras sobre extraños ataques, pero sin concretar nada realmente. Su mano apretó la empuñadura de su fusil y lo levantó unos centímetros.

 

  • Hola guapo...

 

La mujer habló apenas en un susurro, aunque Ray permaneció en silencio. De nuevo la chica habló.

 

  • ¿Qué te pasa, me tienes miedo? ¿No te fías de mí...?

 

La voz parecía normal, y Ray se relajó un poco, permitiendo que la mujer se acercase a él, con unos pasos gráciles, felinos, con un movimiento de caderas que resultaba realmente insinuante, mientras sus ojos permanecían fijos en los de Ray, pareciéndole que tenían algo de hipnóticos, algo que le indujo una leve sensación de mareo que desapareció casi al instante. Las manos de la mujer se deslizaron sugerentemente por sus pechos, como ofreciéndoselos, y el hombre notó como su pulso empezaba a acelerarse y una incipiente erección se formaba bajo sus pantalones. La mujer se encontraba ya apenas a unos centímetros de él y su mano rozó su cara.

Estaba casi hipnotizado, incapaz de moverse, y la mano de la mujer se posó sobre el bulto de su entrepierna, frotando sobre los pantalones su ya a esas alturas durísimo pene. Los labios de la mujer se acercaron a los suyos en un leve beso, aunque un instante después sus lenguas se entrelazaban en sus bocas, mientras las manos de la mujer ya habían sacado su miembro de su encierro y lo masturbaba suavemente. Sin que Ray hiciese nada por evitarlo la cabeza de la mujer empezó a bajar hacia su entrepierna y, casi al instante, noto la calidez de su boca y su lengua jugando en su glande, recorriéndolo en círculos, mientras sus uñas rozaban sus testículos.

Cuando sintió los dientes de la mujer mordiendo su pene fue algo casi agradable, placentero, y en ese momento se dio cuenta de que ya era demasiado tarde. “Hermosa manera de morir”, pensó mientras sacaba su pistola de la funda y se la apoyaba contra la sien. Aproximadamente a unos 100 metros de Ray se encontraba un francotirador que se percató de la escena que ocurría en la posición del centinela. No lo dudó y apuntó su rifle en aquella dirección, centrando la cabeza femenina en el centro de su mira. Antes de que la mano de Ray apretase el gatillo y la bala destrozase su cráneo vio como la cabeza rubia se volatilizaba en mil pedazos por el certero disparo del tirador...


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