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Fecha: 01-Ago-17 « Anterior | Siguiente » en Gays

Ni San Judas Tadeo

Machi
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Me creí tocar el cielo cuando noté cómo las paredes de mi ano se ensanchaban y dejaban pasar el erecto torpedo sin apenas dificultad. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

22 de agosto del 2012 (18:00 pm aprox.)

***Mariano***

Segundo día en la playa y debo de reconocer que las vacaciones en los Caños de Meca no están resultando todo lo divertidas que yo había previsto. Buena parte de la culpa de esta insatisfacción  la tiene mi estado de ánimos. La nostalgia no ha sido  nunca para mí de  las mejores compañeras y no puedo evitar echar de menos a Ramón, mi Ramón. Alguien de quien, más que me pese, he estado enamorado desde casi siempre y si alguna vez lo llegué a borrar  un poco de mi pensamiento, fue durante los años que tuve como pareja a  Enrique. El muy cabrón de Enrique.

Escuchar como mis amigos hacen el amor en la habitación de al lado me ha traído a la memoria mi último día con el hombre de mi vida. Un día  que fue de lo más completo: pasamos la noche juntos, fuimos a ver la procesión de la patrona de Sevilla e incluso decidimos  almorzar fuera.  

De regreso a mi hogar,  y mientras nos cambiábamos de ropa para salir a comer algo,  no pudimos evitar que el volcán de la lujuria que llevamos en nuestro interior volviera a entrar en erupción. Fue vernos desnudos y nuestra sexualidad saltó al ruedo como un toro embravecido e, incapaz de dominarnos,  nos dejamos llevar sin reserva.

Durante los preámbulos previos al sexo, mi amigo se sinceró conmigo de un modo que no había hecho jamás hasta ahora. Tras decirme que lo que sentía por mí era algo completamente nuevo para él, me contó que su matrimonio se había convertido en un verdadero desastre y que lo único que daba sentido a su vida era los ratos que, a duras penas, conseguíamos pasar  juntos. Fue tan honesto conmigo que, ante la imposibilidad de poder ser la persona con quien compartir mi vida, me dejaba la puerta abierta para que buscara el amor en otros brazos. Añadiendo que  si la cosa me  salía mal, él siempre me estaría esperando.

Si la nobleza de su mirada y la verdad que emanaban sus palabras no hubieran sido lo suficientemente convincentes de su franqueza, se me entregó de un modo cómo jamás antes lo había hecho y prácticamente me obligó a que hiciera realidad mi deseo de penetrarlo.

Nunca me había sentido tan unido a nadie como en aquel momento, nunca había sentido a alguien tan mío, ni me había sentido tan de alguien. Si alguna vez existió un nosotros en mayúsculas, en vez de un Ramón y yo, fue en el momento que se dio  aquella especie de fusión de nuestros cuerpos.

Tras el orgasmo,  se tumbó a mi lado, me volvió a besar de un modo tan afectuoso que mis labios se adormecieron de satisfacción al tocar los suyos. Le pregunté que si le había gustado y me respondió:

—Más de lo que esperaba. Me ha dolido un poco, pero el gustillo que he sentido ha estado de puta madre.

Su respuesta fue más gratificante de lo que había previsto en un principio y saber que había disfrutado tanto como yo me llenó de satisfacción. Sin pensarlo me tendí sobre él y dejé que nuestros adormecidos penes se restregaran el uno contra el otro, mientras su boca se fundía con la suya y mis manos mimaban pasionalmente su rostro.

Abandonamos nuestros libidinosos juegos para ducharnos. A los pocos minutos ya estábamos vestidos y conduciendo el coche en dirección al bar de Alcalá de Guadaira que tanto nos gustaba.

El local estaba atestado de gente, aun así conseguimos mesa y la comida seguía teniendo la buena calidad habitual. Verlo frente a mí, compartiendo una situación tan normal y charlando cosas de lo más variopintas me hizo ver una realidad que no existía y que me llevo a imaginar que éramos pareja. Una realidad con tantos visos de ser posible, como que llovieran billetes de quinientos euros.

 Ambos habíamos traído mochilas a nuestra relación y era un equipaje que era muy difícil de deshacer sin provocar un desastre en la vida de las personas que  más nos importaban. Él  a su mujer y sus hijas, yo a una familia demasiado conservadora a la cual no me imagino aceptando una relación homosexual. Lo que estábamos viviendo  era tan real como efímero,  tanto que a veces llegaba a pensar que era una especie de espejismo en el desierto de nuestras desastrosas existencias.

De vuelta a casa, ambos éramos consecuentes con que nuestro tiempo juntos se iba consumiendo a pasos agigantados, que cada caricia, cada beso, cada abrazo que nos diéramos, serían los últimos en una buena temporada.

Con el silencio como compañía,  afrontamos la despedida desnudándonos, abandonando cualquier preocupación y sumergiéndonos  en el pequeño hábitat de mi cuarto,  para recrear la vida que nos gustaría tener. Un pequeño hábitat donde el resto del mundo había desaparecido, donde  solo existíamos nosotros y el inmenso amor que nos profesábamos.

Rodeó mi pecho con sus brazos, como si intentara fundir mi cuerpo al suyo en uno solo.  Su vigoroso torso, sus hombros, sus brazos me parecían el mejor lugar del mundo donde estar y sentir su respiración tan cerca volvió a reanimar la llama de mi pasión. Miré sus profundos ojos, había tal nobleza en ellos que me fue fácil recordar porque estaba tan perdidamente enamorado de él. Era el mejor de los amantes, pero sobre todo era el mejor ser humano que conocía. En aquel  preciso momento, sintiendo sus latidos, su respirar, el calor que emanaba,  me sentí la persona más dichosa del mundo.

Siempre había creído que el deseo y el cariño eran dos cosas que discurrían  como por vías paralelas. Que había momentos para la pasión y otros para el cariño.  Que el sexo podía ser simplemente sexo y que el amor implicaba sentimientos más transcendentales. Sin embargo, al notar como  su saliva se entremezclaba con la mía y nuestros cuerpos colacionaban brutalmente, llegué a la conclusión de que el amor sin pasión era como un jardín sin flores. Deseaba a Ramón del mismo modo que lo quería, lo precisaba  en mi vida con la misma intensidad que lo necesitaba en mi cama. Como un náufrago que no quería volver hundirse en el mar de la soledad, agarré aquella porción de tiempo como si se tratara del último tablero a la deriva.  

Llevé mis manos a su rostro, lo recorrí minuciosamente pretendiendo impregnar las yemas de mis dedos de su esencia, buscando aprenderme cada uno de sus rasgos para ser capaz de esculpir una copia exacta. Una copia que me sirviera de compañía en los momentos que mi cuerpo reclamara su presencia y solo fuera capaz de encontrar su tan temida ausencia.

Sus manos se deslizaron a mis nalgas y las acarició  con premura por encima de la ropa interior. El simple roce de sus dedos hizo que mi soldado del amor, que ya estaba vistiéndose para la batalla, terminara con el uniforme de gala y el fusil apuntando hacia el contrario. Un enemigo que llevaba ya un rato preparado para el combate y,  por la fortaleza de la que hacía gala,  parecía estar dispuesto a derribar las paredes que hiciera falta con tal de penetrar en el terreno  de su oponente.

El calor que emanaba nuestros cuerpos consiguió que en unos  pocos segundos pasáramos de demostrarnos el mayor de los afectos a anhelar de forma brutal el cuerpo del otro. Las sabanas nos atraparon, como si fueran las llamas de un supuesto fuego, y a los pocos segundos la cama estaba incendiada por completo de nuestra pasión. Cada roce que nos propinábamos, cada caricia que nos regalábamos, no hacía más que engrandecer nuestro apetito sexual e, inevitablemente,  terminamos siendo marionetas en manos de la lujuria. 

Sus manos se deslizaron por mi espalda hasta llegar a su final, tras masajearme contundentemente el trasero sobre la fina piel de algodón que lo envolvía, se deshizo de mis bóxer de un modo que, sin estar desprovisto de ternura, resultó de lo más rudo. Tras pasear  morbosamente sus dedos por la cordillera de mis glúteos, deslizó uno de ellos hacia el caliente valle central. Fue  simplemente percibir como la punta de su dedo  horadaba mi orificio trasero y no pude evitar soltar un gutural quejido.

Como si el hambre de sexo fuera lo que dominara mi raciocinio,   llevé la mano a su pelvis y restregué con la yema de mis dedos su abultada virilidad. Por más que anteriormente la hubiera acariciado, más que la hubiera devorado y por más que se hubiera adentrado en mis esfínteres, seguía siendo incapaz de habituarme a su insólito tamaño, a su dureza, a la potencia  que consigue transmitir. Su descomunal herramienta  seguía  despertando en mí los mismos oscuros deseos de la primera vez y, en aquel preciso instante, no pude hacer nada por reprimir el  galopante deseo que se apoderó de mis instintos más primarios.  

Introduje como buenamente  pude la mano bajo su prenda interior, la bestia de su entrepierna, al percibir mi contacto,  palpitó implorando que la agasajaran. Agarré su cabeza entre mis dedos y jugueteé con ella, buscando domar un poco  la furia que la dominaba.  El pago que tuve por mis  excelentes atenciones hacia ella, fue un pegajoso y casi trasparente líquido que empapó copiosamente mis dedos.

Sacó su anular de mi trasero y se lo introdujo impúdicamente en la boca, tras humedecerlo con una cantidad abundante de saliva, lo llevó de nuevo a la cueva de mi retaguardia e intento traspasarla. El caliente y viscoso fluido logró hacer  las veces de lubricante y su dedo fue internándose poco a poco en mi recto.  

Una tremenda sacudida de placer recorrió mi espina dorsal, extasiado agarré con más fuerza el vibrante mástil, lo que propició que nuestros labios se volvieran a  separar para dejar escapar un escandaloso suspiro. Fue notar su virilidad entre mis dedos  y sentí la apremiante necesidad de tenerla entre mis labios.  Alejé mi boca  de la suya, aprisioné su rostro entre mis manos, le lancé una mirada suplicante y hundí mi cabeza en su tórax, deslizándome por él  hasta alcanzar  su pelvis.

Una vez allí, como si fuera un niño que está delante de sus regalos de cumpleaños, me regodeé mirando el grueso embutido que clamaba a gritos ser devorado. Golosamente envolví el delicioso champiñón con mis labios y comencé a lamerlo como si fuera una bola de helado, cada vez que mi paladar acariciaba la cabeza de la fabulosa muestra de masculinidad, un suspiro de satisfacción llenaba el aire de la habitación.

Cuando pensé que sería yo quien únicamente disfrutaría de la gula del sexo oral, una inesperada petición llegó por parte de Ramón.

—Oye, ¡no seas avaricioso! Que a mí también me gusta hacer lo que estás haciendo. ¿Por qué no te colocas de manera que los dos se la podamos chupar al otro?

Aunque me la había mamado en otras ocasiones, nunca habíamos realizado anteriormente una postura tan completa como el sesenta y nueve. Ramón, a cada día que pasaba, se convertía en una caja de sorpresas de lo más espectacular y siempre se las apañaba para ofrecerme una novedad  de lo más suculenta.  En esta ocasión una posición que me fascina un montón porque das  y recibes placer al mismo tiempo.

Sin meditarlo siquiera me giré, de manera que mi virilidad quedará junto a su cara y la suya a escasos segundos de mi boca. Como si alguien hubiera gritado el clásico: «¡Preparados, listos, ya!», nos lanzamos al unísono sobre las abruptas prominencias de nuestra entrepiernas.   Ensartamos con nuestros sables la boca del otro y nos entregamos de lleno a saborear cada centímetro de ellos. No dejaba de sorprenderme la habilidad que en poco tiempo había desarrollado Ramón en el arte de mamar una polla, de ser un completo inexperto había comenzado a ser un destacado aprendiz. En mi favor podía argumentar que había tenido muy buen maestro: a mí.

Era más que obvio que si seguíamos cabalgando en aquella dirección llegaríamos más pronto que tarde a nuestra placentera meta, algo que ninguno de los dos deseábamos. Cuando noté que mi cuerpo comenzaba a rozar el éxtasis, saque mi arma sexual de entre sus labios e hice con la suya lo mismo.

Ramón se me quedó mirando como si hubiera pinchado el balón en mitad del partido.

—¿Qué te pasa? ¿No tienes ganas de penetrarme? —Le pregunté haciendo gala de toda la picardía que fui capaz.

Ramón, sonriéndome complacidamente,  me respondió:

—La verdad es que sí, pero no porque me lo pase de puta madre cuando lo hago. ¿Te imaginas  cual es verdadero motivo?

Volteé mi rostro hasta que nuestros ojos pudieron conversar y, con un gesto,  le pedí que prosiguiera con lo que fuera que quería contarme.

—El verdadero motivo es que  no hay otro sitio mejor donde prefiera estar que dentro de ti.

Puse cara de no creer lo que estaba escuchando y cabeceé dando muestras de perplejidad.

—¿Qué te pasa? ¿Por qué pones esa cara?

—Porque o una de dos, a ti te ha dado el sol  demasiado esta mañana y  se te han terminado achicharrando las neuronas,  o  has visto con tus hijas una maratón del Pequeño Pony y los Osos Amorosos… ¡Qué cursi te estás poniendo!¡Quién te ha visto y quién te ve!

Me miró sonriendo por debajo del labio, puso esa cara de macarra de película ochentera que tanto me pone y me dijo:

—¡No te quejes! Si en el fondo eres un romántico y te gusta —No terminó de decir esto y se abalanzó sobre mí, con la intención de pelear conmigo como cuando éramos chiquillos.

—Creo… que confundes… romántico…. con moñas… —Dije entre jadeos, intentando zafarme de su abrazo.

Antes de que nos pudiéramos dar cuenta estábamos enzarzados en un cariñoso combate en el que su fuerza se enfrentaba a la mía, una lucha en la que el único ganador sería la lujuria, pues aunque  nuestras lanzas chocaron entre sí  haciendo alarde de una enorme potencia, ninguno de los dos quería alzarse con el triunfo.

A pesar de mi firme oposición consiguió darme la vuelta y noté como la cabeza de su vibrante bestia llamaba a las puertas de mi orificio trasero. Al principio simplemente se paseó entre la parte central de mis glúteos consiguiendo arrancarme algún que otro jadeo y un prolongado “Asíiii” que sonó a imploración absoluta.

El frenesí movía nuestros cuerpos y, casi sin querer, nuestros impulsos primarios se hicieron dueño de nuestros actos. Su  afán por acariciarme todo el cuerpo y por regar mis hombros de besos me tenía a reventar calderas. Sentir su columna sexual apoyada en mi zona lumbar, tan llena de sangre y tan dura,  conseguía que mi calentura fuera en aumento. Todos mis sentidos clamaban por tenerlo dentro, cada poro de mi piel suplicaba ser atravesado por su vigoroso mástil.

Como sabía que de seguir así, la locura que nos dominaba, nos podría hacer llegar a olvidar las precauciones, me liberé como pude de su abrazo y busqué en el cajón los utensilios adecuados para hacer  del sexo algo más seguro.

De un modo casi ceremonioso, le coloqué un preservativo y unte mi ano con una ingente cantidad de lubricante. Pese a que lo tenía un pelín irritado de la brutal sesión mañanera, no estaba dispuesto a renunciar tenerlo en mi interior. ¿Qué suponía una pequeña molestia comparada con el enorme placer que me regalaba cada vez que su masculinidad invadía mis entrañas?

Me tendió sobre la cama, levantó mis piernas de manera que estás descansaran sobre sus hombros y se colocó entre ellas. Metió las manos bajo mis caderas, aupando mi trasero de manera que le fuera accesible y, tras atrapar su cintura con una de sus manos,  con la mano que se le quedaba libre, apuntó la cabeza de flecha de su nabo hacia el lubricado agujero.  

No sé si por lo anhelante que estaba de albergar aquel vigoroso dardo en mi interior o porque mis esfínteres se habían acostumbrado a las  dimensiones de aquel hermoso Príapo, el caso es que bastó un único envite para que fuera adentrándose en mi interior.

Me creí tocar el cielo cuando noté  cómo las paredes de mi ano se ensanchaban  y dejaban pasar el erecto torpedo sin apenas dificultad. Me escocía un poco y me sentía incómodo, pero nada que no mereciera la pena soportar con tal de tener al hombre que quería tan dentro de mí.

Una vez fue consecuente con que nos habíamos  acoplados como si fuéramos las piezas del engranaje de un motor, comenzó a mover sus caderas de forma circular, de un modo tan morboso y  efectivo que me puse a jadear como un poseso.

Sin dejar de bombear su pelvis contra mis nalgas, dobló su cuerpo y se tumbó sobre mí. A pesar de lo aparatosa de la postura, consiguió que nuestros labios se unieran. Probar el sabor de su boca, al mismo tiempo que me taladraba trepidantemente, hizo que sensaciones se mezclaran con emociones en una amalgama indescriptible y perdiera completamente el control de mi cuerpo.

De buenas a primera tuve la inesperada impresión de querer eyacular, noté como de la punta de mi glande brotaba un hilillo de líquido seminal, pero sin embargo no acabé de llegar al paroxismo. Fue algo nuevo para mí, fue como alcanzar el éxtasis y quedarse a medio camino. Tan placentero como un orgasmo, pero sin el agotamiento físico y mental de este.

Ramón siguió colisionando su cuerpo contra el mío, tocándome por donde podía, besándome apasionadamente  y cabalgándome de un modo bestial.

En un momento determinado, dejó de besarme y comenzó a moverse de  un modo más frenético aún. Su rostro estaba dominado por una furia imparable, de los poros de su frente brotaban gotas de sudor que resbalaba por sus sienes  y en sus labios se pintaba una mueca muy cercana a la rabia.

Presentí que  no tardaría en alcanzar momento de máxima excitación,  por lo que me masturbé como buenamente pude y, a los pocos segundos de ver como su cara se contorsionaba en gestos indescriptibles, sentí como un caliente charquillo de vida muerta empapaba mi zona abdominal.

Se desprendió del ajado profiláctico y, todavía con nuestras respiraciones descompensada por el esfuerzo realizado,  se tumbó a mi lado. Me dio un beso en la mejilla y me dijo:  

—Nunca…, nunca… pienses que… porque no puedo verte todo lo que yo… quisiera, no estoy pensando en ti. Te quiero… más de lo que he querido nunca a nadie.

Clavé mis ojos en los suyos,  me estaba diciendo lo más hermoso que me habían dicho jamás, sabía que era una locura aceptar aquella realidad que tanto daño me hacía, que debía enfrentarme y rebelarme ante ella porque después quien sufriría las consecuencias sería yo. No obstante, me olvidé de lo que aquello en un futuro podría acarrear a  mi vagueado corazón y le respondí:

—Ni tú tampoco olvides que te quiero tanto, o más, que tú a mí.

Nos volvimos a besar dejando que el amor que nos profesábamos impregnara nuestros labios. Nos duchamos de nuevo y echamos una pequeña siesta. Él se tumbó a mi lado y yo me deleité viéndolo dormir. Descubrí que lo amaba más de lo que creía, pues hasta sus sonoros ronquidos me resultó un concierto de lo más hermoso. Con lo que llegué a la conclusión que la cursilería debería ser una enfermedad de lo más contagiosa.  

Nos despedimos casi sin hablar, con la tristeza deseando asomar en nuestro rostro. Teníamos la certeza que el día que habíamos vivido no se volvería a repetir en mucho tiempo, que nuestra relación entraría en una especie de letargo no deseado y que las circunstancias no nos volverían a regalar veinticuatro horas como aquellas en mucho, mucho tiempo.

Me tendí en la cama y el fantasma de su ausencia me rodeaba por todos lados. Las sabanas estaban impregnadas aún de su olor, sobre la cama se dejaban ver las huellas del peso de su cuerpo y todavía podía sentir los resquicios de su calor. Me aferré todo  lo que pude a las reminiscencias que me seguían conectando a su presencia, pero estas fueron desapareciendo más rápido de lo que me hubiera gustado.  

Intenté que la tristeza no me azotara y eclipsara los recuerdos de un día maravilloso, así que opté por buscar la  compañía de alguien para combatir la soledad que me embargaba. Una soledad que me hacía estar al borde de la depresión. Recurrí a JJ, pero no le apetecía salir. Fiel al dicho de una mancha de mora con otra  verde se quita, marqué el número de José Luis, el técnico de Sanlúcar, el tío me había dejado muy buen sabor de boca y no me equivoqué, pasé con él un rato de lo más agradable. Es más, hemos quedado en vernos otra vez. A veces parezco un descerebrado que no sopesa las consecuencias de sus actos, complicando más aún mi enrevesada vida.

Lo cierto y verdad es que no sé porque carajo hago estas cosas. Cualquier persona normal, se contentaría con mi relación con Ramón, pero Mariano Martínez no… Yo tengo que hacerlo todo más complejo de lo que es y después, cuando las cosas se tuercen, no busco una solución, sino que  espero que los problemas se resuelvan por ellos solos, cosa que no ocurre de forma positiva en la mayoría de los casos.

Lo peor, es que soy incapaz de echar un polvo y aquí paz y después gloria. Yo soy de repetir, de ir haciendo amiguitos con todo aquel con quien intercambio fluidos.

¿Por qué llamé a Iván, el mecánico? ¿Para echar un buen polvo? No, porque me voy enamorando un poco de todo aquel con quien tengo relaciones sexuales, olvidándome que lo único que la mayoría buscan en mi es una especie de desahogo.

¿Qué coño sé yo de Iván? Es un tipo que, por circunstancias, después de arreglarme el coche pasé un buen ratito con él. Cualquier otro, no hubiera vuelto a repetir y hubiera dado el carpetazo. Pero está visto que yo soy incapaz. En mi busca de ese amor que no llega nunca, no me importa llamar más de una vez a puertas que sé que ya están cerradas. Porque está claro que para el mecánico, por muy buena persona que parece ser, solo significo la manera de pasar un buen rato.

¡Es que soy el rey de los absurdos! Hasta que mi Ramón no me ha declarado su amor de forma incondicional, también creía lo mismo y, a pesar de eso, cada día me entregaba un poquito más, como si, a lo largo de mi puñetera vida,  los castillos de ladrillos imposibles  no me hubieran hecho sufrir  ya lo suficiente.

Tengo más que claro que  él es el hombre a quien más querré en este mundo, pero también tengo claro que no es libre. Que cada vez que nos encontramos, cada vez que nos besamos, cada vez que nos acostamos, estamos traicionando a su mujer. Pues por mucho que él argumente que su matrimonio está acabado, hay dos hijas de por medio y son un pegamento muy fuerte para las relaciones de pareja. Pueden tener todos los problemas del mundo, Elena puede ser lo mojigata que sea, pero en el fondo sé que lo quiere y, llegado el momento, hará lo que sea por salvar su matrimonio. No me la veo yo, con lo religiosa que es, rompiendo un santo sacramento del Señor.

De todos modos, aunque accediera a divorciarse de él. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Seguir viéndonos furtivamente? Pues lo que tengo muy claro es que, en caso de que le echara los huevos necesarios para dejar a su mujer, no le veo admitiendo nuestra relación a los cuatro vientos. Ni nuestras familias, ni nuestro entorno no son las más proclives a admitir la diversidad sexual. Seriamos la comidilla de nuestros conocidos durante muchísimo tiempo.

La solución es bastante compleja, si sigue con su mujer nos quedarán solo las migajas y si la deja, la situación no será mejor. ¿Por qué será la vida tan complicada?  ¿Por qué será tan difícil ser feliz? A veces tengo la sensación de que la vida solo se porta bien con unos pocos y el resto nos tenemos que conformar con tragarnos toda la mierda que nos cae encima.

Lo que sí está claro es que los años no pasan en balde, cada vez me acerco más a los cuarentas y las oportunidades de encontrar una persona con la que compartir mi vida se hacen menores. Tengo la certeza de que nunca estaré solo del todo, porque sé que Ramón siempre estará ahí.

¡Ramón, Ramón, Ramón…! Todos los caminos de mi vida parecen que acaban y empiezan en él. Por mucho que me niegue, por mucho que me esfuerce en que no sea así, la verdad es que es  mi alfa y mi omega…. Nunca voy a tener una vida sino consigo apartarlo de mi pensamiento y la solución que encuentro pasa por dejar de verlo. Una posibilidad que ni siquiera me atrevo a sopesar.

Es más que evidente que estoy metido en un buen jaleo, un jaleo que ni San Judas Tadeo, patrón de los imposibles, sería capaz de solventar.

La solución puede que pase por ir viéndolo cada vez menos, entregarme con menos intensidad en cada encuentro y, como los adictos, necesitar cada vez menos de él, hasta terminar por olvidarlo.

Recapitulo  mis pensamientos y estos no pueden ser más absurdos. En el corazón no se manda, no elegimos a quien queremos amar, amamos a quien elegimos. Aunque nuestra elección, como en mi caso, sea la más dolorosa y la menos acertada.

¡Dios!, ¿por qué lo querré tanto?

22 de agosto del 2012 (22:00 pm aprox.)

***Guillermo***         

 

En momentos como estos, son cuando pienso que los ceros a la izquierda tienen una desorbitante personalidad a mi lado. Es  tanta  la complicidad entre mi chico y su colega Mariano que, a veces, me da la puta sensación de que estoy de más. Lo peor es cuando empiezan con los secretitos y las risitas. Sé que no lo hacen con mala intención, pero me tocan los huevos mogollón.

El cachondeito ha empezado cuando el camarero ha venido a tomarnos nota de la cena. Al enterarse que es colombiano, los dos han fruncido el gesto y yo,  que los voy conociendo, me he dado cuenta que se han estado aguantando la risa mientras el chico tomaba nota de la comanda. Ha sido marcharse y JJ le ha dicho algo por lo bajini a su amigo. Mariano se ha puesto como un tomate de colorado  y ha tenido que taparse la boca para que no se le escaparan las carcajadas.

Sea lo que sea debe ser taco de gracioso, porque los dos están que se parten el culo y yo aquí en el papel de consorte, cosa que me viene bastante grande y que no me gusta ni un pelo. Carraspeo, con la intención de recordarles que yo también existo y mi chico, sin dejar de reírse, me dice: 

—¡Ay, cielo perdona! Pero es que se nos ha venido a la memoria una cosa que le sucedió a Mariano en Galicia.  

¡Galicia! ¡Ya volvió a salir otra vez el puto viaje de Galicia! Sé que no me debería cabrear, pues fue algo que pasó cuando no me conocía. Lo cierto es que JJ ha demostrado ser bastante legal conmigo en eso y no se ha cortado a la hora de confesarme las cosas que le pasaron. Los dos estaban solainas y se pegaron el mayor lote de follar de toda su vida, por lo que cuenta se lo pasaron de lujo,  aunque al final, con tanto sacar los pies del plato,  las cosas se terminaron torciendo.

Dado que no quiero parecer un niñato aguafiestas, me meto mi orgullo por donde no da el sol y saco a pasear mi mejor cara de estar pasándomelo de puta madre, pero está claro que fingir no es lo mío, pues es abrir la boquita y me queda de pena.   

—Ya, ya… aunque no  creo que pase nada si me lo contáis desde el principio, lo mismo hasta me río —Tengo la sensación de que,  a pesar de mi no querer ser grosero, me he puesto de un borde que te cagas.

—¡Ay, hijo mío! ¡No te mosquees  tú con nosotros! Que te contamos todo lo que haga falta —Dice mi chico  tocándome la mejilla en plan zalamero y es que el muy cabrón, otra cosa no tendrá, pero es capaz de venderle hielo a los esquimales.

—¡Anda déjate de rollos y cuéntame ya lo que sea! —Le respondo sacando a pasear la mejor de mis sonrisas, pues está claro que  lo quiero un montón  y no me puedo enfadar con él.  

—Pues lo que sucede, hijo mío —El tono de voz que usa es ligeramente más bajo de lo normal —, que aquí el amigo en ese viaje “cultural”  que nos hicimos por Galicia. Concretamente una noche en Vigo, estando cenando, le echó el ojo a un camarero, un morenazo de esos que tanto le gusta a él, una cosita parecida al que nos ha atendido…

—…el camarero era también colombiano —Interviene Mariano, casi susurrando y con toda la boca llena de risa.

—¡No me interrumpas que tú no sabes contarlo y le quitas toda la gracia! —Al decir esto mi chico le da un cariñoso golpe en el hombro a su amigo, quien no le pone ninguna pega y simplemente hace un gesto raro de los suyos.  

JJ, cuando se da cuenta que tiene toda nuestra atención, prosigue con su historia, de un modo más teatrero si cabe.

—Pues  después  de  cenar nos fuimos  a los baretos de moda y al final de la noche acabamos en la Roy Black, una discoteca gay de Vigo, y nos encontramos allí al camarero tomándose una copa.  Nos reconoció y se puso a charlar con nosotros. El colombianito  vio a Mariano y le faltó tiempo para tirarle los tejos  y él, como siempre, súper nervioso porque se creía que no iba con él la cosa.

 Oigo a mi chico y la verdad,  después de lo sucedido esta mañana con el tío de Pilas, que se  nos puso como un flan, no me cuesta imaginármelo y no puedo evitar reírme.

—El tío era la mar de  gracioso hablando, tenía el acento muy marcado y sacaba muchos localismos. ¡Fíjate que lo primero que nos dijo es que no era cacurro…!

 —Cacorro —Le corrige Mariano de un modo bastante seco

—¡Lo que sea!... Pues eso, que el tío decía que no entendía, que estaba allí para meter las bolas en caliente, como si no hubiera otros sitios más adecuados para los machotes. ¡Postureo, puro y duro! Que te voy a contar yo que ya no sepas.

—Sí, así hay muchos —Obviamente a quien tengo en mente al decir esto es a  Javier, mi entrenador. Otro a quien el rollo del mariconeo le iba cantidades industriales, estaba todo el día presumiendo de lo macho que era y   se excusaba diciendo que iba con tíos  porque era muy caliente. 

—Sí, en este mundo  hay quien no se conforma  con las predilecciones que le caen en suerte y se inventa una película que no se la creen ni ellos…. Bueno, a lo que íbamos. Ni cinco minutos de conversación le bastaron al camarero para embaucar a nuestro amigo. El tío era casado y tenía dos hijos, pero no puso ninguna pega en follárselo  bien follado. El “machote” se lo pasó tan bien que hasta terminó diciendo que era una pena que no viviera en Vigo, porque de ser así hasta se arrejuntaba con él.  

»Le pasa  con los camareros lo mismo que con los casados: no perdona ni uno. Con este, nada más se ha acercado a la mesa, me parece que también ha habido un poquito “feeling”. Así que  le he dicho que cuando venga para traernos la comida, le pregunte por el horario de mareas de mañana y al muy  pavisoso le ha entrado la risa floja.

A JJ le falta tiempo para mirar a Mariano y echarse otra vez a reír como si fuera la cosa más graciosa del mundo. Otro punto negativo para mí: los chistes privados. Esos que nada más entienden ellos dos.  Porque la cosa tiene su puntito, pero no es, ni mucho menos,  para partirse el culo de la risa.

Está claro que nunca podré tener la química de ellos dos, por lo que para no ser más capullo de lo que ya he sido,  me limitó a sonreírles en plan anuncio de clínica dental. Hay que reconocer que  Mariano, a pesar de todas las pajas mentales que el pobre se hace,  es muy buena persona y se le perdona la mayoría de las cosas. Porque hay que ver la que ha liado esta mañana cuando se enteró de que JJ había quedado con las masqueperras. Menos mal que mi chico, que es capaz de convencerte que el sol sale por el Oeste, parece que se lo ha metido en el bolsillo  y al final ha terminado tragando.

Como no las tengo yo todas conmigo de que no vaya a enfadarse cuando lleguen las travestis, voy a sacar otra vez el tema. A ver la carita que se le pone y así sé  a qué atenerme con él mañana.

—¿Qué tiempo haces que no vas por Ítaca, Mariano?

Me mira como si no supiera a que viene la dichosa pregunta, así que me explico mejor.

—Tío, te lo pregunto porque lo de Rita no tenías ni zorra y eso era de dominio público. Aunque  no hubieras ido un miércoles, te habrías enterado igualmente.

—La verdad es que por lo menos hace un año.

—¿Y eso?

—No sé, me aburre un poco. La mayoría de la gente que conocía ya no va y no es un sitio que me haya gustado  nunca para ligar.

—¡Nunca te habrá gustado, pero bien que lo has hecho! —Interviene mi novio con cierto retintín.

—Sí, pero ha surgido de repente, no algo que fuera buscando…

—… lo que vulgarmente se llama daño colaterales… —Concluye JJ con cierta ironía.

Mariano se queda mirándolo, está a punto de decir algo, pero guarda silencio. Frunce el ceño y da un enorme trago de agua. Tengo la sensación de  que está haciendo un pequeño esfuerzo para no darle importancia a la  impertinencia de JJ y  tener la fiesta en paz.

Como sé que mi munición de conversación con Mariano ha llegado a su fin,  pues no está el horno para bollos, intento reanudar la misma con mi chico, que seguro es más propenso a sacar los temas que me interesan para que su amigo se moje un poco con lo de la visita de mañana.

—¿Cielo, quien son las que van a venir?

—Susanita, Espe, Soripeggi y Caro. Ya lo he dicho esta mañana, ¿dónde tienes la cabeza, hijo mío?

—En ningún lado. ¿No se me puede olvidar nada?

—Menos que me quieres, lo que sea…

JJ se pone tan meloso que estoy tentado de darle un beso, pero en un restaurante no me parece el sitio más apropiado, así que le guiño un ojo y le sonrió, dándole a entender que se lo debo.

—Cielo, ¿te puedo hacer una pregunta?

—Las que quieras.  

Disimuladamente observo a Mariano, está en esa pose que coge que parece que está desconectado del mundo, cuando en realidad está que no pierde detalle de nada. Es la actitud que me conviene para lo que quiero hacer, porque lo que voy a sacar a coalición es un poco para buscarles las cosquillas y saber si JJ ha tenido una buena idea invitando a sus amigas las travestis. O definitivamente mañana va a ser el principio de unas desastrosas vacaciones.

—¿Cómo es que tienes tanta amistad con las masqueperras?

JJ arquea las cejas y  se queda callado, me da la sensación que he hecho una pregunta inapropiada. Pero no debe ser así, pues a los pocos segundos vuelve a mostrar su cara más sonriente y me responde casi atolondradamente:

—Los conocí por mediación de un amigote mío, el Gato, había estudiado peluquería y les echaba una mano con los maquillajes, los vestidos y, sobre todo, las peinaba, tanto a ellas como a sus pelucas.

—¡Y tú como no te gusta charlar y estar en todos los saraos! —Le digo con cierto recochineo.

—¿Qué quieres que te diga? Uno no tiene culpa de tener don de gentes, ni de ser tan simpático.

—¿De eso cuántos años hace?

—Pues estaba yo recién acabado de venir a Sevilla, pues en  el noventa y tres.  ¡Todavía no conocía yo ni a Mariano!

—Nosotros nos conocimos en el verano del noventa y cuatro —Puntualiza Mariano y vuelve a su postura de ver, oír y callar.

—¿Desde entonces están estas con el faranduleo? —Sigo preguntando, bastante extrañado.

—¡No que va! La única que queda de aquella época es Espe, la madrileña, que no sé qué edad tendrá, pero me parece que cuando Carlos III llegó a la puerta de Alcalá ya estaba allí ella, cantando por la Sarita Montiel.

» La gente se burla de ella por la edad, pero a mí me da mucha lastimita, a veces parece que se le va la olla y sale haciendo cosas de lo más rara. ¡Tendrías que haber visto cuando se puso un “plumas” verde y se puso a medir la calle Sierpes a Zancadas! La gente no sabía si reírse o buscar la cámara oculta…

—Yo cuando me parto es cuando sale diciendo eso de las mamarrundias.

—Se lo aplica a todo lo que no le gusta. Que un traje no le gusta: Es una mamarrundias, que un tío que le gusta no le hace caso: Es un mamarrundias… No sé qué carajo querrá decir, pero creo que nada bueno…

—¿Con Susanita no se lleva muy bien? —Pregunta Mariano sacando su esencia más cotilla a pasear

—Sí, la verdad es que chocan un montón,  pero a mí me da la sensación que es porque son las dos iguales. Todo lo que tiene una de castiza lo tiene la otra de andaluza. Las dos son muy campechanas, les gustan  mucho hablar con la gente y presumen de decir las cosas muy claras. ¡Mentira cochina! Estas dos no dicen nada que no se hayan preparado cien veces ante el espejo, ¡si las conoceré yo! Que hasta los chistes que parecen improvisados se los saben de memoria.

»Aunque si me tengo que quedar con una me quedo con la Espe, por lo menos la ves venir y tiene bastante más gracia.  La otra es una suabona de cuidado, y cuando menos te lo espera te clava un puñal por la espalda. ¡Nada más que tienes que ver la que le lío a Pedro!

—¿Qué Pedro? —Vuelve a preguntar Mariano, quien hasta ahora no ha puesto ninguna cara rara de las que yo esperaba.

—¡El de los cojones negros! ¿Qué Pedro va a ser? Su último novio. Con lo guapo y simpático que es el chaval,  ¡no sé qué coño hacía con ella! La pobre cuando va sin maquillar y va de normal es tela de fea, pero cuando se pone la peluca y se maquilla con ganas,  me recuerda a mi Pequeño Pony. ¡Qué cara de caballo tiene la pobre! ¡En fin, hay gustos que merecen palos!

» Bueno, como te estaba contado… Felipe Guerra, que es como se llama la Susanita cuando no se pone los trajes de Faraday y los tacones, trabaja en una eléctrica de administrativo  por las mañanas, por lo que tenía las tardes libres. Convenció a Pedro, que llevaba unos meses parados, para montar un negocio a medias, consiguieron la franquicia de las cafeteras Nextpresso, la Susanita habló con su padrino para que les dejara un local y en poco tiempo montaron la tienda. Que todo hay que decirlo le quedó un poquito como es ella: catetovanguardista…

» Al principio, la cara caballo iba todas las tardes por allí y cualquiera que los viera se podría creer que eran la pareja perfecta, de lo bien que parecía que se llevaban.

»Cuando vio que aquello no era la máquina de hacer dinero que se pensaba y,como eran la segunda marca del mercado, que no vendían tanto como la competencia, rompió con él y  se quiso quedar con todo el negocio. Lo que pasaba que el stock de cafeteras lo habían pagado a medias y Pedrito, que no tiene un pelo de tonto, le dijo que no le cedía su parte, que se quedaba con ella para venderla por su cuenta.

»Aquello a Susana le pareció una locura y se fue mofando de él con todo el que se le ponía por delante. ¿Sabéis lo que hizo Pedro?

Mariano y yo movemos la cabeza negativamente y mi chico, que parece estar en toda su salsa, prosigue con su historia.

—Se cogió su furgoneta y fue pueblo por pueblo vendiendo las putas cafeteras. Como tiene tanto agrado y es tan guapo, pues que quieres que te diga, al final se ha terminado llevando el gato al agua y ha vendido muchísimas más cafeteras que ella, y eso que la gente pija y tal le compraban las cafeteras a ella, pero es que gente pudiente hay cuatros. Hay mucho más de los otros, de los “tiesos” como les dice ella.

«En vista del éxito la empresa de las cafeteras no tuvo más remedio que darle la franquicia en exclusiva a Pedro, quien se ha alquilado un localcito en una de las calles del centro. Ahora veremos cómo le va, porque la gente tú sabe que es por lo que le da y lo mismo ahora deja de irle bien, pero por lo menos ahí está el hombre.

—¿Y Susana que ha hecho? —Pregunta Mariano quien parece estar bastante interesado en los cotilleos sobre las masqueperras.

—Lo primero —Contesta JJ adornando sus palabras de cierta maldad —, meterse la lengua en el culo, porque bastantes veces había dicho que era un perdedor, un tieso y un segundón y lo segundo, volver a su vida normal: la empresa eléctrica por la mañana, la fontanería de su viejo por la tarde y por la noche a vestirse de Faraday.

—¡Qué vida más ajetreada lleva esta mujer! —Interviene Mariano con cierta cara de fastidio.

—Como la de “Flashdance” pero en cateto. Eso sí, ya se le acabaron los sueños de montar una cadena de tiendas e irse a Madrid. 

—¿Por qué se quiere ir a Madrid? —Esta vez quien pregunta soy yo.

—¡Ah, esa es otra, cielo! Vosotros sabéis que la tía los play-back que hace son de Madonna, Beyonce, Rihanna… Todas las divas de moda. Pues eso no es lo que le gusta, si lo hace es porque sabe que tiene tirón y porque es lo que la gente espera que haga con la edad que tiene. A ella lo que le va es el folclore, imitar a la Concha Piquer, Marifé de Triana, Lola Flores…

»Bueno, pues un día dio un pase privado en casa de las Momias para ellos y unos cuantos amigos suyos. Como está gente son del tiempo del Tutankamon, no les podía cantar su repertorio habitual y les tuvo que imitar a las que ella realmente les va: a las divas del Corral de la Pacheca…

»Les salió tan bien, que las momias que están el taco, le propusieron llevársela a Madrid a la sala de fiesta de un amigo. Estaban tan entusiasmado que hasta le pusieron nombre artístico y todo: La Faraona. Pero al final, se la llevaron a una fiesta y no fue ni el gato y a los que fueron no les gustó ni un pelo.  Creo que a Susana le pasa como a la cerveza “Cruzcampo” que de Despeñaperros para arriba no hay quien se la trague.

—Si te cae tan mal, ¿cómo es que la has invitado? —Pregunta de un modo bastante incisivo Mariano.

—Porque es como el suplemento de los periódicos del domingo, que no lo puedes comprar suelto. Si quería que vinieran Soripeggi, Espe y Caro, tenía que venir ella.

—También podías no haberlas invitado —El tono de nuestro amigo es bastante cortante.

El camarero llega con nuestra comida y lo que JJ le fuera a contestar queda postergado unos minutos. Una vez tenemos la comida delante y el colombiano se marcha, un agobiante silencio surge entre los tres. Silencio que es roto por JJ, que mientras despedaza el filete de pez de espada que se ha pedido, le lanza una pregunta bastante directa a nuestro amigo.

—¿Sigue pareciéndote un despropósito estar mañana con ellas en la playa?

Está claro que mi chico no se anda con chiquitas, lo que yo llevo un rato intentando averiguar sutilmente, él lo ha preguntado a las claras.

Mariano se queda en silencio durante unos segundos y responde:

—Hombre, gracia no me hace, pero creo que no tengo más remedio.

—Si quieres Guillermo y yo nos quedamos con ellas y tú te pegas el día libre por ahí.

—No, prefiero irme con vosotros. Me tengo que acostumbrar a estar con toda tipo de gente. Lo que espero es que no me metan mano…

—Eso es fácil, hijo mío. Al primero que te toque le pones unas de esas caras raras que tú pones y seguro que no se te acerca más.

—¿Qué caras son esas?

—La que tienes puesta ahora, así que te miras al espejo y la ensayas para mañana.

De nuevo mi novio con su desparpajo consigue ganárselo y la noche discurre entre bromas.

Después de cenar, estamos tan cansados de tanto ajetreo, que ni siquiera vamos a tomarnos una copa.

Tras despedirnos de Mariano, nos desnudamos y aunque me hubiera gustado rematar la noche con otro polvo. JJ está tan agotado que a los primeros besos se queda dormido entre mis brazos.

Continuará en: “Las tres masqueperras”

Querido lector acabas de leer:

Ni San Judas Tadeo.

Episodio III de “LA PLAYA DEL AMOR”

(Relato que es continuación de “Un baño de sinceridad”)

Hola, si lees esto. Me gustaría que me dejaras un comentario o me enviaras un e-mail con lo que te ha parecido mi nueva aportación a la página. Es como únicamente los autores sabemos si el tiempo que le estamos dedicando a esto nos merece la pena, o no.

Si es la primera vez que entras en un relato mío y te has quedado con ganas de leer más, a primeros de año publiqué una Guía de lectura que te puede servir de ayuda para seguir las historias de forma cronológica.

Sin más preámbulos, paso a agradecer los comentarios de “¡Arre, arre, caballito!”: A Pepito y Francisquito: Espero que os haya gustado el relato de hoy, aunque no están presentes vuestras amigas las folclóricas ya se habla bastante de ellas, sobre todo de Susanita, para que  os podáis ir haciendo una idea de lo que os espera. De verdad lamento ir yendo tan lento con las series de Mariano y compañía, pero me he metido en un berenjenal nuevo que se publicará en Septiembre en el Ejercicio y me ha cogido mucho tiempo. Así que estad pendientes, porque creo que os va a gustar. En cuanto a las dos primas floreros, van a dar mucho que hablar… Aunque habrá que esperar para leerlo.  ¿Sois de la misma hermandad que era Carmina? Pues la verdad que no os pega para nada. Otra cosa, dejad tranquila a la Pantoja de Puerto Rico, es un troll que tiene tratos con el diablo y os pueden castigar al cuarto de las ratas. ; A Dedmundo: Lo de poner sin sexo es porque no da lugar a una “masticación” propiamente dicho (por lo menos bajo mi criterio), ya que los argumentos están centrados más en otras vicisitudes de los protagonistas. En cuanto a escoger al personaje de JJ para contar su infancia y su juventud es porque creo que es el más atractivo de todos en ese sentido: sus primos, la vivencias en la granja, el acontecimiento terrible, el internado… El episodio de hoy, con lo de Mariano y Ramón creo que dará mucho que pensar a los seguidores de la serie.

Volveré en septiembre, con un relato auto conclusivo y fuera de la continuidad de mis series que se titulará: “Toda una vida”.

Pasad unas buenas vacaciones.



© Machi

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