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Fecha: 06-Ago-17 « Anterior | Siguiente » en Gays

Asesinato en el invernadero (V)

Fran
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Tiempo estimado de lectura: [ 34 min. ]
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Final de esta parte de la historia del inspector Hugo Vallejo. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Madrid, abril de 2017

Hugo apaga el ordenador de su despacho y se levanta para recibir al nuevo miembro de su equipo. Tras escuchar los nudillos sobre la puerta, le manda pasar. David saluda y se dan la mano con firmeza.

-Bienvenido. Pasa, ponte cómodo.

Ambos se sientan y tras las típicas preguntas de cortesía sobre el viaje y su nuevo piso en Madrid, el inspector le cuenta todo lo relacionado con el trabajo. Tras ello, salen del despacho para enseñarle el resto del edificio y presentarle a algunos de los otros inspectores.

-María será tu compañera mientras te vas adaptando -la mujer se levanta y se dan dos besos-. Te dejo aquí con ella. Si no surge nada, luego vengo a buscarte y bajamos a comer.

Pasan el resto de la mañana tranquilos. Hugo tiene algún caso pendiente, pero se trata más de recopilar pruebas que resolver misteriosos crímenes. Lo cierto es que desde el asesinato del invernadero las cosas han estado calmadas, si bien sí que ha tenido oportunidad de poner a prueba su brillante mente en un par de ocasiones. A la hora que acostumbra, se pasa por la mesa de David como había quedado, y se marchan a un restaurante cercano.

-Cuéntame, ¿cómo van las cosas en el pueblo?

-Pues… -duda por dónde empezar-. Al final Muñoz ha sido mi sustituto, aunque tuvo un periodo un poco turbio porque se separó de la mujer. Pero bueno, imagino que eso no te interesa demasiado. A Juan Ramón le retiraron los cargos por obstrucción, así que ahí sigue con su finca. Se ha asociado con el Cañizo, que a pesar de todo lo que heredó, sigue currando como el que más. Eso sí, ahora se baja al invernadero en un Range Rover, y algunos se ríen de él porque dicen que es “demasiada montura para tan poco jinete”, pero él pasa de los comentarios. Unos gitanos entraron a robarle en su casa creyendo que guardaría los millones debajo del colchón, pero al final se llevaron sólo la tele. Y como él vive ahora en la de Jacinto, tras el robo cedió la suya al Ayuntamiento para la Asociación de Mujeres del pueblo por temor a que se le metieran unos okupas o algo.

-¿Y dices que se ha asociado con Juan Ramón?

-Así es. Se ve que para estrenar el coche se vinieron aquí a Madrid a una feria de agricultura o no sé qué, y vieron la posibilidad de invertir en una maquinaria muy costosa, pero rentable a la larga, así que decidieron probarla en uno de los invernaderos a ver qué tal les va.

-Espero que ser socios no les impida ser también amigos.

-El camarero del bar de la plaza dice que son más que amigos, que Juan Ramón ha ido en busca de su dinero para pagar la multa que le pusieron por ocultar a los moros.

-¡Vaya imaginación la suya!

-Ya te digo. Lo peor de todo es que lo cuenta como si estuviese totalmente convencido, y si le corriges te dice que lo sabe de buena tinta, así que no merece la pena. Total, a mí ni me va ni me viene, pero yo diría que el Cañizo no es en absoluto el tipo de Juan Ramón, aunque nunca se sabe, después de todo lo que ocurrió ya ves que se puede esperar cualquier cosa. Pero bueno, estos chismes no te interesarán tampoco.

-No te preocupes, a veces no está de más conocer historias banales sobre la gente. Como bien dices, la humanidad tiene aún mucha capacidad para sorprendernos. 

-Sin embargo, hay otros que no cambian, porque el Pampero sigue pillándose una buena cogorza todos los días. Se ve que el Cañizo se encarga de pagarle las copas.

-De esa manera se sentirá mejor por lo que le hizo.

-Será eso, sí. Bueno, no te aburro más con cosas del pueblo. ¿Qué tal tú? ¿Algún caso interesante que hayas resuelto en estos meses?

-Qué va. Hubo uno reseñable, pero me pilló en Estados Unidos.

-¿Resuelves casos también en América?

-Para nada. Sólo fui a hacer una visita.

Acostumbrado a dar por zanjados todos los casos en los que trabaja, Hugo quiso concluir también su historia con Mario. Porque se dio cuenta de que le seguía queriendo, planteándose incluso dejarlo todo por él, reflexionando sobre una solitaria vida como la de los hombres de ese pueblo murciano. Pero no era sólo opción suya, y tendría que averiguar si su ex marido compartía sus mismas elucubraciones. Por ello se alegró cuando le invitó a visitarle y conocer así algunos lugares típicos de Estados Unidos de los que alguna vez hablaron. Sin embargo, pasados unos días en tierras americanas, se dio cuenta de que para Mario su historia sí que estaba zanjada, y no porque tuviera otra pareja, sino porque sí que fue capaz de descubrir sus verdaderos sentimientos. Hugo no tuvo entonces más remedio que hacerlo también, muy a su pesar, y frustrado por lo que él mismo sentía. Al menos completó esa etapa de su vida.

El vuelo de vuelta se le hizo eterno pese a no tener especial interés en llegar a Madrid, puesto que no le esperaba nada demasiado confortador. En un intento de llenar los vacíos, se propuso escribir un libro, ya fuese en forma de memorias sobre sus propios casos o inventándose una historia. Sin embargo, se cansó rápido justificándose en que la escritura no era lo suyo. Sí que le ayudó a rememorar viejos casos, como el de la Alpujarra y su relación con el sargento Pajares o el del invernadero, esbozando una sonrisa al pensar en David, y no sólo por su evidente atractivo físico, corroborado además por la cómica escena de su lucha con los pantalones en el dormitorio, sino por su capacidad de seguirle el ritmo en lo intelectual. Se acordó de su proposición de hacerle un hueco en su equipo de la Científica, si bien dudaba de que él la fuese a aceptar en serio. Pero una oportuna vacante les puso en contacto de nuevo, y a las pocas semanas estaban comiendo juntos en un restaurante de Madrid.

-¿A tu ex? -indagó Segura.

-Sí -respondió sin más.

-Perdona, no quería meterme donde no me llaman.

-No te preocupes, pero en realidad no hay mucho que contar.

-Es curioso que después de tantos años sea posible mantener el contacto. Mi ex desapareció y no volví a saber nada.

-¿Juan Ramón?

-No, hombre. Me refiero a mi novia de toda la vida.

-¿A la que dejaste por Juan Ramón?

-Qué perra te ha dado con Juanra -bromea.

-¿Sabes que es clavado a Mario?

-Vaya, ahora entiendo tu inquina hacia él.

-Nada de eso.

-Vaya que no -se vuelve a burlar como si fuesen amigos de toda la vida.

-En cualquier caso ambos son ya historia.

-Lamento escuchar eso.

-No lo hagas. Hay que seguir hacia adelante.

-Brindo por ello -David levanta el vaso.

-Da mala suerte brindar con agua.

-Pero es que yo no bebo alcohol -le recuerda.

-¡Cierto! Una lástima, porque preparo unos mojitos muy buenos.

-En tal caso igual rompo la regla.

-Estupendo, pues ya lo planeamos para uno de estos días.

Hugo pidió la cuenta avisando a la camarera que pagaría con tarjeta.

-Podrías dejar que te invitase -le pidió David-. Es lo menos que puedo hacer por tu ayuda para conseguir esta plaza.

-No te confundas. Soy yo quien debería agradecer poder contar con una mente como la tuya entre mi equipo.

El halago del inspector hinchó el ego del ex Jefe de Policía, que sonrió pletórico, aunque algo preocupado por no llegar a estar a la altura.

-Permíteme al menos que te invite a cenar esta noche -propuso.

-Me gustaría, pero me temo que hoy no voy a poder.

-Ah, bueno -contestó decepcionado-. Si tienes otros planes…

-Cualquier otra noche. Además, suponía que necesitarías algún tiempo para instalarte.

Lo que Hugo supusiese daba igual, pues David disfrutaba de su compañía aunque aquello implicara tener su nueva casa patas arriba durante unos días. Había llegado a imaginarse que el inspector Vallejo no iba a ser sólo su jefe, sino que quizá se harían amigos, y como tal igual se ofrecía a ayudarle con la mudanza consciente de que él no conocía a nadie más en la ciudad. Tras acabar la jornada Hugo se le acercó para despedirse, ofreciéndole que le llamase si necesitaba cualquier cosa. Condujo hasta su casa pensando en el gran equipo que iban a formar.

-¿Sito? -preguntó al cerrar la puerta de su ático.

-¡En la cocina! -escuchó decir.

-Hola -Hugo se le acercó para darle un beso en la mejilla.

-Me ha abierto el portero -contestó con su usual alegría.

-Lo sé, le he avisado cuando me has dicho que vendrías, ¿o acaso te crees que va dejando que entren desconocidos en las casas?

-Hombre, desconocido tampoco soy… Ya me ha visto varias veces. Si te decidieses a dejarme una llave…

-Sabes que eso no va a ocurrir -bromeó-. ¿Qué haces?

-Hoy en la Escuela de Cocina he aprendido a hacer suflés, así que voy a probar -señaló los ingredientes sobre la encimera.

-Genial. Voy a cambiarme.

-No tardes, que voy a meterlos ya en el horno y si se bajan no tiene gracia.

Hugo se duchó rápido, se colocó un pantalón de pijama y una camiseta blanca y se reunió con Sito en la cocina, que sujetaba con la mano un plato con uno de los suflés, al cual miraba de cerca confirmando que le había quedado bastante bien.

-Hazme una foto, porfi -le pidió a Hugo-. No, mejor vamos a hacernos un selfie.

-Pero prohibido subirla a las redes sociales.

-Que no, bobo -y justo antes de disparar, se giró para besarle en la mejilla.

Aunque Hugo lo esperaba, le reprochó bromeando que siempre tuviese que hacer el tonto. Le animó a que se sentaran a cenar antes de que se quedara frío.

-David se ha incorporado hoy -comentó mientras servía el agua.  

-¿Qué David? -preguntó el chaval.

-El de tu pueblo. ¿No recuerdas que te lo comenté?

-Ah sí -admitió con indiferencia.

-Me ha contado cosas interesantes de allí.

-A ver cari -puso un tono casi dramático, muy peliculero tal como lo era él-, si te soy sincero no me interesa nada de lo que pase en ese pueblo. Bastante que me llamaste para ir a declarar sobre el Jacinto.

-No me hubieras conocido entonces -a Hugo le gustaba ese tonteo, pues Sito era el único con el que se sentía bien haciéndolo.

                                                                                         ***

Con el objetivo de no dejar ningún cabo suelto, cuando volvió del pueblo murciano el inspector llamó de nuevo a Alonso Fernández, hijo del Pampero, para tomarle declaración. Por teléfono puso alguna pega convencido de que no era relevante para el caso debido al tiempo que había pasado desde la última vez que estuvo allí. Llevaba dos años viviendo en Madrid, donde por fin había encontrado algo de felicidad. Compartía piso con Chuso, amigo de su hermano de toda la vida, y con el que había mantenido una relación también. Sin embargo, la diferencia de edad y las posibilidades que la ciudad ofrecía les llevaron a ser capaces de mantener esa amistad sin que ninguno quisiese más. Chuso era más de rollos de una noche, pero a Sito le iba eso de tener algo más estable. Sí que les unía su afición al sexo y a las fiestas, y aunque trabajaban en lo que podían, sus primeros meses parecían más unas vacaciones, y por fin ambos podían hacer lo que querían. Por eso, cuando le hicieron recordar su vida en el pueblo con todo lo que acarreaba, Sito vio peligrar ese estado de euforia continuada. A regañadientes accedió a citarse con el inspector Vallejo, aunque al verle pensó que al menos el interrogatorio tendría un aliciente por ser un tío joven y atractivo, pues se imaginaba algo así como un teniente Colombo.

-Siéntese, Alonso -le pidió.

-Llámame Sito, por favor.

A Vallejo le sorprendió el desparpajo del chaval -que según su ficha tenía apenas veintidós años-, tanto por la confianza del diminutivo como porque le tuteara. Al menos le alegró que no le viera como un tipo mayor, cansado ya de que se dirigieran a él como “señor”. Rememorar todo aquello le sirvió a Sito casi de terapia, pues de su relación con Jacinto pasó a hablar de los moros, de su padre, e incluso de su hermano Chema. Sin embargo, cuando el inspector reveló quiénes habían sido los asesinos, su cara se entristeció aún más:

-¿Te das cuenta, inspector? No sólo me lié con un muerto, sino que además me enamoré y tuve sexo con el que lo mató. ¿No tenéis psicólogos por aquí?

Aunque con su pregunta trató de bromear, Sito estaba visiblemente afectado. Guardó silencio por primera vez desde que se sentara a declarar. Hugo le compadeció, tratando de ponerse en su lugar, concluyendo que si eso le ocurría a él necesitaría también ayuda para poder superarlo.

-No te preocupes, Sito -se atrevió a tutearle-. Verás que el tiempo lo va curando todo.

Vallejo se arrepintió de haberle hecho declarar, pero él tampoco conocía la relación del muchacho con Hakim. Según las palabras de Juan Ramón, Sito no era más que un niñato díscolo y descarado que le arrebató al novio. Y aunque eso no es plato de buen gusto para nadie, había que tener en cuenta que con veinte años uno no ve las cosas de la misma manera.

-¿Quieres que te traiga agua? -le ofreció.

El brillo de los ojos del chico se iba apagando. Su ya de por sí aniñado rostro se volvía más inocente, desprendiéndose de esa frescura e insolencia con la que había llegado.

-Necesito salir de aquí -avisó levantándose de la silla.

El inspector le acompañó a la calle para que tomara aire.

                                                                                         ***

-Igual he sido un poco insensible -Hugo se disculpa mientras Sito saca los suflés del horno-. No me he dado cuenta de los recuerdos que toda esa historia te trae.

-No es culpa tuya. Si además lo tengo ya superado. Es sólo que no quiero saber nada de esa gente. Ya está.

-Lo entiendo perfectamente. Si algún día coincides con David evitaré sacar el tema.

-¿Y por qué íbamos a coincidir?

-Le he invitado a beber mojitos uno de estos días.

-Oh, vaya. ¿Al menos está bueno? -retoma el tono de guasa-. Porque de él sí que no me acuerdo.

-Ya me lo dirás.

                                                                                         ***       

Desde el día del interrogatorio Hugo se interesó por el chaval, así que le llamaba a menudo para saber cómo estaba. En una de esas conversaciones telefónicas Sito le pidió verle en persona para tomarse un café. Hugo no lo vio muy claro, pero accedió si aquello le hacía sentir mejor. Sito había recuperado su alegría, aunque en los momentos que preguntaba por el caso volvía a apagarse.

-No te agobies -le animaba-. Está más que zanjado, así que pasa página. Cuéntame, ¿a qué te dedicas?

-Soy camarero.

-Oh, vaya.

-Nada excitante, ¿verdad? Pero bueno, me permite pagar el alquiler y las facturas. Y además los fines de semana los tengo libres.

-Creí que la hostelería era más sacrificada.

-Mi bar está en una zona industrial, así que curro sólo de lunes a viernes.

-Claro, ahora entiendo.

-Y además me alegro mucho la vista -recuperó el tono jocoso-, porque vienen bastantes tíos que están cañón, así vestiditos con monos de trabajo.

-Parece el puesto ideal entonces.

-No está mal, aunque no me veo de camarero toda la vida. Creo que me gustaría ser cocinero.

-Lo tienes relativamente fácil para dar el paso.

-La verdad es que sí; a veces mi jefe me deja entrar en la cocina y algo me enseñan.

-Pues eso está bien. Llegado el momento, al menos sabrás por dónde tirar.

-Sí, me estoy planteando dedicarme a ello plenamente. Formarme en algún restaurante o algo así. O estudiar incluso.

-Pues harás muy bien.

-¿Tú crees? Chuso me dice que no me ande con pájaros en la cabeza, que disfrute lo que tengo.

-Y en parte tiene razón, pero a veces es bueno pararse a pensar en cómo quiere verse uno dentro de unos años.

-¿Tú siempre quisiste ser policía?

-La verdad es que sí.

-¿Y estudiaste? Porque para ser poli unas oposiciones y ya, ¿no?

-Fui a la universidad a estudiar criminología y psicología.

-Con razón estás dónde estás siendo tan joven.

-Supongo.

-¿Pero entonces estás contento con tu decisión? Quiero decir, eso que comentabas de mirar hacia el futuro de vez en cuando.

-¿Sinceramente? En lo laboral sí. En verdad ha superado mis expectativas, por lo que estoy bastante satisfecho y orgulloso de las decisiones que tomé.

-Me estás convenciendo, jejeje.

-No me malinterpretes, pero a veces las cosas tampoco salen como uno quiere.

-¿Por qué lo dices?

-Porque no siempre depende únicamente de uno mismo; hay otros factores.

-¿Suerte?

-No creo mucho en ella, pero supongo que jugará su papel.

-Hombre, yo mucha suerte en la vida tampoco he tenido -su rostro recupera cierta melancolía-. Pero supongo que tendrá que llegarme.

-Desde luego es mejor ir con una actitud positiva, no cabe duda.

Guardaron silencio un momento y Vallejo estuvo a punto de marcharse. El muchacho parecía más animado, y a él no le iba ese rol paterno filial en el que había desembocado su conversación.

                                                                                         ***

-Está muy rico el suflé, Sito.

-Gracias. Pero siempre me dices que está todo rico. ¿No me engañarás, verdad?

-Sabes que no. Igual que te digo sin ningún tipo de pudor que no te voy a dar las llaves de mi casa para que te instales aquí, te digo que la comida que preparas está realmente deliciosa.

-Ignoraré eso de que no quieres que vivamos juntos… En cuanto a cocinar, en parte te lo debo a ti, que fuiste quien más me animó a dar el paso.

-Lo hubieses dado tú solo, que eres un chico listo.

-Me alegra que no sólo te haya conquistado por el estómago.

Se ríe y Vallejo no dice nada. De Sito le gustan muchas cosas, quizá por su juventud e inherente desparpajo, acostumbrado a estar rodeado de seriedad, de sensatez, de un entorno demasiado formal. Sito le da vidilla, le devuelve a épocas pasadas. Es verdad que no le reta intelectualmente, pero es un muchacho espabilado. Pero además le resulta atractivo físicamente, con esos ojos verde claro, casi transparentes, su pelo castaño siempre peinado a la moda con gomina o laca y un cuerpo de veinteañero normal, natural, de los que nunca ha pisado un gimnasio y no por ello no resultan seductores. Y más ahora que ha ganado unos kilos que le devuelven su saludable fisonomía, pues cuando le conoció estaba demasiado delgado entre tanto trabajo y tanta fiesta.

                                                                                         ***

-¿Por qué me has dicho que en lo laboral sí? ¿No tienes pareja? -Sito reavivó la conversación.

-No.

-¿Te has divorciado?

-Sí.

-Respondes con monosílabos, así que imagino que no quieres hablar de ello.

-Lo cierto es que no. Supongo que yo también tendré mis propios traumas.

-Si no lo has superado es porque ha sido reciente.

-Así es. Pero sobretodo porque todavía no lo veo como un capítulo cerrado de mi vida.

-Pues al igual que me has dicho tú a mí, deberías pasar página.

Hugo le dio la razón mentalmente, planteándose que quizá era buena idea hacerle una visita a Mario.

-¿En qué piensas? -le interrumpió el chaval.

-Oh, nada. ¿Te encuentras mejor entonces?

-La verdad es que sí. Oye, ¿crees que me llamarán para declarar en el juicio o algo?

-No lo veo necesario, así que lo dudo -Sito respiró aliviado-. Me temo que he de marcharme - anunció levantándose de la silla.

-Gracias inspector.

Durante los días sucesivos a Hugo le rondó la idea de viajar a Estados Unidos, pero un inoportuno asesinato le hizo posponerla. Aunque finalmente lo resolvió, se alargó más de lo que hubiese deseado, teniendo que hacer varias excursiones a distintas ciudades españolas, moviéndose de una a otra en busca de pistas. Cuando regresó a Madrid y fue leyendo recados que le habían dejado en su ausencia, le sorprendió que Alonso Fernández hubiera tratado de contactarle en varias ocasiones.

-Hola Sito -le habló por teléfono-. Me han comentado que me has llamado, pero he estado fuera.

-Vale, pensé que no querías saber más de mí.

-¿Y por qué no?

-Porque como ya no soy relevante para el caso…

-Dime, ¿en qué puedo ayudarte?

-En realidad nada. Sólo te quería invitar a un café y comentarte novedades.

-¿Referentes a Hakim?

-No, no; nada de eso. Sobre lo que estuvimos hablando. Pero da igual, déjalo.

El inspector no entendía por qué debía interesarle lo que el chaval tuviese que contar sobre su vida privada, pero como tampoco andaba muy sobrado de vida social, y volvía de pasar unos intensos días de trabajo, accedió a tomarse algo con Sito.

-Me he matriculado en la Escuela de Hostelería -le anunció-. Empiezo en septiembre.

-Me alegro mucho por ti.

-Desde que quedamos la última vez le estuve dando vueltas y finalmente me decidí. Tendré que buscarme otro curro, y dejar de salir de fiesta, pero creo que merecerá la pena a la larga.

-Seguro que sí, así que disfruta de aquí a septiembre. No te costará mucho encontrar otro trabajo.

-Ya; lo difícil será compaginarlo con los estudios. Aun así, he empezado ya a recortar gastos. Le he dicho a Chuso que metamos a alguien en la habitación que nos sobra y así pagar menos alquiler. No será lo mismo vivir con un desconocido, pero quién sabe. ¿Qué opinas?

-Que merezca o no la pena depende sólo de vosotros. 

-¿Pero tú has compartido piso alguna vez?

-Sólo con Mario.

-¿Quién es Mario?

-Mi ex marido.

-¡No fastidies! ¿Tú también eres gay? Te veía casado con una pija rubia. No me lo hubiera imaginado. Con lo machistas que son los policías…

-Hay de todo.

-¿Y por qué os separasteis? -A Hugo la pregunta le pareció un poco inapropiada, puesto que no tenían tanta confianza, pero no vio maldad en ella y a él le venía bien desahogarse de algún modo sin tener que fingir.

-Es una buena pregunta. Supongo que la respuesta ni yo mismo la sé. Lo único que puedo decirte es que con el tiempo los sentimientos se fueron difuminando.

-¿Llevabais muchos años?

-Catorce.

-¡Catorce! -repitió sorprendido.

-Casados sólo dos, aunque habíamos estado viviendo juntos bastante antes.

-Bueno, seguro que pronto encuentras a alguien.

Que el chaval no profundizara más y diese una respuesta tan típica desvelaba cierta inmadurez.

-¿No te irán los jóvenes, no? -preguntó riéndose.

-¿Por?

-Yo también estoy soltero -se insinuó medio en broma.

Y como tal se la tomó el inspector, aunque Sito continuó con el tonteo dando a entender que su intención de ligar con Hugo iba totalmente en serio.

                                                                                         ***

-Ya recojo yo la mesa, no te preocupes -se ofrece el anfitrión al ver que Sito amontona los platos.

-Entre los dos acabamos antes -le ignora.

-¿Tienes prisa por algo?

-Te he dicho que tengo la moto estropeada, así que he de volverme en bus.

-Ah, es verdad.

-Vaya inspector estás hecho…

-Se me ha pasado, joder. Hoy no doy una por lo que parece.

-Que es broma, hombre.

-Te puedo llevar yo de todas formas.

-No, no hace falta.

-No seas bobo porque no me cuesta ningún trabajo.

-Si me dejaras quedarme a dormir algún día…

-Ja, ja. No vayas por ahí.

-Si es que es verdad. Ya sé que no quieres compromisos de ningún tipo, pero no me convertiré en tu novio por pasar una noche contigo…

-Ya lo sé, y no sería la primera vez.

-¿Y a que no pasó nada porque me quedase y no aparecí al día siguiente con la maleta y el cepillo de dientes?

Hugo sonríe y niega con la cabeza.

-Pues ya está. Y además, los novios follan, y tú y yo nos hemos acostado sólo un par de veces.

-Tres -matiza el inspector.

-Es una forma de hablar.

                                                                                         ***

Que Sito restara importancia a temas que para Vallejo sí parecían tenerla le daba ese aire fresco y despreocupado que envidiaba de alguna forma. Por eso fueron quedando de vez en cuando, y en cada una de sus citas el más joven ligaba con el inspector descaradamente. Hugo se lo tomaba a guasa, pero cuando regresó de romper definitivamente con su ex, su perspectiva de la vida cambió y se fue dejando seducir. Se marcharon juntos un fin de semana a la playa, y aunque hubo momentos en los que sentía cierta vergüenza por el comportamiento de su nuevo y joven amigo, en general se relajaba despreocupándose de casi todo. Hacían cosas que llevaba años sin practicar, como salir de fiesta hasta las tantas, emborracharse por el garrafón de los bares de la costa, hablar de sexo y pajas de forma desinhibida… Aun así, y pese a la insistencia de Sito, Hugo no daba su brazo a torcer rechazando sus propuestas de enrollarse o masturbarse juntos. Proposiciones infantiles que le hacían gracia sin más.

Cuando Sito comenzó en la Escuela de Hostelería Hugo se estaba centrando en escribir un libro, frustrado por la decepción de no ser capaz. Compartía su fracaso con el chaval, ya que ante él no era necesario llevar esa máscara de perfección y brillantez con la que el resto de los mortales le veían. Por su parte, Sito encontró en él una figura madura a la que contarle las cosas que le iban pasando esperando algún consejo. En definitiva, cada uno a su manera sacaba provecho del otro, pero en el buen sentido. Comenzaron a verse casi a diario, pues Sito había encontrado curro en un pub sólo los fines de semana y de lunes a viernes trabajaba un par de horas después de salir de estudiar. Eso le permitía vivir medianamente bien desde el punto de vista económico, y además tener algo de tiempo libre para compartirlo con el inspector, quien a veces le dejaba cocinar en su casa como práctica para la Escuela.

-He hablado con Segura hoy -le comentó una de esas noches.

-¿Con quién? -el apellido no le sonaba.

-El Jefe de Policía de tu pueblo.

-Ah -respondió sin prestar mucha atención.

-Está planteándose venir a trabajar aquí.

-Otro más que sale de ese maldito pueblo.

Su falta de interés hizo que Hugo cambiase de tema.

-He decidido que no voy a obsesionarme con el libro, así que de momento me olvidaré de él.

-No hablas en serio -Sito volvió a poner atención a sus palabras-. No te rindas, que ya verás que podrás hacerlo.

-No es eso, pero creo que es mejor dejarlo a un lado durante un tiempo. Estoy seguro de que un día me llegará la inspiración.

-Eso sí. Quizá te has bloqueado porque estás acostumbrado a que todo te salga bien, don perfecto -se burló.

-Mira quién habla. El pescado te ha quedado riquísimo, como siempre. Y la salsa… Qué lástima no tener pan para mojar.

-Déjate, con lo que engorda el pan.

-Un poquito de vez en cuando no pasaría nada.

-Y luego si engordas me culparás a mí.

-Ja, ja, ja. Tampoco sería tan grave. Mírate tú, con lo delgaducho que estabas cuando te conocí.

-¿Me estás llamando gordo? -bromeaba.

-En absoluto. Lo que digo es que esos kilos te han sentado muy bien.

-¿Tú crees? -Sito aprovechó para empezar de nuevo con el tonteo-. No me gustaría echar barriga. Ven, toca -cogió la mano de Hugo para llevársela a su vientre.

-No te preocupes, que no has echado barriga.

-A ver tú -trató de quitarle la camiseta.

-Sito, no empieces.

-Jo, qué aburrido eres. ¿Acaso no te pongo? -esbozó una sonrisa de pena-. ¿Ni un poquito? Porque tú a mí sí me pones muy cachondo, jajaja.

-Lo sé; no paras de repetírmelo.

-Alguna vez te rendirás a mis encantos. Será como la inspiración esa que quieres para tu libro. Llegará cuando menos te lo esperas.  

Tenía razón. Aunque las musas aún no habían aparecido, Hugo acabó de encandilarse por el joven y un día sucumbió. No fue una ocasión especial, ni nada en concreto que lo provocara como el alcohol o la euforia de haber resuelto un caso. Fue un simple comentario, uno de esos que de vez en cuando Sito iba soltando y que asombraban al inspector por su elocuencia, como compararse a sí mismo con una inspiración literaria. Comentarios que dejaban a Hugo paralizado mientras le sonreía con cariño, como agradeciendo que estuviese allí. Esa noche simplemente se acercó y le besó. Se sonrieron y se dieron otro beso. Sito rompió la magia con alguna broma que confirmaba su amenaza de conquistarle. Para impedir que siguiera hablando Hugo volvió a besarle, pasando de ser algo tierno a un morreo que irradiaba una desbocada pasión. Pasión que les llevó al dormitorio casi sin darse cuenta y donde se rindieron al placer explorando sus cuerpos, sintiendo escalofríos cuando estimulaba al otro o abrazados se fundían en uno solo.

                                                                                         ***

-Bueno vale, si no vas a dejar que te lleve, mejor quédate a dormir -acepta Vallejo.

-Pues no pienso quedarme.

-¿Y ahora por qué no?

-Pues porque te lo he tenido que pedir yo, y debería salir de ti.

-Me gusta que las cosas fluyan, tal como ha ocurrido otras veces. No me dirás que no te moló que te besara por sorpresa cuando menos lo esperabas.

-Si eso está muy bien, pero también sería agradable que alguna vez fuese yo quien pudiese decidir.

-No se trata de hacer lo que yo quiera, sino de que surja y sea algo especial. Estoy convencido de que no tienes ningún problema en encontrar tíos con los que acostarte.

-Pero estando contigo…

-El asunto es que no estás conmigo. Lo hemos hablado ya varias veces y creo que siempre he sido bastante claro. Me gusta lo que tenemos. Me lo paso bien contigo. Me encanta que vengas a casa cuando quieras, que cenemos, me cuentes tus cosas, yo a ti las mías.

-En definitiva, lo que hace cualquier pareja.

-O no. Lo que hacen simplemente dos amigos. Nunca te he dado a entender que fuésemos pareja, ¿no?

-Te recuerdo que el primero que dio un beso al otro fuiste tú.

-Lo sé, me dejé llevar y quizá no debí, pero desde aquella misma noche te expliqué lo que sentía y tú estabas de acuerdo en seguir si dejábamos las cosas como estaban. Si tú esperabas algo más, veo bastante justo que hubieses sido sincero.

-Jo, Hugo, si sé que tienes razón. Pero es que eres tan mono… -Sito abandonó la seriedad con la que había hablado, volviendo a ser él mismo-. Sabes que yo lo tengo que intentar.

-¿Te vas a quedar entonces?

-Si me lo pides sí.

-Quédate a dormir, tonto.

-¿Sin sexo? -bromea.

-O con él, quién sabe.

Pese a todo, Sito comparte la opinión de Vallejo de que su relación es en cierta forma especial. Es verdad que él está acostumbrado a sexualizarlo todo, desde su relación con Chuso hasta con su propio hermano. Pero esta etapa de su vida en la que parecía haber madurado repentinamente, tener a alguien como el inspector con el que poder hablar de cualquier cosa o estar a gusto sin más lo valora en mayor medida que otro de sus juguetes sexuales. Confirma sus pensamientos cuando se acuestan en la cama de Hugo y éste le pasa el brazo por debajo de la nuca para que se acurruque tras darle un tierno beso de buenas noches. La contradicción de ambos llega con la luz del día, porque aunque felices cuando abren los ojos y notan que tienen a alguien al lado acostumbrados a la soledad de sus dormitorios, la reconfortante situación les lleva de forma natural hacia algo más intenso. Animados por una mirada boba, aún medio aletargados, pero empalmados como casi todos los hombres cuando se despiertan, comienzan a besarse en un arrebato de inesperada lujuria, quizá convenciéndose de que es algo espontáneo, no como si hubieran follado la noche anterior.

Sito suelta un sonoro gemido cuando siente la boca de Hugo alcanzarle la polla. El inspector tiene especial debilidad por ella, y eso que ni por forma ni tamaño era nada del otro mundo. Simplemente le gusta poder ser capaz de darle placer de esa forma, como si el rabo fuese una extensión más de ese casi aniñado cuerpo. A veces los gemidos del chico suenan un tanto pueriles, pero para él el acto sexual no es en absoluto inocente, pues podría decirse incluso que ha experimentado más que el propio Vallejo durante esa época en la que descubrió que le iba el sexo duro, los tríos… Pero con él es distinto porque se ha dado cuenta de que disfruta tanto o más que con algo más salvaje, y que Hugo es capaz de hacerle unas mamadas increíbles. En realidad habían sido sólo tres, pero realmente placenteras. Porque a Hugo le agrada hacerlo con calma y deleitarse en toda su extensión, desde el capullo hasta los huevos, lengüeteando el tronco con delicadeza, succionándola despacio, apretándola con los labios suavemente al tiempo que Sito gime de manera desenfadada. Nota cómo su verga vibra dentro de la boca del inspector cuando se la deja dentro unos segundos absorbiendo para tragar saliva haciendo que el chico se estremezca. Después se la saca, toma aire y se detiene en el glande hasta que opta por engullirla de nuevo.

-Ven, déjame que te la chupe yo también.

Sito se coloca de lado y Hugo se da la vuelta para que el chaval tenga también acceso a su rabo. Espera a que comience a lamerlo para seguir él con su deliciosa mamada. Aún flácida, Sito se la agarra con la mano y se la traga sin detenerse demasiado y así nota que se va endureciendo entre sus labios. Aprecia el regusto intenso que el rabo del inspector desprende, así como un par de gotas de precum que se le han escapado. Su excitación le lleva a querer jugar con sus dedos en el ano, por lo que aparta sus nalgas y sin dejar de comerle la polla le acaricia o se los introduce poco a poco. A Hugo le chifla que le coman el ojete, así que se recoloca para tumbarse encima de Sito dejando su culo a la altura de su boca. Consciente de sus intenciones, abandona la polla del inspector para centrarse en lamerle el trasero. Lo sondea con la lengua o le da un par de lametazos que provocan que Vallejo gima deteniéndose en su mamada, si bien continúa activándole el rabo con la mano mientras se incorpora para disfrutar de lo que el otro le está haciendo.

-Oh, sí. No pares -le pide.

-Déjame que te folle -propone el joven.

Sin moverse demasiado, Hugo se desliza un poco hasta que se culo queda a la altura de la polla de Sito. Se pone a horcajadas y así mismo se la va clavando mientras ambos jadean. Sito le agarra de la cintura y Hugo cabalga sobre él sintiendo su verga penetrarle hasta lo más profundo, gimoteando al unísono y olvidándose de la suya por un momento. El colchón se hunde con sus movimientos, cada vez más enérgicos conforme el goce se va intensificando por el ritmo de las embestidas.

-Fóllame ahora tú a mí.

Obediente, el inspector se saca la polla y se gira para penetrarle. Le levanta las piernas, le escupe en el ano un par de veces y con la mirada clavada en la del otro se la va metiendo.

-Ohhhh sí -balbucea el más joven.

Aunque también le resulta enormemente placentero, para Hugo follarse a Sito no es lo que más le llena porque siempre se lo pide y porque siempre significa que acabarían así hasta correrse. Él prefiere seguir con tocamientos, masturbarse el uno al otro o incluso chuparse las pollas o el culo, pero no ve tan necesaria la penetración como el otro. Acaba rindiéndose al placer consolado porque gracias a esa postura al menos puede mirarle a los ojos y ver en ellos la lujuria del chaval, aunque matizada por su candidez. Claro que pedirle que se corra dentro no es lo más inocente del mundo, pero le excita que cuando está a punto Sito apriete el culo para acentuar su propio goce.

-Chúpamela un poquito -le pide tierno cuando siente que la polla del inspector ha desfallecido dentro de él.

Y Hugo le complace sin quejarse hasta que el chico descarga su leche en su garganta para después besarse y compartirla entre sus labios como el último acto impúdico hasta que otro volviese a surgir sin premeditación; sin ataduras.

Se duchan y el inspector acerca a Sito a la Escuela de Hostelería y de allí conduce hasta su trabajo. David estaba ya en su mesa, aparentemente sin hacer nada, lo cual le extraña.

-¿Y María? -le pregunta tras darle los buenos días.

-No sé. Me he acercado para que me dijera qué íbamos a hacer hoy, pero se ha ido.

-Qué raro.

Vallejo tiene la sensación de que algunos de sus compañeros les observan, intrigándose por el motivo.

-¿No ha pasado nada? -vuelve a preguntarle a David.

-¿Nada de qué? -dice extrañado.

-Olvídalo. Creo que sé lo que está ocurriendo.

-¿Pero a qué te refieres? ¿Qué está pasando?

Hugo le ignora marchándose a su despacho. Envía un mensaje a Sito: “Hola. Si no has borrado la foto que nos hicimos anoche con los suflés, ¿te importaría subirla a Facebook y etiquetarme?”. A Sito le extraña muchísimo su petición, y tras preguntarle un par de veces la razón, finalmente accede. El inspector no es muy aficionado a las redes sociales, pero muchos de sus compañeros, que además son amigos virtuales, sí. Tal como espera, Sito haría la típica broma de ser pareja, y titula la foto “cenando con mi novio”. Al rato vuelve a entrar, y ya tiene varios “Me gusta” de sus compañeros. Al final de la mañana abandona el despacho y ve que David está con María discutiendo un caso.

-Recuerde que le debo una comida, inspector -Vallejo sonríe satisfecho, pues el avispado Segura ha entendido todo a la perfección, lo cual demuestra al tratarle de usted ante la atenta mirada de su compañera.

-¿De dónde te has sacado un novio tan rápido? -le pregunta ya en el ascensor.

-El azar. ¿No te suena su cara?

-No he visto la foto. Pero en el cuarto del café sólo se hablaba del nuevo novio de Vallejo que acababa de colgar una foto en Facebook. Muy oportuna.

-Lo que me sorprende es que hayas sido capaz de entenderlo. Bueno, en realidad no me sorprende. No te hubiese pedido que trabajaras aquí de no haber creído siempre que eras un tipo inteligente.

-Tampoco resultaba tan difícil -se quita mérito-. Nos ven comer juntos, se piensan que hay algo raro, que me has metido en tu equipo porque somos amantes, y eso fastidia a más de uno -María incluida- porque en tal caso tendrías una mano derecha a la que darle casos importantes renegándoles a ellos a lo de siempre ejerciendo tu influencia porque soy tu protegido. Así que te inventas un novio para que se les quite la idea de que tú y yo… Por cierto, ¿quién es? Porque si dices que debería sonarme su cara.

-El hijo del Pampero.

-¡Qué pequeño es el mundo! Eso sí que tendrás que explicármelo.

-Cuando quieras te vienes a casa y cenas con nosotros.

La cara de David recobra seriedad. “¿Cenas con nosotros?”, repite mentalmente llegando a la conclusión de que sí es verdad que el inspector Hugo Vallejo tenga novio, y que además viven ya juntos. “¿Cómo he podido ser tan idiota?”, se pregunta a sí mismo.

-Creo que me sobreestimas, Hugo.

-¿Por qué dices eso?

-Porque en mis deducciones he dado por hecho que lo de ese novio tuyo era pura invención…

-Pero sí que lo es…

-La verdad es que no tengo hambre -le interrumpe sin escucharle-. Me voy arriba otra vez, que María y yo estábamos en mitad del caso de un robo en una joyería.

Se gira dejando a Hugo aturdido, pero como él también es brillante, pronto entiende a qué ha venido eso. Aunque las palabras de Sito sobre su noviazgo ficticio le acaban de salvar el culo frente a sus compañeros, han supuesto un malentendido con el único de ellos que le importa de verdad. Y Vallejo vacila acerca de la conveniencia de que Segura y él formen parte del mismo equipo.



© Fran

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