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Fecha: 10-Ago-17 « Anterior | Siguiente » en Sadomaso

El secuestro de la señorita II

perritademiamo
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Su padre no estaba dispuesto a soltar ni un euro... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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El jolgorio de los perros la despertó. Su primera reacción fue de terror, pues no reconocía donde estaba. Tuvo que mirar a todas partes y tocarse el collar que rodeaba su cuello para creerse lo que estaba viviendo. Y vio las estrellas cuando rozó suavemente su vagina que seguía irritada y escocida debido al castigo recibido.

El desgarrador grito de dolor atrajó inmediatamente al hombre que estaba alimentando a los animales. Lo reconoció por el instrumento de totura que llevaba en la mano, aunque la máscara de Porky que llevaba puesta lo decía todo sobre él. En la otra llevaba uno de los mastines que estaba alimentando.

Ella se había tapado su sexo con la mano...

Sintió el contacto del despiadado cuero acariciandola su mejilla. No estaba segura de que el hombre la fuera a marcar su bello rostro, pero el solo hecho de pensar en ello la aterraba. Un levísimo toque a modo de bofetada la recordó que no debía de perder más el tiempo.

Terminó apartando sus manos, pero sabía de sobra que no era lo suficientemente cochino o guarro para quien tenía enfrente. La abofetearon la otra mejilla.

No, no tenía ninguna gana de aprender a hostias. Tenía que abrirse de piernas para él, ya lo había hecho. Pero una cosa era no enterarse de nada, y otra muy distinta era verlo.

Cerró los ojos y su cara ardio. No tenía derecho a ese privilegio.

Se tumbó en el suelo con los pies apoyados en él, las rodillas hacía arriba y el coño completamente expuesto. Una nueva invitación a que la violaran, allí, en ese pajar, en esa maldita pocilga.

El cerdo se acerco tranquilamente y acarició su coño. Lo hacía sin delicadeza, a sabiendas de que en el estado en que estaba cada toque era una descarga de dolor y de placer para ella. A sabiendas de que era la primera mano externa que tenía ese privilegio.

A pesar del doloroso y torpe manoseo (o quizás debido a eso) empezó a mojarse. La introdujó por pura fuerza bruta dos dedos y un gemido de placer se escapó de sus preciosos labios. Lo hizo tres veces más, las suficientes para tenerlos empapados de jugos vaginales.

Los colocó debajo de sus narices, para que pudiera oler bien lo perra que era. También los pasó por sus labios.

Y para su sorpresa, comenzó a chuparlos.

No estaba segura de que estaba haciendo o porque se estaba dejando llevar, pero quería hacerlo. Sabía de sobra donde acaban de estar, de que estaban pringados y que estaba saboreando, pero quería hacerlo.

Las escasísimas veces que se habia masturbado lo primero que hacía era limpiarse la pringue con un papel que siempre se dejaba a mano o limpiarse bien con estropajo. Pero ahora se estaba comportando como una auténtica cochina y la estaba gustando.

El cerdo se paro y la comtenpló desde arriba.

Y por primera vez en su vida, la escasa ropa que llevaba puesta (una camisa) la molestaba. Quería estar completamente desnuda para ese hombre que poco a poco empezaba a ser el dueño de su placer.

Su amo lo entendió y la dio permisó.

Lo hizo con prisas, de forma torpe y atropellada, y cuando al fin se quedo desnuda tiró una camisa que valía el sueldo de seis de cualquier empleado de su padre a un apestoso rincón.

También se reincorporó un poco. Ya no estaba tumbada, se había puesto sobre sus rodillas para realizar la tarea. Solo cuando estaba desnuda se dio cuenta de que nada de esto seguramente le iba a gustar. Se puso en pie despacito y tuvo la precaución de entrelazar sus manos en la espalda para que pudieran observarla perfectamente. Notó por el rabillo del ojo como el mastín estaba destrozando la camisa.

Utilizó el larguísimo pelo de la chica para atar sus manos a la cadena que la ataba al techo y ocurrió algo inesperado: la besaron.

Era su primer beso de adulta, un beso largo y profundo en que como ella no sabía que hacer y como la buena guarra que estaba descubriendo que era, se tragó las babas de los dos.

Él no le dio la mayor importancia al gesto pero para ella si que era muy importante.

-Bésame.

El hombre, que ya se había separado de ella, no creyó entenderla bien.

-Bésame, como antes.

El hombre la amordazó con los restos de la camisa. La encadenaron sus pies al suelo de tal forma que uno de ellos quedaba en el aire firmemente sujeto y tuvo que apoyar todo su peso en una única pierna... Y en su entrepierna soltaron el primer azote. Duro, cruel y brutal. El segundo y el tercero castigaron sus pechos. Luego llegó el turno de su culo, muslos, estómago, su cara...

Sus pechos y culo fueron azotados con saña haciendo que el castigo del día anterior parecieran caricias. Marcas rojas empezaron a adornar su delicada piel. Pero era divertido porque cada vez que parecía que la chica se rendía o no podía recibir más, estrellaba la fusta contra su coño o la cara interna de su muslo y la despertaba como si de una descarga eléctrica se tratara.

El castigo duro hasta que se le cansó el brazo. El último azote fue a parar a su pie levantado.

Comprobó satisfecho que no había ningún daño grave y lo que era aún mejor, que la perra se había corrido. No estaba seguro de cuando ni cuantas veces, pero tenía el suelo tan pringoso que sus buenas corridas había tenido.

También la encontró agotada y temerosa, pero no había terminado ni mucho menos con ella. El padre ya les había comunicado que no iba a soltar un duro por ella así que en terminos simples la perra era suya y la pensaba disfrutar.

 

Entró en la cocina y cogió simples pinzas de cerrar bolsas, grandes y de metal, muy fuertes, perfectas para sus bellos pezones. Escogió también un pepino, grande, gordo y hermoso, lleno de granos, así como otro más fino y delicado. Su vagina estaba bien, pero había que ir dilatando esos agujeros.

Lo metió todo en una bolsa de la compra y se dirigió de nuevo al establo. Por un momento le dio por pensar que todo era un sueño y que su nueva mascota no iba a estar... Se rió de su tontería y abrió la puerta donde estaba ella, esperándole.

No había aliviado la tensión para nada y la encontró haciendo patéticos intentos para dar descansó su maltrecho cuerpo. Lo que le sorprendio fue la genuina alegría que notó en sus ojos.

Cortó el pelo que había utilizado para atarla las manos. Una carnicería, claro, pero una esclava no puede tener orgullo y todo su cuerpo y su ser es para uso y disfrute de su amo.

Y con cuidado, la colocó en el suelo del pajar aún amordazada y atada.

Se sacó la polla delante de ella, o como la llamaban las (pocas) putas con las que se acostaba y que jamas volvían a repetir, El Trabuco Nauseabundo. Incluso flacida inspiraba verdadero temor a cualquier a cualquier mujer que pusiera sus ojos encima de ella. Y ahora estaba dura y erecta como nunca.

Se la clavó hasta el fondo sin miramientos ni preambulos. Un mete saca de un ritmo tan brutal, que la chica, incluso sin estar agotada, no podía seguir. Ahora tenía lo que había deseado toda su maldita vida, un coño a su merced. Y lo estaba gozando.

Cuando notó que las ganas de correrse eran ya insoportables paró. Había decidido correrse en su cara y así lo hizo. Acerco su Trabuco Nauseabundo, ahora lleno de sangre pues la había roto el himen, a la cara de su mascota y terminó salpicandola de semen todo su bello rostro.

Comenzó a orinarse inmediatamente después, esta vez dentro de su boca.

Esto no, ya era demasiado. La perra intentó protestar pero no podía. Lo único que logró fue que se la introdujeran aún más, hasta el fonde de la garganta. Ante la incapacidad de tragarse todo, la orina terminó escapandose por la comisura de sus labios y empapando su bello cabello.

Se dirigió para recoger las cosas de la bolsa y el mastín decidió que ese era un buen momento para hacerla suya.

No lo tenía previstó, y dudo si apartar al chucho, pero viendo como disfrutaba este decidió que al final las hembras están para el uso y el disfrute de los machos. Traquilamente, fue a buscar los tres o cuatro perros que hacía tiempo que no cataban hembra.

A todos y cada uno de ellos, y hasta dos veces, tuvo que atender una chica que hacía mucho que había sobrepasado su límite de fuerzas.

Cuando todo acabó, sus muslos y coño estaban impregnados de semen de chucho y a saber Dios que más. El amo metió los dedos dentro de ella y se los acercó a su boca.

Y ella los lamió como si estuvieran huntados de la mejor miel del mundo.

La colocó las pinzas y los pepinos, que para sus sorpresa, entró mejor de lo esperado, y amo y perra salieron a dar una vuelta como si ella supiera exactamente lo que era: una perra.

 


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