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Fecha: 24-Oct-06 « Anterior | Siguiente » en Gays

Carlos se coje a una pareja gay

Marianito
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Tiempo estimado de lectura: [ 32 min. ]
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Tené cuidado si dejás entrar a tu casa a un macho tan hermoso, zarpado y morboso como Carlos... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Carlos se coge a una pareja gay

para mi macho Carlos, por supuesto.

Cualquiera que los veía a Nazareno y a Fabricio decía siempre que eran realmente una pareja de machitos espectaculares, muy atractivos los dos, de buenos cuerpos, totalmente atléticos, sensuales y sobre todo muy masculinos ambos.

Hacían una hermosa pareja.

De los dos, Nazareno había sido el putito más atorrante durante sus juveniles tiempos de soltería. Tenía una hermosa cara algo aniñada, unos hermosos labios carnosos y pálidos que adoraban tener y apretujar y chupar una hermosa poronga bien al palo, bien surtida de guasca de macho. Había sido un excelente puto chupapijas toda su vida. Ahora tenía 23 años y, si bien tenía un gesto algo melancólico, que lo hacía todavía más hermoso, cualquier macho a la caza de un buen puto podía darse cuenta de que Nazareno siempre estaba a la búsqueda de un macho que le diera una buen poronga primero por la boca y luego por su espléndido, suave, profundo culito puto.

Pero si bien era un macho mucho más serio y sexualmente mucho menos ávido y adicto a la garcha que su pareja Nazareno, el que realmente era un macho espectacular, un potro, un yeguo hermoso, ése ere Fabricio, de 27 viriles años. Tenía unas gambas velludas y fuertes, un cuerpo macizo y contundente, vello a lo largo y a lo ancho de todo el cuerpo, un lomo espectacular, una verga impresionante, una presencia fornida y una cara de macho regio y adusto, serio y machote, totalmente masculino, que irradiaba hombría por todos sus poros de macho. El gesto serio y circunspecto le daba todavía más a Fabricio un porte impresionante, una sexualidad bien profunda, un aire colosal de macho espectacular, irresistible...

Desde su adolescencia, y hasta que lo conoció a Nazareno y finalmente se fueron a vivir en pareja, Fabricio siempre había sido medio tapado en su relación con los hombres, era lo que en el ambiente gay a veces se dice un "tapado". Incluso a veces podía llegar a parecer antipático y algo soberbio Fabricio. Nada más lejos de la verdad. Era un tipo espléndido, un macho buenísimo, excelente amigo, estupendo con su pareja. Pero se tomaba mucho, mucho tiempo hasta entrar en confianza con otras personas, sobre todo con los otros hombres.

Sexualmente, siempre había culeado, y muy bien, Fabricio... A Nazareno siempre le decía que, en lo sexual, lo que a él como macho nunca le había faltado se lo debía al rugby. Cualquiera que lo viese a Fabricio y suspirase por su bulto impresionante, por ese enorme bellísimo pedazo de lomo, por esas bolas infartantes, se habría dado cuenta que el espléndido macho jugaba al rugby. Y lo que le decía siempre Fabricio a Nazareno era que durante los entrenamientos, después de los partidos, sobre todo en los vestuarios colectivos con sus amigos del equipo para el que jugaba, siempre había culeado, y mucho, y muy bien.

Fabricio era ese tipo de machos que nunca se había cuestionado mucho si estaba bien o mal coger con hombres en vez de con mujeres. Generalmente, hasta los 20, 20 y pico de años, cogía por igual con sus amigos o con alguna novia de ocasión. Pero se daba cuenta de que quería más, mucho más, a sus amigos varones, y que a las mujeres al principio las desdeñaba y generalmente terminaba sin poder siquiera soportarlas. Cuando lo conoció a Nazareno, le costó algo, sin embargo, manifestar su interés.

Nazareno nada tenía que ver con el mundo del deporte al que Fabricio amaba tan intensamente. Pero tenía Nazareno unos labios espléndidos, un culo inmejorable... Y gozaba como una bestia Fabricio dándole por el culo al bellísimo puto Nazareno, viéndolo gemir, pedir más, más, más... Como macho, Fabricio nunca se había sentido tan seductor, tan ganador y tan bien valorado sexualmente como con Nazareno.

Por otra parte, Nazareno no dejaba de decirle a cada rato que estaba totalmente enamorado, totalmente entregado a Fabricio. Y, por supuesto, era cierto. Totalmente cierto.

Fabricio, por su parte, no era un tipo de andarse con vueltas. Cuando ambos vieron que sus cuerpos se deseaban todo el tiempo, que se necesitaban, que se llevaban bien incluso fuera de las situaciones sexuales, que se amaban muchísimo, decidieron irse a vivir juntos.

Fabricio nunca había tenido problemas económicos, así que dispusieron en seguida de un nuevo lugar para vivir como una flamante pareja gay. Nazareno era de una extracción social más baja, pero su familia siempre había sabido que era puto y no pudieron dejar de alegrarse de que ahora su hijo estuviera en manos de un macho tan buen tipo, tan ganador y bellísimo y masculino como Fabricio.

Éste, por su parte, jamás había hablado de sus intimidades de varón en celo con sus padres y hermanos. Pero cuando se decidió a irse a vivir con Nazareno, se los dijo de un tirón. A él no le importó mucho si les parecía bien o mal, ni el que dirán. Y como los padres vieron que aceptaban a Fabricio o lo perdían para siempre al hijo mayor—era un macho totalmente decidido, cuando tomaba una decisión se cagaba en el resto del mundo—, acogieron a Nazareno como un hijo más. Y no costaba mucho eso tratándose de Nazareno, que era un machito agradable, muy cálido y buena gente.

Desde el momento en que lo había conocido a Nazareno, se dejó llevar por sus impulsos sexuales más genuinos. Y por supuesto Nazareno también. Quién podría negar que a un puto como Nazareno lo mejor que podría haberle pasado era encontrarse un macho tan contundente, masculino y buen cogedor como Fabricio. Nazareno amaba ese cuerpo, pasaban los años, seguían viviendo juntos pero amaba, deseaba, adoraba ese cuerpo como si lo hubiera probado solo una o dos veces. Esas gambas de rugbier compacto y macizo, esa verga deliciosa siempre a punto de explotar de guasca, ese pecho velludo y palpitante, ese culo duro y grandote que su macho siempre le daba para que se lo chupase íntegramente, bien hasta el fondo del ano, todo eso hacía que Nazareno estuviese cada vez más y más enamorado de su macho Fabricio.

En cuanto a él, Nazareno era dócil, manejable, totalmente machito hasta el momento en que se lo culeaba bien profundo, que terminaba siendo un puto adorable, gemidor, muerto de amor por su macho rugbier y su masculinidad. Pro lo general, sus abundantes y satisfactorias sesiones de cama terminaban con un abrazo fuerte, con un sobrio pero prolongado beso en la boca, con Nazareno mojado de guasca de su macho hasta lo más profundo de su culo y masturbándose mientras abrazaba, besaba, amaba a su machito Fabricio. Y a su macho Fabricio nada lo conformaba más que saber que tenía a su puto enamorado abrazado a él, muerto por él, empapándole la panza y el pecho de su semen de putito enamorado derritiéndose por él...

Casi podría decirse que, para Fabricio, Nazareno no tenía verga. Y aunque lo amaba y se moría de amor por ese cuerpo de macho hermoso, Nazareno poco a poco iba olvidándose de que Fabricio tenía culo. En realidad, lo primero es más verdadero que lo segundo. Poruqe, para delicia de Nazareno, muchas, muchas veces Fabricio se sentaba en la cama por sobre Nazareno, como en posición para ir a cagar, y le daba directo en la cara arrobada de su pareja un hermoso, compacto, duro y peludo culo de macho para que su puto se lo chupara bien. Pero cuando Fabricio ya tenía el hermoso ojete empapado de la baba enamorada de su putito, sus bolas habían acumulado demasiada guasca, su verga estaba casi explotándole, y entonces se daba vuelta raudamente, con un rápido y gesto movimiento deportivo de macho rugbier, y le apuntaba directamente con la poronga en la cara a su puto para que le chupara bien las bolas y el palo. Y, ahí sí, cuando el macho rugbier, el hermoso Fabricio estaba con su poronga totalmente lustrada, empapada de la saliva de su putito, agarraba rápidamente un gel para untarle un poco el ano a su puto y terminaba cabalgándolo hasta dejarle toda su espesa, abundante, cremosa tormenta de guasca bien disparada en el fondo del ano. Nazareno gemía y gozaba que su macho le acribillara en el orto esa verga a la que tanto adoraba. En más de un sentido, no se le habría ocurrido pensar que ese macho regio y buen cogedor que Dios le había dado pudiera resultarle insuficiente. Nazareno se sentía un putito bien querido y respetado por su macho, al que adoraba fanáticamente, y desde ese punto de vista, era completamente feliz.

Nada es el paraíso, sin embargo. La buenísima, óptima posición económica de Fabricio y su familia permitían que el macho tuviera que trabajar apenas un poco como gerente en la inmobiliaria de su padre, sin tener que desatender su gran pasión de varón: el rugby. Nazareno, más por cariño a su trabajo que por necesidad económica, seguía trabajando unas pocas horas al día en un local de ropa que había puesto hacía muchísimo tiempo con un amigo gay, amigo al que Fabri conocía, respetaba y que no le ocasionaba celos porque era todavía mucho más puto que Nazareno. Ahí el único macho era él, Fabricio, y el único que podría haberle despertado celos habría sido otro macho tan macho como él.

De todos modos, el problema para Nazareno empezó cuando él y su amigo gay, Luciano, tuvieron que enfrentarse con el problema de que ese local de ropa vendía cada vez menos, ocasionaba demasiadas pérdidas. Al principio, pensaron los dos amigos en pedirles plata a los familiares de Fabricio para poder afrontar todos los gastos y seguir enfrentando la crisis. Pero pronto se dieron cuenta de que no valdría la pena. No habría modo de reapuntar, la crisis venía demasiado brava y a la gente no le interesaba más comprar una ropa tan cara, para ocasiones demasiado espectaculares que ya casi no había más. Así que, tristemente pero sin patetismos, los dos amigos decidieron separarse, en lo que se refiere a lo laboral. El que quedó más triste fue Nazareno. Una noche, mientras terminaban de cenar, amarga y sinceramente le preguntó a Fabricio:

—¿Y ahora, mi amor, qué voy a hacer ahora todo el día sin trabajar?

Fabricio era un macho espléndido, un tipo totalmente bueno. Le dio a su novio una sonrisa de hombre bellísimo e intentó reconfortarlo:

—Tenés una casa espectacular, llena de cosas para disfrutar. No tenés más obligaciones ni compromisos ni presiones. Podés dedicarte a relajarte, a tomarte tu tiempo y a disfrutar de la buena vida que podemos darnos. No te va a faltar nada, mi amor, jamás necesitamos que trabajaras.

Le tomó la mano. Nazareno inmediatamente se sintió mejor al sentir la mano briosa, pesada, contundente de su macho dándole calor.

Efectivamente, los primeros días para Nazareno no fueron tan malos. Vivian en una casa de pocos departamentos, en uno de los barrios más tranquilos y caros de la ciudad, y los otros propietarios sabían que él y Fabricio eran una pareja gay, y jamás había habido problemas con eso. Incluso los respetaban y querían muchísimo. A nadie tampoco le llamó la atención que uno de los dos chicos empezara a estar tanto tiempo en ese luminoso, inmenso, elegantísimo departamento que compartían los dos muchachos de la adorable, masculina pareja.

Pero era verano. Y tanto se relajó Nazareno, tan tranquilo y serenado estaba que casi sin darse cuenta, se pasaba todo el día casi en bolas, en shorts o en slips, en el departamento. Extrañaba horrores a Fabricio. No estaba acostumbrado a estar tanto tiempo solo sin su macho. Antes con el trabajo no lo notaba tanto.

Solo en la cama, en la cocina preparándose café o sándwiches, regando las plantas del balcón, escuchando música o mirando televisión, Nazareno se sentía tan acalorado ese verano porteño, tanto se le subía la temperatura de su culo urgido de placer sexual que casi ni cuenta se daba que frente a alguna oculta mirada indiscreta, estaba mostrando su juvenil, torneado, espléndido cuerpo de puto, en sus elegantes, diminutos, ajustaditos slips blancos.

Una tarde no podía más de ganas de que se lo culearan.

Obviamente, sólo pensaba en Fabricio. En su adorado macho rugbier. En que pronto vendría la noche y ayudaría a Fabricio a desvestirse, a despojarse de sus varoniles ropas de oficina y pronto se quedarían los dos en calzoncillos, matándose a besos, franeleándose, chupando el culo, las bolas, la verga henchida y urgente de Fabricio hasta que su adorado macho rugbier al final le incrustara bien profundo y rápido y contundente la poronga hasta hacerlo suspirar, gemir, pedir más, más, más...

Estaba en la cama Nazareno, con el slip blanco apenas bajado un poco, cuando le sonó el teléfono. Atendió casi distraídamente:

—Estás bueno, putito... Lindo, bueno, en serio...

—¿Quién habla?

—Un buen macho te habla. Un macho de verdad. Un verdadero macho genuino. Uno que cuando te agarre te baja ese slip, te desnuda el culito y entra a matarte el culo a pijotazos y garcha...

—Holaaa?... ¿Quién habla por favor?

—¿Te gusto yo, eh? Te gusta la voz de este macho, jeje... Se te nota, putito, se te nota. Te estás empezando a calentar. Hace rato que tenés ganas de suspirar por un macho bueno, un macho veterano. Un macho de verdad, ¿no, putito lindo?

—Pero... eh...

—Gozá, putito, gozá... y si tenés el culo todo mojadito e impaciente por un macho de verdad, por un verdadero potro, por un varón con todas las letras... entonces, Nazareno putito, trolo hermoso, entonces subite un poco el slip, asomate al balcón y mirá para abajo.... jeje...

Nazareno no entendía nada. Pero el macho misterioso había dado en el clavo. Tenía toda la razón del culo ese varón enigmático, con esa voz rotunda y profunda, de la que se desprendía un aroma de virilidad que lo tenía a Nazareno totalmente cachondo, enamorado, puto... Hacía rato que no sentía tanto deseo por un varón que no fuera Fabricio, tanto que él mismo se sentía raro, tanto, tanto más excitado de que esa voz profunda, masculina, gruesa lo estuviera penetrando, metiéndosele hasta la cabeza, casi tan profundo como lo haría su poronga con su culo deseante de putito necesitado...

Más por deseo de ese hombre que por cualquier otra cosa, Nazareno se levantó de la cama, se calzó bien el slip y se asomó al balcón mirando hacia abajo, como le había dicho ese macho de voz cogedora que hacía sus delicias de puto. Casi sin darse cuenta, cuando se arrimó al balcón, Nazareno lo hizo sin despegar de su oreja el tubo del teléfono inalámbrico.

Cuando lo vio, Nazareno siente que el culo se le abre de par en par y no pudo evitar suspirar, suspirar de amor, suspirar de deseo por ese hombre, por ese varón espectacular y hermoso... Le costó no relinchar como una yegua. Jamás antes lo había visto. El macho era un espectáculo, majestuoso, bellísimo, totalmente varón, totalmente velludo, totalmente masculino... totalmente... deseable...

—Carlos me llamo, jeje...

Suspirando, casi tartamudeando, a Nazareno empieza a hacérsele agua la boca. No sabe qué decir. Le cuesta no dar esos suspiros de puto deseante de macho hermoso que hacen las delicias de Fabricio. No sabe dar respuestas ni pensar lo que le está pasando, por eso sólo dice:

—Hola Carlos.

—Jeje, parece que te gusto en serio... Hola putito. Hola puto hermoso.

Se quedaba en silencio Nazareno. No sabía qué decirle a ese hombre, a ese vecino misterioso que se sonreía cancheramente, serenamente recostado en una reposera, al lado de la piscina que tenía en la parte de atrás el edificio para solaz de sus propietarios...

Carlos estaba solo. Y en el mejor de los mundos. Se sabía deseado. Deseado por un puto. Por eso le sonreía desde la distancia a su puto, que lo miraba arriba desde el balcón de su dormitorio, sabiéndose un macho ganador, sabiéndose deseado, sabiendo que su putito vecino se estaba derritiendo de amor y de deseo por él...

Carlos estaba en shorts. Ni una camisa, ni una remera... nada, sólo semidesnudo con un short elegante, de playa, totalmente masculino, ancho, para nada ceñido, mostrando cancheramente sus piernas peludas y fuertes como un roble, sus espléndidos pectorales briosos, enérgicos, velludos... Carlos se había despatarrado y entre sus infartantes piernas peludas de varón hermoso, podía apenas divisarse una poronga juguetona, que sacaba cada tanto la cabeza briosa desde una mata de vello, por el borde del short de Carlos...

—Bueno, putito... Me imaginaba. Me imaginaba que un puto como vos iba a saber apreciar este pedazo de macho que tanto andás necesitando, jeje...

—Eh... Eh...

—Bueno, putito, Carlos mi nombre. Y este es todo mi cuerpo.

Mientras le hablaba desde su celular, Carlos abrió todavía un poco más sus piernas y dejó que su magnifico short mostrara un poco más del vello de sus bolas, de su poronga infartante...

—Es así como la ves, así es el pene de tu macho Carlos que va a saber dártelo muy bien por el culo. Y si lo chupás bien, si me besás bien las bolas y te metés esta poronga hasta el fondo de tu garganta sedienta de putito, Carlos te va a dar la recompensa y te va a dar garcha por el culo hasta sentirte puto, bien putito, más puto que nunca...

—Eh Carlos... yo... yo.... eh....

—Jejeje, parece que el putito se babea y no sabe qué carajo decir. Mirá, te la hago fácil... Te pregunto dos cosas solamente, jeje...

—Decime, Carlos. Respondo lo que quieras. —Nazareno hablaba con la voz totalmente quebrada, temblorosa.

—¿Cuánto hace que no ves un macho tan hermoso, que no le tenés tantas ganas a un macho como ahora te está pasando con tu vecino Carlos, jeje?

—Muuucho.... La verdad que hace mucho, Carlos... eh... Realmente, estás buenísimo... eh... estás hermoso, macho, estas muy muy muuuy bueno, jaja...

—Okei, puto. Este macho también gusta de vos, Nazarenito. Y la segunda pregunta es más directa todavía.

Nazareno tenía mucho miedo. El culo le palpitaba. Esa situación era un despelote, era demasiado para Nazareno. Sabía qué era lo que se avecinaba. Pero a la vez amaba a Fabricio y tenía mucho, muchísimo miedo de lo que podía llegar a pasar.

Carlos fue directo en su pregunta, siempre era así, era un auténtico macho, de los que iban directamente al grano, a lo único que realmente les interesaba.

—¿Querés que este macho suba a tu departamento y te dé garcha toda la tarde, putito lindo?... Mirá que vas a gozar como una muy buena puta, jeje... Tenés un macho que si lo complacés bien te va a saber hacer gozar...

Sabía que era eso lo único que a Carlos le importaba. Nazareno se sentía totalmente confuso. Para la mierda se sentía. Amaba locamente, profundamente a Fabricio. No había hombre en el mundo al que pudiera querer tanto como a su machito rugbier.

Pero tampoco se engañaba Nazareno. Estaba sintiendo bien profundo en el culo la virilidad de Carlos, de ese hombre ganador y bellísimo en shorts, sabía que ese hombre, ese verdadero varón, ese macho espectacular, podía hacerle tocar el cielo con las manos... Nazareno seguía escuchando las palabras lujuriosas, calientes, obscenas de Carlos, mientras sus neuronas no paraban de imaginar chuparle todo el cuerpo, todo el short, las bolas, el culo, la verga... Su imaginación no daba abasto, crecía enfebrecida y golosa mientras se deleitaba con el espectáculo del estupendo Carlos en shorts... Rápidamente, Nazareno se dijo a sí mismo que tenía que tomar una decisión.

—Mirá, Carlos, eh... Somos vecinos, no?

—No te hagas drama, Nazareno... Tu macho Carlos no te va a cagar.

—Bueno, pero... eh... a mí lo que me gustaría en todo caso es que subas a tomar algo... que seamos amigos, no?

—Jeje, putito, pará, pará... Vos sos demasiado puto y yo soy demasiado macho. No podemos ser amigos. Apenas te miro me dan ganas de culearte y vos te ponés cachonda, qué amigos ni ocho cuartos, jeje...

—Mirá, Carlos...

Nazareno tomó aire. Trató de serenarse. Lo que quería decirle a Carlos a lo mejor era un engaño incluso para sí mismo. Pensaba en invitar a Carlos a su casa para tomar algo fresco y poder dialogar un rato, tranquilos los dos...

Por supuesto, no había nada ni nadie en ese momento en el mundo que Nazareno desease tan enfebrecidamente, tan enloquecidamente, tan cachondamente como a ese macho espectacular en shorts que se llamaba Carlos y que total atrevimiento y arrogancia de macho ganador lo había llamado por teléfono para hacerle una descarada, directa, irresistible propuesta sexual.

Nazareno tomó aire otra vez. Solamente dijo:

—Subí, Carlos... Subí por favor. Te espero.

Apenas escuchó Carlos la voz de Nazareno confirmándole que subiera, le hizo desde su reposera una hermosa sonrisa canchera y se llevó su pesada mano de varón ganador al bulto, marcándole sobre el short a su putito aquel tremendo pedazo de estructura genital que le haría temblar el culo de placer.

Nazareno entro a temblequear desesperadamente cuando vio que Carlos recogía sus cosas y salía para tomar el ascensor, con el pelo, el cuerpo y el short todavía algo húmedos. Lo primero que hizo Nazareno fue ponerse él también un short. No quería que cuando entrara Carlos lo viera en slips, parecería como si se estuviese entregando y Nazareno tenía terribles dudas... En cambio, un short era lo normal en esta época del año.

Cuando Carlos finalmente tocó el timbre, ya Nazareno había proyectado todo. Hablarían boludeces, le tiraría alguna onda para seducirlo al macho, confirmarían algo sexual rápido, pero para otro día y en otro lugar... Cuando escuchó el imperioso timbrazo de Carlos, directo, bruto y autoritario como era todo en Carlos, Nazareno no pudo refrenar que el culo le palpitara locamente y que un temblor le recorriera todo el cuerpo emputecido.

Con el short húmedo y el pelo mojado y todo su cuerpo morocho, macizo, impactante ocupando las tres cuartas partes del marco de la puerta, Carlos se veía mucho más hermoso. Es un varón francamente hermoso el hijo de puta. "Está demasiado bueno, increíblemente bueno el macho, no voy a poder resistime con semejante pedazo de varón hermoso", —se dijo a sí mismo Nazareno, sin poder reprimir una risita estúpida que se le escapaba por no saber qué decir frente a semejante pedazo de animal macho bellísimo e irresistible en shorts, húmedo, en la puerta de su casa.

Apenas empezó Nazareno a farfullar sus palabras ensayadas, Carlos se cagó de risa y le dijo, directo, súbito y canchero como todo lo que hacía él, con esa arrogancia que lo haría sentir a Nazareno tan pero tan puto e indefenso frente a ese varón siempre en celo:

—Callate la boca, puto... No hablés boludeces, sacate el yorsito, arrodillate y entrá a chuparme el palo...

Nazareno casi se larga a llorar. Su macho Carlos es demasiado seguro, demasiado arrogante. El hijo de puta hermoso sabe que tiene a su putito ganado. Pero Nazareno se siente para la mierda porque sabe que ama a Fabricio, que lo va a traicionar y que nada puede hacer si es puto y tiene frente a sí a un macho espectacular e irresistible como Carlos.

Nada pudo hacer para contenerse Nazareno. Así como estaba, se arrodilló, ni siquiera pensó en sacarse el short como le había ordenado Carlos, simplemente se dejó ganar, se rindió. Se arrodilló, frente a la magna presencia de se macho soberano, hermosamente hijo de puta, que tenía la poronga apuntándole directamente a su cara de puto hambriento y goloso.

El resto de la tarde ya no pudo pensar más Nazareno en su machito rugbier, en su adorado Fabricio.

Amó esas bolas, las pelotas suculentas, pesadas, henchidas de Carlos. Amó esas piernas de macho espectacular que besó y chupó totalmente tomado por la lujuria. A los pocos minutos Carlos le dio su culo para que su putito Nazareno se lo chupara bien diciéndole:

—Dale, puto... Mojame bien el ano, empapale bien con saliva el culo a Carlos que en un rato te va a dar garcha por el culo hasta hacerte gritar... Ah... Y mientras me morfás el ojete y me cojés por el culo con tu lengüita de puto, tirame bien de la goma. Andá preparando bien la pistola con la que te voy a matar el culo, Nazarenito trolo...

Nunca había sentido Nazareno en su boca un culo tan aromático, profundo y oscuro como el de Carlos. El culo de un verdadero macho. De un semental que a medida que se dejaba empapar el ojete ordenaba nuevamente que el puto le "tirara de la goma". Aun sin poder verlo, Nazareno fue sintiendo en su mano cómo el pene de Carlos empezaba vigorosamente a aumentar de tamaño. Tanto creció ese miembro infartante que Nazareno le dijo:

—Noooo, Carlos, por favor noooo... Solamente dejame masturbarte, chupártela... Si me metés toda esa poronga en el culo me vas a matar, macho...

Carlos se cagó de risa una vez más, apuntándole directo con el ojete de macho para que su putito no dejara de cogérselo con la lengua y se lo empapara bien de saliva. Le gustaba a Carlos sentirse cogido por el culo por la lengüita temblorosa y enloquecida de un putito en celo. Nazareno sabía que poco podía hacer. Amaba ese culo aromático y profundo, tan masculino, de Carlos; amaba ese pene que se hinchaba espectacular y glorioso en sus manos que lo masturbaban al macho, amaba esas gambas de cuarentón peludo y autoritario pero hermosamente hijo de puta, hermosamente macho.

Cuando Carlos ya tuvo el culo totalmente empapado por la lengüita golosa y ávida de Nazareno, cuando se sintió lo bastante cogido por su putito hambriento, se subió apenas unos segundos el short y lo miró directamente a Nazareno, preguntándole:

—¿Dónde tienen la catrera los putos?... Dale decime, dale que quiero garchar y tirar guasca, puto, llevame...

Por momentos Nazareno sentía como unas ganas súbitas de llorar. El hijo de puta de Carlos se comportaba así porque sabía que tenía a su putito agarrado de pies y manos, que no podía resistírsele. Nazareno señaló con su mirada a la cama. Carlos le dijo:

—Andá gateando, jeje...

—¿Quééé???

—¡Gateando te dije carajoooo!!! ¡No te hagás el que no entendés, puto!! Quiero ver cómo vas ronroneando y moviendo ese culito precioso de puta caliente, yo te voy a seguir, quiero ver cómo incitás con ese culo mal culeado al macho que te va a reventar de garcha y te va a llenar de guasca el ano, trolo...

Suspiró Nazareno y por supuesto obedeció. Se bajó un poco el slip blanco que había tenido abajo del short. Le fue mostrando el culo a su macho Carlos y le fue marcando el camino hasta el dormitorio que compartían con Fabricio, incitándolo a su varón, moviendo bien el culo, sabiendo que Carlos lo seguía por atrás con su fusil al palo dispuesto a matarlo, a hacerlo mierda, a darle garcha de auténtico, genuino varón por el culo, hasta hacerlo más puto que nunca.

Apenas llegaron al dormitorio, Carlos se apoderó de Nazareno. Él había estado gateando pero apenas traspasaron la puerta del dormitorio, el bruto de Carlos, que era un verdadero macho bestia, lo levantó en brazos como si fuera una pluma y le arrancó el slip. Pronto Nazareno se vio alzado por Carlos, totalmente desnudos los dos. Nunca nadie lo había tratado tan bruto y bestia como este macho, como Carlos. Y Nazareno se sentía más puto que nunca, sensación que lo estaba excitando tanto que lo llevaba a la locura por ese macho soberbio e hijo de puta. No pudo evitar decirle a su macho, al sentirse tan puto agarrado así por un macho como Carlos:

—Haceme mierda, Carlos... Usame, soy tu puta, haceme tu puta, Carlos... Te amo, te amo, te amoooo... Dame tu garcha hasta matarmeee, quiero ser tu puto, solamente tuyo, Carlos, macho, te amo, te amooo...

Mientras decía esto, Carlos tenía un gesto de macho complacido por la actitud impaciente, entregada de su puto. Apenas vio la cama, Carlos lo tiró brutalmente a Nazareno sobre el colchón.

—Ponete en cuatro, perra... te quiero bien puta. Ahora te voy a enseñar lo que es un macho. Ya vas a ver, putito, ya vas a ver...

—Sí, Carlos, vos, vos... Vos, Carlos, vos sos mi macho, haceme mierda, te entrego todo mi culo macho hermoso, haceme putaaaa, ¡culeameee!!! ¡Rompeme el culo, machooo!!!

No estaba preparado el pobre culo de Nazareno para que lo empomase semejante pedazo de bestia.

Carlos apenas tuvo miramientos para el pobre culito de Nazareno. Se mandó un par de escupidas en la mano, con la saliva recién escupida se empapó bien las bolas y el palo, y otro gargajo bien espeso se lo mandó directo en el culo a su puto. Nazareno sintió de repente que le laceraban las entrañas.

La sola cabeza de la poronga de Carlos casi le hace trizas el culo y lo hizo gritar como si lo mataran. Encima el hijo de puta de Carlos lo único que le dijo fue:

—Ya vaaaa, ya va, puto... Bien que te va a gustar. Bien que después vas a pedir más garcha de tu macho Carlos, jejeje...

Estaba en cuatro sobre la cama el pobre putito Nazareno, y el terrible hijo de puta de Carlos le estaba dando maza y lo estaba clavando en el culo hasta reventárselo. Lo agarraba bien de las caderas con sus dos brazos peludos y pesados y volvía a bombearlo una y otra vez. Nazareno suplicaba piedad. Efectivamente, nunca había imaginado siquiera una poronga así. Y de todos modos no estaba bien dilatado, pese a que amaba y sentía unos deseos cachondísimos por su macho. El hijo de puta volvía a meterle una y otra vez el caño por el orto a su puto, convencido de que cuanto más forzara la compuerta de ese ano más lo iba a abrir. Nazareno lloraba y pedía que no. Amaba a ese macho, pero que le diera tiempo, Dios, por favor, así como venia haciendo Carlos lo iba a matar. Iba a astillarle el culo.

Pero el macho se había encabritado y gozaba como un potro en celo maltratando al culo de su puto. Lo bombeaba y cada vez que arremetía nuevamente con la poronga en ese ano se la ajustaba bien y se la retorcía por dentro. Nazareno no sabía si llorar, gritar o disfrutar, porque pese al dolor infinito nadie, nadie en el mundo, culeaba mejor que su macho, Carlos, ese hijo de puta que ninguna piedad le tenía mientras se lo garchaba.... Encima el hijo de puta hermoso bufaba y gritaba mientras revolvía su verga por el ano dolorido de Nazareno:

—¿Querías esto, puta? Gozalo a tu macho, perra, así coge un verdadero macho, te voy a hacer mierdaaaa, te voy a matarrrr, ahhhh...

Nazareno cerró los ojos cuando percibió que Carlos sacaba la poronga y que tomaba aire para ensartarlo de nuevo con una súbita, brusca arremetida... Estaba tratando de serenarse pues nunca lo habían maltratado tanto analmente, jamás le habían marchitado el culo con tanta saña y violencia... tenía miedo que cuando Carlos escupiera su ración de guasca, lo hiciera dentro del ano, pues el hijo de puta bellísimo ni siquiera preservativo se había puesto para culeárselo... Y como estaba con los ojos cerrados, tarde se dio cuenta de que Carlos lo agarraba nuevamente, le alzaba las patas y se las colocaba por sobre sus hombros:

—Ahora, ahora puto, ahora sí vas a gozar de este varón... te voy a dar tanta poronga por el orto que vas a ver las estrellas, jeje... Dale, preparate, andá abriendo ese culo, yaaa...

Cuando se la ensartó de una, Nazareno sintió un dolor todavía más intenso, pero efectivamente Carlos tenía razón. Gozaba mucho más. Gozaba como una yegua.

—Ahhhh, papitoooo, ahhh haceme mierda, triturame el orto, hijo de putaaa, reventameee...

Ni siquiera se dio cuenta de que Carlos ya no le sacaba la verga para volver a ponérsela de nuevo de un saque imprevisto. Ahora lo tenía agarrado como a una yegua y el macho no iba a parar de bombearlo y clavársela hasta hacerlo acabar. Tan emputecida estaba Nazareno que ni recordó el tema del preservativo, de la guasca que su macho Carlos le iba a dejar adentro, y solamente atinaba a gritar:

—Sííííí, macho, soy tu puto, únicamente tuyo ahora, Carlos, te amo, te amooo, matameee, haceme mierdaaa, haceme tu putaaaa, ahhhh...

Su hijo de puta macho Carlos no se hizo desear. Tiró borbotones de una incontenible guasca en el culo de su puto. Salió a borbotones una leche de varón, bien espesa, rauda, cremosa, abundante, que le dejó el culo totalmente empapado a Nazareno.

Carlos después de eyacular, de haberle escupido la guasca a su maltratado puto, se tira súbitamente en la cama. Nazareno lo mira extasiado. Es un macho hermoso, es un hermoso hijo de puta, nadie es mejor culeador que este hermosísimo, machísimo Carlos —se dice Nazareno. A diferencia de su machito rugbier Fabricio, Carlos se caga en lo que le pasa al puto y ni siquiera prestó atención a que Nazareno todavía no había eyaculado.

Pero nada le importaba a Nazareno, nada sino mirar a ese bello durmiente soberbio y bestial, a ese macho hijo de puta y fabuloso, a ese culeador que lo había hecho sentir más puto que nunca, más hermosamente puto que nunca...

Y casi ni se acuerda de mirar el reloj el pobre putito enamorado.

Cuando lo hace, casi se muere del susto. El reloj digital marcaba 18.45 PM. El corazón de Nazareno casi dio un vuelco. Ahora sí estaba francamente asustado. Lo que había hecho era una locura. Se había dejado llevar. Pero ahora todo podía irse a la mismísima mierda. Su leal machito rugbier Fabricio llegaba puntualmente todas las tardes a las 7.

Nazareno trata de despertar a Carlos, pero le cuesta. El hermosísimo hijo de puta duerme como un lirón, totalmente desnudo, ocupando las tres cuartas partes de la cama con su masculinidad pasmosa totalmente en bolas... Más le va a costar despertarse a Carlos cuando acaba de eyacular en el culo de un puto litros y litros de su preciada y espesa guasca de varón rompedor de ortos de putos.

Como puede, a los gritos, finalmente Nazareno logra despabilar algo a Carlos. El hijo de puta bellísimo lo mira medio dormido y su putito Nazareno ni siquiera sabe si entiende lo que le está diciendo. Le explica a Carlos que Fabricio está por llegar, que tiene que irse, que otro día a lo mejor, por favor, por favor, por favor Carlos andate, dice ya totalmente a los gritos Nazareno.

Carlos se refriega los ojos. Nada parece hacerle perder la calma. Menos los arrebatos de histeria de un putito recién culeado. Le dice serenamente a Nazareno:

—Tá bien, puto, tá bien... No grités que parecés una mina, putito... Pará que tu macho Carlos va a buscar donde mierda dejó el short, okei...

Nazareno mira el reloj nuevamente. 18.52. Si Carlos encuentra rápido el short y se lo calza y se va de nuevo a la piscina o toma el ascensor para ir a su propia casa, Nazareno sabe que hace a tiempo de poner orden en la cama y fingir que nada ha pasado cuando llegue Fabricio.

Pero nada de eso ocurre. Intrigado pero muerto de deseo cuando ve que ese inmenso, hermoso cuerpo de varón se desplaza totalmente desnudo por la casa, Nazareno pierde la paciencia nuevamente:

—¿Qué pasa ahora, Carlos? Ahí está tu short, lo tenés a dos pasos, macho...

Carlos lo mira. Sigue medio dormido. Sigue hermoso. Hermosamente hijo de puta y hermosamente desnudo, en pelotas... Medio como que se sonríe Carlos y le dice a Nazareno:

—Ah, tenés razón, puto, jeje... Bueh, pará, igual pará, putito... Pará que tu macho Carlos se está re cagando y tiene que ir al baño... Ya lo agarro al short, esperá...

Nazareno pega un grito. Eso despierta la ofuscación y el enojo de Carlos. Nazareno le grita que se ponga el short y que cague en su casa, por favor, que aguante unos minutos hasta ir al baño de su casa a cagar, que Fabricio está por llegar.

Pero es tarde. Nazareno no sabe qué hacer. El hermosísimo hijo de puta de Carlos, el mejor culeador que en su puta vida tuvo Nazareno, acaba de encerrarse en el baño. Ha sentado toda su gloriosa humanidad viril en el inodoro y sabe Dios cuánto puede llegar a demorar. Semejante pedazo de macho con semejante pedazo de culo debe tener mierda para demorar un buen rato y cagarme la vida, se dice amargamente Nazareno y se pone a llorar.

Desconsolado, totalmente desconsolado y con los nervios hechos trizas, se tira en la cama y empieza a llorar. Por lo que escucha, sabe que Carlos sigue cagando en el baño y cuando mira el reloj observa que ya son las 18.55.

Llora silenciosamente Nazareno pero Carlos acaba de salir del baño, se mandó un cago fenomenal pero dice haber echado desodorante de ambientes y le pregunta a Nazareno qué le pasa. El puto lo mira y no sabe si putearlo o qué. Observa que mientras tanto Carlos se está calzando el short como había prometido.

No hace falta que vuelva a explicarle Nazareno a Carlos lo que está ocurriendo. De todos modos ya es tarde. Ambos escuchan el sonido de las llaves de Fabricio abriendo la puerta del departamento.

Lo que ocurrió después fue una pesadilla para el pobre Nazareno.

Cuando Fabricio se acerca extrañado al dormitorio, ve todo hecho un revoltijo. A Carlos con apenas un short, sonriendo cancheramente, como un macho casi en bolas, totalmente a sus anchas, como en su casa. A su novio temblequeando histéricamente y casi sollozando. Al principio Nazareno intentó inventar algo:

—Eh... Hola, Fabri... eh... eh, este es Carlos... un vecino que... eh... que me ayudó a...

Pronto Nazareno entraría en la locura, apenas escuchó la voz de Carlos interrumpiéndolo con su vozarrón de macho que no se achica ante nada ni nadie:

—Sí, lo ayudé a hacerse más puto de lo que ya era, jaaa...

—Ah... no, amor, te explico... Carlos siempre hace chistes y... eh...

Fabricio miraba todo con la misma cara de no entender nada.

—Sí, hago siempre chistes... y como me cago de risa todo el santo día, se me alza la poronga, agarro un puto y me lo culeo hasta hacerlo puta, juaaa...

No insistió mucho más Nazareno. Ya no decía más nada cuando Carlos seguía hablándole a Fabricio:

—Y no sabés, el hijo de puta...Me encantó tu puto, che... Se la morfa de primera, primero me enjuagó bien el culo, me lo dejó limpito, lo chupó bien hasta el fondo... Después le di de morfar un buen rato la verga y casi se la traga, juaaa... Pero cuando me lo garché... ¡no sabés! ¡Qué puto! ¡Espectacular! Tiene un orto que se las banca todas, mirá que le di duro, eh... Pero el putito de prima, che, se la aguantó bien machito y terminó ronroneando y gimiendo como una putita, jaaa...

Mientras Carlos hablaba, Fabricio no dejó un solo segundo de mirarlo fijo y serio al pobre Nazareno. Éste seguía temblequeando, acostado sobre la cama, sólo con sus slips blancos, semidesnudo, mirando desde allí a sus dos machos, parados el uno frente al otro. Carlos, espléndido en sus shorts; Fabricio, todavía con los shorts y el buzo de rugby con los que había venido directo a casa desde su entrenamiento.

Nazareno tuvo una idea rápida. Intentó otra cosa para interrumpirlo a su vez a Carlos. Le hizo un guiño de ojos cómplice a Fabricio, quien lo miró mucho más extrañado aún. Nazareno hacía gestos cuando Carlos no miraba como diciéndole a Fabricio que Carlos estaba totalmente en pedo, borracho. Carlos no se dio cuenta de nada, seguía hablando, gozándolo y humillándolo a Fabricio, explicándole obscenamente, con todo lujo de detalles, lo buen puto que había sido Nazareno con él.

—Y no sabés cuando la puse en cuatro a la puta, jajaja... Cómo se morfó la poronga con el orto el puto, me la agarraba bien durita para que no se le fuera a soltar, juaaa...

Nazareno habló en voz bien alta, como queriéndose imponer:

—Está bien, señor Carlos, suficiente. Ahora mi compañero Fabricio le va a pedir que inmediatamente se retire de aquí.

Fabricio lo miró extrañamente a Nazareno. Carlos se cagaba de risa. Los estaba humillando a los dos. Él lo sabía perfectamente bien. En cambio, quien habló fue Fabricio, sorprendiéndolos ahora por igual a Nazareno y a Carlos.

—No, Naza, no... Lo que voy a pedirte ahora es que me muestres cómo le chupás tan bien la poronga a Carlos... Quiero verlo. Quiero sentirlo con mis propios ojos.

Y mirándolo directamente a Carlos, le dijo: —Y en cuanto a Ud., maestro... Me gustaría muchísimo, Carlos, que me enseñaras qué macho hijo de puta hay que ser para hacerla gozar a esta puta de mierrrdaaaa...

—Encantado, Fabricio. —respondió alegremente Carlos.— Con muchísimo gusto.

—Gracias, Carlos —le respondió seriamente Fabricio y le hizo una seña a Nazareno para que se le arrimara a Carlos.

Llorando, temblequeando, sumiso porque sabía que no podía hacer nada frente al enojo marcial de Fabricio, Nazareno se arrodilló y empezó a chuparle la poronga a Carlos. Este encantado seguía farfullándole obscenidades, humillándolo, tratándolo de puto.

Pero Nazareno ahora, pese a que amaba, amaba esa verga, no tenía ojos para Carlos. Estaba haciendo lo que le había ordenado su hermoso machito rugbier, Fabricio. Era un putito cumplidor con su macho.

Fabricio lo miraba fijo, casi extasiado a Nazareno, quien se metía las bolas de Carlos en boquita, quien pronto se dejó hacer de todo por Carlos, que lo agarró de la nuca y le metió toda su verga hasta el fondo de su garganta de puto. Carlos le hablaba directamente a Fabricio:

—Mirá, mirá cómo morfa el hijo de puta... Se muere por una poronga así, apenas le entra en esa boquita y mirá cómo la chupa el putito, jaa... mirá cómo le gusta...

Nazareno lameteaba las bolas y volvía a meterse una y otra vez la infartante poronga de Carlos en la boca. Trataba de poner su mejor carita de putito lindo chupapijas para que Fabricio se calentase mirándolos a los dos, para que Carlos terminase rápido y por fin se arreglara todo rápidamente.

Fabricio miraba extasiado, serio, con los ojos bien abiertos. Ni a Carlos ni a Nazareno se les escapó que el bulto de sus shorts de rugby crecía desaforadamente, marcando un bulto genital impresionante, mientras observaba a su puto mojándole el caño a Carlos. Nazareno probaba ahora seducir ahora a Fabricio guiñándole ojitos mientras Carlos seguía diciéndole:

—Chupá, puto... Mostrale a tu machito cómo te la morfaste hoy a la tarde, cómo le imploraste a este macho que viniera a culearte, a hacerte bien ese culo de puto que tenés, juaaa...

Fabricio solamente le dijo a Carlos: —Ya veo, maestro, cómo se hace Ud. respetar y apreciar. Usted es un maestro. Usted es un verdadero macho.

Carlos seguía dándole poronga a Nazareno hasta hacerlo asfixiar, amamantaba con su pene exorbitante la boquita sedienta de su nenito puto Nazareno mientras Fabricio lo adulaba. Carlos respondió:

—Gracias, machito... Igual lo tuyo también es respetable, mirá el putito que te supiste conseguir...

Ya no disimulaba para nada Fabricio el respeto extasiado que sentía por su maestro, el macho Carlos. Tampoco disimulaba cómo el short de rugby, blanco y sucio que traía del entrenamiento, estaba por estallar del terrible pedazo de erección que tenía en la verga. Fabricio se acerca a Carlos, le pone su mano sobre el hombro, mientras seguía dándole de morfar a su puto, y le dice:

—Me gustaría que nos la mame a los dos, si usted me permite, maestro...

Carlos se acerca más a Fabricio, y le dice: —Encantado, por supuesto...

Se abrazan, ponen las porongas una al lado del otro y lo humillan a Nazareno, quien tiene que vérselas con dos vergas totalmente inflamadas y al palo para chupar.

No se molesta en lo más mínimo Fabricio cuando Carlos, aprovechando que el puto de ambos les está chupando las porongas, le encaja súbitamente un prolongado, empapado, lascivo beso en la boca.

Nazareno se alarma. Se pone como una puta celosa cuando ve que Carlos le está afanando la boca de su macho Fabricio. Se enoja mucho y para de chupar. Fabricio con un gesto ceñudo y austero le manda a seguir chupando la poronga de Carlos, diciéndole:

—Este es un señor, pedazo de puto de mierda... Este es un auténtico macho y vos sos un puto y lo tenés que respetar. Así que mojale bien el caño, chupale bien ese pene que dentro de un rato te voy a mandar a culear. Quiero ver cómo te coje un verdadero maestro como Carlos. Y mejor que obedezcas porque sino te vas de nuevo a vivir con tu puta madre a la villa miseria de donde venís, puto forro...

Cuando Carlos escucha todo esto, sonríe complacido. Asiente dándole un chupón en la boca a Fabricio todavía mucho más lascivo y empapado, abriéndole del todo la boca con su lengua voraz.

Nazareno sabe cuál es su venganza. Hace todo como la primera vez. Mientras Carlos se deja extasiar por los besos apasionados de Fabricio, Nazareno entra a chupetearle todo el cuerpo a Carlos, no sólo el pene y las bolas.. lo chupa todo. Pies, piernas, culo, pectorales, tetilla... Carlos lo abraza fuerte a Fabricio y le come la boca. Se deja chupetear y lamer todo el cuerpo por su putito Nazareno. Nazareno entra a susurrar como una puta:

—Quiero un macho, Carlos. Un verdadero macho. El único macho que supo hacerme puta. El mejor culeador sos vos, Carlos... Vos sos un de verdad, un auténtico macho, reventame, haceme el culo de nuevo, papitooo...

Efectivamente, la trampa de Nazareno surtió su efecto. Fabricio no tarda en reaccionar cuando ve lo puta cachonda que se pone Nazareno frente a Carlos, tanto como nunca lo había sido antes con él. Pero Carlos es un verdadero macho. Un macho ejemplar. Un maestro. Sabe cómo seguir la situación porque lo abraza fuerte a Fabricio, le da un beso largo de lengua en la boca, y mirándolo seductoramente le pregunta:

—¿Y vos, Fabri? ¿Me dejás hacerme a tu puto?

Fabricio responde embelesado, aturdido, loco de la excitación:

—Nada me gustaría más que un maestro como vos, Carlos, un macho como vos me enseñe a culear. Dale, macho, mostrame cómo la hacés gemir a la putita esta...

Prontamente Nazareno estará en cuatro. Carlos lo puso sobre la mesa y Fabricio se tiró solo en el sofá para mirar extasiado cómo su maestro hace puta a su puto. Agarra Carlos las patas de Nazareno y las vuelve a subir sobre sus hombros de varón en celo, dispuesto a garchar y culear hasta llenarle de guasca el orto al putito Nazareno.

Fabricio no puede parar de masturbarse enloquecidamente viendo la figura infartante, espectacular de un macho veterano y tan buen cogedor como Carlos. Y su putito Nazareno está que arde, ahora que su culo está mucho mejor entrenado, y grita:

—Ahhh, Carlos... Vos sí sos un macho, un MAAAACHOOOO, culeame, haceme el orto, haceme hembra... por fin un hombreee, por fin un machoooo para mi culo, te amo Carlos, te amoooo...

Nazareno está consiguiendo lo que quería desde el principio. Hacerlo sentir celoso a Fabricio para vengarse de la humillación que le hizo junto a Carlos. Y ponerse bien puta para calentar bien a su macho Carlos.

Lo segundo es lo que mejor le está saliendo. Cuando la poronga incansable de Carlos está martillándole el culo y bombeándolo sin parar, tanto que amenaza con escupir nuevamente su chorro espeso de guasca, cuando ve que su machito Fabricio se bajó el short de rugby y está como loco masturbándose, mirando cómo se lo coge Carlos, Nazareno, para sorpresa de ambos, empieza:

—Hacelo mierda a él, Carlos, por favor, por favorrr, mi amorrr, mi maaaachoooo... Mostrale bien cómo culeás, así aprende ese machito que no te llega ni hasta la punta de la poronga. Solamente vos sabés culear, Carlos, solamente vos sos un macho de verdad. Mostrale lo feliz que sabés hacer a un puto culeándoteloooo, mi amorrrr...

Fabricio retrocede asustado. Recuerda que es él el dueño de casa y Nazareno un puto de mierda que lo traicionó. Entre el miedo que tiene y el odio que siente por Nazareno, está que arde Fabricio.

Nazareno sigue: —¡Dale Carlos, mi amor, mi macho, mi hombre...! Culeateló a él. Hacelo puto. ¡Mostrale lo macho que sos y lo puto que podés hacerlo Carlos, papi, mi amorrr, maaachooo...!!!

Retrocede Fabricio ante Carlos, quien complacido por tanta alabanza de puto cachondo, sacó la verga del culo de Nazareno. Camina despaciosamente, pesadamente, con la verga totalmente al palo, a punto de estallar nuevamente en guasca, porque el macho semental huele olor a culo nuevo... Pero Fabricio no quiere.

—Noooo, perdone Carlos pero noooo... El culo noooo...

Casi llora Fabricio y mira con odio a Nazareno. Este se sonríe, perverso, complacido y feliz porque sabe cómo calentar realmente a un macho hijo de puta como Carlos, que no retrocede ante nada ni ante nadie. Tampoco, por supuesto, ante su varonil machito rugbier. Como Fabricio ve que Carlos se arrima cada vez que él trata de poner distancia, empieza a putearlo a Nazareno. Pero Carlos lo interrumpe:

—Con el putito no te metás, boludo... No me lo puteás porque papi Carlos se enoja, ¿okei? Este putito es el mejor que me hice en años...

Y guiñándole un ojo a Fabricio le dice: —Pero papi ahora quiere un puto nuevo...

***

Carlos es casado. Tiene 47 años. Es el macho mejor culeador, más hermoso y más hijo de puta sexualmente que conocen Fabricio y Nazareno, la jovencita pareja gay de chicos lindos que viven dos pisos más arriba. Cuando están a solas, el hermoso machito rugbier le dice a su novio Nazareno: —No te hagas drama, amor... Con un macho como Carlos, yo en tu lugar habría hecho lo mismo, jaja...

Todo el mundo en el edificio acepta y respeta al machito rugbier Fabricio y a su adorable consorte Nazareno. Son gays, eso sí, pero todos los vecinos concuerdan que son muy decentes, respetables y nunca andan con malas compañías.

Todos, además, respetan la presencia señorial, masculina y veterana de Carlos. Un vecino respetable, padre de familia y esposo ejemplar. Y todas las vecinas concuerdan, cuchicheando y riendo despacio: —Y uno de los hombres más viriles y hermosos que se hayan visto.

Y aunque nadie lo sepa, salvo ellos tres, reina por fin la felicidad sexual entre varones en ese edificio de muy selectos propietarios.

Carlos por fin encontró a una parejita de cachorros adorables, buenos hijos, que se disputan como hermanitos enloquecidos su chupetín predilecto, la poronga infartante y generosa de su papi Carlos, quien buenamente, sabiamente, reparte en abundancia su espesa, inmejorable leche de varón paternal entre sus dos hijitos putos adorados.

Marianito

yorsitoblanco@yahoo.com.ar



© Marianito

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