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Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad
Fecha: 02-Oct-08 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Las bragas de mamá (1)

Blasmontana
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Tiempo estimado de lectura: [ 11 min. ]
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La ropa interior femenina es el detonate de esta peculiar relación entre una madre y un hijo. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
Ashley Madison - Ten una aventura. Infidelidad.

LAS BRAGAS DE MAMÁ (I)

Desde que recuerdo, siempre he tenido una gran atracción por la ropa interior femenina. Sentir el roce sobre mi polla del suave tejido de una braguitas es para mí mucho más excitante que cualquier imagen que me pueda ofrecer la pornografía convencional. Por ello, desde que tengo uso de razón he aprovechado cualquier ocasión para probarme la ropa interior de las mujeres que me rodeaban: mis hermanas, mi madre, mis tías, mi novia…

Al principio solo se trataba de una especie de aventura, ir al cesto de la ropa o al tendedero y acariciar por un instante, probarme por unos segundos aquellas prendas que parecían de un mundo inaccesible. Pero con el paso de los años, el usar regularmente ropa interior femenina se ha convertido en una parte más de mi vida, una faceta más de mi personalidad más íntima. En principio cree mi "fondo de armario" con las bragas y sujetadores que mis hermanas y madre decidían retirar cuando hacían limpieza en sus cajones. Fue en esa época cuando comienza la historia.

La menor de mis dos hermanas hacía pocas semanas que se había casado y yo me quede en el piso viviendo con mi madre viuda. Desde que mi hermana abandonó el hogar y se fue a vivir con su marido perdí cualquier opción a excitarme con su ropa, pero mis ratos de soledad en casa se habían multiplicado y, en consecuencia, mis momentos oportunos para rebuscar en los cajones de mi madre aumentaban.

Así fue como un día lluvioso encendí la calefacción de toda la casa y me dispuse a iniciar mis juegos por casa. Abrí el baúl de libros bajo los cuales ocultaba dos caja de zapatos con la colección de bragas y sujetadores que había ido acumulando durante los últimos años y me decidí por un sujetador encarnado de encaje, sin aros, que había pertenecido a mi hermana mayor. Entonces busqué unas braguitas que le fueran bien conjuntadas pero después de probarme varios modelos no encontré ningunas que me convenciese. Había usado tantas veces aquellas bragas que en la mayoría de los casos ni me excitaban.

No tuve otra opción que ir al armario de mi madre y comencé a rebuscar entre su ropa interior. Observe diversas bragas y tangas que volvía a doblar y guardar tal cual estaban en el cajón. Tantos años haciéndolo habían desarrollado una memoria casi fotográfica y recolocaba a la perfección cada una de las prendas que sacaba para probarme. Finalmente me decidí por unas braguitas encarnadas a juego con el sujetador, con una línea de encaje siguiendo el perfil de la ingle, una flor bordada en su parte delantera y completamente lisas por detrás. También me puse una bata que mi madre usaba a menudo para levantarse de la cama, de raso oscuro con caprichosos dibujos de estilo oriental que me proporcionaba un tacto muy placentero en contraste con la presión que hacía el tirante del sujetador.

Entonces sentí que ya estaba preparado, me miré al espejo de cuerpo entero que había en la habitación de mi madre para asegurarme que lo llevaba todo bien puesto y me acaricié la polla que se erigía dentro de las bragas. Tras notar el suave roce de las braguitas con mi pene me crucé la bata y comencé a pasearme por toda la casa. Estaba, como siempre que me vestía con ropa interior femenina, terriblemente excitado pero quería aprovechar aquel momento para disfrutar yo solo, así que opté por hacer cualquier cosa antes de masturbarme.

Me dirigí a la cocina y me preparé un sándwich que me comí sentado sobre un taburete, cruzando las piernas y leyendo una revista como hacía mi madre. Después aproveché para hacer la colada, y mientras metía la ropa de la cesta en la lavadora, encontré un tanga usado que aproveché para olisquear. Aquello acabó de excitarme definitivamente y decidí dirigirme a mi habitación donde busqué en mi colección de DVD una buena película erótica. Me fui al salón, puse el disco en el reproductor y me tumbé en el sillón con la bata de raso desabrochada. Pasé con el mando a distancia rápidamente gran parte del film hasta encontrar una escena protagonizada por una madurita que disfrutaba de un día en campo con un supuesto amante.

Allí estaba aquella mujer de pelo corto tintado de rubio y cara redonda, como mamá, lamiendo el rabo del musculoso alemán con aspecto de estar ansiosa por seguir tragando y engullendo todo ese pedazo de carne. A su alrededor, las imágenes de naturaleza transmitían una sensación de primitivismo y sexo salvaje que me excitaron enormemente. Apenas hablaban: "cómeme el rabo", "ponte a cuatro patas", "abre bien el culo"… eran las instrucciones que el fornido germano le daba a la vieja quien sumisa obedecía cada una de sus órdenes. Les escenas de sexo se sucedieron mientras me acariciaba la polla, magreaba mis testículos, pellizcaba mis pezones y me mordía el labio inferior excitándome al imitar cada uno de los gestos de la mujer. Los jadeos aumentaron de intensidad y de frecuencia, mientras cada vez más recostado en el sofá saque mi pene por un lado de las bragas y mi mano comenzó a pajearme hasta que un rayo de leche salió disparado hacia el techo aterrizando sobre las encarnadas bragas.

Respiré hondo, tragué saliva e intenté recuperar mi ritmo cardíaco habitual. Creía que mi corazón iba a reventarme el pecho de lo acelerado que estaba. Sin embargo, lo que ocurrió fue el efecto contrario… mi corazón, como el resto de mi cuerpo se detuvo en seco cunado al abrir los ojos descubrí a mi madre contemplándome…

Corrí hasta el baño y me encerré apretando los puños y con los ojos llorosos mientras recordaba la cara de asombro de mamá. Oí como mi madre se aproximaba por el pasillo en dirección al baño y a medida que los pasos se hacían más nítidos mi corazón latía más fuerte. Me acurruqué en un rincón en posición fetal intentando taparme con la bata de raso deseando que pasase de largo y que me dejase en paz. No fue así.

- Tenemos que hablar – dijo mientras cerraba las puertas a sus espaldas – No tienes por qué avergonzarte… no pasa nada por ser gay…

- No soy gay – fue lo único que conseguí articular con la voz entrecortada mientras levantaba la cabeza con los ojos medio llorosos.

- No pasa nada… tu sexualidad te pertenece y puedes elegir la opción que te apetezca… - Mamá intentaba poner voz de comprensiva mientras yo sentía como me calmaba – sabes que tengo muchos amigos y compañeros de trabajo homosexuales.

- No soy gay… - repetí esta vez más enérgicamente. Mamá permaneció mirándome unos segundos y después salió del baño dejándome solo.

Me quedé un rato sentado allí pensando y agradeciendo a mi madre en silencio que no se hubiese enfadado conmigo, aunque fuese porque había echado a perder sus braguitas. Después me dirigí de forma sigilosa hacia mi habitación donde me encerré y no salí para nada hasta el día siguiente.

Al llegar la mañana me decidí a salir a la espera de ver que era lo que ocurría con mamá. Si no hubiese sido sábado me habría esperado a que ella se fuese a la oficina pero no tuve esa suerte y mama me esperaba en la cocina con la mirada perdida hacia un rincón mientras acercaba la taza de café a su boca dando pequeños sorbos.

- Buenos días… -saludé tímidamente sin obtener respuesta a cambio.

- ¿De verdad que no eres gay? –inquirió mamá tras unos segundos de silencio sin apartar la mirada del rincón… - Entonces ¿Por qué te visten ropa de mujer?

- Me excita vestirme con ropa interior de chica – respondí de forma escueta. Quería contárselo todo, abrirme a ella y quitarme ese peso de encima pero tenía miedo de que ella no me entendiera – me gusta su tacto…

- ¿Solo eso? – Parecía algo incrédula – ¿No piensas en hombres cuando te masturbas vestido de mujer?

Me puse tremendamente rojo y permanecí en silencio. No me consideraba gay pero era cierto que en alguna ocasión había fantaseado con que me penetraba un hombre, a menudo me introducía los dedos en el ano, e incluso tenía un consolador anal que solía utilizar cuando me vestía y maquillaba de mujer.

- Alguna vez… - confesé a mamá, que suspiró – Pero me encantan las mujeres… te lo juro… - intenté justificarme, aunque le estaba diciendo la verdad.

- ¿Y la película? Era una mujer madura la que salía… - ahora sí que me miraba fijamente – ¿te gustan ese tipo de mujeres o era por el hombre?

- Era por ella – admití, esperando que mi madre no volviese a preguntarme por ningún hombre –me gustan ese tipo de mujeres- dije mientras repetía en el cerebro la imagen de la alemana de cuerpo redondo y pelo tintado que tantas similitudes guardaba con mamá.

- ¿Te has masturbado alguna vez pensando en mi?- disparó sin pensárselo dos veces.

- Si, lo hago a menudo –respondí dispuesto a sincerarme con ella. Pero la conversación se cortó en seco. Se levantó ante mi sorpresa y salió por la puerta dejándome plantado al medio de la cocina mientras escuchaba la puerta de la calle cerrarse de golpe.

Regresé a mi habitación y me senté frente a la pantalla del ordenador completamente confuso y reproduciendo palabra por palabra la conversación que acabábamos de tener. ¿Se habría molestado cuando le dije que me masturbaba pensando en ella?, ¿no admitiría que en ocasiones hubiese pensado en hombres?... No me gustaba ver a mamá preocupada y estaba dispuesto a hacer lo que fuese para que ella estuviese feliz. Pasé torturándome hasta media mañana en que escuché de nuevo como se cerraba la puerta y salí de nuevo para hablar con mi madre y preguntarle qué podía hacer para solucionarlo.

- Hola… acompáñame a la habitación – dijo ella dándome la espalda. Le seguí y cerró la puerta tras de mí- Elige color.

Mamá sacó de una bolsa que había traído de la calle dos conjuntos completos de sujetador, braguitas, liguero y medias, uno en negro y otro en blanco.

- ¿Para mí o para ti? – pregunte no muy seguro de que iba todo aquello.

- El que tu no quieras me lo pongo yo…

Me decidí por el negro, aunque en realidad me gustaba más el blanco pero pensé que a ella le sentaría mucho mejor. Ante mi sorpresa, mi madre comenzó a desnudarse quitándose la camisa y dejando al descubierto el sujetador blanco que a duras penas retenía sus pechos.

- Desnúdate… quiero que lo estrenemos juntos – dijo mientras me desabrochaba el pantalón y dejaba al descubierto un bulto enorme en mis calzoncillos.- ¿Así que es cierto que excitas al ver un buen par de tetas? No sabes como me alegro, aunque no se como vas a meter todo eso dentro de las braguitas.

Nos reímos los dos y seguimos desnudándonos para ponernos el conjunto nuevo. No podía quitarle el ojo de encima y disfrute contemplando su chochito peludo cumpliendo uno de mis más anhelados sueños. Me estaba poniendo tan caliente que casi podía oler a distancia su coño, se me aceleró el pulso y por poco no me mareo. Además, me tuvo que ayudar con el liguero y las medias, puesto que lo más parecido que me había puesto eran panties que cubrían hasta la cintura. Me explico que primero debía ponerme el liguero y por encima de las tiras elásticas que cogían las medias debía de ponerme las bragas.

- Imagínate que te proponen una enculadita rápida en un portal… ¿Cómo piensas quitártelas si te sale una oportunidad y las llevas por debajo del liguero? – volvimos a reinos con ganas. Me relajo mucho saber que mamá admitía mis aficiones con tanta naturalidad, incluso estaba dispuesta a colaborar para que yo me sintiese a gusto.

Acabamos de vestirnos y allí estábamos los dos, el uno frente al otro con nuestros conjuntos nuevos. Se acercó al mueble de la cómoda y sacó una barra de labios con la que se pintó frente al espejo.

- ¿Quieres que te pinte los labios?- me preguntó enseñándome el pintalabios mientras yo afirmaba con una sonrisa – Espera…. Voy a pintártelos de rojo intenso… como si fueses un putón.

Así lo hizo, se acercó a mí y me pintó los labios de rojo. Me gustó sentirla tan cerca, respirando frente a mi boca, mi pene erecto dentro de las braguitas rozando contra su coño… Me indicó como debía de hacer con los labios para que quedasen bien pintados y me colocó frente al espejo. Entonces la visión de los dos vestidos de mujer me hizo perder casi el control. Me beso tiernamente y yo la agarré por las nalgas, apretando mi polla contra ella. Entonces ella se apartó.

- No vamos a follar- dijo mirando la cara de tonto que había puesto ante su reacción- Yo soy tu madre y tu mi hijo. Y no hay más que hablar.

- Entonces… ¿Qué significa todo lo antes? –conseguí articular sin quitarme la cara de sorpresa.

- Significa que no me importa que te vistas de mujer, que me encanta que fantasees conmigo, e incluso me da morbillo imaginarte penetrado por un macho mientras gimes… pero no vamos a follar –respondió enérgicamente – Puedes vestirte de mujer siempre que quieras, podemos ir de comprar los dos o ponerte mis bragas, puedes verme desnuda cuando te apetezca y masturbarte a gustos, pero no me tocarás ni un pelo.

Estaba tan desconcertado que me bajó la erección. No entendía como me había calentado de esa forma tan descarada cuando desde el principio tenía pensado que no íbamos a acostarnos. En aquellos momentos me sentí completamente ridículo, plantado delante de ella, vestido con medias y liguero, con unas bragas humedecidas por los líquidos propios de la calentura que escondían un bulto cada vez más pequeño, y con un sujetador que no rellenaba ningún pecho. Me sentí avergonzado, casi tanto como me el día anterior cuando me pilló en el sofá.

- ¿Te apetece que nos masturbemos juntos? Solo masturbarnos… - se apresuró a decirme al ver mi cara de desconcierto y de frustración.

Sabía que aquello solo era el premio de consolación, así que estuve a punto de rechazarlo. Pero recordé que unos minutos antes hubiese dado cualquier cosa por ver a mi madre en bragas y masturbarme frente a ella ¿Cómo iba a rechazarlo ahora si además iba a poder contemplarla como se hacía un dedo? En el fondo me consideré un tipo afortunado y acepte afirmando con la cabeza.

Mama me sentó en la cama junto a ella y bajó sus bragas hasta las rodillas, dando una lección práctica de por qué debían ir por encima del liguero, acercó sus dedos corazón y anular de su mano derecha hacía mi boca para que se los lamiera y los untara bien con saliva y comenzó a frotar entre los pliegues de su concha. Me quedé unos instantes mirándola y me levanté para ponerme frente a ella al tiempo que se recostaba un poco más en la cama y comenzaba a suspirar. Estaba loco por pajearme, pero iba tan caliente que si empezaba no tardaría ni 10 segundos en correrme, así que decidí esperarme un poco para seguir contemplando aquella escena. Mi madre fue aumentando la intensidad de su paja y subiendo el ritmo de sus jadeos, con lo que no pude contenerme más. Bajé las bragas hasta las rodillas con la intención de imitarla aunque cayeron hasta el suelo, y tuve la sensación de hacerme la paja más fantástica de mi vida, sintiendo la textura de la ropa interior femenina y con mi madre como espectador de lujo de todo el placer y la devoción que sentía por ella.

Como había supuesto me corrí en seguida o, al menos, eso fue lo que me pareció. Un rayo de semen salió disparado en dirección a mi madre, pero no llegó a alcanzarla como hubiese sido mi deseo. Ella también se corrió en el momento en que vió como yo eyaculaba y se tumbó completamente en la cama ofreciéndome una imagen de mujer satisfecha, con sus bragas por las rodillas y sus piernas abiertas mostrándome una raja reluciente, con los ojos cerrados y una pequeña sonrisa en la boca que demostraba que no se arrepentía de lo que había hecho. Me tumbé junto a ella bocarriba y cerré los ojos con la intención de que conectáramos aunque fuese espiritualmente. Tomó mi mano y nos quedamos dormidos.

Hasta aquí la primera parte de la historia. Si te ha gustado ruego que me escribas un correo con tu opinión y con sugerencias sobre cómo te gustaría que siguiese la historia, que nuevos personajes quieres que aparezcan, que situaciones te gustaría que acontecieran… Entre todos seguiremos escribiendo este relato.

 

Blas Montana

blasmontana@hotmail.com



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