Me llamo Raúl y es el primer relato que escribo. Lo hago
porque hace algún tiempo, de vez en cuando leo los relatos que se escriben en
este portal y creo que sería bueno, que yo contase también lo que aconteció en
un viaje de vacaciones a la isla de Jamaica el mes de Septiembre pasado.
Lo que quiero relataros, no es una historia fruto de mi
imaginación. Es algo real y que por lo morbosa que es y dado el anonimato del
que escribe, creo que os gustará leerla y luego enviarme los comentarios que
creáis oportunos.
En primer lugar os diré, que mi mujer se llama Laura. Tiene
39 años y es una monada. Os la podría describir. Como son sus tetitas, como son
sus piernas, sus muslos. Pero como una imagen vale más que mil palabras, os
adjunto un par de fotos y así la veis. No es mi intención, el poneros los
dientes largos ni la polla tiesa pero tenéis que reconocer que es una
preciosidad.
Como podéis ver. No miento. La verdad es, que si se entera
que he puesto estas fotos con toda seguridad me corta los huevos.
Bueno, a lo que íbamos. El mes de septiembre pasado nos
tomamos dos semanas de vacaciones y decidimos pasarlas en Jamaica, por aquello
del Caribe, la playita, el sol y con eso de la playita y el sol fue como se
precipitaron los acontecimientos que relataré.
No sé si lo sabéis y si no yo os lo cuento. Cuando estás en
la playa del hotel, no sé porque, pues se supone privada, por delante de las
narices no hacen más que pasar negrotes. No lo digo con carácter racista. Lo
digo, porque algunos son como armarios de tres cuerpos. Después de varios días
en la playa llegas a conocer a los asiduos. A los que día tras día se pasean
como verdaderos adonis por delante de las y los turistas.
Había uno de ellos en particular. Uno de los asiduos.
Roberto. Desde el primer día que se paseo por delante de nuestras tumbonas, se
que le gustaba a mi mujer, pues no lo quitaba los ojos de encima. Con el paso de
los días, empecé a pensar y a imaginarme como sería y que sentiría si viese a mi
mujer en sus brazos y follando con ese personaje. Os aseguro, que en mis doce
años de matrimonio, era la primera vez que semejante cosa se me pasaba por la
cabeza, pero esa idea empezó a tomar forma y debo reconocer que me apetecía
verla fallándose al negrazo. Lo que sí está claro, es que en ningún momento le
comenté a Laura nada de esto y el asunto lo aparque, como se aparcan muchas
cosas que te gustaría hacer y que luego no quedan en nada.
Un par de días antes de abandonar la isla, decidimos ir a uno
de esos locales al aire libre en los que los nativos y los turistas escuchan y
bailan el reggae y ete aquí, que nos encontramos con el bueno de Roberto,
sentado en la barra a pecho descubierto y supongo que oteando el horizonte a la
busca y captura de alguna turista deseosa de disfrutar de sus encantos. Mi
mujer, con cierto disimulo, como intentando que yo no me diese cuenta no dejaba
de mirarlo. Al cabo de un rato, él se dio cuenta de las miradas de Laura y
pasados unos minutos con toda la naturalidad del mundo se acercó a nuestra mesa.
Hola. Me llamo Roberto. Os he visto en hellshire
Beach. Estáis de vacaciones.
Si. Le contestamos.
No quiero ni contaros la cara que puso mi Laurita cuando se
acercó. En ese mismo momento me di cuenta perfectamente que mis depravados
deseos podían hacerse realidad. Durante un rato, estuvimos charlando de la Isla,
de sus playas, de la gastronomía, de la música y de todas esas cosas de las que
hablas cuando estas de vacaciones. Mientras hablábamos, debo reconocer que a mi
mujercita se la veía como nerviosa. No dejaba de moverse, intentaba llevar el
tema de conversación y de vez en cuando. No os lo vais a creer. Bajaba la mirada
hacia la entrepierna de Roberto, que para vuestra información, llevaba uno de
esos bañadores ceñidos que no lograban disimilar lo que tenía entre las piernas.
De repente. Dirigiéndose a mí me dijo.
Te importaría si saco a bailar a tu mujer.
No. Por favor. Si ella quiere por mí no hay problema.
Dicho y hecho. La cogió de la mano y la condujo a la
abarrotada pista de baile, que era la playa del garito.
Se pusieron a bailar más o menos en el medio de la gente,
pero en un sitio desde donde los veía perfectamente. El, empezó a bailar de una
forma más que decente, como se supone que debe hacerse con una señora casada y
delante de su marido. Pero a medida que iba pasando el tiempo, empezó a
acercarse más. Agarrándola por las caderas, la guiaba en el baile, la ponía de
espalda y como no queriendo, le apretaba su paquete en el culito mientras la
acariciaba de arriba abajo. El sobeo que le estaba dando no era normal y lo más
cojonudo de todo es, que a ella no le importaba nada. Al contrario. Se dejaba
sobar como lo más normal del mundo.
Al cabo de tres o cuatro canciones y después de sobar a mi
mujer todo lo que quiso y más, con el consentimiento de ella. Por supuesto.
Volvieron a la mesa.
Tu mujer baila de maravilla. Me dijo.
Ni que lo digas. Le conteste. Tú tampoco lo haces
nada mal.
Volvimos a pedir otra ronda de cubatas y seguimos charlando
como si nada hubiese pasado.
A pesar de que eran casi la una de la mañana, hacía bastante
calor y en ese momento. Ni yo podía creerlo dije.
No se vosotros. Pero yo tengo mucho calor. Que os
parece si vamos al aire acondicionado de nuestra habitación en el hotel
y nos tomamos otra copa sin necesidad de estar sudando aquí.
Laura al instante dijo.
Por mi perfecto.
Pagué las rondas de cubatas que habíamos tomado y fuimos
caminando al hotel que estaba a diez minutos más o menos. Llegamos al hotel, por
cierto un cinco estrellas impresionante y subimos a la habitación.
Al entrar, mi mujer se fue al cuarto de baño y al estar los
dos solos. Como lo más normal del mundo Roberto me dijo.
Mira. No lo creerás, pero esto no es la primera vez
que me pasa, ni espero que sea la última. Que quieres que haga.
Yo. Sin pensar en las consecuencias le contesté.
Quiero que te folles a mi mujer. Creo que ella lo
está deseando y aunque no lo creas, me apetece verlo.
Que está deseando que me la folle ya lo sé. Me
contesto. Me di cuenta mientras bailábamos. Lo que quería comprobar, es
que tú estás de acuerdo. Te lo digo, porque las cosas que le voy hacer a
tu mujer y lo que va a sentir mientras se las hago, quiero hacerlas
sabiendo que tengo tu consentimiento.
En ese momento, al escuchar lo que me decía, empecé a pensar
en el lio que me había metido. Me preguntaba, que cosas le haría a mi mujer.
Evidentemente, sexo del más fuerte suponía. Pero a lo hecho pecho.
Haz lo que quieras, siempre y cuando ella esté de
acuerdo. Quiero decir, que si ves que en algún momento no quiere que le
hagas algo de las cosas que dices que le vas hacer, paras de inmediato.
Le respondí.
De acuerdo. Otra cosa. Quiero saber si no te importa
que me corra dentro de ella. Ya sabes a lo que me refiero y luego, si
toma alguna precaución para no quedar embarazada. No me gustaría que
dentro de nueve mese te llevases una sorpresa.
Bueno. Le contesté. A lo primero, no me importa que
te corras dentro de su coñito, si es a eso a lo que te refieres y a lo
segundo. No la vas a dejar embarazada.
Hay otra cosa que quiero saber. Me dijo. Hay algo que
de verdad no quieras que le haga.
Me quedé pensando que podía decirle y si que la había.
Le dije. Sí, hay algo que no quiero que hagas. No
quiero que la sodomices. Quiero decir, que no quiero que hagas sexo anal
con ella. En otras palabras, no quiero que se la metas por el culo. Es
analmente hablando. Virgen.
De acuerdo. Me contestó. Si no quieres. Tú mandas,
pero te aseguro que a ella le encantaría.
Os aseguro, que en ese momento ni me imaginaba como se iban a
desarrollar los acontecimientos y que lo de su virginidad anal sería ya lo de
menos.
Estábamos teniendo esa conversación, cuando Laura salió del
baño. Al verla, se me cayeron los huevos al suelo. Salió solamente con un
biquini verde pistacho que se había comprado en una tienda de la isla y estaba
para comérsela.
Mirándola, me di cuenta de una cosa. Que ella era totalmente
consciente de lo que en aquella habitación de hotel estaba a punto de suceder.
Es más, que lo que ella deseaba, era que sucediese y además que también era
consciente y sabía, que yo estaba de acuerdo. Me di cuenta, que mi mujer estaba
tan caliente, que estaba decidida a dejar que Roberto se la follase incluso
delante de mí y sin remordimientos, pues al ser yo el que decidió que subiésemos
a la habitación, sabía que tenía mi consentimiento.
Me levante. Le di un beso y dije.
Aquí falta un poco de música, por lo que encendí la
tele y sintonicé un canal el el que ponían durante todo el día y noche
reggae.
Al momento ella se levantó y se puso a bailar sola.
Lentamente. Moviéndose como había visto que lo hacían las nativas. Estuvimos un
momento mirando cómo se movía, hasta que Roberto se levantó y se puso a bailar
con ella.
La agarró entre sus brazos y apretándola contra el, empezaron
a bailar. Me senté en un sillón que quedaba como a tres metros de ellos y me
dispuse a ver hasta donde era capaz de llegar a mi santa, casta, pura y fiel
esposa.
El la abrazaba por la cintura y ella tenía los brazos
levantados abrazándolo por el cuello. Bailaban despacio. Moviéndose lentamente y
cuando la cara de mi mujer quedaba hacia mí, podía ver que estaba con los ojos
cerrados, la boca un poco abierta y respirando profundamente. No llevaban
bailando ni un minuto, cuando Roberto empezó a acariciar la espalda de mi mujer,
desde la cintura hasta su cuello. Lo hacía despacio. Con suavidad. Mientras una
mano subía por su espalda, la otra bajaba. Al mismo tiempo, le hablaba al oído.
Yo no podía escuchar lo que le decía, pero sí que veía a mi mujer que a veces
con su cabeza y por sus labios era claro que le estaba diciendo. Si. El seguía
acariciando a mi mujer y le, a lo que ella, sin dejar de abrazarlo y dejándose
acariciar asentía con la cabeza. No sabía lo que Roberto le estaba diciendo a mi
mujer, pero estaba claro, que parte de la tremenda calentura que tenía se debía
a lo que el le decía.
Termino la canción y mi mujer ni se enteró. Estaba como
abandonada a las caricias y a lo que Roberto le decía al oído. Cuando empezó la
siguiente canción, Roberto bajando sus manos empezó a acariciar el culo y el
exterior de los muslos de mi mujer. Cuando le tocaba el culo, con sus manos
abiertas apretaba las nalgas de ella y al subir las manos para acariciar su
cintura arrastraba con ellas parte del biquini, dejando al aire prácticamente
todo su culito. Mientras tanto, el seguía hablándole al oído y mi mujer seguía
sin hablar, solo movía un poco la cabeza diciendo a veces sí y otras veces,
movía la cabeza diciendo a algo no. En un momento determinado, mi mujer levantó
su cabeza y mirándole a los ojos, se separó un poco de el y se quitó la parte
superior del biquini. A continuación, Roberto puso sus manos sobre las tetitas
de mi mujer y empezó a tocárselas y acariciárselas muy despacio, apretándole los
pezones cada vez que ponía sus dedos sobre ellos. Ella, echó la cabeza hacia
atrás. Cerró los ojos y totalmente abandonada al placer, se dejó sobar sus
pechos sin la más mínima oposición. Se los apretaba, para acto seguido soltarlos
y volverlos a apretar. Luego. Mientras con una mano sobaba los pechos de mi
mujer, con la otra, le bajo la parte de abajo del biquini, con lo que Laura
quedó completamente desnuda delante de el.
Ya así desnuda. Mientras que con la mano izquierda le
pellizcaba los pezones. Bajando la derecha, empezó a acariciarle la almejita. Yo
lo veía perfectamente. Usaba tres dedos. Mientras que con el anular y el índice
acariciaba los labios mayores, el del centro lo metía dentro de la rajita y le
acariciaba el clítoris. Cada vez que lo tocaba, ella daba como un gemido e iba
abriendo sus piernas para sentir mejor el contacto de los dedos de Roberto en su
conito.
Mi mujer, no tardó en tener el primer orgasmo de esa noche.
Vi como se le tensaban las piernas. Vi como se agarraba al cuello de Roberto. Vi
como empezó a temblar. Se puso de puntillas y dando un grito de placer empezó a
decir.
Dios mio. Dios mio. Me viene. Me viene. Me corro. Me
corro. Me corro. Solo con tus dedos me estoy corriendo. No pares. Por
favor. Sigue. Sigue.
Fue un orgasmo de esos que siempre uno se imagina y que desea
ver. Pero lo que nunca llegue a imaginar, es que lo vería en mi mujer y
provocado delante de mi por otro hombre.
Cuando mi mujer dejo de correrse y sin dejar de acariciarle
el coño, Roberto me hizo una indicación como que me acercase a ellos. Yo estaba
deseando participar en esa fiesta, pero por otro lado me gustaba ver a mi mujer
caliente como una puta en celo, dejándose tocar y sobar sin decir nada y
disfrutando de ese momento.
Me levanté y acercándome me puse junto a ellos. En ese
momento Roberto le dio la vuelta e hicimos como un bocadillo con ella en medio.
Ella estaba dándole la espalda a el y de cara a mi. Al verme, se abrazó a mi
cuello y sin decir nada se puso a llorar en mi hombro, mientras, Roberto pasando
sus brazos por delante de ella no dejaba de acariciar y pellizcar sus pezones.
Llorando y caliente como estaba me dijo.
Lo siento mi amor. Ya sabes que eres lo que más
quiero en este mundo, pero desde el día que vi a Roberto en la playa
deseaba que este momento llegase. Lo deseo. Quiero que me folle. Quiero
sentir lo que es tener dentro de mi la polla de un negro como él. Pero
haga lo que haga recuerda que te adoro.
Mirándola a los ojos le dije.
Ya lo se corazón. Precisamente por eso está aquí.
Para que sientas lo que es ser follada por un negro como el.
Dicho esto me separé de ellos. Me senté en el sofá y me
dispuse a ver como ese desconocido se beneficiaba de la calentura de mi mujer.
Siguió durante unos segundos sobando con sus manos los pechos
y el coñito de mi mujer, hasta que bajándolas y cogiéndola por las caderas la
puso otra vez de cara a el. Con los dedos pulgar e índice le agarró los pezones.
Apretándolos y tirando de ellos, empezó a guiarla caminando hasta el baño.
Mi mujer hizo todo el recorrido. Unos siete metros como un
zombi, con los ojos fijos en los dedos, que apretando sus pezones tiraban de
ella, haciendo que sus tetitas se estiraran y con los brazos caídos dejándose
llevar. Despacio, muy despacio dejándose guiar. Mas o menos a mitad de camino,
el empezó a tirar de los pezones hacia arriba obligando a Laura a caminar de
puntillas hasta que llegaron al baño.
Al entrar en el baño, siempre sin dejar de tirar de sus
pezones la sentó en el inodoro. Se colocó delante de ella y le dijo.
Ahora blanquita vas a bajarme el bañador y verás lo
que toda la noche llevas deseando ver.
Ella agarró el bañador con ambas manos y muy despacio se lo
fue bajando. Lo hacía despacio, como disfrutando de ese momento hasta que
apareció lo que yo me temía. Os digo de verdad. Era una polla de esas que solo
crees que existen en las pelis porno. No os miento si os digo que muerta y
flácida, era casi tan grande como la mía en todo su esplendor. Así caída, debía
medir como diez o doce centímetros. Negra y con el vello depilado. La leche.
Mi mujer al verla se quedó como paralizada. Durante al menos
medio minuto no hizo otra cosa que quedarse mirándola como embobada ante aquel
pedazo de carne negra.
El. Al ver que mi mujer no se movía le dijo.
Bueno blanquita, es que vas a quedarte así toda la
noche. Pónmela dura. Seguro que sabes cómo hacerlo y te va a gustar aun
más.
Con su mano derecha le agarró la polla y empezó a
acariciársela subiendo y bajando su mano y sintiendo como iba creciendo y
engordando en su mano. Al cabo de unos minutos, se había convertido en un
aparato enorme, no me gusta exagerar pero no medía menos de 28 cm. Y era casi
tan gordo como la muñeca de mi mujer que con una mano no abarcaba todo su
diámetro.
Mi mujer, estuvo trabajándole la polla durante unos cinco
minutos y se veía venir que de un momento a otro él se correría en su cara pero
en vez de eso. Colocó sus manos a los lados de la cabeza de mi mujer y
sujetándosela delicadamente empezó a acercarse a ella, colocando su polla a la
altura de la boca de mi mujer. Ella ya totalmente fuera de sí, abrió la boca y
empezó a chupársela despacio, pasándole la lengua por toda ella y tragándosela
hasta donde podía. Le estaba haciendo una mamada increíble, la polla entraba y
salía de su boca a un ritmo cada vez más rápido y al ver la cara de mi mujer, se
veía que estaba disfrutando con aquella mamada como una loca. Intentaba
metérsela tan dentro de su garganta, que varias veces tuvo arcadas. Como podréis
imaginar, Roberto estaba encantado, sintiendo y mirando como mi mujer le estaba
haciendo una mamada digna de ser grabada en video
Ella estuvo trabajando el miembro de Roberto durante más de
15 minutos hasta que sacándolo de su boca y con una voz que nunca le había oído
le dijo.
Por favor, córrete ya. No esperes más. Quiero sentir
como te corres dentro de mi boca. Necesito sentir tu semen saliendo de
dentro de ti.
Volvió a tragarse aquella tranca y Roberto no la hizo esperar
más. Vi como empezaba a temblar y rugiendo como un toro, empezó a descargar
dentro de la boca de mi mujer toda su leche. Ella no dejaba de chupársela y en
la medida que podía se iba tragando todo el semen. Vi, como por la comisura de
los labios le salían chorretones de parte del semen de Roberto y no dejó de
mamársela hasta que el terminó de soltar todo lo que tenía dentro.
Fue la re hostia. Lo que sentí en aquel momento es difícil
decirlo con palabras. Ver a tu mujer. A tu esposa totalmente abandonada a su
lujuria. Chupando una polla gigantesca y pidiendo que necesita sentir la polla
de otro hombre correrse dentro de su boca, es algo difícil de explicar. Pero hay
estaba. Sucediendo justo delante de mí. En ese momento, me sentí una mierda por
permitir que se llegase a semejante situación.
Apenas sin darle tiempo a mi mujer a limpiarse los
chorretones de semen que le caían por la barbilla, la volvió a coger por los
pezones y la colocó delante de él, de espalda del mesado del lavabo. Agarrándola
por los brazos la sentó frente a él y echándola hacia atrás, la colocó con la
espalda apoyada en el espejo, pero con las piernas colgando fuera. Se sentó en
una banquetilla de esas que hay en los baños y acto seguido empezó a besar las
piernas de mi mujer. Despacio. Muy despacio. Primero los pies, siguió subiendo
por las pantorrillas. Luego, empezó a besar y a pasar su lengua por el interior
de sus muslos. Subía y bajaba, besándola desde las rodillas hasta justo antes
del conito. Así estuvo como cinco minutos, hasta que acerando su boca al
conejito de Laura, acabó lamiendo y chupando los labios de su coñito. Mi mujer
ya estaba absolutamente abandonada a lo que le estaba haciendo sentir Roberto.
La imagen era de lo mas erótica. Ver a mi mujer, recostada
contra el espejo del baño. Totalmente abierta de piernas delante de Roberto y de
mi. Acariciándose los pechos y gimiendo cada vez que sentía que su clítoris era
atrapado entre los labios del negrazo. Llegó un momento, que me di cuenta que mi
mujer ya no podía aguantar más y que necesitaba tener un orgasmo. Roberto se dio
cuenta también y para mi sorpresa le dijo. Sé que necesitas correrte. Que ya no
aguantas ni un segundo más sin tener un orgasmo. Pero no voy a ser yo el que
haga que te corras. Vas a hacerlo tú. Vas a masturbarte así, como estas, delante
de mí. Quiero ver como una ricachona blanquita como tú se masturba hasta
correrse delante de este negrito.
Yo no podía ceerlo. Mi mujer empezó a acariciarse su coño
absolutamente fuera de sí. Mientras que con una mano se acariciaba el clítoris,
se metía dentro de su coño los dedos de la otra ,cada vez con más fuerza y más
velocidad, hasta que arqueando la espalda empezó a temblar y tuvo un orgasmo
formidable, dándole Roberto lo que le pidió. Casi no había empezado a se, cuando
Roberto acercó la cara a su coño y empezó a besarlo, lamerlo, chuparlo,
mordiéndole el clítoris y diciéndole.
Así es. Córrete. Córrete. Córrete en mi cara.
Yo no podía creer lo que mis ojos estaban viendo. Mi mujer se
estaba masturbando y corriéndose en las mismas narices de otro.
Al cabo de unos minutos sin dejar de mover sus caderas y con
sus dedos abriéndose sus labios vaginales para sentir mejor la comida de coño
que le estaban dando, empezó a llorar y a gemir como nunca la había visto y no
paraba de decir.
Por favor no pares sigue así. Sigue chupándomelo.
Sigue por favor no pares.
Roberto, la estaba llevando a un estado en el que mi mujer no
era ya consciente de sus actos, solo quería sentirse mujer. Y de verdad que lo
fue. Esa noche por segunda vez, tuvo otro orgasmo todavía más fuerte y largo que
el primero. Volvió a arquear la espalda. Su cuerpo pareció tensarse como la
cuerda de un violín y explotó con un orgasmo salvaje, llenando la cara de
Roberto de los jugos que salían a chorro, mientras él, seguía chupando y
lamiendo el coño de mi mujer.
Sin darle tiempo para que se repusiese, se levantó y mientras
con una mano seguía acariciando y metiendo los dedos dentro del conito de mi
mujer le levantó las piernas poniéndolas sobre sus hombros se fue acercando
hasta que su pollón estuvo a unos centímetros del coño de mi mujer. Empezó a
restregarlo de arriba abajo lubricándolo bien. Los pechos de mi mujer aunque
pequeños son preciosos y tenía los pezones erectos y duros como resultado del
momento que estaba pasando.
Ella intentaba levantarse para ver la poya de Roberto pues
sentía su tamaño al restregársela por el coño pero debido a la postura que
tenía, acostada y con las piernas sobre los hombros no podía hacerlo. Solamente
levantaba la cabeza. El se dio cuenta y le dijo.
Quieres vérmela verdad.
Ella le contestó. Si por favor. Necesito verla.
Quiero verla.
Entonces le bajó las piernas de los hombres. Agarrándola otra
vez más por los pezones y apretándolos empezó a tirar de ellos hacía arriba
subiendo a mi mujer hasta dejarla sentada. No sé si la cara que ponía mi mujer
era de dolor a de placer. Pero empezó a llorar y a gemir cayéndole las lágrimas
por las mejillas. Ya sentada podía verla con claridad y en toda su dimensión. Se
quedó como hipnotizada viendo lo que Roberto tenía entre las piernas y le decía.
Dios mío es enorme. Es cuatro veces la poya de mi
marido. Es preciosa. Por favor fóllame ya. Quiero sentirla dentro de mí.
Quiero sentirla moverse dentro de mí.
Roberto mirándola a los ojos le dijo.
Esta poya te va a follar hasta que no puedas ni
caminar. Después de tenerla dentro, durante el resto de tu vida no vas a
querer, ni pensar en otra poya que no sea la mía. Voy a hacer que te
corras como nunca te has corrido. Hoy te voy a enseñar como follamos los
negros. Como nos follamos a las ricachonas blanquitas como tú.
Ella no podía mas y como suplicándole le dijo.
Por favor fóllame ya. No puedo más. Métela ya. Pero
por favor no me hagas daño. Nunca tuve dentro de mí una poya tan grande
como la tuya. Necesito sentirla dentro de mí pero no me hagas daño.
Quiero recordarla por el placer. No por el dolor.
Roberto colocó la punta de su poya en la entrada del coño de
mi mujer y empezó lentamente a introducirla dentro. Primero la cabeza. La sacaba
y volvía a introducirla un poco. La volvía a sacar y la introducía un poco más.
Volvía a sacarla y se la metía otro poca más. De esta forma entrando y saliendo.
Lenta. Muy lentamente del conito de mi mujer. Despacio. Muy despacio, al cabo de
unos minutos mi mujer tuvo toda la poya dentro.
Estaba claro que Roberto sabía cómo meter su poya en un
coñito como el de mi mujer.
Con esos movimientos lograba que mi mujer se fuese dilatando
y aceptando dentro de ella todo su miembro.
Entonces empezó a bombearla. Primero despacio hasta que el
ritmo fue frenético. Mi mujer acompañaba las embestidas moviendo las caderas al
ritmo que marcaba Roberto. Gemía, gritaba, lloraba, resoplaba, se acariciaba los
pechos y no paraba de decir.
Dios mío Siii, siii. Sigue por lo que más quieras en
el mundo sigue follándome no pares. La siento dentro de mil la siento
toda dentro de mí.
De repente abrió los ojos. Se agarro con las manos al mesado
y dando un grito como nunca en mí vida le había oído. Estalló dentro de ella su
tercer orgasmo de esa noche. Un orgasmo formidable. Su cuerpo se arqueaba.
Empezó a temblar desde los pies hasta la cabeza y entre gritos llanto y gemidos
decía.
Dios me estoy corriendo. Me estoy corriendo que no
pare. Por favor que no pare. Me corro. Me corro y no para. No para.
Mientras tanto. Roberto seguía follándosela sin disminuir el
ritmo del mete y saca ni la fuerza de las embestidas. Mi mujer estaba teniendo
el orgasmo más largo y salvaje de toda su vida. Yo nunca había logrado llevarla
hasta donde ese negro la estaba llevando.
Estuvo corriéndose sin parar como un minuto y en cada
embestida se oía un chapoteo producto de los flujos que salían a borbotones de
dentro de mi mujer.
Roberto estuvo follándosela sin cambiar de postura durante 45
minutos durante los cuales llegué a perder la cuenta de los orgasmos que llegó a
tener mi mujer.
Estaba como loca. A cada orgasmo que tenía le suplicaba.
Dame otro por favor dame otro. Necesito otro más.
Sigue follándome. Por favor no pares. Necesito más. Necesito más.
Pasados esos 45 minutos, muy lentamente fue sacando la poya
de dentro de mi mujer y cuando la tuvo toda fuera le bajó las piernas. La agarró
otra vez por los pezones y tirando de ellos la obligó a ponerse de pie. Sin
soltárselos se sentó en el inodoro y volviendo a tirar de ellos colocó a mi
mujer con las piernas abiertas por fuera de las suyas con su coño encima de su
poya. Entonces le dijo.
Siéntate y clávatela.
Ella flexionando las piernas empezó a meterse por el coño los
28 cm que tenía entre las piernas.
Empezó metiéndosela muy despacio. Subiendo y bajando como
antes había hecho Roberto. Así se la fue metiendo hasta que lo único que se veía
eran los huevos. En ese momento Roberto la volvió a agarrar por los pezones y
tirando de ellos de arriba abajo le marcaba el ritmo de bombeo diciéndole.
Cabalga blanquita cabalga. Así, así. Métetela entera.
Hasta los huevos.
Mi mujer gemía, gritaba de placer, lloraba, se retorcía para
sentir la poya dentro. No respiraba. Eran bocanadas de aire las que entraban y
salían de sus pulmones y a cada orgasmo que tenía echaba la cabeza hacia atrás y
no paraba de decir.
Dios mío otro más. Tengo otro más.
Ricardo cada vez que veía que mi mujer tenía otro orgasmo la
agarraba de los pezones y le decía.
Eso es preciosa córrete, córrete.
Laura estuvo en esa postura como media hora metiéndose y
sacándose la polla de Roberto y teniendo un orgasmo tras otro. En algunos cuando
lo sentía venir se agarraba a su cuello y no hacía más que repetir.
Dios mío. Dios mío. Me vas a matar. Me corro otra
vez. Me corro otra vez.
Pasada más o menos esa media hora en un momento que Laura
tenía toda la polla dentro. Roberto la cogió por las caderas y sin dejar que se
la sacase. Es decir con todo su pollón dentro de ella se levantó tomándola en
brazos. Ella se agarraba con los brazos a su cuello y con las piernas le rodeaba
las caderas. Así de esa forma la volvió a colocar encima del mesado del lavabo y
le dijo.
Ahora te voy a follar yo hasta que me corra dentro de
tu coñito.
Ella fuera de sí le contestó.
Si. Por favor. Córrete ya. Quiero ver y sentir como
te corres dentro de mí.
Y así como estaba. Con las piernas rodeando la cintura de
Roberto y agarrada a su cuello él empezó a bombearla. A los cinco minutos y
nuevamente rugiendo como un toro se corrió dentro de mi mujer. Ahora era ella la
que le decía.
Sigue. Sigue. Asi.asi córrete. Córrete.
Cuando Roberto termino de vaciarse dentro de ella se la fue
sacando despacio. Cuando la tenia fuera volviéndola a coger por los pezones que
a esas alturas los tenía rojos como un tomate la puso de pie y le dijo.
Abre las piernas. Quiero ver cómo te sale mi leche.
Quiero verla gotear por tu coño.
Mi mujer abrió las piernas y al momento su coño empezó a
chorrear el semen de Roberto. Ella al verlo salir lo recogía con su mano y se la
llevaba a la boca.
La escena era surrealista. Mi mujer de pie delante de ese
negrazo. Abierta de piernas. Recogiendo con su mano el semen que goteaba de
dentro de su coñito y llevándoselo a la boca sin dejar de mirar a Roberto
diciéndole.
No quiero que se pierda ni una gota. Es todo mío.
Todo mío.
Aún seguía chorreando gotas de semen el coñito de Laura
cuando Roberto la volvió a coger de los pezones y tirando de ellos la empezó a
guiar fuera del baño. Al pasar la puerta igual que había hecho anteriormente
tiró de ellos hacia arriba obligando a Laura a caminar de puntillas. En ese
momento Laura empezó a llorar. No decía nada. Solo lloraba y caminaba de
puntillas arrastrada por los pezones. Así de esa guisa llorando y de puntillas
se acercaron a la cama. Soltándole los pezones. Le acostó de espalda y
abriéndole las piernas se tumbó boca abajo entre ellas.
Al estar de espaldas acostada y con las piernas abiertas pude
ver perfectamente su coñito. Era todo un poema. Lo tenía totalmente enrojecido y
tan dilatado que se veía perfectamente la entrada de su cuevita y rodeado de un
pringue blancuzco fruto supongo tanto del semen de Roberto como de sus propios
jugos vaginales.
Roberto cogió una esquina de la colcha de la cama y le limpió
el coño. Una vez que estaba limpio empezó a comérselo nuevamente dedicándole una
atención especial al clítoris que estaba totalmente fuera de su fundita y
absolutamente expuesto.
Dejando por un momento de rechupetearlo le dijo.
Ahora preciosa. Relájate así tumbada que te vas a
corres otra ver pero esta vez seré yo quien te lo haga.
Comenzó nuevamente a pasar la lengua por el clítoris de
Laura y esta empezó a mover sus caderas al mismo ritmo que Roberto le
recorría con su boca el coño de arriba abajo. Al cabo de unos pocos minutos.
Mi mujer le agarró la cabeza empezó a gemir como preludio del orgasmo que
iba a tener. Así fue. Fue otro orgasmo intenso. Largo durante el cual no
dejó de gritar. Moverse como una poseída y temblar como si le estuviesen
dando descargas eléctricas.
Roberto para entonces ya tenía su polla en orden de
batalla y levantando las piernas de Laura le colocó las rodillas
prácticamente a la altura de las orejas. Colocó la punta de la polla en la
entrada del coñito de mi mujer y se la metió de golpe. Es decir sin la
delicadeza con que se la había metido las veces anteriores. Mi mujer de
repente abrió los ojos. Y le dijo.
Así. Vuelve a metérmela así. Sácala y vuelve a
metérmela así. Me gusta. Dios así es como me gusta.
Roberto no se hizo de rogar mucho. Se la sacaba y de
golpe se la metía entera de una sola estocada. Una y otra vez. Una y otra
vez. Una y otra vez hasta que mi mujer tuvo otro orgasmo increíble. Gritaba,
lloraba, gemía levantaba sus caderas cada vez que la polla de Roberto
entraba dentro de ella como intentando metérsela más profundamente. Cuando
empezó a venirle el orgasmo. Roberto se la dejó entera dentro y solo movía
sus caderas para que entrase más dentro de ella.
Fue la leche. Ver a mi mujer clavándole la uñas en la
espalda y gritando.
Si. Si. Así es como me gusta. Entera métemela entera.
Por favor así. Así.
Con la polla dentro. Entera sin sacarla. Solo moviendo
las caderas el bueno de Roberto estuvo follándose a Laura como otra media
hora provocándole un orgasmo detrás de otro hasta que acostándose sobre ella
y nuevamente rugiendo volvió a correrse en ella nuevamente. Mi mujer al ver
y sentir que nuevamente se estaba corriendo. Agarrándole la cabeza con ambas
manos le decía.
Dios. Otra vez. Te estás corriendo otra vez. Que
quieres que haga. Que quieres que haga.
Cuando terminó de correrse y hasta que la polla se le
quedó flácida no se la sacó y cuando la tuvo fuera le dijo.
De verdad quieres hacer algo por mí. Le preguntó.
Si. que quieres que haga. Le contesto ella.
Quiero que delante de mí le chupes la polla a tu
marido hasta que se corra. Pero no quiero que se corra en tu boca.
Quiero que se corra en tu cara. Hoy solo yo me corro en tu boca.
La verdad que como ya os podéis imaginar hacía mucho rato que
mi polla estaba a reventar. Lo que no me imaginaba es que mi mujer solo para
complacer a Roberto me chupase la polla delante de él y además no dejar que me
corriese en su boca sino que tenía que correrme en su cara.