Estoy convencido de que mi aversión a las procesiones y demás
devotos actos típicos de la Semana Santa, proviene de un trauma infantil. Es
inhumano, cruel y una cabronada de las gordas, tener a un enano de pie desde las
seis de la tarde –que hay que llegar pronto para coger un buen sitio- hasta la
una y pico de la madrugada, viendo pasar cofradía tras cofradía –más de treinta,
según supe después- de la Procesión General de Viernes Santo de Valladolid ,
aguantando la letanía de rosarios de las beatas y recibiendo los capones que mi
tía –la puta que la parió- repartía con mano diestra cada vez que alguno de los
sobrinos se sublevaba. Y el sobrino más revoltoso, con diferencia, era yo…como
se encargó de repetirme hasta no hace mucho –vieja, sorda y acostumbrada a
cruzar la calle sin mirar…no hará falta dar más detalles del motivo por el que
ya no me da la coña, ¿no?-.
Con estos antecedentes, y mi escaso apego a todo lo que huela
a incienso, hay que tener valor para recomendarme, en Jueves Santo, una
procesión. Y con el cabreo que en fecha tan señalada yo tenía encima, por los
motivos que comentaré más adelante, más que de valor hay que hablar de
temeridad.
-Le recomiendo que no se pierda esta noche la procesión del
Entierro de San Genarín, caballero- como acabo de decir, el conserje de la
recepción del hotel debía de ser un kamikaze disfrazado de pingüino, asomando
por detrás del mostrador.
-Mira, tío, el plan era pasarme estos cinco días follando con
la rubia. Sí, la misma rubia cojonuda que te comes con los ojos cada vez que
pasa por delante de la recepción meneando el culo con actitud provocativa y…-me
jode un montón que me quiten la palabra de la boca, pero el fulano adivinó que
no estaba el horno para bollos y empezó a disculparse mintiendo como un bellaco.
-¡Por favor, caballero! Yo jamás osaría faltarle al respeto a
una clienta. Le puedo asegurar que…- el pobre era un manojo de nervios, temiendo
que el putón de Isabel me hubiera ido con el cuento de que le miraba con descaro
el culo.
Pero es que hay ser ciego, o marica, para no quedarse
embobado cuando pasa por delante de tus narices, moviendo con sabiduría y
poderío el prodigio escultórico de sus nalgas embutidas en un vestido ajustado.
Tal como lo definió un poeta muerto de hambre, conocido nuestro: "Marmórea
tentación de curvilínea ostentación…jamona". Y más prosaicamente –esto es de mi
cosecha-: "Un culo no apto para cardiacos".
Aprovechando que Fermín –el conserje- terminaba el turno y
que Rosendo –el barman- hacía horas extras, terminamos los tres en amena
conversación, alrededor de una botella de escocés, de la reserva personal del
gerente del hotel.
Resumiendo, que al tercer chupito ya les había puesto al día
de mi fracasada escapada con Isabel.
-¡Joder, qué putada! A las tías como ésa deberían prohibirles
tener la regla- el autor del comentario era Rosendo, Fermín asentía, y yo, que
además de estar de acuerdo, me cagaba "por lo bajini" en mi perra suerte.
-Bueno…y qué me vas a decir de que el jefe se apunte a la
juerga. Ese viejo verde, a la que te descuides, se beneficia a la rubia. Aunque,
con la pinta de bruja que tiene su parienta, no se lo reprocho- ahora era
Fermín, el conserje, el que sentaba cátedra, con Rosendo asintiendo, y yo, que
además de estar de acuerdo, me cagaba –sin cortarme un pelo- en el cabrón del
jefe y el esperpento de su mujer. Y que se joda el viejo avaro hijoputa, que
lleva dos años sin subirme el sueldo.
Media docena de chupitos más tarde, ya me habían puesto al
corriente de los pormenores del Entierro de San Genarín…y la cosa prometía.
-Lo primero que debes de saber sobre San Genarín, es que no
figura en el panteón de mártires de la iglesia. Bueno, la verdad es que sólo
figuraba en el registro de Vagos y Maleantes del Gobierno Civil de la provincia.
Empezábamos bien. No sé por qué, pero me había hecho la
composición mental de un medieval santurrón meapilas, con hábito franciscano y
conversor de impíos herejes. Pronto me sacaron de dudas.
-Lo segundo, que falleció en dramáticas circunstancias a
finales de los años veinte del siglo pasado, atropellado por "La Bonifacia", el
primer camión de la basura que circuló en León. Además de borracho conocido,
contumaz putero y sin oficio conocido, se le atribuyen en vida varios milagros-
seguía pontificando Fermín, rápidamente corregido por Rosendo.
-Éste no tiene ni puta idea de lo que habla. Es cierto que
murió atropellado y que era borracho y putero; pero, y siento contradecirte,
colega, todo lo demás que has dicho es más falso que los billetes del Monopoly.
-"La Bonifacia" no era el camión de la basura, sino el coche
de bomberos; así llamada en homenaje a Don Bonifacio, el concejal del ramo. Las
dramáticas circunstancias del mortal atropello: estaba meando junto a la
muralla, el alumbrado público era deficiente y el colocón de orujo que llevaba
habría tumbado a un caballo. En cuanto a los supuestos milagros que realizó en
vida – haciendo énfasis en lo de "en vida"-, como no sea la transmutación de la
sangre en alcohol…
-Pero todo eso cambió a partir de su infortunado
fallecimiento –y el cabrón va y se descojona, encontrando muy gracioso que te
atropelle un camión de la basura…mientras te cuelga el pingajo urinario-,
produciéndose una serie de hechos inexplicables, que las buenas gentes de esta
ciudad atribuyeron a su intercesión, a saber:
La conversión de "La Moncha", junto con varias de las chicas
de la casa de putas que regentaba, en virtuosas hembras –porque dejarían de
follar, pero siguieron conservando un palmito que quitaba el hipo, según me
contó el abuelo- de irreprochable moralidad. Hay que aclarar que "La Moncha" era
la favorita de Genarín –entre otras muchas-. También es verdad que las malas
lenguas lo atribuyen a los cuatro décimos premiados con el gordo de Navidad;
pero da igual el motivo, sigue siendo un milagro indudable que una casa de putas
cerrase sus puertas, con la demanda que había en aquellos remotos tiempos sin
internet.
La inexplicable curación de varios casos de cólico nefrítico
–sin tratamiento conocido en aquella época-, que indefectiblemente se atribuían
a Genarín. Por algo era el mayor consumidor de orujo, y son de todos conocidas
las propiedades diuréticas de la bebida favorita del santo.
Por último, la prueba irrefutable de intervención divina: la
paliza que le dio esa temporada la Cultural Leonesa al Hércules de Alicante.
Estaba seguro de que me tomaban el pelo, pero me hacía gracia
el desparpajo con el que me contaban tan surrealista historia…hasta que, viendo
mi cara de incredulidad, me mostraron sendos carnets de la Cofradía de Nuestro
Santo Padre Genarín. Apuntarme a la juerga como cofrade invitado –y ya les
podían dar por el culo al jefe, su parienta y a Isabel con su regla- fue algo
que vino rodado, aunque nunca pensé que una procesión, por muy desmadrada que
fuese, acabase como acabó. Pero no adelantemos acontecimientos.
-Venga, cierro el bar y matamos unos judíos- así como suena:
"matar judíos"- ¡Joder, estos tipos están para que los encierren!-, pensé.
-No te preocupes. Total, si la clientela del hotel apenas
pisa el bar. Y menos hoy- me decía Rosendo, calzándome una hostia en la espalda
–se supone que era una palmada de ánimo- que casi me hace escupir un pulmón y,
de paso, tranquilizándome por el hecho de que dejase abandonado el negocio.
¡Como si a mí me importara algo su chiringuito! Lo que me tenía acojonado era lo
de andar haciendo el cafre por ahí, "matando judíos" –aunque seguro que me
estaban vacilando y la sangre no llegaba al río…trataba de convencerme a mí
mismo-.
Nada, que no se preocupen ni la comunidad judía internacional
ni las autoridades policiales nacionales, que no hubo que lamentar ninguna baja.
Pude comprobar que las ancestrales costumbres patrias ya no son lo que eran
–cuando estas cosas se tomaban al pie de la letra-, contentándonos con matar
sólo a nueve –uno por cada ronda de sangría de limón-, en una primera incursión
en el Barrio Húmedo. "Despacito, que la noche es larga y no queremos dejarte
tirado en cualquier esquina", me aconsejaba Fermín. ¿Despacito? ¡Joder, pues
quiero saber yo a qué le llamáis vosotros meter la quinta!
El Barrio Húmedo, para quien no conozca León, se extiende a
todo lo largo y ancho del casco antiguo de la ciudad, con la particularidad de
que cuatro de cada cinco establecimientos –seguro que el porcentaje es mayor-
son tascas, bares o garitos de variado pelo y condición. Y menos mal que la zona
es peatonal, porque aún era de día –las 21 h, más o menos, que a primeros de
abril ya anochece tarde- y al personal que abarrotaba las calles se le veía ya
francamente perjudicado. Vamos, que si algún despistado se cuela con el coche,
allí se produce una masacre.
-¡Joder, esto está "petao" de madrileños! Vamos a tener que
limpiar la calle antes de empezar la procesión- rezongó Rosendo. Y me ofendí,
claro.
-¿Qué coño pasa con los madrileños?...¡Paleto de los
cojones!- salté como una fiera, dispuesto a romperle la cara al que tuviera algo
que objetar…lo que me lleva a reflexionar que es mala cosa mezclar bebidas,
porque cualquiera de mis dos nuevos amigos hubiera podido partírmela con una
mano atada a la espalda.
-¡La hostia, tú, el señorito tiene malas pulgas! Venga, "haya
paz entre los ruinos" –dicho de la zona- y guarda energías, que las vas a
necesitar. A todo esto, Fermín, ¿no habíamos quedado aquí con las abadesas y las
cofrades? Pues ya están tardando esos putones- como siempre, el Rosendo
pontificando.
-¿Nos llamabais, guapetones?- trinaron a coro unas dulces
voces a nuestras espaldas.
Se me pasó instantáneamente el subidón de mala leche, en
cuanto les eché la vista encima a las cofrades. ¡Menudo plantel de pibones! Y, o
iban disfrazadas o habían salido de una barra americana, porque enseñaban
muslamen y pechuga por todos lados…con la "rasca" que estaba cayendo.
-Pili, Marga, Luisa y Yoli- cada una de las aludidas
respondió con una reverencia que me dejó ver desde el canalillo de las tetas
hasta el ombligo -os presento a…¿Coño, cómo te llamas, tú, madrileño?- el
Fermín, mucho músculo y pocas luces, ya me lo había preguntado tres veces en una
hora.
-Miguel. Encantado de disfrutar del ambiente local y, ahora
–se me escapó una mirada muy apreciativa al escote de Marga-, aún más con la
compañía.
-Huy, pues sí que es finolis y guapo el madrileño. ¡Éste me
lo quedo yo!- soltó la tal Marga, colgándose de mi brazo.
-Ni lo sueñes, zorra. O lo compartimos o te arranco las
extensiones- dijo Pili, guiñándole un ojo a su compañera…y colgándose de mi otro
brazo.
-Sin ánimo de querer crear conflictos, señoritas, me temo que
ya no quedan entradas a la venta- me dirigía a las otras dos, a las que Fermín y
Rosendo ya estaban saludando, comiéndoles los morros y metiendo mano
descaradamente debajo de las minifaldas.
-No, guapo, a nosotras ya nos han pillado éste par de malas
bestias- respondió Yoli, moviendo el anillo del dedo anular de la mano
derecha…mientras con la izquierda tanteaba el paquete de Rosendo- pero no te
fíes, que la noche es larga y esta comedia no termina hasta mañana por la noche-
y el descojone que se armó en el bar –la mitad de los parroquianos estaban al
tanto de lo que allí se cocía- fue de los que crean afición.
Después de matar otra media docena de judíos –nunca más de
uno en la misma tasca- y tras serme impuesto el collar de nuevo cofrade –un
trozo de cartón con un lazo negro-, me tocó pagar la cena…no por ser nuevo, no.
¡Por madrileño! ¡Hay que joderse!
El bacalao a la leonesa –plato de vigilia, lo cual no deja de
tener su coña- picaba como un demonio, y de beber no había otra cosa que orujo,
así que ya se imaginarán ustedes el ambientazo alcohólico que se respiraba en el
restaurante. Durante la conversación, muy amena, y a voces, porque el barullo
era ensordecedor, intenté enterarme de algo más referente a la procesión…para
evitarme sustos. Y me contestaron largándose en bloque al servicio –las chicas-,
mientras Fermín y Rosendo se daban codazos el uno al otro, partiéndose el culo
de risa y sin soltar prenda. "Serán costumbres del país", me dio por pensar.
Pues a ver cuándo se ponen en Madrid de moda estas
costumbres, coño. Se me atragantó el chupito de orujo cuando aparecieron las
cuatro con las bragas en la mano. Y nada de llevarlas escondidas dentro del puño
cerrado. A eso ya había jugado alguna vez…bueno, quiero decir que cuando la
apuesta es ésa, la "pagana" siempre juega sucio y nadie se entera de que se las
ha quitado. No, estas cachondas venían haciéndolas bailotear entre los dedos,
respondiendo con sonrisas y tirando besos a la entusiasmados parroquianos que
fueron testigos de tal suceso, que las fueron escoltando y jaleando hasta
nuestra mesa.
Es curioso, pero se me pasó de repente la curiosidad por
conocer los detalles de la procesión y, en su lugar, mi curiosidad se concentró
en saber si Marga y Pili se afeitaban el conejo.
-Ningún problema, oye. Es más, ahora toca jugarnos entre los
caballeros las copas a los chinos- repuso Fermín, respondiendo a una velada
indirecta que les había lanzado a las dos elementas que se sentaban a mi lado.
¿Qué tiene que ver una cosa con la otra?, se estará
planteando en estos momentos algún astuto lector –el resto se habrán saltado el
párrafo anterior, buscando la parte de pollas duras y chochitos jugosos, claro-.
Eso mismo me preguntaba yo. Hasta que me aclararon que se jugaba con dedos en
lugar de monedas, y que adivinase dónde había que esconderlos…Total, que pude
comprobar al tacto que Pili se afeitaba al cero, mientras que Marga se dejaba
raya al medio. Por supuesto, a la hora de contabilizar el resultado, las que
echaban la cuenta –contando con los dedos- eran ellas.
Lo cojonudo del caso es que yo tenía la ventaja de jugar a
dos manos, pero ni con esas…estaba tan emocionado que ni me acordaba cuántos
dedos había metido.
El ganador, Fermín, después de tres rondas, fue recompensado
con una espectacular mamada por debajo del mantel; con su mujer, Luisa,
ejerciendo como maestra de ceremonia. Después me tocó pagar y salimos por pies.
Había un montón de parejas pidiendo la vez para la siguiente ronda, pero se
acercaba la hora del comienzo de la procesión y teníamos que situarnos en
primera fila –privilegios de nuestra condición de cofrades-, repartiendo codazos
entre la multitud que empezaba a arremolinarse en torno a la imagen del "santo".
Los "pasos", dos: la imagen de San Genarín y el de las
"ofrendas", era tan chuscos como el collar de cofrade que llevábamos al cuello.
En concreto, la imagen del santo no pasaba de ser un maniquí afanado en alguna
tienda, con blusa a cuadros, boina y esgrimiendo una botella de orujo –atada con
cinta aislante en el extremo de un brazo en alto-. En cuanto a las ofrendas: un
tonel de orujo –que menguaba a ojos vista- y algo más que no llegué a
distinguir. Y los pasos, portados cada uno de ellos por cuatro sufridos
costaleros, con escasa decoración de estilo plateresco. Pero es que las mesas de
tasca –con bastante polilla, por cierto- no hacen juego con los adornos. Vamos,
que llevaban un mantel para disimular la mugre.
Pero todas estas carencias materiales se suplían a base de
cachondeo y buen humor. Y orujo…ríos de orujo.
En cuanto al recogimiento que acompañaba el paso de la
venerada imagen, impresionante. Los más devotos, además de no parar de dar vivas
al santo –acompañado de su preceptivo lingotazo a la botella-, iban regando los
muros del recorrido con sus micciones, honrando de esta manera las
circunstancias del martirio de San Genarín. Y como una cosa lleva a la otra, y
tanta polla suelta desata pasiones, más de una…–vale, seamos serios: cientos-
terminaron la procesión en Pajote y Polvo de Pasión.
Por lo que respecta a nuestro grupito, procuramos dar buen
ejemplo y cumplimos como el que más. Las chicas, a pesar de que iban bien
cargadas de orujo –poderoso anticongelante, como bien sabe el gremio del
transporte-, empezaron a tiritar cuando la "rasca" bajó del punto de
congelación. Llevaban unos buenos abrigos, es verdad; pero debajo, una minifalda
y un top sin mangas, escotado por delante y por detrás y media cuarta por encima
del ombligo…pero es que estas chicas son muy devotas y son capaces de hacer
cualquier sacrificio por el santo.
Y nosotros, aunque íbamos mejor equipados –y con algo de
sangre diluida en alcohol en las venas- tampoco estábamos como para tirar
cohetes: con la polla al relente durante casi dos horas, no hay cristiano al que
no se le arrugue el pellejo de los huevos.
Y hablando de huevos, los que le echó el chiflado que se
atrevió a escalar la muralla –porque hay una muralla que rodea el casco antiguo
de León- para depositar encima las ofrendas. Esto me lo contaron después, porque
en esos momentos yo estaba muy ocupado metiéndole la lengua hasta la campanilla
a…a Marga o a Pili, pero no puedo precisar a cuál. La otra no debía de andar muy
lejos, porque si no me fallan las cuentas, tenía una mano en el cogote, otra
sobándome el culo, una tercera sopesándome los huevos; y la que falta, sacándole
brillo al palo mayor. Tampoco puedo jurar cuál de las dos me colocó el forro de
látex. Lo que sí puedo jurar es que lo hizo justo a tiempo: un par de meneos más
y el palo mayor le escupe en un ojo.
Tan romántica escena tuvo un abrupto final cuando la multitud
empezó a vitorear al santo –señal de que, contra todo pronóstico, el intrépido
escalador había coronado la ascensión con éxito- y, a continuación, la comitiva
se puso de nuevo en marcha.
Entonces me dio por pensar que aquello podía tener truco.
Coño, no sé a ustedes, pero a mí no suelen pasarme estas cosas todos los días.
Algún rollito inesperado cae, muy de vez en cuando; pero nunca me había
tropezado con dos zorrones que, casi sin presentarnos, me llevasen de paseo
cogido del nabo. Empecé a temerme que, al final, la aventurilla me costase un
pastón.
El mal rollito se me pasó enseguida, justo hasta que la
comitiva se detuvo en una plaza –en la que no sé qué pasó-…y éstas dos me
empujaron dentro de un portal. Hay sitios más cómodos –y más limpios- para echar
un kiki, pero eso es lo bueno de ir lo bastante cocido –aunque no tanto como
para exponerte aun gatillazo-: que no reparas en menudencias. Además, cuando
Marga se me colgó del cuello y me puso el chochito a huevo –el de la raya al
medio-, lo único que se me ocurrió fue embestir como un Miura, de pie y
sosteniéndola a pulso…en plan machomán.
-Andando, que la procesión arranca-, nos cortó el rollito la
Pili, juraría que no más de cinco minutos después. –Y en la próxima parada, me
lo pido.
Otra plaza –otro polvus interruptus-; la procesión se detiene
porque se les ha caído el santo de la peana: el tiempo justo para quitarme el
forro y que me den una mamada a dúo…interruptus, por supuesto. Cuando llegamos a
la penúltima parada, la plaza de La Regla –me acuerdo porque me partí el culo de
risa…ya saben…Isabel-, si me dicen que el buzón de correos se estará quieto diez
minutos, le levanto la tapa y se la clavo. ¡Por mis muertos!
Tuvimos suerte. Tocaba rezar el Credo. Dudo mucho que entre
aquel gentío hubiera más de media docena que se lo supiesen de corrido, así que
hubo un montón de ensayos antes de que la cosa saliese medianamente decente. Ni
que decir tiene que no nos quedamos a rezar. ¡No te jode, como para rosarios
andábamos! Lo que hicimos fue asaltar otro portal y consumar dos kikis con final
feliz, para evitar roces de celos. Eso sí, tirados en el puto mármol –que les
dejó el culo helado a mis chicas-, porque el menda ya no sentía las piernas y
conozco mis límites.
Ya más calmados, aunque Pili y Marga no paraban de arrimarme
sus culitos para que se los calentase, nos unimos a la procesión camino de la
plaza de la catedral, tras las pías plegarias. Allí localizamos a nuestros
cofrades, las chicas formaron corrillo para hablar de sus cosas, y los tíos a lo
nuestro, que llevábamos una docena de brindis de retraso y había que ponerse al
día.
-Creíamos que ya no volvíamos a verte el pelo, macho. Las
chicas apostaban a que te rajabas y salías por pies antes de acabar el entierro.
Nosotros apostábamos a que no llegabas vivo a la plaza de la catedral- eso iba
dirigido a mí. -Nos ha salido pichabrava el chaval, ¿eh? A ver lo que le dura el
fuelle- esto último se lo decían el uno al otro, echándome una mirada no sé si
desafiante o compasiva.
-Que os den. ¿Y vosotros, qué, vacilones? Mucho hablar y poco
mojar, ¿no?- contraataqué, entre lingotazo y lingotazo de orujo, que me estaba
quedando tieso de frío.
-Hombre…nosotros armamos bulla, nos exhibimos y tal, pero sin
pasar a mayores. Eso queda para después, en casita, con buena calefacción.
Pero lo peor estaba por llegar.
-Todos los años aparece algún pardillo que se deja liar y
arma la de dios. No veas las panzadas de risa que pasamos los cofrades el resto
del año, recordando las mejores jugadas del partido. Y grabado en video. Este
año la estrella ha sido un madrileño.
No pude soportarlo más. Tendría que haberles pateado el culo
–intentarlo, al menos-, pero me entró tal congoja al pensar que mi careto iba a
aparecer en el Youtube de los cojones –ahora caía en la cuenta de por qué los
dos putones se tapaban la cara con sus foulards de plumas-, que sólo pensé en
escapar de allí cuanto antes.
-Tenemos tu dirección, así que ya te mandaremos una copia.
¡Ja ja ja!
Lo dicho, la Semana Santa no la quiero ni para un par de
polvos por el morro.
Apostillas del autor.
El relato anterior, ni está basado en hechos reales ni se ha
cambiado la identidad de ningún personaje. ¿Para qué?
Lo que no quita para que el Entierro de San Genarín sea una
comedia muy real, que recomiendo encarecidamente a todos aquellos que estén
dispuestos a correrse una buena juega en Jueves Santo.
Vamos, que el año que viene repito.