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Fecha: 08-Jun-09 « Anterior | Siguiente » en Gays (6628 de 6974)

Recogiendo el cuarto de papá (11)

luisfo
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Mi padre quiere recuperar la sensación de ansia por sentirse vivo de nuevo, aunque quizás no sepa que esa sensación le puede devorar. Un sótano, una garrafa de aceite y un adolescente virgen. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

-Nico –me llamó Jacobo asomándose a través de la puerta de nuestro cuarto. Llevaba entre sus manos la pequeña bolsa de la cámara de vídeo que nuestros padres habían comprado hacía un par de años para grabar los bonitos acontecimientos familiares, viajes y demás sucesos-. ¿Está cargada?

Me encogí de hombros sin quitar ojo al monitor del ordenador porque no quería que me mataran. Sí, ya me estaba viciando otra vez.

-¿Para qué la quieres? –pregunté.

-Es para un trabajo del insti.

-¿Un trabajo? –fruncí el ceño?- ¿De qué?

-De… una optativa –soltó sin sonar muy sincero.

-¿Estás seguro? –reí, pues por su tono de voz tan poco convincente le había pillado totalmente-. No, en serio –me giré a mirarlo, pues acababan de acribillarme a balazos-. ¿Para qué es?

Jacobo se quedó de pie, con cara de circunstancia. Pero después suspiró y pareció reaccionar.

-Harry me ha pedido que se la preste para grabar unas cosas. Bueno, me ha dicho que le ayude a grabarlas, pero va a ser que no. Además, he quedado con Cristina.

-Ah –asentí-. Esa es la novia de la que no me has hablado, ¿verdad?

-Venga ya, Nico. No es mi novia –una de mis cejas estaba bastante arqueada-. Bueno, da igual lo que sea. ¿Sabes si la cámara tiene batería?

-Enciéndela y así te enteras –le sugería de forma obvia. Jacobo empezó a manipular la bolsa y a sacar la videocámara para ver si estaba cargada o no. -¿Y qué quiere grabar Harry? ¿Un corto o algo así?

Jacobo comenzó a reírse.

-Algo así –la cámara se iluminó y parecía que si estaba cargada-. Va a grabarse montándoselo con alguien.

-¿Cómo? –abrí los ojos al oír aquello.

-Sí. Dice que quiere colgarlo en una página de estas de vídeos porno, que le da morbo, jajajaja.

Yo también rompí a reír, imaginándome al bajito amigo de mi hermano, con aquella ropa siempre tres tallas más grande y su cara de empanado mental, haciéndose pajas mientras la gente le veía en vídeo follando con…

-¿Y con quién se lo va a montar? –pregunté curioso.

-Pues… me propuso… -mi hermano pareció ruborizarse-. Ya sabes –me indicó llevándose una mano a la altura de la boca y moviéndola adelante y atrás.

-¿Hacerte una mamada? –intenté adivinar.

-Eso –respondió mi hermano-. Pero le dije que pasaba. Que a mí esas cosas. Además, Cristina…

-Cristina –repetí, sonriendo maliciosamente.

-El caso es que después le pidió a Cachu hacerlo.

-¿Cachu? –di un respingo-. ¿Y qué ha respondido?

-Aún no ha respondido nada. Le estoy esperando. Va a venir, pero no cree que haga nada, me ha dicho esta mañana. De todas formas Harry se ha buscado a otro.

Sin razón aparente me sentía un poco más aliviado sabiendo que Cachu no… ¿por qué me sentía aliviado? Al darme cuenta del sentimiento contradictorio que tenía dentro, decidí apartar aquellos pensamientos de mi cabeza.

-¿A quién se ha buscado?

Jacobo se encogió de hombros.

-A lo mejor lo descubro cuando vaya a dejarle la cámara. O tal vez lo descubramos cuando haya colgado el vídeo –sonrió mi hermano-. ¡A ver si llega Cachu, joder! Ya tenía que estar aquí.

-Son las cinco y media –miré el reloj del ordenador, en su esquina inferior derecha-. No tardará.

-Papá salía hoy antes –me informó Jacobo-. No me apetece que sepa que me llevo la cámara. Voy a guardarla en la mochila antes de que llegue. Y si Cachu no viene en cinco minutos…

-Yo voy a estar aquí –dije a mi hermano-. Si viene le digo que te has ido ya a casa de Harry.

-Si es que seguro que se ha echado la siesta y se ha quedado dormido –masculló Jacobo.

-Tú y tus amigos sois muy cerdos –solté a modo de reflexión en voz alta.

Jacobo no contestó en seguida.

-¿Qué tío no es un poco cerdo, Nico? Y más a nuestra edad. Estamos muy salidos –comentó, guardando la cámara en su funda.

-Ya.

-Tú también, cabrón.

-Yo estoy salido lo normal –me medio defendí.

-Tú eres un mandril, cabrón –se acercó Jacobo y me dio una palmada en la cabeza.

Le agarré de las rodillas y tiré de ellas para desestabilizarle y que cayera al suelo. Así ocurrió. Me abalancé sobre él y comencé a forcejear, mientras la cámara había ido a parar a un lado del cuarto.

-¡No empieces, Nico, que me tengo que ir! –me rogó mi hermano.

-Dime: "amo, por favor. Suélteme".

-Ni de coña –dejó mi hermano de defenderse-. Tengo que irme.

-Vale –paré inmediatamente, quitándome de encima de él.

Recogió la videocámara y se dispuso a salir de la habitación, mientras yo me quedé algo pensativo en el suelo, sentado.

-¿Cuándo me vas a presentar a tu… "amiga"? –pregunté algo aturdido ante los pensamientos que de repente surcaban mi cerebro.

-No lo sé. Cuando coincidamos o algo, supongo. ¿Por qué? –dijo Jacobo desde la puerta.

Me encogí de hombros antes de contestar.

-Para ver si está buena o no.

-¡Anda, salido! –sonrió-. Cristina está tremenda, mamón. ¡Me voy! Si viene Cachu le dices que me he ido para casa del Harry.

-Vale –concluí, levantándome del suelo y volviendo a sentarme en la silla, frente al ordenador.

Jacobo guardó la videocámara en su colorida mochila de Quicksilver y salió rápidamente de casa, bajando las escaleras de buena gana mientras sonreía al pensar en la de tonterías que podía llegar a hacer Harry. Llegó a la entrada del portal y salió resulto rumbo a casa de su amigo sin percatarse de que, al fondo de la calle, Cachu miraba su reloj despistado mientras giraba la esquina.

El alto chaval sabía que llegaba tarde, por eso apretó sus largos pasos hasta llegar al portal, pero fue imposible que él y Jacobo se cruzaran, puesto que mi hermano ya había llegado a la plaza y desaparecía igualmente al doblar una esquina. Cachu Volvió a mirar el reloj. Eran las cinco y diecisiete. Se había retrasado casi veinte minutos. Respiró hondo y fue a llamar al telefonillo de casa, pero una voz ronca le detuvo.

-Buenas tardes –le sonrió mi padre, meneando sus llaves de casa arriba y abajo y haciéndolas sonar.

-Hola –tragó saliva Cachu ante aquella inesperada aparición-. Venía a buscar a Jacobo.

-Muy bien –sonrió mi padre, intentando esconder su nerviosismo, puesto que la suerte parecía sonreírle en lo que respectaba al plan que había trazado para recuperar su calzoncillo. Cachu sostenía su bolsa de deporte al hombro, en donde debía guardar su ropa del equipo de baloncesto-. No hace falta que llames. Ya abro yo.

Cachu asintió y le dejó espacio para que introdujera la llave en la cerradura de la pesada puerta del portal y la abriera. Mi padre le hizo una seña para que entrara y Cachu obedeció, caminando hacia el ascensor. El aire allí dentro era fresco en contraste con el de la calle y el chico sintió el cambio de temperatura en sus brazos desnudos. Mi padre llegó hasta él, poniéndose frente a la puerta del ascensor. Cuando éste comenzó a abrir las puertas, el maduro se hinchó de valor y agarró con fuerza el brazo del chaval, que le miró entre aterrorizado e interrogante.

-Antes de subir, acompáñame, que tenemos que tratar un asunto –dijo mi padre serio, tirando de Cachu en dirección a aquellas escaleras del fondo que estaban cerradas por una puerta con rejas. Eran los sótanos.

-No… no… -intentó poner resistencia Cachu, algo asustado-. Jacobo me está esperando y llego tarde.

-Cuando hablemos de ese asunto –insistió mi padre tozudo.

-No… -tironeó Cachu, sin lograr soltarse de la férrea mano de mi padre, que se encaró a él y le habló.

-Tienes algo que me pertenece. Una prenda de ropa que es mía. Acompáñame.

Aquello dejó al chico sin defensa alguna, así que se dejó arrastrar cuando mi padre abrió la cancela de los sótanos, la cerró con llave tras él y llevó a Cachu hasta lo profundo de aquellos sótanos en forma de corredores laberínticos y con puertas de mental a cada lado.

Cuando quisieron llegar a nuestro trastero, Cachu ya iba suelto, siguiendo como un corderito al maduro, que abrió la puerta y encendió la débil bombilla que iluminaba malamente aquel cubículo de cemento, atestado de muebles viejos y cachivaches y con un fuerte olor a humedad.

-Pasa –Cachu obedeció y sintió la puerta cerrarse tras él. Soltó la bolsa y miró a mi padre desconfiado-. No te asustes. Es sólo que éste es el único lugar en el que podemos hablar abiertamente sin que nadie nos moleste. ¿Lo entiendes, no?

-Sí –musitó el chico.

-Bien. Accidentalmente Nicolás me contó lo del calzoncillo que te llevaste. Quiero que me lo devuelvas –exigió mi padre, arrugando un poco su poblado bigote.

-Está bien –cambió Cachu su cara de expectativa por una de desafío. Se agachó, tiró con fuerza de la cremallera de su bolsa de deportes, buscó algo y de allí salió el arrugado slip de mi padre.

-¿Lo llevas encima? –preguntó éste confundido.

-Todo tuyo –se lo lanzó, y mi padre lo cogió al vuelo-. ¿Eso es todo o quieres algo más?

Mi padre miró el calzoncillo, sonrió y luego miró al chico.

-¿Qué has hecho con él? –preguntó, sintiendo un suave cosquilleo en el vientre al articular aquella cuestión.

-Nada. Los dejé dentro de la bolsa.

-¿Y qué hay de aquella sopa que tenías planeada?

Al oír aquello los ojos de Cachu se abrieron como platos.

-Nico, no… él… ¡joder! –exclamó, girándose un momento y dando la espalda a mi padre, pero volviendo de nuevo a ponerse frente a frente para dar una explicación-. Eso fue una broma. ¿Cómo voy a hacer esa guarrada? Soy maricón, pero no soy…

Se le cortaron las palabras al ver que mi padre se había desabrochado el cinturón, se había desabotonado el vaquero y ya tiraba hacia debajo de los pantalones, dejando al aire su paquetón y sus velludas piernas. Cachu no dijo nada. Simplemente se quedó de pie, como un pasmarote, mirando como mi padre se dejaba el pantalón a la altura de los tobillos.

-Acércate –le ordenó. El chico tragó saliva y obedeció-. Más –instó mi padre, hasta que ambos quedaron a un palmo más o menos.

-¿Qué es lo que quieres? –le interrogó Cachu, nervioso. Tan nervioso como lo estaba mi progenitor, que hacía tremendos esfuerzos por ocultarlo y por ocultar la cada vez más notoria semierección que comenzaba a provocarle aquella situación.

-Sólo que te inclines un poco y observes con detenimiento el slip que llevo puesto.

Cachu lo hizo muy lentamente, flexionó las rodillas y se echó hacia delante, examinando de cerca el gordo bulto que ocultaba aquel calzoncillo, que apenas era capaz de contener unos brutales cojones, así como una maraña de pelos duros, largos y negros que se escapaba por fuera de los límites en unas pobladísimas inglés. Al instante un fuerte aroma golpeó la nariz del chaval, detectando igualmente importantes manchas de un profundo amarillo que parecían orina y corridas resecas. Levantó los ojos para interrogar a mi padre con la mirada.

-Ahora mira bien por dentro –comentó, y separando la fina goma de su slip de algodón le enseñó al chico lo que cobijaba la cara interior de la tela.

Cachu soltó el viciado aire de sus pulmones de golpe al tener ante sus ojos aquella profusa y salvaje maraña de pelos negros que parecía inmensa, aquella gorda polla medio dormida y, en la tela del calzoncillo, unas costras amarillentas que le provocaron cierta aprensión. Se incorporó e interrogó de nuevo a mi padre con la mirada.

-¿Qué es lo que quieres? –repitió titubeante.

-¿Qué te parece? –contraatacó mi padre.

-No… yo no…

-Son todos tuyos si los quieres. Te los cambiaré por los que te llevaste si me dices que es lo que hiciste con ellos –negoció el maduro.

Cachu bajó la mirada al suelo y pareció valorar la proposición, después volvió a fijar sus ojos en los de mi padre.

-Me he pajeado oliéndolos y chupándolos –soltó con un tono frío y neutro.

Al oírlo, mi padre se llevó automáticamente la mano a la polla y se la apretó con fuerza, sintiendo que está aumentaba su dureza.

-¿Y te gustó?

-Claro, joder –respondió el chico.

-¿Por qué? –interrogó mi padre, todavía confuso ante aquello.

-Porque me ponen cachondo los calzoncillos usados y… -dudó- sobre todos los de tíos morbosos como tú. Porque se quedan impregnados del olor del culo, de los cojones y de la meada.

Mi padre inhaló sonoramente para intentar relajar el fuerte grado de tensión que sentía en el cuerpo. Después, se movió rápidamente, se sacó el sucio y maloliente slip por los tobillos y lo puso a la altura de la cara de Cachu.

-Son todo tuyos.

Cachu se tomó unos segundos antes de cogerlos. Al apretarlos en su mano sintió el calor que todavía desprendían. Después se lo acercó al rostro e inhaló aquel fuerte y condensado olor. Al soltar el aire no pudo evitar que se le escapara un taco, y volvió a esnifar al instante.

Para entonces el rabo de mi padre apuntaba a la mísera bombilla del sótano-trastero, gorda, venosa y bien tiesa. Se la meneó, tomándola por la base, y la descapulló un poco, haciendo que el pellejo extendiera el precum que desde hacía un rato le brotaba del grueso agujero negro que coronaba su inmenso y amoratado capullazo.

El chaval pareció percatarse del estado en que se encontraba el semental hetero que tenía ante sus ojos y eso le hizo sentir excitado.

-No puedo evitarlo –pareció disculparse mi padre-. No sé qué me pasa pero… -se le atragantó la voz- no me controlo. No lo consigo. Estoy muy… estoy excitadísimo.

-Yo creo que… no… que no deberíamos… -habló con el mismo tono nervioso y entrecortado Cachu.

-¿Pero tú quieres que pase? –le preguntó mi padre rápidamente-. ¿Deseas que ocurra?

-¿El qué? –se hizo el tonto Cachu.

-No lo sé, coño –se enrojeció la cara de mi padre al verse tan a merced de sus estado de ansiedad y excitación-. ¿Qué es lo que quieres hacerme? ¡Vamos! ¡Házmelo ya de una puta vez y acabemos con esto! –los ojos de mi padre parecían inyectados en sangre-. ¡Acaba ya con lo que quiera que esto sea, que me muero, joder! Quiero volver a mi vida tranquila y normal, sin sobresaltos.

Cachu no habló siquiera. Cerró los ojos, se dejó caer de rodillas, agarró con fuerza el cipote que se le entregaba y se lo metió en la boca, soltando un gemido de gusto en el mismo instante en que aquel delicioso, potente, reconcentrado y salado sabor a polla le impregnaba las papilas gustativas. Ese gemido fue el primero de muchos en un vaivén de boca que le llevaba a relamer el pedazo de nabo de mi padre, dejándoselo embadurnado de brillante saliva hasta la base de la polla, en donde las babas quedaban atrapadas como si fueran gotas de denso roció. El trabuco del maduro se enterraba sin piedad en aquella garganta adolescente, provocando que la voz de mi padre sonara ronca con cada gemido, amortiguado por las paredes y la cantidad de trastos almacenados en aquel frío sótano.

Cada varias penetraciones profundas, Cachu tenía que sacarse aquel enorme instrumento de carne para respirar, tomar fuertes bocanadas y volver a lamer, a enterrárselo hasta lo más hondo de la campanilla, a sentir fuertes arcadas ante la rotundidad del cañón que mi padre le entregaba febrilmente.

Ambos se habían desbocado, el que mamaba y el que era mamado. Mi padre agarraba la cabeza de Cachu, cuya melena suelta le servía de asidero. Le cogía del pelo y le follaba la boca a buen ritmo, sintiendo lo que hacía tanto tiempo que mi pobre padre no sentía: una boca húmeda, bien caliente y rebosante de saliva que lubricaba aquel metesaca.

Comenzaba a sudar, a sentirse a demasiadas revoluciones, a jadear como un perro en celo, con aquella boquita de labios rosados dándole un maravilloso placer. Aquel angelito, el amigo de su hijo pequeño, con aquella tez pálida, los mofletes encendidos, comiéndose su gruesa polla. Entonces se la sacó para darse y dar un descanso.

Cachu pareció salir del trance felador en que había entrado. Nunca en su corta experiencia sexual se había comida una polla así de bien hecha. La polla de un tío hecho y derecho y no de otro joven adolescente como él. El olor era diferente, el sabor, la forma en la que le había follado la boca con tanta pasión y lujuria. Estaba extasiado.

Se miraron a los ojos, mi padre había dado un paso atrás, con su polla tomada por la base y la espalda algo arqueada hacia delante. Cachu no se lo pensó, se puso en pie rápidamente, tiró hacia debajo de su pantalón del chándal y del bóxer que llevaba y sacó a pasear su polla, meneándosela también a la vez que daba un par de pasos en dirección a mi padre, que le miró un poco a la expectativa, sin saber qué hacer, sin saber si empujarle hacia abajo para que siguiera chupándosela mientras él tenía su espalda apoyada en la puerta o de si coger aquel rabo largo que ostentaba el chico y meneárselo.

Pero Cachu tenía otras intenciones, pasó un brazo por detrás del cuello de mi padre y se arrimó a besarle en la boca, con lo que el maduro hizo el movimiento de la cobra y retiró la cara, lo que hizo que el chico se llevara un buen corte y le recordara a la situación de algunos días antes conmigo.

-Esto debe ser genético –comentó.

-¿Cómo? –dijo mi padre.

-Lo de no querer dar besos.

-Ya. No es buena idea. No me gusta –se disculpó mi padre.

-¿Te chupo el rabo y no me dejas que te meta la boca? –preguntó Cachu sin entender muy bien aquel reparo.

-Eso es –concedió mi padre.

-Bésame –pidió Cachu- Por favor –rogó esto último.

-¿Por qué?

-Quiero notar tu lengua. Quiero tragarme tu saliva –dijo el chico, pegándose al cuerpo del maduro, polla con polla, con la espalda de mi padre contra la puerta, sintiéndose ambos los muslos desnudos, los rabos, el vientre y el pecho aún cubiertos por las camisetas.

Y entonces mi padre abrió la boca, separó los labios y cerró los ojos, dejando que el adolescente se introdujera con su lengua en su húmeda cavidad inundada de saliva. Ambas lenguas se acariciaron durante un electrizante momento, y entonces unos labios se cerraron contra los otros. Cachu notó el cosquilleó del bigote del maduro, así como su respiración. Las lenguas parecían volverse más y más activas, resonando en mil chisporroteos líquidos, Cachu agarrando la cabeza de mi progenitor con ambas manos para no perder aquel contacto para que las bocas no se separaran. Pero mi padre, cada vez se encontraba más reacio a abandonar aquella dulce boca de suaves labios que se lo comían como nunca antes había experimentado. Aquel morreo parecía infinito, subiendo en intensidad, en jadeos para tomar aire, hasta que mi padre, totalmente arrastrado por la pasión que comenzaba a sentir, plantó sus dos grandes manos en el culo desnudo del chico, lo levantó a pulsó acomodándolo en sus caderas mientras flexionaba las rodillas y Cachu, con sus larguísimas piernas rodeando la cintura del maduro.

A pesar de que el chico le sacaba un buen palmo de altura a mi padre, éste fue capaz de mantenerlo en volandas sin esfuerzo, sin dejar de morrearse. Mi padre le giró y pegó con fuerza la espalda de Cachu contra la puerta, sin abandonar sus lenguas, sin despegarlas. Mi padre aguantaba el peso de Cachu como un campeón, forzando sus bíceps a tope, pero no le importaba, se sentía brutal, sentía como una especie de bestia le salía de dentro.

Separaron sus bocas durante un instante, se miraron intensamente, se dieron algún pico más, se observaron, Cachu con los dedos entre el pelo de la nuca de mi padre.

-Quiero seguir comiéndotela –masculló.

Mi padre acató la orden, pero a su manera. Volvió a girarle, en volandas, y lo llevó hasta el fondo del pequeño cubículo, en donde había un viejo sillón verde de una plaza cubierto por una polvorienta sábana. Sin miramiento, le dejó caer allí, y Cachu, sin perder un instante, se abalanzó a agarrar el pene de mi padre, comiéndoselo con ansia, atragantándose con el grueso pellejo que cubría y descapullaba el enorme y duro glande en el que el chico sentía la tentación de clavar sus dientes sin piedad, llevado por la pasión, para comprobar que aquel robusto macho que tenía frente a él era capaz de aguantar todo, de llegar al límite. Lo hizo, soltó primero un suave mordisco que hizo las delicias de mi padre, que soltó un gemido entre el placer y el dolor. Después Cachu, relamió el lugar en donde había descargado su dentellada, para a los pocos instantes morder de nuevo, esta vez con más dureza, con lo que mi padre le agarró de su melena rubia y tiró de su cabeza hacia atrás, haciendo que expulsase su polla de la boca.

-¿Te gusta morder o qué? –preguntó mi padre.

-Sí –soltó Cachu, llevado por la cachondez.

-Pues como vuelvas a morderme te voy a soltar una hostia –amenazó mi padre.

Cachu sonrió y se volvió a meter el cipote en la boca, succionando con ganas, como si quisiera tragarse la cabeza de aquel chorizo cantimpalo. Cuando mi padre estuvo de nuevo inmerso en un éxtasis de placer, Cachu le soltó otra dentellada, esta vez sin piedad, con lo que mi padre le sacó de golpe la polla de la boca, sujetándosela con ambas manos y mirando al adolescente con ojos desorbitados.

-¡Cabrón! –le insultó.

-Dame más polla –se retorció Cachu en el sitio, como si fuera un vampiro sediento de pollón.

Mi padre sonrió super cachondo, con dolor de estómago y todo de lo que le ardía el vientre. Estaba muy salido, estaba muy ido y cada vez se controlaba menos.

-Ven a por ella –respondió, y Cachu se abalanzó hacia delante, poniéndose a cuatro patas en el suelo. Se hincó el rabo en la garganta y hubo más chupa que te chupa.

Mi padre se inclinó hacia delante, flexionando las rodillas y apretando sus peludos muslos alrededor de la cabeza del chico, dejándosela allí atrapada, empujando sobre sus orejas. Allende la espalda de Cachu mi padre descubrió el blanco culo en pompa que apuntaba hacia la pared del fondo del sótano, en donde estaba apoyado el viejo sillón. Mi padre se inclinó un poco más y soltó un sonoro azote en las blancas nalgas del chaval, que abrió la boca, sin dejar escapar del venoso rabo, y soltó un gemidito de impresión.

-¡Eres malo, cabrón! Te mereces un buen azote.

-Sí –gimió como una puta el chico.

-¿Quieres más?

Una especie de "aha" de afirmación sonó de forma gutural en los apretados labios de Cachu, que mantenía preso en su húmeda boquita el cipotón maduro y chorreante de mi progenitor. Así que éste soltó otro buen azote en la otra nalga, quedándose impresionado ante la rapidez en que estas se ponían rojas. Le soltó tres buenas hostias más que hicieron picar la palma de su mano, y el chico, aunque se había quejado con gemiditos, parecía querer más, pues no se había sacado el pepino de entre los dientes.

-¿Más? –preguntó mi padre, deseoso de que Cachu le dijera que sí. Éste se sacó la polla de la boca y habló.

-Dame todo lo que tú quieras. Un macho como tú se lo merece.

Ante aquellas palabras el nardo de mi padre dio un respingo antes de colarse entre los labios del chico de nuevo, pero por poco tiempo. Mi padre se lo sacó, le obligó a levantarse y le puso a cuatro patas y con el culo en pompa sobre el sofá. De esta manera mi padre tuvo una vista magnífica de aquel culo imberbe, enrojecido y adolescente. Era redondito pero a la vez delgado. Era una delicia. Mi padre se masturbó ante aquella imagen ayudándose de la buena cantidad de babas con que el chaval le había lubricado el instrumento.

Cachu echó la cara hacia detrás para mirarle. Sus ojos brillaban de lujuria, lo que sorprendió a mi padre. El chico se llevó las manos hacia atrás y se separó las nalgas, aunque dejando suficiente hueco como para que mi padre pudiera descargar algún otro azote si así lo deseaba. Pero con esto consiguió separarse la raja del culo y dejar un poco al aire su apretado agujerito.

Mi padre se acercó, manoseó aquellas nalgas muy por encima con la mano que la paja que se estaba marcando le dejaba libre. Eran suaves y mullidas. Separó un poco más la raja y observó con curiosidad el rosado y algo sobresaliente agujero.

-¿Vas a querer follarme? –comentó Cachu casi en un susurro.

-¿Follarte? –se sobresaltó mi padre. Aquello ni siquiera se le había pasado por la cabeza-. ¿Quieres que hagamos el amor?

-No lo sé –dijo el chico, con su cabeza apoyada en el respaldo del sofá-. Sólo si tú quieres. No me han follado nunca.

-¿Eres virgen? –preguntó mi padre, arqueando una ceja.

-Sí –respondió Cachu.

-¿Y crees que es buena idea que yo…?

-No lo sé. Puedo intentarlo. Sé que me va a doler y que tu polla es gorda, pero… creo que me apetece.

Mi padre permaneció serio, observando la cara del chico y después contemplando su culito enrojecido a causa de los azotes que le había dado. Algo se removió en su vientre, quemando y molestando. Era como si le estuvieran entrando ganas de cagar de los propios nervios. ¿Quería follarse a aquel chaval? ¿Quería meter su polla en aquel culo? Aquel chavalito era virgen y quería que él… ¡No! ¡Tal vez fuera demasiado! Además, aquello sería demasiado doloroso y no era necesario que el pobre chico sufriera…

-Vamos, intentémoslo –le animó Cachu-. Aunque no tengo condón. Pero vamos, que tú como eres padre y te conozco yo me fio de ti. Puedes metérmela a pelo.

Mi padre notó un respingo en su cipote. Aquello era demasiado. Sí, demasiado.

-Está bien. Vamos a intentarlo. Pero creo que te va a doler si resulta que nunca lo has hecho.

-Tenemos tiempo y saliva –sonrió Cachu.

Mi padre pensó rápidamente y miró alrededor. Tenía otra cosa mejor que la saliva, porque, justo allí, en un rincón descubrió lo que quería. Ahora sólo necesitaba unos plásticos, que encontró en otro rincón de las estanterías.

-Levanta –le ordenó a Cachu.

De un tirón, mi padre quitó el cojín que hacía de asiento del sofá y lo puso en el suelo, encima colocó uno de los plásticos lleno de gotas de pintura seca y después indicó al chaval que se pusiera allí a cuatro patas. Después alcanzó una garrafa grande que había allí.

-¿Qué es eso? –preguntó el chico.

-Es mejor que la saliva –dijo mi padre, haciendo girar la tapa de la garrafa, que sonó como si se estuviera abriendo por primera vez-. Es aceite de oliva del pueblo de mi mujer –sonrió-. Esto ayudará.

-Sí –sonrió Cachu, volviendo a mirar hacia delante y dejando que mi padre hiciera en su culo en pompa.

-Sepárate el culo, que te voy a echar un poco en el ojete –Cachu obedeció. Y mi padre levantó la garrafa para verter un poco, con tan mala suerte que no midió y le tembló el brazo y un tremendo chorro de aceite cayó en todo el culo del chico así como en su espalda-. ¡Joder! –exclamó mi padre.

Cachu, al notarlo, comenzó a extendérselo con las manos, arrastrando buena cantidad de aceite hasta su agujero, en donde comenzó a introducirse la punta de uno de sus dedos. Mi padre, viendo que el chico se había manchado la camiseta, se la sacó por la cabeza.

-Creo que te he estropeado la camiseta.

-No pasa nada, es vieja –comentó Cachu, a la par que soltaba un jadeo mientras hurgaba en su culo con la punta de su dedo. Mi padre le extendió el aceite derramado sobre la espalda, dejándosela reluciente, con una sensación increíble al deslizarse sus manos de una forma tan sensual-. ¡Qué sensación! –exclamó el chico.

-¿Te gusta? –preguntó mi padre.

-Mucho –jadeó el otro.

Así que mi padre dejó un momento la espalda y comenzó a extender el aceite que chorreaba por las nalgas del chico así como por la parte trasera de los muslos, confluyendo en el culo las cuatro manos, en donde, por arte de magia y de forma casi inconsciente, comenzaron a colarse dedos en aquel cerrado agujero. Sí, estaba realmente cerrado.

-No sé si al final podré –fue realista Cachu-. No pensé que tendría el culo tan cerrado.

-Es normal –comentó mi padre, tranquilizándole-. No pasa absolutamente nada.

-Bueno, pero lo intentamos.

-Sí, lo intentamos –concedió el maduro.

Cachu se giró hacia él, sentándose sobre el frío plástico. El aire comenzaba a tener un enrarecido olor a humedad, muebles viejos, sexo y aceite de oliva. Alcanzó la garrafa entre sus manos.

-¿Qué haces? –preguntó mi padre.

-Lubricarte el rabo –respondió el adolescente.

Mi progenitor se sacó la camiseta que llevaba y dejó su velludo pecho al aire, después se agarró el cipote por la base y animó al chico a que vertiera buena cantidad de aceite. De nuevo, fue demasiada cantidad, acabando con la polla totalmente recubierta de dorado líquido así como haciéndose un buen charco de aceite en plástico que cubría el cojín y el suelo.

-Mi mujer se va a volver loca cuando busque esta garrafa. Tendremos que deshacernos de ella –comentó mi padre.

-Eso quiere decir que podemos utilizarla entera –sonrió Cachu con malicia.

-Si no manchamos… -concedió el maduro-. Son cinco litros. Es mucho.

-No es tanto –continuó con aquella cara de diablo el chaval, y con las mismas, se volcó buena parte del contenido sobre el pecho, mientras mi padre, viendo avecinarse la catástrofe, le desabrochó las deportivas, le sacó los pantalones y los calzoncillos y retiró todo lo que había alrededor, quedándose ambos en pelotas. Bueno, mi padre todavía con sus sudados calcetines tras un duro día de trabajo.

Cachu estaba recubierto de aceite, que comenzó a extenderse, tarea a la que pronto se unió mi padre.

-Te has echado demasiado –comentó el maduro-. Luego a ver como lo quitamos.

-Nos lo comemos –bromeó Cachu.

Mi padre tenía las manos inundadas de aceite a pesar de estar extendiéndolo por todo el cuerpo desnudo del chico, que pronto estuvo embadurnado de pies a cabeza en una especie de brillante segunda piel.

-¡Estás embadurnado pero bien! A ver cómo quitamos esto.

-Siéntate tú –dijo Cachu, haciendo que mi padre se sentara sobre el cojín. Entonces el chico se le abalanzó, sentándose sobre él, cara a cara, pegando sus pechos, y dejando que el rabo duro de mi pare permanecerá apretado contra el de él. Cachu le metió la boca y ambos empezaron a morrearse y a magrearse, perdiendo un poco la consciencia.

Mi padre comenzó a quedar también embadurnado de aceite, quedándosele pegados y apelmazados el vello de su fibrado torso y de su plano vientre, mientras el calor en sus cuerpos iba aumentando ante el roce mutuo de ambos cuerpos. Los movimientos eran lo más irracional que mi padre había sentido nunca e incluso se le había despertado una molesta y febril jaqueca que no le impedía en ningún momento dejarse llevar por las caricias de un cuerpo contra el otro. Definitivamente había atravesado un límite peligroso y ahora mismo se dejaba llevar en una caída libre hacia la lujuria.

Se tumbaron sobre el encharcado y aceitoso plástico todo lo largos que eran, llenándose el pelo de aceite, que chorreaba por cada poro de su piel. Cachu tenía su melena rubia empapada y echada hacia detrás, y la cara refulgía a causa de aquel oro líquido. Sus penes estaban ebrios y les dolían a cada palpitación, estaban henchidos de sangre. A mi padre le dolían y pesaban sus gordos huevos también. Aquel niñato, aquel puto niñato le estaba volviendo loco.

El maduro estaba tumbado boca arriba y Cachu quedó sentado sobre la polla de este, con todo su culo encima. Se llevó las manos atrás, se separó las nalgas y con un dedo busco su agujero para introducirlo. Sintió molestia, pero el aceite surtía un efecto casi mágico. Mi padre, viendo como el chico esgrimía cierta mueca de dolor y se mordía el labio inferior, se incorporó, le sujetó las nalgas separadas y le animó a que se dilatara el culo. Ahora más que nunca sentía la necesidad de llegar al fondo de aquello, de llegar hasta el final para exorcizarse.

-¿Te duele? –le preguntó.

-Un poco, pero allá va el segundo –le informó el chico, que gimió de dolor.

Mi padre, viéndole de esa guisa, decidió atajar directamente.

-¿Y si en vez de intentar prepararte con los dedos te la meto directamente? –preguntó el muy bestia.

-Está bien –aceptó Cachu, caliente a la par que desesperado.

Cambiaron de posición, resbalando en el aceite y moviéndose a cuatro patas como buena mente podían. Cachu se tiró boca abajo, con el torso sobre el cojín del sofá, y mi padre, sin pensárselo dos veces, le separó las piernas, se sujetó el cimbel por la base, y apunto al agujero del culo.

Debido a la cantidad de aceite, su capullo patinó a un lado y a otro varias veces, pero mi padre tenía la determinación de empujar y de entrar allí. Una vez metida un poco la punta todo sería ir despacio y con paciencia. Volvió a apoyar el capullo. Esta vez apuntó bien, de modo que se inclinó hacia delante y apretó, con el rabo duro como una piedra y las venas que lo surcaban a punto de estallarle.

Cachu sintió la presión e intentó relajar el culo para recibir lo que ingenuamente creía que sería como ponerse un supositorio grande. Pero aquel supositorio no era grande, era inmenso, y sólo que entrara la redondeada punta del capullo sería un logro. De modo que a los pocos segundos se encontró con la boca abierta, gimiendo de desagrado y descubriendo que allí no entraba nada.

-Duele un montón –se quejó.

-Pero si aún ni he empezado –comentó mi padre, que algo ansioso, apuntó con dos de sus gruesos y callosos dedos y los introdujo en aquel culo, haciendo que Cachu diera un respingo y chillara un poco antes de morder el cojín y el plástico aceitoso que lo recubría.

-¡Joder! –lloriqueó, sintiendo los dedos removérsele dentro-. ¡Joder! ¡Me duele!

-¿Paro? –preguntó mi padre ingenuo.

-Sí. -Lo hizo al instante, y Cachu se sentó, toqueteándose el agujero, en donde parecía tener un gigantesco hormiguero.

-Así no podremos hacerlo –comentó mi padre.

-Ten paciencia –le dijo Cachu-. Empieza con los dedos pero más poco a poco.

Y tumbado bocarriba, levantó sus largas piernas y las sostuvo en alto, entregando su lubricado y brillante culo imberbe a mi padre, que acariciando con las gruesas yemas de sus dedos aquel apretado esfínter se fue abriendo hueco hasta que de nuevo sus dos dedos se habían clavado hasta la segunda falange. Cachu, llevado por una suerte de morbo atenuado en gran parte por la molestia en su ojete, comenzó a tirarse de su rabo fláccido para intentar darse algún rastro de placer, cosa que en principio le pareció difícil, pero que de repente empezó a sorprenderle. Por alguna extraña razón aquellos dos dedos estaban tocando algún punto en lo más profundo de su ano que comenzó a poner la polla dura.

-Me estoy empalmando solo –masticó entre profusos jadeos-. No sé que me estás haciendo pero me muero… -musitó.

Y mi padre comenzó a escarbar mucho más hondo en aquel agujero, sacaba los dedos, los esparcía por el aceite que encharcaba el plástico y los volvía a meter en el ojete del amigo de su hijo, cada vez más y más dilatado. El cipote largo del chaval estaba a tope y verle así, con las piernas hacia arriba, a mi padre le puso muy cachondo, que hábilmente sacó los dedos y al tiempo empujó para colarle en todo el intestino la gorda cabeza de su polla. Al recibirla Cachu, abrió los ojos, desencajó la mandíbula y grito, sintiéndose romper por dentro, sintiendo todo el peso de mi padre sobre su cuerpo, entre sus piernas, barrenando las paredes de sus entrañas.

El chillido fue estremecedor, acompañado de fuertes jadeos, lloriqueos y empujones para apartar a aquel intruso de encima de él. Pero ya era demasiado tarde. Mi padre se había llevado de una embestida el virgo del chico del que yo empezaba a pillarme.

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