LOS 16 LATIGAZOS (4: Latigazos inesperados)
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segunda parte: http://todorelatos.com/relato/64447/
tercera parte: http://todorelatos.com/relato/64457/
Aquella follada me había dejado de lo más a gusto, a pesar de que a la parte
más racional de mi mente le costase reconocerlo. Durante toda la mañana que
estuvimos en la playa, la mayor parte del tiempo estuve tumbado boca abajo,
principalmente por dos razones. La primera porque en la zona de la toalla justo
debajo de mí había una enorme mancha de líquido preseminal que temía fuera
descubierta por Pilar o por Sonia, estaba incluso seguro de que Antonio sería
capaz de comentar algo sobre ella si yo me levantaba, haciendo que las niñas se
fijasen. No tenía ni idea de cómo iba a justificar aquello, si ni siquiera me
había bañado todavía. La segunda razón era que a pesar de la corrida tan
gloriosa que me había metido, seguía con la polla tiesa y a punto de reventar.
No podía dejar de pensar en lo que había ocurrido, aquel cabrón follaba como los
dioses, y estoy seguro de que él lo sabía.
Por suerte tenía la espalda cubierta por toda la crema protectora que Antonio me
había embadurnado en la primera “parte” de su masaje, pero la zona trasera de
mis piernas, a pesar de tener bastantes pelos, me estaba empezando a escocer por
aquel intenso calor del medio día. Antonio había colocado su enorme toalla
marrón con un bolsillo en una esquina justo a mi lado derecho en cuanto Sonia se
la pasó desde su bolsa. A la derecha de Antonio se había colocado Sonia, y la
derecha de ésta, Pilar. Debía seguir un poco molesta por mi extraña actitud y al
parecer había decidido tumbarse lo más lejos posible de mí. Ellas se estaban
dedicando a seguir poniéndose al día después de tanto tiempo sin verse, y
Antonio se había girado hacia mí y se apoyaba en su codo izquierdo mientras se
fumaba otro cigarro. Mi cabeza reposaba sobre mis brazos cruzados, mirando hacia
las sillas de mis suegros, en dirección opuesta a Antonio.
-Psss…
Antonio me siseó muy suavemente. Hice como si no lo hubiera oído. Me dio un
fuerte puntapié con su pie descalzo en la pierna izquierda. Giré la cabeza y
miré hacia donde él estaba.
-Mira como me tienes –susurró en voz muy baja señalándose hacia el cipote con el
cigarro en su mano derecha, casi le tuve que leer los labios.
Antonio, al igual que yo, seguía con su polla completamente dura, y comenzó a
restregar uno de sus pies contra mi pierna izquierda muy lentamente. Este
contacto hizo que mi polla se retorciera de placer bajo mi cuerpo, y por
supuesto el latigazo de rigor no se hizo esperar.
-Para –supliqué casi en un gemido mirándolo con los ojos muy abiertos. No
quería que además de la mancha de la toalla apareciera otra del mismo tamaño o
aún mayor en mi bañador. Aunque la cruda realidad era que no deseaba que parase.
Lo único que quería era que aquel cabrón volviese a arrancarme el bañador que ya
me estaba molestando y me la clavase hasta el fondo sin ningún tipo de reparo.
Cogió el paquete de tabaco del bolsillo de su bañador y lo abrió delante de mis
ojos con un rápido movimiento.
-Fúmate uno y te dejo tranquilo –dijo entre dientes mientras su cigarro
encendido le colgaba de sus labios entrecerrados.
Alargué la mano para coger uno de sus cigarros pero inmediatamente se lo pensó
mejor. Retiró el paquete de tabaco.
-No. Espera –dijo entrecerrando sus ojos. Sus labios esbozaron aquella sonrisa
maliciosa que yo empezaba a conocer bien.
Sacó un cigarrillo y volvió a guardar el paquete en su bolsillo. Acto seguido se
bajó el elástico del bañador y se agarró la polla hasta dejar medio tronco
fuera, práctica ya habitual en él, para después deslizar el cigarro apagado que
acababa de sacar por el agujero de su cipote, a la vez que con sus dedos meñique
y anular se apretaba la base de la polla justo encima de los huevos y forzaba la
salida de una pequeña cantidad de líquido preseminal, que embadurnó la mayor
parte del cigarro. Naturalmente, se encontraba dando la espalda a las niñas, si
bien Sonia estaba a menos de medio metro de él. Volvió a guardarse el rabo como
el que no quiere la cosa, aunque la tenía tan tiesa que le costó trabajo volver
a acomodársela bajo el bañador.
-Ahora sí – y acercándome el cigarro, me lo colocó en los labios completamente
lleno de líquido preseminal. Tres latigazos, uno detrás de otro, me saludaron
desde mis partes pudendas mientras Antonio me acercaba el mechero y lo encendía.
Si bien era verdad que yo no fumaba habitualmente, y nunca delante de Pilar,
sobre todo si quería pillar cacho, no era menos cierto que a veces nos echábamos
unos cigarros con los colegas, incluso había llegado a fumarme unos porros en
alguna ocasión, así que no me puse a toser como un pipiolo con la primera
calada. Antonio pareció satisfecho de ver cómo aquel no-fumador se tragaba el
humo aguantando el tipo, y guardando el mechero dentro del paquete de tabaco se
dio un pequeño magreo en la polla por encima del bañador.
-Te tengo preparada la mejor semana de tu vida –me susurró con una sonrisa.
No contesté pero le di una larga calada al cigarro, observando cómo las manchas
de precum iban secándose y desapareciendo a medida que el papel se consumía y
sintiendo un nuevo calambrazo que me recorrió el cipote de arriba abajo.
-Eres un hijo de puta –le dije en voz baja recalcando cada palabra mientras
expulsaba el humo mezclado con el semen evaporado de aquel cabronazo.
-Ya lo sé – y diciendo esto me dio un cachete en el culo antes de girarse hacia
la derecha.
-Amor –le dijo a Sonia con voz melosa.
-Dime –Sonia reía por alguna tontería que mi novia le contaba. Volvió la cara
hacia Antonio.
-¿Qué vamos a hacer, vamos a comer en casa no? Si lo hubiéramos sabido habríamos
traído algún bocata.
-Vale. ¿Vosotros vais a comer aquí? –preguntó Sonia a Pilar
-Hemos traído unos sandwiches, si queréis podemos compartir –contestó
-De eso nada –dijo Sonia- Nosotros comemos pronto y nos venimos en cuanto
podamos.
-¿Os esperan para comer? –preguntó mi novia
Sonia miró a Antonio fugazmente, como dudando si contestar o no. Luego dirigió
una rápida mirada hacia donde estaban los padres de Pilar. Finalmente miró a
Pilar y contestó bajando un poco la voz, como si Ana y Andrés pudieran oírla
desde aquella distancia.
-Los padres de Antonio no han venido. Estamos nosotros solos. No te dije nada
por teléfono porque no sabía si tu madre podría estar escuchándolo.
Pilar la miró sorprendida al principio, luego sonrió con picardía. A mí aquella
información me dio una punzada en el estómago. Me había puesto celoso, muy a mi
pesar. Aquella puta iba a tener al cabronazo de Antonio para ella sola durante
una semana en una casa que, conociendo el lujazo con el que habían montado los
padres de Antonio su chalet, tenía que ser la ostia. Un polvo en cada
habitación, una mamada en el jacuzzi y una buena enculada a cuatro patas en la
cama de sus padres. Y vuelta a empezar. Estos pensamientos me sorprendieron a mí
mismo y mi polla rebotó entre el bañador y la toalla. No quería tener semejantes
ideas rondando por mi cabeza, aunque mi ‘yo’ más racional estaba quedando cada
vez más sepultado por mi ‘yo’ más animal, mis instintos más básicos y
lascivos.
Durante la cena en casa de Pilar lo pasé bastante mal. Principalmente debido
a las quemaduras que tenía en las piernas a causa del sol. Además me encontraba
en un estado de erección continuo desde la follada de la mañana, y tuve que
colocarme dos pares de gayumbos para disimularlo.
Nos habíamos pasado el día entero en la playa y habíamos comido un par de
bocatas. Antonio y Sonia se habían ido sobre las tres, y no habían vuelto en
toda la tarde. Supuse que efectivamente, tras la comida les habría entrado el
gusanillo y se habrían puesto a follar como monos en celo.
-¿Te ocurre algo Juan? –el padre de Pilar me miró preocupado
-No no, Andrés, gracias. Es que creo que me ha dado demasiado el sol
-¿No te has puesto una gorra o algo en la cabeza?
-Ehmm… No.
-Al menos te habrás refrescado la nuca y el pelo de vez en cuando ¿no? –la madre
de Pilar intervino en la conversación con su gesto torcido.
-No se ha bañado en todo el día –dijo Pilar, visiblemente molesta- Yo no sé qué
le pasa hoy a este niño. Se ha tirado todo el día tumbado en la toalla casi sin
hablar.
-Que no mujer, no me pasa nada. El primer día de playa siempre acabo así.
La madre de Pilar miró a su hija. Estaba claro que no le apetecía seguir con
aquella conversación y cambió de tema.
-Entonces dices que tu amiga Sonia está aquí, ¿con su novio?
-Sí.
-¿Lo conocemos?
-No creo, sólo llevan saliendo tres o cuatro semanas –Pilar pareció arrepentirse
justo después de haber pronunciado estas palabras. Su madre agrió su gesto.
-Y sus padres la dejan –afirmó Ana, más que preguntar.
-Eso parece.
-Mañana me gustaría ir a su casa a saludar a los padres de ese chico –concluyó
Ana mientras comenzaba a recoger platos- ¿Qué edad tiene?
Pilar me miró preocupada.
-Dieciocho
-Un poquito mayor para Sonia ¿no?
-Mamá, la diferencia es mínima.
-¿Tú cuantos tienes Juan? –Ana me miró inquisitivamente
-Uy mamá –Pilar cambió rápidamente el rumbo de la conversación- No sé yo si
podrás ir a ver a sus padres. Están un poco liados, por lo visto han aprovechado
para hacer algunas reformas en la casa y está todo lleno de albañiles para
arriba y para abajo. Ya se lo comentaré yo a Antonio a ver qué me dice.
Pilar había salido del paso como mejor había podido, y se levantó para ayudar a
su madre a recoger la mesa. Andrés me miró.
-Voy a preparar unos tés helados y te vas a tomar uno, eso te va a sentar
fenomenal para esa pequeña insolación que has pillado.
Agradecí el gesto con una sonrisa y un ligero movimiento de cabeza. Aquel tío me
empezaba a caer bien, sobre todo comparado con la cabrona y estirada de su
mujer. Media hora más tarde estaba tumbado en la cama en calzoncillos con
aquellas sábanas limpias, frescas y agradables rozándome la piel ardiente y
llena de bálsamo solar y entrando poco a poco en un profundo sopor.
Desperté con una extraña sensación en las muñecas. Era completamente de noche
aunque por la ventana abierta entraba el intenso resplandor de las farolas de la
urbanización, iluminando la habitación suavemente. Una brisa fresca movía las
cortinas a medio abrir. Tenía los brazos por encima de la cabeza y lo primero
que pensé fue en cómo coño me había podido quedar dormido en aquella posición.
Intenté bajarlos pero no pude, y una extraña sensación de pánico me recorrió de
arriba abajo. Abrí más los ojos y vi que me había girado en la cama, tenía los
pies en el lugar de la almohada y la cabeza en la parte de los pies. Cada vez
estaba más despierto y aterrado, tiré fuertemente de mis manos hacia abajo pero
comprendí que las tenía fuertemente sujetas, con no sé qué, y a no sé dónde,
pero eso sí, sujetas a mala leche. Mientras más tiraba más daño me hacía, y
aquella sensación de miedo e indefensión me lanzó un latigazo directo al cipote,
que para entonces estaba duro como una roca y luchando por salirse del
calzoncillo.
-Ya te has despertado –un susurro me llegó desde atrás. Lo primero que pensé fue
que el hijo de puta de Antonio se había colado de alguna forma en la casa y que
aquello se trataba de alguno de sus jueguecitos, el cabrón no tenía límites,
pensé, y por primera vez su desequilibrada personalidad me asustó de verdad.
Noté un golpe en la mejilla derecha y un intenso olor a polla atravesó mi nariz
como una bofetada. Mi rabo se convulsionó y se abrió paso por sí mismo a través
del elástico del slip. Otro golpe en la otra mejilla. Eran golpes suaves pero
contundentes. De nuevo una oleada de aquel jugoso olor a miembro viril en su
pleno apogeo. Rápidamente comprendí que me estaban pegando pollazos en la cara.
Otro más, esta vez acompañado de un gran reguero de líquido preseminal que cruzó
mis labios y mi ojo derecho, quedando suspendido entre mis pestañas.
-Llevo todo el día queriendo hacerte esto ¿sabes? Vuestra escenita de la playa
me ha puesto más cachondo que un mandril.
Otro vergajazo en la cara. Y el correspondiente latigazo en mi polla, que a
estas alturas estaba tan dura que dolía, y brillaba a la tenue luz soltando un
reguero de precum que se escurría hacia la cama por mi abdomen.
-Veo que se te ha puesto dura –la voz continuó, con aquel tono de contenida
excitación. Tumbado boca arriba pude ver un cuerpo que se inclinaba sobre mí
desde detrás, apoyaba su mano izquierda en el colchón junto a mi cadera y con su
otra mano me agarraba el cipote con fuerza, pajeándolo de arriba abajo un par de
veces. La polla de aquel tío quedaba ahora justo encima de mi cara, y no sé si
fue debido a la cercanía o a la tenue luz que no iluminaba por completo la
escena, pero me pareció la tranca más descomunal que había visto en mi vida,
aunque casi al instante pensé que en realidad no había visto muchas pollas. Al
menos no en aquel estado puro de erección. De hecho sólo la mía y la de Antonio.
Bueno y las de las pelis porno pero aquellas no contaban.
Una gota de líquido preseminal colgaba hacia mi cara desde aquel pedazo de
pollón semi descapullado, y estuve tentado de sacar la lengua y hacerme con ella
de tan excitado que estaba, pero la cautela y el miedo me mantuvieron a la
expectación. Mi mente bullía con rapidez, sus palabras me habían indicado
prácticamente quién era mi agresor, pero no quería aceptarlo. No podía
aceptarlo.
-Sí. La tienes dura cabrón. Uff. La tienes a punto…
Volvió a cogerla y a menearla un poco más, para justo después agarrar mis
gayumbos por la parte delantera, y tirar con fuerza de ellos. Un ruido de tela
desgarrada acompañó al dolor que el elástico rompiéndose en mi piel quemada me
provocaba. Nuevo latigazo en mi polla.
-Uff… sí, joder, la tienes a punto de reventar –dijo ahora un poco más alto y
con un tono de excitación cada vez mayor. Esta vez identifiqué sin ninguna duda
la voz de Andrés. Mi suegro me estaba haciendo un pajote del quince mientras su
cipote se movía de un lado a otro con arrogancia sobre mi cara.
-No he dejado de pensar en este momento desde que os vi follando esta mañana en
la playa.
Mi cara de sorpresa hizo que Andrés riese en voz baja.
-¿Te pensabas que soy gilipollas? ¿O que soy ciego? Me las he visto y deseado
para ocultar vuestra escenita a mi mujer pero ha merecido la pena. No he podido
cascármela en todo el día, me has dejado con la polla tiesa toda la puta tarde.
No sabía qué decir. Así que no dije nada, seguí expectante y cada vez más
cachondo, observando aquel bamboleante capullazo delante de mis narices.
Andrés seguía hablando, con una creciente excitación.
-No pensaba hacer nada, tan sólo pajearme hasta reventar esta semana. No quiero
problemas ¿sabes? Supuse que estando en el curso de mi hija tendrías su misma
edad. Pero esta noche antes de la cena hablando con Pilar a solas me he enterado
que perdiste dos cursos hace unos años. Eres tan adulto como yo a todos los
efectos.
Se había inclinado un poco más y su polla rozaba ahora mis labios, extendiendo
todo el precum por mi barbilla.
-Joder, menuda polla gastas chaval –siguió pajeándome con determinación- Siento
mucho lo del somnífero. Y esto también –dijo agarrando mis muñecas atadas- Pero
si no quieres que esto ocurra, tan sólo dímelo ahora y saldré de aquí cagando
leches.
Su sentido común se había impuesto sobre su instinto animal, y sentí pena por
él. Por toda respuesta saqué mi lengua y comencé a pasearla a todo lo largo del
troncazo de su hinchada polla como pude, desde la incomodidad de mi postura.
Andrés soltó un gemido de placer que fue lo bastante fuerte para despertar a su
mujer en la habitación de al lado. Mi lengüetazo le había pillado completamente
desprevenido.
-Aggghh… joder, chaval, avísame antes si no quieres que te llene la cara de
leche.
No se había corrido pero había estado a punto. Su estado de excitación era tan
grande que iba a serle muy difícil mantener llenos sus cojones durante mucho más
tiempo. Se inclinó sobre mi polla y se la metió de una sentada hasta la
campanilla, poniendo ambas manos extendidas sobre el colchón a ambos lados de
mis caderas. Mi cuerpo se convulsionó con fuerza. Al mismo tiempo había
conseguido colocarse de tal forma que su polla empezaba a entrar en mi boca sin
yo poder hacer nada por evitarlo, aunque no lo hubiera hecho de todas formas,
quería sentir todo su hinchado cipote taladrando mis boca, sus prominentes
venazas surcando mis labios y su abundante precum a lo largo de toda mi lengua.
Continuamos aquel sesenta y nueve improvisado durante cinco minutos más en los
que creí correrme en un par de ocasiones, pero por suerte Andrés debió notarlo y
dejó su mamada. Me dejó allí tumbado durante un instante sin decir nada, supuse
que estaba contemplando mi cuerpo excitado e indefenso, a su total merced,
mientras se pajeaba unos segundos antes de rodear la cama y subirse a ella,
colocándose frente a mí, mirándome con avidez. Era la primera vez que veía su
cara aquella madrugada, se había pasado detrás de mí todo nuestro encuentro, y
por fin había decidido que ya era hora de que mi apretado culo recibiera su
dosis de pollazo maduro. A sus casi cuarenta años Andrés era un tío corpulento y
tenía un cuerpo admirable para su edad. No es que yo fuera delgado precisamente,
con mis setenta y cinco kilos bien repartidos tenía un cuerpo del que me
enorgullecía, pero Andrés podía llegar a los noventa, si bien, tan solo se le
veía una ligera prominencia en su barriga, la típica curva del hombre casado.
Curva que por otra parte me puso bastante más calentorro de lo que ya estaba.
Agarró con su manaza izquierda mis tobillos quemados por el sol y los subió de
un tirón hacia arriba, para justo después agarrarse el manubrio con la derecha
desde su base y pegarme unos pollazos bien fuertes en la entrada de mi esfínter,
que vibró involuntariamente con este contacto. Levanté la cabeza como pude desde
mi posición para observar el espectáculo, aunque mis piernas levantadas y unidas
por su mano desde los tobillos me dificultaban toda visión, pero al levantar la
vista y ver su anillo de matrimonio en la mano que me sujetaba los pies en el
aire, mi polla dio su mayor latigazo hasta el momento, y Andrés lo notó.
-Estás muy salido chaval. No te irás a correr todavía ¿no? Queda mucha noche por
delante.
No pude responder de lo excitado que me tenía aquel pedazo de cabrón así que
únicamente solté un gemido desde el fondo de mi garganta. Andrés debió
interpretar esto como un sí, o quizás fue la señal que esperaba de mí para
llegar hasta el fondo del asunto, por lo que sin previo aviso clavó su cipote en
mi interior hasta que sus peludos cojones rebotaron en mis nalgas. Mi mente se
puso completamente en blanco pero me dio tiempo a pensar que aquel hijo de puta
me había partido en dos sin compasión alguna. Aquella estocada me había dolido
como si me hubieran atravesado con un hierro al rojo vivo, mucho más que la
primera vez que Antonio desvirgó mi cerrado agujero aquel lejano martes de mayo.
-¡¡Agghhh!! –grité sin poder contener mi voz, aunque Andrés rápidamente soltó
mis tobillos dejándolos caer en sus hombros y puso su manaza en mi boca.
-¡Shhhh! Chaval, ¿estás tonto? ¿Quieres que nos oigan o qué? –se había quedado
quieto con su vergajo en mi interior, el cual intentaba acomodarse a las paredes
de mi culo no sin provocarme aquel intenso dolor que me quemaba y sacudía mi
polla de placer al mismo tiempo. Dos lágrimas caían de mis ojos provocadas por
aquella incómoda sensación que me impulsaba a apretar mi esfínter
inconscientemente, empeorando así el dolor que sentía. Andrés debió notar los
apretones en la base de su polla porque cerró los ojos con fuerza y arqueó hacia
atrás su espalda, mientras mordía su labio inferior. El hijo de puta estaba en
éxtasis total. Y yo sabía que también lo estaría de un momento a otro, en cuanto
mi culo se acostumbrara a aquella tranca venosa y palpitante.
-¡MMMmmgggg! –susurró Andrés sin abrir los labios- Chaval deja de hacer eso que
vas a conseguir que me corra.
Su espalda seguía arqueada hacia atrás , había soltado mi boca, y sus manos
estaban ahora sobre el empeine de mis pies, que seguían sobre sus hombros. Los
acariciaba, metía sus dedos entre los dedos de mis pies, apretaba el arco con
sus pulgares, se acercaba uno de ellos a su cara y restregaba su cerrada barba
de todo el día por la planta, haciendo que nuevos calambrazos surcaran mi
cipote, empezando en mis huevos y acabando en la punta de mi hinchado capullo.
Introducía el dedo gordo en su boca y lo chupaba con fruición, mientras con los
ojos me miraba fijamente, para después pasar al otro pie y continuar con el
mismo juego. Su enorme polla seguía quieta en mi interior, haciéndose sitio,
acomodándose, esperando impaciente el momento de comenzar sus violentas
embestidas.
Cuando Andrés estimó que mi esfínter estaba lo suficientemente dilatado como
para volver a sacar su cipote sin temor a causarme más dolor del necesario,
retiró lentamente sus caderas hacia atrás hasta dejar en mi interior únicamente
la cabeza. Me echó un rápido vistazo a los ojos para comprobar cómo lo estaba
llevando, y cuando vio que mi gesto se estaba transformando en una mueca de
placer difícil de describir con palabras, arremetió de nuevo hacia mí con más
fuerza antes hasta que de nuevo oí el inconfundible chasqueo de sus pelotas
contra mi culo abierto. Ahora empezaba a disfrutar e intenté mover mis caderas
hacia Andrés para hacérselo entender, lo cual no fue difícil, ya que al segundo
siguiente comenzó a encularme de una forma tan bestial y salvaje que pensé que
destrozaría mi culo con sus potentes embestidas, por no hablar del armazón de
madera de la cama que crujía bajo nuestros cuerpos sudorosos. En esto estábamos
cuando de repente oímos en el silencio de la noche, sólo rasgado hasta ahora por
nuestros susurros, gemidos, y aquel crepitar del somier, una voz aguda que
hablaba en un tono de voz bastante audible desde la habitación en que Andrés me
daba por el culo sin compasión.
-¿Andrés?
El padre de Pilar se quedó paralizado y apretó sus caderas contra mi culo como
si quisiera fundirse con él, clavando su polla hasta lo más profundo de mis
entrañas. Yo abrí los ojos incrédulo, y miré a Andrés con cara de pánico, su
frente estaba perlada de gotas, chorreones de sudor le caían desde el cuello y a
través de los pelos de su pecho, sorteando el camino hasta la misma base de su
cipote. Sin un solo movimiento más, Andrés comenzó a eyacular en mi interior.
Volvió a arquear su espalda y sujetó con fuerza los empeines de mis pies en sus
hombros mientras cerraba sus ojos y hacía una mueca de placer con su boca
desencajada, mientras yo notaba aquel fluir caliente, acompañado de
contracciones de su polla en mi interior. Nuevo latigazo, y una placentera
sensación que comenzó a vibrar en la base de mis cojones, como un escalofrío,
para ascender lentamente desde la base del cipote, y seguir su camino hasta la
punta, regalándome una variedad de sensaciones hasta ahora desconocidas para mí.
Seguí sin correrme cinco segundos más que me parecieron minutos, disfrutando con
los ojos cerrados de aquella nueva sensación en mis pelotas que ascendía lenta
pero inexorablemente hasta la punta de la polla, y entonces me corrí como nunca
antes en mi vida lo había hecho. Di gracias al cielo por seguir teniendo mis
manos anudadas y no poder tocarme el rabo, porque hubiera estropeado aquella
sensación que seguía comprimiendo mis cojones y mi polla mientras soltaba toda
la leche que había podido acumular desde la corrida de la mañana. Seguí
eyaculando unos segundos más hasta que por fin mi polla cayó hacia un lado,
saciada pero extenuada de aquella sesión de sexo que el cabrón me Andrés me
había regalado por la cara.
Andrés sacó su polla de mi culo justo cuando notó que había vaciado todo lo que
había que vaciar, agarró mis pies con ambas manos y los empujó hacia la derecha,
e inclinándose sobre mí desanudó las ataduras de mis manos mientras me daba un
breve beso en los labios.
-¿Andrés? – su mujer volvió a llamar desde su habitación, esta vez más alto y
con mayor insistencia.
Andrés miró hacia la puerta de nuestra habitación como esperando que se abriera
de repente, y de nuevo volvió su cabeza hacia mí y me plantó otro beso, esta vez
llegando con su lengua hasta mi campanilla. Después se levantó corriendo y cogió
su calzoncillo arrugado del suelo, se lo colocó y abrió el dormitorio con
cautela, asomando la cabeza y mirando a ambos lados. Se aseguró de que no había
nadie y salió al pasillo cerrando la puerta de mi dormitorio tras de sí.
Pasé mi mano por mi abdomen restregando todo mi semen y embadurné con el mis
pezones, pensativo, mientras mi polla volvía a responder a este roce
positivamente. Justo después pasé mis dedos por mi esfínter y noté la espesa
corrida de Andrés pugnando por salir de mi interior, parte de la cual ya
chorreaba hacia aquellas sábanas tan frescas y limpias hacía unas horas. Me
levanté corriendo apretando el culo mientras acercaba mis dedos a mi nariz y
olía la corrida de mi suegro, para después introducirla en mi boca y paladear su
salado sabor. Otro latigazo. Corrí hacia el cuarto de baño que había dentro de
mi habitación y me dispuse a hacerme el pajote de mi vida antes de dormir
mientras expulsaba todo aquel esperma de mi interior. No hay nada como una paja
en condiciones para conciliar el sueño, pensé. La semana no había hecho nada más
que empezar.