EL JUEGO -2ª PARTE
Tienes poco más de treinta y dos años. Tu estatura es
mediana, ni muy alto ni muy bajo. Ojos claros, una discreta barbita y un cuerpo
que se conserva en su punto de delgadez, ligeramente marcado pero sin llegar –ni
mucho a menos- a poder tildarse de musculoso. La música clásica es tu pasión y
tienes un gusto especial para vestir y para desenvolverte en la vida. No eres
tímido, pero sí discreto. En lo sexual ya tienes suficientemente claro –desde
hace bastante tiempo- que un cuerpo de hombre te pone más que el de una mujer.
Sobre todo si el hombre es maduro. Siempre te gustaron los mayores que tú, y
nunca te atrajeron los jóvenes. Esto último está a punto de cambiar, pero no lo
sabes todavía.
Ahora estás completamente acojonado. Lo que en un principio
te ha parecido que era un error de la policía, ya te está oliendo a cuerno
quemado. Sabes muy bien que la coca que han encontrado introducida en tu recto,
ha sido una trampa de los polis para detenerte y llevarte hasta el lugar donde
te encuentras ahora. Desconoces los motivos que les han inducido a un truco tan
grosero.
Todavía te duele la garganta por la follada de boca que te ha
dado el poli barrigudo y sesentón. El ano también, tras la revisión tan
exhaustiva que te han hecho para sacar la droga. Y las pelotas... las tienes
oprimidas por el miedo cerval que sientes a lo desconocido.
El caserón está oculto tras una espesa arboleda. Alrededor,
por lo menos hasta donde tu vista puede distinguir, una enorme extensión de
viñedos se pierde en la lejanía. Hay dos edificios: uno, el más grande, que sin
duda es un hogar familiar. El otro, que en su día serían caballerizas, es hacia
donde se dirigen los vehículos.
La vieja puerta se abre silenciosamente. Los goznes están muy
bien engrasados y la madera, perfectamente pulimentada, brilla con los últimos
rayos del sol poniente. Apenas cruzáis el umbral, el portalón vuelve a cerrarse.
Miras de reojo y quedas asombrado de la belleza del adolescente que está
terminando de pasar los grandes pestillos. Lleva la cabeza totalmente rapada,
excepto una coleta trenzada que pende de su nuca como una larga cola de caballo.
Una cola blanca, casi tan blanca como la piel de su cuerpo semi desnudo. En el
cuello, un collar de pinchos, de los utilizados para los perros, le dan un
aspecto siniestro, como de personaje de pesadilla. Los ojos del muchachito
albino, rojos como la sangre, acentúan esa impresión cuando se cruzan con los
tuyos.
Un violento empujón hace que des un traspiés, mientras una
voz seca te espeta:
¡Deja de cotillear y sigue andando, imbécil!
Agachando la cabeza, notando un escalofrío que te eriza hasta
el último vello del cuerpo, comienzas a bajar los escalones del sótano que se
abre a tus pies.
Tanteas cada escalón antes de apoyar el pie en él, intentando
sujetarte –hasta con las uñas - en las paredes viscosas.. La oscuridad es casi
total y todo está muy resbaladizo. Desde abajo asciende un tufo a humedad, a
detritus, a cosas repugnantes que no quieres ni imaginarte. Tienes la sensación
de estar descendiendo al inframundo, y no te extrañaría encontrarte, de repente,
en el Infierno de Dante.
En la garganta, reseca, tienes atravesado algo que te
molesta. Intentas tirarlo, pero solo consigues que te salga un gargajo con
regusto a semen del viejo policía. Debes admitir que tienes un miedo cerval a lo
que te espera. Miedo, entre otras cosas, porque NO SABES lo que te espera.
Alguien, tras de ti, comienza a empujarte en cuanto has
llegado al final de la escalera. Abren una puerta metálica que tiene una mirilla
y una especie de buzón en la parte de abajo. Un último y salvaje empujón y caes
al suelo de bruces, en el centro de la celda en la que- según parece- te van a
encerrar.
Una luz difusa, cuya procedencia desconoces, ilumina apenas
el habitáculo extraño, casi mínimo, en el que estás ahora.. .Es un cuadrado
formado por tres paredes de piedra (chorreantes de humedad) y una cuarta que
tiene el aspecto de ser de cristal. Un cristal negro y grueso, totalmente opaco.
En el suelo, un viejo colchón roto por mil sitios, y por cuyos abundantes
agujeros salen muelles oxidados. Curiosamente, sus formas te recuerdan rizados
vellos púbicos.
Alguien entra de repente. Son los dos guardias civiles – o lo
que sean- gemelos, que ya viste en el exterior. Sin mediar palabra te arrancan
la ropa dejándote totalmente desnudo. A pesar de los pesares debes admitir que
son dos animales sexuales.
Llevan botas altas y relucientes, con pantalones que se ciñen
a las piernas y a los muslos como la piel de una serpiente. En ambos casos, las
pollas quedan expuestas a través de la tela, dejando ver cada relieve, cada
vena...Son la encarnación de un dibujo de Tom de Finlandia. Les miras los
rostros: mandíbula cuadrada, nariz recta, bigotito fino, ojos
acerados...¡Rostros idénticos!
Se largan tal y como han llegado, dejándote en el suelo un
cuenco de lo que parece que es sopa. Te da grima el mirarla, porque tiene
consistencia lechosa con unas manchas azules que flotan en la superficie.
Apartas el cuenco a un rincón, porque no tienes ninguna intención de tomar su
contenido. Pero pasan las horas y tu cuerpo se revela. Ya hace demasiadas horas
que tomaste algo de alimento. Lo último que recibió tu estómago fueron los
chorros de lefa que eyaculó el Sargento en tu boca.
Oyes ruido fuera. Temes que te castiguen si no has tomado la
sopa, y, por otra parte, tus tripas están ya sonando demasiado. Finalmente
sujetas el tazón con manos temblorosas y lo vacías en unos cuantos sorbos. En
realidad está sabroso, exceptuando un ligero regusto a medicina. Durante unos
segundos piensas que te han envenenado, pero pronto la lógica te dice que para
matarte de esa forma no se habrían tomado la molestia de traerte hasta aquí.
Se abre la puerta de nuevo y un bulto es empujado hacia ti.
Alguien, todo brazos y piernas, se queja cuando su cabeza choca contra la tuya.
Debe estar tan muerto de miedo como tú, porque da un chillido de pavor al darse
cuenta de que eres un hombre. Un hombre desnudo. Tan desnudo como lo está el
mismo.
Lleva tal cantidad de suciedad encima que, al principio, no
te das cuenta de que es un muchacho muy joven. La cara tiznada, el pelo al cero,
churretes por todos los sitios. Sus ojos, grandes y extraños, de un color
verdoso que no te atreves a calificar, te miran con aprensión, como esperando un
golpe por tu parte de un momento a otro. Se retira contra una de las paredes,
con los brazos en posición de defenderse el rostro, vigilando cada uno de tus
movimientos. El cuerpo, tan aterido como el tuyo, tiembla de frio y de pánico.
Sientes lástima por él. Todavía debe estar en la
adolescencia, pero su mirada delata un dolor profundo, como de alguien cuya vida
ha sido de todo menos placentera.
Cada vez hace más frio. Incluso el vaho de vuestro aliento
empieza a condensarse. Pronto comenzáis un concierto de castañuelas con vuestros
dientes. Piensas que os podéis dar calor mutuamente, que deberíais poneros
juntos encima del colchón.
Ven aquí conmigo, muchacho. Si estamos juntos
pasaremos menos frio.
Nnno –su voz tiembla tanto como su cuerpo.
¿Tienes miedo de mí? ¿Por qué? ¡Yo también estoy
encerrado, así que vamos en el mismo barco!
No me lo creo. Quieres engañarme. Y ya me han
engañado suficiente.
Pero…¿qué temes? ¡Yo no voy a hacerte nada!
¿No? –su mirada es dura, sombreada por unas largas
pestañas que, jurarías, están teñidas de de ritmel- Entonces…¿porqué
llevas "eso" así?
No le has entendido. Tiene que señalarte el bajo vientre y
darte cuenta de la tremenda erección que hace de tu pene una barra de hierro.
Quedas estupefacto mirando tu propia polla. ¿Cómo puede ser? Ni por las
circunstancias- tan penosas- ni siquiera por la presencia del chico (a ti no te
gustan los jovencitos, sino los maduros) es lógico lo que te ocurre.
Oye, chico, te juro que no sé ni siquiera porqué la
llevo dura. ¡Si ni siquiera me gustas!
Vale…muchas gracias –no sabes si reír o llorar,
porque en el tono del chico parece que notas como que se ha molestado
con tu afirmación.
Ufffffff. Bueno, perdona, lo que quiero decir es que…
Nada, nada. Está claro que no te gusto.
Pues la verdad es que no –al final tienes que
soltarlo-¡a mí no me gustan tan tiernos, sino maduritos! – te estás
escuchando y no puedes creer que estés manteniendo este tipo de
conversación en estas circunstancias. Finalmente, el muchacho se
convence de que no está en peligro contigo y se acerca hasta el colchón.
Le haces sitio. Primero os tumbáis espalda contra espalda, buscando el
calor de la piel ajena. Poco a poco os dais la vuelta hasta acabar
abrazados, temblorosos, con unos tiritones que os dejan el vello de
punta y la piel de gallina. Tu sexo sigue erecto, pero parece que al
chico no le molesta. Tiene sus piernas entrelazadas con las tuyas,
vientre contra vientre, falo contra falo, pecho contra pecho. Finalmente
entráis en calor. El muchacho te da la espalda y tú lo abrazas desde
atrás, sin atreverte a tocar su cuerpo más de lo imprescindible. Sus
nalgas, duras y jóvenes, parecen buscar en mitad de su sueño la dureza
de tu verga. Te embarga una sensación grata, cálida. Y, sin darte
cuenta, poco a poco, te duermes.
Despiertas de repente, helado de frio una vez más. El chico
no está. Ha desaparecido de entre tus brazos. Seguramente se lo han llevado hace
un rato, porque su lugar en el colchón está frio. Ni siquiera tienes el consuelo
de su compañía. Incluso te das cuenta de que no os habéis dicho vuestros
respectivos nombres. Tienes que levantarte y hacer unas cuantas flexiones en el
suelo, porque sino temes volverte loco. Notas un susurro a tu espalda y alguien
te toma de los brazos y de las piernas, llevándote en volandas-desnudo como
estás-no sabes dónde.
Un largo pasillo, una puerta metálica…y un calor agobiante.
Pronto te encuentras encadenado a unos maderos en forma de aspa. En la boca te
han introducido una pelota de goma, sujetándola después con una tira de cuero.
No puedes casi respirar. Intentas liberarte moviendo la cabeza a ambos lados.
Quieres gritar y no puedes. Tu falo, sin motivo alguno, sigue totalmente erecto.
Oyes un tintineo a tu lado. Miras y te sorprende la visión
del adolescente que viste la tarde anterior, el mismo que abrió la puerta cuando
te trajeron.
Lleva la cabeza totalmente rapada, excepto una coleta
trenzada que pende de su nuca como una larga cola de caballo. Una cola blanca,
casi tan blanca como la piel de su cuerpo semidesnudo. En el cuello, un collar
de pinchos, de los utilizados para los perros, le confieren un aspecto
siniestro, como de personaje de pesadilla. Sus ojos son rojos como la sangre.
Sin lugar a dudas es un albino.
No te dirige la palabra. Desde un rincón de la habitación
lleva hasta dónde estás tú un carrito en el que tintinean diversos objetos de
metal. Es un sonido que te produce escalofríos. Y muy pronto se verán
confirmados tus temores.
Con manos expertas coloca en tus pezones un par de pinzas
metálicas de las que penden unos hilos. Respingas al notar el dolor, pero no
puedes hacer nada para evitarlo. Luego ata en tus testículos una lazada de la
que penden unas pesas de metal. Los tendones de la garganta se te hinchan con el
aullido que no llegas a proferir. Miras directamente a la cara a tu torturador.
Los ojos rojos, las cejas y las pestañas casi inexistentes de puro descoloridas,
la piel casi transparente y de una albura insana…Pero lo que más te aterroriza
es la sonrisa que curva unos labios que podrían ser hermosos… si no tuviesen un
rictus tan cruel.
Una hora después, la piel de tu cuerpo es como un mapa
repleto de dibujos ensangrentados. Uno a uno, el adolescente albino va retirando
los instrumentos con los que te ha torturado sin misericordia alguna. Antes de
desaparecer de tu vista, se arrodilla un instante ante ti y lame con fruición la
sangre que gotea por tus ingles. Sus dientes blanquísimos mordisquean la punta
de tu verga, produciéndote la última y definitiva tortura. Sientes el semen
rebullir en tus doloridos testículos, pero en el último instante aparta la boca
de tu falo, y , lanzando una seca carcajada te deja con la polla latiendo con el
ansia de descargar.
Durante largo rato no aparece nadie. El sudor y la sangre se
secan sobre tu cuerpo formando una costra. Finalmente aparecen los guardias
gemelos. La visión de tu cuerpo torturado parece excitarles. Sin mediar palabra,
tras descolgarte de la cruz, te enculan por turnos hasta que eyaculan sobre tu
espalda, esparciendo el esperma sobre tu piel sajada. Luego te llevan a
trompicones hasta la celda helada. Te dejan caer como un saco de patatas sobre
el colchón y se marchan. No puedes moverte. Notas una presencia a tu lado y
entreabres ligeramente los ojos. Una voz conocida te habla bajito:
¿Te han hecho daño? –y sin esperar contestación,
apenas en un susurro, te confiesa- A mí me han violado.
A mí también.
¿Quiénes son? ¿Por qué nos tienen aquí? ¡Yo quiero
volver a mi casa!- un sollozo seco se rompe en la garganta adolescente.
No lo sé, chico, no lo sé- intentas moverte y haces
un gesto de dolor. Las heridas son superficiales y carecen de peligro,
pero están resecas y sucias.
¿Quieres que te limpie? –su ofrecimiento te
enternece.
Gracias, pero…no tienes nada con qué hacerlo.
Espera y verás.
A los pocos instantes notas la calidez de su lengua
lamiéndote los hombros. Poco a poco, como un animal que limpia a otro animal, la
boca del muchacho se afana en limpiar tus heridas, suavizándolas y haciéndolas
más soportables. Entras en un estado de laxitud muy agradable. Sobre tu cuerpo,
mientras lame tu bajo vientre, tu nuevo amigo también queda dormido.
Una luz cegadora os despierta de sopetón. El cristal negro se
ha transformado en una pared totalmente transparente. Ahora podéis ver lo que
hay al otro lado. Es un espacio de forma triangular, en cuyo centro hay un
jacuzzi burbujeante rodeado de mesitas bajas repletas de comida. Dentro del
agua, limpiándose el uno al otro, están un hombre de mediana edad y un
adolescente que lanza miradas hambrientas a la comida. Ambos están tan sucios
como lo estáis tú y el chico que está contigo. Poco a poco desaparece la roña de
los rostros. El muchachito suplica algo al adulto. El hombre parece dudar. Se
nota que está sufriendo lo indecible. Finalmente el niño se abraza fuertemente
al torso desnudo del hombre e intenta darle un beso en la boca. El agua de la
bañera desaparece por el sumidero, con lo que quedan los dos cuerpos desnudos
expuestos a vuestra vista. El muchacho manipula el pene del maduro, lo masturba,
se baja para iniciar una felación hasta conseguir la dureza plena. Entonces,
cabalgando el cuerpo del mayor, se ensarta así mismo y no deja de moverse hasta
que los gruesos testículos quedan pegados al agujero de su ano. Durante unos
minutos el hombre sodomiza al muchacho: mejor dicho, el muchacho se autosodomiza
utilizando la verga del otro. Los ojos del hombre están cuajados de lágrimas. El
chico, retorciendo su cuerpo hasta quedar de espaldas al hombre, tiende la mano
para coger un puñado de fresas de una bandeja de plata. Vuelve la cabeza y dice
un par de palabras a su compañero de fornicación, y, cuando este vuelve a
empujar su vientre velludo contra sus nalgas lampiñas, considera que tiene
derecho –por fin- a alimentarse. Sus ojos se dirigen-sin vernos-hacia donde
estamos nosotros tras el cristal. La pulpa roja de las fresas chorrea por sus
labios. Su mirada salta de una bandeja a otra, queriendo tomar de todo un poco.
Tras él, como ganando el derecho a que puedan comer, el maduro sigue follándolo.
Y entonces escuchas una exclamación de tu compañero de celda que musita atónito:
¡Pero…si ese chico es…! ¡Es Rubén Garcilópez, mi
compañero de colegio!
¿Le conoces? –tu pregunta no es contestada, ni
siquiera escuchada, porque la siguiente frase todavía es más extraña:
Y…el hombre…ese hombre es…¡el señor Garcilópez, su
padre!