Esta es la continuación de la historia de Marcelo, Camilo, Danilo y Dillon.
De nuevo la advertencia: esta es esencialmente una historia de sexo homosexual
entre púberes. Marcelo va a juicio... si no tiene edad legal para leer este tipo
de relatos, o es ilegal en su localidad, no siga adelante. Otra advertencia, si
no le agradan las relaciones homosexuales no lo lea tampoco.
Noviembre es mes de las primeras frutas en Chile, es casi el término de la
primavera y los frutos ya están listos, se les llama "primores". Igualmente los
primeros animales que han parido en primavera están ya gordos pero aún tiernos y
sabrosos, con la grasa justa. Todo el campo bulle de vida y en un país que crece
rápidamente, los productos del campo adquieren gran calidad. De ser un país
monoproductor Chile había cambiado su economía diversificando productos y la
fruta y otros que hacían del último país del mundo, una de las economías de más
rápido crecimiento de Latinoamérica. La modorra campesina sudamericana en Chile
se había despejado y los chilenos estaban obteniendo espacios en mercados
internacionales con vinos, frutas y productos del mar. Los campos eran
ordenados, eficientes y los resultados eran aceptados en todo el mundo como
altamente competitivos, capaces de emprender luchas en los mercados del vino,
las frutas, además de la minería. Faltaba el salto tecnológico, pero parecía que
no faltaba mucho para eso. Los que hasta hace veinte años atrás era un desierto,
hoy los cultivos se empinaban por laderas que superaban los cuarenta y cinco
grados de inclinación, por valles generosos, estrechos, soleados y con
temperaturas estables.
Al mediodía llegamos todos excepto los Mahoney. Trataré de ser objetivo,
aunque cuesta. Había personas que iban a mi tierra. Al vernos pasar, saludaban
agitando los brazos, muchas personas. Danilo fue el primero en notarlo, yo iba
distraído con Yío que iba con una maña espantosa de llevar la cabeza fuera de
las ventanas del auto.
— Hey, gringo, ¡mira!...
Había personas en el camino. Un poco más adelante iba un carro tirado con
caballos y en medio, el árbol que yo había elegido, hace una semana atrás.
— Papá, detente, por favor... — Papá se detuvo, delante del carro. Me bajé,
fui a ver el carro tirado por un vehículo. Iba el artesano llevando el árbol,
cortado en dos a lo largo. Me pareció inmenso el corte ahora.
— DON Marcelo, ¡su tabla!— me gritó el artesano — ¡pensé que le gustaría
escribir el nombre de su parcela delante de todos!— No fui capaz de articular
nada, sólo miré el enorme tablón, de color rojo, con las raíces y las ramas
salientes, sugeridas en el tronco donde nacían los extremos, unos ochenta
centímetros de ancho, tres metros y medio de largo y diez centímetros de grueso.
Varias personas se arremolinaron en torno al tosco vehículo. El artesano me
estiró la mano para subirme al carro. Entendí que escoltaban al árbol. Le di la
mano y de un tirón me subió a la carreta. Papá miraba extrañado. Noté que el
artesano le hacía un gesto a papá para que siguiera. Empezamos a rodar en el
carro, las personas nos siguieron. El entusiasmo se hacía cada vez mayor, al
final, en el campo, había unas cien personas, las áreas que se plantarían con
maíz estaban devastadas, las habían arado y el aroma de tierra húmeda y fértil
inundaba el aire. Los sacos de semilla (¡tantos!) ya estaban allí y un tipo con
casco amarillo, frente a un teodolito, daba instrucciones a otras personas que,
armados con palas, alisaban la tierra. Un tractor dibujaba las líneas en donde
iría la simiente.
Romero estaba esperándonos, cuando llegué en el carro del árbol. Muchas
personas de aplaudieron. Me sentí abochornado, me puse colorado como un tomate.
Papá, mamá, los Pino Martínez, Christine y Denton, Camilo y Danilo, más la
pequeña figurita del fauno Dillon estaban allí. Llegué serio y ruborizado.
Sentí aplausos, gritos con mi nombre, no estaba entendiendo nada. Unas
personas me ayudaron a bajar, necesitaba refugio y el único lugar del planeta
que se me ocurrió eran los brazos de mi papá, corrí a él, y me metí bajo su
cobijo.
Todos estábamos asombrados. Las personas hicieron un corro y llegaron unos
campesinos vestidos con las típicas vestimentas de guasos, los vaqueros
chilenos, empezaron a cantar, EN MI HONOR.
Un hombre grande, enorme en verdad, gordo, se acercó a mamá y le entregó un
ramo de flores silvestres, a papá le dieron una enorme jarra de chicha cocida
(que se maduraba desde septiembre). Desapareció entre la multitud y volvió a los
pocos minutos con un cerdo pelado, limpio, el que me ofreció, pidiendo que lo
aceptara, en nombre de todos. Olvidándome de mi camisa se lo acepté, tomé al
cerdo en mis brazos, casi se me cae. Agradecí.
Bebimos todos, la chicha fue repartida entre todos, había mucha más, dejaron
armado un fuego y el hombre gordo puso el cerdo al fuego, se fueron retirando
todos, saludé, junto a papá, a unas noventa personas. Mis dos hectáreas de
tierra, eran toda una promisión, no podía entenderlo, hasta que alguien me dijo,
"agua, DON Marcelo, usted tiene agua..." Antes que nadie dijera nada, es decir,
"permiso" se hicieron alo menos 10 fogatas con leña que venía de MI tierra, lo
menos que se me ocurrió fue reclamar. [¡No podía ser tan huevón ahora!...]
Romero fue el último en saludarme, y me lo confirmó, "tienes agua, muchacho,
maíz se da en cualquier lado, pero tienes agua, y de esa no hay en cualquier
parte."
— ¿Agua? — Dije en voz alta.
— Si hijo, agua, estas personas y sus cultivos dependen del agua y tú tienes
agua. "You are the lord of the land with water..."
[Eres el Señor de la Tierra con agua…], Romero pronunció en perfecto inglés.
Mahoney y su esposa aparecieron con una camioneta enorme, una casa rodante
con todo dentro, la señora Mahoney no soportaba los bichos de una carpa, de modo
que vinieron en un trailer con una cas completa.
El cerdo se terminaba de asar. Y todos los demás asados, quizás veinte o más.
Los brindis eran copiosos, me empecé a sentir muy contento. Comimos todos y
empezaron a bromear con lo de Lord of the land, Dillon a comer fue el
primero de todos, arrancó una enorme cantidad de lomo, se la comió sin servicio,
sólo con las manos, Danilo lo siguió y arrancó pedazos de pierna, costillas,
carne de los pechos, lomo.
La chicha iba desapareciendo a velocidad de la luz y Mahoney se empinaba vaso
tras vaso, varias botellas de vino se iban quedando vacías, hasta que Mahoney,
borracho como nadie, manifestó su odio contra los comunistas y contra los
islámicos "hijos de puta", como veterano de la Guerra del golfo papá lo
entendió, lo llevaron a la Van, se despidió de todos, y lo metieron a la cama
con gran bochorno de Dillon y su mamá. Tanilo Pino cantaba canciones de su
época, mamá tarareaba sus canciones, mientras roía pedazos de carne del cerdo,
Camilo y Danilo prepararon mi café con canela, y yo hice té con vainilla para
todos. Estaba muy satisfecho, había gente agradecida de mí, y el té les había
gustado a todos. Se acercó un hombre muy joven, me dijo respetuosamente que
deseaba hablar conmigo, me dio susto
"Marcelo, soy el padre Urzúa, soy el párroco de la comunidad, deseo
agradecerle su disposición y los favores que ha concedido a estas personas" miré
a mis papás, entendieron que yo estaba quedando totalmente en pampa, es decir,
sin nada que decir ni hacer, así mis protectores naturales se acercaron.
"Mis papás, padre, Mónica de Quiroga, y Robert Walsh… papás, este señor es el
sacerdote de la comunidad, desea conversar conmigo acerca de… este… padre,
¿puede decir a mis papás lo que me dijo?"
"Señores, deseaba agradecer a Marcelo su disposición para con esta comunidad,
no hay ejemplo más grande de solidaridad que la que nos ha dado Marcelo, y eso
es sólo por una bendición natural de dios…"
En definitiva, escuchamos un largo discurso del que sólo mamá se hacía parte,
papá un anglicano sólo nominal y yo un agnóstico, poco o nada podíamos replicar,
finalmente mamá se quedó con el sacerdote católico, y papá y yo nos alejamos
discretamente, mirándonos como cómplices que huyen de la policía disimulando.
A las cinco de la tarde, papá se tomaba un whiskey con los pies desnudos en
el agua del arroyo, mamá estaba más allá con Christ, Natalia y Yío, haciendo un
fuego con ramas secas para hervir agua y tomar café con canela hecho
"naturalmente". Camilo, algo demasiado contento, armaba las carpas, Dillon y
Danilo discutían acerca de música, y yo alejado de todo, veía como terminaban
las faenas de alisar la tierra y ordenaban las mangueras que llevarían el agua a
los cultivos. La bomba que había regalado llegaría la semana entrante.
La esposa de don Tanilo hizo comida para todos, comimos en la van de los
Mahoney, todos insistieron en que hiciera más té, los helados que trajimos de
postre eran un desastre y sólo don Tanilo comió el acuoso preparado.
Quedaba un último trámite, el árbol cortado a la mitad, con sus ramas y
raíces cortadas a la mitad. Esa era la última ceremonia que se llevaría a cabo.
Muy a mi pesar.
El artesano convocó a todos, se hizo una liturgia que me incomodó, pero en
fin, ya estábamos.
"Amigos, quizás resulte extraño que hagamos un homenaje ahora a lo que hará
el joven Marcelo, pero todos sabemos porqué nos hacemos parte, Giorgio y
Giovanni Giordano fueron personas que en esta comunidad tuvieron una destacada y
noble actividad social. Todos nosotros, incluso yo, recibimos ayuda médica y
solidaria en otros aspectos de Giorgio y Giovanni, sentimos la muerte de
Giovanni como un miembro de la comunidad, dios bendiga a ese joven y demos
gracias al creador que tenemos personas que continúan con esa práctica.
Ahora entendía todo esta multitud, venían a homenajear a los Giordano y de
alguna manera esa madera era un símbolo.
Se usaron las luces de los autos para iluminar el que yo escribiera. Tomé el
pincel, una brocha en verdad, escribí con trazos decididos, manuscrito:
"Villa Giovanni"
"In lovely Memory"
Más abajo, "Marcelo Walsh". Al día siguiente vendría el artesano a
llevárselo para labrar mi caligrafía.
Nos fuimos acostando, entre papá y Don Tanilo habían "bajado" la botella de
whiskey completamente. Mariah y Nat se fueron a su carpa, Yío con ellas, a
despecho de mamá. Christine y Denton se fueron muy lejos internándose en el
bosque cercano al arroyo, nadie le dijo nada, necesitaban su privacidad. Mahoney
cantaba canciones de los 90. Dillon, Camilo y Danilo se fueron a una carpa
dejándome lugar mientras yo me fumaba un cigarrillo. Sentí cantar a los lejos,
me levanté, fui a ver a los protagonistas de las canciones de "The Queen". Papá
y don Tanilo, ambos en calzoncillos, en medio del arroyo, se tiraban agua como
chiquillos, riendo y gritando "Who wants to live for ever" del gran Freddie
Mercury. La señora Martínez y la Señora de Quiroga, a la luz de una luna llena
se reían acarcajadas de sus esposos. Bebían champaña, quizás algo borrachas. Me
reí y sentí que mi campo, era un lugar en que las personas podían
sentirse felices. Mi tierra sería de alegría. Se lo debía Giordano, a Gio y
Giorgio, me puse melancólico, el italiano de mierda podía ser odioso, pero
demostró al final que era una gran persona. Danilo apareció a mi lado, nos
abrazamos y lo lloramos juntos. Danilo se fue a la carpa, triste y desalentado.
Jamás se despegaría de las emociones que le producía el recuerdo de Giovanni
Giordano.
Armé un cigarrillo de marihuana. Me lo fumé sólo. Me despegué de la tierra.
Sentí que alguien me lo quitaba de la boca, papá daba una calada profunda y
larga, no me lo devolvió. ¡Se lo fumó todo el muy maldito! Me tomó en brazos y
me llevó a la carpa, — son las doce hijo, ya es "mañana"— Mi miró sujetándome en
sus brazos.
Adoraba a este hombre, intenté besarlo en los labios, me los mordió
rechazando mi beso. — ¡No Marcelo!, duerme bien— Y me lanzó dentro de la carpa
de los chicos.
No más caí dentro, cuando Camilo y Dillon se me vinieron encima, me
desnudaron, me pusieron el piyama y me acomodaron en medio de de ellos,
disputaron algo con el juego de Tijeras, Piedra y Papel, eso fue por dos veces
hasta que desempataron, parece que fue Camilo el ganador, se hizo de mi poto
agarrándome ambas mejillas de mi trasero, Dillon se agarró de mi pene, entre
ambos me estrecharon haciéndose de mis partes más privadas. Dillon parecía tener
una ventaja, me besó y su lengua entró en mi boca, la succioné, luego la de
Camilo; sintiéndome manoseado por todas partes, me bajaron los pantalones del
piyama hasta la rodillas, me penetraron ambos tapándome la boca con sus
respetivos penes erectos, para ahogar mis gemidos de orgasmo, Camilo primero,
acabé en la boca de ambos, sabía como chupaban ambos, Dillon fue el primero en
tragarse mis jugos, luego Camilo. (¡Maricas, no me dejaron entrar a ninguno de
ellos!). Danilo parecía dormir en la carpa aledaña.
Danilo apareció por la carpa en silencio, diciendo que se daba el derecho a
asistir a la "fiestecita", pidió que lo besáramos, cada uno de nosotros lo besó,
cuando me di cuenta que Danilo no quería terminar el beso con Dillon, los
detuve. Dillon se me vino encima, me besó, se puso sobre mí, su pene contra el
mío. Camilo y Danilo se pusieron a mis lados. Ambos estiraron sus manos hasta el
trasero de Dillon y lo abrieron.
— Mis mun-tha-nas son de Mur-sah-low... por fah-vor... quizás más adelante, y
Dillon les abrió la puerta a los hermanos, al menos estaban invitados a la
fiesta del poto de Dillon, pero no aún.
Los hermanos entendieron, soltaron el trasero de Dillon, pero agarraron el
mío... nos dormimos todos.
Dillon había marcado territorio, sobre mí y sobre él. Su poto era mío
***
¡A las seis de la mañana! había unas personas dando instrucciones finales de
algo, nos levantamos y fuimos todos a ver el inicio de la siembra veraniega, un
maíz tardío y por tanto de maduración en que los acopios de maíz se reducían y
subían los precios. Nunca me imaginé que fuera tan complicado y requiriera tanto
rigor, usualmente lo hacía una máquina, pero esta vez lo hacían a mano, sólo
eran dos hectáreas, unas personas extendieron una huincha métrica, y cada 24
centímetros ponían una semilla, me explicaron que la norma era a 25 centímetros,
pero si ganaban un centímetro por hilera podían poner 100 matas más por hilera.
El señor Romero podía ser mañoso y un poco cínico, pero sabía cómo hacer
producir la tierra.
***
Papá me sacó de allí y caminamos conversando de esto y de lo otro.
— ¿Marc?... ¿cuáles eran los árboles que quería encerrar para que "no se
arrancaran"? — me dijo con sorna.
Lo miré con cara de enojo disimulado.
— No, en serio, ¿dónde planificabas hacer el criadero de esos animales?
Lo miré un poco incrédulo. Le señalé que mi idea era hacer un encierro, muy
alto, que cubriera hasta las copas de los árboles, y dentro poner ocho planteles
de reproducción, es decir ocho machos y 32 hembras, treinta animales de dos
razas, mongol y dorado. Me explayé acerca de los inicios, di detalles de
alimentación, y otros de tipo técnico. Me había aprendido los detalles y soñaba
con esta idea.
— Veamos, si yo financio las mallas y toda la estructura metálica que las
soportará, que son dos millones de pesos, (y no 800 mil pesos como calculaste)
¿Qué podrías comprar tu?
Mi cara se iluminó como la mañana. Papá estaba creyendo en mi proyecto y se
estaba involucrando en él. Pensé, — Mmmm, si me dejas que el dinero del arriendo
de la tierra y nuestra parte del maíz, o parte de él, vaya a dar a la compra de
los planteles, esa será mi primera parte, luego iría arreglando para pagarte lo
que hayas invertido, ya sea con los pájaros o con más siembras de maíz.
Me estiró la mano estrechándomela. — Negocio, hijo—
Me bailaba el corazón — Oh, hay un pequeño problema, Don Marcelo... —
— No te burles, no soy DON, soy Marcelo y para ti, tu hijo Marc... — dije
agriamente — ¿qué problema? —
— ¿Quién verá los pájaros?, digo, ¿cuidarlos?, ¿dejarles comida?, ¿ver como
progresan?, ¿vacunas?, ¿despicado?, ¿parásitos?,
Me pilló absolutamente de sorpresa. Lo miré alarmado, había pensado en todo,
excepto en personas que vieran los animales. Guardé silencio, si saber qué
contestarle. Sentí que entraba tanta agua al bote, que se hundía rápidamente.
Empleados. Yo no podía pagar empleados, y papá parece que me dejaba la solución
a mí.
Tener empleados significaba contratos, leyes, imposiciones, salud,
previsión... el mundo de aves se empezó a derrumbar a mi lado con un plumerío
caedizo y con olor a fracaso antes de poner el primer palo de mis gallineros
gigantes. Estuve el resto de la jornada cabizbajo y pensativo, no había ninguna
idea que se me ocurriera. Papá me estaba dando lecciones muy duras. Y yo estaba
aprendiendo muy rápido.
***
El lunes debía presentarme a la tres de la tarde en un tribunal para dar
inicio al juicio por robo con intimidación, de que fueron víctimas la señora
Mahoney y Dillon. La cosa se había complicado mucho. Estaban citados todos los
involucrados, Dillon y su madre. Los chicos se habían declarado culpables de lo
que se les acusaba, eran menores de edad y sólo uno de ellos presentaba
antecedentes penales. El otro no, era su primera vez (que lo sorprendían, pensé
para mí). Su abogado, procurado por el Estado de Chile, había negociado con
ellos que se admitieran culpables pero a su vez había presentado una querella en
mi contra por violencia excesiva y lesiones graves: los había atacado con un
vehículo, había golpeado a uno rompiéndole los dientes con graves consecuencias
físicas y "menoscabo moral". Todas estas cosas me las dijo una fiscal joven,
pero muy severa, de ser un protector de los desvalidos me había transformado en
acusado; el abogado de papá le había advertido de esta situación y hasta ahora
se había manejado con recato para no asustarme, la verdad es que sentirme
acusado de esos actos, me tenían aterrado. Pedían que se pagara una
indemnización ridícula, 200 millones de pesos cada uno. O se enfrentaría un
juicio, largo, prolongado, difícil...
Los chicos me miraban satisfechos y con abierta hostilidad. La jueza y la
fiscal pidieron que narrara los hechos en mi versión, lo que era totalmente
irregular, debía ser por escrito y no oral. O al menos debía ratificar mi
versión. La jueza no lo permitió y ordenó que se llevara adelante mi narración.
Miré a papá. Luego a los dos abogados que nos representaban, al fin y al cabo yo
era menor de edad. Y básicamente el imputado era mi tutor legal quien se hacía
responsable de mí, de mis conductas y mis actos. Pobre papá, debía soportar a su
hijo y se me hizo presente aquello que me dijera hace ya tantos miles de años:
"Problemas de niños chicos son problemas chicos, problemas de niños grandes, son
problemas grandes…"
Narré los hechos, tal como lo había vivido yo. Nadie me interrumpió. Al
término de mi narración, la fiscal me preguntó ¿Por qué razón estaba allí
Marcelo?
— Fui a comprar chicles, señorita— dije. Comprendí que quería enredarme en mi
declaración.
— No habían chicles cerca de su colegio?
— No señorita, por eso fui a la plaza San Enrique…
— ¿A qué velocidad de su motocicleta dice usted que agredió al joven?
— A no más de 60 kilómetros por hora, señorita.
Después de varias preguntas, la fiscal estaba un poco frustrada, no lograba
hacerme caer en contradicciones. Algunas de sus preguntas fueron insidiosas,
aludió al dinero que manejaba mi familia, y aún a "ciertas tendencias singulares
del joven Marcelo".
El abogado reparó en la abierta alusión a mi homosexualidad. Se dirigió a la
jueza. — Solicito la remoción inmediata de la alusión de la Fiscal, Su Señoría,
aquí se discute acerca de la culpabilidad de agresión desmedida de mi cliente al
defender a dos personas de ser acuchilladas por esas personas de ahí— dijo
mirando con desprecio a los dos chicos— y no acerca de su vida personal. Además,
me permito señalar que el joven Arturo Ruiz, uno de los ya culpables, tiene
antecedentes de practicar la prostitución y de inducir a otros menores a las
mismas prácticas ilegales — Vi que el mayor de ellos se ruborizaba y se removía
incómodamente en su asiento.
— Retiro la pregunta— dijo bruscamente la fiscal, pero el daño ya estaba
hecho, aunque claramente disminuido por los antecedentes que tenía mi abogado.
La jueza se dirigió a mi padre. — Señor Walsh, o su representante, deben
declarar si aceptan o no la indemnización que piden los culpables, que reduzco a
25 millone de pesos a cada uno... Ustedes deberán salir a conferenciar, si no
aceptan, este tribunal formalizará al ciudadano Marcelo Roberto Walsh de Quiroga
por agresión con violencia innecesaria en perjuicio de los ciudadanos Arturo
Moisés Ruiz Ruiz y Daniel José Ruiz Delgado.
Me indigné. Me puse de pie intespectivamente, para alarma evidente de mi
abogado. — Señora Jueza, con todo respeto solicito se me escuche... — mi abogado
saltó de inmediato — cállese Marcelo... retirémonos a conversar — Señora Jueza,
por favor, solicito respetuosamente al tribunal, no considere este incidente, mi
cliente es muy joven...
La jueza golpeó con su martillo. — ¡Silencio y orden...!, ¡siéntese joven
Marcelo!, el tribunal no considerará su actitud... como dice su abogado, usted
es muy joven, así lo entiendo, — suavizando la voz continuó — y me permito
recomendarle encarecida y cordialmente que le haga caso; queda bajo arresto
domiciliario, cada tres días deberá ir a firmar a la tenencia de Lo Barnechea—.
Dio otro golpe... —la sesión continúa en 10 días más a las 15 horas— Se levantó
para salir de la sala al tiempo que se quitaba los lentes. Seguí de pie, mi ira
era cada vez mayor y estaba a punto de estallar.
— Señora jueza... — Un guardia se acercó a mí amenazadoramente. La mujer se
dio vuelta, se puso los lentes.
La jueza dijo con paciencia y enojo— Señor abogado,… colega,… su cliente
desea hablar, tiene ese derecho, sin embargo, joven Marcelo, — esta vez se
dirigió a mí — quiero que sepa ¡Y entienda esto!: su declaración es tan válida
como las respuestas que dio, y serán consideradas una opinión, pero, no por eso
de menos peso al momento de emitir sentencia... lo escuchamos, ¿adelante!— Mi
abogado se sentó derrotado por mi contumacia, sacudió la cabeza, esto era
desacato abierto al tribunal, y la jueza estaba dejando que me enredara más y
más
Empecé mi discurso tenía mucho susto, pero la ira se estaba apoderando de mí
con una irreductible fuerza — Señora Jueza, el tribunal no me ha pedido que dé
disculpas y ¡no pido disculpas a esas personas!, — me dirigí a los muchachos —
Arturo y Daniel, señora jueza los agredí porque ellos agredían a personas que
conocía, e igual hubiera reaccionado si no hubiera conocido a las personas
atacadas por ellos —tragué saliva entrecortando mi discurso haciéndome parecer
algo rídículo— no quiero pedir disculpas ni pagar ese dinero, porque hacerlo
sería admitir una responsabilidad que no quiero asumir, ni tengo por qué.
Desconozco las leyes, tengo sólo catorce años, pero si sé que uno tiene deberes
y derechos, aquí y en todo el mundo, uno de los deberes es no hacer daño a otras
personas, ni dejar que otros hagan daño a la gente, y uno de los derechos es el
de la defensa, la defensa propia, el no permitir que te dañen ni dañen a los que
conoces o quieres. Se me podrá juzgar y sentenciar por agresión, pero una
agresión impedía que uno de esos chicos me diera una puñalada. Y el defenderse
es un derecho al que no se debe ni se puede renunciar. Si la ley de MI país me
quita ese derecho, entonces esto no funciona, ¿debí haber dejado que esos chicos
robaran y violara a mi amigo, y acuchillara a su madre? No sé usted señora
jueza, pero yo sí, yo me siento con el derecho de defenderme, tal como una presa
debe y puede defenderse su depredador... y si en ese empeño daño a mis
agresores, es lamentable, pero son los resultados de los actos que provocan los
depredadores… y esos chicos, son depredadores…
La jueza me miró de hito en hito.
— No hay jurisprudencia acerca de eso, joven Marcelo, usted tiene el derecho
a defender a las personas, pero no es eso lo que se juzga, es la forma e que
usted lo hizo... la ley no es un instrumento que se tome en las manos propias,
Marcelo. Según estos ‘chicos’, como usted los llama, usted los golpeó con
violencia excesiva, atropelló a uno, rompió los dientes del otro, y aún le luxó
gravemente el brazo, esos son efectivamente actos violentos Marcelo, así lo
entiendo yo y el médico que los atendió, usted no defendió a esas personas,
agredió a unos "chicos", si hubiera tenido una pistola en vez de una moto, Señor
Walsh, ¿habría disparado contra ellos?
La miré, — Señora jueza, no uso pistola, usaba mi vehículo en un área en que
estoy autorizado, mi miedo era enorme, y usé lo que tenía a mano, mi moto, lo
demás lo hice con mis manos. Señora jueza, prefiero ser juzgado por violencia
innecesaria, antes de no poder dormir de no haber hecho algo por mi amigo y su
madre. Ese sería un castigo insoportable.
— ¿Quiere darnos lecciones morales en este tribunal, Señor Walsh?
Me dejó sin argumento — No señora Jueza, no quiero dar lecciones morales en
su tribunal... — dije derrotado. Cayó un pesado y horrible silencio sobre todos
nosotros. Papá habló con el abogado unos segundos
— Señora Jueza— dijo mi abogado— la familia Walsh, y su responsable legal, el
señor Robert Walsh, se niega a aceptar la culpabilidad, asimismo se niega a
pagar indemnización alguna. Solicito se indique la fianza para que el joven
Marcelo salga en libertad de inmediato. — La jueza miró a todos.
— Joven Marcelo Roberto Walsh de Quiroga, ordenaré orden de arraigo contra
usted, ante la ley usted ¿jura no abandonar el país dentro de los tres meses
siguientes? —
La miré sorprendido — Si, señora Jueza—
— Señor Robert Walsh, jura ante este tribunal que no propiciará la salida de
su hijo Marcelo Walsh, fuera del pais?
Papá miró al abogado que le hizo un claro gesto afirmativo. —Si, señora
Jueza— asintió papá con voz grave.
La jueza miró a su agenda, anotó algo en ella — la sesión no será en 10 días
más, será mañana a la 16:30, dio un martillazo y esta vez sí se retiró. Con una
dignidad de princesa ofendida a la que le hubieran tocado el poto.
La actividad que siguió fue febril. Papá y mi abogado, más Dillon y su madre,
fuimos a la plaza San Enrique a conversar con los dueños de los lugares en que
habían ocurrido los hechos, el dueño de la cafetería accedió a comparecer ante
el tribunal, fuimos a la comisaría y pedimos el peritaje de la Comisaría de
Investigación de Accidentes del Tránsito, en ella constaba que mi moto había
avanzado a 45 kilómetros por hora (y no a cien como decía la acusación). Fuimos
a la posta central, el parte médico decía que el joven al que agredí con la moto
tenía una descalcificación producto de la mala alimentación, de modo que su
huesos eran débiles, y que el joven que recibió mi puño en la cara, tenía los
dientes rotos de antemano.
Consecuentemente, no había atropellado a tanta velocidad al chico, que mi
agresión a la cara del otro no había sido brutal, sino que los resultados que se
invocaban era falsos y se había disfrazado la situación en aras de aprovecharse
de ella. Mi abogado no cabía en sí. Se reía sólo. Nos despedimos a las 10 de la
noche. Yo estaba agotado, física y emocionalmente tanto que al llegar me acosté
y lloré amargamente por mucho rato, desilusionado y dolido, me veía preso por
unos 100 años, rodeado de tipos espantosos y que me asesinarían mientras dormía.
Soñé que era preso en una cárcel pública en que me golpeaban, me asaltaban y me
violaban.
***
A las 16:30 estábamos todos los que habíamos visitado el día anterior, el
dueño de la cafetería, el médico de la posta central y TODA mi familia. Más los
Pino Martínez, más Giorgio y su esposa, Christine y Denton. Compañeros de curso,
y del colegio Barros Borgoño.
La Jueza miró a la multitud, puso cara de seria. Advirtió — Los juicios son
públicos y no puedo negar la presencia de estas personas, SIN EMBARGO: ¡No
quiero alborotos de ninguna naturaleza en este tribunal!, ¡Gendarme!, traiga
cinco Gendarmes más... — ordenó a un sujeto enorme con una cachiporra de madera
que intimidaba— se inicia la sesión en nombre del Estado de Chile— leyó
claramente: Causa tal y cual, número tanto y tanto de tal fecha. — Señor abogado
de la defensa, ¿algo qué decir?... —
— Su señoría, en virtud de los artículos del reglamento judicial... (Citó
varios antecedentes legales imposibles de memorizar y menos de entender) le pido
respetuosamente al tribunal 10 minutos con el fiscal y el abogado de la
contraparte...
La Jueza puso cara torva, torció la boca que en otros momentos habría sido
sensual (me dio rabia pensar así). — Concedido... desean negociar, ¡mejor!, así
esto será más corto— bramó. Se puso a leer un libro grande, desde donde yo
estaba pude ver que el libro grande ocultaba una revista femenina dedicada a la
frivolidad social chilena.
Diez minutos después, aparecieron los tres abogados, el mío con cara de
último caramelo de miel de la bolsa, y el fiscal más el abogado de los chicos
con cara de duelo.
— ¿Algún acuerdo? — preguntó la jueza con cara de inocencia con un claro tono
de sarcasmo… Lo que había invocado la defensa era antecedentes que permitían
negociar (casi) extrajudicialmente, y esos acuerdos, si se ratificaban ante el
juez, constituían sentencia. Por eso la jueza había leído revistas frívolas,
sabía de antemano que su trabajo había terminado. Que todo se estaba resolviendo
fuera y su única misión era velar por que tales acuerdos no contravinieran la
ley. Si alguien salía perjudicado, era en virtud de un acuerdo pactado, ella no
podía defender a los que podrían salir perdedores, sino percatarse y dejar
constancia que ambas partes estaban de acuerdo y que comprendían exactamente qué
es lo que estaban aceptando. Y que el acuerdo no transgredía la ley ni había
sido pactado bajo presión, lo que nunca era cierto.
— Si Su Señoría, pido 10 minutos para explicar a mis clientes el acuerdo
logrado— dijo el abogado de los chicos.
— Mire tómese una hora, ¿ya?, esta sesión se reanuda en una hora más— el
martillito brilló en le aire y cayo despiadadamente sobre un yunque de madera.
La jueza sentenció así, pidió a mi abogado los documentos que justificaban el
haber llegado al acuerdo, así se aseguraba que no eran alcanzados por presiones
como chantaje u otros ilegales. Los leyó muy interesadamente. Moviendo la
cabeza, había murmullos en la sala que acalló con un —Sileeencioo!!... — con voz
de profesora de básica.
Al cabo de una hora el abogado salió con cara de derrota. Los chicos venían
abatidos.
— ¿Listo? — dijo la jueza, esta vez con voz de invitada a un cumpleaños
infantil.
— Sí, su señoría... — tomó aire— retiramos toda la acusación en contra de...
— leyó— Marcelo Walsh de Quiroga. Pedimos respetuosa y solemnemente al tribunal
que deshaga toda orden de apercibimiento y pago de indemnizaciones asimismo esta
parte solicita respetuosamente al tribunal retire la orden de arresto incluso en
su domicilio...
Un murmullo de aprobación se oyó en la sala...
— Sileeencioo!!!... — dijo la jueza con mayor severidad. —Este tribunal
retira las acusaciones contra Marcelo Walsh y no porque lo solicite la parte
acusadora, y ¡exige! al abogado de la misma parte una explicación por no
disponer de los antecedentes que ha acopiado la defensa, además de explicar aquí
y ahora las flagrantes mentiras con las que se pretendía estafar a la familia
Walsh y engañar a este tribunal.
— La fiscalía no proveyó antecedentes, Su Señoría... — dijo el abogado de los
chicos dejando toda la responsabilidad en el procurador del Estado. ¡Tanta
lealtad conmovía!
— Bien, el fiscal y el abogado defensor deberán permanecer en la sala, el
joven Walsh queda inmediatamente libre, los jóvenes primos Ruiz quedan con
precaución de firmar una vez por semana por los próximos seis meses en la
comisaría de Lo Barnechea, comuna en la que han declarado domicilio, en virtud
de su aceptación de culpabilidad de robo con agresión a Dillon Mahoney y Leyla
Mahoney, ciudadanos norteamericanos. El tribunal se reserva el derecho de
formalizarlos por presentar evidencias falsas para acusar a Marcelo Roberto
Walsh de Quiroga—. Golpeó con su elegante martillito de mierda.
Salimos, de la sala, en la calle Román Díaz, se abrieron dos botellas de
champaña, bebimos a la salud de todos. Vimos salir a mi acusadores, cabizbajos y
apesadumbrados. Fui el primero en verlos. Todos vieron mi cara grave. Se fue
haciendo silencio, para darse vuelta a mirar a los mentirosos chiquillos.
Me acerqué a ellos, se giraron, mirándome entre avergonzados y agresivos.
Llegué a un par de metros de ellos.
— ¿Qué querí? — dijo el más alto. — Ganaste, erís rico, tenís plata y
nosotros ni siquiera habimos almorzado...
— No quiero nada— les dije— sólo quería preguntarles por qué...
— Porqué qué... — preguntó el más bajo.
— Por qué estaban asaltando a esas personas... por qué mintieron después...
— Te voy a decir por qué, porque tenimos hambre... ¿sabís qué es eso?, por
que dormimos en la calle... por eso...
— ¿No estudian?, ¿no van a la escuela?, ¿sus papás?
— No, no estudiamos, no vamos a la escuela, ni zapatos ni comida, ni casa...
¿papás?, ¿qué es eso? — respondió el mayor con ira y despecho...
Chile podía ser un país con gran empuje económico, un tigre sudamericano,
pero con pulgas, y éstas eran las pulgas, gente con desamparo social, chicos
desposeídos y quizás por miles. Sin futuro alguno, sin oportunidades, para los
que la máxima aspiración era mantenerse vivos.
— Si ahora los invito a comer, ¿aceptarían? — dije un poco dudoso. Papá y
mamá estaban a mi lado, me miraron asombrados.
— No queremos tu limosna, cuico... — dijo el mayor— ¡prefiero robar a
aceptarte tu comida de lástima!!...
Bajé los ojos avergonzado, si, era limosna, no podía negarlo, de todas
maneras metí mi mano al bolso de colegio, saqué dos sandwiches que no había
comido y se los ofrecí uno a cada uno. Me miraron amilanados. Los vi tragar
saliva mirando ansiosamente los panes. El menor estiró las manos y me los
aceptó, le pasó uno al mayor que pareció tituberar, hasta que lo tomó, hice un
gesto de asentimiento, abrieron los paquetes y se pusieron a comerlos
ansiosamente; Dillon se acercó y extrajo unos cuatro jugos embotellados y se los
pasó, lo aceptaron sin titubear esta vez. Comieron en la calle, con todos
nosotros mirándolos. Me fijé en un auto chiquito estacionado algunos metros más
allá, la jueza miraba la escena. Sin expresión alguna en la cara.
Nos fuimos yendo, dejándolos solos, subí al auto de papá, cuando ya nos
íbamos el mayor me hizo un obsceno gesto con el dedo, el menor lo reprimió
violentamente golpeándole la mano para el sucio gesto del dedo medio levantado.
Sólo me reí, al menos uno parecía conforme con la "limosna" que le habíamos dado
Dillon y yo.