EL JUEGO – 3ª PARTE- CAPÍTULO FINAL
Leonardo tiembla entre tus brazos. Apoyas los labios en su
frente sudorosa, intentas calmarle susurrándole palabras cariñosas, y,
finalmente, abre un poco los párpados y te mira desorientado. Estás seguro que,
en estos momentos, no sabe quién eres. Vistos tan de cerca, el color de sus ojos
te parece violeta. No un violeta puro, sino como si se compusiese de la mezcla
de dos colores. Su piel está recubierta de una costra de suciedad en la que el
sudor deja regueros blanquinosos.
Hace un rato te ha confesado quién es y cómo se llama. Tú le
has escuchado casi sin enterarte bien de lo que te decía. Ha sido justo después
de que hayáis visto el espectáculo de otro hombre haciendo el amor con su
retoño. Un amor forzado, un sexo casi de animales, puesto que su finalidad era
el poder saciar el hambre espantoso que tenían.
Leonardo, así es el nombre de tu joven compañero de celda,
pertenece a una familia desmembrada, una familia pudiente hasta cierto punto, y
casi nunca había salido, hasta ahora, de entre las paredes de un internado
exclusivo de "niños bien". Es huérfano de padre y madre, y no tiene ni puñetera
idea de porqué está encerrado en el mismo infierno que tú. El único vínculo que,
según parece, tiene hasta el momento con este disparate, es que los dos
adolescentes que acabáis de ver follando con sus respectivos padres, son
compañeros de internado de él.
Te estás rompiendo la cabeza tratando de encontrar algún hilo
del cual tirar hasta encontrar el pabilo, hasta encontrar la razón por la que tú
estás metido en este berenjenal, sin comerlo ni beberlo. Al fin y al cabo, tanto
Leonardo como sus compañeros (cuyas familias, seguramente, también estarán en
una envidiable posición económica), pueden haber sido "seleccionados" con la
finalidad de solicitar un suculento rescate; pero…tú? ¡si apenas ganas lo
suficiente para ir pagando la jodida hipoteca y permitirte algún que otro
caprichito filarmónico u operístico! No, no lo entiendes, lo mires por donde lo
mires.
Además…en el caso de las otras "parejas", parece ser que son,
en ambos casos, padres e hijos. Y, tanto a Leonardo como a ti, no os une
absolutamente nada, excepto que compartís celda…y que os tortura el mismo sádico
albino.
Ya lleváis mucho tiempo sin alimentaros. A ti, de tarde en
tarde, te proporcionan un tazón con el mejunje azulenco que solamente sirve para
que la polla la tengas siempre tan dura como un palo. Por lo visto, a Leonardo
no le dan ni eso. Sus labios están agrietados, de tan resecos que los tiene. En
estos momentos estás oyendo el ruido de sus tripas, burbujeando por el hambre
horroroso que debe tener el chavalín.
Apenas se ha dormido, los guardias entran en la celda y se lo
llevan arrastrando, sin escuchar sus súplicas. Quedas gritándoles, aporreando la
puerta que han cerrado tras ellos. Leonardo te da muchísima lástima, y estás
comenzando a quererle. Te sientes impotente por no poder ayudarle, así que te
deslizas hasta quedar sentado en el suelo, sollozando, rogando que todo esto
acabe de una vez.
Transcurrida media hora vienen a por ti. No tienes fuerzas ni
para protestar. En la sala de tortura se escucha, amortiguado, el ruido que
viene del otro lado de la pared. Sin lugar a dudas es la voz de Leonardo,
suplicando, mientras sus ruegos son quebrados por la risa histérica de alguien.
Alguien que, estás seguro, tiene los ojos rojos y la piel tan blanca como la de
un muerto.
Ni siquiera te molestas en protestar cuando el policía viejo,
el mismo que te acusó de tráfico de drogas, comienza a encularte a pelo. Llevas
tanta viagra en tu sangre que tu polla gotea en cada envite. Sientes un placer
extraño, puramente vicioso. Te das cuenta de que te estás acostumbrando
demasiado a estas sesiones, y de que tu cuerpo, tu libido, reacciona cada vez
más placenteramente a las violaciones sistemáticas de que eres objeto. Cierras
los ojos y tu mente divaga por tus recuerdos más oscuros, más añejos. Te
retrotraes a tu propia adolescencia, a la iniciación en el sexo homosexual en
una tarde de verano, a finales de curso, cuando sedujiste a tu profesor de
filosofía y conseguiste que te follase sobre su mesa de la clase. ¡Cuánto placer
y cuanto dolor en aquella primera penetración! Y luego…la locura de las
vacaciones. Tu profesor y tú, enamorados hasta las trancas. No sabes cómo se las
arregló para invitarte a su casa de campo durante un fin de semana. Unos días
maravillosos en un pazo gallego. Su esposa, la rica de la familia, solamente
tenía tiempo para dedicárselo a su hijo primogénito, aquejado de una rara
enfermedad. Nunca llegaste a hablar con él, ya que su vida transcurría en una
vetusta torre sin más compañía que un montón de palomas. Luego estaba la hija
pequeña, más o menos de tu edad, que –según pudiste comprobar por ti
mismo-padecía furor uterino.
En aquellos tiempos todavía no te habías decantado totalmente
por el sexo gay en exclusiva. Te gustaba tontear, de vez en cuando, con alguna
chica. No eras entonces, ni lo eres ahora, mal parecido, y tus atributos
masculinos son más que suficientes para ser deseados con fervor. Y lo eran, vaya
si lo eran. Tanto el padre como la hija se alternaban en tu lecho. Uno te dejaba
el trasero rebosante de esperma, y a la otra le dejabas tu carga en su almejita
casi pelona. Como si el padre te inyectase la leche que luego debías trasladar
hasta su hija. Todo, naturalmente, dentro de la más estricta discreción.
Nunca más supiste de ellos. El profesor no se reintegró a su
puesto en el nuevo curso, y muy pronto olvidaste, con nuevas experiencias, aquel
fin de semana en la Galicia rural. Solamente escuchaste, de pasada, algo
relacionado con aquella extraña familia. Algo que ahora no eres capaz de
recordar.
Has estado muy cerca de correrte. Pero estos policías deben
tener alguna instrucción concreta, porque se cuidan muy mucho de que no llegues
al clímax, como si tuviesen que vigilar que tu carga seminal permanezca en sus
depósitos en espera de utilizarse en el momento oportuno.
Un escalofrío de terror recorre tu espinazo cuando vislumbras
la silueta del torturador albino que se acerca hasta ti. Los gritos de Leonardo
ya no se escuchan. Ahora es tu turno.
Una hora después el adolescente limpia sus instrumentos.
Desaparece tan silenciosamente como entró. Tienes los labios hinchados de tanto
mordértelos, pero, a tu pesar, sabes que los gritos han salido finalmente de tu
garganta.
Dejan que reposes media hora. Media hora de calma, de dolor
lacerante que se amortigua poco a poco. Las nalgas en carne viva. Los pezones
casi destrozados por las pinzas. En el ambiente flota un cierto hedor a carne
quemada. Tu carne.
Quieres evadirte del momento actual. Necesitas flotar,
navegar por el mundo irreal de tus recuerdos. Vuelves a intentar hacer memoria.
Leo era el nombre de tu profesor, de tu amante. Don Leo Bruguera, para ser más
exactos. De su señora, la rica, nunca llegaste a saber el nombre. Todo el mundo
le llamaba la Señora, incluso su esposo. De la hija solo recuerdas sus trenzas
rubias, su mirada turbia, su sexo perennemente jugoso y dispuesto para que la
penetrases. Y del hijo…apenas un atisbo de blanco sobre blanco, con aleteo de
palomas, una vez que te confundiste de escalera y llegaste hasta sus dominios.
Ni siquiera tuviste el deseo de conocerle…más íntimamente. En realidad era su
padre el que te motivaba sexualmente, y no los chicos jóvenes.
Tus pensamientos te llevan de una cosa a otra. De repente
tienes la sensación de que hay algo que tienes ahí, ante tus narices, pero que
no llegas a captar.
Cuando te devuelven a la celda, Leonardo ya está allí. Te
produce una ternura inmensa el mirarle, tan desvalido, acurrucado en posición
fetal sobre el colchón hediondo.
Tengo sed…mucha sed –las palabras apenas pueden salir de
su garganta reseca.
No sabes qué hacer. Miras impotente la estancia pelada. Ni
siquiera está el recipiente en el que te dan la sopa. Leonardo te mira ansioso,
estira los brazos como un bebé…Lo tomas sobre tu pecho. Su cabeza apoyada en el
hueco formado por tu brazo. Te humedeces los labios y bajas tu rostro hasta
encontrarte con el suyo. Sientes la fiebre que hace hervir su boca. Lames las
costras e intentas dejar regueros de saliva en las comisuras, para que él las
recoja con la lengua y pueda "beber" algo de líquido. Sufres intensamente con su
sufrimiento. Tu mente está bloqueada, incapaz de pensar en nada coherente.
Leonardo ha descubierto sobre tu pecho un hilo de sudor, y comienza a pasar la
lengua sobre él, bajando por tu abdomen y llegando a la zona peligrosa de tu
entrepierna. La verga te late. Un hilillo de precum es para él como la fuente de
la vida. Te brota más abundante y , él…no puede resistirse.
Tu glande amoratado semeja el enorme pezón de una teta. El
muchacho escuálido se amorra a la fuente de la vida sorbiendo como un bebé. Te
embarga una sensación placentera. Su mano aprieta tus testículos suavemente,
como si quisiera impulsar hacia fuera su carga líquida. Sientes que muy pronto
vas a eyacular. Tu mente salta enloquecida de un pensamiento a otro. Leonardo se
afana en tragar todo tu falo, con el ansia de exprimirlo, de sacar hasta la
última gota de leche que ya huele, que ya casi percibe en su lengua, en su
paladar, en su garganta…Arqueas tu espalda, tu vientre busca empotrarse dentro
de su boca. Ya todo te indica que el orgasmo viene, y , con él, el alimento que
desea tu joven amigo, tu casi desconocido compañero de celda. Pero en el último
instante, cuando un escalofrío te recorre el espinazo, cuando algo detectas en
el rostro hambriento del muchacho, una pregunta se forma en tus labios:
Leonardo…¿Cuál es tu apellido?-te da rabia pensar que ya
te lo dijo y no le escuchaste.
Bruguera- lo ha dicho apenas en unas décimas de segundo,
sacando lo suficiente tu verga de su garganta para poder musitar el nombre y
volver a engullirla con hambre canina.
Y te vienen de golpe todos los pensamientos que pululaban por
tu mente. Atas cabos que no sabías ni siquiera que existían, pero sabes a
ciencia cierta, porque el corazón te lo dice, que el muchacho que tienes entre
las piernas, el que te lame, te succiona, te pide con toda su alma que le des tu
licor de vida, es nieto de Leo Bruguera, tu amor de adolescencia, y que su madre
debió ser la muchachita ninfómana que te follaste varias veces durante aquel fin
de semana, y que, por lo tanto, ese es el eslabón perdido que aclara las dudas
del porqué os han reunido en esta terrible celda: Leonardo es hijo tuyo.
Y, en el último segundo, cuando el primer chorreón de semen
sale del orificio de tu glande, empujas a Leonardo, a tu hijo, para impedirle
que trague tu esperma.
¿Por queeeeeeé? – el alarido que sale de su boca te rompe
el corazón. Es como un hálito de aire caliente, de nubes de arena de
desierto, de secarrales yermos. Queda con la lengua fuera, intentando
restañar las gotas que salpicaron su mejilla, mientras lágrimas de rabia e
impotencia asoman a sus ojos de un extraño color violeta.
***
Tenías razón. Con lo poco que sabías tú, más la información
–tampoco mucha-que te ha proporcionado Leonardo, has llegado a recomponer la
historia, su historia, vuestra historia.
Tras tu marcha del pazo en aquel cálido verano, la familia
Bruguera quedó un tanto revuelta. La niña estaba embarazada, y, el padre, quiso
repescarte como futuro, joven (y deseable en todos los sentidos) yerno. La
Señora se opuso con todas sus fuerzas…y dinero. Poco después Leo Bruguera murió
en extrañas circunstancias. Transcurridos los meses correspondientes, la hija
dio a luz a un niño al que pusieron de nombre Leonardo, y que, lógicamente, fue
registrado con el apellido de la familia. La parturienta murió poco después,
debido a complicaciones que no pudieron ser atendidas correctamente, puesto que
el parto había tenido lugar en el pazo, bien lejos de la curiosidad popular…y de
la asistencia médica necesaria. El niño, tras ser cuidado de una forma más
rigurosa de lo necesario por su autoritaria y poco cariñosa abuela, fue
internado en un colegio exclusivo para familias pudientes. Solamente volvía a
casa por vacaciones. Y así un año tras otro, hasta que había sido raptado unos
días antes, cuando, precisamente, volvía al colegio tras las vacaciones de
verano.
La voz de tu hijo se apaga. Lo tienes en tus brazos y apenas
puedes creértelo. Tienes treinta y dos años…y un hijo de quince. Sientes que tu
pecho comienza a latir con orgullo. Recuerdas el lugar donde os encontráis, y
que no tienes ni idea de la clase de gente que os tiene a su merced. Alguien
abre la puerta y te deja el cuenco con el mejunje azulado. Piensas que no se han
dado cuenta de que Leonardo está contigo. Ruegas para que se vayan, para que os
dejen solos, para que puedas alimentar finalmente a tu hijo.
El muchacho traga con desespero. Es tanto el hambre que tiene
que apenas puede esperar terminar un sorbo para dar otro. Finalmente queda
ahíto. En el fondo del tazón quedan los restos que te bebes sin demora. Notas
entre el líquido una pequeña cosa sólida. La sacas de tu boca y ves que se trata
de una píldora azul, seguramente viagra. Ahora te explicas tu excitación sexual,
tu pene en durísima y continua erección.
Notas un soplo de aire que te llega de alguna parte. Es como
si se colase a través de una rendija. Te acercas a la puerta. ¡No puede ser!
¡¡Se les ha quedado abierta!!
Como en un sueño te las arreglas para que Leonardo se
levante, para que ande junto a ti a lo largo del pasillo oscuro, para que suba
la húmeda y viscosa escalera. Nadie os estorba. Están muy seguros de que no
seréis capaces de escapar a su vigilancia. La noche estrellada hace que se
llenen tus ojos de lágrimas. Tu hijo se queja a cada paso. Le susurras que
aguante un poco más, que pronto terminará todo…
Es tan fuerte tu deseo que se hace realidad. Allí, aparcado
junto a la puerta, está el coche de policía que te llevó hasta allí
hace…innumerables días. La llave brilla bajo la luz de la luna…puesta en su
sitio.
Jamás has conducido como esta noche. Campo a través, buscando
caminos rurales, con la mirada puesta en el depósito de gasolina, rogando para
que no se consuma demasiado deprisa. Y, finalmente, os consideráis a salvo.
Seguís viajando toda la noche. Ahora no conduces tú, sino
alguien enviado por la familia de Leonardo. Llegáis al pazo. Tu hijo se empeña
en que os acostéis juntos, en la misma habitación, en la misma cama…
Ni siquiera os habéis bañado. Estáis rendidos. Caes en un
sueño profundo. Y sueñas…
Estás muy excitado. Tu maduro profesor, el que te desvirgó,
el que fue tu amante en aquella misma casa, te mira con una sonrisa enigmática.
Se está masturbando y te ofrece su enorme verga, la que tanto te gustaba. A la
vez te dice algo. Algo que no entiendes. Es un aviso. Te habla del espíritu del
mal, y que debes marcharte…
Bajo las sábanas alguien te acaricia. Un cuerpo menudo se
coloca entre tus piernas. Miras y ves una cabeza rubia, unos ojos turbios, una
sonrisa viciosa. Trepa sobre ti. Sube a horcajadas sobre tu vientre. Se ensarta
en tu verga. Cabalga. Tu polla entra y sale en su coño jugoso. Pero no es su
coño, sino su ano. Un ano que te aprieta, que te succiona…Te despierta un gemido
de placer, que no sabes si es tuyo, o de ella…¡No! ¡Es de él! ¡Es tu hijo,
Leonardo, el que está sobre ti, empalado en tu verga, subiendo y bajando
mientras se masturba mirándote a la cara y sonriendo de una forma extraña, con
sus ojos violetas. Y ahora no eres capaz de empujarle, no eres capaz de
apartarle. Extiendes los brazos, lo atraes hacia ti, lo besas en la boca de una
forma plena, mientras empujas tu falo hasta lo más profundo de su recto. Y te
corres. Le llenas, le saturas con tu líquido paterno. Quedáis abrazados, vientre
sobre vientre. Y, derrengado, vuelves a dormirte.
Te despierta la luz de mediodía entrando a través de los
visillos. Una figura te observa desde un sillón, junto a la cama. Intentas
incorporarte, cubrir tu cuerpo desnudo, pero no puedes moverte. Estás atado con
cordones de terciopelo rojo al cabezal de la cama. Tu cuerpo, sucio todavía,
contrasta con la blancura inmaculada de las sábanas. Blanco y rojo. Igual que el
hombre que te está mirando. Un hombre que debe tener tu edad, pero que parece
miles de años más viejo. Ojos rojos, piel blanquísima. En él reconoces al
muchacho que viste hace casi dieciséis años en la torre, con las palomas
posándose sobre sus hombros, sobre su cabeza, revoloteando a su alrededor.
Blanco sobre blanco. Tu cuñado. El hijo de la Señora y de tu amante Leo. El tío
de Leonardo. El enfermo crónico. El albino.
Quieres llamar a tu hijo, pero tienes puesta una mordaza. Tu
mirada lo busca por la habitación. No está. Sobre la mesilla de noche, a tu
lado, hay unas lentes de contacto amarillas. En el baño alguien silba. Se abre
la puerta y llega hasta ti un perfume intenso a sales, a vapor de agua, a
limpieza. Toda la mugre, la roña, la costra, se ha ido por el desagüe. Y aparece
Leonardo, el auténtico Leonardo. El que ha jugado contigo a un juego cruel, a
una venganza que no sabes a qué se debe y que nunca sabrás. Tan blanco, tan con
los ojos rojos, tan albino como su tío. Y sabes que ya estás muerto…o que mejor
sería que lo estuvieses.
FIN