-¡Cálmate, vamos! ¡Cálmate! –pidió mi padre a Cachu,
que se agitaba debajo de él como una pobre lombriz.
-¡Me duele! ¡Ahhhhh! ¡Sácala! –se quejaba el chico.
-Aguanta un poco y se te pasará –continuó mi padre con
tono conciliador, retirándole de la cara a aquel angelito un largo mechón de su
melena, apelmazada a causa del aceite.
-No se pasa… No se pasa –gimoteó Cachu, intentando
tranquilizarse. Pero cada vez que relajaba su esfínter aquella terrible quemazón
ardía de nuevo en sus entrañas como una refinería de gas propano. Aunque lo
cierto era que por momentos parecía remitir.
Quizás estuvieran así, quietos, un largo minuto. Tal
vez dos. El caso es que el rabo de mi padre no perdía su dureza y consistencia,
y mucho menos sabiendo que de aquella guisa podría seguir tunelando al chico, el
cual le tenía bien atrapado allí dentro, con la cabeza de su polla capturada a
más no poder. El agujero del culo del chaval le apretaba cosa mala, tanto que
por momentos sentía una especie de entumecimiento extraño en el rabo, como si
casi no le circulara la sangre de lo que apretaba el ojete el chico.
Cachu tenía la mirada perdida, los ojos entrecerrados
y la boca seca. Durante los varios minutos inmóviles también permanecieron en
silencio. El adolescente soltando algún que otro quejicoso gemido, casi sin
fuerzas.
-Voy a empujar un poco, me oyes –le informó mi padre-,
para metértela más adentro.
-No –negó Cachu con la cabeza-. Espera un poco más. Me
duele.
Mi padre estaba desesperado del propio calentón.
Necesitaba invadir aquel cuerpo. Necesitaba que aquel chico supiera lo que es
tener un buen cipote partiéndole el culo en trozos.
-Tienes que aguantar un poco más. ¿O quieres que
paremos? –preguntó el maduro,
sabiendo que aquello último no era ninguna opción. No. Él debía exorcizarse y
sacarse aquel lujurioso demonio que se había instalado en su bajo vientre.
-Sácala. Sácala un momento –pidió Cachu.
Mi padre dudó y tardó un momento en obedecer, porque
tampoco era cuestión de hacer que el chico sufriera ningún calvario. El chaval
no se lo merecería, pues se le había entregado y no le había puesto difícil su
misión de exorcismo, con aquel rostro dulce, todavía con rastros algo aniñados.
Tal vez sería su melena rubia lo que le confería aquel aspecto de angelito, así
como su rostro imberbe, apenas con una sombra de barba que todavía debía coger
fuerza.
Un tremendo alivio invadió el culo de Cachu al
sentirlo libre de tanta carne. Se llevó los dedos allí y se lo toqueteó.
-Me has reventado –comentó con tono lastimero.
-No era mi intención. Pero estás bien. No es nada –le
tranquilizó mi padre, acariciándole su delgado vientre y el pecho.
-No sé si puedo hacerlo otra vez.
-Eso depende de si quieres –le dijo el maduro.
Entonces Cachu, resuelto, se giró sobre el plástico y
se puso a cuatro patas, entregándole todo su culazo blanquito y redondo en pompa
a mi padre, que sonrió y supo bien que aquel chico no quería desaprovechar la
oportunidad. Era hora de darle manteca.
El maduro empuñó su venoso cipote, apuntó a su
objetivo y, de repente, Cachu cayó de boca contra el cojín enfundado en el
plástico, pues mi padre le había enciscado de nuevo toda su cabezota en el ojete.
Esta vez el chillido se acompañó de espasmos corporales del chico, que pareció
patalear cuando un buen tramo más de polla se le hundió en lo más profundo. Mi
padre había metido algo más que su gordo capullo en el estrecho agujero. Ahora
podía decirse que Cachu estaba recibiendo polla, inundado de ella, aunque no era
suficiente. Dos tercios del rabo de mi padre quedaban todavía fuera y, como
mucho, sólo podía quedar uno en el exterior. Así que empujó de nuevo y
lentamente los intestinos del adolescente accedieron de mala gana a cobijar al
monstruo de carne.
Ensartado y desplomado totalmente sobre el plástico,
Cachu sentí los bufidos y la respiración agitada de aquel hombre que le estaba
torturando el culo de una manera tan brutal y contundente. No quería ni moverse
un milímetro, así que decidió relajarse y mantenerse así,
quieto, hasta acostumbrarse a la quemazón que ardía en la entrada de su ojete.
Allí dentro, aquella polla parecía muchísimo más grande. Reuniendo fuerzas de
flaqueza, el chico quiso sentir todo lo que aquel macho casado, velludo y
cuarentón podía ofrecerle.
-Comienza a follarme, por favor –musitó sin apenas
aliento.
Mi padre accedió victorioso a hacerlo, tomando del
pelo al chico como si fuera una puta a la que cabalgar, y empezando a mover sus
caderas adelante y atrás, haciendo que el esfínter de Cachu se dilatara y
contrajera hacia dentro y hacia fuera con el vaivén,
que le arrancaba suspiros y jadeos de sufrimiento y de placer. Un placer interno
que le había dejado el nabo tieso y anestesiado, friccionado contra el plástico
oleoso.
Embadurnados en aceite como estaban, sus cuerpos
parecían supurar perlas doradas. El maduro le agarraba de aquellas tiernas
caderas y empujaba una y otra vez hacia el interior de aquel ardiente cuerpo de
piel lechosa, mientras el chico se sostenía las nalgas abiertas y separadas,
totalmente tumbado sobre el plástico, boca abajo.
-¿Te gusta? ¿Te está gustando? –le preguntó mi padre
jadeante cuando ya habían cogido un buen ritmo de follada y su cipote entraba y
salía bastante holgadamente del agujero.
-Sí. Dame más. No pares –gemía Cachu como un auténtico
cabrón, preso de la lujuria, descubriendo el placer de la sodomía.
-¿Quieres más? ¿Más polla?
-Quiero sentirla toda entera. Entera. Es muy gorda –se
ruborizaba al escucharse soltar aquellas inconscientes lindeces que le salían
solas-. ¡Ah, cómo me follas! No me creo que me estén follando. ¡Ay! –daba un
respingo cuando el enorme capullo le rozaba alguna parte sensible de sus
entrañas.
-Pues créetelo. Te estoy dando todo mi rabo. ¡Me oyes!
Es todo tuyo. Mi rabo es tuyo y de nadie más.
-Ahhhh –gemía Cachu, sabiendo que aquello era cierto,
que aquel hombre era la primera vez que se la metía por el culo a alguien. La
primera vez que probaba un culo. Y era el suyo. Y se la estaba metiendo toda
entera.
Pronto, las gordas y pesadas pelotas de mi padre
empezaron a fustigar las enrojecidas nalgas del chico, que se moría de vicio y
había empezado a jalarse el rabo a todo trapo., deseoso de correrse. A mi padre
tampoco le quedaba tanto, pues el mete-saca le estaba provocando un placer
indescriptible.
-¿Quieres que me corra ya o espero? –consultó el
maduro.
-Nos corremos ya –masticó Cachu-. Yo no aguanto más.
Es demasiado.
-Entonces me voy a correr –le informó mi padre-. Me
voy a correr… Me voy a correr… En tu boca, mejor –comentó.
Rápidamente, mi padre sacó todo su sable de los
intestinos del chaval, que sintió como aquella anaconda le hacía vacío al
salírsele toda fuera. El maduro le agarró de su apelmazada y chorreante melena
con muy mala hostia, obligándole a levantar la cara, y entonces, le enciscó en
toda la boca el cipote recubierto de aceite y de algunos restos marrones salidos
de las profundidades alcanzadas por el pepino dentro de su intestino. Pero para
Cachu aquella era un todo y esos eran los riesgos a correr. Así que el primer
desagradable sabor desapareció casi al instante cuando unos densos chorros de
suave semen acariciaron las paredes internas de su boca y de sus garganta. Era
como una especie de rico batido sin ningún sabor en particular. El rico y
grumoso batido de los robustos cojones de un semental como mi padre.
Mientras hacía la degustación de tal cuajada, Cachu
acabó corriéndose también sobre su vientre, con varios trallazos de lefada que
se unieron a la lubricada película de aceite que les cubría. Terminado el
festín, el chico cayó de culo y mi padre dio unos pasos hacia atrás, tembloroso
e intentando recomponerse. Mantenía su menguante y exprimida polla entre sus
manos, la cual se miró y descubrió manchada de las más diversas sustancias,
entre ellas unas sospechosas manchas rojizas en la base.
Miró al chico, que tenía los ojos vidriosos, y
descubrió el despojo humano en el que acababa de convertirlo. La melena rubia
estaba pegada de aceite y tironeada por sus propias manos, el cuerpo del chaval
parecía contorcido, recubierto de lubricante, y la expresión de su cara era de
extenuación y abatimiento, con la piel pálida y ojerosa.
-¿Cómo está tu culo? –le preguntó mi padre.
Cachu se llevó la mano allí, se lo toqueteó y
contestó.
-Ni siquiera lo siento. Lo tengo como anestesiado.
–Entonces levantó la mano y se miró los dedos, que aparecieron cubierto de lo
que parecía una agüilla algo rojiza, como si fuera un poco de sangre pero sin
llegar a serlo-. Me has reventado. Tengo sangre.
-Eso me parecía –comentó mi padre, que se puso de
rodillas junto a él y le instó con un movimiento a que le dejara ver.
Mi padre le separó las nalgas y le metió un poco de su
dedo corazón en el culo. El chico soltó un gemido. Mi padre sacó el dedo, que
salió casi limpio.
-Está limpio. Ha debido de ser una pequeña heridita.
No te preocupes.
-No me preocupo –manifestó Cachu, que se le quedó
mirando fijamente, con las caras a apenas dos palmos.
Entonces, ambos acercaron sus bocas y comenzaron a
besarse apasionadamente, dejándose caer de nuevo sobre el plástico,
acariciándose y buscando sus lenguas, de nuevo Cachu con el contundente peso de
mi padre sobre él. Cuando se apartaron, habló el chico.
-¿Esto no se volverá a repetir, verdad? –preguntó
escéptico.
-Nunca jamás –respondió mi padre seguro-. Necesitaba
follarte y acabar con esto. Eso es todo.
-¿Eres marica? –le preguntó el chico.
-No. No lo soy –respondió mi padre con cara
desafiante-, así que de esto ni una palabra a nadie o volveré a por ti y
entonces te reventaré el culo, pero de verdad. Juro que te sacaré toda la mierda
que llevas dentro y te la haré comer con mi propia polla. No tendré piedad
alguna. No me busques, ¿entendido? -Cachu asintió con la cabeza, sabiendo que no
lo iba a hacer-. Buen chico –sonrió mi padre, dándole una palmada en la mejilla
y acto seguido un pico. El último que le daría.
-¿Y esto? –se refirió Cachu al gran desaguisado
montado.
-Será mejor que lo recojamos rápido, si no quieres
llegar tarde a tu entrenamiento.
Pasados veinte minutos el sótano había quedado
impoluto, como si allí no hubiera pasado nada. En sendas bolsas de plástico
desaparecerían para siempre unas viejas cortinas empapadas en aceite, una
garrafa de éste mismo de cinco litros, unos plásticos oleosos y cubiertos de
gotas de pintura y bastantes periódicos antiguos. Lo que no desaparecería era un
pequeño slip arrugado y cubierto de amarillentas manchas de meada y corrida que
había ido a parar durante la refriega bajo unas estanterías abarrotadas de
polvorientos cacharros.
Entre tanto, a poco menos de un kilómetro de aquel
sótano, mi hermano Jacobo se encontraba de pie, en una habitación con cama de
matrimonio, cámara en ristre, rodando una hipnótica escena de sexo en la que
tres personas se lo montaban a lo grande.
Hacía ya casi una hora y media que había llegado a
casa de Harry y para entonces tenía el rabo a reventar dentro de su pantalón del
chándal. Un febril impulso tiraba de él cada vez con más fuerza. Le animaba a
unirse a los otros tres perfectos desconocidos que parecían pasárselo en grande.