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Fecha: 25-Jun-09 « Anterior | Siguiente » en Gays (6644 de 6976)

Siete dias, siete noches (1)

paterbond007
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Quizá el único mérito de esta serie de relatos es que cuenta una historia real y totalmente actual. Amistad y sexo entre dos hombres adultos. Un relato como tantos otros, contado desde la más absoluta sinceridad. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

SIETE DIAS…SIETE NOCHES- I

LUNES, 15/06/2009 2,15 PM

¿Es usted guardia de seguridad?

No.

Entonces…¿esas esposas que lleva en la maleta…?

Noto la cara ardiendo como si alguien estuviese ahumándomela con un soplete. Aquí, en plena Estación de Atocha, recién llegado con el tren regional que ha dejado mis huesos cincuentones hechos papilla, con el móvil en la mano intentando ponerme en contacto con Manu, el sudor chorreándome paletillas abajo…y el chico encargado de controlar los equipajes, que está mirando fijamente la pantalla ante la que está sentado, y que intenta poner cara de póker- aunque la sonrisa traicionera le bailotea en su rostro apenas imberbe-, me hace la dichosa preguntita con voz más bien baja, pero que a mí me da la impresión que ha sonado por los altavoces de toda la estación.

Estoooo…¡son de plástico! –argumento con un hilo de voz-ppp…ara un disfraz.

Pues, lo siento, pero tenemos que verlas.

Claro, claro –intento poner al mal tiempo buena cara-lo supongo.

Mientras me conducen hacia un rincón discreto, susurro a mi amigo por el móvil "Ahora te llamo, que ha surgido un imprevisto en la cinta que controla los equipajes de los recién llegados por tren a Madrid… y tengo que enseñarles lo que llevo en la maleta". Mientras hablo mi cabeza es una centrifugadora. No me importa enseñarles las esposas, ni la gorra de policía, ni la larga porra de plástico negro, ni siquiera la pistola junto con la placa…No. Eso me la suda. Pero lo que me pone de todos los colores, aunque intento auto convencerme de que tengo derecho a llevar en mi maleta objetos que atañen exclusivamente a mi vida privada, es que tenga que mostrar-una vez abierto mi equipaje- el tarro de crema "Lubrifist", o el "Lubricant Warming Eros", o (y esa posibilidad pone rosetones de amapola en mis barbadas mejillas) ese artilugio negro, ligeramente encorvado para buscar certeramente la próstata, que lleva el bonito nombre de "Rude-Boy".

¡Aquí las tiene! –por suerte no he tenido que rebuscar demasiado-¡Puede ver que son de plástico!...para un disfraz.

La guardia de seguridad (es una chica la que me ha acompañado), da un vistazo rápido y dice que muy bien, y que las puedo guardar. Incluso esboza una cierta disculpa alegando que es su obligación…y que bla, bla, bla.

Yo, felicísimo de no tener que seguir mostrando mis intimidades, le quito hierro al asunto, y casi me inclino haciendo un saludo japonés mientras mi corazón vuelve a latir normalmente.

Manu me espera en el sitio acordado. Es pequeñito (no pasa del 1,60 y no llega a los 52 kgs.de peso), vivaracho, bien formado, con unos ojos castaños que traslucen la bellísima persona que es, y una barbita canosa que traiciona los cuarenta y cuatro años de currículum vitae que lleva a sus espaldas. Nos abrazamos. Imagino que, con mi 1,75 de altura y mis 86 kgs de peso, debo parecer Yogui junto a este simpático Bu-bú. Me gusta. Nos gustamos de inmediato. Me produce ternura, ansias de protección, y, a la vez, transmite una seguridad, una virilidad que me encanta y que hace que me sienta relajado junto a él.

En cuanto tenemos ocasión nos damos un pico. El primero de los muchísimos morreos que nos daremos durante estos siete días. Besos de toda índole. Rápidos, suaves, profundos, mordientes, gustosos, intensos, sublimes, jugosos, interminables…

Después de un par de horas de viaje (metro-autobús-automóvil), llegamos a su casa bajo un sol de justicia. Hemos parado un rato en el súper para completar las vituallas que tiene en la nevera. En mi honor ha comprado una botella de ginebra, cocacola y una bolsa con cubitos de hielo. Le he dicho que yo me encargaré de la cocina durante estos días. Protesta, pero soy inflexible. El tiene trabajo que hacer en su taller, y yo me desenvuelvo a la perfección entre peroles y sartenes.

Nos damos la primera ducha juntos. No sobra el espacio, pero tampoco hace falta más. El tacto de sus músculos me excita. Los pezones sobresalen de sus pectorales lampiños- apenas unos pelillos despistados enroscados aquí y allá-y no puedo resistir la tentación de inclinarme y mordisquearlos. El juega con ventaja, puesto que su boca llega exactamente a la altura de los míos. Y sabe utilizarla, el muy cabroncete. Chupa mis pezones como un auténtico mamón, enroscando mi vello con su lengua.

Besarse bajo una ducha de agua tibia es la gloria bendita. Su mano maneja mi pene aprovechando los ríos de espuma que resbalan de nuestros cuerpos. Yo estoy admirado del cuerno durísimo que brota de su entrepierna, y que no tiene nada que envidiarle a mis 17 cms. Y sus pelotas son la cosa más linda que he visto nunca. No puedo resistir la tentación de agacharme y paladearlas de una en una. El falo, jabonoso, también es deglutido por mi boca. Diminutas pompas de jabón brotan de mis labios. Sus manos, pequeñas y fuertes, acarician mi cabeza amorosamente.

Nos secamos lo imprescindible y recorremos los pocos metros que hay hasta el dormitorio. Le llevo asido de su pene, tirando de él como si lo condujese al sacrificio. Y allí celebramos durante largas horas el ritual del sexo. Un sexo de caricias orales. Caricias que nos llegan al corazón, porque hablamos de los sentimientos, de la empatía que sentimos el uno por el otro, y caricias físicas, de mamadas, de besos insaciables, de chupetones por todo el cuerpo.

Apenas dormimos esta noche. Al más mínimo movimiento…ya estamos enzarzados en abrazos, en revolcones, en más besos robados y ofrecidos, en caricias tan íntimas… que jamás haría una esposa a su marido.

Me vuelven loco sus nalgas pequeñitas, blancas, redondas. Le digo que las tiene como un niño de doce o trece años, y que casi me siento fuera de la ley al tocarle como le toco. Porque le toco, y mucho. Y él se ríe con carcajadas profundas, broncas –es fumador empedernido-mientras el hielo tintinea en los vasos de nuestros cubatas y el dormitorio huele a sándalo y marihuana. Y mi dedo curioso frota su pequeña entrada, y él se estremece y muerde su labio inferior, y me mira, y no podemos dejar de besarnos mientras le penetro digitalmente.

MARTES, 16.06.2009

Hemos ido hasta la ciudad con un desvencijado "cuatro latas" que le han prestado provisionalmente unos amigos. Manu tiene su coche en el taller debido a un tonto accidente ocurrido hace pocos días, así que ha tenido que echar mano de lo que le ofrecían. Y, además, agradecido. Pero a ninguno de los dos nos importan las apariencias. Un coche sirve para llevarte de un lado a otro, y, mientras lo haga, cumple con su cometido. El resto son tonterías de esta estúpida sociedad de consumo en la que estamos inmersos. Por la carretera, a voz en cuello, vamos cantando como niños: "¡Vamos de paseooo, con mi coche feoooo…pero no me me importaaaaaaaa…porque llevo tortaaaaaa!"

Cualquiera que nos oiga pensará que somos un par de gilipollas. Igual no va muy descaminado quien piense así, pero a nosotros nos la suda.

Le aguardo mientras hace unas gestiones en la Jefatura de Tráfico. Luego disfrutamos de un pequeño recorrido turístico por el centro. Ya había visto esos restos tan bien conservados del Imperio Romano, pero jamás lo había hecho disfrutando tanto como lo hago ahora. En cada calleja solitaria, en cada rincón apartado, aprovechamos para besarnos con pasión adolescente. Caminamos por las calles empedradas con los brazos ciñendo nuestras cinturas, riendo continuamente…como dos bobitos enamorados. ¿Sera eso lo que somos?

Me invita a unos vinos en un lugar típico. Luego soy yo el que habla de picotear cualquier cosa en un bar, mejor que ir a un restaurante. Estamos de acuerdo. Siempre lo estamos.

Las "patatas revolconas" están de muerte. Picantitas y gustosas. El salpicón de marisco entra divinamente con la cerveza fresquita. Las raciones son enormes, así que casi nos cuesta trabajo dar buena cuenta de las cuatro exquisiteces que hemos pedido. Mientras tomamos los carajillos de ron, Manu me habla de cierto casadito infiel, al que conoció la semana pasada y al que le comentó sobre mi próxima visita, y mis ganas de hacer un trío. Le envía un sms que el otro contesta al instante. Quiere saber cómo soy, así que Manu me fotografía con su móvil allí mismo, sentado en la mesa del bar, y la remite al muchacho (apenas tiene 33 años, según me cuenta mi amigo, y está para comérselo), el cual se apresura a enviarnos una suya por el mismo medio. Efectivamente está potable este chaval. A él parece que también le he gustado un montón. Todo arreglado. Nos relamemos por anticipado. Hemos acordado con él que mañana, miércoles, nos hará una visita por la tarde, después de comer, para tomar…un café con nosotros.

Volvemos al pueblo. La tarde es apacible y nos apetece dar un paseo por las afueras. En realidad no hay que caminar mucho para llegar a "las afueras", puesto que el pueblo consiste en una docena de casas de piedra. Muy bonitas, eso sí.

Traspasando un pequeño bosquecillo llegamos a un camino que se desvía hasta el cementerio. Manu me dice que este camposanto le recuerda los decorados de una película mexicana, de aquellas en las que se ve un pequeño torreón y paredes enjalbegadas de blanco. Yo le doy la razón. Paralelo al cementerio, hay un ribazo semi cubierto de matorrales floridos. El ambiente es cálido y huele a principios de verano. Una cigarra se desgañita entre las hierbas. Unos abejorrones zumban cerca. Tengo el capricho de mamársela a Manu, así que le hago sentarse en el ribazo, con las piernas colgando y la bragueta abierta. Este hombre tiene un cipote de ensueño. Me inclino cómodamente y me lo trago entero (al cipote, no a Manu). Da mucho morbo hacer una felación al aire libre. Imagino los huesos de las beatas revolviéndose en las próximas tumbas, apenas separadas de nosotros por media docena de metros y un muro endeble. Y alterno la mamada con morreos interminables a este pequeño gran hombre.

El tiempo cambia de repente y nos amenaza una tormenta de verano. Interrumpimos nuestros quehaceres y salimos zumbando de allí, imitando a los abejorrones libadores.

La cena es sucinta, porque hemos comido demasiado a medio día, y, en realidad, ahora nos apetece comer otras cosas. Retiramos los platos y dejamos la mesa libre. La verdad es que llevo la voz cantante en cuanto a "ideología sexual", así que le digo a mi amigo que tengo el capricho de hacerle ciertas cosas (sin prisas y sin pausas) subido sobre la mesa. Manu accede de mil amores. Colocamos unos almohadones bajo su culito y tras su espalda, para que repose cómodamente. Yo arrastro un sillón de junco hasta colocarme ante la mesa. Tomo sus pantorrillas con ambas manos, las levanto y dejo el orificio de su ano en la posición exacta. Al primer lengüetazo noto el latigazo de placer que experimenta el cuerpo de mi amigo. Luego mi boca se transforma en una piraña que come, un oso hormiguero que penetra con su lengua, un gato que lame a su cría. Manu se retuerce entre mis brazos. Noto como se dilata con cada caricia. Le dejo unos segundos con las patas levantadas y el culo expuesto, y corro hacia la mesilla de noche para tomar el tarro de "Lubrifist". Vuelvo a sentarme y retomo la acción. El perineo de mi amigo es abultado, sexy como todo él, y forma como un caballón desde el agujero del ano hasta los mismos testículos. Lo acaricio con mis dedos mientras mi boca traga la verga palpitante. Luego chupo las pelotas lampiñas. En la base de la polla, unos vellos recortados –negros y con canas entreveradas-cosquillean mi nariz. Sigo con mi felación mientras mis dedos se hunden en la crema y embadurnan profusamente la región anal de mi hombre, de mi nene, casi de mi hijo. El primer dedo entra como Pedro por su casa. Me encanta el olor de este chico. Necesito morderle la ingle, y se la muerdo. En mi campanilla roza la punta de su glande. Mi segundo dedo hace compañía al primero. Manu gime. Manu goza. Manu dice que me quiere y que soy muy guapo. Manu es un encanto.

Sigo follándomelo con los dedos. Cada vez más dilatado, Manu desvaría. Recuerdo lo que decía la publicidad de la crema:"Lubricante íntimo sometido a un test dermatológico. FUERTES DILATACIONES. No graso. No mancha". Parece que, por una vez, la propaganda hace honor a la verdad. Intento meterle un tercer dedo…y lo hago. Poco tiempo, porque todo lo que está bien está bien, y no hay que pasarse. A esas alturas ya necesito meterle a Manu algo más que los dedos, así que trotamos hacia la cama que nos espera con sus sábanas frescas prestas a recibir nuestros cuerpos calientes.

No tiene que esmerarse demasiado mi amigo para ponérmela como un palo. Estoy tumbado panza arriba, con la verga enhiesta y mirando cómo me la come mi lindo cazadorcito. Acaricia mi pecho velludo. De vez en cuando hace lo que más me gusta: retuerce mi pezón izquierdo suavemente. También se recuesta sobre mí, busca mi boca, nos besamos y vuelve hacia abajo, lamiendo de pasada mis pezones, mi barriga ligeramente abombada por la cerveza traicionera…

Manu es preferentemente activo, pero me dice que le apetece muchísimo ser penetrado por mí. Le digo que soy todo suyo, y que me utilice de la forma que desee. Y lo hace.

Colocado a caballito sobre mi bajo vientre, encara mi verga hacia su agujero rezumante de saliva y "Lubrifist". Lanza un gemido de sorpresa y placer cuando mi polla entra suavemente en su interior. Me dice que nunca le había ocurrido con nadie, y que está experimentando el placer anal más completo que jamás tuvo. Me cabalga. Primero con cuidado, luego más deprisa. Mis manos atenazan su minúsculas nalgas, pinzan su gruesos pezones, pajean su polla erecta que bailotea ante mis barbas. De vez en cuando mi verga sale de su encierro, y él aprovecha su liberación para acercar su sexo a mi boca, para que lo bese y lo lama, para que lo saboree y lo chupe con ansia caníbal.

Ya es muy de madrugada cuando me corro sobre su pecho. Sudor y esperma restregado por su tórax, por sus pezones, por su estómago. Hace falta otra ducha. Más besos, más caricias…Volvemos a la cama. Apagamos la luz y decimos que mañana será un día duro, que tenemos el trío pendiente, que debemos guardar las fuerzas…Pero la carne es débil, y la nuestra todavía más.

FIN DE LA PRIMERA PARTE

© paterbond007

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