SIETE DIAS…SIETE NOCHES- I
LUNES, 15/06/2009 2,15 PM
¿Es usted guardia de seguridad?
No.
Entonces…¿esas esposas que lleva en la maleta…?
Noto la cara ardiendo como si alguien estuviese ahumándomela
con un soplete. Aquí, en plena Estación de Atocha, recién llegado con el tren
regional que ha dejado mis huesos cincuentones hechos papilla, con el móvil en
la mano intentando ponerme en contacto con Manu, el sudor chorreándome
paletillas abajo…y el chico encargado de controlar los equipajes, que está
mirando fijamente la pantalla ante la que está sentado, y que intenta poner cara
de póker- aunque la sonrisa traicionera le bailotea en su rostro apenas
imberbe-, me hace la dichosa preguntita con voz más bien baja, pero que a mí me
da la impresión que ha sonado por los altavoces de toda la estación.
Estoooo…¡son de plástico! –argumento con un hilo de
voz-ppp…ara un disfraz.
Pues, lo siento, pero tenemos que verlas.
Claro, claro –intento poner al mal tiempo buena cara-lo
supongo.
Mientras me conducen hacia un rincón discreto, susurro a mi
amigo por el móvil "Ahora te llamo, que ha surgido un imprevisto en la cinta que
controla los equipajes de los recién llegados por tren a Madrid… y tengo que
enseñarles lo que llevo en la maleta". Mientras hablo mi cabeza es una
centrifugadora. No me importa enseñarles las esposas, ni la gorra de policía, ni
la larga porra de plástico negro, ni siquiera la pistola junto con la placa…No.
Eso me la suda. Pero lo que me pone de todos los colores, aunque intento auto
convencerme de que tengo derecho a llevar en mi maleta objetos que atañen
exclusivamente a mi vida privada, es que tenga que mostrar-una vez abierto mi
equipaje- el tarro de crema "Lubrifist", o el "Lubricant Warming Eros", o (y esa
posibilidad pone rosetones de amapola en mis barbadas mejillas) ese artilugio
negro, ligeramente encorvado para buscar certeramente la próstata, que lleva el
bonito nombre de "Rude-Boy".
¡Aquí las tiene! –por suerte no he tenido que rebuscar
demasiado-¡Puede ver que son de plástico!...para un disfraz.
La guardia de seguridad (es una chica la que me ha
acompañado), da un vistazo rápido y dice que muy bien, y que las puedo guardar.
Incluso esboza una cierta disculpa alegando que es su obligación…y que bla, bla,
bla.
Yo, felicísimo de no tener que seguir mostrando mis
intimidades, le quito hierro al asunto, y casi me inclino haciendo un saludo
japonés mientras mi corazón vuelve a latir normalmente.
Manu me espera en el sitio acordado. Es pequeñito (no pasa
del 1,60 y no llega a los 52 kgs.de peso), vivaracho, bien formado, con unos
ojos castaños que traslucen la bellísima persona que es, y una barbita canosa
que traiciona los cuarenta y cuatro años de currículum vitae que lleva a sus
espaldas. Nos abrazamos. Imagino que, con mi 1,75 de altura y mis 86 kgs de
peso, debo parecer Yogui junto a este simpático Bu-bú. Me gusta. Nos gustamos de
inmediato. Me produce ternura, ansias de protección, y, a la vez, transmite una
seguridad, una virilidad que me encanta y que hace que me sienta relajado junto
a él.
En cuanto tenemos ocasión nos damos un pico. El primero de
los muchísimos morreos que nos daremos durante estos siete días. Besos de toda
índole. Rápidos, suaves, profundos, mordientes, gustosos, intensos, sublimes,
jugosos, interminables…
Después de un par de horas de viaje
(metro-autobús-automóvil), llegamos a su casa bajo un sol de justicia. Hemos
parado un rato en el súper para completar las vituallas que tiene en la nevera.
En mi honor ha comprado una botella de ginebra, cocacola y una bolsa con cubitos
de hielo. Le he dicho que yo me encargaré de la cocina durante estos días.
Protesta, pero soy inflexible. El tiene trabajo que hacer en su taller, y yo me
desenvuelvo a la perfección entre peroles y sartenes.
Nos damos la primera ducha juntos. No sobra el espacio, pero
tampoco hace falta más. El tacto de sus músculos me excita. Los pezones
sobresalen de sus pectorales lampiños- apenas unos pelillos despistados
enroscados aquí y allá-y no puedo resistir la tentación de inclinarme y
mordisquearlos. El juega con ventaja, puesto que su boca llega exactamente a la
altura de los míos. Y sabe utilizarla, el muy cabroncete. Chupa mis pezones como
un auténtico mamón, enroscando mi vello con su lengua.
Besarse bajo una ducha de agua tibia es la gloria bendita. Su
mano maneja mi pene aprovechando los ríos de espuma que resbalan de nuestros
cuerpos. Yo estoy admirado del cuerno durísimo que brota de su entrepierna, y
que no tiene nada que envidiarle a mis 17 cms. Y sus pelotas son la cosa más
linda que he visto nunca. No puedo resistir la tentación de agacharme y
paladearlas de una en una. El falo, jabonoso, también es deglutido por mi boca.
Diminutas pompas de jabón brotan de mis labios. Sus manos, pequeñas y fuertes,
acarician mi cabeza amorosamente.
Nos secamos lo imprescindible y recorremos los pocos metros
que hay hasta el dormitorio. Le llevo asido de su pene, tirando de él como si lo
condujese al sacrificio. Y allí celebramos durante largas horas el ritual del
sexo. Un sexo de caricias orales. Caricias que nos llegan al corazón, porque
hablamos de los sentimientos, de la empatía que sentimos el uno por el otro, y
caricias físicas, de mamadas, de besos insaciables, de chupetones por todo el
cuerpo.
Apenas dormimos esta noche. Al más mínimo movimiento…ya
estamos enzarzados en abrazos, en revolcones, en más besos robados y ofrecidos,
en caricias tan íntimas… que jamás haría una esposa a su marido.
Me vuelven loco sus nalgas pequeñitas, blancas, redondas. Le
digo que las tiene como un niño de doce o trece años, y que casi me siento fuera
de la ley al tocarle como le toco. Porque le toco, y mucho. Y él se ríe con
carcajadas profundas, broncas –es fumador empedernido-mientras el hielo tintinea
en los vasos de nuestros cubatas y el dormitorio huele a sándalo y marihuana. Y
mi dedo curioso frota su pequeña entrada, y él se estremece y muerde su labio
inferior, y me mira, y no podemos dejar de besarnos mientras le penetro
digitalmente.
MARTES, 16.06.2009
Hemos ido hasta la ciudad con un desvencijado "cuatro latas"
que le han prestado provisionalmente unos amigos. Manu tiene su coche en el
taller debido a un tonto accidente ocurrido hace pocos días, así que ha tenido
que echar mano de lo que le ofrecían. Y, además, agradecido. Pero a ninguno de
los dos nos importan las apariencias. Un coche sirve para llevarte de un lado a
otro, y, mientras lo haga, cumple con su cometido. El resto son tonterías de
esta estúpida sociedad de consumo en la que estamos inmersos. Por la carretera,
a voz en cuello, vamos cantando como niños: "¡Vamos de paseooo, con mi coche
feoooo…pero no me me importaaaaaaaa…porque llevo tortaaaaaa!"
Cualquiera que nos oiga pensará que somos un par de
gilipollas. Igual no va muy descaminado quien piense así, pero a nosotros nos la
suda.
Le aguardo mientras hace unas gestiones en la Jefatura de
Tráfico. Luego disfrutamos de un pequeño recorrido turístico por el centro. Ya
había visto esos restos tan bien conservados del Imperio Romano, pero jamás lo
había hecho disfrutando tanto como lo hago ahora. En cada calleja solitaria, en
cada rincón apartado, aprovechamos para besarnos con pasión adolescente.
Caminamos por las calles empedradas con los brazos ciñendo nuestras cinturas,
riendo continuamente…como dos bobitos enamorados. ¿Sera eso lo que somos?
Me invita a unos vinos en un lugar típico. Luego soy yo el
que habla de picotear cualquier cosa en un bar, mejor que ir a un restaurante.
Estamos de acuerdo. Siempre lo estamos.
Las "patatas revolconas" están de muerte. Picantitas y
gustosas. El salpicón de marisco entra divinamente con la cerveza fresquita. Las
raciones son enormes, así que casi nos cuesta trabajo dar buena cuenta de las
cuatro exquisiteces que hemos pedido. Mientras tomamos los carajillos de ron,
Manu me habla de cierto casadito infiel, al que conoció la semana pasada y al
que le comentó sobre mi próxima visita, y mis ganas de hacer un trío. Le envía
un sms que el otro contesta al instante. Quiere saber cómo soy, así que Manu me
fotografía con su móvil allí mismo, sentado en la mesa del bar, y la remite al
muchacho (apenas tiene 33 años, según me cuenta mi amigo, y está para
comérselo), el cual se apresura a enviarnos una suya por el mismo medio.
Efectivamente está potable este chaval. A él parece que también le he gustado un
montón. Todo arreglado. Nos relamemos por anticipado. Hemos acordado con él que
mañana, miércoles, nos hará una visita por la tarde, después de comer, para
tomar…un café con nosotros.
Volvemos al pueblo. La tarde es apacible y nos apetece dar un
paseo por las afueras. En realidad no hay que caminar mucho para llegar a "las
afueras", puesto que el pueblo consiste en una docena de casas de piedra. Muy
bonitas, eso sí.
Traspasando un pequeño bosquecillo llegamos a un camino que
se desvía hasta el cementerio. Manu me dice que este camposanto le recuerda los
decorados de una película mexicana, de aquellas en las que se ve un pequeño
torreón y paredes enjalbegadas de blanco. Yo le doy la razón. Paralelo al
cementerio, hay un ribazo semi cubierto de matorrales floridos. El ambiente es
cálido y huele a principios de verano. Una cigarra se desgañita entre las
hierbas. Unos abejorrones zumban cerca. Tengo el capricho de mamársela a Manu,
así que le hago sentarse en el ribazo, con las piernas colgando y la bragueta
abierta. Este hombre tiene un cipote de ensueño. Me inclino cómodamente y me lo
trago entero (al cipote, no a Manu). Da mucho morbo hacer una felación al aire
libre. Imagino los huesos de las beatas revolviéndose en las próximas tumbas,
apenas separadas de nosotros por media docena de metros y un muro endeble. Y
alterno la mamada con morreos interminables a este pequeño gran hombre.
El tiempo cambia de repente y nos amenaza una tormenta de
verano. Interrumpimos nuestros quehaceres y salimos zumbando de allí, imitando a
los abejorrones libadores.
La cena es sucinta, porque hemos comido demasiado a medio
día, y, en realidad, ahora nos apetece comer otras cosas. Retiramos los platos y
dejamos la mesa libre. La verdad es que llevo la voz cantante en cuanto a
"ideología sexual", así que le digo a mi amigo que tengo el capricho de hacerle
ciertas cosas (sin prisas y sin pausas) subido sobre la mesa. Manu accede de mil
amores. Colocamos unos almohadones bajo su culito y tras su espalda, para que
repose cómodamente. Yo arrastro un sillón de junco hasta colocarme ante la mesa.
Tomo sus pantorrillas con ambas manos, las levanto y dejo el orificio de su ano
en la posición exacta. Al primer lengüetazo noto el latigazo de placer que
experimenta el cuerpo de mi amigo. Luego mi boca se transforma en una piraña que
come, un oso hormiguero que penetra con su lengua, un gato que lame a su cría.
Manu se retuerce entre mis brazos. Noto como se dilata con cada caricia. Le dejo
unos segundos con las patas levantadas y el culo expuesto, y corro hacia la
mesilla de noche para tomar el tarro de "Lubrifist". Vuelvo a sentarme y retomo
la acción. El perineo de mi amigo es abultado, sexy como todo él, y forma como
un caballón desde el agujero del ano hasta los mismos testículos. Lo acaricio
con mis dedos mientras mi boca traga la verga palpitante. Luego chupo las
pelotas lampiñas. En la base de la polla, unos vellos recortados –negros y con
canas entreveradas-cosquillean mi nariz. Sigo con mi felación mientras mis dedos
se hunden en la crema y embadurnan profusamente la región anal de mi hombre, de
mi nene, casi de mi hijo. El primer dedo entra como Pedro por su casa. Me
encanta el olor de este chico. Necesito morderle la ingle, y se la muerdo. En mi
campanilla roza la punta de su glande. Mi segundo dedo hace compañía al primero.
Manu gime. Manu goza. Manu dice que me quiere y que soy muy guapo. Manu es un
encanto.
Sigo follándomelo con los dedos. Cada vez más dilatado, Manu
desvaría. Recuerdo lo que decía la publicidad de la crema:"Lubricante íntimo
sometido a un test dermatológico. FUERTES DILATACIONES. No graso. No mancha".
Parece que, por una vez, la propaganda hace honor a la verdad. Intento meterle
un tercer dedo…y lo hago. Poco tiempo, porque todo lo que está bien está bien, y
no hay que pasarse. A esas alturas ya necesito meterle a Manu algo más que los
dedos, así que trotamos hacia la cama que nos espera con sus sábanas frescas
prestas a recibir nuestros cuerpos calientes.
No tiene que esmerarse demasiado mi amigo para ponérmela como
un palo. Estoy tumbado panza arriba, con la verga enhiesta y mirando cómo me la
come mi lindo cazadorcito. Acaricia mi pecho velludo. De vez en cuando hace lo
que más me gusta: retuerce mi pezón izquierdo suavemente. También se recuesta
sobre mí, busca mi boca, nos besamos y vuelve hacia abajo, lamiendo de pasada
mis pezones, mi barriga ligeramente abombada por la cerveza traicionera…
Manu es preferentemente activo, pero me dice que le apetece
muchísimo ser penetrado por mí. Le digo que soy todo suyo, y que me utilice de
la forma que desee. Y lo hace.
Colocado a caballito sobre mi bajo vientre, encara mi verga
hacia su agujero rezumante de saliva y "Lubrifist". Lanza un gemido de sorpresa
y placer cuando mi polla entra suavemente en su interior. Me dice que nunca le
había ocurrido con nadie, y que está experimentando el placer anal más completo
que jamás tuvo. Me cabalga. Primero con cuidado, luego más deprisa. Mis manos
atenazan su minúsculas nalgas, pinzan su gruesos pezones, pajean su polla erecta
que bailotea ante mis barbas. De vez en cuando mi verga sale de su encierro, y
él aprovecha su liberación para acercar su sexo a mi boca, para que lo bese y lo
lama, para que lo saboree y lo chupe con ansia caníbal.
Ya es muy de madrugada cuando me corro sobre su pecho. Sudor
y esperma restregado por su tórax, por sus pezones, por su estómago. Hace falta
otra ducha. Más besos, más caricias…Volvemos a la cama. Apagamos la luz y
decimos que mañana será un día duro, que tenemos el trío pendiente, que debemos
guardar las fuerzas…Pero la carne es débil, y la nuestra todavía más.
FIN DE LA PRIMERA PARTE