I
Estaba disfrutando unos días de vacaciones y fui invitado por
Juan e Irina, un matrimonio amigo, a pasar un fin de semana con ellos en su
chalet de la sierra. Chalet único en varios kilómetros a la redonda.
Estos amigos habían transformado en una quinta espectacular
por el buen gusto en la construcción, de otras y otras reformas, una edificación
ya venida de muchos años atrás y que en aquellos entonces, fue una bastimento
para albergar a la gente que iba de paso entre pueblos y ciudades, en unos
terrenos que heredaron de sus padres, estos de los suyos y así a lo largo de
varias generaciones.
Eran ambos amigos de infancia y aunque contábamos casi el
medio siglo de edad, 48 años los míos, sentíamos esa amistad imperecedera que se
lleva en el corazón y que siempre existirá por mucho que cambien nuestras vidas.
Tenían una única hija, cuya edad era de diecinueve años y
hasta el siete de octubre no cumpliría la veintena, por lo que no podía verla
como a una mujer, sino como a una niña a pesar de su mayoría de edad y su cuerpo
voluptuoso.
Era una jovencita muy bella. Con cara pícara y con unos ojos
tan asombrosamente grandes, adornados con unas gafas rojas, rectangulares, que
al mirar producían la sensación de absorber todo aquello que mirase. Por ello, a
pesar de su joven edad, cuando me contemplaba, sentía una atracción tan grande
por su forma de mirar, que incluso a mis amigos les comenté más de una vez, que
si yo fuera un jovencito de la edad de su hija, no dejaría escapar unos ojos tan
bellos como los de Yaiza, el cual es su nombre.
Los días fueron pasando y compartimos un fin de semana tan
agradable que se me hizo muy corto. Demasiado corto porque no quería que llegara
a su fin ese tiempo rodeado de naturaleza por todas partes, y con esa paz que
emergía de aquellos lugares que están lejos de la civilización. Incluso el beber
el agua de la cual se surtían para uso doméstico y para regar su bello jardín,
era tan sumamente saludable, que sin necesidad de ser tratada, ya que surgía del
pozo practicado en un lateral de su terreno, tan pura y cristalina, merecía la
pena estar en ese marco tan sereno por lo saludable de su consumo.
La amistad con esta familia era tan fuerte, que me sentía
como si conviviera con mi propia familia, por lo cual, todo lo que pudiera
afectarles de negativo, en el presente o en el futuro, me afectaría de igual
manera que si de mi familia se tratara. Por este motivo, con Yaiza, en todo
momento y a pesar de la confianza que había entre nosotros, porque la conocía
desde el mismo día que nació, había mantenido una leve distancia, puesto que
durante el tiempo que compartimos en ese fin de semana tan especial, había
notado que ella había intentado por medio de sugerencias, suaves provocaciones,
acercamientos y mostrando sin mostrar su esbelto cuerpo, intimar conmigo,
seducirme, y elevar en mi interior de hombre, el deseo hacia ella.
No podía entender esta actitud, ni tampoco podía comentar con
nadie esas impresiones, porque realmente todo lo hacía con tanta naturalidad,
que el menor comentario por mi parte podría acabar en hacerme ver como un hombre
con mente calenturienta. Por este motivo, me alejaba de ella con sutiliza sin
llegar a un distanciamiento que provocara en mis amigos, una inquietud por mi
raro comportamiento.
La noche del domingo, última ya, y todos en sendas
habitaciones, puesto que saldríamos al día siguiente a la hora del amanecer
hacia nuestros hogares y a la vida cotidiana, fui a gozar de un rinconcito
agradable detrás del chalet, desde donde se podía vislumbrar un paisaje celeste
muy relajante, por lo que había adoptado ese cobijo y hecho ese lugar, un
rinconcito propio. Me senté en el suelo y disfruté la noche.
La noche, una noche de verano muy agradable, cálida,
transportaba en una brisa acariciante una fragancia de infinidad de olores.
Pino, romero, roble, lavanda, lirios, espliego, rosas. Infinidad de perfumes,
llegados de todos los lugares de esa sierra tan placida, como del jardín bien
cuidado de mis amigos. Nunca entendí cómo no era objeto de vandalismo y robo
esta posesión en un lugar tan apartado de toda civilización.
Solo iluminada la noche, por la luz difuminada de las pocas
ventanas que expulsaban la luz de su interior y del resplandor tenue de las
estrellas, que parecían haberse concentrado en mi campo de visión, llegue a
sentir que formaba parte de ese cosmos tan definido, donde desde ese lugar, me
sentía tan pequeño ante la inmensidad del marco que podía admirar, pero a la vez
tan grande como la misma esencia de la creación.
La luna se había escondido en su fase nueva para que pudiera
sentir con mayor fuerza dicha inmensidad.
De pronto rompiendo mis meditaciones, sentí, como Yaiza se
acercó hacia mí y sin decir palabra alguna se sentó a mi lado. Como si supiera
en qué estaba imbuido, se quedó mirando ese trazo de universo.
Rasgando el silencio que no se había roto con su llegada, me
dijo – Oscar. – Este es mi nombre. – Mis padres duermen. – Eso ya lo sabía
porque nos habíamos dado las buenas noches antes de salir de la casa, por lo que
entendí que debería estar alerta a las palabras, acciones, o cualquier otro
hecho palpable o escondido de mi jovencita amiga, debido a que la sentía como
felina acechando a su presa antes de capturarla con sus fuertes instintos de
animal salvaje.
Le comenté. - Ya sé que tus papis duermen. Por eso, por mi
falta de sueño, me salí de la casa para sentir la paz de la noche. Como hacía
tiempo que fuiste a tu habitación te creí dormida y aproveché el que estaba solo
para gozar de esta noche tan agradable.
Ella me miró con sus grandes ojos, que en esa oscuridad rota
por la iluminación etérea que llegaba hasta el lugar donde nos encontrábamos,
los sentía aún más profundos, más hipnotizantes, con un brillo que desbordaba
incluso al brillo de los luceros de la noche.
Me respondió a mi comentario. – Está muy feo que no te hayas
asegurado de si estaba ya dormida o aún despierta. Sabes que me gusta recibir
las buenas noches de papi, mami y por supuesto las tuyas. Debiste ir a mi
habitación como hicieron mis padres y haberte asegurado de si dormía o estaba
despierta. O.......... , ¿te da miedo entrar en mi habitación a pesar de la
confianza que tenemos, ya que me conoces desde que llevaba pañales?.
Yaiza me tuteaba desde muy jovencita. Siempre me había
llamado por mi nombre y desde muy temprana edad me había considerado un amigo
suyo en vez de verme como un amigo de sus padres, por lo que en nuestras
conversaciones, el rasgo más importante de ellas, fue siempre la afinidad entre
dos personas independientemente de las edades que nos separaban. Tanto igual a
una generación.
Mirándola con fijeza a sus ojos le espeté. – No creo que sea
muy oportuno entrar en la habitación de una jovencita. No se si te habrás dado
cuenta que ya no eres la niña que tantas veces he tenido encima de mis piernas.
A la que subía y bajaba porque te gustaba jugar a los caballitos, tanto que
llegabas a cansarlas hasta el punto de dejarlas dormidas, por tu insistencia de
niña mal criada a la que siempre he consentido tanto como deseaba.
Ahora ya no eres una niña, eres una jovencita y en primer
lugar por respeto a ti, porque sabes que te quiero mucho, ya que te conozco
desde que naciste no debo entrar en la intimidad de tu cuarto. Segundo, por
respeto a tus padres que no verían con buenos ojos el que entrara en tu
habitación, y con toda la razón del mundo se sentirían ofendidos porque en el
dormitorio de cada uno solemos estar acomodados. Como sabes que es cierto, andas
siempre en braguitas. Especificando, en minúsculo tanguita, y una pequeña
camiseta. Tercero, por respeto a mí ya que tengo la edad de tus papis y te veo
como a una "joven jovencita" que vas camino a ser mujer y no deseo dar
oportunidad a mente alguna, para que piense que mi intención es aprovecharme de
tu intimidad. No sería de hombre, entrar en el espacio de tu habitación, incluso
si estuvieras vestida con hábito de monja de clausura, porque hay que guardar
siempre unas composturas, aunque no haya nada de malo en todo ello puesto que
como dices te conozco desde que naciste.
Ella me seguía mirando con esos ojos tan enormes. De color
marrón oscuro. De pestañas perfiladas y que le embellecían aún mas esos ojos,
enmarcados con unas cejas depiladas con tanto estilismo, que en su conjunto
creaba el prototipo de la belleza en los portadores del sentido de la vista. Por
mucho que gesticulara con ellos, la impresión se mantenía constantemente. Por
ellos absorbía el propio mundo.
Con voz muy tierna y a la vez autoritaria me dijo. – Soy
mayor de edad. No quiero que vuelvas a llamarme jovencita y tampoco quiero que
me veas como una niña o la adolescente que ya hace años quedó en el pasado. Soy
Yaiza. Una mujer. Te da miedo reconocerlo porque en mí sigues viendo a la hija
de tus mejores amigos y por un respeto que sinceramente admiro, pero no
comparto, sigues tratándome como lo sigues haciendo, a pesar que estoy segura,
cuando me miras, el calor del deseo te recorre todo tu cuerpo. ¡Oscar, por
favor!, no soy boba y me he dado cuenta de cómo me miras, hasta el punto que en
ciertos momentos me siento devorada por tus ojos.
De pronto calló y un silencio grande nos invadió. No sabía
que decirle, ni cómo reaccionar ante sus palabras y sus gestos. Sabía, porque lo
intuía ya desde hace tiempo, que quería atraparme en sus encantos y yo no
deseaba que eso sucediera, aunque debía reconocer que tenía razón . Ya no era
aquella niña de antaño, sino una preciosa mujer, bella, sensual y que incitaba a
ser deseada por su valor de mujer.
Pasado un corto instante le diserté. – Cariño. Aún no tienes
veinte años y yo cuarenta y ocho. Eres la hija como bien has dicho de mis
mejores amigos. Esto me hace prohibirme el verte como quieres que te vea. Llevas
razón cuando dices que eres una mujer y no una adolescente y que tengo que hacer
esfuerzos para no quedarme embobado cuando siento tu feminidad o cuando entreveo
tus encantos de mujer. Por esto mismo prefiero retraerme de las situaciones que
pudieran llevarme a tener pensamientos de deseo, porque sería faltar el respeto
como te he dicho, a tus padres, a mí y máxime a ti misma.
Sin dar tiempo a que se esfumara el sonido de mis últimas
palabras me razonó. – Quiero que entiendas que tengo una vida independiente de
mis padres. Aunque viva con ellos por la imposibilidad de comprarme un piso o
una casa para hacer mi vida. Mi trabajo no me da para poder independizarme.
Sabes que si los alquileres fueran más bajos haría tiempo que habría salido de
casa, pero para compartirlo con otras personas, prefiero vivir en casa de mis
padres.
Advierte que decido cómo quiero que sea mi vida, y por
supuesto, soy libre para elegir a mis amigos, amantes, novios o cualquier tipo
de relación. A ti te quiero más allá de una simple amistad y me llamas mucho la
atención como hombre. Hace tiempo que dejé de ser virgen y mi sexualidad la vivo
lo más intensamente que me es posible con los hombres que yo elijo. Por lo cual,
olvida las deferencias por mis padres que no controlan mi vida y como te
especifico, tengo libertad para poder decidir con quien quiero compartir.
Se quedo de nuevo callada, como queriendo que asimilara sus
palabras y muy atenta a mí, como intentando analizarme.
Siguió apuntándome. – He de reconocer que me gustas mucho y
desde hace mucho tiempo te veo como a un ser que me vuelve loca y encuentro en
ti al prototipo de hombre que me aturde porque reúnes madurez, atractivo y un no
se qué, que no puedo definir, y me provoca buscarte para enredarte en mis brazos
y que me hagas tuya.
Yaiza me miró con una mirada indefinida pero con una sonrisa
cargada de un punto que me hacía sospechar que algo fuerte tramaba.
Se levantó, se puso frente a mí y a pesar de la oscuridad de
la noche, como si las claridades que resurgían del entorno se adaptaran a los
movimientos de ella y la reverberaran de esa penumbra, pude ver su figura con
una nitidez palpable.
Cuando se aseguró que tenía toda mi atención sobre ella, con
sus manos fue viajando por todo su cuerpo. Seguía cada una de sus curvas.
Transitaba su cuerpo mostrando sus volúmenes.
Me quedé como petrificado, sin palabra, sin forma de salir de
aquella situación y como totalmente sugestionado seguí sus movimientos que me
perturbaron muy agradablemente a mi pesar.
Sus dedos acariciaron sus labios que se humedecían según se
los adulaba. Sus pechos se tensaron cuando los envolvió con sus palmas y sus
pezones se notaban a través de su fina camiseta exaltados al notar ese roce. Fue
recorriéndolos y marcándolos para que pudiera observar su redondez y su forma
aún escondidos tras su prenda. Recorrió su cadera y marcó en un suave movimiento
la forma de sus glúteos que ya de por sí estaban marcados por el estrecho
pantaloncito corto que dibujaba su tapada desnudez.
Como ella notaba que estaba totalmente abducido por sus
sugerencias, y marcando su sonrisa con una apología de su autoerotismo, se quitó
su camiseta dejando libres unos pechos tersos, enaltecidos por su juventud, con
una tez brillante y un color de piel clara que rehuía de los rayos del sol. Ni
pequeños ni grandes, puesto que su talla noventa le daba unas proporciones que
invitaba ir hacia ellos. Su aureola sonrosada y amplia, creaba el cerco perfecto
a su pezón de tonalidad más oscura, y estos, en una erección causada por sus
caricias, lo pronunciaban en su pequeñez a resurgir como montaña elevada sobre
montaña.
Se puso de espaldas a mí y se desprendió de su pantaloncito.
Dejó frente a mis ojos expectativos, sus glúteos que configuraban unas nalgas
tan absorbentes que me incitaban a tener millones de pensamientos en fracciones
de segundo. Su culete abombado, generoso, proporcionado, apretado, bien
definido, muy femenino, muy sensual, reflejaba una esencia de sensación ávida
por llevarme a la sensitividad que me transportaba a perderme en el mundo de la
tentación. Un tatuaje en la cadera derecha, los símbolos del equilibrio del Yim
y el Yam, creaba ese punto de arte al propio arte que era ya en sí su propio
cuerpo.
Fijándome en su espalda tan excelsa como todo el resto de su
cuerpo, distinguí en su omoplato izquierdo otro tatuaje representando al diablo
y en el derecho a un ángel. Con estos dibujos tan peculiares, me estaba
indicando de una manera tan sutilmente indirecta, que su personalidad era tan
propia, tan de ella misma, que nadie podía inmiscuirse en sus decisiones y que
ella satisfacía sus propios laudos.
Siguiendo en silencio, sin perturbar con sonidos ese momento
en el que deseaba descubrirse para que contemplara en toda su divinidad su
cuerpo, se puso frente a mí y abriendo las piernas para que desde mi posición
pudiera ver su vulva, fijó sus ojos en mis ojos para saber lo que me estaba
transmitiendo y recoger en mi contemplación los resultados de su suave cultivo
sicalíptico.
Mis ojos no podían dejarla de mirar. La contemplaba exhausto
por tanta belleza incipiente descubierta de su cuerpo y que seguía dejándome
conocer. Todos mis sentidos se concentraban en su piel sin percibir nada que no
fuera ella misma.
Su sexo tenía el pubis adornado con un vello recortado pero
no desestimado como por norma general la mayoría de mujeres por higiene los
rasuraban totalmente. El triángulo pélvico, con la forma que su tanguita
ocultaba, de color moreno fuerte, por su cantidad de pelo que se concentraba en
ese espacio de follaje, indicaba el camino para llegar a la gruta, que Eros
definía, como entrada al paraíso carnal.
Me llevó a ver sus labios vaginales salientes y ondulados,
que cerraban como puerta, el paso a ese lugar que imaginaba tan dulce, y con una
humedad, que se acrecentaba por la fluidez de sus arroyos interiores, los cuales
se desbordarían con frecuencia por la energía de su propia sexualidad.
Como leyendo mis pensamientos, acarició su zona vaginal con
una lentitud exagerada. Abrió sus labios para que pudiera observar el color
sonrosado de sus paredes y la humedad muy visible a pesar de la tenue luz , que
brotaba de sus profundidades.
Quedé embelesado en su zona genital y fue el imperceptible
destello de un pequeño brillante que había perforado su ombligo, el que me sacó
de esa fijación sobre la vagina de mi joven amiga.
Cuando supo que me había transmitido todos sus encantos, se
volvió a cubrir y sin decir palabra alguna se sentó de nuevo a mi lado. Me hizo
un signo para que no hablara, poniendo un dedo en sus labios. Se acercó a los
míos. Me besó con un beso tierno, suave, simplemente labios con labios. Apoyó su
cabeza en mi hombro y tomando mi mano con la suya, estuvimos un rato impreciso
contemplando ese cielo estrellado.
Si Yaiza, en ese momento hubiera deseado poseerme, solo le
habría bastado tomarme a su antojo ya que estaba totalmente entregado y mi mente
no podía resistirse a tantos encantos que me habían excitado sobremanera. Pero
en conciencia no lo hizo. Debió desear que fuera yo el que la buscara sin ella
persuadirme.
Percibía que Yaiza deseaba que asimilara todo lo que había
podido contemplar en ella. Sabía que intentaba crearme una fase de meditación
para que liberara barreras y como punto de inflexión, tomara ese momento como un
nuevo encauce de nuestra amistad. Sabía que pretendía no la contemplara como la
hija de mis amigos, sino como la mujer que era, y con una idiosincrasia muy
propia, a la cual tratar independientemente de la afectividad que había hasta
ese momento.
Al cabo de unos minutos, le di las buenas noches. Fui a mi
habitación porque sabía que el silencio nos podía sumergir en una fase de
ensoñación donde se romperían los esquemas que yo quería perduraran a pesar de
los lapsos momentáneos que había tenido. Con su desnudez me había instado a
mostrarle mi realidad. La veía como mujer. Sus encantos me llevaban a la
excitación y ella la apreció, porque pudo percibir la incontrolada erección bajo
mis pantalones. Sinceramente no quise ser hipócrita para ocultarla y aseguraría
que eso la indujo a seguir en su acción de mostrar que era una verdadera mujer.
Pero .......... por mucho que la deseara imperaba el
raciocinio de entender la diferencia de edades y que era la hija de mis amigos,
por lo cual a pesar de ese momento tan mágico que me trastocó todos mis rectos
pensamientos, mi sensatez me sacó de ese letargo tan apasionado, llevándome a la
verdadera cordura y mi intención siguió siendo la de alejarme de todo
acercamiento que no fuera pura amistad.
Ya en mi cama cerré los ojos. Me dormí. No recuerdo cuales
fueron mis sueños, pero estaba seguro que Yaiza había sido el centro de varios
de ellos en esa noche que daba por terminado el fin de semana en compañía de mis
amigos.
II
Al sábado siguiente, fui a tomar un café sobre las nueve y
media de la mañana a una cafetería ya habitual en mis costumbres, donde además
de tomar un buen café, el ambiente era muy agradable. Como fondo siempre tenían
el canal de los cuarenta principales de la radio con lo mejor de la música del
momento.
La iluminación era tan amable que ya se deseara charlar con
alguien, se pretendiera leer el periódico o simplemente contemplar el barullo de
la gente que utilizaba esa cafetería, esa claridad tanto de sus cristaleras como
de la luz artificial, creaban un entorno perfecto para sentirse muy cómodo.
Tenía un espacio muy amplio de forma rectangular donde la
barra que ocupaba un tercio del total se situaba en el centro. A ambos lados
había dispuestas mesas con cuatro sillas de madera de roble repujadas, donde las
personas que disfrutaban de esa cafetería pudieran tener un espacio preciso.
Estando en un extremo de la barra, distinguí en una de las
mesas del fondo a Yaiza y a una amiga común a ambos.
Yaris, esta amiga, a pesar de su edad puesto que contaba ya
treinta y siete años, desde el mismo día que la presenté a Yaiza, debido a que
era una amiga mía de ya hacía varios años, se habían compenetrado tan sumamente
bien, y compartían tantas aficiones, que se gozaban como verdaderas amigas.
Ambas tenían distintas amistades pero no se sentían condicionadas para no pasar
mucho tiempo juntas.
Se las veía juntas jugando al squash o al bádminton. Cuando
les daba el gusto por el arte literario, escribían poemas, relatos, pensamientos
e intercambiaban impresiones. Les gustaba ir de compras para que la otra diera
su opinión y lo que más las hacía tan afines, era su amor por el cine, por el
cual, veían juntas al menos una película a la semana.
Más de una noche determinaban desmelenarse e iban a bailar y
no había noche que salieran de fiesta que no ligaran.
Al igual que Yaiza, Yaris no tenía pareja, ni novio, ni alma
con la que se hubiera inmiscuido compartiendo vida. Sabía, porque todo se conoce
a través de los comentarios que se suelen hacer, ya sea de forma directa o
indirectamente, ambas disfrutaban con el coqueteo, con la provocación, con el
erotismo, mantenían relaciones esporádicas con hombres y nunca de compromiso.
Me acerqué a saludarlas y me invitaron a tomar asiento con
ellas.
Me comentaron que estaban intercambiando el último relato que
habían escrito y me ofrecieron ojearlos. Con gusto los leí ya que no eran muy
extensos.
Me quedé fascinado al leer el relato de Yaris por su forma
sutil al tratar su historia, donde con una gran calidad poética, narraba cómo
una pareja después de conocerse en una discoteca acabaron en la cama haciendo el
amor. Imaginé que fue una de sus aventuras.
Cuando leí el de Yaiza, no pude evitar se me erizaran todos
los bellos del cuerpo. Narraba en una historia muy bien relatada nuestro momento
de la noche del domingo pasado, donde había añadido para darle cuerpo al texto,
como tomado de un pensamiento, lo que me había perdido al no aceptarla en el
plano íntimo, describiendo cómo hubiéramos hecho el amor y las fantasías que
ella tenia preparadas para mí.
Cuando levanté los ojos del relato de Yaiza, me di cuenta que
ambas con una sonrisilla en la boca me miraban muy atentamente.
Yaris me indicó. – Me ha contado Yaiza que por mucho que te
provocó, te quedaste impasible a la provocación. ¿Tú crees que es normal, que te
pongan en bandeja un cuerpo tan espectacular, tan joven, tan deseable y que
simplemente te dedicaras como pelele a mirar impasible y después fueras a dormir
sabiendo que ella está loquita por gozar de ti?.
Sin saber muy bien lo que iba a decir, le discrepé. – ¿Cómo
crees que voy a meterme en la cama con ella cuando por mucho que lo intente, la
veo como a la hija jovencita de mis amigos?. No solo es la amistad que me une a
sus padres, sino que yo mismo podría ser su padre por edad, y estoy seguro que
todo esto es un capricho momentáneo de Yaiza. Si me dejara llevar e hiciéramos
el amor, es posible que ella se arrepintiera, y seguro, yo tendría cargo de
conciencia.
Riéndose me vaciló lo que acababa de señalar. – ¡ Tu pene no
piensa lo mismo ¡. Según me ha contado, te reventaba los pantalones mientras te
mostraba su cuerpo.
También riendo, como en complot, intervino Yaiza. – ¡Y no
veas cómo marcaba paquete!. Porque no quise echarme encima de él y preferí que
fuera él el que me buscara para no parecer una pelandusca, pero si me hubiera
sentado en su regazo, me habría perforado hasta las amígdalas.
Ambas, no paraban de reírse e intentando aparentar serenidad,
la cual me faltaba totalmente, porque me estaban descuadrando entre las dos, les
conversé. – Bueno. Es normal que el pene reaccione ante el cuerpo desnudo de
Yaiza, pero eso no significa que los valores que tengo no sean más importantes
.......... ¡ y por favor, dejemos ya este tema porque me estoy sintiendo
incómodo !.
– ¡Vale Oscar, no te enfades!. – Intentó apaciguar los ánimos
Yaris. –Solo estamos bromeando. Pero quiero decirte algo y con esto ya no
dialogo más del tema.
Si tu cuerpo ha demostrado que la deseas, ¿porqué no te dejas
de inhibiciones y dejas que tu pensamiento responda como tu cuerpo?.
Yaiza es una mujer. Es joven. Pero tanto en el amor como en
el sexo has de reconocer que no existen edades.
Sea hija de tus mejores amigos no es un motivo para que no
puedas relacionarte con ella en un plan íntimo, ya que tiene su propia vida.
Además no serías el primer hombre que se lleva a la cama ni por supuesto el
último. Esto te lo hago ver porque nosotras, más de una noche, hemos acabado en
las habitaciones de mi casa, con chicos y hombres que hemos conocido en nuestras
salidas. Si no comprendes, tú te lo pierde, ya que esta vida es tan sumamente
desagradecida, que nos da solo cuatro momentos buenos, y estoy segura que más
vale arrepentirse por haber actuado indebidamente, por lo cual, ya habrá tiempo
para enmendarse, que arrepentirse de no haber intentado algo que por evidencias,
tú mismo estás seguro deseas.
Quiero que asimiles, que ella te ve con ojos de mujer. Se
siente muy atraída por ti. No voy a identificar esa atracción como un amor,
porque ella entiende es absurdo enamorarse cuando no vivirías con una mujer de
su edad, ni ella tampoco se ve, por lo joven que es y sus posibilidades de
disfrutar de la vida, hipotecando su libertad. Todavía no quiere obligaciones
amorosas, aunque algo hay por esos mundo de Dios que la tiene trastocada.
Pero.......... por su sentimiento y atracción hacia ti, el cual no es un
sentimiento posesivo, desea tenerte al menos una vez, para entregarse y sentir
en ti una entrega. Es lo único que desea y por eso aunque ha tratado de
provocarte, no ha querido con sus armas de mujer llevarte a la cama. Distingues
que si ella hubiera querido, habrías caído en su seducción por mucho que te
opusieras. Desea hacerte el amor, pero necesita que sea algo que salga de ti, y
si no surge tus ganas hacia ella, ten claro que jamás se entregará. Eres mucho
para ella, no un ligue ocasional.
Yaiza no hizo comentario alguno a la disertación de Yaris.
Mientras escuchaba, su cara transmutó su alegría de hacía unos minutos en una
expresión muy difícil de definir. Una mezcla de tristeza, decepción y
resignación.
Se disculpó porque tenía que marcharse y se despidió de
nosotros.
Mirando sus ojos, en esa despedida, me dio la impresión en
ese mismo momento, que había tomado la decisión de olvidarse de mantener
relaciones íntimas conmigo. El enfoque que hizo Yaris de ella hacia mí, fue como
desnudar su alma. La dejó pensativa y como rumiando las palabras que Yaris con
tanto tacto dejó en el aire para sintetizar sus emociones, dejó su estado de
ánimo en un silencio afligido. Se creó en sus ojos un destello acuoso que
rubricaba esa impresión que me había parecido advertir en ella, y con un adiós
se alejó de nosotros.
Estuvimos media hora más charlando de todo un poco y cuando
salimos de la cafetería la acompañé a su casa puesto que vivíamos muy cerca. Ya
en la puerta de su portal, me invitó a subir y tomar con ella un café como
tantas otras veces me había invitado. Acepté su ofrecimiento ya que no tenía
nada mejor que hacer, y sobre todo, porque en ese momento no quería estar solo
ya que el recuerdo de Yaiza me tenía apesadumbrado.
Cuando llegamos a su piso, amueblado con gusto, pequeño, pero
habiendo aprovechado muy bien los espacios con lo que daba sensación de
amplitud, me acomodé en el sillón de costumbre y me pidió que la esperase unos
minutos para darse una ducha, ya que había salido a andar unas horas. Solo le
había dado tiempo en su regreso a tomar el relato para la cita que había
concertado con Yaiza. Ni tan siquiera, porque llegaba tarde a su encuentro, pudo
cambiarse de ropa.
Cuando regresó, portaba en una bandeja, dos tazas de café.
Las situó encima de la mesa baja de cristal color ámbar y soporte de bronce
cuyas patas recordaban el estilismo rococó. Se sentó en la parte opuesta para
estar frente a mí y poder charlar cómodamente.
Yaris era una mujer con cabello moreno hasta el hombro. Ahora
mojados eran muy sugestivos. Sus ojos marrones y grandes tendían como los de
Yaiza a absorber todo lo que se reflejaba en ellos. Su boca, con labios superior
fino e inferior algo más grueso proporcionaba una boca que llamaba a besar. Su
cara redondeada y su nariz con un volumen que contrastaba con toda su faz, en
general todo su conjunto, me producía siempre que la miraba, por sus gestos y
expresiones, un algo especial que me atraía enormemente, ya que a través de su
semblante podía percibir todo lo que en su mente y alma estaba guardado.
Era muy atractiva. De curvas marcadas. Muy sensual. Siempre
había sido una mujer a la que todos los que la habíamos conocido en su juventud,
sentimos por ella un interés muy especial, rallante al deseo. Ahora con sus
treinta y siete años, su belleza no había perdido ese atractivo desafiante, al
contrario, se había añadido la solidez de la hermosura de la madurez.
No tenía ya ese tipo estilizado, sino que tenia sus kilos
demás que se acumulaban repartidos, pero su volumen jamás me dio la impresión de
obesidad, sino de mujer voluptuosamente rellenita y muy atrayente.
Con Yaris, y un grupo de amigos y amigas, había ido de
vacaciones en varias ocasiones a la playa. Conocía su cuerpo, puesto que su
bikini, a pesar que la cubría bastante bien sus pechos y su culete, para no
dejar marcas blancas en su piel, tomaba el sol cada cierto tiempo, quitándose la
pieza de arriba y la inferior la introducía entre sus glúteos a modo de
tanguita.
Sus pechos no eran grandes, pero con un volumen tan sugerente
que incitaban a desearlos. Su pezón también pequeño como el de Yaiza, estaba
cercado por una halo sonrosado oscuro por su tez morena. Siempre que los había
contemplado me llamaban a tenerlos presentes porque de siempre me había atraído
esta mujer, aunque jamás dejé entrever este deseo. El trato de amistad siempre
fue en mí, un motivo imperioso para no mezclar ese aprecio con sensaciones que
llegan sin poderse evitar, pero se restringen para que la amistad no pueda
enturbiarse. Siempre he pensado que una buena amistad se desvirtúa desde el
mismo momento que se mantiene intimidades, ya que el concepto de amistad se
rompe por conmociones que abarcan innumerables definiciones arraigadas al deseo.
Su culete, generoso, incitante, con sus glúteos apretados. A
simple vista se les admiraba tersos, suaves, sugerentes. Sus muslos configuraban
un conjunto atrayente tanto en su unión a los glúteos como al resto de sus
piernas. La admiraba como esa amiga de tantos años sin embargo también en
silencio la soñaba.
Fue desde siempre muy buena conversadora. Con su gran
inteligencia, sabía adaptarse siempre a cualquier tipo de tertulia y en
innumerables momentos, pasamos horas y horas charlando. Su capacidad para
dialogar y su admirable conocimiento en todo lo que disertábamos me tendía a
sentirme atraído por compartir su tiempo en lo campechano e instructivo de
nuestros encuentros de los cuales nunca rehuí.
Ya en esa intimidad de su morada, me miró con una
contemplación muy distinta a la que habitualmente me tenía acostumbrado. Notaba
en sus ojos un centelleo no propio de su forma de mirarme. En vez de su
habitualidad dicharachera con la que manejaba el principio de nuestras
conversaciones, para llevarme a los temas que deseba tratar, en ese instante,
extrañamente, su locuacidad quedo en un silencio como si pretendiera comunicarse
solo con la mirada.
Sentada frente a mí, y vestida con una camiseta larga que la
llegaba al medio muslo, se movía en el sillón como si se sintiera incómoda y no
encontrara la postura adecuada. En cada movimiento, mis ojos no podían evitar
mirar sus piernas que al cruzarlas o ir de un lado hacia otro, dejaban ver sus
braguitas blancas y me estaba produciendo una sensación erótica mayor que cuando
la veía semidesnuda en la playa.
– Oscar. Me interpeló. – Siempre has dicho que eres un hombre
sin compromiso. Siempre has ponderado que no tienes que dar explicaciones a
nadie de tus actos. El que tuvieras un romance, una aventura o simplemente
relaciones esporádicas, aclamaste persistentemente que es solo parte de tu vida
de la cual a nadie tienes que dar explicaciones. Me he quedado sorprendida ante
la forma de actuar con Yaiza. No me cuadra. Te trato desde hace muchos años y
nuestra confianza me ha llevado a conocerte muy bien. Sé, y lo digo por mis
conocimientos sobre tus andanzas mujeriles, eres un hombre excesivamente
influenciable ante los encantos de las mujeres que te reverberan, y nunca has
dejado pasar la oportunidad de llevarte a la cama a cualquiera que se te ha
insinuado. No me cuadra que de una manera sutil, en eso estoy de acuerdo, pero
tremendamente doliente para Yaiza, no te hayas dejado llevar por ella, y te
niegues a darle la satisfacción de tenerte para ella sola, incluso solo fuera
breve tiempo. De seguro ese momento le sería muy importante. No eres un hombre
al que ame, pero está muy apegada a ti y quiere tenerte en ella.
Respondiendo a su perorata le comenté. – Cariño. Ya he dicho
los motivos que tengo para no dejarme llevar por Yaiza. Siento respeto por sus
padres y por ella, ya que es muy joven. No quiero anteponer el deseo a la
amistad. ¿Puedes entenderme?.
Riéndose suavemente me refutó. – ¡ Oscar, Oscar ......¡.
¿Cuántos años llevamos conociéndonos?. Muchos ya.
También hacia mí, por la amistad que se ha creado entre
nosotros, me has mirado con ese cariño de amigo y te has comido tus ganas por
gozarme cuando por un motivo u otro te has sentido excitado conmigo.
¿Te crees que no me he dado cuenta cómo te crecía la
entrepierna cuando me has visto en un plan provocativo?. Cuando hemos estado de
vacaciones ligeritos de ropa. Cuando hemos bailado muy adheridos porque la
música aconsejaba estar muy pegaditos. Cuando hemos jugado a picardearnos.
Incluso en este momento no puedes dejar de mirarme las piernas y mis braguitas.
Estoy segura que si no fueras tan respetuoso por tus cánones en cuanto a la
amistad, ya me habrías desnudado, tomado en tus brazos y hecho el amor.
Al igual que Yaiza, después de dejar su descarga de
opiniones, callaba para que yo cotejara todo lo que me decía, a la vez que me
autoanalizaba.
Sin dejarme responder me preguntó. – ¿También a mí me
evitarías si fuera yo la que me insinuara ahora, en este momento, para
provocarte y con ganas de llevarte a la cama, por el simple hecho de mirarme
como una íntima amiga?.
Se levantó y acercándose con gran suntuosidad me dijo. – ¡Si
no fueras tan condenadamente guapo no estaríamos locas por tus huesos!.
Como Yaiza hizo en su momento, puso su dedo en sus labios
para significarme que no dijera nada.
Se subió la camiseta por encima de la cintura y abriéndose de
piernas se sentó en las mías. Rodeó con sus brazos mi cuello y me apretó contra
su pecho. Mi cara quedó en sus senos hundiéndose en ellos. Me cogió tan de
sorpresa, fue un golpe de adrenalina tan grande, que mi sangre se revolucionó.
Mi pene, comprimido bajo mi ropa, y con la presión del peso
del culete de Yaris, gritaba el querer salir, expandirse, ya que la excitación
fue ganando mi conciencia y necesitaba dejar de sentirse oprimido.
Notó que la erección era un hecho y como si hubiera leído mi
pensamiento, se echó hacia atrás. Desencintó mi cinturón, desabrochó el botón y
bajó la cremallera. Metió la mano por dentro de mis calzoncillos y con suave
caricia sacó mi miembro que al sentirse libre, como resorte, se puso mirando al
cielo.
Me dijo en un susurro me dejara hacer. No me resistiera.
Solamente gozara de ese instante.
Desprendió mi camisa y se entretuvo unos minutos, besándome,
acariciándome mi cabello, mi cara, mi pecho.
Se levantó y arrodillándose me retiró el pantalón, los
calzoncillos calcetines y zapatos. Acercó su boca a mi sexo ya altivo y como si
necesitara lamerme porque en ello le fuera la vida, creó un ritmo en sus
movimientos tan grande, que con la presión sobre mi glande me temía acelerara el
orgasmo muy prematuramente. Le retiré la cabeza y le dije que fuera con
tranquilidad. Con una sonrisa, asintió con la cabeza. Se levantó. Me tomó de la
mano y me llevó a su dormitorio. Ya en él, y sin retirar la colcha de la cama,
me tumbó. Desprendiéndose de sus chancletas, camiseta y sus braguitas, única
ropa que la cubría volvió a tomar mi glande entre sus labios, pero ahora dejó en
los míos su vagina, para que yo también pudiera lamerla y disfrutar del banquete
que era su sexo abierto y jugoso.
Sus labios vaginales de una tez oscura, muy inspiradores se
abrían dejándome paso para que mi lengua bebiera sus flujos cada vez mas
cuantiosos. Su clítoris erecto y colmado de sangre, al acariciarlo con la
lengua, morderlo suavemente con mis dientes y presionándolo con mis labios, le
generaba pequeños estremecimientos.
Debía de sentirse muy excitada y debía estar ansiosa por
hacer el amor de forma brusca y el orgasmo llegara lo antes posible, porque como
enloquecida, se puso encima, metiendo mi miembro dentro de su rendija y de forma
exageradamente acelerada, casi violenta, con movimientos vertiginosos, movía su
culo para que mi pene entrara y saliera a un ritmo muy activo. En un brevísimo
tiempo, entre jadeos y respiración muy alterada, me pedía que me derramara en el
interior de su vulva porque ya se iba a romper por dentro.
Entre gritos, exagerados gritos, le llegó el orgasmo que
estremeció su cuerpo y con esa energía con la que sus paredes vaginales me
exprimían, mi semen salió disparado hacia sus entrañas. Debe ser que sintiendo
me vaciaba con ella, sintió un multiorgasmo o su éxtasis se extendió, porque sus
temblores se prolongaron aún después de haber eyaculado la última gota de semen.
Cuando la relajación llegó tras la bravura del acto, se dejó
caer encima de mi pecho y besándome y acariciándome como queriendo seguir
teniendo conciencia que era una realidad y no un sueño lo que estaba pasando, me
dijo en un susurro casi imperceptible. – ¡No sabes las ganas que tenía de que
fueras mío, condenado cabrón¡. Ha tenido que ser Yaiza la que pusiera el camino
para me echaras un polvo. ¿Te sientes ahora con cargo de conciencia por haberme
follado?. ¿No me digas que no te has corrido con ganas y ahora te arrepientes de
no haberme jodido mucho antes?.
Me entró la risa por sus preguntas, ya que sus palabras
estaban tan cargadas de satisfacción, como el que logra encumbrar un alta
montaña. Entre risas le murmuré que era cierto lo que decía y la había deseado
desde siempre.
Como no pudimos dejar de acariciarnos, besarnos,
ronronearnos, estimularnos, mi cuerpo al poco se volvió a despertar y Yaris, que
era una mujer ardiente, al notar que mi miembro se volvía a poner erecto, con
una sonrisa picarona me dijo. – ¡Vaya, vaya cabroncete, parece que le has cogido
el gusto a fallarme y ya tienes ganas de volver a meterla!. Dame unos minutos
que tengo ganas de mear y me limpio el coño para que puedas volver a comértelo.
Le dije que también yo iría al baño y la acompañé.
Ya en el cuarto de baño, me dijo jugueteando, deseaba
ayudarme a mear y que la dejara coger mi pene para dirigir el chorrete. La
consentí y entre risas porque me temía que no apuntara bien a la taza, fuimos
bromeando. ¡Sí, tuvo buen tino¡. Al terminar se sentó ella.
No era amigo de la lluvia dorada, porque siempre he creído
que era antihigiénico, pero verla sentada en el retrete me lleva hacia una
provocación para la vista por lo que le pedí abriera las piernas y poderla
observar. Jamás había tenido ocasión de ver a una mujer en semejante situación y
mi cara debió tomar un gesto sumamente gracioso, porque se reía mientras iba
evacuando su vejiga. Cuando se iba a secar le sugerí que me dejara a mí que la
aseara, y para ello entrara conmigo dentro de la ducha.
Abriendo el agua caliente y dirigiendo la alcachofa de la
ducha al centro mismo de la bañera, nos colocamos ambos bajo el agua y cuando
estuvimos cubiertos con el elemento acuoso, cerré su salida.
Tome en mis manos una magna cantidad de champú de extractos
de vainilla, cuyo aroma me fascinaba, y comencé desde la mejilla, a enjabonarla.
Cada caricia de mis manos impregnadas de gel, le producía una satisfacción que
se reflejaba en su cara.
En su cuello, donde encontré una gran sensibilidad, me
entretuve lo suficiente para que además de producirle sensaciones estimulantes,
masajear sus cervicales y así proporcionarle relajación.
La puse de espaldas a mí y fui enjabonándosela. Mi intención
además de refrescarla, era buscar sus zonas erógenas e insistía en cada
centímetro de piel para notar sus reacciones, por lo que al llegar a cada una de
ellas, buscando movimientos circulares y presionando lo suficiente para que
notara mis manos, irla preparando para que volviera a arder de deseo.
Cuando llegue a sus nalgas, metí la mano entre ellas y al
frotar el orificio del ano noté como ese frotamiento le hacía moverse, ya que
con cada roce en esa abertura apretada, sentía sensaciones que le agradaban.
Aprecié que relajaba el esfínter para que entrara y aunque no quise penetrarla
con mi dedo, ya que estaba cubierto de jabón y no quería le pudiera irritar su
interior, la apreté para que notara la presión y se sintiera invadida en su
trasero.
Seguí enjabonándola hasta los pies y seguidamente volviéndola
frente a mí hice lo mismo con su parte frontal.
Al ganar sus pechos, sus pezones se pusieron duros como roca
al sentir las caricias jabonosas de mis dedos. Su aureola se había expandido de
tal forma que su tersura estiraba los bordes que se unían al pezón por lo que
estaba evidenciando que mis manos le proporcionaban corrientes que la
transcurrían.
Al alcanzar su vagina, suave como la de una bebé ya que
estaba rasurada a conciencia, froté sus labios cuya textura se iba expandiendo
según la friccionaba. Su clítoris estaba totalmente encendido. Cargado de todo
el riego sanguíneo que era capaz de soportar. Con cada roce un gemido salía de
su boca invocando las sensaciones que estaba concibiendo. No quise tampoco
introducir mis dedos jabonosos dentro de su vagina por si pudiera ese gel
irritarla, por lo que superficialmente fui espumando, dejándola limpia y fresca
donde su emergente flujo por la excitación y los restos de semen salían al
exterior.
Abrí de nuevo la corriente de agua y le retiré de cada uno de
sus poros, la espuma que le había cedido. Al llegar a su entre pierna, con el
agua corriendo entre ella, introduje dos dedos para con el agua que la surcaba,
limpiar los restos que pudieran quedar dentro de ella. Al sentirse penetrada, se
estiraba de gozo por lo cual agachándome, mi lengua quiso ayudar a crear mayor
estimulación y arengó en su clítoris el cual estaba cada segundo más altivo y su
hendidura más lubricada.
Me alcé y la besé. Su boca me quería comer. Ya no controlaba
puesto que era la pasión la que la controlaba a ella. Se agachó y tomando mi
glande entre sus labios, los absorbió, chupando con una presión que producía la
sensación que me lo iba a desprender del pene. Mientras absorbía, sus manos no
dejaban de acariciar mis testículos, mis glúteos y mis muslos.
Sabía cómo crear una felación vivificante. Sabía cómo erigir
ritmos y presiones para que los puntos nerviosos se enardecieran.
La elevé porque la veía muy entusiasmada con mi órgano en su
boca. Le dije pusiera sus manos en la pared y abriendo las piernas, pusiera el
trasero en pompa. En esa postura, la penetré. Me permitía esa posición
acariciarle la espalda, sus glúteos, sus senos, su clítoris, su pelo, su cuello,
prácticamente todo su cuerpo, en un contoneo en el que ambos estábamos
amoldados. Podíamos disfrutarnos con el contacto piel con piel.
En uno de esos recorridos de mis manos por su cuerpo, mi dedo
anular acarició el orificio de su esfínter y como el agua no dejaba de correr
sobre nuestros cuerpos, lo dejé entrar un poco en sus adentros. Al notar ese
intrusismo en su ano me dijo. – ¡Oscar, sí, penétrame por los dos lados, quiero
sentirte en mis dos agujeros!.
La consentí y según entraba mi falo en su vagina, introduje
en su agujero del culete primero un dedo y después dos, penetrándola a un mismo
ritmo por sus dos orificios.
Yaris estaba totalmente entregada. Solo salía de su garganta
jadeos y sin previo aviso, con sus exagerados gritos al llegar al orgasmo,
culminó moviendo sus caderas al compás mío hasta que extenuada se quedó quieta
intentando no perder el equilibrio, debido, como ella definió posteriormente,
había sentido un orgasmo brutal.
Cuando ya se había calmado, me dijo que la dejara a ella
sacarme mis jugos. Deseaba notar en su boca el momento de mi eyaculación. Se
arrodilló y con su peculiar manera de apresarla, no tardó en provocarme mi
desbordamiento. Mi simiente salió disparada dentro de su boca y su lengua para
frenar la salida, acariciaba la punta del glande, por lo que la sensación que me
produjo con tanta variedad de roces, fue la de sentirme flotando en el placer.
Con una sonrisilla se levantó y abriendo la boca, fue dejando
caer mi leche por su barbilla que fue bajando hacia sus pechos recorriéndola.
Cuando ya había escupido todo mi semen y enseñándome la boca que estaba vacía,
me besó abrazándose muy fuerte mientras el agua no dejaba de correr por encima
de nosotros.
Nos volvimos a duchar y sin secarnos fuimos de nuevo a la
cama donde abrazados nos hablábamos en susurro. Estuvimos mucho tiempo así hasta
que nos vestimos.
Al despedirnos con un beso suave de nuestros labios,
entregándome unos cuadernillos, me habló. – Sin querer volver a hablarte de
Yaiza porque ya te noté muy incómodo, pero por nuestra amistad, lee todos estos
relatos que ella me ha regalado y conócela un poco más. Cada relato es una
experiencia suya. Todo ha sucedido. Todo es real. Enmascarado con personajes de
ficción. Son algunas de sus vivencias. Seguro, al terminar de leerlos, no podrás
volver a tratarla como a una niña, ni como la hija de tus mejores amigos, sino
como a la mujer que es. Ardiente, fantasiosa, fogosa y muy pasional. Piénsatelo.
Sé que la deseas tanto como me has deseado a mí. Sé tú mismo.
III
Había pasado otra semana desde que vi por última vez a Yaiza
y había leído varias veces los relatos eróticos que Yaris me había entregado.
Con cada uno de ellos me sentía más sorprendido y atraído por lo que estaba
desenmascarando de mi jovencísima Yaiza. Con cada lectura, encontraba algo nuevo
y descubría que era una mujer con una inmensidad desmesurada de actividad
sexual, con infinidad de facetas e innumerables opciones.
Así, pude evidenciar que sentía una atracción a la sumisión.
Un placer que la embriagaba al ser sometida por su amo para que la tratara como
si fuera una auténtica posesión.
Pude entender por los signos de su literatura, que no admitía
que dejaran marcas en su piel y menos que la hicieran sangrar. No sentía
atracción por la cera derretida ni que su amo quisiera jugar con objetos dentro
de su vagina y ano, como pudieran ser globos llenos de aire o agua, aunque mi
impresión era que no se refería a los juguetes eróticos, que imagino son
excitantes para ella. Solo permitía su lengua, sus dedos o su verga. Tampoco
accedía a que ejercitara con ella juegos de lluvia dorada ni como ella lo
definía, actos antihigiénicos y sucios.
Pero mi jovencísima amiga, sentía un enorme sugestión por que
la dominaran y como ritual que se ha de hacer para llegar al máximo de esas
expresiones, gozaba cuando le fustigaban, le abofeteaban la cara o le daban
palmadas fuertes y sonoras en sus glúteos. También le encantaba que le mordiera
y pellizcaran los pezones, los labios vaginales y el clítoris. Ese dolor la
excitaba y junto a la excitación por ser dominada, el dolor se convertía en
placer.
Saboreaba el que le ordenaran, y que dieran rienda suelta a
los caprichos que pudiera fantasear. Así la habían obligado a ir sin braguitas,
a que fuera atada, amordazada e inmovilizada para no pudiera revolverse. Llevada
a lugares que no conocía con los ojos vendados y entregada a otros hombres, lo
cual, sentía como un regalo de su amo por ser el centro de deseo de varios
amantes.
La encantaba que su amo la diera a sus amigos para que
tuvieran relaciones sexuales con ella y disfrutaba viendo cómo la miraba,
mientras los otros la gozaban, aunque también tenía unos límites cuando tenía
sexo grupal y era que no permitía que ningún hombre eyaculara en su boca, a no
ser que fuera su propio amo, del cual, recibir el semen y a su orden, era crear
un rito. Le encantaba el esperma de su amo y lo degustaba como manjar exquisito
tragándose hasta la última partícula.
En otros relatos, se mostraba muy atraída por otras mujeres,
donde la feminidad era un postulado para sus innatas fantasías. Disfrutaba con
el cuerpo de un tipo de mujer. Se sentía tan atraída por la fémina como por el
varón y su carácter dulce y apasionado se yuxtaponía a un total en la relación
con una persona de su propio sexo.
Entre otras y otras experiencias, comparándome con ella y a
pesar de mi avanzada edad, podía asegurar que ella había vivido en menos tiempo,
una enorme cantidad de situaciones que yo aún no había vivido.
Otra de las experiencias vividas por mi jovencísima amiga,
era que mantenía una relación con un hombre casi veinte años mayor que ella.
Militar. Casado y con hijos. Lejano de donde ella vivía. Un amor que jamás sería
consumado aunque si disfrutado.
Como él era un hombre casado y adoraba a sus hijos, sabía que
jamás abandonaría su vida familiar, por lo que, y debido a que siempre le dijo
que ella era lo máximo que había conocido, le tenía impuesto la norma drástica y
no alterable, que lo compartiría con su esposa ya que lo había aceptado así
desde el principio, pero que ni en pensamiento ni en obra, aceptaba el que
tuviera trato con otra mujer. Como él no quería acabar con su matrimonio y
sabiendo la total imposibilidad de formar un hogar junto a él, ella, siempre y
cuando lo deseara, tendría como realmente estaba teniendo, los encuentros,
deslices y amantes que anhelara.
Estaba fascinado con Yaiza. Era una mujer tan variopinta y
estaba tan sorprendido de sus tan diferentes modos de vivir sus interioridades,
que desde ese momento comencé a sentirla como una mujer independiente al
concepto tan arraigado que había tenido sobre ella, hasta el mismo momento de
leer todos aquellos relatos eróticos.
Meditando, recordando especialmente la noche del domingo en
su chalet, me acordé de las palabras de Yaris. Realmente Yaiza era una mujer,
ardiente, fogosa, lasciva, fantasiosa, deseosa, muy libre y totalmente
independiente a la hija de mis amigos que yo veía como niña.
Dejé los pensamientos que me habían surcado y diciéndome que
aunque en esos momentos no tendría censuras en mantener un contacto íntimo con
ella, la expresión de Yaiza al salir de la cafetería donde la había hallado con
Yaris, me gritaba con gran sonoridad, que había pasado la oportunidad de poder
gozarla. Había herido su sensibilidad de mujer y eso tenía sus connotaciones.
Dejé de lado todos esos pensamientos y me obligué a no volver a pensar en la
Yaiza real de sus relatos y me condicioné, porque ya no creía hubiera otra forma
de verla, a seguir tomándola como la "joven jovencita" hija de mis mejores
amigos.
Al día siguiente, domingo, día que se esperaba radiante y con
una temperatura tan agradable en esos momentos, que invitaba salir a hacer unos
kilómetros de carrera, me levanté muy temprano y sobre las siete de la mañana,
con la alborada expandiéndose, opté por disfrutar del aire libre y hacer un poco
de deporte.
Esa mañana y sin desear forzarme, opté por hacer una carrera
suave por unos parajes ya habituales para mí. Sentir el contacto de la
naturaleza con la que me impregnaba tanto podía, liberaba todo lo negativo que
pudiera adherirse en mi mente en el continuo día a día.
Salí de casa y me dirigí hacia la hoz del río Jucar. Tomé su
lado derecho mirándolo según se deslizaba y entre caminos de tierra quise seguir
el cauce a contra corriente. La arbolada, los arbustos, toda esa vegetación tan
característica de la rivera de nuestro río, me llenaba de energía para desear
además de recorrer ese paraje natural, absorber todo lo que a mis sentidos
llegaba con cada paso.
Recorrí cinco kilómetros de ida, por lo que no queriendo
obligar mi cuerpo, ya que deseaba disfrutar de el entorno sin notar agotamiento,
decidí volver.
Cuando había deshecho unos tres kilómetros de camino, una
figura femenina se dirigía hacía mí a un paso rítmico.
El camino que yo tenía por costumbre recorrer, era una de las
muchas rutas que gustábamos para hacer carrera, y era muy habitual el ver
personas ejercitando los músculos corriendo o simplemente de paseo.
Según se acercaba esa figura, mi cuerpo dio un vuelco que me
estremeció. Percibí que la que venía hacia mí era Yaiza.
¡Dios!. Era la misma de siempre, pero después de haber leído
y releído sus relatos, mi forma de percibirla había cambiado tan drásticamente,
que incluso el simple gesto de mirarle los ojos, me causaba una extraña reacción
que estaba seguro se notaba en cada uno de mis gestos y tonos de voz.
Hola Yaiza. ¿También has madrugado para hacer
deporte?.
Como todos los domingos.
Vaya forma tonta de saludar a Yaiza. Conocía sus hábitos y
esa pregunta capciosa solo indicaba que su presencia me había trastocado hasta
el punto de no saber como dirigirme a ella.
Me dijo con una voz entrecortada por el esfuerzo de la
carrera, pero con una sonrisa en esa boca tan exclusiva. –
Por lo que veo, mucho más has madrugado tú que ya estás de vuelta. Deberíamos
quedar un día y hacer el camino juntos. Me gusta correr acompañada.
Mi mente debo reconocer que es perversa y a toda palabra le
busco un doble sentido, por lo que al oírla decir que le gusta correr
acompañada, me vino como en un flash, la definición de orgasmo en vez de
carrera, a la que Yaiza se refería. Una sonrisa disimulada impregnó mis labios e
intenté concentrarme en la charla que estábamos manteniendo. Le pregunté. – ¿Cuantos
kilómetros quieres recorrer?. Si no son muchos puedo acompañarte. La verdad es
que hoy he salido más que a correr a dar un paseo y no me he forzado mucho, por
lo que si quieres y no es una exageración lo que tengas previsto avanzar, me
gustaría acompañarte.
Con la misma sonrisa tan bella con la que me había saludado
me propuso, –
cariño, decide tú hasta donde quieres llegar y damos la vuelta cuando lo
desees.
Terminada la última palabra salió corriendo dejándome
estático en el lugar donde nos habíamos parado y con una risilla graciosa de
mujer queriendo juguetear, me gritó,
– ¡vamos que te enfrías¡.
Recorrimos cinco kilómetros a un paso suave y charlando de
todo un poco. No le comenté nada sobre los relatos que había leído ni hubo
palabras que entraran en el tema intimo. Todo el camino fue de un concepto tan
trivial que me revelaba de nuevo, la determinación de Yaiza por comportarse
conmigo tal y como yo la había obligado con mi indiferencia ante sus pasadas
insinuaciones.
–
Oscar, –
me propuso –
llevas ya bastante de recorrido e imagino que tienes que estar cansado.
Aún nos quedan otros siete kilómetros de vuelta. Si quieres, podemos descansar
un rato. Allí abajo, junto al río parece que hay un claro donde podemos
sentarnos en su orilla.
–Yaiza, por mí no te preocupes.
Hoy no estoy corriendo fuerte y puedo regresar con comodidad. Pero si quieres
que descansemos un rato ya que invita el río a sentarnos a su rivera, por mí
estupendo.
Fuimos a ese pequeño claro y nos dejamos caer en la hierba
que poblaba el suelo. Nos tumbamos viendo el follaje de los árboles y entre sus
intersticios, ese cielo claro y limpio que teníamos encima.
Estuvimos un rato charlando.
El sonido del agua al correr, me invitaba siempre que la
escuchaba a desear meterme dentro de ella si como en esa mañana, las
temperaturas eran propicias para un baño.
–
Yaiza. –
Le dije de imprevisto. –
¿Porqué no nos damos un chapuzón?. Está el agua limpia y parece un remanso sin
corrientes.
– Oscar, no he traído bañador. De
buena gana sí que me daba una zambullida. Me da envidia como está el río, pero a
no ser que me bañe desnuda no lo veo posible.
–¿Ahora tienes remilgos conmigo?.
¡Será porque no conozco tu cuerpo con todo detalle!. ¡Anda, quédate en braguitas
y sujetador que harán el símil de bikini y vallamos al agua¡.
–Oscar,
no soy una remilgada y prácticamente la vergüenza no la conozco, pero estamos
muy cerca del camino y cualquiera que pase por él nos va a ver. Ya sabes lo
cotilla y mal hablada que es la gente en esta ciudad tan pequeña, que de un hilo
sacan un jersey completo.
–Si
nos metemos dentro de esos árboles y arbustos no nos podrán ver desde el camino.
Seguramente tengamos también un rincón alfombrado con hierba para secarnos
después del baño.
La tomé de la mano y sin dejar que pusiera resistencia a mi
invitación, nos encaminamos un poco más arriba. Cuando vi que por el ramaje
evitábamos las miradas indiscretas de aquellos que circularan por esos lugares,
busqué un sitio exento de vegetación, donde tuviéramos un espacio libre para
sentarnos.
Desnudándome le glosé.
– Este es un lugar
perfecto y oculto. Nadie puede vernos desde atrás.
–
Oscar, desde la otra orilla pueden distinguirnos.
–
Para nada. En la otra orilla no hay camino. A no ser que
vengan expresamente y raro me parece por la abundancia de vegetación. Ni los
pescadores gustan de este tramo del río. Además ¿qué nos importa que nos vean?.
Ya nos hemos escondido para que no puedan achacarnos un delito de escándalo
público, y si alguien quiere mirarnos que lo goce. Aparte, soy un poco
exhibicionista y en vez de ofuscarme me va a crear morbo si me ven en pelotas.
Yaiza estaba sorprendida. Estaba delante de ella totalmente
desnudo y en sus ojos se veía esa chispa de gozo al ver un cuerpo que deseaba.
La vi entusiasmada por mi forma de actuar y sin reparo
alguno, se desnudó en un santiamén, siendo la primera de los dos en meterse
dentro de el agua.
La profundidad era de un metro y medio aproximadamente en la
orilla y en el centro nos cubría completamente. El fondo, estaba formado por
areniscas y piedras de río redondeadas, que nos posibilitaban andar descalzos
sin peligro a cortes. El agua tenía una temperatura templada.
Jugamos un rato largo en ese escondite hallado. Formábamos
carreras. Nos hacíamos aguadillas. Nos dejábamos flotar agarrados de la mano
pecho arriba. Gozamos el baño como dos críos que por primera vez sienten el
elemento acuoso.
Hubo un momento en la orilla, con los pies firmes en el
suelo, teniendo en frente a Yaiza, y recordando las palabras de Yaris, donde
dejó como sentencia que Yaiza deseaba que yo fuera el que quisiera poseerla,
lejos de sentirme obligado por sus provocaciones, que sin previo aviso, le tomé
la mejilla, acerqué mis labios a los suyos y la besé con una calidez que estaba
cargada de ternura y fuego de pasión. Ella se dejó besar, y noté como todo su
ser se elevaba hacia la máxima entrega resurgiendo de sus interioridades, ese
algo que tanto tiempo estuvo en ella y que tanto deseó que se precipitara desde
mi Yo, sin ser partícipe de ese deseo por todo mi ente.
El beso fue largo. Apasionado. Lleno de un magnetismo que
provocó nos abrazáramos y nuestras manos fueran buscando el resto del cuerpo.
Con cada caricia la temperatura subía en nuestras mentes. Con
cada contacto piel con piel, ardía todo lo ardible de nuestro organismo. Con
cada beso que ya infringía en toda zona que no cubría el agua, motivó mi pene a
crecer bajo el agua y a ella manar de su vagina un afluente que se vertía en las
aguas que nos bañaban.
Cuando sintió en nuestro abrazo que mi sexo estaba erecto, y
con la ingravidez que proporcionaba el agua, abrazó con sus piernas mis caderas.
Mi pene al encontrar la puerta abierta y lubricada de su vulva, como guiado por
los propios deseos y sin ayuda de manos para encontrar su camino, entró muy
adentro de Yaiza, la cual, al notar que me acoplaba dentro de ella, desgranó un
pequeño gemido.
En esa postura estuvimos un rato largo. No dejábamos de
besarnos, acariciarnos, arrullarnos, agasajarnos, rozarnos. Nos sentíamos de
todas las maneras posibles de sentir, pegados como estábamos, sin querernos
soltar.
No perseguía hacer el amor con Yaiza de forma tan fogosa que
en poco nos desbordáramos los dos como ocurrió con Yaris. Anhelaba que no nos
importara el tiempo ni el espacio donde nos envolvíamos. Como en un baile de
ballet, todos los movimientos de todo nuestro ser, deberían ser pasos armoniosos
de la danza clásica. Necesitaba que esa primera experiencia de fusión no solo
hiciera explotar los volcanes de nuestros sexos, sino que era primordial para
sentirme totalmente pleno con ella, porque la sentía totalmente distinta a
cualquier mujer que hubiera conocido, el ampliar a lo máximo las sensaciones de
nuestros sentidos, y así perduraran durante el resto de nuestras vidas.
Enlazados, aprisionado por sus piernas y con mi glande
sintiendo un muy suave roce de sus paredes internas, obligué que las
estimulaciones fueran en todas las zonas erógenas, nos llevaran al máximo deseo,
pero que no nos subyugaran hasta el extremo de sacar nuestros fluidos.
Yaiza era activa. No solo se dejaba estimular, sino que ella
buscaba dar tonificación. Cuando con mi lengua recorría su cuello extremadamente
sensible, ella me acariciaba el mío con sus dedos. Cuando le acariciaba su
espalda, ella buscaba la mía. Si le besaba, ella me besaba siendo un remolino
nuestras lenguas. Si mi cadera se apretaba contra su vulva, ella se movía
acompasando el ritmo. Se dejaba hacer pero marcando mi ritmo con su ritmo.
Tras esos preámbulos, nos colocamos de mil posiciones para
poder contactar con cada centímetro de nuestro ser. Tanto por encima del agua
como por debajo. Nuestras manos, nuestras lenguas, nuestros sexos, nuestros
deseos.
De pronto arrebataba aire para sus pulmones y se sumergía
tomando mi pene en su boca friccionándolo para aumentar la sensación de
fogosidad. Otro tanto hacía yo, interiorizándome en sus muslos y así acariciar
su clítoris para recargarlo de máximas corrientes y llevarlo a las máximas
tonificaciones.
No hubo ni un segundo que no tuviéramos un contacto intenso
con nuestro cuerpo. Ni una décima de ese momento que dejára enfriar el acto de
entregarnos.
Tras tanta pasión y tanta vitalidad en el contacto, y
queriendo que los dos llegáramos a un mismo suspiro de placer, la tomé de las
piernas abriéndolas y dejándola flotando de espaldas la volví a penetrar.
Era tan satisfactorio sentir su cuerpo tan leve, que los
movimientos de inserción de nuestros sexos posibilitaba movimientos muy libres
que permitían dirigir el roce en la posición que deseáramos.
La notaba excitada. La percibía llegando a los límites de la
explosión. Sabía por sus pequeños gemidos y su respiración entrecortada, más
exultante porque padecía de un pequeño problema de asma, estaba mimetizando toda
nuestra entrega. Aún así, y a pesar que sabía no necesitaba forzar más la
excitación porque la entrada y salida del pene en su vagina, con todos los
puntos de contacto que en cada arremetida se implicaban, el orgasmo se estaba
formando para generar el cosmos de placer, pero, ya que lo permitía esa postura
y esa libertad de movimientos, con la ya cada vez más energética penetración,
tomé con la yema de mis dedos su botoncito del clítoris y lo fui haciendo mío.
Quería que llegáramos juntos al éxtasis, y controlaba la llegada de mi orgasmo
bajando el ritmo y esperando a que a ella la invadiera para aumentar el compás
cuando lograra su descarga.
Así fue. Entraba y salía en ella. Cada vez que notaba me
precipitaba, bajaba la acometida pero no menguaba el roce en su punto máximo de
erogenidad.
Cuando ella empezó a gemir más alto, a moverse con más brío,
y notando que estaba ya en el límite de aguante, arremetí con mi máxima energía
entrando y saliendo de su cavidad sumamente húmeda. Sujetando con mis dos manos
sus muslos, y ya sin vuelta atrás, esperamos el espasmo de nuestros cuerpos que
nos llevaría al paraíso de el máximo placer.
Nos dejamos invadir por las sensaciones, saliendo de nuestras
bocas gemidos incallables que se oyeron en todo ese paraje, Dejaron constancia
en el eterno vaivén de los sonidos que se guardan en nuestra atmósfera, la firma
de una pasión llevada a una culminación de dos cuerpos en uno solo.
Tras ese desenfreno, nos volvimos a abrazar y como si
temiéramos que se pudiera perder algo de valor de nuestra entrega, estuvimos un
largo tiempo apretándonos y calmando todo nuestro organismo con besos, caricias
y todo tipo de mimos entregados que simbolizaban una ternura y una dulzura
inmensurable.
Salimos del agua y nos tumbamos para secarnos, en ese espacio
oculto a los ojos de los demás. Ni siquiera desde la otra orilla podría vernos
algún curioso que por casualidad estuviera allí, ya que algunos arbustos nos
ocultaba en todas direcciones.
Durante nuestro momento de amor, no habíamos hablado, salvo
palabras sueltas, y onomatopeyas que expresaban el sentir de cada segundo que
gozamos. Fue ya tumbados cuando mirándonos fijamente a los ojos, me dijo Yaiza,
– ¿Qué te hizo decidirte a follarme?.
–
No te he follado cariño. Aunque te parezca cursi, lo definiría como habernos
hecho el amor. No he sentido por ti en todo el momento de nuestra cesión, una
necesidad biológica, sino que he necesitado compartir todas las emociones
exultantes que desde tanto tiempo atrás llevo acopiando. No eran besos de
lujuria los que te he dado, sino besos de máxima entrega. No te he acariciado
por tener el placer de sentir tu piel, sino que mis caricias eran una forma de
hacerte por un instante mía. No te he penetrado y he eyaculado para liberar
tensiones, sino que ha sido la forma más explícita para describir que eres la
mujer que más perturbación bella me ha producido, incluso en mi alma inmaterial.
Me ha costado verte como la mujer que eres. Me he querido
engañar constantemente y hasta que no he dejado libre mi mente para entenderte
como persona y mujer, sin inmiscuirte en los lazos afectivos de toda una vida,
no me he dado cuenta de cuánto era mi deseo por ti y el verdadero significado
que nada tiene que ver con deferencias a nuestra amistad.
Leí tus relatos que me proporcionó Yaris, y aunque para nada
los quería entender como una parte de tu propia personalidad, me convencí que
eres tú misma y con todos tus rasgos de temperamento, la mujer que tan bien has
definido en cada uno de tus escritos.
Cuando releí una infinidad de veces cada uno de ellos, mi
cabeza fue un torbellino de pensamientos que se cruzaban con la racionalidad, la
cual yo creía era la verdadera, pero al final ganó la verdadera realidad y desde
ese momento dejaste de ser mi "joven jovencita amiga", para ser una mujer que no
deseaba perder y me impregné de una necesidad por conocerte en tu máxima
expresión.
–
Jajajaja, Oscar. ¿Me quieres decir que te pusieron caliente
mis relatos eróticos y te entraron ganas de follarme?.
–
No es eso. Mira que eres superficial. No fueron el contenido de tus relatos los
que me han llevado a hacerte el amor y no a follarte como tú lo expones, sino
que a través de tus relatos, pude comprender que eres una persona totalmente
desconocida para mí y que he estado equivocado durante tanto tiempo al no dejar
que me mostraras tu verdadera entidad, la cual no es de niña si no de una
verdadera mujer.
–
Te bromeo Oscar. Me resulta tan gracioso el ver cómo haces diferencia entre el
coito y una relación pasional, que gozo al ver la cara que pones para
explicarte.
También me he sentido muy unida a ti en todo ese maravilloso
momento. He sentido que cada pequeña actitud era afianzada con el máximo cariño
y la máxima entrega, demostrándome que en ese momento existíamos solos los dos
entre un mundo lleno de personas.
Me has hecho gozar mucho cariño. Mucho es aún decir poco. Ese
gozo no ha sido solo físico, sino que ha sido un cúmulo de sensaciones que me
han manifestado la realización de un sueño.
Como has podido entender en mis relatos, tengo a una persona
que me llena emocionalmente, pero aun así, tu no eres, ni has sido, ni serás, un
polvo más. Siempre formarás parte de mi vida aunque cada uno pertenezca a un
mundo distinto y tengamos caminos que difícilmente se puedan cruzar.
Como tantas y tantas veces, Yaiza dejó que un silencio nos
invadiera tras sus palabras para que pudiera digerir los verdaderos
significados.
Abrazados. Mirándonos. Sin haber dejado ni un instante de
tocarnos, ya fuera un dedo, el pelo, la mejilla, pero en todo momento en
continuo contacto, le dije, –
No nos supedita en absoluto el haber hecho el amor, más de lo que ya estábamos
vinculados. Pero jamás podré verte como te veía y aunque sentimentalmente no
podríamos llevarnos bien, puesto que tenemos muchas diferencias, y en nosotros
el amor no va a surgir, desde ahora créeme que me tienes rendido a tus pies, por
la gran afinidad, querer, cariño y lo especial que eres.
- Jajaja. Entonces.... cuando tenga ganas de follar te puedo
llamar?.
- Claro que sí y cuantas veces lo desees. Quiero follarte,
joderte, cogerte, echarte mil polvos, todo lo que desees, pero esta primera vez
nadie me va a hacer ver lo contrario, Hemos ido más allá y nos hemos hecho el
amor.
Con una sonrisa que manaba como flujo de felicidad en
nuestros rostros, volvimos a besarnos y de nuevo sentimos la fogosidad de el
deseo que quería explayarse.
Tumbada como estaba, y ya sin el agua de por medio, fui
recorriéndola todo el cuerpo.
Sus pechos vistos a la luz del día eran tan bellos que me
regresé a mi infancia, cuando era bebé, y succioné su pezón chico, que al
estirarlo se expandía dejándome aprisionarlo con mis labios y con cada libación
ella se agitaba.
Con mi lengua fui recorriendo todo el volumen de sus senos
mientras que con mis dedos presionaba el otro para que fueran los dos sensitivos
al mismo tiempo con mis caricias.
Era muy impresionable en la aureola y en el pezón, y
entendiendo que le gustaba ser explorada en esa zona, me atreví a morderla con
una presión que la hiciera notar mis dientes, pero sin que pudiera sentir un
molesto dolor ya que aunque en sus relatos, ella gozaba con esa práctica, no
podía hacerla daño. Aún así, mis mordiscos iban de menos a más prensando, y tras
un leve momento, los acariciaba con mi lengua para masajear y diseminar esa
presión.
Recorriendo tramo a tramo, y dando vueltas por todos sitios
para dejar por último su vagina, exploré todo lo que ella era en sí. Sus pies,
sus piernas, sus muslos, su ombligo, su cuello, su pelo, su boca, sus ojos, sus
oídos. Se dejaba hacer, aunque ella no paraba en ningún momento de atrapar todo
lo que sus manos alcanzara dando sus suaves caricias que me estimulaban
sobremanera.
Cuando llegué a su vagina, y abrí sus labios para poderla ver
interiormente, fluía un flujo espeso, blanco, abundante, que salía hacia el
exterior bajando ya por sus muslos.
Metí mi lengua dentro de ella, y apreciando el sabor, supe
que no era el esperma que la había sitiado en mi eyaculación. Este ya había sido
baldeado en el tiempo que estuvimos dentro del agua, y totalmente limpia, me
proporcionaba el manantial de su sensualidad.
Cuando me entregue en su cuerpecillo eréctil, un clítoris que
ahora con buena luz, se le veía como un botón de carne sonrosada camino de un
color rojo claro por la cantidad de sangre que retenía en cada lamida, cada
chupada, le hacía removerse por lo que me animé a provocarle la máxima
excitación para sintiera deseos de correrse y necesitara de mí, aún más que en
la anterior vez.
No solo su clítoris lo retenía con mis labios, sino que con
mucho cuidado lo mordía para que sintiera la dureza de los dientes y tuviera la
impresión que lo iba a seccionar. Ella me conocía y en ningún momento me pidió
que apretara más, ya que sabía me es imposible crear un dolor aunque tenga la
seguridad de que eso le diera placer. Atento a sus reacciones, la predispuse a
sentir que la entendía y que trataba de acercarme lo máximo de mis posibilidades
a lo que ella pudiera desear.
Cuando estaba jugando con sus labios vaginales, los cuales en
mi boca aspirados eran carne de cielo, me pidió que la dejara también chuparme
mi pene, por lo que me tumbé y ella se situó encima de mí, en la posición del 69
para que ambos pudiéramos gustar de nuestros sexos.
Al notar mi miembro erecto en su boca, puso en marcha todo su
apetito y como una hambrienta que después de días sin comer le llega algo de
comida a su boca, trabajó con tantas ganas, que era un total y continuado
movimiento de lengua, labios, manos. Deseaba acelerar el ritmo de la corriente
nerviosa de mi aparato, buscando ponerme a su igual en la excitación.
En esa posición, y pudiendo ver además de su abertura, el
agujero del ano, y aunque no había leído en sus relatos que gozara de la
estimulación anal, puse mi lengua en su entrada y con la saliva que segregaba,
le fui masajeando ese orificio que se apretaba como negando el paso a todo ser
viviente que se acercara a él.
Ya humedecido, y debido a que ella no dejaba de jugar con mi
pene, introduje un dedo en su esfínter para provocar esa zona de su organismo.
No sabía si era una zona erógena, pero al no oponerse, seguí con mi sondeo.
Viendo que se relajaba, y humedeciendo constantemente con mi
saliva su agujero, introduje un segundo dedo. Con cuidado pero no sintiendo
resistencia, entré dentro de ella expandiéndola.
Con tanto frenesí de su acometida a mi verga que me retiré
para que no me hiciera alcanzar el máximo punto. La puse de rodillas culo en
pompa e introduje toda la erección dentro de su cavidad totalmente lubricada,
pero añadiendo la penetración de nuevo, de mis dos dedos en su culo y con la
otra mano sobando su clítoris y sus labios.
Por el movimiento de sus caderas, al sentirse invadida por
sus dos conductos, me alertó sobre que estaba experimentando de nuevo el gozo y
que en poco se correría si seguía así, por lo que, para experimentar con ella
nuevos estremecimientos, saqué mi cipote de dentro y sin pedirle permiso, ya que
estaba ensanchado por el intrusismo de mis dedos, introduje mi polla en su culo
y con movimientos suaves, haciendo notar que la llegaba hasta donde su longitud
acertaba, metí un mano por debajo de mi pene para alcanzar su vulva y metiendo
el dedo pulgar dentro de ella y con el índice excitando su clítoris, la llevé al
orgasmo que esta vez el placer fue tan grande como la anterior vez, pero con una
convulsión más acelerada y sin poder ahogar sus gemidos se prolongaron hasta
llegar a ser un grito ahogado.
Cuando terminó de sentir tanto como su cuerpo le permitió en
ese momento de subida y bajada de embriaguez, como sin fuerzas, se dejó caer en
el suelo durante unos segundos, hasta que la respiración se normalizó quedando
inerte y callada.
Ya repuesta me dijo que la dejara hacer a ella que quería
saciarme como ella se había saciado y llevando su boca a mi glande,
ensalivándolo y escupiendo para limpiarlo, aunque interiormente estaba limpia,
succionó y absorbió, mientras con sus manos recorría mi pecho y mis testículos,
presionando en las zonas que sabía ayudaban a la culminación.
Sin pausa arrancó toda la leche que tenía acumulada llenando
su boca, dejándome tan extasiado que no pude soltarle la cabeza la cual tenía
sujeta mientras me practicaba la felación.
Ya en mí, y recordando que solo gustaba del esperma de su
amo, le pedí que lo escupiera, pero con una sonrisilla picarona, abriendo la
boca para que viera que ni una gota se había escapado, saboreó el líquido y lo
tragó como si de un dulce fuera. No creo que el esperma pueda ser grato al
gusto, y me daba cosilla fea, el ver cómo lo deglutía, pero con este acto, me
demostraba que yo era tan importante como su amo, dejándome ser partícipe de su
vida. No era uno más con el que practicar sexo, sino que realmente en ella había
una verdadera entrega y un deseo real por mí.
Ya ambos calmados, nos vestimos y aunque estábamos aún bajo
la influencia de el deseo y el placer, decidimos retomar la carrera.
Íbamos los dos con una armonía agradable. Charlábamos y
reíamos.
No estaba seguro que Yaiza después de haber sido mía,
siguiera teniendo ese interés tan grande que había tenido hasta ese momento.
Quizás, el haberme gozado como amante fue la vacuna para el ardor que sentía por
mí y desde ese momento el interés se perdiera. Muchos quizás, pero ningún
razonamiento seguro, por lo que como decía mi abuela, me lié la manta en la
cabeza, y dejo que todo transcurra como Dios quiera. Por lo pronto, aún estaba
bajo los efectos de la droga que era Yaiza, y el mañana no importaba.
En estos momentos corríamos de regreso a casa a un ritmo
constante sin forzarnos y lo que pudiera venir después de ese día de desenfreno
ya sería otra historia, donde jamás sería protagonista mi jovencísima amiga,
sino la mujer excepcional, pasional y llena de vitalidad que era el encanto de
Yaiza.