AQUILES
El furgón de reparto se detiene bruscamente. Sólo quedamos
una chica y yo. El portón trasero se abre y la muchacha se me abraza. No la
conozco pero su desesperación me une a ella. Los dos guardias se abalanzan sobre
el cuerpo común que formamos ambos y la separan de mí, la arrancan de mí. Se la
llevan.
Miro a través de la abertura del portón que sigue abierto y
veo un cuidado jardín. Una mujer joven con bata de seda y zapatillas de estar
por casa observa a la muchacha que aún forcejea. Dos niñas de entre ocho y diez
años se encuentran una a cada lado de la mujer. Los guardias consiguen reducir
finalmente a la joven lazándola con las pértigas y tras arrastrarla la obligan a
arrodillarse ante la mujer de la bata de seda. Uno de ellos, después de librar a
la chica del lazo de la pértiga le entrega el mando a la señora que lo
acciona. La muchacha que hasta hace un momento viajaba conmigo en el furgón
empieza a retorcerse de dolor. Lleva las manos a su collar, como si intentara
arrancárselo. No puede gritar. De su garganta escapan angustiosos gemidos. Los
ojos de la muchacha se hinchan. Parece que vayan a explotarle. La señora deja de
accionar el mando. La chica se retuerce, tose, jadea. Está sudorosa.
Llora. La joven señora vuelve a accionar el mando y la joven se desploma
en el suelo del cuidado jardín. Es como si sufriera un ataque agudo de
epilepsia. Debe haber aplicado la máxima potencia. La chica se estremece.
Patalea, se golpea la cabeza contra el suelo. De su boca emerge una baba espesa,
como un perro rabioso. Finalmente la señora detiene la pulsación y el cuerpo de
la muchacha queda inherte en el suelo.
Una de las niñas se acerca curiosa y miedosa a la vez y toca
con la punta de su zapatito la cabeza de la muchacha que sigue en el suelo.
Parece un guiñapo, una muñeca rota. El guardia que parece que ser el responsable
acerca una documentación a la señora y con ella una factura. La mujer firma la
entrega.
―No tema señora, la esclava es sumisa, Omega
certificada, no creo que necesite usar el mando normalmente, lo que
ocurre es que nos ha costado mucho separarla de su antigua ama. Está añorada,
nada más, no es peligrosa… se le pasará pronto.
La joven señora suspira. Parece aliviada por las palabras del
guardia. Creo que no quería usar el mando. Sencillamente se ha asustado
al ver cómo los guardias debían emplearse a fondo para someterla.
―Eso espero – dice al fin –. No me gusta tener que usar el
mando, las deja inservibles para trabajar durante un buen rato – dice la
señora que ha firmado el recibo de entrega y se lo devuelve al responsable.
La muchacha sigue en el suelo. No reacciona a los pequeños
golpes que la niña sigue propinándole en la cabeza. Ahora parece más calmada.
Las descargas del mando le dejan a uno abatido durante un buen rato. La
señora tiene razón de que el uso y abuso del mando nos destruye en
exceso.
El portón se cierra y ya no puedo ver. Soy el último. La
última entrega. Estoy solo dentro del contenedor de transporte. Las palabras del
exterior que terminan de cruzar la señora y el guardia me llegan apenas
audibles. Poco después el motor se pone en marcha, una sacudida, caigo al suelo
y con esfuerzo logro sentarme.
Cuando se detiene de nuevo el vehículo y se abre la puerta sé
que es mi turno. A mí no tienen que lazarme ni agarrarme. Bajo solo dando un
pequeño salto y veo que el jardín es muy parecido al que acabo de ver, aquel
donde han hecho la anterior entrega, y muy parecido al de las otras tres paradas
que hemos hecho para las entregas de antes.
Siento un golpe en la parte posterior de mis rodillas y se me
doblan. El guardia acaba de golpearme con la porra en las corvas para que me
arrodille. Caigo de bruces en el suelo. El guardia principal tira de mi collar.
Me hace daño. Me pongo en posición, arrodillado. En este jardín no hay nadie
esperando. El otro guardia se acerca a la puerta de la vivienda y llama. Un
minuto después se abre y veo que aparece una chica bastante mona. Va vestida de
dondella por lo que supongo que es una ellas. No es mi nueva ama, es su
doncella, eso quiere decir que quien me ha comprado tiene cierto estatus, cierto
nivel.
El guardia y la doncella hablan pero no entiendo lo que
dicen, están cerca de la puerta y yo permanezco de rodillas en el jardín. Miro
con disimulo hacia los lados. Es un bonito jardín.
El guardia y la doncella siguen hablando. Evidentemente él
está respondiendo preguntas sobre mí puesto que de vez en cuando me mira y ella
también lo hace.
Estoy ansioso por conocer a mi nueva ama. Por lo que veo
parece que es rica. Todos los que tienen esclavos han de serlo, al menos tener
un mínimo nivel pues no está al alcance de todo el mundo poseernos.
Me he pasado la noche llorando. Aún pienso en mi antigua ama.
Pensaba que estaba contento conmigo, que no me iba a vender. Para nosotros
supone un gran trauma el drama de una venta. Siempre lo es. En mi caso es la
segunda vez que me venden y en ambos lloré. Desde luego la primera venta fue la
más dolorosa, no lo olvidaré nunca. Aunque te peguen constantemente no quieres
ser vendido, no quieres ser separado de tu madre, de tu familia. A mi segunda
ama me acostumbré. Te acostumbras a lo que esperan de ti y te adaptas. Anoche
cuando me comunicó que me había vendido lloré desconsoladamente a sus pies. Esta
mañana sólo he tenido el tiempo justo de cruzar un par de miradas con mi
sustituta. Ella estaba tan angustiada ante su nueva señora como lo estoy yo
ahora. Deberé adaptarme a mi nueva ama y eso es lo más duro.
Sigo de rodillas. La doncella debe ser de gran confianza pues
es ella la que firma mi recepción. Puede que esté equivocado y no sea una
doncella, pero ese uniforme… en cualquier caso el guardia le hace entrega del
mando, del odioso mando con el que nos controlan.
―Quiere que lo esposemos?
―Sí, de momento a la espalda.
Odio estar esposado, especialmente si he de tener las manos a
la espalda. El metálico chasquido coincide con el dolor en mis muñecas. Ha
cerrado demasiado los grilletes y además creo que me ha pellizcado la carne. Así
me lo indica el dolor intenso en las muñecas. Me duele pero intento no quejarme.
No es una buena manera de empezar, quejándose.
Los dos guardias se despiden de la muchacha. Están contentos.
Han hecho las entregas sin más problemas. La joven me chasquea los dedos y
levanto la cara. Me indica por señas que la siga. Voy a levantarme pero
inmediatamente señala el suelo con su dedo índice extendido a la vez que me
muestra en la otra mano el terrible mando de control. Trago saliva con
dificultad, odio el maldito mando, todos odiamos el maldito mando
de control. La sigo de rodillas, intentando mantener el equilibrio al estar
esposado. Es difícil andar de rodillas con las manos atadas a la espalda. Lo he
hecho muchas veces pero no termino de acostumbrarme.
He de salvar cuatro escalones de piedra que me dañan las
rodillas. Ella me espera en el más alto. Me engancha una traílla al collar y
tira de ella, con fuerza, a tirones. Gimo ligeramente pero ella sigue andando y
tirando bruscamente. Ella es una Alfa. Se nota. Es esclava como yo pero
tiene un nivel. Privilegios. Los de clase Omega, como yo, somos el
escalafón más bajo. Incluso los Alfas pueden maltratarnos.
Camino sobre mis rodillas y no puedo evitar mirar el contoneo
de su culo. Es joven y bonita y tiene un cuerpo que el corto y ceñido uniforme
resalta. Distingo en sus perfectos tobillos un tatuaje con la letra Alfa.
Esto debe ser un capricho de su ama. Además ha de llevar la marca al fuego en el
pecho izquierdo, de la misma manera que yo llevo mi marca Omega en la
cabeza de mi pene, indeleble. Dios, cómo lloré cuando me marcó mamá. Lo mejor
fue que después me curó con su saliva, pasándome la lengua por la herida.
La doncella abre la puerta de la casa. Es una casa de dos
plantas, típica de estos barrios ricos, con su jardín protegido por altos setos.
Se ve grande y de calidad. Antes de cruzar el umbral distingo una caseta de
perro. Seguro que es ahí donde pasaré muchas noches. Al menos aquellas en que no
me quieran en la casa. No sé que destino me va a dar mi nueva ama. La señora
Mackenzy al principio de tenerme me usaba de mascota y me hacía dormir en la
caseta del perro. Yo era bastante pequeño, diez años, y recuerdo cómo lloraba.
―¡Entra, no te quedes ahí atorado! – me dice despreciativa y
dando tirones a la correa.
Obedezco. El suelo es de madera. Mucho más agradable que la
piedra caliza de los escalones. Mis rodillas lo agradecen. Las tengo más que
echas a arrastrarlas por todo tipo de superficie y aunque creo que están casi
insensibilizadas aún puedo sentir dolor si paso demasiadas horas arrodillado o
si la superficie es rugosa, dura y abrasiva.
Rápidamente oteo la estancia. Estamos en el recibidor pero
desde él se puede ver perfectamente el gran salón. Está decorado con elegancia,
buen gusto. Me confirma la sospecha de que quien me ha comprado es alguien de
buena posición. Eso no te garantiza que no te vayan a humillar y a pegar, desde
luego, pero como mínimo sabes que vivirás entre lujo, aunque no puedas disfrutar
de él.
―¡Levanta! – dice tirando de la correa hacia arriba.
Me pongo en pie. Hacerlo teniendo las manos inmovilizadas a
la espalda es más complicado pero estoy en forma. Ella se acerca a mí, con ese
andar… diría que voluptuoso. Desvío la mirada. Aunque sea superior a mí es una
esclava y por tanto puedo mirarla a la cara, al menos en teoría, pero prefiero
mostrar mi perfil más sumiso.
Soy más alto que ella. A pesar de los tacones que calza aún
le paso una pulgada. No son tacones altos. Calza unos zapatos clásicos, negros,
de tacón medio. Ahora puedo verle la cara. No es un guapo convencional pero
tiene el rostro agradable. Atractiva diría. Su cabello, castaño claro, está
recogido en un moño coquetón que emerge de la parte más alta de su cabeza lo que
la da una apariencia de mayor altura.
Estoy parcialmente desnudo. Un bañador es mi única
vestimenta… un bañador por llamarlo de alguna manera. No deja de ser un calzón
corto. Normalmente los Omegas vamos desnudos por la casa de nuestros
amos. El calzón se utiliza para sacarnos fuera. En este caso ha sido para el
traslado.
La joven introduce los pulgares entre mis caderas y la cinta
de goma del calzón. Me lo baja hasta las rodillas.
―¡Quítatelos! – me ordena imperiosa – ¡y dámelos!
Muevo las piernas y la prenda se desliza hasta los tobillos.
Levanto un pie y luego el otro. Luego hago pinza con los dedos de un pie y
levanto la pierna. Ella tiene la mano extendida para recibir mi prenda de
vestir. La coge con cierta aprensión, con dos dedos y apartándola de ella con el
brazo extendido. Hace una mueca y la arroja a una cesta que parece de ropa
sucia.
―Vamos a ver qué ha comprado la señora – me dice dibujando
una mueca que creo que es de lascivia pero no estoy seguro, también podría ser
de crueldad. No estoy acostumbrado a tratar con Alfas, al menos desde la
época que era esclavo de mamá y mis hermanas. Sigrid, una de mis hermanas, era
Alfa, pero en aquella época éramos pequeños. Mi última ama no tenía
Alfas, pero algunas de sus amigas sí tenían y por tanto alguna referencia
tengo. Suelen mostrarse altivas con los Omegas. Se saben superiores, o en
todo caso nos consideran inferiores. No obstante intento permanecer tranquilo, o
aparentar tranquilidad.
―Mi nombre es Jezabel. A todos los efectos señorita Jezabel.
Entendido?
―Sí, señorita Jezabel.
―Bien, veamos qué tenemos aquí – el tono que emplea no me
hace ninguna gracia, es entre voluptuoso y cortante, en cualquier caso
amenzante.
Su mano, muy bien cuidada, se acerca lentamente a mi miembro.
Cierro los ojos. Sus dedos se cierran suavemente sobre el tronco fláccido y a su
calor reacciona de manera instantánea. Le regalo una erección.
Estoy orgulloso de mi pene. No en vano es una de mis
herramientas de trabajo. Los Omegas solemos estar destinados a distintos
fines: trabajos domésticos, hacer de mascota, servicios sexuales... puedo hacer
de todo, en cualquier caso haré lo que me manden. Soy joven y fuerte. A pesar de
que en el último año mi antigua ama apenas utilizó mi pene me alegra saberlo
útil y el silbido que suelta Jezabel parece confirmar que le van a dar uso.
―Tienes erosionada la parte superior – afirma más que
pregunta.
―Sí señorita Jezabel. Mi antigua ama ya no usaba mi pene pero
me aliviaba dos veces por semana… tenía una forma peculiar de hacerlo…
―La imagino – me contesta con aire de suficiencia –
cuéntamelo.
―Me hacía sentar en el suelo, a sus pies, con las piernas
abiertas. Mi ama me excitaba frotándome con la suela de su zapato. A veces
aprovechaba para castigarme y entonces la presión de su pie era mucho más
intensa… de ahí las úlceras.
Jezabel hace un mohín. Tuerce la boca de manera graciosa y
afirma con la cabeza.
―Lo que suponía… - dice sin dejar de pasar la yema de su
pulgar derecho sobre la cabeza de mi pene, allí donde luzco la marca Ω, la que
me grabó mamá con un hierro candente. Me pongo nervioso. No debo eyacular si no
se me autoriza expresamente y si sigue frotando con tanta suavidad no sé lo que
lograré resistir.
Teóricamente a lo Omegas se nos marca en el pene para
reducir sensiblemente el carácter erógeno de la zona y evitar que disfrutemos en
nuestro trabajo pero yo debo ser un caso especial por que, a pesar de que la
cicatriz está más que curada, sigo experimentando placer cuando me acarician la
zona como ahora lo hace Jezabel.
Para mi alivio afloja la presión del pulgar, pero acto
seguido me clava la uña con fuerza. No consigo reprimir un grito. No esperaba el
dolor repentino. Su otra mano viaja a gran velocidad a mi rostro y lo golpea dos
veces.
―¡Silencio, esclavo!
Agacho la cabeza y me muerdo los labios. La uña de su pulgar
está manchada de sangre. Es una jodida mala bestia esa chica. Espero una caricia
que me alivie el dolor y la humillación pero esta no llega. Jezabel me suelta el
miembro, ahora totalmente fláccido, y se aleja unos pasos de mí.
Toda mi vida he recibido consuelo después del castigo.
Primero mamá. Después de castigarme me abrazaba y me acariciaba. Mi hermana,
Camila, dos años mayor que yo, después de azotarme me besaba en la boca. Luego
vino la señora Mackenzie. Ella era mayor que mamá, era una cuarentona cuando me
compró. Yo tenía once años. Mamá me pegaba con la zapatilla o con la caña de
bambú pero la señora Mackenzie utilizaba métodos mucho más crueles. Cuando me
compró era sólo un crío y después de hacerme llorar me decía «ven con mamita,
ven… anda, no llores…» y me sentaba en su regazo y me abrazaba. Incluso a veces
se sacaba una de sus poderosas ubres y me daba su pezón para chupar. Yo notaba
que ella se excitaba, pero en cualquier caso a mí me calmaba mucho. A veces creo
que me pegaba para hacerme llorar y después calmarme como una madre calma a su
hijo. Ahora esperaba que Jezabel me hiciera caricias pero de mi glande pendían
dos limpias gotitas de sangre que nadie iba a limpiar con dulzura.
―Que te quede bien claro, perro… la señora es mía, de mi
competencia. Si veo que intentas ganártela con esa polla tan gorda que tienes te
juro que llorarás sangre. La señora ordena los castigos pero yo soy quien los
aplica. Así que recuerda… ella es mía.
―Sí, señorita Jezabel…
―Bien, ahora sígueme, conocerás la casa antes de presentarte
ante nuestra dueña.
Camino con las piernas ligeramente separadas por el dolor en
mi miembro. Como voy sin calzón, pene y testículos se bambolean al andar. Me
alegra que no me haga ir de rodillas. Voy caminando tras ella y mis ojos no se
apartan de su culo. Qué movimiento, qué balanceo de caderas. Tengo la impresión
de que anda tan provocativa expresamente. De vez en cuando gira la cabeza y me
mira. Al hacerlo sonríe pero inmediatamente después da un tirón a la correa y me
obliga a dar un par de pasitos cortos. Deduzco por las amenazantes palabras de
antes que es una lesbiana y sólo me da muestras de su espectacular cuerpo para
joderme.
Entramos en la cocina. Es moderna. Está equipada con todo
lujo de aparatos de lo más sofisticado. Es espaciosa. Tiene una mesa y un par de
sillas.
Abre las puertas de los armarios y me va diciendo qué
contiene cada uno. Intento recordarlo todo pero va muy deprisa y no sé si podré.
―No te preocupes, no vas a tener que cocinar. Sólo tendrás
que preparar cosas sencillas como el café o algún bocadillo cuando Gladys no
esté.
Se escucha abrirse y cerrarse la puerta de la entrada y
pasos, el ruido de unos tacones que se dirigen hacia donde estamos.
―Qué es esto, Jez? – dice una morena de ojos oscuros,
preciosa, monísima, que deja el carro de la compra aparcado en medio de la
cocina y se acerca a mí.
Jezabel hace una mueca a medio camino entre el fastidio y la
burla.
―No temas,sólo le estaba enseñando la casa al nuevo esclavo.
―¡Jesús, qué monada! ¡Y vaya polla! – exclama la morena.
La mano de la morenita acaricia mi pene y me pasa la yema del
pulgar sobre la herida.
―Esa herida se la has hecho tú? – pregunta la recién llegada.
―No es nada, Gladyss, luego se la curaré… o prefieres hacerlo
tú? – le dice con una sonrisa que deja al descubierto unos dientes blancos y
bien alineados.
―No creo que me dejes, verdad?
―Depende… ya veré.
Gladyss sigue jugueteando con mi pene que en su mano ha
alcanzado ya un buen tamaño. De repente me pellizca un testículo y logro
controlar un grito. Gladyss se rie y me mira con superioridad. Yo mantengo la
cabeza gacha pero como es más bajita puedo ver sus preciosos pechos contenerse
dentro de su ceñido uniforme. Veo claramente la marca. Es una Beta. Está
grabada al fuego, junto al canalillo. Eso quiere decir que jerárquicamente está
por debajo de Jezabel y las dos están por encima de mí. Los Omegas somos
el último escalafón, el culo del mundo.
―Todavía duerme la señora? – le pregunta Gladyss a Jezabel.
―Sí. Dentro de una hora subiré a despertarla. Había naranjas?
―Sí.
―Menos mal… se pone odiosa si no tiene su zumo…
Una hora. Tengo ganas de conocer a mi nueva propietaria. No
tengo ni una referencia. Será una mujer mayor, como la señora Mackenzie? No me
importa. De pequeño estaba enamorado de mamá. Yo soy el segundo, tengo
diecisiete años y mamá debe tener ahora treinta y ocho. Mamá era hermosa. La
amaba y sigo amándola. Cuando me vendió pensé que moriría pero acabé aceptando a
la señora Mackenzie y terminé por ser feliz a sus pies. Ahora tengo una nueva
propietaria pero no tengo ni idea de cómo es. Pienso que dentro de una hora la
conoceré pero la siguiente conversación entre las doncellas me hace ver que no
será así. De momento.
―Vas a subirle al esclavo?
―No. Ayer me dijo que a las doce tiene una reunión en el Club
y que de momento que le vaya tomando el pulso a sus habilidades – se rió Jezabel
y Gladyss la secundó.
Enrojezco. No acabo de acostumbrarme a que hablen de mí como
si no esté allí. La sobrina de la señora Mackenzie y ella misma lo hacían a
menudo. Lo aceptaba porque no tenía más remedio, como ahora, pero me molestaba
mucho. De repente pienso en Rosalia, la sobrina de la señora Mackenzie. Me pone
triste pensar que no volveré a verla. No sé aún porqué me ha vendido mi ama. Sé
que la señorita Rosalia me echará de menos. La voz de Gladyss me saca de mis
recuerdos.
―Por cierto, tiene nombre?
―Sí. Eso parece. Aquí, en los papeles pone que se llama
Aquiles. Ya veremos si al ama le gusta o decide cambiárselo.
―¡Aquiles! – repitió Gladys – me gusta. Espero que la señora
se lo conserve.
De nuevo esa sensación que odio. Hablan de mí, de mi nombre,
como si fuera un perro, como si yo no existiera. Realmente existo? – me
pregunto. De nuevo el contacto de la mano de la morenita me devuelve a la
realidad. Noto sus dedos en mi pene.
―¡Déjalo ya Gladyss! La señora no me ha autorizado a
aliviarle, o sea que déjalo en paz. Cuando ella lo considere oportuno quizá
puedas satisfacer tus asquerosas necesidades.
La mano de la morenita abandona mi pene y una sacudida en el
cuello me obliga a caminar detrás de Jezabel. Porqué le ha dicho eso de sus
«asquerosas necesidades»? Rápidamente conjeturo que Jezabel debe ser una
recalcitrante lesbiana en tanto que la morenita debe comer de todo. Pienso eso
puesto que al pasar por su lado Jezabel le da un beso de esos de lengua a la
morena y ésta gime como un perra en celo.
Sigo caminando tras Jezabel. Gladyss se ha quedado en la
cocina. Deben ser sus dominios. Me lleva por diferentes estancias. Habitaciones
con armarios. Me enseña dónde se lava la ropa, dónde se limpian los zapatos,
dónde se plancha. Aún no sé a que tareas voy a ser destinado. No me asusta. Con
mi antigua ama he aprendido de todo. En los primeros años fui mascota, después
juguete sexual, más adelante me ocupé de tareas domésticas, de todas las tareas
domésticas y cuando terminaba adoptaba mi función de mascota o de esclavo
sexual. Últimamente la señora no usaba mi pene. Mi pene era para la señorita
Rosalia. La señora Mackenzie prefería mi lengua.
La recuerdo desnuda a cuatro patas sobre su cama y yo
metiendo mi cara en su entrepierna. En los seis años que había estado con ella
había engordado mucho. Ahora era como una vaca. Sudaba mucho y su cueva
apestaba. Prefería perforarla con mi pene, como hice durante unos años, pero mis
deseos no se tienen en cuenta. En los últimos tiempos ella prefería mi lengua.
Lo peor era el escaso control que sobre sus esfínteres poseía. Sufría
flatulencias que descargaba en mi cara cuando la hociqueaba entre los muslos.
Esa postura a cuatro patas favorecía el escape de sus gases intestinales y eso
era lo que peor llevaba yo. Una vez incluso se cagó. Mientras metía la lengua en
su ano y en su concha ella se aliviaba los gases. Una vez que iba algo suelta
noté heces líquidas en mi boca. Me aparté de golpe. Tosí, sufrí arcadas, me
atraganté, lloré. Joder si lloré. La señora se puso echa una furia porque había
retirado la lengua de su culo cuando estaba a punto de correrse. Se bajó de la
cama, cogió la correa, me obligó a estirarme, plantó su pie en mi nuca para
inmovilizarme y estuvo pegándome correazos hasta que se le agarrotó el brazo.
Nunca me había pegado tanto. Al terminar tenía la espalda en carne viva.
***
Jezabel me saca al jardín por una puerta trasera. Observo que
es grande y está bien cuidado. La joven me explica que en mis ratos libres tal
vez la ayude a cuidar de las flores, setos, parterres, limpiar de hojas la
pequeña piscina, engrasar el columpio, cortar el cesped. Me alegra saber esto.
―Esta será tu vivienda habitual – me dice Jezabel mostrándome
la caseta de perro – tan sólo no dormirás en ella si la señora te quiere cerca.
La señora controla tu vida, entiendes, perro?
Asiento con la cabeza. Miro la caseta y miro a Jezabel. La
joven se ríe. Da un nuevo tirón a la correa y me hace trastabillar. Pierdo el
equilibrio, tropiezo y caigo al suelo. Como llevo las manos esposadas a la
espalda no puedo protegerme la cara antes de golpearme con el canto del
tejadillo de la caseta. En el último momento logro girar el rostro y me golpeo
contra el pómulo. No grito pero el dolor es intenso. Jezabel vuelve a reírse.
―Qué te pasa perro? Estás muy torpe.
Apoyando el rostro en la caseta logro ponerme en pie. Creo
que los grilletes me están dejando las manos sin riego sanguíneo. Siento un
dolor lacerante que me marea.
―Las esposas – balbuceo cuando logro recuperar la vertical –
no podría aflojarlas?
Jezabel me sonríe. Con la mano me hace dar la vuelta. Quedo
de espaldas a ella. Noto que me toca los grilletes, me sacude como intentando
comprobar que no miento. Finalmente los abre. Un dolor más fuerte que cuando
estaba esposado se apodera de mis muñecas. Es la sangre que vuelve a circular
por mis venas. Me froto con frenesí. El dolor es intenso pero lentamente voy
recuperando el tono. Contemplo horrorizado los los azulados, casi negros,
hematomas que se me han formado en las zonas que las esposas me tenían pinzado.
La miro y ella lee gratitud en mis ojos. Por un momento veo
que me está mirando fijamente, como estudiando mis pupilas.
―¡Las manos atrás! – me ordena de repente – ya has podido
aliviarte.
Obedezco. Noto cómo manipula las esposas y de nuevo el
chasquido metálico al cerrarse. Esta vez no me atrapa la carne en aquellas
fauces de acero pero la zona está dañada y siento dolor.
―Por favor… - me limito a decir.
―La señora decidirá cuando te las puedo quitar. De momento es
un tema de simple precaución. Dentro de un par de días te harán análisis de
sangre. A la vista de los resultados y de tu comportamiento decidirá.
Asiento con la cabeza. Me coge de un brazo y me lleva hasta
un bonito árbol.
―Quieto aquí.
La veo retroceder y coger una manguera del suelo. Apunta con
el disparador hacia mi cuerpo, abre la llave de paso y un chorro de agua helada
se clava en mi carne. Doy un grito. Está muy fría.
―Date la vuelta – me ordena.
La presión es tan fuerte que en mi espalda siento miles de
agujas heladas que se me clavan. Recuerdo que la sobrina de la señora Mackenzie
disfrutaba lavándome de esta manera. También lo hacía mi hermana. Camila era un
par de años mayor que yo. Ella al nacer fue etiquetada como ama y Sigrid
y yo como esclavos, ella Alfa y yo Omega. Camila. A ella sí la
hecho de menos. Durante los seis años que he vivido a los pies de la terrible
señora Mackenzie he añorado cada centímetro de la piel de Camila. Mi amor. Mi
primer y verdadero amor. Sé que no puedo aspirar a nada. Lo sabía ya cuando era
su esclavo. Ella es ama y yo esclavo, pero así y todo hubiera dado la vida por
ella. De vez en cuando el ligero dolor que me produce la entrepierna, fruto de
un capricho suyo, me trae a la memoria su recuerdo. Me siento feliz de que me
hiciera aquello, al menos tendré un recuerdo inborrable de ella: su nombre
grabado a fuego en mi ingle.
El dolor del agua a presión me impide seguir con mis
recuerdos. Cuando cierra la llave de paso siento todo mi cuerpo como si quemara.
El agua me cae por las greñas de mi cabello y noto que sigue mojándome la
espalda. Ahora es agradable. No duele.
Jezabel me obliga a arrodillarme empujándome con su mano por
un hombro. Luego ata mi correa a la base del árbol ante la que me ha duchado.
Luego se acerca a una ventana que deduzco que da a la cocina porque veo la cara
ovalada y risueña de Gladys. Le pasa un par de cuencos que Jezabel deja junto a
la pequeña puerta de la caseta.
―Si tienes hambre aquí tienes comida y agua – me dice
mientras se marcha hacia la casa.
Me quedo solo, en el jardín. Mi estómago ruge. El dolor del
hambre. Como esclavo clasifico los dolores según qué los produce. Un látigo, una
zapato, una mano… el hambre… el hambre también produce dolor.
Me desplazo sobre el cesped a cuatro patas y cuando me hallo
a menos de una pulgada de los cuencos noto que la correa no da más de sí.
Es frustrante. Falta tan poco. Hago un esfuerzo y tiro del
cuello pero no llego. Vuelvo a intentarlo. Jezabel y Gladyss me están observando
desde la ventana de la cocina. Lo han hecho expresamente. Se divierten jugando
con mi desesperación. Saben que estoy hambriento y necesito ingerir esa bazofia.
Vuelvo a intentarlo. El collar erosiona mi piel. No puedo. Es imposible. Estallo
en un mar de llanto. Ellas se ríen.
Finalmente decido quedarme quieto. Arrodillado como estoy,
con la cabeza tocando mis rodillas dejo que pase el tiempo. No pienso en nada
para ahuyentar el hambre.
Me he quedado dormido. El rugido de un motor me despierta.
Levanto la cabeza y sólo llego a tiempo de ver el culo de un deportivo
abandonando la casa. No sé cuanto tiempo ha pasado pero el suficiente para que
mi nueva ama se haya desayunado, vestido y marchado a su cita.
Los cuencos ya no están. Alguien se los ha llevado. Adopto de
nuevo la posición fetal y me abandono. Eso mismo hacía cuando la señora
Mackenzie me castigaba. Después de azotarme me hacía permanecer como un perrito,
quieto, a sus pies. Ella estaba sentada en su silla de brazos en el jardín y
tenía las piernas estiradas. Yo permanecía con la cara pegada a sus pies, sin
moverme. Me tenía en esa postura varias horas, al sol. Notaba cómo las heridas
de los latigazos se cerraban y la piel de mi espalda se iba tensando. Lo único
que hacía era sacar la lengua de vez en cuando y pasarla por los pies de la
señora Mackenzie.
Varias horas después se acerca Jezabel. Mis muñecas están
insensibles dede que me hicieron esposar. Veo su zapato que se introduce bajo mi
barbilla. Me levanta el rostro. Me sonríe.
―Has comido bien? – me pregunta y no sé si se está burlando.
Le hago saber que no he probado bocado ni bebido una gota de agua, que no
llegaba a los cuencos y que finalmente me he dormido y al despertar ya no
estaban. Le suplico que me den algo de comer – ¡No me cuentes tus penas, bonito,
anda, en pie…! ¡arriba! – me ordena tirando con fuerza de la correa, erosinando
la piel de mi cuello.
Jezabel se ríe porque de los tirones que da a la correa logra
que trastabillée.
―¡Anda, muévete… tira para la caseta. Para que te vayas
familizarizando con tu nuevo hogar… - se ríe y me obliga a introducirme dentro
de la caseta del perro.
Hacía tiempo que no me hallaba en esta humillante situación.
Cuando la señora Mackenzie me compró me utilizó de mascota durante muchos años
pero desde hacía al menos dos que apenas dormía en la caseta. En los últimos
años solía dormir como un perro guardián pero lo hacía a los pies de la cama de
mi ama, o de la señorita Rosalia, su sobrina. Cuando era esclavo de mamá solía
dormir también a los pies de su cama, o de mi hermana Camila. Mamá sólo me
mandaba a dormir a la caseta de perro como castigo. Cuando eso sucedía muchas
noches venía Camila, mi hermana, y se sentaba en el suelo, en cuclillas. Luego
estiraba una pierna e introducía el pie por la abertura de entrada. Ella me
hablaba, me explicaba cosas mientras yo, recogido dentro de la caseta besaba su
pie.
Recuerdo que cuando llegué a la casa de la señora Mackenzie y
me puso en la caseta estuve días y noches llorando. Pensaba que me estaba
castigando y yo no sabía porqué. Siempre esperaba que de noche llegara Camila,
se sentara en el suelo y metiera su pie dentro de la caseta para que se lo
besara mientras me contaba cosas. Pero mi hermana no venía, quien lo hacía era
la señora Mackenzie con su fusta y sus botas de montar. Me hacía sacar la cabeza
de dentro de la caseta del perro y tenía que lamer sus botas mientras me decía:
«No cielo, no, no es un castigo – me decía la señora
Mackenzie – duermes en la caseta del perro porque eres mi mascota. Cuando te
castigue ya notarás la diferencia, te aseguro que la notarás»
Y vaya si la notaba. Me venía a buscar en plena noche a la
caseta, me colocaba la hebilla de la correa y me llevaba al interior de la casa.
Entonces cogía un cinturón de cuero, me pisaba la cabeza para inmovilizarme y
comenzaba a azotarme hasta que se cansaba. Luego se sentaba en el sofá y me
llamaba. Tenía que reptar por el suelo, como un gusano y besarle los pies. Yo
lloraba a causa del dolor que me habían producido los latigazos. Al cabo de un
rato de tenerme a sus pies besándoselos me cogía de las manos y me hacía sentar
en su regazo. Entonces se mostraba tierna, compasiva, maternal. Me abrazaba y me
acariciaba y me besaba.
«No llores cielo, no llores… mamá Nora – se llamaba Nora
Mackenzie – te quiere mucho pero has sido un niño malo y mamita ha tenido que
castigarte. Prométeme que no lo harás más cielito, venga, hazlo… y podrás
chuparme las tetas, anda bribón… seguro que te gusta…»
Y yo le prometía que no lo haría más… pero el qué? No lo
sabía. No sabía casi nunca porqué me castigaba, pero ye le juraba que no lo
haría más. Entonces ella se sacaba uno de sus grandes y blandos pechos y
cogiéndome de la nuca me llevaba hasta su enorme pezón oscuro que yo chupaba
como si fuera un bebé. Curiosamente me calmaba y acababa dormido. Cuando eso
sucedía me despertaba encadenado a los pies de la cama de la señora Mackenzie.
***
La morena vuelve a dejarme un bol de agua y otro con comida.
Esta vez la longitud de la cadena me permite saciar mi sed y mi apetito. La
comida está asquerosa, aunque no tanto como la que me daba la señora Mackenzie.
Muchas veces la señora Mackenzie gustaba de regar mi cuenco con un poco de su
orina. «A que ahora está más jugoso, no crees, pequeñín?» me decía mientras me
acariciaba.
Sigo con las manos atadas a la espalda por lo que meto la
cara en los cuencos, tanto para beber, sorbiendo, como para comer, tomando la
bazofia directamente con la boca.
Oigo el rugido del motor. Deduzco que mi nueva ama ha vuelto.
Me quedo quieto. Tal vez quiera que me lleven a su presencia. Escucho los ruidos
del motor al apagarse, las puertas del deportivo al abrirse y cerrarse y el
ruido de pasos alejarse.
Nada. Silencio. Desde las ventanas abiertas de la casa me
llegan rumores de conversaciones. Seguro que son de las doncellas. Jezabel y
Gladyss me dan miedo. El rumor cesa y en su lugar se escucha claramente varios
«sí ama» y ruido de tacones corriendo. Me sonrío. Me imagino a las dos esclavas
muertas de miedo ante el ama. Frente a mí son muy valientes pero ante el ama son
como todos: cobardes.
Tardo mucho en dormirme. Espero en vano que vengan a por mí.
Al final el sueño me vence y a pesar de la incomodidad – la caseta es pequeña y
me obliga a permanecer con las piernas recogidas –, y del dolor en mis muñecas –
las esposas siguen martirizándome –, caigo rendido.
Cuando abro los ojos es de día, y los abro porque mi cuello
sufre varias sacudidas. Alguien está tirando de la correa. Abro los ojos y saco
la cabeza por la puertecilla siempre abierta de la caseta. Veo a la preciosa
Gladyss.
―¡Venga dormilón! – es la voz de Gladyss, la linda morenita –
sal de una vez que toca lavado general. Si el ama pide por ti me molerá a palos
si te llevo en este estado de suciedad. ¡Joder, cómo apestas!
Es cierto. Estoy meado. Durante la noche no he aguantado más
y he dejado que corriera mi orina para aliviar mi vejiga. Creo que he llorado
cuando me he orinado encima. No he podido evitar recordar mi vida con mi
anterior dueña. La señora Mackenzie me tenía controladas las necesidades
fisiológicas cuando estaba con ella. No podía mear ni cagar si ella no me
autorizaba. Recuerdo días enteros de rodillas frente a mi ama esperando su
autorización para aliviarme, autorización que nunca llegaba. No podía hablar y
tenía que hacerme entender restregando mi cara contra sus pies.
La señora Mackenzie disfrutaba viéndome suplicar. Ella sabía
que necesitaba aliviar mi vejiga y se divertía haciendo ver que no sabía qué
quería. Al contrario. Me señalaba el bol con agua instándome imperativamente a
beber más. Llorando me dedicaba a lamer el agua del bol.
Era una tortura cruel, y más para un niño. Tenía la vejiga a
punto de estallar y me havía beber más agua.
Cuando consideraba que no podía aguantar mucho más me
ordenaba que me pusiera de rodillas con las piernas separadas. Yo estaba desnudo
y me miembro colgaba obsceno, a punto de acusarme. Ella miraba fijamente entre
mis piernas esperando a ver cómo me desmoronaba y dejaba escapar el pipí.
«¡Oooohhhh… eres un niño malo… un niño muy cochino… te has
hecho pipí… – me decía con una sonrisa cruel en los labios – ves como me obligas
a castigarte? Tráeme la vara metálica, pequeño cochino.» me decía cuando mis
esfínteres sucumbían a la presión.
Yo me ponía a llorar y suplicaba y le decía que no había
podido aguantar. «¡Silencio!» me gritaba «¡tráeme la varilla de metal…
obedece!». Y yo obedecía. Iba a por la terrible varilla metálica. Era una vara
telescópica que se encerraba en si misma, como la antena de una radio, como las
muñecas rusas que se guardan una dentro de otra, y a medida que la ibas
extrayendo se volvía más fina. Cimbreaba como el bambú y sus azotes me
levantaban ampollas por toda la espalda. A veces me pegaba en las plantas de los
pies y debía pasar días sin poder apoyarlos lo que me obligaba a arrastrarme.
Primero me hacía lamer mis propios orines y después me hacía
poner de pie mirando a la pared, con las manos apoyadas en el enorme espejo. A
través del espejo podía verla a ella en el momento de lanzar los latigazos. Era
angustioso ver cómo disfrutaba con mi angustia. No debía moverme. Si lo hacía
incrementaba el castigo. Mi llanto no parecía tener fin. Los golpes caían
metódicos, cadenciosos. Dejaba un corto espacio entre latigazo y latigazo para
que pudiera absorber todo el dolor. En mi mente sólo retumbaba el zumbido que
precedía al dolor. Gritaba y lloraba pero no me movía hasta que oía el sonido
metálico de la varilla al caer al suelo, señal de que daba el castigo por
terminado.
Entonces venía la recurrente escena en que el ama Mackenzie
se convertía en mamá Nora, y me sentaba en su regazo y me abrazaba y me
acariciaba y me besaba.
«No llores, no llores, ya está… ya ha pasado todo… mamá Nora
curará a su niñito» – me decía pasándome la lengua por la cara e incluso por las
heridas y metiendo finalmente su gruesa lengua dentro de mi boca, lo que me
producía un asco inmenso. Pero le tenía tanto miedo que no me atrevía a
manifestar rechazo.
Finalmente se sacaba un pecho y me daba ficticiamente de
mamar. Cuando terminaba de «amamantarme» volvía a besarme en la boca. Su aliento
y su gruesa lengua me producían arcadas pero que debía evitar, ocultar la menor
muestra de desagrado, si no quería que me volviese a castigar.
Podrá parecer estúpido, pero había llegado a depender
emocionalmente de sus caricias después de que me torturara. Incluso me
acostumbré a lamer su enorme lengua. Por eso creo que he llorado esta noche
cuando me he meado encima. No he podido evitar los dolorosos recuerdos de mi más
tierna adolescencia.
***
Gladyss me saca a tirones de la jaula y ata mi correa al
árbol al que me ataron ayer y coge la manguera. El agua está fría pero la
agradezco. Amo estar limpio.
Ella misma se encarga de secarme. Se recrea en mi miembro. Lo
envuelve entre sus manos. Rápidamente crece, desarrollo un potente erección.
Enrojezco ante la mirada lasciva de la morenita que pasa las yemas de sus dedos
por mi glande. Eso mismo me lo hacía el ama Rosalia, la sobrina de mi ama. La
señorita Rosalia podía ser muy dulce y al mismo tiempo muy cruel. No estaba
enamorado de ella como lo estaba de mi hermana pero era de su misma edad y de
manera incosciente buscaba amarla. Sé que está prohibido pero aún no han
descubierto la manera de controlar nuestros sentimientos. La ciencia ha avanzado
mucho y a los esclavos nos controlan de mil maneras diferentes, pero aún no han
dado con la técnica para saber qué pensamos o qué sentimos.
―¡Joder… menudo pepino que tienes muchacho! – me dice la
morena riéndose con franqueza – no sé si le vas a gustar a la señora pero te
aseguro que a mí sí… espero que me deje usarla de vez en cuando – añade
pasándose la lengua por sus carnosos labios.
Asiento. No me está permitido hablar. Aún no conozco las
normas que regirán sobre mí pero en cualquier caso hasta que no me las digan he
de comportarme con la más absoluta humildad.
Gladyss mira a un lado y a otro. Parece nerviosa. Vuelve a
repetir las miradas y de repente se arrodilla y me da una larga chupada al
miembro. Me estremezco. Ella se saca mi pene de su boca y me sonríe.
―¡Shssst… no se te ocurra decírselo a nadie. Puedo llegar a
ser muy mala! – me dice con una risita.
Asiento de nuevo. Mi pene da brincos en sus manos. Ella se
pone en pie y acerca su bonito rostro oval al mío y me da un beso muy tierno.
―¡Vamos! – dice tirando de la correa – la señora quiere
verte.
La sigo. Estoy emocionado y muerto de miedo. Conoceré a mi
nueva ama. Cómo será? Joven, vieja, una mujer madura como la señora Mackenzie?
Será guapa como mamá? Hace tantos años que no veo a mamá ni a mi hermana Camila.
Muchas veces lloro porque el recuerdo de sus hermosos rostros se han ido
difuminando. Son más una idea que un rostro. Sólo recuerdo claramente a la
señora Mackenzie y a su sobrina. También a alguna de las amigas de la señora
Mackenzie, en especial a la señora Estibaliz. Esa mujer venía a menudo a la casa
de mi ama. Ambas eran muy amigas. La señora Estíbaliz venía con sus dos hijas,
una era ama y la otra esclava, una Omega, como yo. ¡Jesús, nunca he visto
a una esclava sufrir tanto como aquella muchacha. Su madre y su hermana se
pasaban el día pegándole bofetones. Tremendos bofetones. Yo me angustiaba sólo
de ver los sopapos que le soltaban, sin motivo. Todo era por pura diversión,
pura malicia. En el fondo siempre he agradecido a mamá que me vendiera. Es muy
duro ser el esclavo de tu propia madre y de tu adorada hermana y que acaben
tratándote cómo la señora Estíbaliz y su hija trataban a la pobre esclava.
Gladyss se detiene en la cocina y ata mi correa al pomo de la
puerta. Me señala el suelo con el dedo índice y sé que debo arrodillarme. Eso
hago y ahí me quedo. Ella sale de la cocina y se dedica a sus cosas. Yo
permanezco arrodillado, quieto. Al menos estoy así una hora. En ese tiempo me
dedico a recordar. No quiero pensar en mi vida con el ama Mackenzie y su
sobrina, pretendo recordar la época en que fui esclavo de mamá y de Camila. Pero
me resulta imposible. Hay algunos detalles que se me han quedado grabados en la
mente, como el día en que mamá me marcó al fuego el símbolo de mi pertenencia a
los esclavos Omegas. Aún recuerdo el grito inhumano que arrancó de mis
entrañas y el alivio que su boca y su lengua me proporcionaron en la herida.
También recuerdo que Camila me pegaba con una vara gruesa de
madera. Me golpeaba los nudillos y me hacía llorar. Cada vez que hacía algo mal
mamá le decía a mi hermana mayor que me castigara de esa forma. Camila tenía un
movimiento de muñeca fantástico y me producía un dolor terrible. Ella, como
mamá, tras castigarme, me consolaba. Camila me decía que tenía que hacerlo, que
no le quedaba más remedio. A lo mejor habíamos estado juntos jugando
tranquilamente y luego tenía que pegarme. Yo la creía. Sabía que Camila me
quería, o eso quería pensar.
Ahora intento recordar sus rostros, el de mamá y el de Camila
pero los contornos ya no son definidos. Me angustio porque quiero recordar y no
puedo.
Jezabel llega y le pregunta a Gladyss si ya me ha limpiado.
La morenita dice que sí y la lesbiana coge la correa y tira de ella. Voy a
levantarme pero Jezabel me señala el suelo. Debo desplazarme a cuatro patas,
como un perro.
Me lleva por varias estancias de la casa y se detiene ante
una puerta. Estamos en la planta baja. Llama con los nudillos y espera. Una voz
firme pero muy dulce la autoriza a entrar.
―Ahora deberás postrarte y permanecer postrado hasta que ella
no te autorice a levantarte. Le besas los pies. No tolera errores – me advierte
Jezabel.
La esclava alfa de mi nueva ama abre la puerta y la
sigo a cuatro patas. Me desplazo mirando al suelo. Estamos en una estancia
grande. Debe hacer la función de despacho y de salita de estar. En un rincón hay
una mesa de escritorio, con su ordenador y algunos papeles por encima. El sillón
es como mínimo presidencial. En el otro lado hay un sofá, una mesita de centro,
un sillón con orejeras y un sillón anatómico, de esos para relajarse, con
escabel incorporado.
Lo único que puedo ver de mi nueva dueña son sus pies y sus
piernas. Al parecer está sentada en un extremo del escritorio. Un pie está
apoyado en el suelo, el otro, más arriba, cuelga paralelo a la pata de la mesa
lo que me indica que está apoyando sus nalgas parcialmente en el sobre. Lo que
veo me dice que es una mujer joven, muy joven. La voz que le he escuchado a
través de la puerta también señala su juventud.
Sus pies están calzados en unas sandalias blancas. Son la
mínima expresión, apenas dos tirillas de cuero se cruzan sobre sus dedos. No
tienen sujeciones para el talón, son estilo chinelas, con un tacón fino pero
pequeño. La sandalia del pie que cuelga de la mesa a su vez pende de sus
deditos. Se balancea. Miro sus pies y me emociono. Son perfectos, bellísimos.
Quiero recordar los pies de Camila pero la visión turbadora de los de mi nueva
ama arrincona todos mis recuerdos. Son una verdadera obra de arte. Me inclino y
toco el suelo con la frente.
Ella, mi nueva dueña, parece que está ojeando unos papeles.
Lo sé por el ruido que hacen al deslizarse por sus manos. Sé que son mis
documentos. El informe que me acompaña. Mi historial.
―Nora Mackenzie ha escrito un verdadero panegírico del
esclavo – oigo su voz y me estremezco. Es cálida y suave pero a la vez denota
autoridad. Levanta el pie que mantiene apoyado en el suelo y lo apoya sobre mi
cabeza. Debe acomodar sus nalgas en el sobre del escritorio porque noto la
presión que hace su pie y percibo un ligero saltito para sentarse bien. Luego la
presión de su pie vuelve a relajarse –. Parece que he adquirido una joya. Mejor.
Eso es lo que pretendía al comprarlo.
No me está hablando a mí, luego supongo que se dirige a
Jezabel. Está claro que Jezabel es su esclava de confianza. Su Alfa. Pero
Jezabel no habla. Está arrodillada a mi lado y por el rabillo del ojo veo cómo
asiente cada vez que nuestra dueña habla.
―Dice, entre otras, que posee virtudes excepcionales tanto
como animal doméstico, como esclavo sexual y como lacayo. Realmente es difícil
dar con un esclavo Omega que pueda sobresalir en las tres cualidades que
se les exige. También habla maravillas de su encarnadura. Dice que su tejido
muscular posee una velocidad de regeneración a prueba de los látigos más
salvajes. Espero que sea del agrado de Julia.
Noto que la suela de su sandalia me golpea flojito la cabeza.
Es como si estuviera moviendo el pie. Yo la escucho fascinado, tanto por lo que
oigo que cuenta de mí como por el tono de voz firme pero dulce que emplea la que
ahora es mi nueva propietaria.
―Jez, recuerda que los castigos sólo los impongo yo. Tú y
Gladyss podéis usar la fuerza moderada que se requiera para que obedezca, pero
los castigos son potestad sólo mía… supongo que no tengo que recordártelo…
―No, ama… descuide…
―Bien… y recuérdale a Gladyss que es mi esclavo, no el suyo.
Ella es también mi esclava. Si lo usa sexualmente haré que le cosan el chochito.
―Sí ama. Ya la he advertido.
Siento de nuevo más presión en mi cabeza. Mi ama se ha bajado
de la mesa. Ahora se aleja de mí. Sigo su cadencioso taconeo y admiro sus pies,
sus tobillos y el inicio de sus perfectas piernas. Daría un brazo por ver su
rostro. Por su voz seguro que es joven. Le pongo unos veinte años, no más. Tengo
la impresión de ser muy afortunado. He pasado de pertenecer a la señora
Mackenzie que es una cincuentona gorda y cruel a ser propiedad de una mujer
joven que debe ser hermosa, al menos así me lo figuro a tenor de lo que he
podido ver hasta ahora.
―Llévatelo, Jezabel… adriéstralo… ya sabes lo que espero de
él. He pagado mucho dinero a esa vieja, gorda, sádica y degenerada. Espero
recuperarlo con creces. Si consideras que debes castigarlo primero me lo haces
saber. Yo decido.
―Sí ama.
―De momento que duerma en la perrera. Cuando venga mi hermana
querrá probar al esclavo. Lógicamente puede hacer lo que quiera con él. Ahora
lárgate. No volveré hasta la noche.
Los pies de mi ama se han detenido frente a mi cabeza que
sigue pegada al suelo. Me parece evidente que debo besárselos y eso hago.
***
Han pasado dos días. Por fin me han liberado las manos.
Pensaba que se me iban a caer a trozos. Jezabel me ha estado adiestrando. En
menor medida Gladyss aunque también ha puesto su granito de arena. Mi cabeza
está a punto de estallar. No me veo capaz de memorizar el arsenal de
instrucciones y normas que impone la señora. Tal y como me dijo en el despacho
piensa recuperar el dinero que ha invertido en mí. Me hace gracia recordar los
términos en los que se refirió a la señora Mackenzie, esa vieja gorda, sádica y
degenerada. De hecho la ha retratado. Ahora que estoy libre de mi antigua ama
coincido con el diagnóstico de mi nueva propietaria.
Aunque me produzca vergüenza he de admitir que mientras
estuve bajo su poder y por más que me hiciera sufrir la adoraba. Soy un esclavo
de la clase Omega, lo más bajo, el felpudo para los pies de los
privilegiados.
Qué sociedad más extraña ésta en la que me ha tocado vivir.
Una sociedad que clasifica a sus hijos desde el mismo momento de ver la luz. Una
muestra de la placenta y de las células madres del cordón umbilical de la madre
del neonato, tomadas en el mismo momento del alumbramiento, sirve para efectuar
un análisis que permite clasificar a los nuevos miembros de la sociedad en una
de las clases en las que está jerarquizada. En función de la presencia o no de
una serie de resíduos patógenos detectados en las muestras el recién nacido será
amo, destinado a mandar, a ser obedecido, a tener una vida regalada, o será
esclavo, destinado a obedecer, a ser mandado. Su vida será más o menos dura en
función del nivel asignado. Alfa, Beta u Omega, esos son los tres niveles
que se dan entre los esclavos.
La clase Omega es la más baja. Incluso los esclavos de
los dos niveles superiores pueden ordenar y mandar a los pobres Omegas.
Nuestro nivel de empatía con nuestros superiores, especialmente con los amos, es
máximo. Eso nos permite vivir en el infierno y aceptarlo con alegría como si
fuera el mismísimo paraíso.
Una bofetada de Jezabel me devuelve a la realidad. Está
intentando que recite de memoria las últimas cincuenta instrucciones. Es difícil
que pueda. Los Omegas tienen asociada una merma evidente de su capacidad
intelectual. Utilizamos casi todos nuestros recursos afectivos, emocionales e
intelectuales para sentirnos el felpudo de los zapatos de nuestros amos. Nuestra
inteligencia es emocional, dicen, lo que justifica nuestra escasa pericia
intelectual, dicen, que es uno de los motivos por los que nos pegan y humillan.
Son tontos, dicen de nosotros. Simples perros a los que apalear que besarán la
mano de quien los golpea.
Posiblemente sea cierto. No me está permitido cuestionar las
opiniones de los amos. La amita Rosalía, cuando era más pequeña, gustaba de
estudiar conmigo bajo sus pies. Me leía y yo la escuchaba. Me gustaba que me
leyera. A los Omegas nos está vedado aprender a leer. Ese es para mí uno
de los peores castigos que nos imponen. Sé que en los libros se esconden,
encerradas en esos símbolos que se juntan uno detrás de otro, historias que
alegran o apenan o hacen reír o llorar, que emocionan, que incitan… y nada de
todo ello está a nuestro alcance, por eso agradecía a la señorita Rosalía que se
dignara leerme, a pesar de lo mucho que se burlaba de mí cuando me ponía el
libro delante de la cara y me decía con su vocecita chillona: «lee esclavo…
jajajaja… pero si no sabes leer… inútil».
No me importaba que me insultara. Me limitaba a agachar la
cabeza y besar sus delicados pies de niña para suplicarle que siguiera
leyéndome. Me gustaba que lo hiciera. Podía pasarme horas arrodillado escuchando
de sus labios aquellas historias que contenían las letras unidas en aquel
enigmático ritual que era la escritura.
Jezabel se rie y me sacude una nueva bofetada. Ella es una
Alfa y por tanto está enseñada en el arte de la lectura. Me vuelve a recitar
las obligaciones y presto la mayor atención para que se me queden grabadas en mi
cabezota. La mejilla me escuece. Jezabel sabe pegar buenas bofetadas. Prefiero a
Gladyss, ella es más dulce conmigo.
―Espabila, perro – me dice Jezabel – no sólo debes aprender
los caprichos de la señora… también deberás conocer a la perfección los deseos
de su hermana, la señorita Julia. También es posible que la señora traiga a casa
alguna de sus conquistas. A ellas también deberás obedecerlas y servirlas.
En nuestra sociedad el sexo entre personas del mismo género
es muy habitual, entre la clase de los amos, desde luego, pues los
esclavos no podemos decidir. Hacemos sexo, lo damos o lo recibimos según nos
imponen nuestros amos. Nosotros no podemos elegir con quien intercambiar
nuestros fluidos corporales. Nos viene dado.
Jezabel vuelve con la letanía de las normas. Las normas, me
dice, están para que los esclavos las cumplan y para que los amos se las salten.
El hecho de que tu ama, cualquiera de tus amas, pase por alto una norma en un
determinado momento no implica que esa norma deje de existir. Al contrario. Es
probable que te relajes porque ellas se relajan en el cumplimiento de las normas
pero cuando menos te lo esperes puedes ser castigado, incluso con mutilación,
por infringir una de ellas.
Recito despacio las cincuenta normas que debo aprender hoy y
esta vez no me equivoco. Jezabel se sonríe. A ella puedo mirarla a la cara. Me
alegra verla sonreír, significa que no me va a pegar.
―Ve al garaje. La señora quiere el coche reluciente. Después
seguiremos con tu adiestramiento – me dice Jezabel.
No he visto a la señora en los dos días. Sólo he oído el
motor de su deportivo cuando entra y cuando sale. El ruido de puertas, el sonido
de sus pasos, las frases serviles de Gladyss y Jezabel cuando pasa cerca de
ellas. Me muero por verle la cara.
Paso dos horas frotando el rojo brillante de la carrocería de
su deportivo. Los cromados de las manecillas de las puertas y de las luces y los
parachoques producen destellos de brillo. Me duelen las manos de tanto frotar
pero estoy contento porque creo que me ha quedado perfecto. El ama estará
contenta. Si el auto está en el garaje debe ser que ella está en casa. Con
suerte quiera verme.
Tengo claro que he terminado pero debo seguir abrillantando
el coche hasta que alguien me ordene otra cosa. Eso hago hasta que llega
Gladyss.
Me quedo quieto, con la cabeza gacha. Si fuese el ama o una
de sus amigas debería arrodillarme y postrarme en el suelo, pero se trata de
Gladyss. Con ella sólo debo mostrar mi respeto de esta manera, inclinando la
cabeza hasta que me hable o se vaya.
Gladyss es muy abierta. Siempre sonríe. Se me acerca y mete
su mano entre mis muslos. Me estremezco. Su mano busca mi miembro y al instante,
a su contacto, crece y palpita. Sus dedos me acarician con dulzura.
―De rodillas.
Ella sabe que no debe usar mi miembro ni siquiera puede usar
mi lengua sin permiso de la señora. Se levanta la corta faldita de su uniforme
de doncella y me muestra su cuevecita peluda. A mi nariz me llega una vaharada
de hembra en celo. Las Betas son muy activas sexualmente.
Saco mi lengua y la paso con suavidad por los pliegues
acolchados de su vulva. El licor que genera me llena la boca. Me coge por detrás
de la cabeza con ambas manos y me hunde en su interior. Lamo con intensidad. Sus
estrías se abren al paso de mi lengua y con la nariz le aprieto el botoncito, la
terminal del placer. Sin tiempo a agarrotar mis mandíbulas desencajadas explota
en un orgasmo ruidoso. Cuando se separa de mí tengo el rostro brillante de sus
jugos. La miro. Tiene el pelo revuelto. Está muy guapa. Se ha apoyado en el
coche para no caerse. Se baja la falda, me obliga a levantarme y me estampa la
lengua dentro de mi boca.
―Qué bueno que la señora te comprase… eres un cielo – me dice
risueña –. Venga, vamos, ha llegado la hermana de la señora y quiere verte.
Vigila, ten cuidado, es una pequeña bruja hija de puta – se ríe.
Antes de seguirla paso el trapo por las zonas donde Gladyss
ha dejado sus huellas en la carrocería. Cuando me doy por satisfecho me seco los
jugos de la cara con el mismo trapo y sigo a Gladyss.
Entramos en la casa por la puerta de la cocina. Recuerdo las
normas y me pongo a cuatro patas. Siguiendo el culo bamboleante de la morena
llego al salón. Esta vez quiero ver a mi dueña. Jezabel me ha dicho que la
señorita Julia es mi ama tanto como lo es la señora.
Julia es una adolescente. No sé su edad pero le pongo quince
años. Mientras avanzo a gatas dirijo una rápida y furtiva mirada al salón y
puedo ver a la señorita Julia. Está tirada en el sofá. He tenido que hacer una
foto mental pues al instante bajo la cabeza para que no vean infringiendo una de
las normas. Dicen que somos tontos, seguramente es cierto, pero tengo memoria
fotográfica. El rostro juvenil de la amita lo archivo en mi mente. Es bonita.
Todo lo bonita que una muchacha perteneciente a la clase de las amas
puede ser. Al instante siento que me voy a enamorar de ella porque se parece
mucho a mi antigua amita, la señorita Rosalia.
La señorita Julia tiene el cabello tirando a pelirrojo. La
piel cubierta de pecas, los ojos verdes, los labios carnosos. Tiene la mirada
viva. Buenas tetas y mejores piernas. Su figura indolente reposa ya en el fondo
de mi memoria, archivada, esperando poder volver a verla. Si el ama, un ama, me
autoriza a que la mire debo levantar el rostro pero a la primera vez debo cerrar
los párpados. He de esperar a que insista para abrirlos y tener el privilegio de
mirarla. Llego junto al sofá donde está estirada.
La señorita Julia baja las piernas al suelo y me agarra de la
correa. Me levanta la cara para examinarme. Cierro los ojos para no cruzarme con
su mirada.
―¡Mmmmm… no está nada mal el esclavo! – su voz es jovial y
firme. Autoritaria – es más guapo de lo que me esperaba… y tiene una buena
polla… - se rie jovial.
Mueve la correa de aquí para allá y me dejo llevar según sus
deseos. Me está examinando. Noto su mano en mi miembro. Me estremezco. Cada vez
que noto que me tocan el pene siento escalofríos. Me ha pasado siempre. No sé
porqué me ocurre. Tengo miedo. Tal vez sea porque una vez presencié cómo una
señora mandó que mutilaran genitalmente a su esclavo, que lo caparan.
La señora Mackenzie me había llevado al club de oficiales.
Tomaba el té con unas amigas. Yo permanecía postrado para que mi ama descansara
sus pies sobre mi cara. Una de las amigas de mi ama se había llevado a su hija,
una niña. Para distraerse la niña jugaba con el esclavo de su mamá, un Omega
como yo. La pequeña le estiraba el pene y jugueteaba con él, acariciándolo. Le
divertía que creciera y se pusiera duro. El esclavo hacía auténticos esfuerzos
por no correrse. Su dueña no se había dado cuenta de lo que ocurría pues estaba
pendiente de la conversación que mantenía con sus amigas.
De repente la niña arrancó a llorar. La madre miró a su
hijita y vio horrorizada que su hijita tenía la carita llena de semen. Había
ocurrido lo inevitable. La señora se puso echa una bestia. Azotó ella misma al
pobre esclavo y cuando se cansó de pegarle ordenó a los guardias del club que se
llevaran al esclavo y que lo castrasen. Aún puedo oír los alaridos del pobre
infeliz. Ahora, sintiendo la mano de la hermana de mi ama acariciando mi pene no
puedo evitar estremecerme.
La señorita Julia me coge de la cara, apretando mis mejillas
y me obliga a mirarla.
―¡Mírame esclavo! – me ordena sacudiéndome la cara.
Mantengo los ojos cerrados. He de esperar a que vuelva a
insistir.
―¡Te he dicho que me mires!
Abro los ojos. Es preciosa. Me produce placer ver a la
hermana de mi ama. Según me han comunicado esa joven también será mi ama. Me
gusta mucho que me deje verla la cara.
De niño me hacía muy feliz que mi hermana Camila me
permitiera que la mirase. A veces se portaba bien conmigo y me permitía mirarla.
Incluso me hablaba como a una persona y me sentía muy feliz. Con mamá aún era
más intensa la emoción. En ocasiones mamá, después de haberse pasado un par de
horas descansando sus pies en mi vientre me dejaba que me subiese a sus
rodillas. Entonces me tenía un rato en su regazo. Me acariciaba y me besaba
mientras me decía «Mi pequeño esclavo... mamá te quiere mucho…» Me hacía sentir
especial. Podía mirarla a la cara y me hacía muy feliz. Después de vuelta al
suelo, a sus pies, pero ya era feliz porque me había acariciado y había visto su
bonito rostro.
―¡Es guapetón, el jodido…! – dice Julia y arranca a reír
–Está entrenado? – pregunta mirando a Jezabel.
―Sus referencias son inmejorables. La señora me ha ordenado
que lo acostumbre a sus caprichos, a los de usted y los de la señora. Avanza
bien. A pesar de ser un Omega tengo la impresión de que es listo.
Los halagos de Jezabel a mi persona me hacen sentir
orgulloso.
―¡Vamos a verlo…! – dice y se recuesta en el sofá. Sus
piernas asoman por el borde. – ¡Esclavo, descálzame!
Rebobino en mi mente. Debo recordar los deseos de cada una de
mis amas. Acerco mi rostro a sus pies. Calza unas lindas sandalias rojas. Apenas
dos finas tirillas de cuero se entrecruzan sobre el nacimiento de sus deditos de
uñas barnizadas en brillante rojo. Las sandalias no se sujetan por el talón. Los
tacones son finos pero no muy altos. Cojo el tacón con mis dientes y lo cubro
con mis labios. Echo el cuello hacia atrás y la sandalia viaja conmigo, en mi
boca. Me inclino hasta depositarla en el suelo. Me incorporo de nuevo y hago lo
mismo con la otra sandalia. Esta vez me cuesta más. La señorita Julia juguetea.
Ha flexionado los dedos hacia abajo con lo que la sandalia queda pegada con
fuerza a su planta. Me detengo para acomodar mejor mis dientes en el taconcito.
Tengo que mover la sandalia a un lado y otro para lograr desencajarla de su pie.
Finalmente lo consigo y la dejo alineada en el suelo junto a su pareja. Me
incorporo otra vez. Sé lo que espera que haga. Sus pies están libres de las
sandalias y me saludan con una leve agitación de sus dedos. Saco la lengua y la
paso desde el talón hasta las dedos, impregnando de saliva toda la planta. Lo
hago en un pie y luego en otro.
Una risita medio infantil seguida de un aplauso saluda mi
éxito. Me sonrojo de placer. Para un esclavo no hay mayor emoción que saber que
ha satisfecho a su ama.
―¡Muy bien, fantástico! – casi grita la adolescente.
Julia se sienta en el sofá con un ágil movimiento de piernas
y agarrandome por las orejas me planta un beso en los labios. Me siento en la
gloria. Cuando se aparta de mí me suelta una bofetada que me hace ver las
estrellas.
―Te he dado permiso para que me mires? ¡Al suelo, al suelo! –
me grita abofeteándome de nuevo con fuerza. ¡Quédate pegado a mis sandalias,
adorándolas!
Ahí me quedo. De rodillas. Doblado. La cara en el interior de
las sandalias rojas de mi joven ama. Las mejillas escociéndome. Julia se
levanta, me pisa la cabeza con sus pies descalzos y abandona el salón descalza.
Una hora después sigo lamiendo las sandalias de Julia. Me he
hecho amigo de las huellas que sus deditos han dejado, por el uso continuado, en
el extremo de sus sandalias. Hay actividad a mi alrededor pero yo me concentro
en el sabor a sudor rancio que destilan las suelas que han recibido las plantas
de mi joven ama en largas tardes de uso.
―Qué te ha parecido el esclavo, Julia? – la voz de mi ama, de
la señora, precede el sonido de los tacones que se acercan.
―Fantástico hermanita… de lo mejor que he visto.
A pesar de que me ha pegado por mirarla parece que la he
satisfecho y eso me llena de orgullo. Los esclavos tenemos nuestro orgullo.
Nuestro objetivo es hacer felices a nuestros amos y amas y conseguirlo nos
retribuye con sensación de bienestar, de satisfacción, de orgullo, de
autoestima: servimos para lo que hemos nacido. Suficiente.
Es la hora de la cena. Por primera vez me permiten estar en
el salón. Finalmente la señorita Julia me ha liberado de adorar sus sandalias.
Se las he tenido que calzar y besar repetidamente sus adorables pies.
Gladyss y Jezabel sirven la cena a la señora y a su hermana.
Yo permanezco de rodillas entre ambas. Permanezco con la cabeza gacha. Ellas
hablan de mí. Julia de vez en cuando me tira de la oreja, a tenor de sus
comentarios, con el ánimo de juguetear aunque yo creo que lo que pretende es
simplemente hacerme daño. No me quejo. Mi señora coge con los dedos un poco de
comida de su plato y me los acerca a la boca. La abro y dejo que me alimente.
Ella se seca los dedos en mi cabello. Aún no he visto el rostro de mi ama, ni
siquiera sé su nombre. Me infunde un gran temor. Ella produce en mí el mismo
efecto que tenía mi antigua señora, el ama Mackenzie, el mismo que en su día
tuvo mamá: Es el ser supremo, como lo fueron ellas.
Cuando se levantan de la mesa tras la cena y se acomodan en
el sofá las sigo a cuatro patas. Estando presente mi señora me debo a ella, así
pues me pongo a sus pies. Ellas hablan de sus cosas. Ya no hablan de mí.
―¡Gladyss! – llama mi señora.
La morenita se acerca veloz y se arrodilla. La señora me
aparta con el pie. Me retiro ligeramente y Gladyss sabe qué debe hacer. Se
inclina y la descalza de sus zapatos de salón. Le besa los pies.
―¿Has disfrutado con la corrida que te ha proporcionado el
esclavo? – le pregunta la señora.
Gladyss enrojece. Ha dejado de besar los pies de la señora.
Se siente atrapada.
―No sé a qué se refiere, mi ama… - la voz de Gladyss no suena
convincente.
―Jezabel… Gladyss pasará la noche en el cepo. Y para que no
pase frío cincuenta latigazos. Mañana que me suba el desayuno. Le repetiré la
misma pregunta.
―Sí ama – responde Jezabel con placer.
Gladyss se arroja a los pies de la señora. Le suplica que la
perdone. Que si ha sido una estúpida, que si admite su error…
―Demasiado tarde, Gladyss, pequeña. Sabes que no tolero que
una esclava me mienta. Jezabel, llévatela de una vez… y que sean cien latigazos…
con la fusta… y procura que no sangre demasiado.
Ocupo de nuevo mi lugar a los pies de la señora. Siguen
hablando de los esclavos. Julia es partidaria de pequeñas mutilaciones.
―Al menos podías haberme permitido que la pisara. Me gustaría
pisar las tetas de Gladyss. Son como globos a punto de explotar y me imagino
clavarle los tacones… -dice la jovencita.
―Cien fustazos en las nalgas, los muslos y la espalda son
castigo suficiente.
―Y al esclavo? Podré pisarle algún día? – parece que se
queja, enfurruñándose.
Me estremezco. La señora se ríe pero niega esa posibilidad,
de momento. Suspiro aliviado y paso mi lengua por sus pies con mayor entrega y
devoción, para que sepa que le estoy agradecido.
Cuando Julia ha hablado de que le gustaría pisar los pechos
de Gladyss no he podido evitar hacer analogía con mi anterior vida. Recuerdo una
vez que la señora me hizo sufrir mucho. Mi señora era una entusiasta amante de
los zapatos de tacón alto. Tenía varios pares de salón, clásicos, con tacones
que eran como taladros. He de reconocer que eran bonitos y me gustaba
limpiárselos. Calzárselos era todo un ceremonial. Después de ponérselos tenía
que adorarlos pasando la lengua por el brillante tafilete negro que cubría sus
dedos hasta su nacimiento.
Un día me mandó estirarme en el suelo, boca arriba. La señora
se puso en pie y me miró con una sonrisa. A diferencia de lo que ocurre con mi
nueva ama, la señora Mackenzie no sólo me permitía que la mirase sino que lo
deseaba. Decía que debía sentirme un privilegiado por poder ver el rostro de
quien gobernaba mi vida, muy especialmente cuando iba a hacerme llorar.
La señora calzaba sus zapatos de tacón. Como he dicho eran
auténticos estiletes. En sus pies podían ser armas letales. Tenían una altura
media de unos cinco centímetros, pero eran finos y duros.
Me comunicó que iba a pisarme. Bajo su enorme peso aquellos
tacones me perforarían. En seguida recordé las marcas que dejaban sus tacones en
las alfombras e imaginé lo que me pasaría si me pisaba.
La señora me utilizó de alfombra. Fue espantoso. Fue de las
veces que más he llorado y gritado. A cada paso que daba hundía sus tacones en
mi piel que se rasgaba al instante y notaba cómo me perforaba, cómo se me
clavaban. Media hora después de pasearse sobre mi pobre cuerpo no era más que un
alma doliente.
«¡Lo vas a matar!» gritó la señorita Rosalía cuando vio a su
tía paseando sobre mi agonizante cuerpo, lleno de multitud de pequeñas
perforaciones de las que manaban hilillos de sangre. La señora Mackenzie bajó de
mi cuerpo y se rió de la angustia de su sobrina. «A veces tengo la impresión de
que no eres una auténtica ama»– le dijo la señora y marchó. La señorita
Rosalía me curó.
Si se me mira con atención, aún pueden verse las pequeñas
cicatrices que resultaron de aquel paseo por mi cuerpo.
La señora ordena a Jezabel que me encierre en la perrera.
Beso los pies de mi ama y del ama Julia.
―¡Un momento, esclavo! – dice la señorita Julia.
Jezabel se detiene. Deja ir un poco de correa para que
regrese a sus pies. La señorita retira los pies de sus sandalias y los apoya
descalzos en el suelo. Sin que medie orden alguna me inclino y se los beso.
―Llévate mis sandalias. Quiero que duermas abrazado a ellas.
Las cojo en mis manos pero su pie sobre ellas me detiene.
―¡Tienes que llevarlas en la boca! – me advierte – ¡Dame una
de ellas! – me ordena con tono imperativo.
Obedezco. Le entrego una de sus sandalias que ella toma en
sus manos. Me ordena levantar el rostro hacia ella. Lo hago cerrando los ojos…
para no mirarla. Me ordena abrir los ojos y mirarla, lo que me recuerda a mi ama
la señora Mackenzie. Obedezco. Es preciosa, pero no tengo tiempo de recrearme en
la visión de su hermoso rostro. El pequeño tacón de su sandalia se estrella
contra mi frente. Reprimo un grito de dolor. Tengo la impresión de que mi frente
es de cristal y acaba de resquebrajarla. El dolor es intenso, agudo, y no puedo
aliviarme frotándome.
―Para que tengas un recuerdo. Vete.
La señorita Julia, sonriente, me tiende su sandalia. La cojo
y también la que ha quedado en el suelo y las sujeto con los dientes por los
tacones. Jezabel tira de mi correa y abandono el salón a cuatro patas camino del
jardín, donde pasaré la noche en la caseta del perro, abrazado a sus sandalias.
Pasan los días. Llevo dos semanas y aún no he visto el rostro
de mi ama. Gladyss no ha vuelto a abusar de mí sexualmente. Al día siguiente vi
sus nalgas y estaban en carne viva. De todas formas no me hace responsable de su
desgracia y me trata bien.
Me instalo en la rutina. La señorita Julia usa de mí como
criado. A veces me usa de mascota. Su malhumor se refleja en mi rostro. A peor
mal humor de la señorita Julia mayor es el enrojecimiento de mis mejillas,
castigadas por sus manos que golpean con saña. También le gusta dejarme
recuerdos de sus zapatos en forma de golpes en mi frente con el tacón, golpes
que me aturden y me hacen llorar de dolor.
La señora sigue siendo inaccesible. Suelo verla a la hora de
las comidas pero solo puedo ver sus pies. No me está permitido mirarla a la
cara. Con Julia empieza a ser distinto. A veces me tiene arrodillado frente a
ella cuando está recostada en el sofá. Yo beso sus pies y ella me habla de sus
cosas. No es una conversación. Yo no puedo responder, sólo asentir.
Más adelante la señorita Julia se interesa por mi vida
anterior, como esclavo de la señora Mackenzie. A preguntas concretas respondo
con precisión. Debo ceñirme a las preguntas, no me permite divagar. Cuando lo
hago, impulsado por el recuerdo, me reconviene. Sus admoniciones van siempre de
la mano de su sandalia, cuya dura y áspera superficie de la suela y el tacón
comienzan a ser íntimos conocidos de mi cara, en concreto de mi frente, que me
sigue pareciendo de cristal cada vez que estrella en ella el pequeño tacón.
Esta mañana la señorita Jezabel me ha llamado para decirme
que debo subir el desayuno a la señora. Noto que me tiemblan las piernas. La
señora me produce tanto respeto que la temo, y eso que aún no me ha hecho nada.
Estoy con la bandeja en las manos, cargada con abundante
comida. Aprovechando que Jezabel no mira la pequeña Gladyss mete su mano bajo la
bandeja y hurga en mi entrepierna. Me estremezco. Noto como mi miembro crece.
Gladyss lo acaricia sin dejar de sonreírme. Me guiña un ojo cuando me suelta.
Tapado por la bandeja mi miembro está completamente erecto. No me puedo
presentar así a la señora. Curiosamente, sabiendo que debo lograr aplacar mi
erección, cuanto más pienso en ello más enhiesto ondea mi mástil.
Jezabel me azota las nalgas con un fustazo ordenándome que
suba a los aposentos del ama. Camino inseguro. Noto mi pene erecto. Por más que
me esfuerzo no consigo que baje la erección. Jezabel sube tras de mí por las
escaleras. Su mano recorre la raja de mi culo con suavidad incrementando mi
indeseada erección.
No me doy cuenta del propósito de las dos malas putas hasta
que ante la puerta de la habitación de la señora, Jezabel me detiene, se
arrodilla e introduciendo la cabeza bajo la bandeja se mete mi verga henchida en
la boca. Sale de debajo de la bandeja, se pone en pie y abre la puerta de la
habitación. Golpea ligeramente con los nudillos en la madera y me empuja
suavemente para que entre. Jezabel cierra la puerta quedándose fuera.
Ahora estoy dentro, solo, con la señora que está recostada en
su lecho, la espalda contra los almohadones apoyados en el respaldo. La he visto
por una fracción de segundo, insuficiente para fijarme pero suficiente para ver
que es una mujer bella, muy bella, excepcionalmente bella.
Estoy de los nervios. Tengo la impresión de que me voy a
desmayar. Desde su posición seguro que ve mi pene enhiesto. Me va a matar a
palos, pienso, eso si no me hace castrar. A mi mente viene rápidamente el
recuerdo de aquella vez que vi cómo una señora ordenaba la castración de su
esclavo porque, despues de que su hija jugara con su polla, le había eyaculado
en la cara. Me estaba imaginando a mí mismo soltando mi semen y pringando el
rostro de mi ama. Me entran ganas de ponerme a llorar.
Camino hasta el lado de la cama y me quedo de pie, con la
bandeja en alto, a pulso. Debo esperar que me señale el suelo para arrodillarme.
Las normas. La sangre golpea mis sienes. Estoy perdido, ahora sí que por fuerza
ha de ver mi tremenda erección.
Miro al frente, por encima de la cabeza de mi ama. Espero en
tensión su orden o sus gritos cuando descubra mi ofensiva erección. Pero nada de
eso sucede. Lo que ocurre es que mi polla recibe la calidez de su mano cuando se
cierra suavemente alrededor del venoso tronco.
El tintineo de las copas debido a mis temblores evidencian
que me hallo al borde del colapso. Me está acariciando la polla. Dios mío, no
puede ser.
―Arrodíllate – su voz suena firme pero suave.
Creo que no podré hacerlo. Me tiemblan tanto las piernas que
pienso que me desplomaré. Pero no. Lo consigo. Me arrodillo y elevo más la
bandeja para que ella pueda acceder cómodamente al desayuno.
Bajo los párpados para no verla. Noto cómo empieza a comer.
La bandeja está muy cargada, mucho. Pesa horrores. Ella come despacio. Creo que
me está mirando. Sospecho incluso que lo hace con una sonrisa. Dios, cómo me
gustaría mirarla.
―Tienes una buena polla – dice con la boca medio llena.
―Gracias ama – musito.
Noto que la voz me tiembla. Ella bebe ahora. Debe ser el zumo
de naranja. El primer día supe que era muy aficionada a los zumos de naranja.
Gladyss dijo que por suerte había encontrado naranjas y Jezabel suspiró al decir
que la señora se ponía de muy mal humor si no tenía su zumo. Todos sabemos qué
significa que las señoras que tienen esclavos estén de muy mal humor, pero ahora
ella no lo parece.
―Te sientes bien aquí? – me pregunta.
Balbuceo algo ininteligible. Estoy seguro de que no ha podido
entender el «sí mi ama» con que he contestado porque mi lengua parece que se
niega a hablar. Ella se ríe. Tiene una risa deliciosa.
―El ama Julia… te trata bien?
―Me siento feliz de servir a mi señora y a la señora Julia,
mi ama – ahora mi voz es más clara.
Sigo con los ojos casi cerrados. Los brazos comienzan a
dolerme. La señora come poco pero se demora. Picotea un poco de aquí y otro poco
de allí. Lo único que se termina es el zumo de naranja. Tengo miedo de que haga
durar el desayuno mucho más pues mis brazos no están entrenados.
―Puedes dejar la bandeja en la mesilla. Ya he terminado – me
dice.
Gotas de sudor perlan mi frente. Empezaba a flaquear cuando
me ha liberado. Obedezco y cuando vuelvo a ponerme de rodillas frente a ella mi
erección se hace más evidente. Oigo su risita y de nuevo su mano me acaricia el
tronco de la verga.
―Puedes mirarme – me dice.
Por fin. Recibo su autorización como una bendición. Abro los
ojos y me empapo de su rostro. Es muy bella. Distinta de su hermana. En
cualquier caso su belleza es más serena. Su cabello oscuro cae ligeramente
enmarañado por sus hombros. Su rostro ovalado acoje unos ojos verdes de mirada
profunda. Su nariz no es pequeña. Tiene una inapreciable elevación en el puente
que le da una majestuosidad especial. Sus pómulos son suaves. Nada en su rostro
es agresivo pero tampoco es excesivamente plano. Mis ojos van a sus labios, que
como los del ama Julia son carnosos.
Es más mayor de lo que había supuesto. No mucho más. Debe
rondar los veintidos, tal vez veintitrés años. Me mira. No me atrevo a mirar más
allá de su boca, de sus labios. De manera desenfocada me doy cuenta de que lleva
un breve y transparente salto de cama que prácticamente la desnuda. Sus muslos
torneados están levantados y separadas las rodillas. No puedo ver su entrepierna
pero puedo imaginármela. Mi miembro sigue ahí, presentando armas. Querrá usarme?
―Recoge todo y vete. Envíame a Gladyss, tengo que bañarme.
―Sí mi ama.
En ese momento mi erección fracasa. Es como si hubiera estado
turgente sólo por si ella deseara usarme. Me levanto, recojo la bandeja y echo
un vistazo al resto de la habitación. Hay unas braguitas por el suelo y sus
botas de vestir.
―Lava mis bragas y lustra mis botas. Las quiero como espejos
para cuando haya salido del baño.
―Sí mi ama.
Obedezco. Recojo las braguitas que llevo con dos dedos de una
mano, la que soporta la bandeja. La otra mano la uso para llevar sus altas
botas. Hago una reverencia y salgo de su habitación.
Le comunico a Gladyss que la señora la necesita y tras dejar
la bandeja en la cocina me voy a mi cuartito, el que se destina para que yo haga
las tareas de mucamo. Dejo las braguitas para después y me pongo a abrillantar
sus botas. A medio lustrarlas dejo lo que estoy haciendo y cojo las bragas. Me
las llevo a la nariz. Me abruma el aroma. Me marea, y no sólo porque es fuerte.
***
Paso una semana más. Combino mis habilidades según quien me
reclama. Soy un perro para la señorita Julia y un mucamo para la señora. Mi
faceta sexual sigue desierta, salvo las arriesgadas incursiones de Gladyss a mi
entrepierna. Esa muchacha es todo un caso. La última vez le digo si no recuerda
lo que le hizo la señora, se encoge de hombros, se sonríe y me chupa la polla en
la cocina. No acaba. Nunca acaba.
Me siento muy frustrado. Gladyss me lleva al límite pero
nunca me vacía. Necesito aliviarme. Estoy tentado de masturbarme. Cada día
lustro las botas de la señora y de su hermana. Encerrado en el cuartito tengo
erecciones mientras acaricio el delicado cuero de las botas. Encuentro a faltar
a la señora Mackenzie. Ella al menos me aliviaba dos veces por semana, me hacía
daño, es cierto, pero al menos rebajaba mi tensión.
Un par de veces he tenido que llevar la bandeja del desayuno
a mi señora y las dos ha ocurrido la misma secuencia. Gladyss y Jezabel me han
excitado y he mantenido la erección mientras la señora tomaba su desayuno de la
bandeja que yo sostenía. Al final nada.
Es Julia quien pone fin a mi sufrimiento. Es por la tarde. La
señora no está. Julia ata la correa a mi collar metálico y me lleva a gatas
hasta su habitación. En la mano lleva el maldito mando con el que las
amas dominan cualquier atisbo de rebeldía de sus esclavos. Estoy contento porque
apenas lo han usado conmigo.
Al llegar a sus aposentos acciona el mando y siento
una terrible opresión en mi cuello. Mis rodillas se doblan. Llevo mis manos al
collar metálico pero sé que es inútil. Julia se rie. Acciona varias descargas
más y al final arroja el mando sobre el sofá. Poco a poco recupero el
color y el sentido. El puto collar te deja al borde de la asfixia.
Julia se sienta en el borde de la cama. Lleva sólo una
braguita y un top de tirantitos, todo blanco. Está irresistible. Calza sus
sandalias rojas, esas que me hace adorar, haciendo que me pase horas con la cara
metida en ellas. Sus pies son perfectos, como los de su hermana.
Julia chasquea los dedos y gateo hacia ella. Se abre
ligeramente de piernas y levanta el pubis.
―Quítame las bragas – me ordena.
Con cuidado introduzco mis dedos entre la gomita de la
cintura y su piel y aprovechando que tiene el culito levantado se las bajo. Las
hago circular por sus muslos, luego por sus piernas. Levanta ligeramente los
pies y le saco las braguitas.
―Venga, ya es hora de que uses tu lengua en algún lugar
diferente de mis pies, esclavo.
Me coge del pelo y me lleva hasta su entrepierna. Está
jugosa. Sus líquidos anuncian su excitación. Huele fuertecillo pero sólo a
hembra. Está limpia, no como la señora Mackenzie.
―Venga, lame…
Empiezo a pasar la lengua por sus tibias y espesas
hendiduras. No tiene mucho vello lo cual facilita mi labor. Comienza a gemir. Mi
lengua separa pliegues, se introduce, sale, entra, caracolea. Gime más fuerte
cuando con los labios amaso su botón de carne que he descapuzado con la lengua.
Está muy sensible porque me enlaza con sus piernas. Siento los tacones de sus
sandalias golpear mis flancos.
No puedo evitar comparar a Julia con el ama Mackenzie. Joder,
qué diferencia. En cualquier caso se parece mucho a Rosalía. Enfundo y
desenfundo mi lengua de su cueva y comienza a gritar. De repente me aparta con
las manos y poniendo sus pies en mis hombros me arroja al suelo.
Como un animal herido se desplaza ayudándose de brazos y
piernas por encima de la cama. Acaba a gatas, a cuatro patas, mostrándome su
chochito chorreante y su ano que palpita.
―¡Métemela esclavo… rápido!
Me incorporo, subo a la cama, de rodillas tras sus nalgas de
caramelo. Estoy empalmado como un poste de la luz. Mis manos se posan sobre sus
caderas, apunto la ojiva en la diana y empujo. Joder, me voy a correr.
―iSi te corres te saco los ojos con una cucharilla de café! –
me amenaza a gritos mientras no puede evitar jadear.
Estoy entrenado. Antes la señora Mackenzie, luego su sobrina
Rosalía. Lo he hecho muchas veces y siempre he triunfado, pero ahora llevo
varias semanas en el dique seco y temo no poder aguantar.
Bombeo con fuerza mientras me muerdo los labios hasta
sangrar. Necesito hacerme daño para controlar mi líbido desbocada. Suerte que el
ama Julia está mucho peor que yo. En dos minutos comienza a gritar. De los
gemidos ha pasado a los gritos. Temo que se escuchen por toda la casa, aunque
sólo Gladyss y Jezabel están abajo. Seguro que se sonríen.
Gracias a Dios ella explota en una sucesión intempestiva de
orgasmos. Temo que con los espasmos y contracciones finales de ella acabe por
derramarme, pero al final nada sucede.
Ella se queda quieta. Yo también. Por sus agujeros gotea
caramelo líquido. Tengo los testículos empapados de su licor. Lentamente se
desempala y el contacto del aire ambiente en mi polla babeante me hace sentir
escalofríos. No sé si son de placer o de necesidad de aliviarme.
―¡Corre a buscar algo para limpiarme, burro! – me insulta
Julia.
Obedezco. Tiene un baño adosado, como en la habitación de la
señora. Regreso con una toallita humedecida y la limpio. Ella se da la vuelta y
se queda echada de espaldas sobre la cama. Me sonrie. La estoy mirando. Es como
si no me importara infringir las normas. A ella tampoco le importa. Está
preciosa. Me sonríe. Mira mi mástil que da pequeños brincos y de la sonrisa pasa
a una corta carcajada. Estira sus brazos hacia mí.
Me está reclamando? Debo acercarme? Mueve los dedos de ambas
manos a la vez, como si aleteara, confirmando que quiere que me acerque. Lo hago
con miedo. Rosalia a veces también me proporcionaba muestras de afecto de esa
manera. Me acerco más y ella me rodea el cuello y tira de mí. Mis manos hacen de
muro de contención para no terminar encima de ella pero nuestras caras se están
rozando. Julia me besa. Con lengua. Me dejo hacer. No debo demostrar iniciativa.
Me coge de las orejas suavemente y me retira un poco. Siento
pánico al instante. El ama Mackenzie me había producido terribles y dolorosos
desgarros en los lóbulos de mis orejas. Tiraba del lóbulo hacia arriba con
fuerza, hasta que comenzaba el desgarro. En varias ocasiones tuvieron que llamar
a la veterinaria para que me diera puntos de sutura. Recuerdo que lloraba y
lloraba mientras me cosían. Lo mejor era que después la señora Mackenzie me
ponía sobre sus rodillas y me consolaba. Ahora Julia tiene sus orejas en mis
manos y nota que he demudado la expresión de mi rostro. No me está haciendo daño
pero tiemblo por los dolorosos recuerdos que se agolpan en mi mente.
―Qué te pasa? – me pregunta.
Trago saliva. Le cuento mis temores. Julia se ríe. Su risa es
franca. Además muestra sus dientes. Su boca es un tesoro.
―Si quieres después de azotarte puedo consolarte, jajajaja…
Niego con la cabeza. Ahora sus manos acarician mis orejas. Su
mirada es intensa. Estoy desconcertado. Ni Rosalía me había mirado nunca con esa
expresión. Parece amor, pero no puede ser. Soy un esclavo, y de la peor clase y
ella es una ama. Imposible.
―Siéntate en el suelo, y abre bien las piernas – me ordena
mientras se incorpora y queda sentada en el borde de la cama.
Mis piernas se abren como un compás y Julia acerca su pie a
mis genitales. Levanta la otra pierna y apoya la planta del pie en mi cara,
sobre mis labios mientras con el otro pie comienza a frotarme la polla. Antes de
un minuto exploto. Tengo que recoger mi semen de su pie con la lengua.
―¡Lárgate! – me dice con desdén cuando he terminado de lamer
sus pies.
Me voy gateando. Me siento feliz. Por fin me han liberado. Mi
último alivio databa de la víspera de ser vendido. Mi señora Mackenzie se
despidió de mí usando mi lengua hasta que terminé desencajado y después me
masturbó con su pie, como ahora, salvo por la diferencia de que estaba calzada y
me hizo sangre.
Gladyss me mira con cara de interrogación. Me parece sincera
cuando me acaricia. Es como si me felicitara. Uno de los castigos recurrentes
que había padecido con mi anterior señora consistía en la abstinencia sexual.
Tanto la señora Mackenzie como Rosalía me usaban para su satisfacción sexual
pero si tenía cuentas pendientes, además de la fusta o las bofetadas, mis
castigos se complementaban con la abstinencia.
***
Poco a poco me voy haciendo con las peculiaridades de mis
nuevas amas. Cuido con esmero su ropa interior que lavo a mano, lustro y
entretengo sus botas y zapatos sin importarme robar horas al sueño. Siempre
acometo este trabajo al amanecer y si un día hay más zapatos que limpiar que de
costumbre me levanto antes de la salida del sol. Soy un perro modelo para ellas.
Puedo permanecer de rodillas a sus pies sin que noten mi presencia, he aprendido
a caminar a gatas con el hombro pegado a su pierna, me muestro veloz cuando
quieren jugar a lanzarme una zapatilla que devuelvo colgando de mi boca. De mi
servicio sexual están satisfechas porque he aprendido cuales son los pequeños
trucos que posibilitan aumentar su placer. Conozco sus debilidades y me aplico a
satisfacerlas. Así como Julia quiere que la penetre, la señora sólo requiere mi
lengua. La tarea de aliviarme recae en Julia. La señora no se rebaja a calmar
mis necesidades. A veces es Gladyss la que obtiene permiso de la señora para
aliviarme y de paso calmar su hambre de polla. Cuando es Gladyss la encargada
disfruto porque puedo vaciarme en su interior, ella no es más que una esclava y
si por suerte la preñara llevaría en su vientre un nuevo esclavo para sus amas.
Duermo en la perrera las noches en que ni la señora ni la señorita Julia
requieren mi presencia en su alcoba. Cuando me reclaman duermo a los pies de su
cama. Siempre en mi papel de perro.
De vez en cuando vienen amigas de mis amas. Las dos se
muestran orgullosas de mí. Sus amigas las miran con envidia. Esclavos Omega
hay en cada casa pero pocas son las amas que puedan estar satisfechas y
orgullosas de su servilismo como en el caso de las mías.
Un día, mediado ya más de tres meses desde que fuera
adquirido, la señora, mi ama, se presentó en casa acompañada de una amiga. Yo no
podía ni sospechar lo que se me avecinaba. Mi vida iba a dar un nuevo vuelco.
La amiga de mi ama era más joven que ella, unos tres años, y
aparentaba ser un poco mayor que yo. Llevaba de una correa a su esclava Omega,
una muchacha bastante bonita, probablemente de la edad de Julia, unos quince o
dieciséis años. La esclava gateaba con dificultad. Era como si le costase apoyar
las manos y las rodillas en el suelo.
Cuando llegaron yo me encontraba haciendo de escabel para el
ama Julia. Ella tenía sus lindos pies descalzos sobre mi costado. Julia me había
hecho poner aovillado en el suelo, de costado, en posición fetal, mirando hacia
afuera.
Desde mi posición pude ver de espaldas a la amiga de la
señora y a su esclava desplazándose con dificultad a su lado. Varios golpes
dados con los pies en mis riñones me hicieron bajar la cabeza. Pensaba que Julia
me estaba regañando pero no se trataba de eso.
―Cálzame, esclavo – me dice el ama Julia.
Me incorporo, busco sus escarpines y con devoción los acomodo
en sus hermosos pies.
―Te vas ya, Julia? – pregunta la señora que acaba de
acomodarse en el sofá.
―Sí. Se me hace tarde. Te dejo al esclavo.
Me inclino y beso los zapatos de Julia, que espera a mi
tributo y luego me pisa una mano en el momento de marchar, evitando, eso sí,
descargar todo su peso para no hacerme mucho daño.
Es evidente por qué se ha ido Julia. La visita de la amiga de
su hermana la obliga a dejarme a su disposición. Mi señora chasquea los dedos y
me desplazo a gatas hacia ella. Su amiga ya ha tomado asiento a su lado. Su
esclava está postrada ante ella, en actitud de adoración.
Antes de marchar Julia riñe a Gladyss. En el momento en que
llego ante mi señora puedo escuchar el sonido típico de un bofetón y un sollozo
contenido. Luego el taconeo que produce el ama Julia alejándose por el salón, el
ruido de la puerta al abrirse y el portazo final. No sé qué la ha molestado pero
Gladyss ha pagado su mal humor. Lo normal es que se desfogue conmigo pero como
estoy con su hermana ha decidido que Gladyss también existe para ayudarla a
quitarse los nervios.
En el tiempo que llevo aquí he deducido que Julia siente
devoción por su hermana, la señora. Las relaciones entre mujeres están a la
orden del día y, a diferencia de tiempos pasados, ahora no solo no están mal
vistas sino que incluso se celebran. El sexo ya no es un concepto moral rígido
donde se siguen unas estrictas, encorsetadas y restrictivas reglas morales
caducas. Ahora si hay que procrear se folla para ello pero para gozar se folla
con quien se quiere, o se puede. Y desde luego si no se puede libremente para
eso estamos los esclavos como yo. Julia me usa convencionalmente, con
penetración incluída. La señora no. A ella sólo la lamo, lo cual me ha hecho
suponer que el componente sáfico de la señora es bastante más elevado que el de
su hermana.
Hasta el momento no le he conocido aventuras sexuales a la
señora, pero pasa muchas horas, incluso días, fuera de casa, lo que me da pie a
pensar que lleva sus aventuras con discreción. A Jezabel le he oído comentarios
sobre una presunta amante de la señora, lo cual la deprime pues sé del cierto
que muchas noches la señora y la esclava Alfa han hecho el amor hasta
altas horas de la madrugada. Ahora creo que la reacción de Julia no es más que
la manifestación de celos, pueriles y adolescentes celos, pero no me extraña, la
señora es como una diosa.
Llego ante mi señora y humildemente me postro y beso sus
zapatos. Son clásicos, de salón, negros, con tacón fino. Inevitablemente a mi
mente vienen dolorosos recuerdos asociados a unos zapatos parecidos del ama
Mackenzie.
―Pues yo estoy muy satisfecha con mi esclavo… y Julia igual,
y eso que mi hermana es difícil de contentar.
―Pues hija, yo estoy harta de esta estúpida. ¡Mírala, mírala…
es que tengo que ordenárselo todo!
¿¿¿¡¡¡No-te-tengo-dicho-que-cuando-estemos-paradas-me-tienes-que-besar-los-pies…!!!???
– le dice la amiga a su esclava a la vez que cada palabra que brota de su boca,
entre los dientes apretados, la puntúa con un duro manotazo en la cabeza de la
pobre muchacha – ¡Levanta la cara, levántala… te vas a enterar…!
Ahora los manotazos son bofetadas, imponentes mazazos que
hacen voltear la cabeza de la esclava como si se tratara de una muñeca de trapo.
A hurtadillas veo cómo se remueve todo el cuerpo de la chiquilla y escucho sus
gemidos y sollozos.
Un sexto sentido me pone alerta. La voz de la señorita que
está dando la tremenda paliza a su esclava no me es indiferente. No le veo el
rostro porque en mi posición de postración me tapan sus rodillas. A pesar de que
hago esfuerzos por mirar a lo máximo que alcanzo es a ver a la esclava que tras
media docena de terroríficos impactos llora desconsoladamente.
―Te has enterado de una vez de lo que tienes que hacer cuando
nos detenemos o me siento? – dice esa voz que me resulta cada vez más familiar.
―Sí ama… lo siento… - dice entre sollozos, pero al parecer no
debía responder.
Una nueva tanda de bofetadas le caen sin piedad en sus ya
inflamadas mejillas.
―¡No-hables-no-debes-hablar… ahora-eres-un-perro… ladra… me
entiendes? Ladra, ladra…! – le dice acompasando las palabras a los guantazos.
La pobre esclava deja escapar unos patéticos ladridos,
ahogados por el sonido de las bofetadas y de sus propios sollozos.
―Cuanto hace que la tienes? – oigo a mi ama que le pregunta a
su amiga.
―Dos días…
―Mujer, debes darle un poco de tiempo. Son como animalillos…
seguro que aún está acostumbrada a su antigua ama. A mi esclavo lo tuve casi una
semana adiestrándolo. Se lo entregué a mi alfa y cuando quise usarlo
parecía que lo tuviese desde pequeño.
Me sentí orgulloso de que mi ama tuviera el concepto que
tenía de mí. De alguna manera sentía reconocida mi entrega. Y además me sentía
aliviado porque al menos me había evitado padecer lo que la esclava de su amiga
estaba sufriendo. La vida de los esclavos era igual para todos, pero qué duda
cabe que el contar con una ama como la mía era un bendición.
―No sé… tal vez tengas razón. No hay nada como tenerlos de
pequeños. Yo recuerdo aún a mi hermano. No sé porqué mamá quiso venderlo…
Aquella voz volvía a recorrer los caminos más alejados de mi
memoria. No me resultaba en absoluto indiferente. Si pudiera verle la cara.
―¡Venga, pedazo de burra… descálzame… y a ver si sabes qué
tienes que hacer…!
Desde mi posición a los pies de mi ama veo cómo la muchacha
desabrocha las bonitas sandalias de su ama y las retira de sus pies. Acto
seguido se dobla sobre sí misma y se pone a acariciárselos y a besarlos. Parece
que la amiga de mi ama está ahora un poco más calmada.
―¡Gladyss… trae algo para picar…! – ordena la señora.
Momentos después Gladyss sale de la cocina con una bandeja
con refrescos y algunos aperitivos.
―¡Dásela al esclavo. Él la aguantará para nosotras! ¡Aquiles,
ponte aquí, entre el ama Camila y yo… y aguanta la bandeja! – me dice mi señora.
Me incorporo erguido sobre mis rodillas y recibo la bandeja
de manos de Gladyss.
―Cómo lo has llamado? Qué nombre has dicho? – escucho decir
con sorpresa a la joven ama amiga de mi señora.
―Qué pasa Camila… no te gusta Aquiles? No se lo cambié… me
pareció muy bonito. Una referencia a la guerra de Troya. Además estoy convencida
de que tiene su propio talón de Aquiles y me gustará descubrirlo… - mi ama se
rie de su comentario.
Yo sigo erguido, la espalda recta, los brazos ligeramente
levantados para que las señoras puedan alcanzar sin necesidad de esfuerzos
extras el contenido de la bandeja. Es como cuando sirvo a mi ama en el desayuno,
cuando lo toma en la cama, que yo le sostengo la bandeja. Ahora ésta es más
liviana.
A la sorpresa que he detectado en la voz de la amiga de mi
ama se une un estremeciomiento al oír cómo la ha llamado: Camila. Dios mío.
Camila es el nombre de mi hermana. No puedo más. Tengo que mirar a la amiga de
mi señora. Tengo que ver su rostro. Ahora he asociado ese nombre, cobijado en lo
más hondo de mis recuerdos, al familiar timbre de voz que lleva rato
martilleándome el cerebro. Tengo que arriesgarme, pero me da miedo. Faltar a las
normas con la señora o con el ama Julia, si no conllevan falta de respeto
evidente, no tiene porqué suponerme un castigo. Llevo ya tiempo a su servicio y
por el roce, la costumbre y mi buen comportamiento me he ganado el derecho
tácito a vulnerar, mediante pequeñas infracciones, las exigentes normas de
relación. De vez en cuando, en los momentos que percibo empatía por parte de mis
amas me permito mirarlas, brevemente por supuesto, a los ojos. Hasta ahora,
salvo una vez que me costó diez palmetazos en las plantas de los pies porque la
señorita Julia era más imprevisible que el tiempo, siempre he salido con bien de
mis pequeñas, digamos, fechorías.
Pero ahora mi ama no está sola. Si quiebro las normas la
pongo en un compromiso. Está con una amiga suya y si me tomo alguna libertad
puede hacerme pagar con mucha dureza mi atrevimiento. Además la pongo en un
compromiso y no quiero eso. No obstante, la agitación interna que estoy viviendo
me empuja a mirar a la amiga de la señora, pero su voz de nuevo me obliga a
bajar la cabeza.
―¡Dios mío…! – exclama la señora Camila – ¡No es posible! ¡No
puede ser! ¡Joder, joder, joder… vaya coincidencia!
Yo sigo mirando al suelo. Noto que la sangre me bulle. Seguro
que es ella. Me ha reconocido, sino, a qué viene esa expresión y esas palabras
de asombro. Por el rabillo del ojo veo que se ha llevado las manos a la boca.
―¡Joder Camila…! vas a decirme de qué se trata de una vez?
―Coño… puedes decirle a tu esclavo que se levante y nos
muestre sus ingles?
Ahora sí estoy seguro. Sé lo que busca. Cuando mamá me marcó
con el símbolo Ω en el glande estuve varios días llorando. Camila me consoló y
cuando ya me había recuperado me preguntó si la quería. Claro que la quería. La
adoraba. Era mi hermana mayor y también mi ama y yo besaba por donde pisaba.
Mamá era distinto, quería a mamá pero a mamá la veía como lo que era: la señora.
Sin embargo con Camila la relación era distinta. Nos llevábamos tan sólo un año
y si bien ambos teníamos clara nuestra posición, ella era el ama y yo el
esclavo, no dejábamos de ser unos chiquillos y por tanto nos dedicábamos a hacer
cosas de críos, entre las que está jugar. En cierta manera, ni que fuese a
tiempo parcial, yo era el compañero de juegos de mi hermana y ama. Respondí que
sí, que la quería, que ella ya lo sabía. Me preguntó si estaba dispuesto a
sufrir por ella. Yo ya sufría de ordinario. Mamá llevaba siempre colgando de su
muñeca un rebenque de piel de buey con el que me azotaba allí donde le pillaba
al mínimo error por mi parte. Con Camila podíamos estar jugando y riendo como
dos chiquillos y momentos después podía castigarme a estar cinco horas
arrodillado por la noche. A qué se refería con lo de sufrir por ella? No sufría
a diario según el capricho de mamá y el suyo propio?
«Quiero que lleves grabado mi nombre al fuego. Me perteneces
y mi nombre en tu piel será el símbolo de mi propiedad sobre ti. Estás
dispuesto?»
Sentí miedo. La marca en mi pene aún me mortificaba y que
quemara su nombre en mi piel no me hacía gracia. Camila no sabía que los
esclavos no debíamos llevar inscripciones de propiedad. Tan solo la marca Ω que
designaba la pertenencia a la más abyecta categoría de esclavos. Pero Camila
había leído libros de cómo eran las cosas hacía muchos cientos de años. En uno
de ellos explicaba que los esclavos eran marcados a fuego con el nombre de su
propietario o propietaria y ella quería que yo luciera su nombre allí donde
fuese… que mejor que marcarlo con un hierro al rojo vivo?
Asentí ceremoniosamente y una semana después, en una ausencia
de madre me marcó en la ingle. Se había apañado unas letras tipográficas.
Recuerdo que me ató en una camilla y me fue aplicando letra a letra, que tomaba
de un hornillo con unas grandes pinzas, en la sensible carne de la ingle. Berreé
como un poseso pero Camila no se alteró. Se iba emocionando a medida que su
nombre se iba componiendo en mi carne martirizada.
Pasé un mes con terribles dolores. Nunca lo supo madre. Era
un secreto entre Camila y yo. A nadie se le ocurre ir revisando las ingles de un
esclavo, así que siempre llevé en secreto el nombre de mi hermana. Ahora ella,
porque sólo podía ser ella, estaba allí, pidiendo a mi señora que mostrase la
marca de infancia que ella me había grabado.
―Levántate Aquiles – me ordena la señora con semblante serio
– Gladyss, coge la bandeja y ocupa el lugar de Aquiles.
Le entrego la carga a la pobre Gladyss a quien molesta
sobremanera tener que hacer los trabajos de un vulgar Omega pero no va a
discutirlo con la señora y obedece. Me pongo en pie. Aún no he visto el rostro
de aquella voz que ya sé a quien pertenece. Separo mis piernas y aparto mis
genitales. La ingle izquierda es la depositaria de aquel tesoro infantil.
―¡Por Dios! ¿Lo ves? Ahí está mi nombre. CAMILA. Siempre
estará. Lo marqué al fuego cuando yo tenía unos once o doce años y el unos diez.
Meses después mamá lo vendió. No puedes imaginarte lo que lloré. ¡Madre mía… y
resulta que ahora está aquí… y es tu esclavo…!
En ese momento no puedo más y miro a la muchacha. Es ella. Mi
hermana. Camila. Siento que me tiemblan las piernas. Ella me está mirando.
Alternativamente sus ojos van de mi ingle a mi cara. Es ella. Está cambiada,
claro, pero puedo reconocer en ella los rasgos que hicieron que la adorase como
un perro puede adorar a su dueña. No solo eso, Camila es ahora una mujer
impresionante. Entiendo los celos de la pecosa Julia. Qué puede hacer una niña
como ella ante una rival como mi hermana? Si la señora es una Diosa griega,
Camila es su réplica romana. Si la señora es Afrodita, Camila es Venus. Si la
señora es Atenea, Camila es Juno.
―¡Ca…Camila…! – balbuceo como un niño pequeño.
Los ojos se me llenan de lágrimas al escuchar en mi propia
voz el nombre de mi hermana, de mi ama primigenia, aquella que me hizo reír y me
hizo llorar, que me azotó y que me curó las cicatrices que ella misma o mamá
habían ocasionado en mi cuerpo. Camila. A la que lloré largamente cuando caí en
manos de la señora Mackenzie. Sólo Rosalía habia calmado parcialmente mi dolor
por la añoranza de mi hermana. Pero lo cierto es que Rosalía nunca podría
sustituírla. Entre otras cosas porque Camila me había hecho suyo el día que me
hizo llorar y gritar mientras letra a letra grababa su nombre en mi entrepierna.
―¡Camila! – logro repetir sin vacilar.
El golpe es inesperado. Mis testículos explotan y mi cerebro
estalla de agónico dolor. La señora acaba de patear mis expuestas bolas y caigo
al suelo boqueando, con el pánico que provoca un dolor inaguantable e
inesperado. El tacón del zapato de la señora se clava en mi garganta y la suela
me presiona en los labios. He hablado, me he dirigido a una ama por su nombre.
Ésta es una falta grave, muy grave.
―¡Jezabel! ¡Jezabel! – llama la señora con insistencia. Nunca
la he visto así. Despliega todo su poder, toda su autoridad. Gladyss, que ha
ocupado mi puesto está temblando. Puedo escuchar el tintinear de las copas
debido a los temblores incontrolables de sus brazos. Camila me mira asustada, su
esclava está besando sus pies pero ella ni se entera. – ¡Llévatelo! ¡Encépalo en
el jardín! ¡Siete días de castigo… y cien latigazos diarios! ¡Ahora! – grita a
Jezabel a quien también la violenta reacción de la señora ha dejado paralizada.
***
No volví a ver a mi hermana, ni a la señora, en una semana.
Durante siete días fui azotado con una caña de bambú diariamente. Jezabel me
ató, me inmovilizó en un cepo como los que había visto en ilustraciones
medievales y allí pasé los siete días. De pie. Con los tobillos, las manos y la
cabeza encerrados entre tablas que me mantenían inmovilizado. Recibía los
latigazos varias veces al día. Jezabel era la encargada. Gladyss me alimentaba
sin desatarme, dándome la comida en la boca. Me orinaba y hacía mis deposiciones
de pie y era también Gladyss la que me limpiaba a golpes de manguera.
Las noches se me hacían eternas. El dolor y el
anquilosamiento no me permitían dormir. A la tercera noche logré dormirme a
ratitos varias veces, hasta que el dolor me despertaba. La lengua se me iba
convirtiendo en una corcho insensible y tan sólo conseguía pensar cuando Gladyss
dejaba caer el agua que pudiera verter de un trapo mojado al escurrirlo sobre
mis labios.
Al sexto día apareció en el jardín la señorita Julia. Mis
ojos la miraban extraviados. Una brizna de ilusión y esperanza alumbró mi
corazón al verla. O me liberaba o me mataba. Me daba igual, pero que terminase
con mi agonía. No hizo ni lo uno ni lo otro. Me acarició.
―Mi pobre Aquiles – me dijo pasando sus bonitos dedos por mi
rostro demacrado – mi fiel Aquiles. Cómo te echo de menos. Me había acostumbrado
a ti. De pequeña tuve una esclava pero era sencillamente imbécil. De ti hubiera
llegado a enamorarme. Eres tan mono… y tan fiel… eres el mejor esclavo que jamás
podré tener. No sabes cómo voy a echarte de menos.
Besó mis resecos labios y se fue. Me quedé llorando como un
perro cuando es abandonado. No entendí para nada el significado de sus palabras.
Mi cerebro estaba embotado por el dolor y el agotamiento pero sí había entendido
que aquello era una despedida. Ni siquiera me puse a hacer conjeturas. Podía ser
que mi ama, ante la grave falta que había cometido, me vendiera. También podía
ser que me devolviera a mi antigua ama, la señora Mackenzie, aduciendo que no
había concluido el período de adaptación, que era de seis meses, y que no estaba
satisfecha de mí. Tanto daba. No podía ni sufrir por mi destino.
Las últimas veinticuatro horas de agonía fui atacado por
fiebres, fruto del cruel tratamiento recibido. Los latigazos llegaban puntuales
pero ya casi no gemía al recibirlos. En el delirio de las fiebres sólo recuerdo
que mi vida, mi corta vida desfiló por mi mente como una película. Viví, mejor
dicho, reviví todos los momentos importantes, intensos, felices o dolorosos,
mamá, Camila de niña y adolescente, la señora Mackenzie y sus terribles castigos
para después consolarme, la señorita Rosalia, mi sucedáneo de Camila, Julia y
por fin mi señora y de nuevo Camila.
Perdí el conocimiento y la oscuridad se cernió sobre mí. La
señora tuvo que hacer venir a la veterinaria y le pagó para que no se separara
de mi jergón durante el tiempo que necesitara para restablecerme. No soy
consciente del tiempo trascurrido pero me ha dicho Gladyss que la veterinaria
estuvo como cinco días cuidándome.
En la vigilia adormecida en que me instalé durante esos días
recuerdo, o tal vez no fue más que un delirio, que Camila vino a verme. Creo que
sentí sus manos acariciarme. E incluso creo que me besó. No lo sé. Seguramente
todo fue fruto del delirio.
Cuando lograron recuperarme de las fiebres no me podía mover.
Siete días y siete noches encepado y recibiendo latigazos acaba con la fortaleza
del más fuerte. Tuve que estar aún una semana en que Gladyss ocupó el lugar de
la veterinaria. La buena de la morenita me cuidó como una madre y quince días
después del momento en que vi a Camila volvía a presentarme ante la señora. Y
Camila estaba con ella.
Me postro en el suelo y llorando beso los pies de mi señora.
Me acaricia el cabello y me dice que me ponga de rodillas. Obedezco. Inclino la
cabeza. Estoy avergonzado. Sé que la señora me ha castigado por mi falta de
respeto a su invitada. He recibido muchos castigos en mi vida. De pequeño eran
lógicos, estaba aprendiendo pero siempre he sabido que desde que pasé a ser
propiedad de la señora Mackenzie, sus horribles castigos no eran fruto de mi
incompentencia o de faltas de respeto sino que siempre me castigaba porque ella
disfrutaba haciéndome llorar.
No la miro pero sé que Camila está allí, en el sillón
contiguo al de mi ama. La señora tiene en su mano mi correa y el mando de
control.
―Seguro que nos seguiremos viendo, Aquiles. Acabo de
venderte. Saluda a tu nueva dueña… tu ama Camila.
El corazón se me desboca. Beso las manos de mi señora. Las
beso con devoción. Ella se sonríe. Nunca he escrito su nombre porque ella era la
señora. Sólo se nombra a las amas que has tenido o las amas de los demás
esclavos pero a la propia no se la nombra por su nombre. Es el ama. La señora. Y
punto.
Ahora deja de serlo y ya puedo hablar de ella como lo hago de
la señora Mackenzie o del ama Rosalia… como lo he hecho de mamá e incluso de
Camila. Pero ahora ya no puedo usar su nombre. Mi hermana es ahora mi dueña.
Ella es ahora la señora. Después de besar las manos de la señora Verónica, mi
antigua ama, me dirijo a cuatro patas hacia mi nueva señora. Ya no podré volver
a hablar de Camila, ni siquiera del ama Camila. Ella es ahora la señora.
El ama Verónica le hace entrega a mi señora de la correa y
del mando. Sus manos añoradas manipulan mi collar de acero hasta
enganchar la presilla de la correa. Se levanta y me arrojo a sus pies. Beso sus
botas con devoción. Un poco después noto que la correa tira con fuerza de mi
cuello.
―¡Andando, esclavo!
Me coloco en posición, en cuatro patas, pego mi hombro
derecho a su bota izquierda y acompaso mi gatear a sus gráciles pasos. Salimos
de la casa del ama Verónica. Al atravesar la cancela mi señora mete el pie en un
charco. Después de atravesarlo se detiene y sin levantar el tacón eleva
ligeramente la bota por la punta. Rápidamente me pongo a limpiarla con mi
lengua.
Un latigazo en mi espalda dado con la misma correa de la que
me lleva me indica que debo proseguir el camino y vuelvo a acompasarme a su
paso. Voy feliz. Mis ojos no dejan de mirar con devoción las hermosas botas que
a partir de hoy deberé lustrar a diario. Pienso que tal vez ahora vea a mamá. La
vida me sonríe. Soy feliz.
FIN
Lukasses
Inicio: 21.06.2009
Final: 28.06.2009