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Fecha: 01-Jul-09 « Anterior | Siguiente » en Dominación (3648 de 3994)

Aquiles

lukasses
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En una sociedad donde los niños al nacer son separados en categorías, los que obedecerán y los que serán obedecidos, nació Aquiles. Esclavo. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

AQUILES

El furgón de reparto se detiene bruscamente. Sólo quedamos una chica y yo. El portón trasero se abre y la muchacha se me abraza. No la conozco pero su desesperación me une a ella. Los dos guardias se abalanzan sobre el cuerpo común que formamos ambos y la separan de mí, la arrancan de mí. Se la llevan.

Miro a través de la abertura del portón que sigue abierto y veo un cuidado jardín. Una mujer joven con bata de seda y zapatillas de estar por casa observa a la muchacha que aún forcejea. Dos niñas de entre ocho y diez años se encuentran una a cada lado de la mujer. Los guardias consiguen reducir finalmente a la joven lazándola con las pértigas y tras arrastrarla la obligan a arrodillarse ante la mujer de la bata de seda. Uno de ellos, después de librar a la chica del lazo de la pértiga le entrega el mando a la señora que lo acciona. La muchacha que hasta hace un momento viajaba conmigo en el furgón empieza a retorcerse de dolor. Lleva las manos a su collar, como si intentara arrancárselo. No puede gritar. De su garganta escapan angustiosos gemidos. Los ojos de la muchacha se hinchan. Parece que vayan a explotarle. La señora deja de accionar el mando. La chica se retuerce, tose, jadea. Está sudorosa. Llora. La joven señora vuelve a accionar el mando y la joven se desploma en el suelo del cuidado jardín. Es como si sufriera un ataque agudo de epilepsia. Debe haber aplicado la máxima potencia. La chica se estremece. Patalea, se golpea la cabeza contra el suelo. De su boca emerge una baba espesa, como un perro rabioso. Finalmente la señora detiene la pulsación y el cuerpo de la muchacha queda inherte en el suelo.

Una de las niñas se acerca curiosa y miedosa a la vez y toca con la punta de su zapatito la cabeza de la muchacha que sigue en el suelo. Parece un guiñapo, una muñeca rota. El guardia que parece que ser el responsable acerca una documentación a la señora y con ella una factura. La mujer firma la entrega.

―No tema señora, la esclava es sumisa, Omega certificada, no creo que necesite usar el mando normalmente, lo que ocurre es que nos ha costado mucho separarla de su antigua ama. Está añorada, nada más, no es peligrosa… se le pasará pronto.

La joven señora suspira. Parece aliviada por las palabras del guardia. Creo que no quería usar el mando. Sencillamente se ha asustado al ver cómo los guardias debían emplearse a fondo para someterla.

―Eso espero – dice al fin –. No me gusta tener que usar el mando, las deja inservibles para trabajar durante un buen rato – dice la señora que ha firmado el recibo de entrega y se lo devuelve al responsable.

La muchacha sigue en el suelo. No reacciona a los pequeños golpes que la niña sigue propinándole en la cabeza. Ahora parece más calmada. Las descargas del mando le dejan a uno abatido durante un buen rato. La señora tiene razón de que el uso y abuso del mando nos destruye en exceso.

El portón se cierra y ya no puedo ver. Soy el último. La última entrega. Estoy solo dentro del contenedor de transporte. Las palabras del exterior que terminan de cruzar la señora y el guardia me llegan apenas audibles. Poco después el motor se pone en marcha, una sacudida, caigo al suelo y con esfuerzo logro sentarme.

Cuando se detiene de nuevo el vehículo y se abre la puerta sé que es mi turno. A mí no tienen que lazarme ni agarrarme. Bajo solo dando un pequeño salto y veo que el jardín es muy parecido al que acabo de ver, aquel donde han hecho la anterior entrega, y muy parecido al de las otras tres paradas que hemos hecho para las entregas de antes.

Siento un golpe en la parte posterior de mis rodillas y se me doblan. El guardia acaba de golpearme con la porra en las corvas para que me arrodille. Caigo de bruces en el suelo. El guardia principal tira de mi collar. Me hace daño. Me pongo en posición, arrodillado. En este jardín no hay nadie esperando. El otro guardia se acerca a la puerta de la vivienda y llama. Un minuto después se abre y veo que aparece una chica bastante mona. Va vestida de dondella por lo que supongo que es una ellas. No es mi nueva ama, es su doncella, eso quiere decir que quien me ha comprado tiene cierto estatus, cierto nivel.

El guardia y la doncella hablan pero no entiendo lo que dicen, están cerca de la puerta y yo permanezco de rodillas en el jardín. Miro con disimulo hacia los lados. Es un bonito jardín.

El guardia y la doncella siguen hablando. Evidentemente él está respondiendo preguntas sobre mí puesto que de vez en cuando me mira y ella también lo hace.

Estoy ansioso por conocer a mi nueva ama. Por lo que veo parece que es rica. Todos los que tienen esclavos han de serlo, al menos tener un mínimo nivel pues no está al alcance de todo el mundo poseernos.

Me he pasado la noche llorando. Aún pienso en mi antigua ama. Pensaba que estaba contento conmigo, que no me iba a vender. Para nosotros supone un gran trauma el drama de una venta. Siempre lo es. En mi caso es la segunda vez que me venden y en ambos lloré. Desde luego la primera venta fue la más dolorosa, no lo olvidaré nunca. Aunque te peguen constantemente no quieres ser vendido, no quieres ser separado de tu madre, de tu familia. A mi segunda ama me acostumbré. Te acostumbras a lo que esperan de ti y te adaptas. Anoche cuando me comunicó que me había vendido lloré desconsoladamente a sus pies. Esta mañana sólo he tenido el tiempo justo de cruzar un par de miradas con mi sustituta. Ella estaba tan angustiada ante su nueva señora como lo estoy yo ahora. Deberé adaptarme a mi nueva ama y eso es lo más duro.

Sigo de rodillas. La doncella debe ser de gran confianza pues es ella la que firma mi recepción. Puede que esté equivocado y no sea una doncella, pero ese uniforme… en cualquier caso el guardia le hace entrega del mando, del odioso mando con el que nos controlan.

―Quiere que lo esposemos?

―Sí, de momento a la espalda.

Odio estar esposado, especialmente si he de tener las manos a la espalda. El metálico chasquido coincide con el dolor en mis muñecas. Ha cerrado demasiado los grilletes y además creo que me ha pellizcado la carne. Así me lo indica el dolor intenso en las muñecas. Me duele pero intento no quejarme. No es una buena manera de empezar, quejándose.

Los dos guardias se despiden de la muchacha. Están contentos. Han hecho las entregas sin más problemas. La joven me chasquea los dedos y levanto la cara. Me indica por señas que la siga. Voy a levantarme pero inmediatamente señala el suelo con su dedo índice extendido a la vez que me muestra en la otra mano el terrible mando de control. Trago saliva con dificultad, odio el maldito mando, todos odiamos el maldito mando de control. La sigo de rodillas, intentando mantener el equilibrio al estar esposado. Es difícil andar de rodillas con las manos atadas a la espalda. Lo he hecho muchas veces pero no termino de acostumbrarme.

He de salvar cuatro escalones de piedra que me dañan las rodillas. Ella me espera en el más alto. Me engancha una traílla al collar y tira de ella, con fuerza, a tirones. Gimo ligeramente pero ella sigue andando y tirando bruscamente. Ella es una Alfa. Se nota. Es esclava como yo pero tiene un nivel. Privilegios. Los de clase Omega, como yo, somos el escalafón más bajo. Incluso los Alfas pueden maltratarnos.

Camino sobre mis rodillas y no puedo evitar mirar el contoneo de su culo. Es joven y bonita y tiene un cuerpo que el corto y ceñido uniforme resalta. Distingo en sus perfectos tobillos un tatuaje con la letra Alfa. Esto debe ser un capricho de su ama. Además ha de llevar la marca al fuego en el pecho izquierdo, de la misma manera que yo llevo mi marca Omega en la cabeza de mi pene, indeleble. Dios, cómo lloré cuando me marcó mamá. Lo mejor fue que después me curó con su saliva, pasándome la lengua por la herida.

La doncella abre la puerta de la casa. Es una casa de dos plantas, típica de estos barrios ricos, con su jardín protegido por altos setos. Se ve grande y de calidad. Antes de cruzar el umbral distingo una caseta de perro. Seguro que es ahí donde pasaré muchas noches. Al menos aquellas en que no me quieran en la casa. No sé que destino me va a dar mi nueva ama. La señora Mackenzy al principio de tenerme me usaba de mascota y me hacía dormir en la caseta del perro. Yo era bastante pequeño, diez años, y recuerdo cómo lloraba.

―¡Entra, no te quedes ahí atorado! – me dice despreciativa y dando tirones a la correa.

Obedezco. El suelo es de madera. Mucho más agradable que la piedra caliza de los escalones. Mis rodillas lo agradecen. Las tengo más que echas a arrastrarlas por todo tipo de superficie y aunque creo que están casi insensibilizadas aún puedo sentir dolor si paso demasiadas horas arrodillado o si la superficie es rugosa, dura y abrasiva.

Rápidamente oteo la estancia. Estamos en el recibidor pero desde él se puede ver perfectamente el gran salón. Está decorado con elegancia, buen gusto. Me confirma la sospecha de que quien me ha comprado es alguien de buena posición. Eso no te garantiza que no te vayan a humillar y a pegar, desde luego, pero como mínimo sabes que vivirás entre lujo, aunque no puedas disfrutar de él.

―¡Levanta! – dice tirando de la correa hacia arriba.

Me pongo en pie. Hacerlo teniendo las manos inmovilizadas a la espalda es más complicado pero estoy en forma. Ella se acerca a mí, con ese andar… diría que voluptuoso. Desvío la mirada. Aunque sea superior a mí es una esclava y por tanto puedo mirarla a la cara, al menos en teoría, pero prefiero mostrar mi perfil más sumiso.

Soy más alto que ella. A pesar de los tacones que calza aún le paso una pulgada. No son tacones altos. Calza unos zapatos clásicos, negros, de tacón medio. Ahora puedo verle la cara. No es un guapo convencional pero tiene el rostro agradable. Atractiva diría. Su cabello, castaño claro, está recogido en un moño coquetón que emerge de la parte más alta de su cabeza lo que la da una apariencia de mayor altura.

Estoy parcialmente desnudo. Un bañador es mi única vestimenta… un bañador por llamarlo de alguna manera. No deja de ser un calzón corto. Normalmente los Omegas vamos desnudos por la casa de nuestros amos. El calzón se utiliza para sacarnos fuera. En este caso ha sido para el traslado.

La joven introduce los pulgares entre mis caderas y la cinta de goma del calzón. Me lo baja hasta las rodillas.

―¡Quítatelos! – me ordena imperiosa – ¡y dámelos!

Muevo las piernas y la prenda se desliza hasta los tobillos. Levanto un pie y luego el otro. Luego hago pinza con los dedos de un pie y levanto la pierna. Ella tiene la mano extendida para recibir mi prenda de vestir. La coge con cierta aprensión, con dos dedos y apartándola de ella con el brazo extendido. Hace una mueca y la arroja a una cesta que parece de ropa sucia.

―Vamos a ver qué ha comprado la señora – me dice dibujando una mueca que creo que es de lascivia pero no estoy seguro, también podría ser de crueldad. No estoy acostumbrado a tratar con Alfas, al menos desde la época que era esclavo de mamá y mis hermanas. Sigrid, una de mis hermanas, era Alfa, pero en aquella época éramos pequeños. Mi última ama no tenía Alfas, pero algunas de sus amigas sí tenían y por tanto alguna referencia tengo. Suelen mostrarse altivas con los Omegas. Se saben superiores, o en todo caso nos consideran inferiores. No obstante intento permanecer tranquilo, o aparentar tranquilidad.

―Mi nombre es Jezabel. A todos los efectos señorita Jezabel. Entendido?

―Sí, señorita Jezabel.

―Bien, veamos qué tenemos aquí – el tono que emplea no me hace ninguna gracia, es entre voluptuoso y cortante, en cualquier caso amenzante.

Su mano, muy bien cuidada, se acerca lentamente a mi miembro. Cierro los ojos. Sus dedos se cierran suavemente sobre el tronco fláccido y a su calor reacciona de manera instantánea. Le regalo una erección.

Estoy orgulloso de mi pene. No en vano es una de mis herramientas de trabajo. Los Omegas solemos estar destinados a distintos fines: trabajos domésticos, hacer de mascota, servicios sexuales... puedo hacer de todo, en cualquier caso haré lo que me manden. Soy joven y fuerte. A pesar de que en el último año mi antigua ama apenas utilizó mi pene me alegra saberlo útil y el silbido que suelta Jezabel parece confirmar que le van a dar uso.

―Tienes erosionada la parte superior – afirma más que pregunta.

―Sí señorita Jezabel. Mi antigua ama ya no usaba mi pene pero me aliviaba dos veces por semana… tenía una forma peculiar de hacerlo…

―La imagino – me contesta con aire de suficiencia – cuéntamelo.

―Me hacía sentar en el suelo, a sus pies, con las piernas abiertas. Mi ama me excitaba frotándome con la suela de su zapato. A veces aprovechaba para castigarme y entonces la presión de su pie era mucho más intensa… de ahí las úlceras.

Jezabel hace un mohín. Tuerce la boca de manera graciosa y afirma con la cabeza.

―Lo que suponía… - dice sin dejar de pasar la yema de su pulgar derecho sobre la cabeza de mi pene, allí donde luzco la marca Ω, la que me grabó mamá con un hierro candente. Me pongo nervioso. No debo eyacular si no se me autoriza expresamente y si sigue frotando con tanta suavidad no sé lo que lograré resistir.

Teóricamente a lo Omegas se nos marca en el pene para reducir sensiblemente el carácter erógeno de la zona y evitar que disfrutemos en nuestro trabajo pero yo debo ser un caso especial por que, a pesar de que la cicatriz está más que curada, sigo experimentando placer cuando me acarician la zona como ahora lo hace Jezabel.

Para mi alivio afloja la presión del pulgar, pero acto seguido me clava la uña con fuerza. No consigo reprimir un grito. No esperaba el dolor repentino. Su otra mano viaja a gran velocidad a mi rostro y lo golpea dos veces.

―¡Silencio, esclavo!

Agacho la cabeza y me muerdo los labios. La uña de su pulgar está manchada de sangre. Es una jodida mala bestia esa chica. Espero una caricia que me alivie el dolor y la humillación pero esta no llega. Jezabel me suelta el miembro, ahora totalmente fláccido, y se aleja unos pasos de mí.

Toda mi vida he recibido consuelo después del castigo. Primero mamá. Después de castigarme me abrazaba y me acariciaba. Mi hermana, Camila, dos años mayor que yo, después de azotarme me besaba en la boca. Luego vino la señora Mackenzie. Ella era mayor que mamá, era una cuarentona cuando me compró. Yo tenía once años. Mamá me pegaba con la zapatilla o con la caña de bambú pero la señora Mackenzie utilizaba métodos mucho más crueles. Cuando me compró era sólo un crío y después de hacerme llorar me decía «ven con mamita, ven… anda, no llores…» y me sentaba en su regazo y me abrazaba. Incluso a veces se sacaba una de sus poderosas ubres y me daba su pezón para chupar. Yo notaba que ella se excitaba, pero en cualquier caso a mí me calmaba mucho. A veces creo que me pegaba para hacerme llorar y después calmarme como una madre calma a su hijo. Ahora esperaba que Jezabel me hiciera caricias pero de mi glande pendían dos limpias gotitas de sangre que nadie iba a limpiar con dulzura.

―Que te quede bien claro, perro… la señora es mía, de mi competencia. Si veo que intentas ganártela con esa polla tan gorda que tienes te juro que llorarás sangre. La señora ordena los castigos pero yo soy quien los aplica. Así que recuerda… ella es mía.

―Sí, señorita Jezabel…

―Bien, ahora sígueme, conocerás la casa antes de presentarte ante nuestra dueña.

Camino con las piernas ligeramente separadas por el dolor en mi miembro. Como voy sin calzón, pene y testículos se bambolean al andar. Me alegra que no me haga ir de rodillas. Voy caminando tras ella y mis ojos no se apartan de su culo. Qué movimiento, qué balanceo de caderas. Tengo la impresión de que anda tan provocativa expresamente. De vez en cuando gira la cabeza y me mira. Al hacerlo sonríe pero inmediatamente después da un tirón a la correa y me obliga a dar un par de pasitos cortos. Deduzco por las amenazantes palabras de antes que es una lesbiana y sólo me da muestras de su espectacular cuerpo para joderme.

Entramos en la cocina. Es moderna. Está equipada con todo lujo de aparatos de lo más sofisticado. Es espaciosa. Tiene una mesa y un par de sillas.

Abre las puertas de los armarios y me va diciendo qué contiene cada uno. Intento recordarlo todo pero va muy deprisa y no sé si podré.

―No te preocupes, no vas a tener que cocinar. Sólo tendrás que preparar cosas sencillas como el café o algún bocadillo cuando Gladys no esté.

Se escucha abrirse y cerrarse la puerta de la entrada y pasos, el ruido de unos tacones que se dirigen hacia donde estamos.

―Qué es esto, Jez? – dice una morena de ojos oscuros, preciosa, monísima, que deja el carro de la compra aparcado en medio de la cocina y se acerca a mí.

Jezabel hace una mueca a medio camino entre el fastidio y la burla.

―No temas,sólo le estaba enseñando la casa al nuevo esclavo.

―¡Jesús, qué monada! ¡Y vaya polla! – exclama la morena.

La mano de la morenita acaricia mi pene y me pasa la yema del pulgar sobre la herida.

―Esa herida se la has hecho tú? – pregunta la recién llegada.

―No es nada, Gladyss, luego se la curaré… o prefieres hacerlo tú? – le dice con una sonrisa que deja al descubierto unos dientes blancos y bien alineados.

―No creo que me dejes, verdad?

―Depende… ya veré.

Gladyss sigue jugueteando con mi pene que en su mano ha alcanzado ya un buen tamaño. De repente me pellizca un testículo y logro controlar un grito. Gladyss se rie y me mira con superioridad. Yo mantengo la cabeza gacha pero como es más bajita puedo ver sus preciosos pechos contenerse dentro de su ceñido uniforme. Veo claramente la marca. Es una Beta. Está grabada al fuego, junto al canalillo. Eso quiere decir que jerárquicamente está por debajo de Jezabel y las dos están por encima de mí. Los Omegas somos el último escalafón, el culo del mundo.

―Todavía duerme la señora? – le pregunta Gladyss a Jezabel.

―Sí. Dentro de una hora subiré a despertarla. Había naranjas?

―Sí.

―Menos mal… se pone odiosa si no tiene su zumo…

Una hora. Tengo ganas de conocer a mi nueva propietaria. No tengo ni una referencia. Será una mujer mayor, como la señora Mackenzie? No me importa. De pequeño estaba enamorado de mamá. Yo soy el segundo, tengo diecisiete años y mamá debe tener ahora treinta y ocho. Mamá era hermosa. La amaba y sigo amándola. Cuando me vendió pensé que moriría pero acabé aceptando a la señora Mackenzie y terminé por ser feliz a sus pies. Ahora tengo una nueva propietaria pero no tengo ni idea de cómo es. Pienso que dentro de una hora la conoceré pero la siguiente conversación entre las doncellas me hace ver que no será así. De momento.

―Vas a subirle al esclavo?

―No. Ayer me dijo que a las doce tiene una reunión en el Club y que de momento que le vaya tomando el pulso a sus habilidades – se rió Jezabel y Gladyss la secundó.

Enrojezco. No acabo de acostumbrarme a que hablen de mí como si no esté allí. La sobrina de la señora Mackenzie y ella misma lo hacían a menudo. Lo aceptaba porque no tenía más remedio, como ahora, pero me molestaba mucho. De repente pienso en Rosalia, la sobrina de la señora Mackenzie. Me pone triste pensar que no volveré a verla. No sé aún porqué me ha vendido mi ama. Sé que la señorita Rosalia me echará de menos. La voz de Gladyss me saca de mis recuerdos.

―Por cierto, tiene nombre?

―Sí. Eso parece. Aquí, en los papeles pone que se llama Aquiles. Ya veremos si al ama le gusta o decide cambiárselo.

―¡Aquiles! – repitió Gladys – me gusta. Espero que la señora se lo conserve.

De nuevo esa sensación que odio. Hablan de mí, de mi nombre, como si fuera un perro, como si yo no existiera. Realmente existo? – me pregunto. De nuevo el contacto de la mano de la morenita me devuelve a la realidad. Noto sus dedos en mi pene.

―¡Déjalo ya Gladyss! La señora no me ha autorizado a aliviarle, o sea que déjalo en paz. Cuando ella lo considere oportuno quizá puedas satisfacer tus asquerosas necesidades.

La mano de la morenita abandona mi pene y una sacudida en el cuello me obliga a caminar detrás de Jezabel. Porqué le ha dicho eso de sus «asquerosas necesidades»? Rápidamente conjeturo que Jezabel debe ser una recalcitrante lesbiana en tanto que la morenita debe comer de todo. Pienso eso puesto que al pasar por su lado Jezabel le da un beso de esos de lengua a la morena y ésta gime como un perra en celo.

Sigo caminando tras Jezabel. Gladyss se ha quedado en la cocina. Deben ser sus dominios. Me lleva por diferentes estancias. Habitaciones con armarios. Me enseña dónde se lava la ropa, dónde se limpian los zapatos, dónde se plancha. Aún no sé a que tareas voy a ser destinado. No me asusta. Con mi antigua ama he aprendido de todo. En los primeros años fui mascota, después juguete sexual, más adelante me ocupé de tareas domésticas, de todas las tareas domésticas y cuando terminaba adoptaba mi función de mascota o de esclavo sexual. Últimamente la señora no usaba mi pene. Mi pene era para la señorita Rosalia. La señora Mackenzie prefería mi lengua.

La recuerdo desnuda a cuatro patas sobre su cama y yo metiendo mi cara en su entrepierna. En los seis años que había estado con ella había engordado mucho. Ahora era como una vaca. Sudaba mucho y su cueva apestaba. Prefería perforarla con mi pene, como hice durante unos años, pero mis deseos no se tienen en cuenta. En los últimos tiempos ella prefería mi lengua. Lo peor era el escaso control que sobre sus esfínteres poseía. Sufría flatulencias que descargaba en mi cara cuando la hociqueaba entre los muslos. Esa postura a cuatro patas favorecía el escape de sus gases intestinales y eso era lo que peor llevaba yo. Una vez incluso se cagó. Mientras metía la lengua en su ano y en su concha ella se aliviaba los gases. Una vez que iba algo suelta noté heces líquidas en mi boca. Me aparté de golpe. Tosí, sufrí arcadas, me atraganté, lloré. Joder si lloré. La señora se puso echa una furia porque había retirado la lengua de su culo cuando estaba a punto de correrse. Se bajó de la cama, cogió la correa, me obligó a estirarme, plantó su pie en mi nuca para inmovilizarme y estuvo pegándome correazos hasta que se le agarrotó el brazo. Nunca me había pegado tanto. Al terminar tenía la espalda en carne viva.

***

Jezabel me saca al jardín por una puerta trasera. Observo que es grande y está bien cuidado. La joven me explica que en mis ratos libres tal vez la ayude a cuidar de las flores, setos, parterres, limpiar de hojas la pequeña piscina, engrasar el columpio, cortar el cesped. Me alegra saber esto.

―Esta será tu vivienda habitual – me dice Jezabel mostrándome la caseta de perro – tan sólo no dormirás en ella si la señora te quiere cerca. La señora controla tu vida, entiendes, perro?

Asiento con la cabeza. Miro la caseta y miro a Jezabel. La joven se ríe. Da un nuevo tirón a la correa y me hace trastabillar. Pierdo el equilibrio, tropiezo y caigo al suelo. Como llevo las manos esposadas a la espalda no puedo protegerme la cara antes de golpearme con el canto del tejadillo de la caseta. En el último momento logro girar el rostro y me golpeo contra el pómulo. No grito pero el dolor es intenso. Jezabel vuelve a reírse.

―Qué te pasa perro? Estás muy torpe.

Apoyando el rostro en la caseta logro ponerme en pie. Creo que los grilletes me están dejando las manos sin riego sanguíneo. Siento un dolor lacerante que me marea.

―Las esposas – balbuceo cuando logro recuperar la vertical – no podría aflojarlas?

Jezabel me sonríe. Con la mano me hace dar la vuelta. Quedo de espaldas a ella. Noto que me toca los grilletes, me sacude como intentando comprobar que no miento. Finalmente los abre. Un dolor más fuerte que cuando estaba esposado se apodera de mis muñecas. Es la sangre que vuelve a circular por mis venas. Me froto con frenesí. El dolor es intenso pero lentamente voy recuperando el tono. Contemplo horrorizado los los azulados, casi negros, hematomas que se me han formado en las zonas que las esposas me tenían pinzado.

La miro y ella lee gratitud en mis ojos. Por un momento veo que me está mirando fijamente, como estudiando mis pupilas.

―¡Las manos atrás! – me ordena de repente – ya has podido aliviarte.

Obedezco. Noto cómo manipula las esposas y de nuevo el chasquido metálico al cerrarse. Esta vez no me atrapa la carne en aquellas fauces de acero pero la zona está dañada y siento dolor.

―Por favor… - me limito a decir.

―La señora decidirá cuando te las puedo quitar. De momento es un tema de simple precaución. Dentro de un par de días te harán análisis de sangre. A la vista de los resultados y de tu comportamiento decidirá.

Asiento con la cabeza. Me coge de un brazo y me lleva hasta un bonito árbol.

―Quieto aquí.

La veo retroceder y coger una manguera del suelo. Apunta con el disparador hacia mi cuerpo, abre la llave de paso y un chorro de agua helada se clava en mi carne. Doy un grito. Está muy fría.

―Date la vuelta – me ordena.

La presión es tan fuerte que en mi espalda siento miles de agujas heladas que se me clavan. Recuerdo que la sobrina de la señora Mackenzie disfrutaba lavándome de esta manera. También lo hacía mi hermana. Camila era un par de años mayor que yo. Ella al nacer fue etiquetada como ama y Sigrid y yo como esclavos, ella Alfa y yo Omega. Camila. A ella sí la hecho de menos. Durante los seis años que he vivido a los pies de la terrible señora Mackenzie he añorado cada centímetro de la piel de Camila. Mi amor. Mi primer y verdadero amor. Sé que no puedo aspirar a nada. Lo sabía ya cuando era su esclavo. Ella es ama y yo esclavo, pero así y todo hubiera dado la vida por ella. De vez en cuando el ligero dolor que me produce la entrepierna, fruto de un capricho suyo, me trae a la memoria su recuerdo. Me siento feliz de que me hiciera aquello, al menos tendré un recuerdo inborrable de ella: su nombre grabado a fuego en mi ingle.

El dolor del agua a presión me impide seguir con mis recuerdos. Cuando cierra la llave de paso siento todo mi cuerpo como si quemara. El agua me cae por las greñas de mi cabello y noto que sigue mojándome la espalda. Ahora es agradable. No duele.

Jezabel me obliga a arrodillarme empujándome con su mano por un hombro. Luego ata mi correa a la base del árbol ante la que me ha duchado. Luego se acerca a una ventana que deduzco que da a la cocina porque veo la cara ovalada y risueña de Gladys. Le pasa un par de cuencos que Jezabel deja junto a la pequeña puerta de la caseta.

―Si tienes hambre aquí tienes comida y agua – me dice mientras se marcha hacia la casa.

Me quedo solo, en el jardín. Mi estómago ruge. El dolor del hambre. Como esclavo clasifico los dolores según qué los produce. Un látigo, una zapato, una mano… el hambre… el hambre también produce dolor.

Me desplazo sobre el cesped a cuatro patas y cuando me hallo a menos de una pulgada de los cuencos noto que la correa no da más de sí.

Es frustrante. Falta tan poco. Hago un esfuerzo y tiro del cuello pero no llego. Vuelvo a intentarlo. Jezabel y Gladyss me están observando desde la ventana de la cocina. Lo han hecho expresamente. Se divierten jugando con mi desesperación. Saben que estoy hambriento y necesito ingerir esa bazofia. Vuelvo a intentarlo. El collar erosiona mi piel. No puedo. Es imposible. Estallo en un mar de llanto. Ellas se ríen.

Finalmente decido quedarme quieto. Arrodillado como estoy, con la cabeza tocando mis rodillas dejo que pase el tiempo. No pienso en nada para ahuyentar el hambre.

Me he quedado dormido. El rugido de un motor me despierta. Levanto la cabeza y sólo llego a tiempo de ver el culo de un deportivo abandonando la casa. No sé cuanto tiempo ha pasado pero el suficiente para que mi nueva ama se haya desayunado, vestido y marchado a su cita.

Los cuencos ya no están. Alguien se los ha llevado. Adopto de nuevo la posición fetal y me abandono. Eso mismo hacía cuando la señora Mackenzie me castigaba. Después de azotarme me hacía permanecer como un perrito, quieto, a sus pies. Ella estaba sentada en su silla de brazos en el jardín y tenía las piernas estiradas. Yo permanecía con la cara pegada a sus pies, sin moverme. Me tenía en esa postura varias horas, al sol. Notaba cómo las heridas de los latigazos se cerraban y la piel de mi espalda se iba tensando. Lo único que hacía era sacar la lengua de vez en cuando y pasarla por los pies de la señora Mackenzie.

Varias horas después se acerca Jezabel. Mis muñecas están insensibles dede que me hicieron esposar. Veo su zapato que se introduce bajo mi barbilla. Me levanta el rostro. Me sonríe.

―Has comido bien? – me pregunta y no sé si se está burlando. Le hago saber que no he probado bocado ni bebido una gota de agua, que no llegaba a los cuencos y que finalmente me he dormido y al despertar ya no estaban. Le suplico que me den algo de comer – ¡No me cuentes tus penas, bonito, anda, en pie…! ¡arriba! – me ordena tirando con fuerza de la correa, erosinando la piel de mi cuello.

Jezabel se ríe porque de los tirones que da a la correa logra que trastabillée.

―¡Anda, muévete… tira para la caseta. Para que te vayas familizarizando con tu nuevo hogar… - se ríe y me obliga a introducirme dentro de la caseta del perro.

Hacía tiempo que no me hallaba en esta humillante situación. Cuando la señora Mackenzie me compró me utilizó de mascota durante muchos años pero desde hacía al menos dos que apenas dormía en la caseta. En los últimos años solía dormir como un perro guardián pero lo hacía a los pies de la cama de mi ama, o de la señorita Rosalia, su sobrina. Cuando era esclavo de mamá solía dormir también a los pies de su cama, o de mi hermana Camila. Mamá sólo me mandaba a dormir a la caseta de perro como castigo. Cuando eso sucedía muchas noches venía Camila, mi hermana, y se sentaba en el suelo, en cuclillas. Luego estiraba una pierna e introducía el pie por la abertura de entrada. Ella me hablaba, me explicaba cosas mientras yo, recogido dentro de la caseta besaba su pie.

Recuerdo que cuando llegué a la casa de la señora Mackenzie y me puso en la caseta estuve días y noches llorando. Pensaba que me estaba castigando y yo no sabía porqué. Siempre esperaba que de noche llegara Camila, se sentara en el suelo y metiera su pie dentro de la caseta para que se lo besara mientras me contaba cosas. Pero mi hermana no venía, quien lo hacía era la señora Mackenzie con su fusta y sus botas de montar. Me hacía sacar la cabeza de dentro de la caseta del perro y tenía que lamer sus botas mientras me decía:

«No cielo, no, no es un castigo – me decía la señora Mackenzie – duermes en la caseta del perro porque eres mi mascota. Cuando te castigue ya notarás la diferencia, te aseguro que la notarás»

Y vaya si la notaba. Me venía a buscar en plena noche a la caseta, me colocaba la hebilla de la correa y me llevaba al interior de la casa. Entonces cogía un cinturón de cuero, me pisaba la cabeza para inmovilizarme y comenzaba a azotarme hasta que se cansaba. Luego se sentaba en el sofá y me llamaba. Tenía que reptar por el suelo, como un gusano y besarle los pies. Yo lloraba a causa del dolor que me habían producido los latigazos. Al cabo de un rato de tenerme a sus pies besándoselos me cogía de las manos y me hacía sentar en su regazo. Entonces se mostraba tierna, compasiva, maternal. Me abrazaba y me acariciaba y me besaba.

«No llores cielo, no llores… mamá Nora – se llamaba Nora Mackenzie – te quiere mucho pero has sido un niño malo y mamita ha tenido que castigarte. Prométeme que no lo harás más cielito, venga, hazlo… y podrás chuparme las tetas, anda bribón… seguro que te gusta…»

Y yo le prometía que no lo haría más… pero el qué? No lo sabía. No sabía casi nunca porqué me castigaba, pero ye le juraba que no lo haría más. Entonces ella se sacaba uno de sus grandes y blandos pechos y cogiéndome de la nuca me llevaba hasta su enorme pezón oscuro que yo chupaba como si fuera un bebé. Curiosamente me calmaba y acababa dormido. Cuando eso sucedía me despertaba encadenado a los pies de la cama de la señora Mackenzie.

***

La morena vuelve a dejarme un bol de agua y otro con comida. Esta vez la longitud de la cadena me permite saciar mi sed y mi apetito. La comida está asquerosa, aunque no tanto como la que me daba la señora Mackenzie. Muchas veces la señora Mackenzie gustaba de regar mi cuenco con un poco de su orina. «A que ahora está más jugoso, no crees, pequeñín?» me decía mientras me acariciaba.

Sigo con las manos atadas a la espalda por lo que meto la cara en los cuencos, tanto para beber, sorbiendo, como para comer, tomando la bazofia directamente con la boca.

Oigo el rugido del motor. Deduzco que mi nueva ama ha vuelto. Me quedo quieto. Tal vez quiera que me lleven a su presencia. Escucho los ruidos del motor al apagarse, las puertas del deportivo al abrirse y cerrarse y el ruido de pasos alejarse.

Nada. Silencio. Desde las ventanas abiertas de la casa me llegan rumores de conversaciones. Seguro que son de las doncellas. Jezabel y Gladyss me dan miedo. El rumor cesa y en su lugar se escucha claramente varios «sí ama» y ruido de tacones corriendo. Me sonrío. Me imagino a las dos esclavas muertas de miedo ante el ama. Frente a mí son muy valientes pero ante el ama son como todos: cobardes.

Tardo mucho en dormirme. Espero en vano que vengan a por mí. Al final el sueño me vence y a pesar de la incomodidad – la caseta es pequeña y me obliga a permanecer con las piernas recogidas –, y del dolor en mis muñecas – las esposas siguen martirizándome –, caigo rendido.

Cuando abro los ojos es de día, y los abro porque mi cuello sufre varias sacudidas. Alguien está tirando de la correa. Abro los ojos y saco la cabeza por la puertecilla siempre abierta de la caseta. Veo a la preciosa Gladyss.

―¡Venga dormilón! – es la voz de Gladyss, la linda morenita – sal de una vez que toca lavado general. Si el ama pide por ti me molerá a palos si te llevo en este estado de suciedad. ¡Joder, cómo apestas!

Es cierto. Estoy meado. Durante la noche no he aguantado más y he dejado que corriera mi orina para aliviar mi vejiga. Creo que he llorado cuando me he orinado encima. No he podido evitar recordar mi vida con mi anterior dueña. La señora Mackenzie me tenía controladas las necesidades fisiológicas cuando estaba con ella. No podía mear ni cagar si ella no me autorizaba. Recuerdo días enteros de rodillas frente a mi ama esperando su autorización para aliviarme, autorización que nunca llegaba. No podía hablar y tenía que hacerme entender restregando mi cara contra sus pies.

La señora Mackenzie disfrutaba viéndome suplicar. Ella sabía que necesitaba aliviar mi vejiga y se divertía haciendo ver que no sabía qué quería. Al contrario. Me señalaba el bol con agua instándome imperativamente a beber más. Llorando me dedicaba a lamer el agua del bol.

Era una tortura cruel, y más para un niño. Tenía la vejiga a punto de estallar y me havía beber más agua.

Cuando consideraba que no podía aguantar mucho más me ordenaba que me pusiera de rodillas con las piernas separadas. Yo estaba desnudo y me miembro colgaba obsceno, a punto de acusarme. Ella miraba fijamente entre mis piernas esperando a ver cómo me desmoronaba y dejaba escapar el pipí.

«¡Oooohhhh… eres un niño malo… un niño muy cochino… te has hecho pipí… – me decía con una sonrisa cruel en los labios – ves como me obligas a castigarte? Tráeme la vara metálica, pequeño cochino.» me decía cuando mis esfínteres sucumbían a la presión.

Yo me ponía a llorar y suplicaba y le decía que no había podido aguantar. «¡Silencio!» me gritaba «¡tráeme la varilla de metal… obedece!». Y yo obedecía. Iba a por la terrible varilla metálica. Era una vara telescópica que se encerraba en si misma, como la antena de una radio, como las muñecas rusas que se guardan una dentro de otra, y a medida que la ibas extrayendo se volvía más fina. Cimbreaba como el bambú y sus azotes me levantaban ampollas por toda la espalda. A veces me pegaba en las plantas de los pies y debía pasar días sin poder apoyarlos lo que me obligaba a arrastrarme.

Primero me hacía lamer mis propios orines y después me hacía poner de pie mirando a la pared, con las manos apoyadas en el enorme espejo. A través del espejo podía verla a ella en el momento de lanzar los latigazos. Era angustioso ver cómo disfrutaba con mi angustia. No debía moverme. Si lo hacía incrementaba el castigo. Mi llanto no parecía tener fin. Los golpes caían metódicos, cadenciosos. Dejaba un corto espacio entre latigazo y latigazo para que pudiera absorber todo el dolor. En mi mente sólo retumbaba el zumbido que precedía al dolor. Gritaba y lloraba pero no me movía hasta que oía el sonido metálico de la varilla al caer al suelo, señal de que daba el castigo por terminado.

Entonces venía la recurrente escena en que el ama Mackenzie se convertía en mamá Nora, y me sentaba en su regazo y me abrazaba y me acariciaba y me besaba.

«No llores, no llores, ya está… ya ha pasado todo… mamá Nora curará a su niñito» – me decía pasándome la lengua por la cara e incluso por las heridas y metiendo finalmente su gruesa lengua dentro de mi boca, lo que me producía un asco inmenso. Pero le tenía tanto miedo que no me atrevía a manifestar rechazo.

Finalmente se sacaba un pecho y me daba ficticiamente de mamar. Cuando terminaba de «amamantarme» volvía a besarme en la boca. Su aliento y su gruesa lengua me producían arcadas pero que debía evitar, ocultar la menor muestra de desagrado, si no quería que me volviese a castigar.

Podrá parecer estúpido, pero había llegado a depender emocionalmente de sus caricias después de que me torturara. Incluso me acostumbré a lamer su enorme lengua. Por eso creo que he llorado esta noche cuando me he meado encima. No he podido evitar los dolorosos recuerdos de mi más tierna adolescencia.

***

Gladyss me saca a tirones de la jaula y ata mi correa al árbol al que me ataron ayer y coge la manguera. El agua está fría pero la agradezco. Amo estar limpio.

Ella misma se encarga de secarme. Se recrea en mi miembro. Lo envuelve entre sus manos. Rápidamente crece, desarrollo un potente erección. Enrojezco ante la mirada lasciva de la morenita que pasa las yemas de sus dedos por mi glande. Eso mismo me lo hacía el ama Rosalia, la sobrina de mi ama. La señorita Rosalia podía ser muy dulce y al mismo tiempo muy cruel. No estaba enamorado de ella como lo estaba de mi hermana pero era de su misma edad y de manera incosciente buscaba amarla. Sé que está prohibido pero aún no han descubierto la manera de controlar nuestros sentimientos. La ciencia ha avanzado mucho y a los esclavos nos controlan de mil maneras diferentes, pero aún no han dado con la técnica para saber qué pensamos o qué sentimos.

―¡Joder… menudo pepino que tienes muchacho! – me dice la morena riéndose con franqueza – no sé si le vas a gustar a la señora pero te aseguro que a mí sí… espero que me deje usarla de vez en cuando – añade pasándose la lengua por sus carnosos labios.

Asiento. No me está permitido hablar. Aún no conozco las normas que regirán sobre mí pero en cualquier caso hasta que no me las digan he de comportarme con la más absoluta humildad.

Gladyss mira a un lado y a otro. Parece nerviosa. Vuelve a repetir las miradas y de repente se arrodilla y me da una larga chupada al miembro. Me estremezco. Ella se saca mi pene de su boca y me sonríe.

―¡Shssst… no se te ocurra decírselo a nadie. Puedo llegar a ser muy mala! – me dice con una risita.

Asiento de nuevo. Mi pene da brincos en sus manos. Ella se pone en pie y acerca su bonito rostro oval al mío y me da un beso muy tierno.

―¡Vamos! – dice tirando de la correa – la señora quiere verte.

La sigo. Estoy emocionado y muerto de miedo. Conoceré a mi nueva ama. Cómo será? Joven, vieja, una mujer madura como la señora Mackenzie? Será guapa como mamá? Hace tantos años que no veo a mamá ni a mi hermana Camila. Muchas veces lloro porque el recuerdo de sus hermosos rostros se han ido difuminando. Son más una idea que un rostro. Sólo recuerdo claramente a la señora Mackenzie y a su sobrina. También a alguna de las amigas de la señora Mackenzie, en especial a la señora Estibaliz. Esa mujer venía a menudo a la casa de mi ama. Ambas eran muy amigas. La señora Estíbaliz venía con sus dos hijas, una era ama y la otra esclava, una Omega, como yo. ¡Jesús, nunca he visto a una esclava sufrir tanto como aquella muchacha. Su madre y su hermana se pasaban el día pegándole bofetones. Tremendos bofetones. Yo me angustiaba sólo de ver los sopapos que le soltaban, sin motivo. Todo era por pura diversión, pura malicia. En el fondo siempre he agradecido a mamá que me vendiera. Es muy duro ser el esclavo de tu propia madre y de tu adorada hermana y que acaben tratándote cómo la señora Estíbaliz y su hija trataban a la pobre esclava.

Gladyss se detiene en la cocina y ata mi correa al pomo de la puerta. Me señala el suelo con el dedo índice y sé que debo arrodillarme. Eso hago y ahí me quedo. Ella sale de la cocina y se dedica a sus cosas. Yo permanezco arrodillado, quieto. Al menos estoy así una hora. En ese tiempo me dedico a recordar. No quiero pensar en mi vida con el ama Mackenzie y su sobrina, pretendo recordar la época en que fui esclavo de mamá y de Camila. Pero me resulta imposible. Hay algunos detalles que se me han quedado grabados en la mente, como el día en que mamá me marcó al fuego el símbolo de mi pertenencia a los esclavos Omegas. Aún recuerdo el grito inhumano que arrancó de mis entrañas y el alivio que su boca y su lengua me proporcionaron en la herida.

También recuerdo que Camila me pegaba con una vara gruesa de madera. Me golpeaba los nudillos y me hacía llorar. Cada vez que hacía algo mal mamá le decía a mi hermana mayor que me castigara de esa forma. Camila tenía un movimiento de muñeca fantástico y me producía un dolor terrible. Ella, como mamá, tras castigarme, me consolaba. Camila me decía que tenía que hacerlo, que no le quedaba más remedio. A lo mejor habíamos estado juntos jugando tranquilamente y luego tenía que pegarme. Yo la creía. Sabía que Camila me quería, o eso quería pensar.

Ahora intento recordar sus rostros, el de mamá y el de Camila pero los contornos ya no son definidos. Me angustio porque quiero recordar y no puedo.

Jezabel llega y le pregunta a Gladyss si ya me ha limpiado. La morenita dice que sí y la lesbiana coge la correa y tira de ella. Voy a levantarme pero Jezabel me señala el suelo. Debo desplazarme a cuatro patas, como un perro.

Me lleva por varias estancias de la casa y se detiene ante una puerta. Estamos en la planta baja. Llama con los nudillos y espera. Una voz firme pero muy dulce la autoriza a entrar.

―Ahora deberás postrarte y permanecer postrado hasta que ella no te autorice a levantarte. Le besas los pies. No tolera errores – me advierte Jezabel.

La esclava alfa de mi nueva ama abre la puerta y la sigo a cuatro patas. Me desplazo mirando al suelo. Estamos en una estancia grande. Debe hacer la función de despacho y de salita de estar. En un rincón hay una mesa de escritorio, con su ordenador y algunos papeles por encima. El sillón es como mínimo presidencial. En el otro lado hay un sofá, una mesita de centro, un sillón con orejeras y un sillón anatómico, de esos para relajarse, con escabel incorporado.

Lo único que puedo ver de mi nueva dueña son sus pies y sus piernas. Al parecer está sentada en un extremo del escritorio. Un pie está apoyado en el suelo, el otro, más arriba, cuelga paralelo a la pata de la mesa lo que me indica que está apoyando sus nalgas parcialmente en el sobre. Lo que veo me dice que es una mujer joven, muy joven. La voz que le he escuchado a través de la puerta también señala su juventud.

Sus pies están calzados en unas sandalias blancas. Son la mínima expresión, apenas dos tirillas de cuero se cruzan sobre sus dedos. No tienen sujeciones para el talón, son estilo chinelas, con un tacón fino pero pequeño. La sandalia del pie que cuelga de la mesa a su vez pende de sus deditos. Se balancea. Miro sus pies y me emociono. Son perfectos, bellísimos. Quiero recordar los pies de Camila pero la visión turbadora de los de mi nueva ama arrincona todos mis recuerdos. Son una verdadera obra de arte. Me inclino y toco el suelo con la frente.

Ella, mi nueva dueña, parece que está ojeando unos papeles. Lo sé por el ruido que hacen al deslizarse por sus manos. Sé que son mis documentos. El informe que me acompaña. Mi historial.

―Nora Mackenzie ha escrito un verdadero panegírico del esclavo – oigo su voz y me estremezco. Es cálida y suave pero a la vez denota autoridad. Levanta el pie que mantiene apoyado en el suelo y lo apoya sobre mi cabeza. Debe acomodar sus nalgas en el sobre del escritorio porque noto la presión que hace su pie y percibo un ligero saltito para sentarse bien. Luego la presión de su pie vuelve a relajarse –. Parece que he adquirido una joya. Mejor. Eso es lo que pretendía al comprarlo.

No me está hablando a mí, luego supongo que se dirige a Jezabel. Está claro que Jezabel es su esclava de confianza. Su Alfa. Pero Jezabel no habla. Está arrodillada a mi lado y por el rabillo del ojo veo cómo asiente cada vez que nuestra dueña habla.

―Dice, entre otras, que posee virtudes excepcionales tanto como animal doméstico, como esclavo sexual y como lacayo. Realmente es difícil dar con un esclavo Omega que pueda sobresalir en las tres cualidades que se les exige. También habla maravillas de su encarnadura. Dice que su tejido muscular posee una velocidad de regeneración a prueba de los látigos más salvajes. Espero que sea del agrado de Julia.

Noto que la suela de su sandalia me golpea flojito la cabeza. Es como si estuviera moviendo el pie. Yo la escucho fascinado, tanto por lo que oigo que cuenta de mí como por el tono de voz firme pero dulce que emplea la que ahora es mi nueva propietaria.

―Jez, recuerda que los castigos sólo los impongo yo. Tú y Gladyss podéis usar la fuerza moderada que se requiera para que obedezca, pero los castigos son potestad sólo mía… supongo que no tengo que recordártelo…

―No, ama… descuide…

―Bien… y recuérdale a Gladyss que es mi esclavo, no el suyo. Ella es también mi esclava. Si lo usa sexualmente haré que le cosan el chochito.

―Sí ama. Ya la he advertido.

Siento de nuevo más presión en mi cabeza. Mi ama se ha bajado de la mesa. Ahora se aleja de mí. Sigo su cadencioso taconeo y admiro sus pies, sus tobillos y el inicio de sus perfectas piernas. Daría un brazo por ver su rostro. Por su voz seguro que es joven. Le pongo unos veinte años, no más. Tengo la impresión de ser muy afortunado. He pasado de pertenecer a la señora Mackenzie que es una cincuentona gorda y cruel a ser propiedad de una mujer joven que debe ser hermosa, al menos así me lo figuro a tenor de lo que he podido ver hasta ahora.

―Llévatelo, Jezabel… adriéstralo… ya sabes lo que espero de él. He pagado mucho dinero a esa vieja, gorda, sádica y degenerada. Espero recuperarlo con creces. Si consideras que debes castigarlo primero me lo haces saber. Yo decido.

―Sí ama.

―De momento que duerma en la perrera. Cuando venga mi hermana querrá probar al esclavo. Lógicamente puede hacer lo que quiera con él. Ahora lárgate. No volveré hasta la noche.

Los pies de mi ama se han detenido frente a mi cabeza que sigue pegada al suelo. Me parece evidente que debo besárselos y eso hago.

***

Han pasado dos días. Por fin me han liberado las manos. Pensaba que se me iban a caer a trozos. Jezabel me ha estado adiestrando. En menor medida Gladyss aunque también ha puesto su granito de arena. Mi cabeza está a punto de estallar. No me veo capaz de memorizar el arsenal de instrucciones y normas que impone la señora. Tal y como me dijo en el despacho piensa recuperar el dinero que ha invertido en mí. Me hace gracia recordar los términos en los que se refirió a la señora Mackenzie, esa vieja gorda, sádica y degenerada. De hecho la ha retratado. Ahora que estoy libre de mi antigua ama coincido con el diagnóstico de mi nueva propietaria.

Aunque me produzca vergüenza he de admitir que mientras estuve bajo su poder y por más que me hiciera sufrir la adoraba. Soy un esclavo de la clase Omega, lo más bajo, el felpudo para los pies de los privilegiados.

Qué sociedad más extraña ésta en la que me ha tocado vivir. Una sociedad que clasifica a sus hijos desde el mismo momento de ver la luz. Una muestra de la placenta y de las células madres del cordón umbilical de la madre del neonato, tomadas en el mismo momento del alumbramiento, sirve para efectuar un análisis que permite clasificar a los nuevos miembros de la sociedad en una de las clases en las que está jerarquizada. En función de la presencia o no de una serie de resíduos patógenos detectados en las muestras el recién nacido será amo, destinado a mandar, a ser obedecido, a tener una vida regalada, o será esclavo, destinado a obedecer, a ser mandado. Su vida será más o menos dura en función del nivel asignado. Alfa, Beta u Omega, esos son los tres niveles que se dan entre los esclavos.

La clase Omega es la más baja. Incluso los esclavos de los dos niveles superiores pueden ordenar y mandar a los pobres Omegas. Nuestro nivel de empatía con nuestros superiores, especialmente con los amos, es máximo. Eso nos permite vivir en el infierno y aceptarlo con alegría como si fuera el mismísimo paraíso.

Una bofetada de Jezabel me devuelve a la realidad. Está intentando que recite de memoria las últimas cincuenta instrucciones. Es difícil que pueda. Los Omegas tienen asociada una merma evidente de su capacidad intelectual. Utilizamos casi todos nuestros recursos afectivos, emocionales e intelectuales para sentirnos el felpudo de los zapatos de nuestros amos. Nuestra inteligencia es emocional, dicen, lo que justifica nuestra escasa pericia intelectual, dicen, que es uno de los motivos por los que nos pegan y humillan. Son tontos, dicen de nosotros. Simples perros a los que apalear que besarán la mano de quien los golpea.

Posiblemente sea cierto. No me está permitido cuestionar las opiniones de los amos. La amita Rosalía, cuando era más pequeña, gustaba de estudiar conmigo bajo sus pies. Me leía y yo la escuchaba. Me gustaba que me leyera. A los Omegas nos está vedado aprender a leer. Ese es para mí uno de los peores castigos que nos imponen. Sé que en los libros se esconden, encerradas en esos símbolos que se juntan uno detrás de otro, historias que alegran o apenan o hacen reír o llorar, que emocionan, que incitan… y nada de todo ello está a nuestro alcance, por eso agradecía a la señorita Rosalía que se dignara leerme, a pesar de lo mucho que se burlaba de mí cuando me ponía el libro delante de la cara y me decía con su vocecita chillona: «lee esclavo… jajajaja… pero si no sabes leer… inútil».

No me importaba que me insultara. Me limitaba a agachar la cabeza y besar sus delicados pies de niña para suplicarle que siguiera leyéndome. Me gustaba que lo hiciera. Podía pasarme horas arrodillado escuchando de sus labios aquellas historias que contenían las letras unidas en aquel enigmático ritual que era la escritura.

Jezabel se rie y me sacude una nueva bofetada. Ella es una Alfa y por tanto está enseñada en el arte de la lectura. Me vuelve a recitar las obligaciones y presto la mayor atención para que se me queden grabadas en mi cabezota. La mejilla me escuece. Jezabel sabe pegar buenas bofetadas. Prefiero a Gladyss, ella es más dulce conmigo.

―Espabila, perro – me dice Jezabel – no sólo debes aprender los caprichos de la señora… también deberás conocer a la perfección los deseos de su hermana, la señorita Julia. También es posible que la señora traiga a casa alguna de sus conquistas. A ellas también deberás obedecerlas y servirlas.

En nuestra sociedad el sexo entre personas del mismo género es muy habitual, entre la clase de los amos, desde luego, pues los esclavos no podemos decidir. Hacemos sexo, lo damos o lo recibimos según nos imponen nuestros amos. Nosotros no podemos elegir con quien intercambiar nuestros fluidos corporales. Nos viene dado.

Jezabel vuelve con la letanía de las normas. Las normas, me dice, están para que los esclavos las cumplan y para que los amos se las salten. El hecho de que tu ama, cualquiera de tus amas, pase por alto una norma en un determinado momento no implica que esa norma deje de existir. Al contrario. Es probable que te relajes porque ellas se relajan en el cumplimiento de las normas pero cuando menos te lo esperes puedes ser castigado, incluso con mutilación, por infringir una de ellas.

Recito despacio las cincuenta normas que debo aprender hoy y esta vez no me equivoco. Jezabel se sonríe. A ella puedo mirarla a la cara. Me alegra verla sonreír, significa que no me va a pegar.

―Ve al garaje. La señora quiere el coche reluciente. Después seguiremos con tu adiestramiento – me dice Jezabel.

No he visto a la señora en los dos días. Sólo he oído el motor de su deportivo cuando entra y cuando sale. El ruido de puertas, el sonido de sus pasos, las frases serviles de Gladyss y Jezabel cuando pasa cerca de ellas. Me muero por verle la cara.

Paso dos horas frotando el rojo brillante de la carrocería de su deportivo. Los cromados de las manecillas de las puertas y de las luces y los parachoques producen destellos de brillo. Me duelen las manos de tanto frotar pero estoy contento porque creo que me ha quedado perfecto. El ama estará contenta. Si el auto está en el garaje debe ser que ella está en casa. Con suerte quiera verme.

Tengo claro que he terminado pero debo seguir abrillantando el coche hasta que alguien me ordene otra cosa. Eso hago hasta que llega Gladyss.

Me quedo quieto, con la cabeza gacha. Si fuese el ama o una de sus amigas debería arrodillarme y postrarme en el suelo, pero se trata de Gladyss. Con ella sólo debo mostrar mi respeto de esta manera, inclinando la cabeza hasta que me hable o se vaya.

Gladyss es muy abierta. Siempre sonríe. Se me acerca y mete su mano entre mis muslos. Me estremezco. Su mano busca mi miembro y al instante, a su contacto, crece y palpita. Sus dedos me acarician con dulzura.

―De rodillas.

Ella sabe que no debe usar mi miembro ni siquiera puede usar mi lengua sin permiso de la señora. Se levanta la corta faldita de su uniforme de doncella y me muestra su cuevecita peluda. A mi nariz me llega una vaharada de hembra en celo. Las Betas son muy activas sexualmente.

Saco mi lengua y la paso con suavidad por los pliegues acolchados de su vulva. El licor que genera me llena la boca. Me coge por detrás de la cabeza con ambas manos y me hunde en su interior. Lamo con intensidad. Sus estrías se abren al paso de mi lengua y con la nariz le aprieto el botoncito, la terminal del placer. Sin tiempo a agarrotar mis mandíbulas desencajadas explota en un orgasmo ruidoso. Cuando se separa de mí tengo el rostro brillante de sus jugos. La miro. Tiene el pelo revuelto. Está muy guapa. Se ha apoyado en el coche para no caerse. Se baja la falda, me obliga a levantarme y me estampa la lengua dentro de mi boca.

―Qué bueno que la señora te comprase… eres un cielo – me dice risueña –. Venga, vamos, ha llegado la hermana de la señora y quiere verte. Vigila, ten cuidado, es una pequeña bruja hija de puta – se ríe.

Antes de seguirla paso el trapo por las zonas donde Gladyss ha dejado sus huellas en la carrocería. Cuando me doy por satisfecho me seco los jugos de la cara con el mismo trapo y sigo a Gladyss.

Entramos en la casa por la puerta de la cocina. Recuerdo las normas y me pongo a cuatro patas. Siguiendo el culo bamboleante de la morena llego al salón. Esta vez quiero ver a mi dueña. Jezabel me ha dicho que la señorita Julia es mi ama tanto como lo es la señora.

Julia es una adolescente. No sé su edad pero le pongo quince años. Mientras avanzo a gatas dirijo una rápida y furtiva mirada al salón y puedo ver a la señorita Julia. Está tirada en el sofá. He tenido que hacer una foto mental pues al instante bajo la cabeza para que no vean infringiendo una de las normas. Dicen que somos tontos, seguramente es cierto, pero tengo memoria fotográfica. El rostro juvenil de la amita lo archivo en mi mente. Es bonita. Todo lo bonita que una muchacha perteneciente a la clase de las amas puede ser. Al instante siento que me voy a enamorar de ella porque se parece mucho a mi antigua amita, la señorita Rosalia.

La señorita Julia tiene el cabello tirando a pelirrojo. La piel cubierta de pecas, los ojos verdes, los labios carnosos. Tiene la mirada viva. Buenas tetas y mejores piernas. Su figura indolente reposa ya en el fondo de mi memoria, archivada, esperando poder volver a verla. Si el ama, un ama, me autoriza a que la mire debo levantar el rostro pero a la primera vez debo cerrar los párpados. He de esperar a que insista para abrirlos y tener el privilegio de mirarla. Llego junto al sofá donde está estirada.

La señorita Julia baja las piernas al suelo y me agarra de la correa. Me levanta la cara para examinarme. Cierro los ojos para no cruzarme con su mirada.

―¡Mmmmm… no está nada mal el esclavo! – su voz es jovial y firme. Autoritaria – es más guapo de lo que me esperaba… y tiene una buena polla… - se rie jovial.

Mueve la correa de aquí para allá y me dejo llevar según sus deseos. Me está examinando. Noto su mano en mi miembro. Me estremezco. Cada vez que noto que me tocan el pene siento escalofríos. Me ha pasado siempre. No sé porqué me ocurre. Tengo miedo. Tal vez sea porque una vez presencié cómo una señora mandó que mutilaran genitalmente a su esclavo, que lo caparan.

La señora Mackenzie me había llevado al club de oficiales. Tomaba el té con unas amigas. Yo permanecía postrado para que mi ama descansara sus pies sobre mi cara. Una de las amigas de mi ama se había llevado a su hija, una niña. Para distraerse la niña jugaba con el esclavo de su mamá, un Omega como yo. La pequeña le estiraba el pene y jugueteaba con él, acariciándolo. Le divertía que creciera y se pusiera duro. El esclavo hacía auténticos esfuerzos por no correrse. Su dueña no se había dado cuenta de lo que ocurría pues estaba pendiente de la conversación que mantenía con sus amigas.

De repente la niña arrancó a llorar. La madre miró a su hijita y vio horrorizada que su hijita tenía la carita llena de semen. Había ocurrido lo inevitable. La señora se puso echa una bestia. Azotó ella misma al pobre esclavo y cuando se cansó de pegarle ordenó a los guardias del club que se llevaran al esclavo y que lo castrasen. Aún puedo oír los alaridos del pobre infeliz. Ahora, sintiendo la mano de la hermana de mi ama acariciando mi pene no puedo evitar estremecerme.

La señorita Julia me coge de la cara, apretando mis mejillas y me obliga a mirarla.

―¡Mírame esclavo! – me ordena sacudiéndome la cara.

Mantengo los ojos cerrados. He de esperar a que vuelva a insistir.

―¡Te he dicho que me mires!

Abro los ojos. Es preciosa. Me produce placer ver a la hermana de mi ama. Según me han comunicado esa joven también será mi ama. Me gusta mucho que me deje verla la cara.

De niño me hacía muy feliz que mi hermana Camila me permitiera que la mirase. A veces se portaba bien conmigo y me permitía mirarla. Incluso me hablaba como a una persona y me sentía muy feliz. Con mamá aún era más intensa la emoción. En ocasiones mamá, después de haberse pasado un par de horas descansando sus pies en mi vientre me dejaba que me subiese a sus rodillas. Entonces me tenía un rato en su regazo. Me acariciaba y me besaba mientras me decía «Mi pequeño esclavo... mamá te quiere mucho…» Me hacía sentir especial. Podía mirarla a la cara y me hacía muy feliz. Después de vuelta al suelo, a sus pies, pero ya era feliz porque me había acariciado y había visto su bonito rostro.

―¡Es guapetón, el jodido…! – dice Julia y arranca a reír –Está entrenado? – pregunta mirando a Jezabel.

―Sus referencias son inmejorables. La señora me ha ordenado que lo acostumbre a sus caprichos, a los de usted y los de la señora. Avanza bien. A pesar de ser un Omega tengo la impresión de que es listo.

Los halagos de Jezabel a mi persona me hacen sentir orgulloso.

―¡Vamos a verlo…! – dice y se recuesta en el sofá. Sus piernas asoman por el borde. – ¡Esclavo, descálzame!

Rebobino en mi mente. Debo recordar los deseos de cada una de mis amas. Acerco mi rostro a sus pies. Calza unas lindas sandalias rojas. Apenas dos finas tirillas de cuero se entrecruzan sobre el nacimiento de sus deditos de uñas barnizadas en brillante rojo. Las sandalias no se sujetan por el talón. Los tacones son finos pero no muy altos. Cojo el tacón con mis dientes y lo cubro con mis labios. Echo el cuello hacia atrás y la sandalia viaja conmigo, en mi boca. Me inclino hasta depositarla en el suelo. Me incorporo de nuevo y hago lo mismo con la otra sandalia. Esta vez me cuesta más. La señorita Julia juguetea. Ha flexionado los dedos hacia abajo con lo que la sandalia queda pegada con fuerza a su planta. Me detengo para acomodar mejor mis dientes en el taconcito. Tengo que mover la sandalia a un lado y otro para lograr desencajarla de su pie. Finalmente lo consigo y la dejo alineada en el suelo junto a su pareja. Me incorporo otra vez. Sé lo que espera que haga. Sus pies están libres de las sandalias y me saludan con una leve agitación de sus dedos. Saco la lengua y la paso desde el talón hasta las dedos, impregnando de saliva toda la planta. Lo hago en un pie y luego en otro.

Una risita medio infantil seguida de un aplauso saluda mi éxito. Me sonrojo de placer. Para un esclavo no hay mayor emoción que saber que ha satisfecho a su ama.

―¡Muy bien, fantástico! – casi grita la adolescente.

Julia se sienta en el sofá con un ágil movimiento de piernas y agarrandome por las orejas me planta un beso en los labios. Me siento en la gloria. Cuando se aparta de mí me suelta una bofetada que me hace ver las estrellas.

―Te he dado permiso para que me mires? ¡Al suelo, al suelo! – me grita abofeteándome de nuevo con fuerza. ¡Quédate pegado a mis sandalias, adorándolas!

Ahí me quedo. De rodillas. Doblado. La cara en el interior de las sandalias rojas de mi joven ama. Las mejillas escociéndome. Julia se levanta, me pisa la cabeza con sus pies descalzos y abandona el salón descalza.

Una hora después sigo lamiendo las sandalias de Julia. Me he hecho amigo de las huellas que sus deditos han dejado, por el uso continuado, en el extremo de sus sandalias. Hay actividad a mi alrededor pero yo me concentro en el sabor a sudor rancio que destilan las suelas que han recibido las plantas de mi joven ama en largas tardes de uso.

―Qué te ha parecido el esclavo, Julia? – la voz de mi ama, de la señora, precede el sonido de los tacones que se acercan.

―Fantástico hermanita… de lo mejor que he visto.

A pesar de que me ha pegado por mirarla parece que la he satisfecho y eso me llena de orgullo. Los esclavos tenemos nuestro orgullo. Nuestro objetivo es hacer felices a nuestros amos y amas y conseguirlo nos retribuye con sensación de bienestar, de satisfacción, de orgullo, de autoestima: servimos para lo que hemos nacido. Suficiente.

Es la hora de la cena. Por primera vez me permiten estar en el salón. Finalmente la señorita Julia me ha liberado de adorar sus sandalias. Se las he tenido que calzar y besar repetidamente sus adorables pies.

Gladyss y Jezabel sirven la cena a la señora y a su hermana. Yo permanezco de rodillas entre ambas. Permanezco con la cabeza gacha. Ellas hablan de mí. Julia de vez en cuando me tira de la oreja, a tenor de sus comentarios, con el ánimo de juguetear aunque yo creo que lo que pretende es simplemente hacerme daño. No me quejo. Mi señora coge con los dedos un poco de comida de su plato y me los acerca a la boca. La abro y dejo que me alimente. Ella se seca los dedos en mi cabello. Aún no he visto el rostro de mi ama, ni siquiera sé su nombre. Me infunde un gran temor. Ella produce en mí el mismo efecto que tenía mi antigua señora, el ama Mackenzie, el mismo que en su día tuvo mamá: Es el ser supremo, como lo fueron ellas.

Cuando se levantan de la mesa tras la cena y se acomodan en el sofá las sigo a cuatro patas. Estando presente mi señora me debo a ella, así pues me pongo a sus pies. Ellas hablan de sus cosas. Ya no hablan de mí.

―¡Gladyss! – llama mi señora.

La morenita se acerca veloz y se arrodilla. La señora me aparta con el pie. Me retiro ligeramente y Gladyss sabe qué debe hacer. Se inclina y la descalza de sus zapatos de salón. Le besa los pies.

―¿Has disfrutado con la corrida que te ha proporcionado el esclavo? – le pregunta la señora.

Gladyss enrojece. Ha dejado de besar los pies de la señora. Se siente atrapada.

―No sé a qué se refiere, mi ama… - la voz de Gladyss no suena convincente.

―Jezabel… Gladyss pasará la noche en el cepo. Y para que no pase frío cincuenta latigazos. Mañana que me suba el desayuno. Le repetiré la misma pregunta.

―Sí ama – responde Jezabel con placer.

Gladyss se arroja a los pies de la señora. Le suplica que la perdone. Que si ha sido una estúpida, que si admite su error…

―Demasiado tarde, Gladyss, pequeña. Sabes que no tolero que una esclava me mienta. Jezabel, llévatela de una vez… y que sean cien latigazos… con la fusta… y procura que no sangre demasiado.

Ocupo de nuevo mi lugar a los pies de la señora. Siguen hablando de los esclavos. Julia es partidaria de pequeñas mutilaciones.

―Al menos podías haberme permitido que la pisara. Me gustaría pisar las tetas de Gladyss. Son como globos a punto de explotar y me imagino clavarle los tacones… -dice la jovencita.

―Cien fustazos en las nalgas, los muslos y la espalda son castigo suficiente.

―Y al esclavo? Podré pisarle algún día? – parece que se queja, enfurruñándose.

Me estremezco. La señora se ríe pero niega esa posibilidad, de momento. Suspiro aliviado y paso mi lengua por sus pies con mayor entrega y devoción, para que sepa que le estoy agradecido.

Cuando Julia ha hablado de que le gustaría pisar los pechos de Gladyss no he podido evitar hacer analogía con mi anterior vida. Recuerdo una vez que la señora me hizo sufrir mucho. Mi señora era una entusiasta amante de los zapatos de tacón alto. Tenía varios pares de salón, clásicos, con tacones que eran como taladros. He de reconocer que eran bonitos y me gustaba limpiárselos. Calzárselos era todo un ceremonial. Después de ponérselos tenía que adorarlos pasando la lengua por el brillante tafilete negro que cubría sus dedos hasta su nacimiento.

Un día me mandó estirarme en el suelo, boca arriba. La señora se puso en pie y me miró con una sonrisa. A diferencia de lo que ocurre con mi nueva ama, la señora Mackenzie no sólo me permitía que la mirase sino que lo deseaba. Decía que debía sentirme un privilegiado por poder ver el rostro de quien gobernaba mi vida, muy especialmente cuando iba a hacerme llorar.

La señora calzaba sus zapatos de tacón. Como he dicho eran auténticos estiletes. En sus pies podían ser armas letales. Tenían una altura media de unos cinco centímetros, pero eran finos y duros.

Me comunicó que iba a pisarme. Bajo su enorme peso aquellos tacones me perforarían. En seguida recordé las marcas que dejaban sus tacones en las alfombras e imaginé lo que me pasaría si me pisaba.

La señora me utilizó de alfombra. Fue espantoso. Fue de las veces que más he llorado y gritado. A cada paso que daba hundía sus tacones en mi piel que se rasgaba al instante y notaba cómo me perforaba, cómo se me clavaban. Media hora después de pasearse sobre mi pobre cuerpo no era más que un alma doliente.

«¡Lo vas a matar!» gritó la señorita Rosalía cuando vio a su tía paseando sobre mi agonizante cuerpo, lleno de multitud de pequeñas perforaciones de las que manaban hilillos de sangre. La señora Mackenzie bajó de mi cuerpo y se rió de la angustia de su sobrina. «A veces tengo la impresión de que no eres una auténtica ama»– le dijo la señora y marchó. La señorita Rosalía me curó.

Si se me mira con atención, aún pueden verse las pequeñas cicatrices que resultaron de aquel paseo por mi cuerpo.

La señora ordena a Jezabel que me encierre en la perrera. Beso los pies de mi ama y del ama Julia.

―¡Un momento, esclavo! – dice la señorita Julia.

Jezabel se detiene. Deja ir un poco de correa para que regrese a sus pies. La señorita retira los pies de sus sandalias y los apoya descalzos en el suelo. Sin que medie orden alguna me inclino y se los beso.

―Llévate mis sandalias. Quiero que duermas abrazado a ellas.

Las cojo en mis manos pero su pie sobre ellas me detiene.

―¡Tienes que llevarlas en la boca! – me advierte – ¡Dame una de ellas! – me ordena con tono imperativo.

Obedezco. Le entrego una de sus sandalias que ella toma en sus manos. Me ordena levantar el rostro hacia ella. Lo hago cerrando los ojos… para no mirarla. Me ordena abrir los ojos y mirarla, lo que me recuerda a mi ama la señora Mackenzie. Obedezco. Es preciosa, pero no tengo tiempo de recrearme en la visión de su hermoso rostro. El pequeño tacón de su sandalia se estrella contra mi frente. Reprimo un grito de dolor. Tengo la impresión de que mi frente es de cristal y acaba de resquebrajarla. El dolor es intenso, agudo, y no puedo aliviarme frotándome.

―Para que tengas un recuerdo. Vete.

La señorita Julia, sonriente, me tiende su sandalia. La cojo y también la que ha quedado en el suelo y las sujeto con los dientes por los tacones. Jezabel tira de mi correa y abandono el salón a cuatro patas camino del jardín, donde pasaré la noche en la caseta del perro, abrazado a sus sandalias.

Pasan los días. Llevo dos semanas y aún no he visto el rostro de mi ama. Gladyss no ha vuelto a abusar de mí sexualmente. Al día siguiente vi sus nalgas y estaban en carne viva. De todas formas no me hace responsable de su desgracia y me trata bien.

Me instalo en la rutina. La señorita Julia usa de mí como criado. A veces me usa de mascota. Su malhumor se refleja en mi rostro. A peor mal humor de la señorita Julia mayor es el enrojecimiento de mis mejillas, castigadas por sus manos que golpean con saña. También le gusta dejarme recuerdos de sus zapatos en forma de golpes en mi frente con el tacón, golpes que me aturden y me hacen llorar de dolor.

La señora sigue siendo inaccesible. Suelo verla a la hora de las comidas pero solo puedo ver sus pies. No me está permitido mirarla a la cara. Con Julia empieza a ser distinto. A veces me tiene arrodillado frente a ella cuando está recostada en el sofá. Yo beso sus pies y ella me habla de sus cosas. No es una conversación. Yo no puedo responder, sólo asentir.

Más adelante la señorita Julia se interesa por mi vida anterior, como esclavo de la señora Mackenzie. A preguntas concretas respondo con precisión. Debo ceñirme a las preguntas, no me permite divagar. Cuando lo hago, impulsado por el recuerdo, me reconviene. Sus admoniciones van siempre de la mano de su sandalia, cuya dura y áspera superficie de la suela y el tacón comienzan a ser íntimos conocidos de mi cara, en concreto de mi frente, que me sigue pareciendo de cristal cada vez que estrella en ella el pequeño tacón.

Esta mañana la señorita Jezabel me ha llamado para decirme que debo subir el desayuno a la señora. Noto que me tiemblan las piernas. La señora me produce tanto respeto que la temo, y eso que aún no me ha hecho nada.

Estoy con la bandeja en las manos, cargada con abundante comida. Aprovechando que Jezabel no mira la pequeña Gladyss mete su mano bajo la bandeja y hurga en mi entrepierna. Me estremezco. Noto como mi miembro crece. Gladyss lo acaricia sin dejar de sonreírme. Me guiña un ojo cuando me suelta. Tapado por la bandeja mi miembro está completamente erecto. No me puedo presentar así a la señora. Curiosamente, sabiendo que debo lograr aplacar mi erección, cuanto más pienso en ello más enhiesto ondea mi mástil.

Jezabel me azota las nalgas con un fustazo ordenándome que suba a los aposentos del ama. Camino inseguro. Noto mi pene erecto. Por más que me esfuerzo no consigo que baje la erección. Jezabel sube tras de mí por las escaleras. Su mano recorre la raja de mi culo con suavidad incrementando mi indeseada erección.

No me doy cuenta del propósito de las dos malas putas hasta que ante la puerta de la habitación de la señora, Jezabel me detiene, se arrodilla e introduciendo la cabeza bajo la bandeja se mete mi verga henchida en la boca. Sale de debajo de la bandeja, se pone en pie y abre la puerta de la habitación. Golpea ligeramente con los nudillos en la madera y me empuja suavemente para que entre. Jezabel cierra la puerta quedándose fuera.

Ahora estoy dentro, solo, con la señora que está recostada en su lecho, la espalda contra los almohadones apoyados en el respaldo. La he visto por una fracción de segundo, insuficiente para fijarme pero suficiente para ver que es una mujer bella, muy bella, excepcionalmente bella.

Estoy de los nervios. Tengo la impresión de que me voy a desmayar. Desde su posición seguro que ve mi pene enhiesto. Me va a matar a palos, pienso, eso si no me hace castrar. A mi mente viene rápidamente el recuerdo de aquella vez que vi cómo una señora ordenaba la castración de su esclavo porque, despues de que su hija jugara con su polla, le había eyaculado en la cara. Me estaba imaginando a mí mismo soltando mi semen y pringando el rostro de mi ama. Me entran ganas de ponerme a llorar.

Camino hasta el lado de la cama y me quedo de pie, con la bandeja en alto, a pulso. Debo esperar que me señale el suelo para arrodillarme. Las normas. La sangre golpea mis sienes. Estoy perdido, ahora sí que por fuerza ha de ver mi tremenda erección.

Miro al frente, por encima de la cabeza de mi ama. Espero en tensión su orden o sus gritos cuando descubra mi ofensiva erección. Pero nada de eso sucede. Lo que ocurre es que mi polla recibe la calidez de su mano cuando se cierra suavemente alrededor del venoso tronco.

El tintineo de las copas debido a mis temblores evidencian que me hallo al borde del colapso. Me está acariciando la polla. Dios mío, no puede ser.

―Arrodíllate – su voz suena firme pero suave.

Creo que no podré hacerlo. Me tiemblan tanto las piernas que pienso que me desplomaré. Pero no. Lo consigo. Me arrodillo y elevo más la bandeja para que ella pueda acceder cómodamente al desayuno.

Bajo los párpados para no verla. Noto cómo empieza a comer. La bandeja está muy cargada, mucho. Pesa horrores. Ella come despacio. Creo que me está mirando. Sospecho incluso que lo hace con una sonrisa. Dios, cómo me gustaría mirarla.

―Tienes una buena polla – dice con la boca medio llena.

―Gracias ama – musito.

Noto que la voz me tiembla. Ella bebe ahora. Debe ser el zumo de naranja. El primer día supe que era muy aficionada a los zumos de naranja. Gladyss dijo que por suerte había encontrado naranjas y Jezabel suspiró al decir que la señora se ponía de muy mal humor si no tenía su zumo. Todos sabemos qué significa que las señoras que tienen esclavos estén de muy mal humor, pero ahora ella no lo parece.

―Te sientes bien aquí? – me pregunta.

Balbuceo algo ininteligible. Estoy seguro de que no ha podido entender el «sí mi ama» con que he contestado porque mi lengua parece que se niega a hablar. Ella se ríe. Tiene una risa deliciosa.

―El ama Julia… te trata bien?

―Me siento feliz de servir a mi señora y a la señora Julia, mi ama – ahora mi voz es más clara.

Sigo con los ojos casi cerrados. Los brazos comienzan a dolerme. La señora come poco pero se demora. Picotea un poco de aquí y otro poco de allí. Lo único que se termina es el zumo de naranja. Tengo miedo de que haga durar el desayuno mucho más pues mis brazos no están entrenados.

―Puedes dejar la bandeja en la mesilla. Ya he terminado – me dice.

Gotas de sudor perlan mi frente. Empezaba a flaquear cuando me ha liberado. Obedezco y cuando vuelvo a ponerme de rodillas frente a ella mi erección se hace más evidente. Oigo su risita y de nuevo su mano me acaricia el tronco de la verga.

―Puedes mirarme – me dice.

Por fin. Recibo su autorización como una bendición. Abro los ojos y me empapo de su rostro. Es muy bella. Distinta de su hermana. En cualquier caso su belleza es más serena. Su cabello oscuro cae ligeramente enmarañado por sus hombros. Su rostro ovalado acoje unos ojos verdes de mirada profunda. Su nariz no es pequeña. Tiene una inapreciable elevación en el puente que le da una majestuosidad especial. Sus pómulos son suaves. Nada en su rostro es agresivo pero tampoco es excesivamente plano. Mis ojos van a sus labios, que como los del ama Julia son carnosos.

Es más mayor de lo que había supuesto. No mucho más. Debe rondar los veintidos, tal vez veintitrés años. Me mira. No me atrevo a mirar más allá de su boca, de sus labios. De manera desenfocada me doy cuenta de que lleva un breve y transparente salto de cama que prácticamente la desnuda. Sus muslos torneados están levantados y separadas las rodillas. No puedo ver su entrepierna pero puedo imaginármela. Mi miembro sigue ahí, presentando armas. Querrá usarme?

―Recoge todo y vete. Envíame a Gladyss, tengo que bañarme.

―Sí mi ama.

En ese momento mi erección fracasa. Es como si hubiera estado turgente sólo por si ella deseara usarme. Me levanto, recojo la bandeja y echo un vistazo al resto de la habitación. Hay unas braguitas por el suelo y sus botas de vestir.

―Lava mis bragas y lustra mis botas. Las quiero como espejos para cuando haya salido del baño.

―Sí mi ama.

Obedezco. Recojo las braguitas que llevo con dos dedos de una mano, la que soporta la bandeja. La otra mano la uso para llevar sus altas botas. Hago una reverencia y salgo de su habitación.

Le comunico a Gladyss que la señora la necesita y tras dejar la bandeja en la cocina me voy a mi cuartito, el que se destina para que yo haga las tareas de mucamo. Dejo las braguitas para después y me pongo a abrillantar sus botas. A medio lustrarlas dejo lo que estoy haciendo y cojo las bragas. Me las llevo a la nariz. Me abruma el aroma. Me marea, y no sólo porque es fuerte.

***

Paso una semana más. Combino mis habilidades según quien me reclama. Soy un perro para la señorita Julia y un mucamo para la señora. Mi faceta sexual sigue desierta, salvo las arriesgadas incursiones de Gladyss a mi entrepierna. Esa muchacha es todo un caso. La última vez le digo si no recuerda lo que le hizo la señora, se encoge de hombros, se sonríe y me chupa la polla en la cocina. No acaba. Nunca acaba.

Me siento muy frustrado. Gladyss me lleva al límite pero nunca me vacía. Necesito aliviarme. Estoy tentado de masturbarme. Cada día lustro las botas de la señora y de su hermana. Encerrado en el cuartito tengo erecciones mientras acaricio el delicado cuero de las botas. Encuentro a faltar a la señora Mackenzie. Ella al menos me aliviaba dos veces por semana, me hacía daño, es cierto, pero al menos rebajaba mi tensión.

Un par de veces he tenido que llevar la bandeja del desayuno a mi señora y las dos ha ocurrido la misma secuencia. Gladyss y Jezabel me han excitado y he mantenido la erección mientras la señora tomaba su desayuno de la bandeja que yo sostenía. Al final nada.

Es Julia quien pone fin a mi sufrimiento. Es por la tarde. La señora no está. Julia ata la correa a mi collar metálico y me lleva a gatas hasta su habitación. En la mano lleva el maldito mando con el que las amas dominan cualquier atisbo de rebeldía de sus esclavos. Estoy contento porque apenas lo han usado conmigo.

Al llegar a sus aposentos acciona el mando y siento una terrible opresión en mi cuello. Mis rodillas se doblan. Llevo mis manos al collar metálico pero sé que es inútil. Julia se rie. Acciona varias descargas más y al final arroja el mando sobre el sofá. Poco a poco recupero el color y el sentido. El puto collar te deja al borde de la asfixia.

Julia se sienta en el borde de la cama. Lleva sólo una braguita y un top de tirantitos, todo blanco. Está irresistible. Calza sus sandalias rojas, esas que me hace adorar, haciendo que me pase horas con la cara metida en ellas. Sus pies son perfectos, como los de su hermana.

Julia chasquea los dedos y gateo hacia ella. Se abre ligeramente de piernas y levanta el pubis.

―Quítame las bragas – me ordena.

Con cuidado introduzco mis dedos entre la gomita de la cintura y su piel y aprovechando que tiene el culito levantado se las bajo. Las hago circular por sus muslos, luego por sus piernas. Levanta ligeramente los pies y le saco las braguitas.

―Venga, ya es hora de que uses tu lengua en algún lugar diferente de mis pies, esclavo.

Me coge del pelo y me lleva hasta su entrepierna. Está jugosa. Sus líquidos anuncian su excitación. Huele fuertecillo pero sólo a hembra. Está limpia, no como la señora Mackenzie.

―Venga, lame…

Empiezo a pasar la lengua por sus tibias y espesas hendiduras. No tiene mucho vello lo cual facilita mi labor. Comienza a gemir. Mi lengua separa pliegues, se introduce, sale, entra, caracolea. Gime más fuerte cuando con los labios amaso su botón de carne que he descapuzado con la lengua. Está muy sensible porque me enlaza con sus piernas. Siento los tacones de sus sandalias golpear mis flancos.

No puedo evitar comparar a Julia con el ama Mackenzie. Joder, qué diferencia. En cualquier caso se parece mucho a Rosalía. Enfundo y desenfundo mi lengua de su cueva y comienza a gritar. De repente me aparta con las manos y poniendo sus pies en mis hombros me arroja al suelo.

Como un animal herido se desplaza ayudándose de brazos y piernas por encima de la cama. Acaba a gatas, a cuatro patas, mostrándome su chochito chorreante y su ano que palpita.

―¡Métemela esclavo… rápido!

Me incorporo, subo a la cama, de rodillas tras sus nalgas de caramelo. Estoy empalmado como un poste de la luz. Mis manos se posan sobre sus caderas, apunto la ojiva en la diana y empujo. Joder, me voy a correr.

―iSi te corres te saco los ojos con una cucharilla de café! – me amenaza a gritos mientras no puede evitar jadear.

Estoy entrenado. Antes la señora Mackenzie, luego su sobrina Rosalía. Lo he hecho muchas veces y siempre he triunfado, pero ahora llevo varias semanas en el dique seco y temo no poder aguantar.

Bombeo con fuerza mientras me muerdo los labios hasta sangrar. Necesito hacerme daño para controlar mi líbido desbocada. Suerte que el ama Julia está mucho peor que yo. En dos minutos comienza a gritar. De los gemidos ha pasado a los gritos. Temo que se escuchen por toda la casa, aunque sólo Gladyss y Jezabel están abajo. Seguro que se sonríen.

Gracias a Dios ella explota en una sucesión intempestiva de orgasmos. Temo que con los espasmos y contracciones finales de ella acabe por derramarme, pero al final nada sucede.

Ella se queda quieta. Yo también. Por sus agujeros gotea caramelo líquido. Tengo los testículos empapados de su licor. Lentamente se desempala y el contacto del aire ambiente en mi polla babeante me hace sentir escalofríos. No sé si son de placer o de necesidad de aliviarme.

―¡Corre a buscar algo para limpiarme, burro! – me insulta Julia.

Obedezco. Tiene un baño adosado, como en la habitación de la señora. Regreso con una toallita humedecida y la limpio. Ella se da la vuelta y se queda echada de espaldas sobre la cama. Me sonrie. La estoy mirando. Es como si no me importara infringir las normas. A ella tampoco le importa. Está preciosa. Me sonríe. Mira mi mástil que da pequeños brincos y de la sonrisa pasa a una corta carcajada. Estira sus brazos hacia mí.

Me está reclamando? Debo acercarme? Mueve los dedos de ambas manos a la vez, como si aleteara, confirmando que quiere que me acerque. Lo hago con miedo. Rosalia a veces también me proporcionaba muestras de afecto de esa manera. Me acerco más y ella me rodea el cuello y tira de mí. Mis manos hacen de muro de contención para no terminar encima de ella pero nuestras caras se están rozando. Julia me besa. Con lengua. Me dejo hacer. No debo demostrar iniciativa.

Me coge de las orejas suavemente y me retira un poco. Siento pánico al instante. El ama Mackenzie me había producido terribles y dolorosos desgarros en los lóbulos de mis orejas. Tiraba del lóbulo hacia arriba con fuerza, hasta que comenzaba el desgarro. En varias ocasiones tuvieron que llamar a la veterinaria para que me diera puntos de sutura. Recuerdo que lloraba y lloraba mientras me cosían. Lo mejor era que después la señora Mackenzie me ponía sobre sus rodillas y me consolaba. Ahora Julia tiene sus orejas en mis manos y nota que he demudado la expresión de mi rostro. No me está haciendo daño pero tiemblo por los dolorosos recuerdos que se agolpan en mi mente.

―Qué te pasa? – me pregunta.

Trago saliva. Le cuento mis temores. Julia se ríe. Su risa es franca. Además muestra sus dientes. Su boca es un tesoro.

―Si quieres después de azotarte puedo consolarte, jajajaja…

Niego con la cabeza. Ahora sus manos acarician mis orejas. Su mirada es intensa. Estoy desconcertado. Ni Rosalía me había mirado nunca con esa expresión. Parece amor, pero no puede ser. Soy un esclavo, y de la peor clase y ella es una ama. Imposible.

―Siéntate en el suelo, y abre bien las piernas – me ordena mientras se incorpora y queda sentada en el borde de la cama.

Mis piernas se abren como un compás y Julia acerca su pie a mis genitales. Levanta la otra pierna y apoya la planta del pie en mi cara, sobre mis labios mientras con el otro pie comienza a frotarme la polla. Antes de un minuto exploto. Tengo que recoger mi semen de su pie con la lengua.

―¡Lárgate! – me dice con desdén cuando he terminado de lamer sus pies.

Me voy gateando. Me siento feliz. Por fin me han liberado. Mi último alivio databa de la víspera de ser vendido. Mi señora Mackenzie se despidió de mí usando mi lengua hasta que terminé desencajado y después me masturbó con su pie, como ahora, salvo por la diferencia de que estaba calzada y me hizo sangre.

Gladyss me mira con cara de interrogación. Me parece sincera cuando me acaricia. Es como si me felicitara. Uno de los castigos recurrentes que había padecido con mi anterior señora consistía en la abstinencia sexual. Tanto la señora Mackenzie como Rosalía me usaban para su satisfacción sexual pero si tenía cuentas pendientes, además de la fusta o las bofetadas, mis castigos se complementaban con la abstinencia.

***

Poco a poco me voy haciendo con las peculiaridades de mis nuevas amas. Cuido con esmero su ropa interior que lavo a mano, lustro y entretengo sus botas y zapatos sin importarme robar horas al sueño. Siempre acometo este trabajo al amanecer y si un día hay más zapatos que limpiar que de costumbre me levanto antes de la salida del sol. Soy un perro modelo para ellas. Puedo permanecer de rodillas a sus pies sin que noten mi presencia, he aprendido a caminar a gatas con el hombro pegado a su pierna, me muestro veloz cuando quieren jugar a lanzarme una zapatilla que devuelvo colgando de mi boca. De mi servicio sexual están satisfechas porque he aprendido cuales son los pequeños trucos que posibilitan aumentar su placer. Conozco sus debilidades y me aplico a satisfacerlas. Así como Julia quiere que la penetre, la señora sólo requiere mi lengua. La tarea de aliviarme recae en Julia. La señora no se rebaja a calmar mis necesidades. A veces es Gladyss la que obtiene permiso de la señora para aliviarme y de paso calmar su hambre de polla. Cuando es Gladyss la encargada disfruto porque puedo vaciarme en su interior, ella no es más que una esclava y si por suerte la preñara llevaría en su vientre un nuevo esclavo para sus amas. Duermo en la perrera las noches en que ni la señora ni la señorita Julia requieren mi presencia en su alcoba. Cuando me reclaman duermo a los pies de su cama. Siempre en mi papel de perro.

De vez en cuando vienen amigas de mis amas. Las dos se muestran orgullosas de mí. Sus amigas las miran con envidia. Esclavos Omega hay en cada casa pero pocas son las amas que puedan estar satisfechas y orgullosas de su servilismo como en el caso de las mías.

Un día, mediado ya más de tres meses desde que fuera adquirido, la señora, mi ama, se presentó en casa acompañada de una amiga. Yo no podía ni sospechar lo que se me avecinaba. Mi vida iba a dar un nuevo vuelco.

La amiga de mi ama era más joven que ella, unos tres años, y aparentaba ser un poco mayor que yo. Llevaba de una correa a su esclava Omega, una muchacha bastante bonita, probablemente de la edad de Julia, unos quince o dieciséis años. La esclava gateaba con dificultad. Era como si le costase apoyar las manos y las rodillas en el suelo.

Cuando llegaron yo me encontraba haciendo de escabel para el ama Julia. Ella tenía sus lindos pies descalzos sobre mi costado. Julia me había hecho poner aovillado en el suelo, de costado, en posición fetal, mirando hacia afuera.

Desde mi posición pude ver de espaldas a la amiga de la señora y a su esclava desplazándose con dificultad a su lado. Varios golpes dados con los pies en mis riñones me hicieron bajar la cabeza. Pensaba que Julia me estaba regañando pero no se trataba de eso.

―Cálzame, esclavo – me dice el ama Julia.

Me incorporo, busco sus escarpines y con devoción los acomodo en sus hermosos pies.

―Te vas ya, Julia? – pregunta la señora que acaba de acomodarse en el sofá.

―Sí. Se me hace tarde. Te dejo al esclavo.

Me inclino y beso los zapatos de Julia, que espera a mi tributo y luego me pisa una mano en el momento de marchar, evitando, eso sí, descargar todo su peso para no hacerme mucho daño.

Es evidente por qué se ha ido Julia. La visita de la amiga de su hermana la obliga a dejarme a su disposición. Mi señora chasquea los dedos y me desplazo a gatas hacia ella. Su amiga ya ha tomado asiento a su lado. Su esclava está postrada ante ella, en actitud de adoración.

Antes de marchar Julia riñe a Gladyss. En el momento en que llego ante mi señora puedo escuchar el sonido típico de un bofetón y un sollozo contenido. Luego el taconeo que produce el ama Julia alejándose por el salón, el ruido de la puerta al abrirse y el portazo final. No sé qué la ha molestado pero Gladyss ha pagado su mal humor. Lo normal es que se desfogue conmigo pero como estoy con su hermana ha decidido que Gladyss también existe para ayudarla a quitarse los nervios.

En el tiempo que llevo aquí he deducido que Julia siente devoción por su hermana, la señora. Las relaciones entre mujeres están a la orden del día y, a diferencia de tiempos pasados, ahora no solo no están mal vistas sino que incluso se celebran. El sexo ya no es un concepto moral rígido donde se siguen unas estrictas, encorsetadas y restrictivas reglas morales caducas. Ahora si hay que procrear se folla para ello pero para gozar se folla con quien se quiere, o se puede. Y desde luego si no se puede libremente para eso estamos los esclavos como yo. Julia me usa convencionalmente, con penetración incluída. La señora no. A ella sólo la lamo, lo cual me ha hecho suponer que el componente sáfico de la señora es bastante más elevado que el de su hermana.

Hasta el momento no le he conocido aventuras sexuales a la señora, pero pasa muchas horas, incluso días, fuera de casa, lo que me da pie a pensar que lleva sus aventuras con discreción. A Jezabel le he oído comentarios sobre una presunta amante de la señora, lo cual la deprime pues sé del cierto que muchas noches la señora y la esclava Alfa han hecho el amor hasta altas horas de la madrugada. Ahora creo que la reacción de Julia no es más que la manifestación de celos, pueriles y adolescentes celos, pero no me extraña, la señora es como una diosa.

Llego ante mi señora y humildemente me postro y beso sus zapatos. Son clásicos, de salón, negros, con tacón fino. Inevitablemente a mi mente vienen dolorosos recuerdos asociados a unos zapatos parecidos del ama Mackenzie.

―Pues yo estoy muy satisfecha con mi esclavo… y Julia igual, y eso que mi hermana es difícil de contentar.

―Pues hija, yo estoy harta de esta estúpida. ¡Mírala, mírala… es que tengo que ordenárselo todo! ¿¿¿¡¡¡No-te-tengo-dicho-que-cuando-estemos-paradas-me-tienes-que-besar-los-pies…!!!??? – le dice la amiga a su esclava a la vez que cada palabra que brota de su boca, entre los dientes apretados, la puntúa con un duro manotazo en la cabeza de la pobre muchacha – ¡Levanta la cara, levántala… te vas a enterar…!

Ahora los manotazos son bofetadas, imponentes mazazos que hacen voltear la cabeza de la esclava como si se tratara de una muñeca de trapo. A hurtadillas veo cómo se remueve todo el cuerpo de la chiquilla y escucho sus gemidos y sollozos.

Un sexto sentido me pone alerta. La voz de la señorita que está dando la tremenda paliza a su esclava no me es indiferente. No le veo el rostro porque en mi posición de postración me tapan sus rodillas. A pesar de que hago esfuerzos por mirar a lo máximo que alcanzo es a ver a la esclava que tras media docena de terroríficos impactos llora desconsoladamente.

―Te has enterado de una vez de lo que tienes que hacer cuando nos detenemos o me siento? – dice esa voz que me resulta cada vez más familiar.

―Sí ama… lo siento… - dice entre sollozos, pero al parecer no debía responder.

Una nueva tanda de bofetadas le caen sin piedad en sus ya inflamadas mejillas.

―¡No-hables-no-debes-hablar… ahora-eres-un-perro… ladra… me entiendes? Ladra, ladra…! – le dice acompasando las palabras a los guantazos.

La pobre esclava deja escapar unos patéticos ladridos, ahogados por el sonido de las bofetadas y de sus propios sollozos.

―Cuanto hace que la tienes? – oigo a mi ama que le pregunta a su amiga.

―Dos días…

―Mujer, debes darle un poco de tiempo. Son como animalillos… seguro que aún está acostumbrada a su antigua ama. A mi esclavo lo tuve casi una semana adiestrándolo. Se lo entregué a mi alfa y cuando quise usarlo parecía que lo tuviese desde pequeño.

Me sentí orgulloso de que mi ama tuviera el concepto que tenía de mí. De alguna manera sentía reconocida mi entrega. Y además me sentía aliviado porque al menos me había evitado padecer lo que la esclava de su amiga estaba sufriendo. La vida de los esclavos era igual para todos, pero qué duda cabe que el contar con una ama como la mía era un bendición.

―No sé… tal vez tengas razón. No hay nada como tenerlos de pequeños. Yo recuerdo aún a mi hermano. No sé porqué mamá quiso venderlo…

Aquella voz volvía a recorrer los caminos más alejados de mi memoria. No me resultaba en absoluto indiferente. Si pudiera verle la cara.

―¡Venga, pedazo de burra… descálzame… y a ver si sabes qué tienes que hacer…!

Desde mi posición a los pies de mi ama veo cómo la muchacha desabrocha las bonitas sandalias de su ama y las retira de sus pies. Acto seguido se dobla sobre sí misma y se pone a acariciárselos y a besarlos. Parece que la amiga de mi ama está ahora un poco más calmada.

―¡Gladyss… trae algo para picar…! – ordena la señora.

Momentos después Gladyss sale de la cocina con una bandeja con refrescos y algunos aperitivos.

―¡Dásela al esclavo. Él la aguantará para nosotras! ¡Aquiles, ponte aquí, entre el ama Camila y yo… y aguanta la bandeja! – me dice mi señora.

Me incorporo erguido sobre mis rodillas y recibo la bandeja de manos de Gladyss.

―Cómo lo has llamado? Qué nombre has dicho? – escucho decir con sorpresa a la joven ama amiga de mi señora.

―Qué pasa Camila… no te gusta Aquiles? No se lo cambié… me pareció muy bonito. Una referencia a la guerra de Troya. Además estoy convencida de que tiene su propio talón de Aquiles y me gustará descubrirlo… - mi ama se rie de su comentario.

Yo sigo erguido, la espalda recta, los brazos ligeramente levantados para que las señoras puedan alcanzar sin necesidad de esfuerzos extras el contenido de la bandeja. Es como cuando sirvo a mi ama en el desayuno, cuando lo toma en la cama, que yo le sostengo la bandeja. Ahora ésta es más liviana.

A la sorpresa que he detectado en la voz de la amiga de mi ama se une un estremeciomiento al oír cómo la ha llamado: Camila. Dios mío. Camila es el nombre de mi hermana. No puedo más. Tengo que mirar a la amiga de mi señora. Tengo que ver su rostro. Ahora he asociado ese nombre, cobijado en lo más hondo de mis recuerdos, al familiar timbre de voz que lleva rato martilleándome el cerebro. Tengo que arriesgarme, pero me da miedo. Faltar a las normas con la señora o con el ama Julia, si no conllevan falta de respeto evidente, no tiene porqué suponerme un castigo. Llevo ya tiempo a su servicio y por el roce, la costumbre y mi buen comportamiento me he ganado el derecho tácito a vulnerar, mediante pequeñas infracciones, las exigentes normas de relación. De vez en cuando, en los momentos que percibo empatía por parte de mis amas me permito mirarlas, brevemente por supuesto, a los ojos. Hasta ahora, salvo una vez que me costó diez palmetazos en las plantas de los pies porque la señorita Julia era más imprevisible que el tiempo, siempre he salido con bien de mis pequeñas, digamos, fechorías.

Pero ahora mi ama no está sola. Si quiebro las normas la pongo en un compromiso. Está con una amiga suya y si me tomo alguna libertad puede hacerme pagar con mucha dureza mi atrevimiento. Además la pongo en un compromiso y no quiero eso. No obstante, la agitación interna que estoy viviendo me empuja a mirar a la amiga de la señora, pero su voz de nuevo me obliga a bajar la cabeza.

―¡Dios mío…! – exclama la señora Camila – ¡No es posible! ¡No puede ser! ¡Joder, joder, joder… vaya coincidencia!

Yo sigo mirando al suelo. Noto que la sangre me bulle. Seguro que es ella. Me ha reconocido, sino, a qué viene esa expresión y esas palabras de asombro. Por el rabillo del ojo veo que se ha llevado las manos a la boca.

―¡Joder Camila…! vas a decirme de qué se trata de una vez?

―Coño… puedes decirle a tu esclavo que se levante y nos muestre sus ingles?

Ahora sí estoy seguro. Sé lo que busca. Cuando mamá me marcó con el símbolo Ω en el glande estuve varios días llorando. Camila me consoló y cuando ya me había recuperado me preguntó si la quería. Claro que la quería. La adoraba. Era mi hermana mayor y también mi ama y yo besaba por donde pisaba. Mamá era distinto, quería a mamá pero a mamá la veía como lo que era: la señora. Sin embargo con Camila la relación era distinta. Nos llevábamos tan sólo un año y si bien ambos teníamos clara nuestra posición, ella era el ama y yo el esclavo, no dejábamos de ser unos chiquillos y por tanto nos dedicábamos a hacer cosas de críos, entre las que está jugar. En cierta manera, ni que fuese a tiempo parcial, yo era el compañero de juegos de mi hermana y ama. Respondí que sí, que la quería, que ella ya lo sabía. Me preguntó si estaba dispuesto a sufrir por ella. Yo ya sufría de ordinario. Mamá llevaba siempre colgando de su muñeca un rebenque de piel de buey con el que me azotaba allí donde le pillaba al mínimo error por mi parte. Con Camila podíamos estar jugando y riendo como dos chiquillos y momentos después podía castigarme a estar cinco horas arrodillado por la noche. A qué se refería con lo de sufrir por ella? No sufría a diario según el capricho de mamá y el suyo propio?

«Quiero que lleves grabado mi nombre al fuego. Me perteneces y mi nombre en tu piel será el símbolo de mi propiedad sobre ti. Estás dispuesto?»

Sentí miedo. La marca en mi pene aún me mortificaba y que quemara su nombre en mi piel no me hacía gracia. Camila no sabía que los esclavos no debíamos llevar inscripciones de propiedad. Tan solo la marca Ω que designaba la pertenencia a la más abyecta categoría de esclavos. Pero Camila había leído libros de cómo eran las cosas hacía muchos cientos de años. En uno de ellos explicaba que los esclavos eran marcados a fuego con el nombre de su propietario o propietaria y ella quería que yo luciera su nombre allí donde fuese… que mejor que marcarlo con un hierro al rojo vivo?

Asentí ceremoniosamente y una semana después, en una ausencia de madre me marcó en la ingle. Se había apañado unas letras tipográficas. Recuerdo que me ató en una camilla y me fue aplicando letra a letra, que tomaba de un hornillo con unas grandes pinzas, en la sensible carne de la ingle. Berreé como un poseso pero Camila no se alteró. Se iba emocionando a medida que su nombre se iba componiendo en mi carne martirizada.

Pasé un mes con terribles dolores. Nunca lo supo madre. Era un secreto entre Camila y yo. A nadie se le ocurre ir revisando las ingles de un esclavo, así que siempre llevé en secreto el nombre de mi hermana. Ahora ella, porque sólo podía ser ella, estaba allí, pidiendo a mi señora que mostrase la marca de infancia que ella me había grabado.

―Levántate Aquiles – me ordena la señora con semblante serio – Gladyss, coge la bandeja y ocupa el lugar de Aquiles.

Le entrego la carga a la pobre Gladyss a quien molesta sobremanera tener que hacer los trabajos de un vulgar Omega pero no va a discutirlo con la señora y obedece. Me pongo en pie. Aún no he visto el rostro de aquella voz que ya sé a quien pertenece. Separo mis piernas y aparto mis genitales. La ingle izquierda es la depositaria de aquel tesoro infantil.

―¡Por Dios! ¿Lo ves? Ahí está mi nombre. CAMILA. Siempre estará. Lo marqué al fuego cuando yo tenía unos once o doce años y el unos diez. Meses después mamá lo vendió. No puedes imaginarte lo que lloré. ¡Madre mía… y resulta que ahora está aquí… y es tu esclavo…!

En ese momento no puedo más y miro a la muchacha. Es ella. Mi hermana. Camila. Siento que me tiemblan las piernas. Ella me está mirando. Alternativamente sus ojos van de mi ingle a mi cara. Es ella. Está cambiada, claro, pero puedo reconocer en ella los rasgos que hicieron que la adorase como un perro puede adorar a su dueña. No solo eso, Camila es ahora una mujer impresionante. Entiendo los celos de la pecosa Julia. Qué puede hacer una niña como ella ante una rival como mi hermana? Si la señora es una Diosa griega, Camila es su réplica romana. Si la señora es Afrodita, Camila es Venus. Si la señora es Atenea, Camila es Juno.

―¡Ca…Camila…! – balbuceo como un niño pequeño.

Los ojos se me llenan de lágrimas al escuchar en mi propia voz el nombre de mi hermana, de mi ama primigenia, aquella que me hizo reír y me hizo llorar, que me azotó y que me curó las cicatrices que ella misma o mamá habían ocasionado en mi cuerpo. Camila. A la que lloré largamente cuando caí en manos de la señora Mackenzie. Sólo Rosalía habia calmado parcialmente mi dolor por la añoranza de mi hermana. Pero lo cierto es que Rosalía nunca podría sustituírla. Entre otras cosas porque Camila me había hecho suyo el día que me hizo llorar y gritar mientras letra a letra grababa su nombre en mi entrepierna.

―¡Camila! – logro repetir sin vacilar.

El golpe es inesperado. Mis testículos explotan y mi cerebro estalla de agónico dolor. La señora acaba de patear mis expuestas bolas y caigo al suelo boqueando, con el pánico que provoca un dolor inaguantable e inesperado. El tacón del zapato de la señora se clava en mi garganta y la suela me presiona en los labios. He hablado, me he dirigido a una ama por su nombre. Ésta es una falta grave, muy grave.

―¡Jezabel! ¡Jezabel! – llama la señora con insistencia. Nunca la he visto así. Despliega todo su poder, toda su autoridad. Gladyss, que ha ocupado mi puesto está temblando. Puedo escuchar el tintinear de las copas debido a los temblores incontrolables de sus brazos. Camila me mira asustada, su esclava está besando sus pies pero ella ni se entera. – ¡Llévatelo! ¡Encépalo en el jardín! ¡Siete días de castigo… y cien latigazos diarios! ¡Ahora! – grita a Jezabel a quien también la violenta reacción de la señora ha dejado paralizada.

***

No volví a ver a mi hermana, ni a la señora, en una semana. Durante siete días fui azotado con una caña de bambú diariamente. Jezabel me ató, me inmovilizó en un cepo como los que había visto en ilustraciones medievales y allí pasé los siete días. De pie. Con los tobillos, las manos y la cabeza encerrados entre tablas que me mantenían inmovilizado. Recibía los latigazos varias veces al día. Jezabel era la encargada. Gladyss me alimentaba sin desatarme, dándome la comida en la boca. Me orinaba y hacía mis deposiciones de pie y era también Gladyss la que me limpiaba a golpes de manguera.

Las noches se me hacían eternas. El dolor y el anquilosamiento no me permitían dormir. A la tercera noche logré dormirme a ratitos varias veces, hasta que el dolor me despertaba. La lengua se me iba convirtiendo en una corcho insensible y tan sólo conseguía pensar cuando Gladyss dejaba caer el agua que pudiera verter de un trapo mojado al escurrirlo sobre mis labios.

Al sexto día apareció en el jardín la señorita Julia. Mis ojos la miraban extraviados. Una brizna de ilusión y esperanza alumbró mi corazón al verla. O me liberaba o me mataba. Me daba igual, pero que terminase con mi agonía. No hizo ni lo uno ni lo otro. Me acarició.

―Mi pobre Aquiles – me dijo pasando sus bonitos dedos por mi rostro demacrado – mi fiel Aquiles. Cómo te echo de menos. Me había acostumbrado a ti. De pequeña tuve una esclava pero era sencillamente imbécil. De ti hubiera llegado a enamorarme. Eres tan mono… y tan fiel… eres el mejor esclavo que jamás podré tener. No sabes cómo voy a echarte de menos.

Besó mis resecos labios y se fue. Me quedé llorando como un perro cuando es abandonado. No entendí para nada el significado de sus palabras. Mi cerebro estaba embotado por el dolor y el agotamiento pero sí había entendido que aquello era una despedida. Ni siquiera me puse a hacer conjeturas. Podía ser que mi ama, ante la grave falta que había cometido, me vendiera. También podía ser que me devolviera a mi antigua ama, la señora Mackenzie, aduciendo que no había concluido el período de adaptación, que era de seis meses, y que no estaba satisfecha de mí. Tanto daba. No podía ni sufrir por mi destino.

Las últimas veinticuatro horas de agonía fui atacado por fiebres, fruto del cruel tratamiento recibido. Los latigazos llegaban puntuales pero ya casi no gemía al recibirlos. En el delirio de las fiebres sólo recuerdo que mi vida, mi corta vida desfiló por mi mente como una película. Viví, mejor dicho, reviví todos los momentos importantes, intensos, felices o dolorosos, mamá, Camila de niña y adolescente, la señora Mackenzie y sus terribles castigos para después consolarme, la señorita Rosalia, mi sucedáneo de Camila, Julia y por fin mi señora y de nuevo Camila.

Perdí el conocimiento y la oscuridad se cernió sobre mí. La señora tuvo que hacer venir a la veterinaria y le pagó para que no se separara de mi jergón durante el tiempo que necesitara para restablecerme. No soy consciente del tiempo trascurrido pero me ha dicho Gladyss que la veterinaria estuvo como cinco días cuidándome.

En la vigilia adormecida en que me instalé durante esos días recuerdo, o tal vez no fue más que un delirio, que Camila vino a verme. Creo que sentí sus manos acariciarme. E incluso creo que me besó. No lo sé. Seguramente todo fue fruto del delirio.

Cuando lograron recuperarme de las fiebres no me podía mover. Siete días y siete noches encepado y recibiendo latigazos acaba con la fortaleza del más fuerte. Tuve que estar aún una semana en que Gladyss ocupó el lugar de la veterinaria. La buena de la morenita me cuidó como una madre y quince días después del momento en que vi a Camila volvía a presentarme ante la señora. Y Camila estaba con ella.

Me postro en el suelo y llorando beso los pies de mi señora. Me acaricia el cabello y me dice que me ponga de rodillas. Obedezco. Inclino la cabeza. Estoy avergonzado. Sé que la señora me ha castigado por mi falta de respeto a su invitada. He recibido muchos castigos en mi vida. De pequeño eran lógicos, estaba aprendiendo pero siempre he sabido que desde que pasé a ser propiedad de la señora Mackenzie, sus horribles castigos no eran fruto de mi incompentencia o de faltas de respeto sino que siempre me castigaba porque ella disfrutaba haciéndome llorar.

No la miro pero sé que Camila está allí, en el sillón contiguo al de mi ama. La señora tiene en su mano mi correa y el mando de control.

―Seguro que nos seguiremos viendo, Aquiles. Acabo de venderte. Saluda a tu nueva dueña… tu ama Camila.

El corazón se me desboca. Beso las manos de mi señora. Las beso con devoción. Ella se sonríe. Nunca he escrito su nombre porque ella era la señora. Sólo se nombra a las amas que has tenido o las amas de los demás esclavos pero a la propia no se la nombra por su nombre. Es el ama. La señora. Y punto.

Ahora deja de serlo y ya puedo hablar de ella como lo hago de la señora Mackenzie o del ama Rosalia… como lo he hecho de mamá e incluso de Camila. Pero ahora ya no puedo usar su nombre. Mi hermana es ahora mi dueña. Ella es ahora la señora. Después de besar las manos de la señora Verónica, mi antigua ama, me dirijo a cuatro patas hacia mi nueva señora. Ya no podré volver a hablar de Camila, ni siquiera del ama Camila. Ella es ahora la señora.

El ama Verónica le hace entrega a mi señora de la correa y del mando. Sus manos añoradas manipulan mi collar de acero hasta enganchar la presilla de la correa. Se levanta y me arrojo a sus pies. Beso sus botas con devoción. Un poco después noto que la correa tira con fuerza de mi cuello.

―¡Andando, esclavo!

Me coloco en posición, en cuatro patas, pego mi hombro derecho a su bota izquierda y acompaso mi gatear a sus gráciles pasos. Salimos de la casa del ama Verónica. Al atravesar la cancela mi señora mete el pie en un charco. Después de atravesarlo se detiene y sin levantar el tacón eleva ligeramente la bota por la punta. Rápidamente me pongo a limpiarla con mi lengua.

Un latigazo en mi espalda dado con la misma correa de la que me lleva me indica que debo proseguir el camino y vuelvo a acompasarme a su paso. Voy feliz. Mis ojos no dejan de mirar con devoción las hermosas botas que a partir de hoy deberé lustrar a diario. Pienso que tal vez ahora vea a mamá. La vida me sonríe. Soy feliz.

FIN

Lukasses

Inicio: 21.06.2009

Final: 28.06.2009

© lukasses

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