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Fecha: 05-Nov-09 « Anterior | Siguiente » en No Consentido

Violada delante de mi marido

relatista65
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Una pareja es asaltada en su casa por tres jóvenes. Aunque inicialmente la actitud de ellos es tranquilizadora, esta cambia a lo largo de la noche (con foto). Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Todos me comentaban si sentía miedo de vivir en una casa apartada. La verdad es que no me producía desasosiego, por la noche, los sistemas de seguridad nos permitían dormir tranquilos.

En nuestro hogar vivimos mi marido Andrés y yo, Blanca. Él tiene 38 años y yo 36. Como he dicho antes, tenemos una casa en una urbanización próxima a la ciudad. En la planta baja se encuentra el salón y la cocina, ambos bastantes grandes y arriba los dormitorios. Ambos odiamos vivir en un lugar céntrico, por lo que optamos por venirnos a vivir aquí. Nuestra vida es tranquila, ambos tenemos un trabajo cómodo y solemos estar pronto en casa. En mi caso, tengo una tienda de ropa, con dos empleadas, que me permite no estar permanentemente atendiendo el negocio.

Aquella tarde era víspera de festivo, y además un día intermedio de un largo puente, por lo que la urbanización estaba más vacía de lo normal.

Salimos a dar un paseo, como hacíamos habitualmente al atardecer. Estábamos especialmente relajados, puesto que no había que madrugar al día siguiente, por lo que podríamos ver alguna peli hasta tarde y sobre todo, quedarnos en la cama hasta media mañana, algo que los dos disfrutábamos.

Entramos en la casa y nos dirigimos al salón. De repente, tres hombres entraron desde el pasillo, con pistolas.. Nos quedamos de piedra. Asombrados y aterrados, sobre todo yo.

Eran tres jóvenes, puesto que su edad estaría en torno a los veinte o veintidós años ninguno de ellos. Tenían buen aspecto, y sobre todo, en cuanto empezaron a hablar, me llamó la atención la educación que poseían. Sin duda tenían estudios, probablemente, todos estaban en la universidad.

  • Qué haceis aquí? Preguntó Andrés.
  • Sentimos haber entrado así en su casa. Contestó uno de ellos. Tenemos que ocultarnos unas horas aquí. Intentaremos causarles las menores molestias posibles.
  • Es nuestra casa, teneis que iros, dijo mi marido.
  • Lo siento, no hay alternativa. Espero que podamos tener una buena convivencia hasta que nos marchemos.

Otro de los chicos, sacó cuatro esposas, y nos las colocaron en los pies y en las manos por delante.

Los chicos estuvieron registrando la casa, aunque siempre se quedaba uno con nosotros, apuntándonos con un arma.

De nuevo nos habló el joven.

  • Nos quedaremos aquí hasta mañana por la mañana. Como vamos a pasar algún tiempo juntos, vamos a presentarnos. Les voy a decir el alias por el que nos tratamos. Entiendan que no podemos decirles nuestro nombre real.

Eso nos tranquilizó, porque al menos sabíamos que su intención era dejarnos libres cuando pasaran esas horas.

  • Este es Ruso, mi compañero de la camiseta naranja es Perdigón, y a mi me llaman Judas. Cuales son sus nombres?

Mi esposo contestó:

  • Ella es Blanca y yo Andrés.
  • En realidad lo sabía, lo había visto en el buzón de correos.

Así transcurrieron un par de horas, que a mi me parecieron interminables. Comenzaron a pasar mil cosas por mi cabeza, aunque siempre intentaba tranquilizarme, sobre todo, que nos estaban tratando con mucho respeto pese a ir armados.

  • Blanca, son casi las diez de la noche. Necesitamos comer.. Le agradecería que nos preparase algo de cena, sino tienen inconveniente usted y su esposo.

Aunque sólo llevaba dos horas con ellos, y a pesar de ser víctimas de un secuestro, los buenos modales hacían que no me sintiese del todo incómoda. Pensaba que no sabía a que se dedicaban estos chicos, pero seguro que podrían llevar una vida digna si quisiesen. Poco a poco, me iba convenciendo que no iba a sucedernos nada malo.

Andrés asintió con la cabeza.

  • Necesito ir a la cocina para preparar la cena.
  • Perdone señora, no me di cuenta que estaba esposada. Ahora mismo se las quita Ruso.

El muchacho me liberó lo que permitió que me levantase y dirigirme a la cocina a la que me acompañó Ruso.

  • Señora, prepare usted cinco platos. Primero cenarán ustedes y cuando terminen, lo haremos nosotros.

Resultaban tan educados que hasta me daban cierta pena que se metieran en líos estando en nuestra casa y estaba perdiendo el miedo que me habían producido en un principio, aunque la situación siguiera siendo preocupante.

Preparé unas tortillas, embutidos, ensalada y alguna cosa más que había en el frigorífico. Cuando serví los platos me sentaron a la mesa y me ataron de nuevo los pies. A Andrés le desataron para que se sentase a mi lado, y cuando lo hizo, le volvieron a inmovilizar.

Cuando terminamos, nos llevaron al sillón, y a atarnos las manos, esta vez hacia atrás, para que no pudiéramos movernos hasta que ellos terminasen de cenar.

Entre los tres recogieron la mesa y llevaron los platos a la cocina. Era sorprendente, ni tan siquiera Andrés lo hacía, y eso que para mi era el mejor hombre del mundo.

Volvieron a sentarse en un sofá en frente del nuestro. En la pequeña mesa de centro, tenía varias revistas y comenzaron a hojearlas.

  • Vaya¡¡, dijo Judas. Qué estilo tienen estas chicas y qué guapas van¡¡¡
  • Es un pase de modelos, les dije, intentando mantener una conversación.

No quise decirles que era la propietaria de una tienda, aunque en ese momento noté como la actitud de los muchachos cambiaba.

  • Blanca, puesto que vamos a estar aquí toda la noche, vamos a tomar alguna bebida. Dónde tienen los licores?

No me gustó el atrevimiento, ni que tomasen bebidas en mi casa. Pero eran quienes mandaban.

  • Ahí en el mueble, teneis todo lo que necesitais. Bebida, vasos, y en el congelador hielo si quereis.

Andrés intentaba ser amable, aunque a mi empezaba a parecerme que la noche iba a ser demasiado larga.

Los tres jóvenes se sirvieron unas copas y continuaron viendo las revistas que había debajo de la mesa.

Judas se levantó y estuvo dando vueltas por la casa. Subió las escaleras y estuvo mirando las habitaciones de arriba. No me hacía gracia que invadiesen nuestra intimidad más de lo necesario.

Al rato bajó y volvió a sentarse con sus compañeros que seguían mirando las revistas.

  • He visto que tienen unos grandes armarios en las habitaciones, por lo que estoy seguro que Blanca tendrá muchas prendas preciosas. Nos hará un pase de modelos. Es una mujer muy atractiva.

Los dos protestamos al unísono.

  • Eso esa es una gran idea, me gusta dijo Ruso.
  • Subiremos uno a uno a la habitación, y elegiremos la ropa con la que queremos que desfile. Un conjunto cada uno. Yo seré quien lo presente, dijo Judas.

De nuevo comenzaba a tener miedo de la reacción de los chicos. Me había confiado demasiado por su aspecto y educación, pero no dejaban de ser delincuentes.

Uno a uno subieron a mi habitación, revolvieron los armarios y bajaron con varios conjuntos de ropa. Judas me dio las primeras prendas.

Me sentía nerviosa, incómoda. No me gustaba que esos jovencitos me mirasen.

  • Dónde me visto? Pregunté.
  • Ruso, busca una cuerda en la despensa, y baja una sábana de la habitación.

Colocaron una especie de biombo improvisado, tirando una cuerda desde el mueble del salón, hasta el enganche de un cuadro que quitaron para la ocasión y tiraron la sábana por encima de la cuerda para que me cambiase.. También bajaron de mi dormitorio un espejo grande, que solía usar para verme cuando me vestía. Lo pusieron justo en la entrada al probador.

Andrés protestó y los chicos se pusieron un poco nerviosos. Era la primera vez que había cierta tensión desde que entraron en la casa.

  • Tranquilo cariño, lo haré. No pasa nada, al fin y al cabo es ropa que uso habitualmente.

Me entregaron el primer conjunto no sin antes quitarme las esposas. Entré en el improvisado vestuario. Mientras lo hacía, temí que en algún momento corriesen la sábana que hacía de cortina, pero eso no sucedió.

Salí con la ropa que me habían dado y comencé a moverme por el salón, al que habían apartado algunos muebles para tener más espacio.

Riendo Judas empezó a hacer de presentador de los modelos..

  • Un traje de chaqueta negro, entallado, con unos zapatos de medio tacón. Le acompaña un pañuelo rojo en el cuello..............

No paraba de hablar. Dos veces más me cambié, probándome la ropa que los muchachos habían elegido. Cuando terminé me senté junto a mi marido sin decir nada.

  • Me parece divertido. Voy a buscar algo más. Dijo Judas.
  • Ya vale. Estais violando mi intimidad entrando y saliendo de mi habitación, rebuscando en mis armarios y cajones. Déjalo ya, por favor.
  • Sólo son unas horas, señora. Mañana, nuestra visita aquí sólo será un recuerdo.

Judas volvió a subir y vi que traía una camiseta blanca, con un pequeño vuelo por abajo, que solía ponerme a veces con unos con pantalones ajustados y unas zapatillas de playa.

  • Póngase esto
  • Le falta la parte de abajo. Suelo usarlo con unos pantalones o con leggins. No es una prenda para llevarla sola, es demasiado corta, me llega dos palmos por encima de la rodilla. Los leggins están en el primer cajón de la cómoda. Si me lo traes os haré el pase.

Intentaba mantenerme lo más tranquila posible.

  • Quiero que se lo ponga tal y como se lo he dado.

Algo así me había temido desde que empezamos con la exhibición de ropa.

  • Qué pretendeis?, hijos de puta, gritó mi marido.

Los nervios se desataron y Perdigón le colocó una bolsa en la cabeza que le impidió respirar durante unos segundos. Mi corazón se desató. Latía a mil. Cuando se la quitaron, le colocaron otra esposa que unía las de la manos y la de los pies, por lo que le dejaron totalmente inmovilizado, con las rodillas flexionadas, en posición de cuatro y sentado en el sofá.

Ahora ya estaba realmente asustada. Una vez más me cambié de ropa, sólo que ahora, salí ante ellos con una camiseta que apenas tapaba mis bragas. Me miré en el espejo, y vi que aún era más corta de lo que pensaba. Además, se transparentaban parcialmente mi ropa interior, ya que era negra y la camiseta blanca.

Salí con las manos estirando hacia abajo de la camiseta, todo lo que era posible, aunque a veces se veían ligeramente mis bragas.

  • Un vestido amarillo, muy corto, en la que nuestra modelo enseña sus espléndidas piernas. Si se dan cuenta, podríamos denominarla como tía buena, un buen culo, unas buenas tetas, y sobre todo, mucha elegancia.

Aquellos comentarios me humillaron. Ahora ya sentía pánico. Andrés gritó, insultándolos.

  • Ruso, has traído la mordaza con la bola, verdad? Pónsela a Andrés, dijo Judas

Taparon la boca a mi marido. Era una bola que se introducía dentro de la boca, con un cordón que la ataba. Intentaba gritar, pero no podía emitir nada más que un ligero ruído.

No sabía como iba a terminar nuestro secuestro, pero no me gustaba nada el cariz que tomaban los acontecimientos.

Judas bajó una caja, en la que debía haber ropa. Después de obligarme a ponerme esa camiseta, no sabía cual sería el siguiente pase.

  • Traigo aquí varias cosas para que nos muestre. Dijo riendo.

Sacó dos prendas más, y me las dio. Era un camisón negro, muy opaco, de raso corto y escotado, pero que me tapaba más que la camiseta anterior y una bata de la misma tela.

Me vestí temblando de miedo. Me puse el camisón y me até la bata. Salí a verme en el espejo y me vi, siempre me había sentado muy bien ese conjunto. Empecé a caminar por el salón

  • Una bata negra, larga, muy bonita, para cubrir lo que se desee. Se puede utilizar con algo, debajo o no. Por favor, Blanca, quítese la bata.

Me quedé parada, pero me quité la bata. Seguí andando.

  • Un camisón negro, a juego con la bata, muy erótico, un palmo por encima de la rodilla y con un bonito escote. Es para llevarlo sin sujetador, pero que no es el caso.

Los otros dos, rieron.

  • Ahora el pase será de ropa interior. Por favor, señora, quítese el camisón.

Me quedé parada.

  • Dije rotúndamente que no.

A una señal suya, Perdigón de nuevo colocó la bolsa en la cabeza de mi marido.

  • No, no, por favor. Dejadle respirar, grité.

Rápidamente la quitó.

  • Ha dicho algo, señora?

Mi marido jadeaba y yo con él. Sentía que me faltaba el aire. Nunca me había visto en una situación similar. Él no decía nada y yo no podía moverme.

  • Señora, tiene algo que decir? Blanca, sólo le pedimos que se quede en ropa interior para seguir con el pase.

No contesté. Estaba paralizada. De nuevo le pusieron la bolsa a Andrés y entonces grité.

  • Si, lo haré. Haré lo que me piden, pero no le hagan daño a él. Dije con voz entrecortada por el llanto.

Comencé a llorar. Agarré el camisón por debajo y lo saqué por mi cabeza. Me quedé quieta. No sabía que hacer.

  • Blanca, camine por favor. De una vuelta por el salón para que los asistentes puedan verla. Un bonito conjunto de lencería con braga brasileña y sujetador, todo muy tupido, en color negro, pero que permite observar las formas de las tetas y el culo de nuestra modelo.

Los chicos aplaudían y jadeaban. Recibí algún azote. Lo hice, con mucha vergüenza. La cara de los chicos había cambiado. Ahora me miraban con deseo. Temía que esa noche pudiera pasar algo muy desagradable.

  • Ahora póngase esto. Dijo Jonás.

Era un conjunto que no había llegado a estrenar. Un culotte blanco y un sujetador. Debió sacarlo del envoltorio original, puesto que fue un regalo de un representante, y nunca vi el momento de ponérmelo. Temía por Andrés así que me cambié de bragas y sujetador.

Me lo puse y salí, muy cohibida. Cuando me miré al espejo, me puse colorada. Sentía mucha vergüenza de que pudieran verme los muchachos así, y sobre todo, que mi marido estuviera delante. Era semi transparente. Se veían perfectamente mis pechos, mis pezones, y el culotte transparentaba el pelo de mi pubis, que aunque no era mucho, subía unos 4 centímetros cuadrados sobre mis labios.

Desfilé, oía silvidos y comenzaron a decir oscenidades. Soy una mujer delgada, con un buen tipo, pelo largo y rizado color castaño y con un pecho tamaño medio. Estaba claro que para mi desgracia, a los chicos les gustaba mucho. La noche iba a traernos serios problemas.

  • Un conjunto de culotte y sujetador, que permite identificar el cuerpo de Blanca. Sabemos que su coño tiene un bonito pelo negro, bien cuidado, y sus tetas aunque no son pequeñas, los pezones son como un diminuto botón.

Sus compañeros reían y reían. Yo de inmediato coloqué un brazo sobre mis pechos y otro sobre la parte delantera de la braga. Temía que en cualquier momento, me obligasen a quedarme desnuda ante ellos. Si eso pasaba, me moriría de vergüenza. Jamás otro hombre salvo Andrés lo ahbía hecho, y pensar que él estaría contemplándolo, era algo que no podía soportar.

Dentro de la tensión que sentía, me liberé un poco al ver que de nuevo Jonás me daba otras prendas. En este caso era un biquini que había usado el verano anterior y una fina bata para cubrirme.

Me volví a cambiar y a mirar en el espejo. Llevaba la bata cerrada, aunque sabría que me la tendría que quitar enseguida. No sabía cuantas prendas más tendría que probarme y qué pasaría cuando se cansaran.

  • Esta es nuestro último pase. Un conjunto de playa, con bata negra. Lleva un cinturón que permite atarla por delante para que permanezca cerrada. Blanca, por favor, quítese la bata.

Me movía y me quité la bata. Él siguió hablando.

  • Blanca lleva un biquini amarillo, no muy grande, aunque permite que todo su cuerpo pueda ser visto. Con este biquini, que se desabrocha por detrás, se puede hacer top less. Señora, por favor, quítese la parte de arriba.

Me quedé sin sangre. Aquellas palabras habían sonado como un martilleo en mi cabeza.

  • Nunca hago top less, dije tartamudeando. Nunca me mostré sin sujetador ante ningún hombre.
  • Seguro que su marido respirará mejor si lo hace, siguió diciendo.
  • Eso es falso, seguro que su marido le ha visto las tetas. Él es un hombre, ahora queremos verlas nosotros, dijo Ruso.

Dirigiendo mi mirada a Andrés, dije en voz baja.:

  • Lo siento, cariño, lo siento mucho. Tengo que hacerlo.

Me quité el sujetador y tapé mis pechos como pude. Vi como Perdigón venía de fuera, y traía una pesada tumbona del jardín, que solíamos usar en verano. Quitaron la mesa de centro y la colocaron entre los sofás.

  • Blanca, túmbese y deje los pechos a la vista. Imagine que está en el jardín y tiene que tomar el sol en top less.

Hice lo que me pedían, pero me sentía fatal, tanto por mi vergüenza, como por la de Andrés. Él era muy celoso, por lo que tenía que estar sufriendo muchísimo. Vino a mi mente un día que tuve la mala ocurrencia de contarle, que un compañero, de broma, me había dado un azote en el culo. Se puso histério, y a punto estuvo de ir a hablar con él.

Miraba la cara de mi marido. Tenía los ojos fuera de sus órbitas, mientras que a los muchachos, no sólo parecía divertirles, sino que mirando sus pantalones, parecía que sus paquetes habían crecido.

  • Ya habeis tenido lo que queríais, iros ya, por favor, o al menos, dejad que me vista.
  • No, aún no. Queremos ver como toma usted el sol desnuda en la hamaca. Quítese la braga del biquini.
  • Nunca, jamás, dice acelerada, temiendo lo que iba a pasar.
  • La bolsa, Ruso......
  • No, por favor, no.
  • Levántese, póngase en frente de nosotros, y quítese la braga del biquini.

Miré a mi marido. Ahora él tenía la cabeza bajada. Vi que unas lágrimas caían desde sus ojos. Tenía que hacerlo, porque sino le matarían.

Bajé mi biquini, quedando totalmente desnuda ante tres sádicos muchachos.

Judas dijo que me girase.

  • No nos hemos equivocado, es una mujer preciosa.

Sabía que no se conformarían con verme desnuda. Querrían más.

  • Túmbese en la hamaca. Como si fuese a tomar el sol.

Me tumbé de espaldas, intentando tapar mi sexo. Junté mucho las piernas, para intentar tapar lo que pudiera, si es que había algo que pudiera hacer. Sabía que no tenía alternativa, y que debía hacer todo lo que me pidieran, sino quería que Andrés pagase las consecuencias.

  • Blanca, pida a Ruso que le de un poco de bronceador.
  • Ruso, ponme bronceador, dije con voz llorosa.

Ruso sacó de la bolsa un frasco de bronceador, y comenzó a aplicármelo por mi espalda hasta que llegó a mi culo. Intentó meter sus dedos por mi ano y mi vagina, pero le fue imposible.

  • Blanca, gírese.

Lo hice ahora llorando muchísimo. Sabía que me iban a terminar violando. Si hasta ahora ya había sido duro, lo que iba a venir sería terrible. Ruso me dio bronceador tambien por delante. Se centraba en mis pechos. Los masajeó durante largo rato, para después ir bajando hasta mis piernas. Untó mis muslos y se dirigió hacia mi sexo,

  • Separe las piernas, dijo Judas.

No podía hacer otra cosa. Hice lo que me dijeron, momento que aprovechó Perdigón a sacarme una foto con una cámara instantánea, revelándola en ese mismo momento.

Mis pechos estaban erectos, fruto del nerviosismo y del masaje que me había dado el muchacho. Sus manos me tocaron todo el cuerpo, desde las piernas, se fueron desplazando hacia mi coño, que fue acariciado y tocado. Mojó su dedo y me lo introdujo. No podía evitarlo, sólo giré mi cabeza para no mirar a mi marido.

Ruso y Judas también me acariciaron. Éste último me mordió mi pezón derecho, haciéndome un poco de daño.

  • Saca el juguetito, Perdigón, dijo Judas.

No estaba mirando, pero apareció con un vibrador de considerables dimensiones. Nunca había visto uno de cerca. Lo encendió y comenzó a girar. Me asustó.

Pasó el pene artificial por mi vagina, presionaba mi clítoris, hasta que comenzó a metérmelo por el útero. Lo introdujo poco a poco, hasta que casi llegó al final de los más de veinte centímetros que debía medir. Sentía una ligera molestia física, aunque un gran daño moral. Puso el aparato a la máxima potencia, y comencé a estremecerme.

Jugaron con mi cuerpo entre risas de fondo. No quería mirar a Andrés, pero sabía que debía estar sufriendo mucho. Sacó el consolador de forma brusca y se lo dio a oler a mi marido.

  • Mira como huele tu mujer, dijo Perdigón riendo.

Le metió el juguete erótico entre su camisa, y lo dejó en marcha.

  • Ruso, disfruta un poco, que para eso estamos aquí. Nos iremos pronto.

Me agarró de la cabeza y la llevó hacia su miembro que ya lo había sacado fuera. No lo dudé, comencé a hacerle la felación, sin protestar, temiendo que de nuevo Andrés sufriese las consecuencias.

  • Ahora, en cuanto me corra, puta, quiero que te tragues toda mi leche.

Judas le recriminó, puesto que a pesar de la humillación, de la violación, no nos habían faltado el respeto verbalmente.

  • Bueno, señora, cuando le llene su boca de semen, quiero que no caiga una gota al suelo. De lo contrario, su marido lo pasará mal.

A esas alturas, me daba lo mismo como me hablasen. Me estaban tratando como una puta. Cuando terminó, no dejó pasar un minuto Ruso, que se lanzó hacia mi, tumbándome de nuevo en la hamaca, separándome las piernas e introduciendo su pene dentro de mi.

Me obligó, mientras lo hacía a mirar a mi marido. Llorábamos mucho, me tapaba la cara, y sólo acertaba a decirle que le quería mucho. Se notaba que sabía hacerlo, me sacaba su miembro totalmente, y volvía a introducirlo. Aguantó mucho. Normalmente con mi marido eran dos minutos. Él, cuando veía que podía correrse, ralentizaba el ritmo, por lo que estuvo dentro de mi un interminable cuarto de hora. Por fin terminó, nunca ese chorro caliente dentro de mi me había producido tanto alivio.

  • Blanca, eres virgen? Preguntó riendo Judas.
  • No lo soy, protesté llorando, y si lo hubiera sido, os habéis encargado de que no lo fuese.
  • Me refería a tu culo. Me alegro que no lo seas.
  • No, no. Soy virgen por detrás, por favor................
  • Sino lo eres, lo pasarás mejor, si lo eres, te estrenaré.

Me pusieron una toalla en la boca, para amortiguar el grito que sabían que daría cuando me desvirgase el ano. Así fue. Me pusieron de rodillas junto al sofá, apoyando la cabeza en las piernas de mi marido. Sólo sabía implorarlos, para que no lo hicieran.

Mi grito fue sordo, porque quedó amortiguado al estar tapada mi boca. Mi marido lloraba casi igual que yo.

Cuando terminó, estaba abatida. Ahora nuestros llantos eran sordos. Los muchachos se pusieron a preparar sus cosas para marcharse. Entonces, Judas me contó todo.

  • Le diré algo, María. No somos delincuentes, vivimos alejados de aquí, a muchos kilómetros. De vez en cuando, nos tomamos un respiro en nuestros estudios, hacemos un largo viaje. Buscamos una mujer guapa que viva en una urbanización con poco movimiento, a ser posible con pareja, para que pueda mirar, eso le da un morbo especial, y entramos a su casa. En esta ocasión, el objetivo eran ustedes.

Fingía no escucharle, pero lo hacía.

  • Ahora nos iremos. Les pondremos una pequeña inyección que les dejará dormido durante una hora más o menos. Después, pueden denunciarnos o no, pero tengan en cuenta, que no les hemos robado nada, es muy difícil que nos cojan, puesto que no tenemos antecedentes penales, y tendrá que dar muchas explicaciones de los detalles. Al fin y al cabo, dijo con sorna, lo que ha sucedido hoy aquí, sólo lo sabemos los cinco.

Cuando desperté, estaba vestida, con una de las batas que habían utilizado por la noche, y ambos, estábamos desatados. La hamaca había vuelto al patio, y sobre la mesa estaba la fotografía que me habían hecho. Mi marido me acarició y me pidió que fuesemos a dormir, intentaríamos olvidar lo que había pasado.



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