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Fecha: 02-May-10 « Anterior | Siguiente » en Fetichismo

Flamenca, señora y emputada

susana
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Mi Curro me transforma en una señora flamenca. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Mi Curro me transforma en una señora flamenca

Conocí a Curro una noche en que me metí en un bar para tomar una copa después de ir a una cena con unas amigas. Todas se fueron marchando y yo me quedé la última. Era precisamente cuando iba a levantarme cuando se me acercó y empezamos a hablar.

Iba bien vestido, con corbata y camisa de marca y curiosamente un traje con pantalones y chaqueta de cuero, cosa que siempre me ha gustado y que se ve en muy pocos hombres. Me gustó su forma de comportarse, con su aspecto de duro y me dejé abordar, cosa que él notó. Le conté que me había separado hacía poco y que tenía una hija pequeña, que ahora estaba con mi madre y que tenía una perfumería. Él por su parte, me comentó que tenía varios negocios. La conversación se fue animando y entre los temas estuvo el de si a los niños pequeños se les debía dar biberón o leche materna. Yo le dije que le daba teta, cosa que a él le pareció interesante. Además, y como le había cogido confianza, le dije que tenía mucha leche, y añadí en broma que tanta que le podría dar. Llevábamos un rato hablando cuando noté que me estaba poniendo caliente, más que nada por la apariencia del semental que tenía delante.

Al salir del local, me dejé seguir y tras llegar al aparcamiento de repente me cogió por detrás, me dio la vuelta y me dio un largo y tendido beso. Le invité a subir a mi coche y fuimos a un hotel cercano a coger una habitación. Nada más llegar a ella, de un manotazo brusco abrió mi blusa, arrancando varios botones y luego bajó la cremallera de su pantalón y se sacó la polla fuera. Dirigió sus labios a mis pezones y se puso a chuparlos, sorbiendo mi leche. Mi reacción fue dejarlo hacer, pues me gustó. Por un momento dejó de sorber la leche y exclamó, mientras la derramaba por encima de mí que le encantaba ordeñar a las lechosas tetudas como yo, cosa que me puso a cien. Después me arremangó la falda y me bajo un poco la braga. Me la metió de golpe, mientras me miraba fijamente a los ojos y sin besarme, con una cara de tipo duro que hizo que me corriera más de una vez. Finalmente, vertió su leche por mi agujero, dejándome con la sensación de que me había dejado totalmente llena y él, sin más, se paró y se subió los pantalones. Yo me bajé la falda lentamente, mirándole a los ojos, mientras notaba que su leche me bajaba por la entrepierna. Como varios de los botones de mi blusa habían volado, él me la abrochó con un nudo diciéndome que las andaluzas lo hacían así para demostrar que habían copulado. Acerqué mis labios a los suyos con la intención de que me diera un beso, pero en lugar de esto escupió dentro de mi boca. Luego se fue. Minutos después hice lo mismo. Al hotel habíamos ido a copular y no a dormir.

Al día siguiente, estando en mi perfumería me llevé una gran sorpresa cuando se presentó. Yo estaba en el almacén cuando me vino una de mis empleadas diciendo que había venido un representante de leches y máscaras faciales. Al salir vi que era él. Lo hice pasar a una sala que me servía como almacén y despacho y tras estar él uno frente al otro durante un segundo, nos lanzamos hasta chocar. Nos besamos, me abrió la blusa para sorberme los pezones. En principio me llevé una sorpresa cuando después de bajarme los pantalones se saco unas tijeras. Me asustó, pero en realidad lo que hizo fue cortar un agujero que dejaba al aire el culo y el coño.

Me rompió las bragas, tirándolas y me hizo poner otra vez los pantalones. Antes de empezar a copular, pero, me dijo que me traía un regalo. De su maletín sacó dos máscaras de cuero. Él se puso una y luego me colocó la otra, cerrándome la cremallera de la boca para que no pudiese gritar, así que solamente podía emitir gemidos. No sé cuántas veces derramé, excitada por ser copulada de esta manera tan poco usual, con las máscaras puestas las dos y mas cuando veía la escena porque delante había un espejo. Me vertió dentro de mi coño toda su leche, hasta la última gota, llegando a exprimir su polla encima de mi coño y utilizar sus dedos para introducir su leche en mi coño.

Tras copularme como una auténtica bestia, me preguntó si me gustaba Sevilla. Ante esto, y al no encontrar otra respuesta, le respondí que sí con un gesto con la cara, ya que con la máscara puesta no podía hablar. Él, entonces, me dijo que si me gustaba Sevilla, entonces debía convertirme en andaluza, pues allí iba a llevarme. Se sacó un papel y me dijo que esas eran mis instrucciones, aparte de que en toda la mañana no me limpiase los bajos. Y luego se marchó, no sin antes quitarse él su máscara, pero dejándome la mía puesta y con los pantalones rotos puestos. Tuve que ponerme una bata blanca encima y así estuve hasta que cerramos, intentando disimular el descosido.

El papel decía:

1) Que él volvería y que a partir de ahora era él mi semental, con el que copularía todos los días.

2) Que tenía que aprender a bailar sevillanas y para ello me dio una dirección de una academia.

3) Que cuando tuviera una cita con él que sería lejos de mi casa y tendría que vestir como se me indicara.

4) Que a cambio de su leche, a partir de aquel momento la leche de mis tetas era para él, que se encargaría de ordeñármelas.

5) Que a partir de aquel día me llamaría en su presencia Rocío.

Me pareció bien la cosa y a partir de aquel día me convertí en la amante de mi Curro, quien se dedicó en cuerpo y alma a transformar todo mi aspecto exterior. Lo necesitaba, pues hasta ese momento mi vida había sido un desastre. Cuando teníamos una cita, dejaba a mi hija en casa con una canguro. Luego me dirigía a un piso que habíamos alquilado al que llamábamos el copuladero.

Yo siempre llegaba primero y le recibía con una sorpresa. Por ejemplo, un camisón largo con una bata, o un traje de noche, a veces una máscara. Luego me sentaba en un sofá y le ofrecía la cena. Ésta consistía en que él tenía mis pechos, llenos de leche, a su disposición, aprovechando para chupármelos hasta vaciármelos, mientras yo le enseñaba mis modelos, pues debía ser muy excitante vaciar los pechos a una señora con un antifaz puesto y con aquellos modelos tan elegantes, que a cambio de dejarse vaciar sus pechos se dejaba llenar su coño.

En general, me sentía un tanto ridícula o grotesca con las vestimentas que me hacía llevar en público, demasiado ostentosas y elegantes, pero esto es lo que me hacía ir más caliente. Muchas veces le despedí en el rellano de la escalera, con las luces encendidas y llevando puesto un camisón, una bata de raso y una máscara de cuero que me cubría enteramente la cabeza, como una capucha, que solamente dejaba al aire la boca, los agujeros de la nariz, los ojos y las orejas, arriesgándome a que pudiera ser vista por algún inquilino. Una vez, aprovechando que el vecino tenía un perro que se meaba por las escaleras, y mientras mi Curro me besaba, me meé allí mismo, de pie, echando la orina por el suelo, demostrando así lo caliente que iba y lo perra que me había vuelto. Luego, la bronca de todos los vecinos se la llevó el propietario del perro.

Otra vez habíamos salido y volvimos en taxi al copuladero. Primero habíamos ido a un espectáculo de flamenco y luego a un pub. Los dos íbamos vestidos con ropa de cuero negra, él con pantalones y chaqueta, mientras que yo iba elegantemente vestida, con una blusa roja de satín, mi collar de perlas de tres vueltas. También llevaba una falta de cuero larga hasta los pies, roja, a imitación de una falda flamenca, con volantes y una bata de piel negra, sin botones que también me llegaba hasta el suelo. La falda, por cierto, tenía un agujero que me dejaba el culo al aire. Si me ponía como una perra incluso podía copular con la falda puesta. Un conjunto de correas permitía que pudiera ceñirse por detrás. Gracias a mi bata de cuero podía salir a la calle sin que se notase, pero que permitía a mi bombón me tocase el trasero, metiendo sus dedos por mi culo. En los restaurantes, tenía que comer con la bata puesta, cosa que me gustaba mucho, pues me sentía más señora.

Después de llegar al copuladero, me dijo que antes de copular faltaba algo. Como los dos íbamos de piel, faltaba algo por cubrir, la cabeza. De un cajón sacó dos antifaces de carnaval, con plumas, que cubrían el rostro, excepto la boca, los ojos y las orejas. Con ellas puestas nos contemplamos el uno al otro y estábamos preciosos, los dos de cuero y yo vestida como una gran señora. Nos besamos, uniendo nuestras lenguas, que salían por el agujero de la máscara y luego nos tumbamos en la cama, uno sobre el otro vestidos de cuero. Mi Curro sacó su polla y sus huevos por un orificio de su pantalón, que mientras que mi falda por delante estaba completa, pero por detrás estaba descubierta, amarrándose con correas, cosa que hacía que pareciera completamente cerrada cuando llevaba mi bata de cuero. Así, me hizo poner como una perra, a cuatro patas y tras levantarme la bata de cuero copuló conmigo con la falda puesta, follando vestidos.

Una cosa que me prometió mi Curro era que con la única hembra auténtica con la que copularía era yo. Ahora bien, que eso no significaba que lo iba a hacer con travestidos, hombres y animales. Por ejemplo, en una ocasión en que le esperaba con un camisón de raso rojo y una bata rosa, se presentó al copuladero con un amigo, un argentino de aspecto germano. Me dijo que dado que dado que yo tenía mucha leche en las tetas y él ya había comido, entonces que iba a compartirme. Luego mi Curro le comentó a su amigo que me tenía amancebada y que mis tetas llenas de leche, pues hacía poco había aumentado familia y que era una leche muy buena. Los dos sementales se pusieron a besarme a la vez, juntándose las tres lenguas, que intentaban enrollarse una con la otra Me hicieron sentar en un sofá y cada uno juntó sus labios a una de mis tetas, empezando a chupar. De vez en cuando se paraban de chupar y los dos machos se morreaban entre ellos, animándoles yo a ello dando un majase por sus nucas. También se masturbaban el uno al otro, corriéndose sobre mi camisón. Mientras tanto, mi Curro me metía un consolador en el chocho, más mojado que una charca. Finalmente, mi Curro puso al argentino a cuatro patas y se lo folló allí en medio, mientras yo besaba en la boca a mi bombón y le animaba a que se descargara dentro del culo del maromo.

Resultaba que en la puerta de al lado de nuestro copuladero vivía un matrimonio que tenía un hijo. El chaval me comía con los ojos cuando me cruzaba con él por la escalera y notaba como en ese momento se le empalmaba la polla. Un día que estaba en el copuladero esperando a mi Curro éste me llamó por teléfono para indicarme que no podía venir. Yo estaba desesperada, toda emperifollada y vestida para salir por ahí, con mis tetas llenas y goteando, muy caliente por los afrodisíacos que me había tomado. Entonces oí como los padres de mi vecino se despedían y él se quedaba solo en casa. Me puse lo más voluptuosa posible y llamé a su puerta, con la falda de cuero que tenía el culo al aire y mi bata de cuero. Él se sorprendió al verme, así que tomé la iniciativa y le pedí que me acompañase a mi piso, pues tenía un problema, cosa que hizo sin dudar. Le pedí que por favor se subiese con una escalera a un altillo del armario para acercarme una maleta. Cuando bajo con ella, hice que casi su rostro quedase junto al mío, cara a cara , y sin dejarle reaccionar le besé en la boca. El chico se animó y a los pocos segundos ya era mío. Le animé a que chupara mis pezones, llamándole la atención la leche, que se bebió como si fuera un muerto de sed. Le expliqué que hacía poco había sido mamá, pero que aquella lechecita caliente era solo para él si la quería. En un momento dado me agarró por el culo, sorprendiéndose que quedaba al aire, descubriendo así el secreto de mi falda. El chico no se pudo aguantar más. Se sacó la polla fuera del pantalón y se corrió, llenándome de leche la camisa de satén. Al terminar de ordeñarme, me comentó que en ocasiones había visto por la mirilla de su piso como yo recibía o despedía a mi Curro con una máscara puesta y me pidió que hiciera lo mismo para despedirme de él. Por tanto, me puse una máscara y a él le coloqué otra, no sin antes vestirle de cuero ropa de mi Curro. Estaba tan excitado que me llegó a calentar hasta extremos a los que nunca había llegado. Finalmente, conseguí que me copulase, llenándome de leche de tal manera que cuando semanas después descubrí que estaba preñada, en realidad creo que fue padre era el chico y no mi Curro.

Otra vez se me presentó mi Curro con una bolsa de pañales.y me dijo que me colocara unos. El motivo, que debía aprender a mearme encima, con la ropa puesta, pues esto le calentaba mucho. Por tanto, y para ensayar por casa, cada vez que tenía que mear me ponía el pañal y me lo hacía encima. A las pocas semanas, quiso ver mis progresos. Me hizo poner unos pantalones de tela de color claro y se puso a besarme. Cuando me tenía bien caliente, me pidió que mease y así lo hice, mojando los pantalones y calentando mi tierno culito. Mientras él me besaba y observaba que yo lo hacía con gusto.

Mis progresos en la academia de flamenco fueron excelentes y se lo quise demostrar en nuestro copuladero. Me vestí con un traje de sevillana con una larga cola con volantes y con un buen agujero en el culo, que quedaba al aire.

Cuando él llegó al copuladero, la música flamenca empezó a sonar y yo me situé en medio de la sala empezando a bailar, poniendo en ello todo mi poderío. De vez en cuando le lanzaba miradas y emitía gemidos, demostrando mi pasión, pues ya me sentía como él quería, totalmente andaluza. Al poco él se acercó a mí y tras bailar conmigo unos segundos, me agarró por el culo y nos besamos apasionadamente. Luego, levantando los volantes, copulamos allí, de pie. No solo me corrí, derramando los dos a la vez, sino que aproveché para orinar, demostrando que era suya, dejando el vestido todo mojado.

En marzo fuimos a ver procesiones. Él me recordó que como andaluza que era, debía sentir como muy propia la devoción por las procesiones y que era tiempo de penitencia. En consecuencia, durante esos días, no iba a montarme ni a sorberme las tetas. Ahora bien, que como penitencia debía tomarme raciones dobles de afrodisiaco. Para esos días me hizo vestir de negro, como de luto riguroso, con peineta, mantilla y mantón, y sobre mi rostro y con maquillaje oscuro, siendo observada con admiración por todos, al ver que una señora tan de buen ver como yo era tan devota. Incluso cuando íbamos por la calle me hacía llevar mantón negro sobre mi bata de cuero. Me sentía muy excitada, pues me había tomado un fuerte afrodisíaco que me hacía arder los bajos, en tanto que llevaba horas sin chupar mi leche y mis pezones estaban chorreando. Estaba muy mojada y excitada y no me quería copular. Mientras veía la procesión desde un balcón, mi Curro se presentó vestido de nazareno acompañado de otro también con atuendo de nazareno y con cadenas en los pies. Curro le dijo al tipo que yo estaba triste y que debía consolarme, pues llevaba dos días sin ser montada ni cubierta. Por este motivo, que se pusiera a succionarme la leche que había en mis tetas. Con unas tijeras, Curro hizo un agujero en la capucha del narareno, a la altura de la boca, para que pudiera sacar los labios. Después abrió mi blusa, sacando fuera mis pezones y el nazareno se puso a succionar mi leche. Entretanto, mi Curro le hizo otro corte con las tijeras, a la altura de su culo y se la metió toda. Así, y mientras por la calle pasaban los nazerenos y se cantaban saetas, mi Curro estaba ensartando al nazareno, mientras éste me vaciaba los pechos. Yo, más que gemidos, ronroneaba como una gata en celo. Al día siguiente, y mientras pasaba por la calle la procesión, me apoyé en una ventana vestida con un traje negro, sobre el que me había puesto mi bata de cuero negra y el mantón negro, la peineta y la mantilla. Entonces, mi Curro, acompañado por un maromo negro, se pusieron debajo de mi mantón y mi bata, me bajaron el sujetador y se pusieron a sorberme las tetas. Luego el negro me pasó un buen trago de mi propia leche directamente a mi boca con un buen beso, por si tenía sed.

Finalmente, le dije a llamó mi Curro, mi bombón, que estaba preñada. Se alegró mucho y me dijo que para celebrarlo me pusiera elegantísima porque quería exhibirme y chulearme por sitios caros de Sevilla.

Primero me ordenó lo que tenía que ponerme: en primer lugar, un corsé de material plástico rojo que se ataba con correas negras per delante y por detrás, como un arnés. Llevaba un sujetador de cuero que tenía los centros agujereados, por donde sacaba los pezones, permitiendo que estuviera recto mediante una correa también de cuero que se deslizaba de copa a copa por detrás del cuello. Sobre ello, una blusa roja de seda abrochada por un par de botones y con la parte inferior anudada. En el cuello, un pañuelo de seda camuflaba la correa del sujetador, un pañuelo, todo hay que decir, que llevaba varias manchas de leche de mi vecino, con él que me había limpiado.

El resto de mi indumentaria consistía en unas medias de negras, que se conectaban al corsé con unas tiras y una larguísima falda de charol rojo con volantes que imitaba una falda de traje, con la particularidad de que en la parte del culo tenía un gran agujero, de forma que lo dejaba al aire. En los pies me puse unos zapatos de tacón altísimo, tanto que es imposible caminar a no ser que se sea una auténtica hembra, mientras que me puse las uñas postizas más largas que pude encontrar, tan largas que me impedían coger objetos con las manos.

Además, en mis dedos me coloqué varios anillos, tan sumamente largos que me obligaban a llevar los dedos rígidos, con la particularidad de que estos anillos se conectaba una con se siguiente, así que no podía separar mis dedos el uno de otro. También me puse varias pulseras de oro, bastante anchas y recargadas, mientras que mi cuello se adornaba con un collar de perlas de 3 vueltas, lo bastante largas como para caer por debajo de mis tetas. Unos pendientes también bastante recargados, formados cada uno por un aro de oro y por una figura en forma de ala hacia atrás, que había hecho saldar para que formasen una única pieza.

Faltaba finalmente el maquillaje. Los labios, de rojo pasión así como mucho colorete por los pómulos., que resaltaban con el fondo oscuro que me apliqué en el resto del rostro. Para resaltar mis pestañas postizas, me puse un fondo de ojos azul y una raya lateral negra sumamente pronunciada. Por lo que respecta al pelo, me hice un peinado pegado y de aspecto mojado y lo rocié abundantemente con perfume que se olía a kilómetros. Finalmente, me puse encima mi bata de cuero y sobre él un mantón blanco con tonos en verde. Por cierto, que los dibujos se parecían mucho a pollas lanzando leche. En resumen, que me había convertido en un putón, una señora flamenca emputada… y preñada.

Cuando mi macho llegó, yo le abrí la puerta y comprobé que se había vestido él también para la ocasión, totalmente de cuero negro, chaqueta y pantalones, mientras que la camisa y corbata eran de Versage. Además, también llevaba puesto un largo abrigo de cuero, también negro, por lo que su cuerpo estaba cubierto con dura piel de cabeza a los pies, como yo. Al verme, me dio un beso, que consistió en pedir que abriera bien la boca y me escupió dentro de ella. No pasó de allí, pues me dijo que de momento solamente iba a exhibirme un poco. Al salir, nos cruzamos en la escalera con mi vecinito… Si supiese que era él quien me había dejado preñada.

Subimos a su coche y conducimos un rato, a la afueras. Luego paró en un descampado y tras bajarnos del coche, sacó del capó un cubo de agua vacío y me pidió que meara dentro, pero que lo hiciera de pie, como hacen las hembras. Por tanto, me abrí lo que pude las piernas, no demasiado, pues la falda me impedía grandes movimientos y coloqué mis piernas una a cada lado del cubo y con la falda bajada meé de pie dentro del cubo. Mientras lo hacía le miraba a los ojos, con gesto de hembra golosa y la verdad es que me excitaba su el juguete sexual. Mientras tanto, gotas de orina mojaban los bajos de mi falda.

Después se acercó a mí, me abrazó y me besó apasionadamente. Mientras nos dábamos la lengua, nuestras salivas se mezclaban y pasaban de uno al otro ininterrumpidamente. Entretanto, sus manos me palpaban el culo, que quedaba al aire, y sus dedos se introdujeron en mi ano hasta tocar trozos de mierda, que él restregó un por mi culito, mientras me daba besos, para a continuación limpiármelo todo con toallistas de bebé.

Mi macho me llevó luego a un restaurante a cenar, donde fui la admiración de todos los presentes. En primer lugar me ordenó que por ningún motivo me quitara ni la bata de cuero ni el mantón, pues una auténtica señora andaluza no se quita el mantón ni para follar. Luego, que tuviera siempre en todo momento las uñas bien visibles sobre la mesa, pues aquellas zarpas eran para admirarse y que no me preocupara de la comida, pues él mismo me lo daría a la boca todo, incluida la bebida, que me la pasaría a besos.

Después de cenar me llevó a un pub, situándonos en un fondo y allí empezamos a besarnos, dándonos la lengua desesperadamente y intercambiando nuestras salivas. Con una mano le agarré por el cuello, con aquellas enormes zarpas que tenía en mis uñas. Con la otra mano, mientras tanto, le abrí la cremallera del pantalón y me puse a palparle los huevos, que eran grandes, como de pato, introduciendo mi mano por su bragueta y sacándole la polla fuera, mientras que le decía que ya era mío.

Al rato, mi curro se corrió, enormemente excitado al ver que una hembra tan buena i elegante como yo estaba a su disposición, ahogando sus gemidos con mis besos, llamándole "bombón" de manera entrecortada. Cogí su leche con sus manos y en parte se la restregué por sus pantalones de cuero y el resto me la puse en la boca y se la devolví con un beso, mientras su polla seguía manando leche como una fuente.


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