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Fecha: 16-Sep-10 « Anterior | Siguiente » en Sadomaso

Jude y sus anillos 02

Chopin
Accesos: 6.379
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Llevaba puesto una especie de tanga plateado. Una cadena gris resplandeciente, traspasaba su culo para ensancharse y cubrir el hueco triangular superior de sus nalgas dejándolas expuestas. Parecían doblemente desnudas gracias al contraste con el minúsculo trozo de tela que cubría el hueco del final de su espalda y el comienzo de su trasero . Una sección de igual tamaño dejaba al descubierto la mitad de su prístino pubis antes de adentrarse en la cavidad superior de sus piernas Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Capítulo 11. -

Una vez pasado el control de seguridad, Rebeca aceleró el paso, lo que obligó a Jude a aumentar su zancada, algo problemático debido a sus altos tacones y al plumaje estratégicamente situado. Si no hubiera sido por su entrenamiento ya hubiera tenido varios orgasmos. No sólo le excitaba el plumaje, también la ostentosa exhibición. Si la gente que había en la terminal supiese lo fácil que era tocarla. Gente desconocida, un lugar ajetreado. Ya no solía dedicar atención al giro de sus caderas, al movimiento de su culo o al brinco en los pechos. Las plumas le habían recordado su impúdica forma de caminar, de ir por la vida.

Los pezones le dolían más de lo habitual. Todavía los sentía calientes después de que Rebeca le hubiese retirado los embudos. Y el movimiento forzado por el caminar apresurado de Rebeca, hacía que los pechos también le doliesen. Las plumas parecían llenar su piel de miles de agujas. Sólo mirar a su ama, caminando unos pasos por delante, le permitían aguantar y no caer en redondo.

De repente, sintió que su faldita se subía demasiado. No debía preocuparse por eso, según órdenes expresas de su ama. A pesar de ello, aplicar el sentido común no podía ser mala idea y decidió cambiar de zancada. Le gustaba mucho el paso largo, mostrando sus piernas con elegancia, en un caminar más decidido. Aplicó una nueva zancada más corta, como si llevase los tobillos atados con una cadena. Y para evitar alejarse de Rebeca, aceleró sus pasos, en un trote que tuvo como consecuencia estimular todavía más la piel allá dónde estaba siendo sutilmente acariciada por las plumas. Pechos, culo y pezones fueron las primeras víctimas. Volvió a su ritmo anterior, rectificando y despreocupándose del movimiento de su falda.

Rebeca pareció sentir su agitación interior, se volvió para esperarla y le agarró la cintura, lo que por fuerza elevó algo el vestido y agitó las plumas. El sencillo gesto creó como un suspiro en las plumas que rozaban los pechos de Jude y su piel nervuda mandó los correspondientes mensajes a sus pies, su clítoris, sus labios vaginales y hacia arriba hacia la boca y los lóbulos. Se sintió abrumada con tantas señales recorriendo su cuerpo, como si varios amantes expertos recorriesen exhaustivamente la piel con sus manos y sus bocas. Quería sentir las manos de Rebeca en sus pezones, para exacerbar y para aliviar su deseo, si es que era posible provocar las dos las cosas al mismo tiempo. Entonces se le ocurrió una idea. Besó a su ama con pasión, en medio del corredor. Los pezones y las aureolas de Jude traspasaron parcialmente la membrana de plumas, creando sutilmente con el movimiento nuevas señas de agitación. Los pezones tocaron el terciopelo del vestido de Rebeca, quién sintió en la parte superior de sus pechos como unas puntas agudas trataban sin éxito de romper el tejido.

Eran casi de la misma altura. Los tacones marcaban el desequilibrio y evitaban que los pezones de ambas féminas se rozasen entre sí. Rebeca le condujo a los servicios y no tardó en aglutinar el vestido en torno a la cintura.. Jude dispuso las manos en la nuca y cerró los ojos a la espera de los temibles conos. Sintió el ardor surgiendo de sus pechos, el tirón en los pezones transformados en cerillas ardientes. Los dedos de Rebeca llegaron en auxilio, suavizando el impacto, juguetones y reconfortantes. Explorando el calor de la piel caliente y estirada. Esta vez se quedó acariciando los pecíolos hasta que sintió la respiración de Jude calmada. Volvió a colocar el vestido en su sitio. Las plumas no perdonaron.

Un nuevo traqueteo hasta la cafetería. Rebeca eligió una esquina de la barra. Jude no se decidía a sentarse en el alto taburete. Su acompañante le ayudó a levantarse el vestido preparando a las nalgas para sentir cuero liso y reluciente. Las plumas se amoldaron a su pubis, clítoris y labios vaginales reafirmando su presencia. Las piernas se apoyaron en el exiguo travesaño del asiento en una postura erótica. Como nadie podía verlas por detrás, Rebeca llevó un dedo a la grieta trasera y emplumada de Jude, mandando una seductora serie de caricias mezcladas con el tacto frío y delirante de las plumas posteriores y anteriores. Los pechos se hinchaban con el deseo y la parte cubierta por los conos protestaba al no encontrar espacio. Los pezones no querían encogerse y se expandían hacia la frontera metálica del tubito del cono o la caricia insidiosa de las plumas.

Jude trató con todas sus fuerzas dejar de pensar en los estímulos que el vestido y sus traicioneros movimientos provocaban. La posición en el taburete era extremadamente erótica a la hora de presentar sus piernas. Los largos muslos desnudos y brillantes resaltaban ante la negritud del tejido. El doble ángulo vertical y horizontal que formaban, atraía la vista de Rebeca como un imán. No pudo evitar pasear los dedos y acariciar la fina piel, cambiando su habitual actitud profesional de la oficina por la de una amante frívola. Jude intentó no moverse para evitar la cascada de electrones. Su amante parecía estar juzgando el estado de la epidermis, calibrando si era suficientemente fina y aterciopelada. Si hubiera escogido otro momento, si no tuviera las piernas algo abiertas para poder sostenerse precariamente en el asiento, si no sintiera los muslos tan sensibles debido al plumaje que había estado acariciándola justo ahí mientras andaba. Jude se retrotrajo a su adolescencia, cuando los chicos le subían las faldas y fascinados acariciaban esos mismos muslos sin atreverse a subir. En esta ocasión tampoco ocurriría. No era el placer de Jude el foco importante sino su excitación. La dedicación plena y consentida hacia su amante. Su cuerpo debía ser el lugar despreocupado donde Rebeca pudiera pasar las horas sin contrapartidas. Un espacio dónde experimentar sus fantasías. Y Jude debía colaborar con pasión y orgullo. Sin fallos o errores. Por suerte, las caricias no eran a lo largo de las piernas, como suelen hacer los hombres, sino como pequeños rizos como al acariciar el pelo. Jude no pudo evitar recordar la antigua mata de pubis, ahora perdida para siempre después del tratamiento de depilación permanente. Le gustaría acariciar ese mismo pelo en Rebeca, comprobar su grosor, sortearlo para llegar a su raja. Lo sentía en la frente o en los ojos cuando le procuraba orgasmos.

Llegaron los cafés y los sandwiches. Rebeca se despidió de los muslos entreabiertos con una suave caricia dirigiéndose a su interior y hacia abajo. Jude contrajo las piernas ante el nuevo estímulo sintiendo como una corriente llegaba hasta la vagina y por el sur hasta la punta de sus pies. Con el leve movimiento que hizo, se produjo un ineludible cosquilleo en sus pechos y sus pezones intentaban escapar del cilindro que les aprisionaba mientras las plumas devoraron la punta de los pechos.

Rebeca no pareció molesta por la contracción. Luego se quedó algo pensativa. Jude estaba acostumbrada a largos ratos de silencio como a horas y días de charla con su ama. A Rebeca le encantaba debatir con su subalterna. Comentaba que era un injusto que una doctorada hubiera tenido que buscar un trabajo tan poco adecuado para su formación. Para Jude, no era algo importante. Estaba profundamente agradecida por la ayuda que obtuvo en su momento. Y Rebeca era muy generosa, tanto con ella como con todos sus empleados. Les repartía un cinco por ciento de los beneficios cada año y les compraba opciones de la empresa por valor de otro cinco por ciento con diferentes vencimientos. Nadie se iba de la empresa. Y menos con el crecimiento actual. Todo el mundo creía en la oficina que parte del éxito era debido a la dedicación de Jude a su ama. Como si la relación entre ambas, la sumisión de Jude crease en Rebeca una energía extra para afrontar los retos profesionales y la tranquilidad para disfrutar de un sexo sin contradicciones. Una amante sumisa, dispuesta a dar placer y extremadamente bella.

 

Capítulo 12. -

Llevaba puesto una especie de tanga plateado. Una cadena gris resplandeciente, traspasaba su culo para ensancharse y cubrir el hueco triangular superior de sus nalgas dejándolas expuestas. Parecían doblemente desnudas gracias al contraste con el minúsculo trozo de tela que cubría el hueco del final de su espalda y el comienzo de su trasero . Una sección de igual tamaño dejaba al descubierto la mitad de su prístino pubis antes de adentrarse en la cavidad superior de sus piernas. El conjunto quedaba sujeto por otro conjunto de eslabones ingrávidos por encima de las caderas, Unos filos hilos argentados colgaban del cinturón metálico. Los hilos eran de plata de verdad y, por tanto, su conductividad alta. Había dos que partían de cada lateral y bastante cortos, realzando la silueta. Por detrás, una serie de hebras partían prácticamente del lugar dónde la tela se sujetaba a la cadena, cada una de ellas más corta que en la anterior y espaciadas uniformemente. Si Jude se movía, estos hilos rozaban sus nalgas con un seductor vaivén.

Por delante, las hebras que surgían eran más largas, tratando de ocultar parcialmente los bordes interiores de los muslos y su longitud aumentaba cuánto más se alejaba del centro del pubis y más se acercaba a la parte interior y frontal de los muslos. El efecto era claramente el de llevar la mirada a esa zona mágica de la mujer donde se juntan el cielo y la tierra. Una flecha mirando hacia arriba y cuya punta coincidía con el pubis de Jude. Los muslos alargados y tonificados de Jude quedaban realzados por las hebras suficiente alejadas entre sí como para no esconder la piel que estaba por detrás. Todas las hebras terminaban en unas puntas redondeadas, casi tan diminutas como los propios hilos. Eran unos cascabeles que rozaban la sedosa piel y generaban un sugerente sonido, en parte provocado por el rozamiento y en parte por el golpeteo interior del cascabel.

Las piernas de Jude, adorables como siempre, parecían todavía más largas por el efecto de la tela y las hebras alienadas longitudinalmente con sus muslos. Lo que no podía imaginar un espectador era las corrientes que atravesaban cada uno de los hilos de plata o los mares de electrones que monopolizaban el contacto de la tela con la piel tapada.

Rebeca sacó de la maleta su traje de baño. Era de cuerpo completo, alto en las caderas, realzando al máximo su esbelta figura, todos sus atributos ocultos aunque de manera inevitable, perfilados. La tela era elástica e impermeable. Cuando se bañase, se seguiría sintiendo cómoda y seca. Algo útil si terminaba en una cala recóndita con acceso únicamente por mar o si se entraba y salía continuamente de la piscina. El tejido estaba confeccionado con una novedosa tecnología que permitían a los rayos infrarrojos benéficos atravesar e impactar en la piel. Como complemento, Rebeca llevaba una fina capa de una sustancia protectora para evitar quemaduras en todo el cuerpo. Perduraba una semana. Jude debería untarse de crema solar cada dos o tres horas, según la cantidad de baños. El ungüento era grasoso y dejaba su piel como con una fina capa de plástico que al secarse la tornaba brillante y satinada.

Una bolsa bien cerrada contenía el calzado de ambas, unos zapatos de plástico abiertos y planos para Rebeca, mientras Jude obtenía unos tacones plateados de catorce centímetros con dos cadenitas plateadas, una más cerca de los dedos y otra en la parte media para impedir que el pie se deslizase. Cinco finas hebras similares a las del traje de baño partían de la cadena media y se deslizaban hacia el dedo gordo cayendo a lo largo del ligero eje hundido entre los dos primeros dedos. Cada hebra era algo más larga que la anterior sin llegar a tocar la cadena inferior, de la que surgían tres hebras, estratégicamente colocadas a la altura de las ejes de las hendiduras de los otros dedos, acabando justo en la base de los dedos y sostenían unos cascabeles minúsculos similares a los de su traje de baño.

Jude se miró en el espejo, estupefacta y erotizada. ¿Le dejarían recorrer el hotel de esa manera? Se volvió hacia Rebeca tratando de eludir las señales eléctricas mientras una mano traviesa deslizó la cadenita trasera entre las nalgas de su concubina. La caricia bastó para enviar una fuerte señal desde el culo al resto de hebras, al pubis y los pies encapsulados y elevados. Los muslos recibieron una fuerte descarga debido al roce inevitable de la plata en contacto. Como múltiples dedos acariciando la fina piel de seda.

Rebeca le mostró como debía de mover las caderas, de atrás hacia delante y de lado a lado, llevando la atención a su culo expuesto, a sus muslos y al trocito de tela que ocultaba su tesoro vaginal. Jude practicó el movimiento de sus caderas hasta que Rebeca se sintió satisfecha con la cadencia. Le pidió que caminase. Jude sintió como los pequeños cascabeles cobraban vida propia. El sonido que emitían no resultaba molesto. Sin embargo, no se acomodaban al ritmo que su ama deseaba.

Decidieron pedir unos zumos de naranja y tomarse su tiempo antes de bajar a desayunar. El chico que los trajo no pudo evitar una mirada de admiración al ver a Jude en ese atuendo. Por alguna razón, eso causó más nerviosismo en Jude y comenzó a sollozar. Rebeca comprendió que no era la lascivia del camarero sino al agotamiento de su concubina. Se acercó para abrazarla y besarla. Los automatismos hicieron aparición y la lengua de Jude fue a buscar la boca semiabierta de su amada. Recorría los dientes y se entremezclaba con la lengua escondida de Rebeca. Sus pechos quedaban por encima de los de Rebeca. Los pezones estaban deseosos de ser tocados, acariciados y pellizcados. Desde que le retiró los conos la noche anterior anhelaba el contacto. Cuando Rebeca los pellizcó con suavidad, la electricidad se descargó a los dedos. Luego estuvo acariciándolos hasta que Jude se calmó, lo que tomó su tiempo.

A Jude le pareció natural pedir satisfacer a su ama, quién se negó con amabilidad a pesar de no haber sido lamida por su esclava desde la mañana anterior. Rebeca le trasladó nuevas exigencias. Haría un pequeño esfuerzo de contención y a la vez Jude también, pues durante este viaje los pezones no recibirían la atención que deseaban. O no tan a menudo. Y sobre todo, Jude ya no debía aspirar a ser agasajada continuamente en esa parte de su cuerpo. Eso no significaba que su ama no la desease o no quisiese pellizcarla continuamente. Era una expresión del cambio que debía producirse. Significaba que los pechos ya estaban entrenados. A disposición completa de su ama. Por eso llevarlos desnudos en el hotel sería un símbolo. O los embudos el resto del tiempo. El ardor que llegaba a sentir cuando le colocaban o retiraban los cilindros cónicos de sus senos serían otra manera de entregarse. Anhelante de los dedos de su ama para calmar el dolor. Esperando con las manos en su nuca y los ojos cerrados. Ofrecida y subyugada. Esa sería su nueva búsqueda activa. En cualquier ocasión, llevar a su querida ama a un rincón y solicitar humildemente ser pellizcada antes de retirarle sus nuevos adornos y volver a ser pellizcada después de volver a colocárselos. Pedirlo con un beso pasional, espontáneo. Sabedora del dolor que vendría.

Jude no podía siquiera concebirlo. Si ya el día anterior había sido espantoso sentir como sus pezones ardían, cambiar sus anhelos hasta el punto que fuera capaz de suplicar por ello sería un engaño. No pensaba que Rebeca desease una mentira, tampoco deseaba decepcionarla. Al transmitirle sus dudas, su dueña estuvo de acuerdo. Debía surgir de dentro, como al inclinar ligeramente el top y pedir con todas sus fuerzas ser acariciada mientras sus pezones se enfriaban. Pero acaso no recordaba los largos meses de entrenamiento hasta llegado ese momento. Ahora sería igual. Mientras tanto podían seguir un truco, si no sentía molestias en los pezones o ya no tenía ganas de aplacar con los dedos las sensaciones que experimentaba, entonces se impondría la disciplina de solicitar el roce de los tubitos. Y sentirse doblemente alegre cuando su ama, de motu propio, sin esperar a solicitud alguna, la llevase a un excusado para divertirse con sus pechos. Sería el modo de demostrar amor por parte de cualquiera de ellas. Una expectante por ver pasar los pezones por los estrechos conos, la otra resuelta a sufrir con devoción.

No debía llamarse a engaño. Los pellizcos, con los cilindros puestos, serían mucho más difíciles de soportar. Hasta ahora, se había contenido para acostumbrarla. Ya no lo haría más.

Rebeca dejó de acariciar los pezones de Jude y a modo de prueba le dio un fuerte pellizco en ambas puntas a la vez.. Jude sintió como los pezones sensibilizados después de tanto rato de caricias, quedaban comprimidos y sus nervios enviaron las señales a lo largo de todo su cuerpo. Siguió bien erecta, puso las manos en la nuca y cerró los ojos. No tuvo demasiado tiempo para sentir las tormentas eléctricas que el pellizco produjo. Un cono empezaba a atravesar el pezón todavía dolorido. Un moderno dolor sustituyó al anterior. Abrasador, incontenible. A punto está de abrir los ojos y mirar hacia sus pechos. No tarda en llegar el mismo trato al otro pezón. Con la respiración contenida nota un nuevo pellizco tan doloroso como su precursor. Está a punto de tener un orgasmo, pues con los tubitos comprimiendo parte de sus puntas agudas el pellizco lo siente más intenso. La electricidad le recorre el cuerpo, recordando caminos de fácil recorrido y trazando nuevas rutas. Rebeca se da cuenta de la pérdida de control y tira de los pezones fuertemente hacia delante. Jude evita su orgasmo en el último momento. A duras penas. Estás bien entrenada. Me siento orgullosa de ti. Esas palabras le llenan de satisfacción. No le importa esperar a un orgasmo hasta que su ama decida. Sin más esperas, nota como le retiran los cilindros de un fuerte tirón, el momento más temido. Las puntas de los pezones taladran los tubitos a toda velocidad, rozando el metal, calentándolo y calentándose. En un santiamén se han encogido a la mitad de su tamaño y al instante están otra vez erguidos e hinchados. Duros. No tiene, una vez más, tiempo para pensar en ellos. Los canales nerviosos han vuelto enviar electrones a todas partes, excitándola y frustrándola. Vuelve a sentirse al borde del abismo del orgasmo. Un tirón hacia delante de sus puntas se lo inhibe. Otro pellizco le lleva a la realidad de su cuerpo y de su ama. Espera un tiempo prudencial para abrir los ojos y bajar las manos. Tiene tantas ganas de mimar sus pezones que comienza a acercarse a Rebeca, para pedirle alguna caricia, algo de piedad. Entonces recuerda que ya no le está permitido. Siente tanta sed que se bebe el zumo de un trago.

Su dolor no remite. Si no se mueve no va a poder evitar acariciarse. Se arrodilla, pone las manos a su espalda y espera, como si rogase a su ama permitirle dar placer. Trata de centrarse en el goce de su ama y no en su propio dolor. Rebeca comienza a quitarse el traje de baño y Jude cierra los ojos. Hoy te has ganado el derecho a contemplarme. Jude se estremece al oír las palabras de Rebeca y la corriente va de sus pezones a su vagina. Cuando abre los ojos está cómodamente apoyada en la cama con las piernas abiertas. Nunca la había visto así, con tanta claridad. Abierta y disponible. Siempre le han gustado sus piernas, ahora las admira y disfruta sin trabas. Los hábitos vencen al deseo de seguir apreciando el cuerpo torneado de su dueña. Se inclina hacia delante. No tarda más de unos pocos segundos en percibir el orgasmo de Rebeca. Por su parte, siente como dedos excitados juguetean con sus doloridos pechos. Su lengua y sus pezones, el clítoris y las manos de Rebeca establecen un bucle intenso y desgarrador. Sorprendida, siente como su amada cierra ligeramente las piernas y percibe la piel aterciopelada del interior de los muslos acariciando sus orejas y generando una nueva corriente que atraviesa su cuerpo hasta los dedos y las plantas de sus pies. Suponía que su ama desearía más orgasmos. Casi con decepción se yergue y espera pacientemente manteniendo su posición arrodillada.

Escucha a Rebeca moverse poniéndose el bañador. Telefonea a recepción y pide un desayuno completo para ambas. No van a bajar todavía. Jude espera que sea para poder seguir dándole placer a su ama. Nota una caricia en la nuca y el torrente eléctrico baja por su espalda hasta el ano por la grieta del culo. Una suave presión hacia atrás en los hombros le insinúa que baje sus nalgas hasta tocar sus pies. Rebeca quiere que se quede descansando con los piernas dobladas y algo abiertas, como una esclava de placer de las fantasías eróticas de los adolescentes. Las plantas de los pies junto a las nalgas, la espalda recta, los pechos erguidos, la nuca algo hacia atrás, la barbilla prominente. Siente un contacto ligero en los brazos seguido de la corriente hacia sus orejas y sus pechos. Mueve las manos delante y las coloca en sus muslos con el dorso hacia abajo, palmas ahuecadas hacia arriba. Con el mero contacto en los muslos, su vagina recibe un estímulo. Pagaría por poder girar las manos y acariciarse las piernas con los dedos. Se siente bella y sumisa.

Oye como llaman. El desayuno. Lo dejan en el saloncito de la suite. Al cabo de un rato nota algo en los labios. Abre la boca y empieza a comer. Es una cereza. Cuando termina de pelarla en su boca, siente como la mano de Rebeca está esperando a recoger el hueso. Con mucha suavidad, da un beso, un mohín para depositarlo en la mano de su ama. Son esos los momentos en los que es el ser más afortunado del mundo. No puede verse, no puede tocarse, no se le permiten orgasmos, debe centrarse en su dolor y en el placer de su amante. Nada importa salvo los gestos de afecto de su dueña. ¿Por qué no ha visto esta escena en una película? Vuelve a sentirse bella y sumisa. Y amada.

Una vez acabadas los cerezas, ofrecidas una a una con esmero, siente una caricia que va desde mitad de la espalda hasta la nuca. Después de un nuevo estremecimiento, Jude se dispone a levantarse. Su ama le coge la mano y la conduce al saloncito para acabar de desayunar.

 

Capítulo 13 . -

Mientras desayunaban, Jude cruzó las piernas. Estaba tan a gusto que fue un gesto natural, sin simbolismo, algo cotidiano, no lo tenía prohibido. Toda mujer sabe que es un gesto ambiguo, por un lado cerrando la puerta y por otro seduciendo con la pierna que queda por encima, mostrándola extendida. Su tanga plateado protestó y sus labios vaginales, el pubis y el clítoris notaron como aumentaba la intensidad de la corriente. De alguna manera, supo que así era como Rebeca la quería, centrada en vagina y en sus pechos desnudos, pero comportándose como si estuviera elegantemente vestida. Siguieron conversando. Rebeca quería conocer más de las sensaciones eléctricas de Jude, cómo se originaban, cuánto tiempo duraban y como podía hacer para excitarla más. Jude quería saber más sobre los sentimientos de su ama. Qué le gustaba de su concubina o lo que le molestaba. No estaban acostumbradas a hablar de estos asuntos. Su periplo era el contrario al de una pareja normal que se cortejaba durante meses para terminar en intensos coitos. Jude expresaba una fuerte necesidad de conocer más del mundo interior de Rebeca, pues del mundo laboral y el doméstico era . Las dos se divirtieron de lo lindo al darse cuenta de que Jude actuaba en ese momento como una dulce ama de casa, pendiente de los pocos momentos con su marido trabajador. Rebeca prometió contarle más sobre sí misma, mientras Jude hablaría de sus sensaciones con libertad. Detallaría con precisión cómo y dónde sentía los torbellinos en su piel.

Una vez acabada la cháchara, Jude sintió las manos de Rebeca en sus pechos. Ya no había dolor en los pezones y no había mandado la señal correspondiente. Rectificó con un beso pasional. Al deshacerlo, se dispuso a recibir los conos en su postura habitual. Narró explícitamente como había sentido la corriente ir desde sus labios y lengua hasta las orejas y la punta de su lóbulos. Otro ramal más intenso llegó hasta el clítoris y por ahí a través de las piernas hasta sus pies. Después de volver a tener los pezones abrasados por el ciclo de pellizcos y puntas comprimidas como cerillas encendidas, Jude explicó cómo la corriente realizaba un camino más largo hacia arriba, hasta sus labios y sus orejas y más corto e intenso hacia abajo, hasta la vagina y los pies. Notando ligeramente la corriente en sus nalgas y su espalda. No sólo tenía ganas de acariciarse los pechos, también deseaba calmar a sus piernas erotizadas. Rebeca le recordó que los anillos distribuidores que llevaba en los altos tacones, en la zona del tobillo. Y que el tanga ayudaba a acumular y distribuir energía.

Rebeca le instó a caminar, observando cuidadosamente si el movimiento podía calibrarse para conseguir la sonoridad que deseaba oír. Instó a Jane a dejar de inclinarse. Lo más sencillo sería imaginarse que llevaba el top y la única manera de cubrirse consistía en ir bien erguida. En cuanto Jude cumplió las órdenes, echó los hombros hacia atrás y los pechos hacia fuera recordando las lecciones tan duramente aprendidas. La cintura encogida. La pelvis hacia delante gracias a las tacones y la rutina diaria. No tardaron en comprender el problema. Con los zapatos habituales, los que llevaban los anillos en los dedos gordos de los pies, Jude trazaba un paso largo antes del movimiento de la cadera, la mejor manera de ayudarse para evitar el dolor o atenuarlo. Ésa marcha agitaba antes de tiempo los cascabeles de los muslos y producía un gran retraso en los sonidos provenientes de la cadera y posteriormente del culo. Rebeca le obligó a practicar un nuevo andar hasta que el sonido se armonizó. Cuando comprobó que lo había conseguido, después de un duro trasiego por la suite, le sugirió levantar la barbilla. Los pechos parecían más desnudos y atractivos si no miraba al suelo, alargando la curvatura y destilando seguridad. Estos pequeños detalles, en apariencia nimios, servían para excitar a las dos mujeres.

Con un golpeteo en el culo, Rebeca le mostró el camino al mundo, conminándola a salir de la habitación. Los cascabeles resonaron. No eran excesivamente ruidosos y en un ambiente de salón o en la piscina sólo los escucharían aquéllos que estuviesen bastante cerca. Jude no quería defraudar a Rebeca. Evidentemente, mostrar su culo y sus tetas al mundo era la manera, muy masculina, de presumir de amante. Pero muchas chicas iban en tanga a la playa, no se trataba de eso. El bañador era más bien un atuendo pensado para exhibirla, como lo seria un vestido de noche. Los cascabeles no le permitirían pasar desapercibida y las hebras eran parte del nuevo entrenamiento, pensado para generar nuevos trayectos sensibles en su piel y en sus nervios, un cúmulo de sensaciones eróticas se abriría paso y al igual que ocurrió con los tops, los propios movimientos traicionarían a Jude y serían el motor del deseo.

Bajaron por las escaleras. La combinación de los escalones, los tacones elevados, las hebras que poblaban sin ocultar los pies de Jude y el intensificador en los tobillos ejercieron en los ya quebradizos nervios un desafío imposible. Las corrientes alcanzaban el clítoris de la sacrificada concubina sin camino alternativo. Jude confundía el dolor en sus pezones con el cosquilleo en su vagina y la excitación que su desnudez conllevaba. En una suerte de reflejo, acercó sus manos hacia el bañador plateado y al tocarlo con sus dedos, lo descargó. El torrente eléctrico fue a través de sus brazos a su cabeza, a sus pechos y a sus pezones. Rebeca, paciente como siempre, le cogió las manos con afán protector y censor. Indicando con sutileza que sólo ella tenía derecho a realizar ese gesto. Jude, que no sabía como funcionaba sus zapatos o el bañador, hacía tiempo que intuía que algún tipo de cambio se generaban en los tacones que solía llevar y trasladaban la corriente hacia arriba o la recolectaban abajo. Ahora debería preocuparse del tejido que ocultaba su vagina. Rebeca le acarició levemente la espalda para atraer la atención a otra zona de su cuerpo, generando un escalofrío que recorrió la nuca, los glúteos y el pubis.

Llegar a la piscina fue un gran alivio para la maltrecha Jude. Su desnudez en ese entorno ya no era el centro de atención. Otras chicas mostraban sus atributos. Su atuendo era altamente erótico y llamativo, eso no podía evitarse. La comparación con otras mujeres despampanantes tampoco. Jude sabía que era muy atractiva y, a la vez, su imagen de sí misma era su mayor freno. Su excitación menguó. Las corrientes que había estado sintiendo ya no resultaban tan acuciantes. Los tacones recogidos debajo de la hamaca y los pies libres eran fuente de relajación.

Rebeca sacó un spray de su bolsa de playa y se dispuso a untar a Jude. La decepción se mostró en su cara cuando supo que su ama no iba a usar sus manos sino rociarla. Y no obtuvo permiso para untarse con sus propias manos. Para Jude, cualquier excusa para ser tocada por Rebeca debía ser aprovechada. En cambio, tuvo que levantarse y sentir como era minuciosamente esparcida la sustancia aceitosa mientras mantenía las manos en su cuello a la vista de todo el mundo. Jude se sintió pringosa y comprobó como la piel le quedaba reluciente. Esperó a que se le autorizara a bajar los brazos. Al contrario, Rebeca sacó otra ungüento de la caja de las sorpresas y con ternura se lo fue poniendo en la cara, masajeando toda la piel estirada. Le explicó que era más conveniente algo menos grasoso para esta zona. Jude no podía saber cómo le quedaba sin un espejo a mano. Debía esperar diez minutos antes de mojarse y era preferible que no se tumbase o esparciría el aceite. Bajó los brazos aunque no había recibido el permiso. Con las manos en su nuca había vuelto la excitación y por todos los medios quería volver a ser una chica más en la piscina y no la estrella de la función. Algo que se volvió imposible, ya que Rebeca le dijo que era preferible que caminase un poco.

Jude, de forma inconsciente, se puso los tacones, como hubiera hecho en casa, tan habituada estaba a actuar así. Lo hizo de pie para evitar pringar la colchoneta o malgastar protector . Al agacharse, las hebras de sus muslos se separaron para volver a contactar. Sintió como las cadenitas del zapato derecho enardecían su pierna hasta su triangulito. Cuando se inclinó para ponerse el segundo tacón, el pie derecho protestó al quedar todo el peso sobre él. Los pechos se inclinaron y el culo sobresalió por detrás. Estaría bien que siempre te los pusieras de pie. Una petición o una orden. Jude asintió, contenta de satisfacer a su ama, más después de haber llevado las manos hacia el interior de sus piernas en la escalera. Rebeca le comentó que cuando se hubiera secado, pasara por recepción y le recogiese un par de periódicos si no le importaba. Sin más, se tumbó boca abajo para tostarse la espalda y dormitar un poco. Jude comenzó su peregrinaje y recordó mantener su barbilla elevada, sintiendo como el aire a duras penas penetraba en los poros aceitosos. Los tacones y el tanga volvieron a cobrar vida, las hebras retornaron a su labor, los cascabeles anunciaron a su portadora y la electricidad recorrió su cuerpo. El aceite obligaba a los electrones a profundizar en su recorrido, a buscar senderos difusos por debajo de la piel. El paseo alrededor de la piscina le permitió observar detenidamente quién se chamuscaba al sol. Casi todo eran mujeres. Algunas de gran belleza. Un par de ellas, desnudas o con un mini tanga. Otras en topless como ella. Puede que fuera un hotel para lesbianas. Caro y exclusivo. Volvió la atención a su interior. Barbilla elevada. Sentir las hebras, una a una. Reconocer los síntomas de la excitación y trasladar toda esa energía al sitio adecuado. Rebeca le decía que lo llevase a sus labios vaginales, no a su centro de amor. Con ese bañador era más difícil, gracias a su poder de atracción estético y eléctrico. Y a sus pezones doloridos. Suavizar el ardor con las conexiones que continuamente sentía. No desdeñar los roces a su clítoris por su bañador ni las corrientes generadas por las cadenitas, los cascabeles o los movimientos de su cuerpo. Su ama le acariciaba a través de ellos, para mantenerla preparada por si deseaba usarla. Quitar de su mente otro tipo de ideas. Como había hecho cuando entrenó sus pechos.

Sus tetas exhibidas eran una confirmación de sus ideas. Dispuestas sin subterfugios o fugazmente como había ocurrido hasta entonces, No había peligro de un orgasmo aunque una horda de pervertidos se adueñara de ella. El deseo que inspiraba era un halago para su ama. Trofeos exhibidos. Los pezones ardiendo simbolizaban los eternos pellizcos de su dueña. Por su parte, ella tenía que mejorar en el control de su cuerpo. Contener su agitación lo suficiente como para evitar un orgasmo inapropiado y a la vez mantenerse cerca de él, reflejándolo pasión. Llevar sus labios a los de su amada, aunque significase pedir los conos de nuevo. Adelántandose a los caprichos o los juegos de su amante.

Giró las caderas para hacer sonar los cascabeles. Mantuvo una zancada corta para que el sonido bello y armonioso surgiese desde el mal llamado tanga. Y miró al frente, mostrándose con esplendor. Orgullosa de ser contemplada, con sus pechos erguidos culminados por unos pezones duros como diamantes y deseosos de ser acariciados eternamente. Sus piernas infinitas y su culo prieto rogando ser azotado. Atrayendo las miradas. Sabía que estarían ahí. Los observadores no necesitarían bajar la vista o desviar los ojos, tal y como hacían muchos hombres a la hora de disimular. Con ella no sería necesario. La corriente fluyó hacia la vagina envuelta de metal y Jude trató por todos los medios de llevar la atención consciente a los pechos danzantes, fieles compañeros de la música que generaba, y evitar de esa manera las tentaciones que acechaban al corazón entre sus piernas.


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