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Fecha: 07-May-12 « Anterior | Siguiente » en Gays

Ni contigo ni sin tí... Introducción

atsitaler
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Tiempo estimado de lectura: [ 4 min. ]
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Aquí empieza la historia de encuentros y desencuentros de Raúl y Samuel. Su relación está en el dificil punto en el que podría convertirse en algo serio o bien diluirse para siempre... Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

El sol iluminaba todo el dormitorio cuando desperté, ya tarde, aunque a Samuel parecía no importarle, seguía en los siete sueños, acostado a mi lado, vuelto de espaldas y acurrucado.

No pude evitar el impulso de acercarme a él, aunque intenté hacerlo con suavidad. Me pegué a su espalda y pasé mi brazo por su cintura, llenando de pequeños besos su cuello, acariciando su oreja con mi nariz.

 

  • Mmm.... - se revolvió sin intención de abrir los ojos.

     

  • Buenos días guapo – susurré en su oreja, mientras me acercaba más a él, que rodeó con su brazo el mío, sujetándome por el codo, atrayéndome, como para impedir que me separase.

     

  • Duérmete un poco más, anda, es domingo...- dijo con los ojos cerrados.

     

  • Espera, voy a beber agua.

 

Me levanté y fui hacia la cocina, donde me bebí un par de vasos de agua seguidos, la verdad es que la fiesta de la noche anterior se me había ido un poco de las manos y la resaca me había dejado la garganta seca. Eché un vistazo al reloj, eran más de las doce, así que, en lugar de en la cama otra vez, me metí en la ducha para despejarme, y después volví a la cocina a prepararme algo para comer. Estaba abriendo el congelador cuando apareció por fin, apoyado en el marco de la puerta, aún en boxer, desperezándose.

 

  • Creí que volvías....

 

  • Era un poco tarde y tengo que trabajar – contesté intentando obviar el tono de reproche y que mi respuesta tampoco lo pareciera, mientras metía un plato de lentejas en el microondas.

     

  • ¿Hoy? no te toca... - señaló la planilla, pegada en la puerta del frigorífico con un imán, extrañado.

     

  • Esta tarde, sí, se lo cambié a Sonia, tenía una comunión... te lo dije – sabía como acababa esa conversación, así que me arrepentí de haber dicho las últimas palabras, pero salieron de mi boca por su cuenta, de forma automática. Puede que no debiera importarme que se hubiera pasado durmiendo la mañana que teníamos para estar juntos, pero lo hacía.

     

  • Puff... no me acordaba. Bueno, no sé, te recojo al salir y tomamos algo por ahí, si quieres – Se acercó por detrás a mí, que ya estaba sentado a la mesa y había empezado a comer, acariciándome los hombros.

     

  • Claro, si no es muy tarde para ti... pero mejor quedamos en otro sitio, donde te apetezca cenar – Me sorprendió por inesperada la comprensión acerca de mis turnos, no estaba acostumbrado a ella, aunque sugerir que no me recogiese fue, ahora sí, tensar demasiado la cuerda.

     

  • Genial, ya suponía que no querrías verme asomar por el hospital... pues nada, ya te mando un mensaje y te digo algo, voy a darme una ducha y me visto, comeré en mi casa – se separó de mí y salió disparado hacia el baño, sin darme apenas tiempo a reaccionar.

     

  • Samuel... no te pongas así... abre la puerta – le dije a través de ella – entiéndeme...

 

La puerta se abrió y Samuel se lanzó a mi cuello, besándome con ansia, sin darme tiempo a decir nada. Bajó sus labios por mi cuello, mientras sus manos me recorrían el torso. Me desarmaban sus caricias, su deseo hacia mí.

 

  • Dios... cómo me pones – mi erección a esas alturas era más que evidente.

     

  • Y tú a mí, Raúl, me tienes loco, te quiero.... déjame demostrártelo.

     

  • Cielo, tengo que irme...

     

  • Shhhhh... aún hay tiempo, déjame a mí.

 

Volvió a taparme la boca con sus labios, venciendo mi débil resistencia... nos besamos con pasión, jugando con nuestras lenguas, y llevó su mano a mi bragueta, desabrochó los botones y empezó a tocarme la polla, que respondió a sus caricias creciendo y endureciéndose más.

La sacó del boxer y se arrodilló ante ella, yo cerré los ojos apoyándome en la pared y me dejé llevar por el placer que me daba, olvidándome del reloj. Comenzó a lamerla despacio pero no tardó en meterla en su boca, rodeándola con sus labios, presionándola suavemente, sin dejar de pasar su lengua, recorriéndola mientras me miraba a los ojos, jugando con mis testículos entre sus dedos, acariciándome el perineo. Empecé a mover mis caderas instintivamente, acompasándome al ritmo de su cabeza, cada vez más rápido, hasta que exploté en su boca. Se puso de pie frente a mí y nos volvimos a besar, hasta me sacó de mi ensimismamiento, susurrando en mi oído:

- Vas a llegar tarde....

- Dios... qué pocas ganas de trabajar ahora, pero tienes razón. Esta noche nos vemos, y te compensaré – Le dije sonriendo, a modo de despedida. Me recompuse la ropa, y salí corriendo hacia el hospital.



© atsitaler

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