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Fecha: 10-May-12 « Anterior | Siguiente » en Gays

Ni contigo ni sin tí (I)

atsitaler
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Samuel echa la vista atrás para revelarnos algo más de su relación con Raúl, y la historia avanza, esta vez desde su punto de vista Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Cuando Raúl se fue me metí en la ducha, aún caliente por nuestra despedida...me había quedado con ganas de más, de seguir recorriendo todo su cuerpo sin prisas ni descanso, puede que invitarle a compartir el baño conmigo, y sí, amarnos hasta fundirme con él. Me volvía loco verle fuera de sí en mis manos, ser capaz de lograr que gritase pidiéndome más, saber que había conseguido acabar con todas sus defensas, con su formalidad y esa seriedad de carácter que con el tiempo yo había aprendido a sobrellevar, aunque en principio me parecieran un escollo insalvable para poder pensar en llegar a algo más con él. En cierto modo, eran esos momentos de conexión íntima, en los que creía llegar a conocer su verdadero yo, los que me seguían haciendo creer que merecía la pena seguir a su lado.

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Sea como fuere, ahí estábamos, casi un año después de nuestro primer contacto.

Ese día él había salido con un par de amigos, que, más lanzados y sociables - además de con otras expectativas esa noche - no tardaron en encontrar nueva compañía, dejándole colgado en la barra, dando cuenta de una última cerveza que tenía a medias, antes de desertar e irse a casa.

Me fue imposible no fijarme en él, atraído por su actitud ausente; su cuerpo – y qué cuerpo: aún enfundado en una simple camiseta negra y unos vaqueros, como sin pretender llamar la atención, se revelaba definido y cuidado - estaba allí, pero su mente parecía a kilómetros de distancia. Y me propuse traerla de vuelta, así que me acerqué a la barra, aún a riesgo de ser rechazado por quien no parecía tener interés alguno en entablar conversación.

 

  • Perdona, ¿tienes fuego? - Me dirigí a él con un cigarro en la mano.

     

  • Lo siento, estoy dejando de fumar – contestó educado, pero volvió a su cerveza, sin dar muestras de percatarse de mis intenciones, ni darme pie a seguir hablando.

 

Abusando de su buena educación, intuyendo que debido a ella no iba a rechazarme tajantemente, decidí alargar el diálogo, con la esperanza de que me revelase algo más sobre él.

 

  • Haces bien, yo también debería. De momento, y para apoyarte, creo que no me fumo éste – le sonreí guardando el cigarro y me senté en un taburete libre a su lado – Samuel, encantado – dije alargándole la mano.

     

  • Raúl, igualmente.

 

El apretón de manos, firme a la vez que delicado, por la suavidad de sus manos, terminó de convencerme de que querer seguir conociendo a ese morenazo de grandes ojos negros que olía a vetiver.

Y parece que los astros se alinearon en mi favor, porque, a pesar de mi convencional entrada, Raúl decidió quedarse un poco más y pedir otras dos cervezas, una de ellas para mí, mientras las palabras fluían con facilidad, tanta que, dos horas después, cuando resolvió, ya sí, irse a la cama, creí que habíamos cruzado la línea de no retorno hacia la amistad, con lo que no estaría invitado a acompañarle. Y cierto es que esa noche no nos acostamos. No fue suficiente la agradable velada para que se saltara la que, me dijo al despedirse, era su regla de oro.

 

  • ¿Me darías tu teléfono? No acostumbro a tener sexo en la primera cita, así que me gustaría volver a verte.

 

Casi me caigo del taburete al oírle. Me había conseguido desarmar, pillándome con la guardia baja por lo inesperado de la situación, y sorprendido por el tono casi solemne de sus palabras, a mí... que creía estar de vuelta de todo, y haber oído todo tipo de ofrecimientos en mis treinta años de vida.

 

  • Aquí tienes – Le apunté el número en una servilleta y se la di, intentando que no se diese cuenta mi estado, de estupefacción y nervios a partes iguales.

 

 

Los días que tardé en volver a verle no pude quitármelo de la cabeza, había conseguido que mi mente se mantuviera ocupada recreando una y mil veces el prometido encuentro. Pero en ninguna de ellas llegué a acercarme a lo que fue en realidad aquella primera vez.

 

Quedamos en su casa una noche, después de cenar, y volvió a sorprenderme llevando la iniciativa, ofreciéndose sin demasiados preámbulos a hacerme un masaje, para, según dijo, practicar lo aprendido en el último curso que había hecho. Me quité la camiseta, sentándome a horcajadas en una silla, con mi pecho apoyado en el respaldo, y ofreciéndole mi espalda. Enseguida noté sobre ella sus suaves manos, que había calentado previamente frotándolas entre sí e impregnado en aceite, e hicieron que se me electrizase el vello, mientras iba trabajando a conciencia mi espalda, deshaciendo los nudos que el trabajo y la tensión acumulada se habían encargado de atar en mis músculos dorsales.

 

  • Tienes la espalda muy cargada – me dijo, sacándome del estado de relajación al que sus manos me habían llevado.

     

  • No es lo único... y si todo sabes descargarlo así... - casi me avergonzó hablarle en esos términos, temiendo que se asustase y me echase de su casa, pero, con sólo imaginar la destreza de sus manos en otras partes de mi anatomía, me estaba empezando a impacientar.

     

  • Jajaja – él sonrió divertido, y yo respiré aliviado – no tengas prisa, tenemos toda la noche por delante. Además, yo no te dije dónde sería el masaje, fuiste tú el que lo quiso en la espalda.

     

Se retiró un poco, en lo que interpreté como una invitación a levantarme, y así lo hice. Me di la vuelta para encontrarme de lleno con su presencia. Me aproximé a él y le quité la camiseta.

 

  • Creo que yo también puedo ayudarte a relajarte – le dije, antes de acercarme y probar por fin sus labios.

     

Fue un beso lento, largo, reconociendo nuestras bocas con la lengua, que disfrutamos en sí mismo, aunque también fuera el principio de lo que los dos estábamos esperando. Una noche del mejor sexo que ambos recordábamos haber tenido en mucho tiempo.

 

Como me hizo suponer el masaje, en cuanto llegamos a la habitación y caímos desnudos en la cama, enredados, el contacto de sus manos expertas recorriendo cada rincón de mi piel no hacía otra cosa que acrecentar mi deseo. Me enseñó aquella noche a tener paciencia, a gozar de cada caricia, cada roce de sus dedos: en mi nunca mientras nos besábamos, cuando sus manos bajaron por mis hombros... su boca también descendía, lamiendo y besando mi esternón, deteniéndose en mi ombligo, explorándolo con su lengua, entretanto sus manos seguían su viaje lento e incansable por mis costados. Para cuando su boca llegó por fin a su destino, mi polla estaba esperándole firme y dura, como se merecía después de tan largo recorrido, y mis ganas de él más vivas que nunca, como atestiguaban mis gemidos, que no pudieron más que subir en intensidad y volumen cuando empezó a lamer mi polla suavemente, rodeando el glande con su lengua, presionando con sus labios alrededor del tronco mientras acariciaba mis testículos deslizando los dedos hacia el perineo y mi ojete... si seguía así no iba a tardar en correrme, así que le pedí que parase, y cuando volvió a subir al encuentro de mis labios le dije que quería follarle, a lo que contestó que lo estaba deseando, y yo no estaba en condiciones de hacerme de rogar, así que ahora fui yo el que bajó por su cuerpo hasta llegar a su entrepierna, su erección no se quedaba atrás, y mientras le pajeaba con la mano empecé a lamer su ano en círculos con la punta de la lengua, un anillo prieto y ardiente de deseo. Raúl gemía tímidamente, así que decidí enseñarle yo las bondades de la velocidad, aumentando el ritmo de mi mano en su polla y mi boca se volvió loca chupando su ojete, dilatándolo más rápidamente de lo que creía, y empecé a meter dos de mis dedos, terminando de prepararle para la penetración. Subí a su boca, ahogando sus gemidos con mis besos, mientras mi polla se abría paso en su ano estrecho, húmedo y caliente, para empezar una follada suave y profunda en un principio, que fue derivando en un mete-saca frenético hasta que nos corrimos los dos, exhaustos y sudorosos.

 

 

Salí de la ducha más relajado, tras masturbarme pensando en ese primer polvo; el primero de muchos y excitantes encuentros sexuales, intercalados con interminables conversaciones, visitas culturales, salidas gastronómicas con amigos, ratos muertos viendo la tele en su casa o en la mía... y, como no podía ser de otra forma en tantas semanas, algún que otro desencuentro. Algo que, había que reconocerlo, era demasiado frecuente últimamente.

En ocasiones porque su ritmo de trabajo no ayudaba a encontrar tiempo en común - entre los turnos del Hospital y que su pasión por la enfermería le hacía apuntarse a cualquier curso y congreso del que le llegaba información -, y otras veces porque parecía dar un paso atrás cada vez que yo intentaba hacerme un hueco un poco mayor en su vida - queriendo conocer a sus amigos o compañeros de trabajo -, lo cierto es que sentía que nuestra relación no avanzaba desde hacía un par de meses. Y, lo que era peor, empezaba a importarme demasiado que no fuera a ninguna parte.

 

Salí de su casa cerrando la puerta y dejando la llave en el buzón, y me fui a la mía a comer, me preparé una ensalada de pasta y pasé la tarde frente al televisor, hasta que sonó mi móvil. Era Víctor, uno de mis amigos, con los que salimos anoche, para ver si nos tomábamos un café; le dije que Raúl estaba trabajando, y que mejor se viniera a casa, quería estar descansado para poder disfrutar al 100% de la cena con él, ya que casi no habíamos podido estar solos el fin de semana. Pasamos el resto de la tarde echando unas risas, y cuando se fue a cenar me arreglé – más que de costumbre, me puse una camisa entallada y chaqueta, aunque elegí unos vaqueros para quitarle seriedad al conjunto – y decidí que era buen momento para llevarle a Raúl una camiseta que había visto en un escaparate días atrás, cuando salí a tomar café de la oficina, y me había gustado para él. Estaba dispuesto a poner todo de mi parte para cambiar la tendencia de rutina en la que estábamos inmersos, y me pareció un buen punto de partida. Le mandé un sms diciéndole dónde estaría, y le esperé allí mientras me tomaba una cerveza y echaba una ojeada al partido.

 

Llegó sobre las 22.30h, yo había elegido un bar que no quedaba demasiado lejos del hospital para que no tuviera que mover el coche y no perdiese mucho tiempo en el trayecto.

 

  • Hola... ¿qué tal la tarde? - pregunté, intentando ser amable, aunque por la cara que traía no hacía falta ser muy avispado para intuir que debía haber sido movida.

     

  • Complicada, pero bueno, da igual, ya se acabó – intentó una sonrisa que se quedó a medias, se le veía realmente cansado - ¿y tú? ¿qué has hecho?

     

  • Bueno, ya sabes, vaguear, como en todo domingo que se precie. Se vino Víctor un rato y echamos la tarde en mi casa.

     

  • ¿Víctor? ¿El de anoche? - aquel inocente comentario parecía haberle despertado de repente.

     

  • Sí, el que te presenté ayer. Me llamó para tomar un café y le dije que estabas currando, así que se vino a casa – me escuché y pensé que no había sonado demasiado bien, pero ya estaba dicho.

     

  • Ya, supongo que se habrá alegrado de que yo no estuviera – dijo, cada vez más molesto.

     

  • No veo por qué – contesté, intentando mantener la calma.

     

  • Pues debes ser el único que no vio sus miraditas en el pub, no te quitaba el ojo de encima mientras bailabas – espetó, ya sin cuidado alguno.

     

  • Venga ya, Raúl, no saques las cosas de quicio... jaja – no pude evitar reirme, por lo absurdo de la situación.

     

  • Ya veo que te parece gracioso... pues a mí no me hace ninguna gracia. Bueno, ¿pedimos? - abrió la carta de tapas, enfadado, ocultándose tras ella.

     

  • ¿Sabes qué? Ya no tengo hambre, así que pide tú lo que quieras, yo me voy a casa. ¡Ah! Por cierto, esto es para tí, espero que te guste – Le alargué la bolsa con la camiseta y salí del bar realmente cabreado. La surrealista escenita de celos sin fundamento alguno había torpedeado mis buenas intenciones para esa noche, y cada vez tenía más claro que así no podía, ni tenía por qué, seguir.



© atsitaler

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