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Fecha: 13-May-12 « Anterior | Siguiente » en Gays

Ni contigo ni sin tí (II)

atsitaler
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Creo que es mejor dejar esto aquí, tú te mereces alguien que pueda darte lo que quieres, y no voy a darte falsas esperanzas... yo no soy esa persona (Entrega sin sexo, pero con muchos sentimientos) Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

 

Al pensar en este capítulo, fueron surgiendo en primer lugar una serie de canciones que explicaban las situaciones generales por las que pasaban los personajes desde su punto de vista, y a partir de ahí las fui desarrollando y construyendo. Copiando a varios autores que utilizan este recurso (y a los que agradezo abrirme los ojos a esa posibilidad), dejo sus títulos y autores para que si alguien quiere pueda escucharlas en los momentos que me han inspirado. Espero que os guste, yo he disfrutado mucho escribiéndolo, aunque ha sido complicado.

 

 

Raúl dejó en la mesa dinero suficiente para pagar las bebidas y salió del bar detrás de Samuel, que esta vez no parecía tan dispuesto como en otras ocasiones a dejarse alcanzar. Apretó el paso hasta llegar donde estaba y le agarró del brazo.

 

  • Espera, por favor...

 

Samuel se desembarazó de la mano de Raúl, que le atenazaba, dándose la vuelta. Quedaron frente a frente. Le miró directamente a los ojos, con el semblante triste.

 

  • No puedo. Lo siento... hoy no. Estoy demasiado cansado.

 

Hubiera dado cualquier cosa por que se conformase con esas palabras y lo dejase estar, pero Raúl le contestó, con gesto de desaprobación.

 

  • Te dije que sería muy tarde para tí quedar cuando saliera, no tenías que hacerlo si no querías.

     

→ Aquí recomiendo escuchar, para ilustrar lo que siente Samuel, Jorge Drexler: Uno

http://www.youtube.com/watch?v=Bqlm61VIGZQ

 

Samuel le sostuvo la mirada, aunque dolido por el nuevo golpe y la superficialidad que supuso su respuesta. Tan inteligente como era, a veces Raúl no entendía nada, pero él iba a hacer un último esfuerzo por explicarse.

 

  • No se trata de eso. No estoy cansado porque sea domingo por la noche y tenga que madrugar mañana. – hizo una pausa para tomar aire y continuó hablando - Estoy cansado de esperar que esto avance... de querer que lo haga y ver que no, de hacerme ilusiones que cada vez me doy más cuenta que son solo mías... supongo que no es culpa de nadie, de ninguno de los dos, pero lo cierto es que yo quiero más de tí, más contigo, y cada vez que intento dar un paso en esa dirección, tú frenas en seco. Y ya está, no te nace, no lo sientes, no pasa nada... pero si no vas a darme más, tampoco te atrevas a dudar de lo que yo quiero darte, yo te quiero, Raúl, más de lo que debería, y por tanto más de lo que quisiera, por eso no pondría lo nuestro en riesgo por coquetear con nadie, sin embargo, Víctor es mi amigo, y eso no va a cambiar, como tampoco el que estoy dispuesto a seguir esperándote... si es cuestión de tiempo.

 

Samuel guardó silencio por fin, después de vaciar su corazón delante de Raúl. No había planeado así esta noche, no es que tuviera nada pensado respecto a lo que iba a hacer con sus sentimientos, pero quizá su primera opción hubiera sido seguir esperando a que él se diera cuenta de que quería lo mismo, si las cosas no se hubieran precipitado, si Raúl no hubiera provocado una nueva discusión y después salido detrás de él... quizá hubiera visto las cosas de otra forma al día siguiente, con más calma y perspectiva, con paciencia y esperanzas renovadas. Pero no había sido así, y ya estaba todo dicho... al menos por su parte. En cierto modo se había quitado la pesada carga que llevaba encima últimamente.

 

→ Para ilustrar lo que siente Raúl, El Arrebato y Antonio Vega: Hoy me dió por ser honesto (es lo que SIENTE, no lo que le dice...)

http://www.youtube.com/watch?v=HiBcjvchX3I

 

Raúl le escuchó frente a él, callado, serio. Hace tiempo que tenía la sensación de que esa situación no tardaría en llegar. Y había llegado el momento de enfrentarse a ella.

 

  • Bueno, tú lo has dicho, no es culpa de nadie. Y la verdad es que no sé, en realidad yo estoy bien así, no busco algo más, lo siento si te ha dado esa impresión. Además, también estoy cansado de malentendidos y discusiones, supongo que porque no queremos lo mismo, así que creo que es mejor dejar esto aquí, tú te mereces alguien que pueda darte lo que quieres, y no voy a darte falsas esperanzas... yo no soy esa persona.

 

Samuel intentó mantener la dignidad después de haberle caído encima esas palabras, pesadas como una losa. Agradeció su sinceridad, aunque eso supusiera perder toda esperanza de llegar a lo que tantas veces había soñado. Al fin y al cabo, no era más que la confirmación de lo que quizá ya sabía hace semanas y no había querido aceptar. Pero ahora no tendría más remedio. Aún así, le quedó cabeza para quemar un último cartucho. No quería despedirse de esa forma, en la calle, y echó mano de la excusa más creíble que le quedaba para volver a verle una última vez, en territorio conocido.

 

  • Claro, siendo así, si tú lo tienes tan claro, será lo mejor. – intentó no sonar afectado, aunque eso supuso hacerlo como un autómata - No sé si te acuerdas de que tengo tu declaración de la renta en el despacho, ya está presentada, puedo pasar mañana por la tarde a llevarte todos los papeles a tu casa.

     

Pero Raúl no iba a ponérselo fácil:

 

  • Pasaré yo por tu oficina a recogerlos, si no tienes inconveniente.

     

  • Como quieras, está bien.

 

Samuel no encontró forma de negarse y llegó el momento de separarse, tras rechazar el cortés ofrecimiento de su recién estrenado ex para acercarlo en coche. Prefirió volver andando a casa, y así lo hizo, con la bolsa que había llevado para él, y le había sido devuelta sin abrir el paquete de su interior, ya que un regalo en un momento como ese carecía de sentido.

 

Fue una despedida fría, mucho más que la negra oscuridad bajo la que caminaba Samuel, en la que la brisa brillaba por su ausencia, parecía haberse detenido para acrecentar la asfixia que sentía. Le faltaba el aire, y el llanto empezó a emerger de sus ojos, lentamente, fruto de una profunda tristeza.

La certeza de no volver a disfrutar de la compañía del hombre al que amaba le parecía mucho peor que todas las dudas que había sufrido durante su tiempo en común. Al menos entonces quedaba espacio para soñarle cuando no estaban juntos, para imaginar lo que podría ser la vida con él. Un espacio que había desaparecido definitivamente tras esa noche, en la que las palabras de Raúl no dejaron resquicio alguno para esas fantasías.

No pudo evitar preguntarse desde cuando todo había empezado a ser mentira, cuándo habían perdido la conexión que inicialmente les había unido, qué había hecho mal para que el sueño terminase en pesadilla. Pero eso ya no importaba, ya sólo quedaba la cruda realidad. Estaba solo de nuevo, volvía a confirmarse que el amor era una absurda pérdida de tiempo, o al menos no era para él. Sólo esperaba no olvidarlo tan pronto como la última vez, se prometió a sí mismo que no iba a volver a enamorarse.

Al pasar por una papelera depositó la bolsa con la camiseta, no quería conservar nada que le hiciese pensar que aquello era real, prefería poder seguir recordando los momentos mágicos, y desde luego, esa camiseta no le recordaba a ninguno de los que había vivido con Raúl. Aceleró el paso, deseando llegar a casa, aunque una vez allí se dio cuenta de que no se sentía mejor, tenía un nudo en el estómago, y se había quedado sin fuerzas. Se desvistió y se metió en la cama, donde apenas pudo descansar, con el solo pensamiento en su cabeza de volver a ver a Raúl al día siguiente. Habían pasado mucho más tiempo sin verse estando juntos, pero esa noche la espera se le hizo eterna.

 

 

Raúl se dirigió al coche con paso rápido, alejándose del punto en que se había separado de quien ahora sabía que tenía la llave de su felicidad. No se había equivocado con Samuel; tras su imagen frívola y expansiva, donde muchos sólo veían un atractivo chico fácil dispuesto a disfrutar del sexo sin inhibiciones, había mucho más: una persona inteligente, sensible, íntegro, sin dobleces... de esas que no se encuentran a menudo, y le hacen sentir a uno dichoso de tenerlas a su lado.

Se había dado cuenta desde sus primeras citas; el chico castaño de profundos ojos verdes que le abordó en una patética noche en la que le habían dejado colgado, además de volverle loco en la cama, tenía todo lo que había estado buscando en un hombre. Estaba claro que uno nunca sabe él momento y el lugar en el que puede cambiar su vida.

Y no contento con mostrárselo una vez, cuando le puso en el camino a Samuel, el destino había decidido en menos de un año enseñarle de nuevo que él tenía la última palabra. Si entonces le dio la ocasión de vivir los momentos más felices de su vida, hace un par de meses le demostró que también podía hacerle pasar los más amargos. Aquellos por los que había decidido que pasaría solo, sin el que tenía la seguridad que era el hombre de su vida, ahora más que nunca, después de oír de su boca las palabras que no le hacía falta escuchar; transparente como era Samuel, hace tiempo que sabía lo que le había confirmado esta noche.

Supo que estaba haciendo lo correcto cercenando de raíz esas ilusiones, y sólo se reprochaba no haber sido capaz de dar el primer paso mucho antes, de haber alargado una relación que no podía alimentar, de haber dejado crecer esos sentimientos en quien se merecía algo mejor que la vida que le esperaba a su lado, del que no se habría ido nunca por su cuenta.

Llego al coche, se sentó en el asiento del conductor y, dejando caer su cabeza sobre el volante, lloró desconsolado. Si las últimas semanas habían sido duras, por su situación y la actitud distante y esquiva que había mantenido con Samuel, preparando el terreno para lo que acababa de pasar, no lo sería menos lo que tenía por delante, ahora sin la presencia de lo único que iluminaba su vida.

Tras desahogarse se secó las lágrimas y se dirigió a su casa, donde recopiló los objetos que se había ido dejando su compañero por el piso durante estos meses; algo de ropa, unos cuantos libros, su cepillo de dientes... metió todo en una bolsa que dejó junto al portal del piso, y se desnudó para meterse en la cama, echo un ovillo, donde pasó la noche en vela, sin poder pegar ojo.

 

Al día siguiente, ninguno de los dos pudo desayunar.

Samuel llegó temprano a la oficina y se encerró en el despacho, sin ganas de ver a nadie, intentando concentrarse en los papeles y obviar los comentarios de sus compañeros, para los que no habían pasado inadvertidos los signos de la mala noche en su cara.

 

Por su parte, Raúl espero a que dieran las nueve para llamar por teléfono.

 

  • ¿Sí?

     

  • Mateo, soy yo... oye, necesito que me hagas un favor.

     

  • Dime, ¿estás bien?...

     

  • Sí, no te preocupes. Es sólo que he quedado esta mañana en ir a recoger mi declaración de la renta a la gestoría donde trabaja Samuel, y no me gustaría ir sólo. He roto con él.

     

  • Raúl...

     

  • ¿Vas a acompañarme o no?

     

  • Paso por ti... ¿en media hora?

     

  • De acuerdo. Y gracias...

     

  • Ya sabes lo que pienso, pero bueno, si crees que es lo mejor, es tu decisión.

     

  • Hasta ahora.

 

Colgó el teléfono y esperó impaciente. Cuando Mateo le hizo la llamada perdida para avisarle de que estaba abajo, cogió la bolsa que había preparado y bajó corriendo por las escaleras.

Entró al coche y se dirigieron al centro de la ciudad; dejaron el vehículo en un parking y fueron andando hasta la gestoría; Raúl no había estado nunca allí, ocupaba el entresuelo de un antiguo edificio en una estrecha calle peatonal del casco viejo, pero una vez que pasabas la puerta se trataba de unas oficinas con decoración moderna y un ambiente bastante joven.

La recepcionista avisó a Samuel, que lo hizo pasar. Más bien, los hizo pasar, aunque él no lo supiera. Raúl y Mateo entraron juntos, y él, que se había puesto de pie, les alargó la mano alternativamente, Raúl aprovechó ese momento para presentarle a su acompañante.

 

  • Este es Mateo – dudó un momento antes de continuar - un amigo.

     

  • Encantado, Samuel... Buenos días, sentaos por favor, tengo aquí toda la documentación.

 

Ambos se sentaron al otro lado de la mesa, Samuel sacó el sobre con la declaración de la renta del cajón de su escritorio, y lo puso frente a Raúl.

 

  • Pues esto es, como te dije ya estaba presentada, pronto te llegará el cargo a tu cuenta. Y bueno, nada más, si tienes alguna duda puedes llamarme al despacho – cogió un par de tarjetas con soltura y se las alargó, dirigiéndose a Mateo añadió – Si alguna vez te hace falta un asesor, también puedes contar conmigo, Mateo.

     

  • Lo tendré en cuenta – contestó él sonriendo.

Samuel pensó que no parecía mal tipo, pero si las miradas matasen, ya habría caído fulminado por la suya, en esas circunstancias era imposible que le cayera bien. Por suerte, esta situación no se alargaría mucho, llegado ese punto no había mucho más que decir, y la presencia de Mateo impedía una despedida como tal, así que pensó que lo peor ya había pasado. Pero se equivocaba. Raúl se inclinó para coger la bolsa con las pertenencias de Samuel que habían quedado por su casa y la puso encima de la mesa.

 

  • Te he traído esto. Para que no tengas que venir a mi casa.

     

  • Ah... gracias, no hacía falta...

 

Cogió la bolsa y la dejó en el suelo al otro lado de su mesa, la verdad es que se había quedado sin habla. No entendía ese afán desmedido por sacarlo de su vida cuanto antes, esas prisas por borrar su presencia, por no volver a verlo nunca más. Pero quien sabe, quizá fuese mejor así.

 

  • Bueno, nos vamos, tenemos algo de prisa, y te dejamos trabajar.

     

  • Sí, claro, adiós.

     

  • Adiós Samuel.

 

Ambos salieron por la puerta y la cerraron tras ellos, dejando a Samuel sumido en la tristeza.

 

→ Lo que siente Raúl, ilustrado por Luis Eduardo Aute: Probablemente te quiero

http://www.youtube.com/watch?v=WIhzdMZiJXM

 

→ Lo que siente Samuel, ilustrado por, Los Rodríguez: la mirada del adiós (Samuel)

http://www.youtube.com/watch?v=Dt0C90c9zLM&feature=related

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 



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