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Fecha: 29-May-12 « Anterior | Siguiente » en Gays

Ni contigo ni sin tí (IV)

atsitaler
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Se acerca el final de ésta historia, Gracias a todos los que la seguís, se agradecen vuestros comentarios y valoraciones :) Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Llevaba dos semanas sin saber nada de Samuel, las que habían pasado desde que saliera de su despacho. Había estado ocupado trabajando, recuperando los turnos que debía a sus compañeros por el tiempo de trabajo invertido durante las últimas semanas en someterse a las pruebas que dieron con lo que le estaba afectando a la salud, así que en realidad no había sabido nada de nadie fuera del hospital, con lo que, por otra parte, ya tenía suficiente.

Aunque era un centro bastante grande, todo el mundo acababa conociéndose, y por los favores que había tenido que pedir para conseguir adelantar las pruebas en varios servicios – ser compañero te abría las puertas a ese tipo de ventajas – ahora se enfrentaba inevitablemente a las miradas y comentarios por lo bajo de casi cualquier trabajador del hospital con quien se cruzaba, algunos porque se imaginaban lo que querían de lo que podía pasarle con la información que les llegaba, y otros, como sus compañeros de planta, porque él mismo se había encargado de decírselo, ahora que ya no había razones para seguir siendo discreto. Sólo los más cercanos habían hablado directamente con él del tema, en la medida que lo permitía, ya que aunque se le veía notablemente cansado no aceptaba estarlo ante los demás, y cambiaba de tema cuando intentaban profundizar en cómo se sentía o le ofrecían su ayuda en lo que fuera posible. No estaba dispuesto a tolerar tratos de favor o sentimientos de lástima a su alrededor.

Después de todo, su estado actual no respondía a la enfermedad, o al menos no exclusivamente. Si bien es cierto que había mantenido un ritmo de trabajo mayor de lo acostumbrado, lo que le había provocado ese aspecto descuidado y desmejorado era la ausencia definitiva de Samuel a su lado. La profunda tristeza de saber que lo que podría haber sido una relación estable y duradera, una vida feliz junto a la persona que amaba y que – cosa harto difícil – le amaba a él en igual medida, ya no iba a ser, le tenía consumido, impidiéndole dormir o probar bocado alguno, era curioso, mientras su estómago estaba irremediablemente cerrado, sus ojos eran incapaces de hacer lo propio, y pasaba las noches en vela, sin poder eludir la imagen desolada del amor de su vida la última vez que se vieron. Le dolió en el alma tratarle así, y lo único que le consolaba era saber que había hecho lo más conveniente con respecto a él. Puede que tardase algún tiempo, pero acabaría olvidándole y tendría la oportunidad de ser feliz junto a otra persona. Él, por su parte, se centraría en su otra pasión, el trabajo.

Estaba volviendo al control de enfermería, para dejar el tensiómetro después de hacer la ronda por la planta, cuando le abordó la supervisora.

 

  • ¿Tienes un momento? - preguntó ella

     

  • Sí, claro, ¿pasa algo? - Raúl contestó sorprendido por el gesto serio de Sofía.

     

  • Vamos a mi despacho, quiero hablar contigo.

 

Él la siguió sin decir nada, adivinando que se avecinaban problemas, aunque prefería no adelantar acontecimientos.

 

  • ¿Nos sentamos? - Sofía intentó ser amable, aunque parecía nerviosa.

     

  • Estoy bien de pie, ¿no vas a decirme qué pasa? ¿a qué viene tanto misterio?- Raúl no se tomó la molestia de disimular su descontento con ésta situación, no entendía la actitud distante de Sofía, que a pesar de ser la supervisora siempre se había relacionado con todos como una compañera más.

     

  • Pasa que me preocupas, Raúl...

 

Él la cortó antes de que siguiera hablando:

 

  • No tienes por qué preocuparte, estoy bien, lo llevo bien, y no va a afectar a mi trabajo aquí.

 

  • Me preocupa lo contrario, sé que te gusta lo que haces, y que eres un trabajador incansable, pero en tu situación eso se puede volver en tu contra. El estrés es un factor que favorece la aparición de los brotes, y los turnos, los picos de trabajo, la implicación con los pacientes... todo eso es lo último que necesitas ahora. No es que la esclerosis múltiple vaya a afectar a tu rendimiento, es que tu trabajo aquí puede empeorar la enfermedad.

     

  • ¿Me estás diciendo que lo deje?...

     

  • Hay otras opciones, una consulta, por ejemplo.

     

  • ¿Una consulta? No puedes estar hablando en serio, eso sería un aburrimiento, sabes que esto es mi vida...

     

  • Una consulta supone horarios estables, un día a día más tranquilo y menos exigente física y psicológicamente... Creo que deberías pensarlo, por mi parte tengo claro que es lo mejor, en tus circunstancias el hospital facilitaría el traslado, y por supuesto contarías con mi apoyo. Míralo así, es la forma de seguir en contacto con tu profesión, si fuerzas demasiado la máquina puede que tengas que acabar en casa para no volver, y no creo que quieras eso. Tengo todos los papeles preparados, solo falta tu firma.

     

  • Lo pensaré, pero no te prometo nada. Vuelvo al trabajo.

 

Raúl salió del despacho muy tocado, no se había planteado la posibilidad que le acababa de “sugerir” Sofía, y que seguramente alguno de sus compañeros también tenía en mente pero no les había dejado verbalizar, no se había parado a pensar en las consecuencias más allá de su vida personal, y aunque le molestase, sabía que a las palabras de la supervisora no les faltaba razón, y más pronto que tarde, su traslado a una consulta pasaría a ser un hecho. Entró al baño y se refrescó la cara, que le ardía, por suerte su turno estaba a punto de terminar, y pudo mantenerse ocupado y esquivar la conversación con sus compañeros sobre lo que había pasado en el despacho de la jefa.

 

Cuando llegó a casa, la sensación de quemazón de su cara se había extendido a todo el lado derecho de su cuerpo acompañada de un hormigueo, y supo que era algo distinto a una reacción a los últimos acontecimientos. Estaba teniendo un brote, y cuando consiguió calmarse llamó a su hermano, no quería pasar por esto sólo y recurrió a la única persona con la que sentía que podía contar; aunque se había despedido de él enfadado por insistir en que reconsiderase su actitud hacia Samuel, suponía que en un momento así no iba a sacar el tema de nuevo. Y no se equivocó, Mateo apareció en su casa todo lo rápido que pudo y sólo se empeñó en llevarle a Urgencias, a lo que él no se negó, la verdad es que estaba asustado.

Una vez más, el ser “uno de la casa” hizo que le atendieran antes de lo que hubiera sido normal, y en un par de horas estaban de nuevo en el sofá de Raúl tras un chute de cortisona y unas palabras tranquilizadoras del neurólogo, efectivamente era un brote, pero no de los más virulentos, y lo habitual era que en unos días volviese a la normalidad. Eso sí, le advirtió que hasta que se recuperase era normal sufrir los efectos secundarios del tratamiento, y recomendó tranquilidad, algo que Mateo se comprometió a garantizar mientras su hermano guardaba silencio, pensando en las palabras de la supervisora.

 

  • ¿Por qué no te vienes con nostros unos días? No creo que te convenga estar sólo, desde que no te veo estás más delgado, y me he comprometido a cuidarte, pero yo no puedo trasladarme aquí, Eva me mata... jeje – Mateo intentó plantear el tema sin darle demasiada importancia.

     

  • Vale, está bien, no trabajo hasta el jueves, así que acepto – Raúl no tenía fuerzas para embarcarse en otra discusión, y pensó que no le vendría mal alejarse un poco de la casa donde había compartido tantas cosas con Samuel.

     

  • Pues no se hable más, si nos vamos ya, llegaremos a tiempo para la cena.

 

Fueron los dos al dormitorio y prepararon una bolsa con ropa para Raúl – él dirigía las operaciones sentado en la cama, ya que el hormigueo le impedía andar con soltura – y bajaron al coche, desde el que Mateo llamó a su mujer, Eva, para informarle de que habían salido del hospital y de la estancia de Raúl con ellos al menos hasta el jueves - él esperaba que una vez en su casa fuera más fácil convencerle de que alargase ese plazo, aunque de momento se conformó con ese límite – y salieron hacia la casa de Mateo y Eva, un adosado a las afueras de la ciudad.

 Cuando llegaron, Eva les recibió en la puerta con una sonrisa y la cena lista en el salón, era una estupenda cocinera, y Raúl comió más de lo que él mismo hubiera dicho que sería capaz, la verdad es que la compañía era agradable y se animó un poco, aunque estaba cansado y los síntomas del brote seguían haciéndose notar, por lo que se disculpó y se retiró a la habitación de invitados, tumbándose en la cama, donde no pudo dormir demasiado pero al menos descansó.

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Con el paso de los días se hizo patente que los efectos secundarios de la cortisona eran peores de lo que esperaban, y la recuperación no iba a ser tan rápida como pensaban, por lo que Raúl tuvo que aceptar alargar su permanencia en casa ajena, aunque no le gustaba depender de nadie lo cierto era que allí estaba mejor cuidado y más tranquilo, su hermano y su cuñada no le dejaban hacer prácticamente nada más que estar en la cama o el sofá, y se las habían arreglado para turnarse en la tienda y no dejarle sólo. Lo que no habían podido evitar es que su mente y su corazón siguieran recordando y echando de menos a su lado a Samuel, algo que se reflejaba en la mirada triste que veía cada vez que se miraba al espejo, que acompañaba al rostro demacrado que sabía que no quería que él viera.

 

Se había convencido de la necesidad de hacerse a la idea de vivir a medias, sin el que podría haber sido el amor de su vida, y también sin su otra pasión, sin su trabajo en la planta, había tenido que pedir la baja, y sabía que la única opción que tendría cuando volviera sería firmar la solicitud de traslado a una consulta. De hecho quizá antes, Mateo había ido al hospital ese día, para arreglar todos los papeles de la baja, y cuando volvió y le dijo que le traía visita supuso que sería alguno de sus compañeros o puede que la propia supervisora. Ni siquiera tuvo tiempo de descartar esa posibilidad, pensando que no iban a salir en mitad de su turno, cuando vió a Samuel entrar en el salón detrás de su hermano.

 Le pareció que estaba tan guapo como siempre, aunque lo cierto es que su estado no era el mejor, había adelgazado y el cansancio se acusaba en su cara. Hizo ademán de levantarse para saludarle, pero Samuel le hizo un gesto para que se sentase.

 

  • No te molestes, no hace falta.

 

  • Siéntate tú entonces... - Raúl le señaló el sillón que tenía al lado.

     

  • Está bien, aunque no voy a quedarme mucho tiempo, no quiero molestar – Samuel se sentó, con gesto distante - ¿Cómo estás? No tienes muy buena cara...

     

  • Bien, un poco cansado, eso es todo – Mintió, sin saber muy bien qué hacía Samuel allí, ni qué o hasta dónde le había podido contar Mateo, y contrariado por su actitud fría.

     

  • Supongo que no entenderás qué hago aquí. La verdad es que yo tampoco, pero esta tarde me llamó tu hermano al despacho e insistió en recogerme y que viniese con él cuando saliera, me dijo que no estabas bien, y que habías venido unos días a su casa. No ha querido decirme qué te pasa, y no sé cómo puedo ayudarte yo, de todas formas ya le he dicho que no creía que quisieras verme, y mucho menos que mi visita te ayudase. Él me dijo que no pensaba lo mismo, y bueno, aquí estoy. No es que me esté justificando ni nada de eso, ya sabes lo que siento por ti, y lo cierto es que si estoy aquí es por eso, y en nombre de lo que tuvimos.

     

  • Siento que hayas perdido el tiempo, pero no hay nada que puedas hacer tú, así que puedes irte.

     

  • ¿Lo dices por venir hoy, o por todos estos meses?

     

  • ¿Eh?

     

  • Lo de perder el tiempo, digo. – Samuel continuó hablando, decepcionado y con rabia, sin dar tiempo a una respuesta de Raúl – Sinceramente, no lo entiendo... después de todo lo que hemos compartido, me esquivas la mirada, ni siquiera eres capaz de mantener una conversación normal, me tratas como si fuéramos dos desconocidos. ¿Tan mal lo he hecho contigo? ¿Que ya no me quieres? Vale, ahí no manda nadie, y aunque tampoco sepa por qué, si es lo que hay me lo tendré que comer, pero ¿tan mala memoria tienes? Lo nuestro fue más que un rollo, aunque en algún momento se torcieran las cosas, y ¿sabes? Yo no puedo olvidarlo tan fácilmente, a mí no puedes dejar de importarme de un día para otro, no puedo borrarte del mapa ni dejar de echarte de menos, ni puedo ni quiero, porque has sido importante en mi vida. ¿Cómo lo has hecho tú? Dímelo, quiero saberlo. Cómo se hace para olvidar que existe alguien con sólo meter las cuatro cosas materiales que se fue dejando en tu casa en una bolsa y devolvérselas, darse la vuelta y seguir adelante con tu vida como si nada... ¿o es que nunca has compartido nada más conmigo? ¿Para ti nada significó lo mismo que para mí? ¿a eso se reduce la huella que dejé en ti? Si es así enhorabuena, eres un actor de primera, lo has conseguido, me has engañado desde el minuto uno hasta el final.

 

Raúl había escuchado todas y cada una de esas palabras con la cabeza baja, sin poder abrir la boca, mientras de sus ojos salían en un torrente descontrolado todas las lágrimas que había estado reprimiendo en los últimos días. Cuando oyó el ruido del sillón al levantarse Samuel y darse la vuelta, alzó la cabeza y pidió con un hilo de voz:

 

  • Por favor, no te vayas, déjame explicarte...

     

  • Así que hay una explicación... soy todo oídos – Samuel volvió a sentarse, sin mucha fe en lo que iba a escuchar, y sorprendentemente tranquilo ante el llanto de Raúl, que a fuerza de intentar convencerle de que él no le importaba, parecía haberlo conseguido.

     

  • Yo te quiero, te quiero mucho, pero no puedo estar contigo, no te convengo...

     

  • Ya... ¿y eso? hay otro , ¿no?... ¿otra quizá?... sabes, tienes razón, esto es una pérdida de tiempo – Se levantó con intención de que ésta vez fuera la definitiva, quería a Raúl con toda su alma, pero no tanto como para entrar en jueguecitos absurdos que sólo iban a alargar su sufrimiento.

     

  • Samuel, estoy enfermo. Tengo esclerosis múltiple, me enteré hace casi 3 meses y...

     

  • ¿Qué? - Samuel se quedó helado, no sabía exactamente lo que implicaban esas dos palabras, pero sí que nada bueno, ni pasajero - ¿tres meses? ¿sabías algo así desde hace tres meses y no me dijiste nada?

     

  • Tenía miedo, no quiero que lo pases mal, yo no puedo librarme de esto, pero tú sí, tú no tienes por qué vivir con ello.

     

  • ¿Que no tengo por qué? Joder Raúl... yo quiero estar contigo, y una enfermedad no va a cambiar eso, ¿tan poco confías en mí? ¿esa es la idea que tienes tú de una pareja?- Samuel respiró hondo y le miró a los ojos - ¿De verdad me quieres?

     

  • Nunca he dejado de quererte - Raúl bajó la cabeza, sin saber muy bien cuándo se había equivocado más, al decidir que le ocultaría su enfermedad a su amor, o ahora al haberle contado lo que le ocurría.

  • Ven aquí...

 

Cómo Raúl no se decidía, Samuel se acercó a él y le cogió la cara entre las manos, situando los ojos marrones más bonitos del mundo frente a sus ojos verde aceituna.

 

- No vas a estar sólo nunca, ¿me oyes? - Secó sus lágrimas con los pulgares, y antes de que Raúl tuviera nada que objetar, acercó sus labios a los de él y, cerrando los ojos, se besaron larga y profundamente, deshaciendo todos los malentendidos que les habían separado estas semanas.



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