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Fecha: 04-Jul-12 « Anterior | Siguiente » en Transexuales

La evolución de Carla

Temporal
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Tiempo estimado de lectura: [ 30 min. ]
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Tras varias semanas del inicio de mi feminización llega el momento de dar un paso más. La mejor forma de sentirse mujer es sin duda entre los brazos de un hombre. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

Para los que no me recuerden de mis anteriores relatos, soy Carla, antes conocida como Carlos, una travesti con polla y sin tetas cuya mujer disfruta de mi condición tanto como yo, o puede que más.

Han pasado varias semanas desde que empezó mi proceso de feminización. Como recordaréis, mi mujer, Mónica (a la que ahora debía llamar "Ama"), no pretendía convertirme en una mujer, sino solamente travestirme, así que no me obligaría a iniciar un tratamiento hormonal ni a ponerme pechos de silicona ni nada por el estilo. Simplemente quería que estuviera travestida la mayor parte del tiempo.

En estos últimos días, sin embargo, me propuso hacer un par de cosas "irreversibles". Para empezar, he empezado a ir a un centro para hacerme la depilación láser de todo el cuerpo (la cara no, ya que eso se vería raro). Según dice Mónica, hoy en día muchos hombres se depilan, y nadie se fijará en que ya no me sale pelo en el cuerpo. La otra cosa irreversible ha sido irnos a hacer ambas un piercing en el ombligo. Por suerte, Mónica no ve conveniente que me perfore también las orejas, ya que los agujeros se verían incluso aunque no llevara pendientes. El piercing del ombligo, en cambio, debo llevarlo siempre puesto, así que debo asegurarme de que no asome por la camisa cuando voy a la oficina.

Mi rutina diaria se ha convertido en la siguiente: me levanto a las 7am (mi mujer sigue durmiendo un rato) y me quito el camisón y las braguitas que utilizo para dormir. A continuación me pongo mis "taconcitos de andar por casa", que ahora son unos zapatos marabou (ya sabéis, esas sandalias tipo mule que tienen una especie de pompón en la parte delantera) de ocho centímetros de tacón, ya que mi entrenamiento con los de 7 cm está más que superado. Evidentemente, tengo zapatos mucho más altos para ocasiones especiales (entre los que se incluyen las sandalias blancas de 10 cm que llevé el día en que empezó mi feminización, así como un par de 11 cm). Y, por supuesto, hemos ido varias veces de compras, por lo que tengo una extensa colección de ropa femenina.

Así desnuda, excepto por los tacones, y con mis uñas de los pies pintadas (normalmente de fucsia), me dirijo al baño para darme una ducha. Cuando termino, aprovecho para limarme un poco las uñas de los pies, para tener siempre la pedicura al día. Y, después de secarme, me vuelvo a poner mis tacones y me afeito. Finalmente, vuelvo a la habitación y me pongo mi peluca.

Entonces, despierto a mi mujer y, mientras ella se ducha, yo me voy poniendo mi ropa interior. Ésta suele ser un tanga bien sexy y unas pantymedias negras bastante oscuras, ya que así, según dice Mónica, parecerá que llevo calcetines negros semitransparentes (de los que llevan algunos hombres cuando se ponen traje). Además, si me agachase, las pantymedias ocultarían mi tanga. Simplemente parecería que mis calzoncillos también son semitransparentes.

Mientras Mónica acaba de ducharse y se viste, yo preparo el desayuno para las dos. Al poco rato, ella aparece, desayunamos juntas y luego se marcha a trabajar (ella tiene que ir algo más lejos que yo). Cuando me quedo sola, me quito la peluca, me pongo una camisa y un pantalón sobre mi ropa interior femenina, y unos zapatos de hombre. Finalmente, me voy a trabajar.

Cuando regreso, mi mujer ya me está esperando en casa. Lo primero que hace es asegurarse de que me pongo mis tacones de andar por casa. Lo que pase a continuación depende del día.

Algunos días se limita a comprobar que sigo llevando las pantymedias y el tanga bajo mi ropa de hombre. Dice que si me pilla haciendo trampa el castigo que me impondrá será terrible (quizá algún día lo haga, por curiosidad). El resto del día hacemos vida normal, hasta la hora de dormir, momento en el cual, como sabéis, me cambio de braguitas (para no dormir con tanga, que me aprieta) y me pongo un camisón.

Otros días (la mayoría), me indica que vaya a la habitación a cambiarme de ropa. Cuando llego encuentro sobre la cama algún atuendo súper sexy, a veces repetido, otras algo nuevo que ha comprado para mí. Incluso disfraces (ya tengo de colegiala, enfermera sexy y vampiresa). Por supuesto, es habitual que esos días me haga maquillarme y pintarme las uñas de las manos yo misma, para que vaya practicando. Normalmente, todo esto va acompañado de una buena sesión de sexo; pero hay días que sólo me hace cambiarme para que me vaya acostumbrando a mi feminidad.

La historia que quería contaros hoy sucedió hace unos pocos días.

Era miércoles, todo apuntaba a que iba a ser un día aburrido. Llegué a casa y Mónica no estaba para recibirme. Me puse mis tacones de andar por casa (las marabou de 8 cm) y la busqué, pero, al parecer, había salido. En la habitación no me había dejado ropa para cambiarme, así que me fui al salón a ver la tele.

Al poco rato, escuché que abría la puerta.

—Buenas tardes, Ama. —Vi que llevaba una bolsa, así que imaginé que traía ropa nueva.

—Hola, Carla. Siento el retraso, quería llegar antes que tú, pero he encontrado algo de tráfico.

—No pasa nada, Ama.

—Hoy tendremos visita, hay alguien que te quiere conocer.

—¡¿A Carla?!, o sea, ¿a mí?

—Sí, es un antiguo cliente de Soraya. La recuerdas, ¿verdad?

—Claro, no podría olvidar una transexual tan sexy.

—Pues por lo visto tiene un cliente que se ha cansado un poco de las transexuales y quiere experimentar cosas nuevas.

—O sea, quiere estar con una travesti...

—Eso es, dice que la idea de estar con alguien que aún no se ha operado de nada le resulta excitante. Y que pensar que su pareja es básicamente un hombre que se ha puesto ropita, maquillaje y tacones para ser su putita le pone a mil.

—Le entiendo... pero no se si es buena idea. ¿Realmente quieres que hagamos un trio con él? Nunca lo he hecho con otro hombre. No sé si me gustará.

—No sería un trio. No está interesado en mí. Sólo quiere follar contigo. Además, estoy segura de que te gustará. Vi como disfrutaste chupándosela a Soraya. Seguro que la idea de hacerlo con un hombre te hará sentir muy femenina, y muy puta. De hecho, Soraya me ha asegurado que nos pagará bien.

—Bueno, puedo intentarlo, Ama.

—Sabía que aceptarías, zorra. Te he traído un disfraz nuevo, para que te amoldes a los gustos de Francisco. Desnúdate completamente, asegúrate de que no te haya salido ningún pelito y cuando termines, ven a la habitación. Ah, y no olvides asearte el culo.

Fui al aseo, y me desnudé tal como me había pedido. Tomé unas pinzas y revisé todo mi cuerpo en busca de pelos que hubieran sobrevivido al láser (pues aún llevo pocas sesiones) encontré unos pocos, que me apresuré a arrancar. Luego, aunque ya me había afeitado esta mañana, decidí pasarme la cuchilla por la cara, para que estuviera lo más suave posible. Finalmente, me puse unas cuantas lavativas hasta que el agua salió tan transparente como había entrado, pues a Francisco no le haría gracia sacar su polla manchada si decidía follarme el culo.

Cuando terminé, me volví a poner mis tacones y me dirigí a la habitación. Allí encontré un vestido de cuero rojo junto a ropa interior del mismo color. A los pies de la cama había unos zapatos de salón bastante altos. Mónica notó como los miraba.

—Sí, son 12 cm de tacón. Francisco fue bastante concreto en este detalle. Dejó bien claro que tendrías que llevar tacones de más de 10 cm, sin plataforma, y que fuera zapato cerrado.

—¿Cerrado? ¿Y eso porqué?

—Bueno, al parecer no se fía de que tengas los pies lo suficientemente femeninos. Al parecer teme que si se te vieran unos dedos muy feos arruinarían la sesión. Soraya trató de explicarle que se te veían bien, pero no quiso arriesgarse.

—Ajá... ¿me voy vistiendo?

—No. Primero tengo que pintarte las uñas de rojo, a juego con el disfraz.

—Puedo pintármelas yo misma cuando acabe de vestirme.

—Tiene que ser antes, ya que también quiero pintarte las de los pies. Si al final Francisco se anima a quitarte los zapatos quedará mal que las lleves fucsia. Además, tú aún no tienes suficiente práctica, y no queremos errores.

—¿Y de qué es el disfraz?

—De diablesa, ¿no es evidente?

Me quité los tacones (o taconcitos, en vista de los que me pondría dentro de un rato) y me tumbé en la cama para que Mónica me pintara las uñas de los pies. Luego me senté y me pintó también las de las manos. En ambos casos de un color rojo intenso. Después de eso, mientras se acababan de secar, me maquilló. Para ello, uso un pintalabios rojo (como no podía ser de otra manera), me puso un poco de colorete y una buena cantidad de sombra de ojos negra y finalmente me puso unas pestañas postizas. Era la primera vez que las llevaba, por lo que me resultaba extraño al parpadear.

—Ya te puedes vestir —dijo.

Tomé la ropa interior. Las bragas resultaron ser un tanga abierto desde la zona genital a la zona anal. Acomodé la poca tela alrededor de mi miembro y mis testículos, que quedaban algo apretados (era evidente que el tanga era un diseño para chicas) y comprobé que mi ano quedara accesible. La verdad es que me sorprendió la elección, pero la encontré muy sexy.

Las medias eran de una rejilla bastante fina (mi estilo preferido, aunque las hubiera preferido negras). No me iban demasiado apretadas, pero había también un liguero rojo, a juego con el resto del conjunto, por lo que eso no iba a ser un problema. Me sentía muy sexy. Pude ver que no había ningún sujetador, así que se lo indiqué a Mónica.

—Me falta el sujetador, Ama.

—No te preocupes. Francisco aseguró que no era necesario. Su fantasía es estar con un chico que se vista de chica, dijo que para ver tetas ya están las transexuales.

—Está bien.

Viendo que ya había acabado con la ropa interior, me dispuse a ponerme el vestido de cuero. Éste se ataba por detrás, a modo de corset, por lo que necesité la ayuda de Mónica para que me lo atara. Me lo ajustó por todas partes (de manera que no sobrara nada en la zona pectoral, a pesar de no llevar nada de relleno en mi pecho), pero se ensañó especialmente en la zona abdominal, de manera que acabé con cintura de avispa.

Finalmente, llegó el momento que esperaba con más ganas. Ponerme los zapatos. Por alguna razón, los tacones de 12 cm están idealizados. Muchas chicas los ven como la altura máxima (a no ser que haya plataforma, en cuyo caso se puede subir más). Muchos fetichistas, en cambio, los vemos como la altura mínima.

El caso es que es poco habitual ver chicas llevando semejantes tacones. Algunas se los ponen para salir; y unas pocas diosas los llevan cada día. Si nos vamos a tacones más altos, de 13 o 14 cm (sin plataforma, se entiende), entonces es prácticamente imposible encontrar alguna que los lleve. Imagino que será ese el motivo por el que las chicas interpretan los 12 cm como el máximo y nosotros como el mínimo...

Decidí dejar mis pensamientos y calzarme los zapatos. Me encantaba como me quedaban y además me sentía súper sexy. Incluso el tacto interior lo encontraba muy agradable a mis pies. Me levanté y andé un poco. Notaba algo más de presión en las rodillas, pero gracias a mi entrenamiento lo podría aguantar. De hecho, me producían la misma sensación, tanto al caminar como parada, que los primeros tacones que me puse (las sandalias de 10 cm), a pesar de que estos eran bastante más altos.

—Bueno, ya casi está —dijo Mónica.

—Sí, solo falta la peluca. ¿Me pongo la de siempre?

—Sí, esa está bien. Pero te equivocas en algo, falta algo más a parte de la peluca.

—¿Ah sí? ¿El qué? —pregunté intrigada, ya que lo único que me faltaba era el sujetador y Mónica ya me había dicho que no lo llevara.

—Ahora lo cojo. Tú ve poniéndote la peluca.

Mientras me colocaba mi peluca negra Mónica sacó un par de cosas del cajón: una diadema con un par de cuernos y un largo rabo de diablesa. Me sentí estúpida. Era evidente que un disfraz de diablesa requería cuernos y rabo.

—¿No necesitaré un arnés para colocarme el rabo? —pregunté mientras me ponía la diadema.

—No. ¿No te has fijado?

Entonces lo vi. Aunque una punta del rabo acababa en forma de flecha (como es habitual en los disfraces de este tipo), la otra, en cambio, terminaba en forma de consolador, o más bien, de butt plug. Empezaba con una punta redondeada, tras lo cual seguían unos 8 cm de un diámetro considerable, aunque no exagerado (era más o menos el diámetro de una polla grande) y luego se estrechaba hasta un diámetro de sólo un centímetro durante otros 4 cm, tras los cuales, había un tope para evitar que se metiera más. A partir de ahí, el rabo continuaba de forma normal. Debía de medir alrededor de un metro.

—¿Pretendes que me meta esto por el culo?

—Claro, eres una diablesa, y las diablesas tienen rabo. También eres una putita, y las putitas se meten cosas en el culo. Así que, ¿dónde está el problema?

—Bueno, lo intentaré, Ama.

Cogí el rabo y chupé un poco la parte engrosada, para que no me fuera a doler al metérmelo. Luego lo acerqué a mi entrada anal, accesible gracias al tanga abierto que llevaba. Me aseguré que la doble tira dejaba paso para el rabo y apoyé la punta en mi ano. Empujé. No muy rápido, pero no hice ninguna pausa hasta que noté que mi ano se cerraba un poco. Había llegado a la zona estrecha. Lo empujé un poco más, hasta que llegué al tope, y paré.

La experiencia me resultó agradable. Decidí soltar el rabo. Aunque la presión de mi ano era suficiente para mantenerlo en su sitio, tenía la constante sensación de que si no apretaba el culo se me saldría.

—Así, ¿te gusta tu nuevo disfraz? —preguntó Mónica.

—Mucho, Ama.

—Pues ahora sólo falta esperar a que llegue Francisco. Mientras, ve practicando con los tacones por el pasillo.

Así, lo hice. Pasillo arriba, pasillo abajo. Haciendo el clásico ruido de los tacones al caminar (algo que siempre me ha excitado oír, pero mucho más cuando soy yo la causante). La punta del rabo de diablesa rozaba ocasionalmente el suelo.

Desde luego, habían calculado bien el tiempo, porque a los pocos minutos sonó el timbre. Después de abrirle, mientras el debía estar subiendo en el ascensor, Mónica añadió las últimas palabras que diría hasta después de la sesión.

—Se me olvidaba, Francisco no debe saber que estoy aquí. Yo me retiraré a otra habitación y observaré desde allí.

—¿Observarás? —pregunté intrigado.

—Sí, él dejó claro que quería que estuvierais sólos. Yo no quería perdérmelo, así que he instalado un par de cámaras en la habitación. Además, he pensado que te gustará ver la escena en otras ocasiones.

—¿Y si las ve y se enfada?

—Si actúas como si no estuvieran no se fijará. Y si finalmente ve alguna, dile que es una cámara de seguridad por si alguien te agrede. Te aseguro que no te pegará ni nada, la simple idea de que pueda mostrarse la grabación en un juicio será más que suficiente para calmarlo.

Antes de que pudiera responder nada más, sonó de nuevo el timbre. Esperé a que Mónica se fuera, y fui a recibir a mi invitado.

—Hola, ¿Francisco?

—Sí, tú debes de ser Carla...

—Sí.

—Encantado de conocerte, preciosa. —Vaya, parecía que le gustaba.

—Igualmente. ¿Te apetece tomar algo?

—No. —Interpreté eso como si hubiera dicho "Vamos a follar ya".

—Pues entonces, sígueme a la habitación.

Francisco era un hombre relativamente parecido a mi antiguo yo, aunque aparentaba tener entre 35 y 40 años de edad, ya que su pelo había adquirido una tonalidad grisácea y se le veía alguna que otra arruga. Bastante alto, sin barriga cervecera y probablemente guapo. El tipo de hombre que suele gustar a las mujeres, al menos a las que no les gustan los niñatos.

Me giré y me dirigí a la habitación.

—Estás muy buena —dijo—. Me parece que nos lo vamos a pasar muy bien.

—Estoy segura de ello, Francisco.

—Puedes llamarme Fran.

Cuando entramos en la habitación no pude evitar echar un vistazo rápido en busca de las cámaras. No las encontré. Eso me tranquilizó. Si yo, que sabía que estaban, no pude verlas, menos aún se fijaría él que no sabía nada.

—Acomódate. —Decidí que, a no ser que él dijera lo contrario, sería más sencillo para mí ir dirigiendo un poco la acción.

Se sentó en la cama. Acto seguido me dispuse a hacer un pequeño baile erótico, contoneando mis caderas, moviendo el culito.

—¿Te gusta mi rabo, Fran?

—¿Te gusta a ti el mio, Carla?

Me giré y descubrí que Fran se había bajado los pantalones y había un enorme bulto en sus calzoncillos.

—Déjame ayudarte —dije, arrodillándome ante a él.

Lentamente le desabroché los zapatos, retiré sus calcetines y acabé de quitarle el pantalón. Mientras, él mismo se quitó la camisa.

—Ponte en pie —le dije.

Se puso en pie delante de mí. Su paquete quedaba a la altura de mi cara. Me decidí a bajarle los calzoncillos. Al instante una enorme polla salió de su prisión. No podía decir que Fran me gustara (la poca heterosexualidad que quedaba en mi interior lo impedía), pero en cambio, esa enorme polla la deseaba con toda mi alma. Empecé a lubricar, pero sabía que era esa polla y no la mía la que iba a recibir todas las atenciones. Por alguna razón, esa idea me excitaba aún más.

—Menudo pollón. —Tenía pensado halagar su polla aunque la hubiera tenido pequeña (hay que tener contento al cliente). Sin embargo, no necesité mentir. Realmente era bastante grande y eso que aún no estaba dura del todo.

Dicho esto, me olvidé de que estaba con un hombre y me concentré en la polla. La tomé entre mis manos. Empecé a acariciarla. Me encantaba su suavidad. Al poco rato decidí dedicar un poco de atención a los testículos. No es que me llamasen la atención, pero estaba seguro que a la polla le gustaría. Acerqué mis labios y mientras seguía acariciando (que no masturbando) la polla, empecé a besar y lamer los testículos.

Mis atenciones consiguieron su objetivo: ponerla como una piedra. Decidí que era el momento de darle lo que se merecía. Empecé a lamer lentamente desde los testículos, subiendo por la base de la polla, hasta que llegué al glande. Allí me encontré con una gota de líquido preseminal que acababa de salir. La lamí. Luego seguí lamiendo la base y el glande por diferentes lados con el fin de lubricarla completamente.

Cuando terminé, pensé que era el momento de comprobar si mis prácticas orales con el arnés de Mónica habían servido de algo. Me introduje el glande en la boca. Poco a poco empecé a succionar. A medida que iba chupando, Fran iba moviéndose adelante y atrás, follándome muy lentamente la boca, y metiendo cada vez unos milímetros más de polla. Al poco rato, ya no pude pasar la lengua por la puntita del glande, ya que no la sacaba de mi boca lo suficiente. Me agarré entonces de sus nalgas y empecé a acompañar sus movimientos, animándole a ir algo más rápido, y más profundo.

Llegó el momento que esperaba, su polla tocaba el fondo de mi garganta. Tendría la oportunidad de ver si era capaz de hacer una garganta profunda. El arnés de Mónica había conseguido metérmelo hasta el fondo, pero era algo más corto, y bastante más delgado. Además, no es lo mismo practicar con un consolador sobre el que tienes el control que con una polla que goza de cierta libertad de movimiento. Sin embargo, no me fue posible ni siquiera intentarlo. Fran se retiró de mi boca y dijo:

—No quiero correrme aún. No sin haberte follado el culo.

Sin decir nada, me puse a cuatro patas en la cama, ofreciéndole el culo. Supuse que le haría gracia abrirse camino él mismo, por lo que ni siquiera me levanté el vestido. Fran se puso detrás de mi, noté como me acariciaba el empeine y ocasionalmente me rozaba los tacones (era evidente que era algo fetichista), poco a poco fue subiendo, acariciándome por encima de mis medias de rejilla, hasta que llegó al final de mis muslos.

Entonces me levantó el vestido de cuero, descubriendo mi tanga abierto por el que asomaba mi rabo de diablesa y mi rabito de travesti. La tenía en semi-erección, pero supuse que el rabo que salía de mi culo debía tapármela, o al menos, llamar más la atención.

—Vaya, ¿llevas el rabo metido en el culo? —dijo asombrado.

—Claro, a una diablesa de verdad el rabo le nace del culo —contesté entre risas.

—Pues me temo que voy a tener que arrancarte el rabo.

—Haz lo que tengas que hacer —dije lo más sensualmente que pude.

Fran agarró mi rabo y, de la misma forma en que yo lo había metido (lentamente pero sin pausas) lo fue retirando hasta que salió del todo. La verdad es que fue más dolorosa la salida que la entrada, ya que la saliva que había usado como lubricante hacía bastante rato que había sido absorbida por mi culito. Estaba bastante segura de que el ano se me había quedado algo abierto, pero Fran no dijo nada al respecto.

Lo siguiente que hizo me sorprendió bastante. Vino delante de mí, con el rabo de diablesa, y me dijo:

—Una diablesa no debería perder el rabo así como así. Busquémosle otro sitio mientras te follo el culo, ¿te parece?

—Bueno... —Era evidente dónde quería metérmelo, y aunque no estaba segura de querer tener en mi boca algo que había llevado un buen rato en el culo, decidí que una buena puta aceptaría eso y más. Era una suerte que me hubiera lavado tan escrupulosamente el culo.

Fran acercó la punta redondeada del rabo a mi boca. Yo saqué la lengua para lamerlo un poco, y demostrarle así lo puta que era. Pude comprobar que aunque no olía a flores tampoco se notaba ningún gusto desagradable al lamer. Supuse que podría soportar el olor, así que abrí la boca.

Viendo esto, Fran empezó a meter el consolador del rabo en mi boca. Una vez que hubo entrado la parte gruesa, cerré un poco la boca. Sin embargo, Fran siguió empujando hasta que mis labios tocaron el tope. Supuse que le hacía gracia que quedara como un chupete.

—Abre la boca, zorra, que aún no hemos acabado.

No me lo podía creer. Pretendía meterme el tope también. Abrí la boca todo lo que pude. Fran tuvo que inclinar un poco el rabo para que pasara entre mis dientes. Cuando consiguió meterlo, la punta tocaba el fondo de mi garganta. Me vino una arcada, a la que siguió un poco de tos. Pero sólo sirvió para que mi boca se cerrara con el tope dentro. Quedó metido de tal forma que era imposible que se saliera solo. Así que por más arcadas o ataques de tos que me vinieran, la cosa no se iba a solucionar. Cuando me calmé, Fran empujó el rabo un poco más. Noté como entraba un poco en mi garganta.

Dejándome con el rabo metido, y una vez que se aseguró de que podía respirar, Fran se puso detrás de mí. Noté como empezó a acariciarme los testículos, y al poco rato me cogió la polla. Aún la tenía en semi-erección.

—Tenemos que asegurarnos de que tú cerebro asocie el placer genital al hecho de tener algo metido en la garganta, de esta manera puede que algún día te corras realizando mamadas, como la chica de "Garganta Profunda".

Me masturbó durante un rato hasta que se me puso como una piedra. Cuando se cansó, me metió dos dedos en el culo de golpe. Entraron muy bien, por lo que deduje que efectivamente me había quedado el ano algo dilatado. Noté que iba moviendo los dedos en mi interior, hasta que encontró lo que supuse que sería mi punto G, ya que me pareció bastante placentero.

—Te gusta, ¿verdad zorra?

Intenté emitir un gemido, pero justo en ese momento me vino otra arcada. Por suerte hacía bastante rato que no comía nada, ya que probablemente lo habría echado todo.

Me volvió a coger la polla y me masturbó durante un rato mientras me masajeaba el punto G. La verdad es que era muy agradable, pero no dejó que me corriera. Sacó los dedos y me soltó la polla, que ya empezaba a gotear líquido preseminal.

—Esto nos será útil —dijo. No sabía a qué se refería.

Al poco rato noté como algo muy suave me rozaba el glande, recogiendo mi líquido preseminal. A continuación, noté como eso mismo me rozaba el ano. Entonces lo entendí: era su polla; por lo visto iba a usar mi propio líquido preseminal como lubricante, que junto con el baño de saliva que yo le había dado antes, haría que entrara bastante fácilmente.

Me la metió de golpe, pero no me dolió lo más mínimo. Entonces empezó un rápido movimiento de mete-saca. Me parecía muy excitante que me estuviera follando de esa manera. Sin la menor delicadeza. Aun así, me resultaba muy placentero. Supongo que ayudaba el hecho de que rozara mi punto G, que, tras el masaje que le había dado previamente, estaba bastante sensible.

A medida que pasaba el tiempo, mis arcadas y ataques de tos iban disminuyendo en frecuencia. Como el rabo no podía salir por él mismo, poco a poco mi garganta se iba rindiendo ante él. Al final creo que incluso me acostumbre a tenerlo metido.

Tras unos minutos de follada anal intensa, noté algo caliente en mis entrañas. Se estaba corriendo. La verdad es que era una sensación extraña, aunque bastante agradable. Poco a poco, empezó a disminuir la velocidad, hasta que se quedó quieto con la polla aún dura en mi interior.

—Quítate el rabo de la boca —dijo.

Hice lo que me pedía. Tomé el rabo con una mano (la otra la necesitaba para mantener el equilibrio, pues Fran estaba apoyado sobre mi espalda) y tiré hacia fuera de mi boca. Prácticamente tuve que desencajarme la mandíbula para que pasara el tope entre mis dientes, pero una vez salió, el resto siguió sin problemas. Me quedó una extraña sensación de vacío.

Al poco rato, Fran se incorporó, y, sin sacar aún su polla (la cual, para entonces, había perdido algo de dureza), me pidió que le pasara el rabo. Se lo di. Fran sacó su polla. Pude notar como parte de su semen salía de mi culo. Inmediatamente lo recogió con la punta redondeada del rabo y me volvió a introducir el rabo hasta el tope. Entró muy fácilmente, como era de esperar por tanta dilatación y el extra de lubricante (el semen). Mi culo estuvo vacío menos de 5 segundos. Y ahora estaba lleno por el rabo y por la corrida.

—Bueno, Carla, ahora que me he corrido, ¿me dejarías verte los pies?

—Claro, espero que te gusten.

—Si no, no pasa nada, por eso los he dejado para el final. Pero me gustaría verlos antes de irme.

—De acuerdo.

Me tumbé boca arriba en la cama, y decidí dejarle hacer. Enseguida se acercó y, con cierta delicadeza, como si fuera una especie de ritual, me quitó el zapato derecho. Noté en su mirada que le gustó lo que vio. Entonces se acercó el zapato a la cara y olió el interior. Cuando terminó una profunda inspiración, repitió el ritual con el zapato izquierdo. Sólo entonces habló:

—Tienes los pies más femeninos que he visto nunca, y que conste que no sólo he visto pies de... —se calló.

—¿De travestis o transexuales? Supongo que quieres decir que también has visto pies de mujeres de verdad.

—Sí, eso. No sabía como decirlo sin ofenderte.

—No te preocupes, soy consciente de mi condición, no me ofendes lo más mínimo. En realidad, que aun comparándome con mujeres, creas que mis pies son más femeninos, hace que me sienta muy halagada.

—Me alegro.

—Y dime, Fran, ya que has olido mis zapatos, ¿no te apetecería oler también mis pies?

—Me encantaría.

—Pues no te cortes, mis pies son tuyos, también.

Inmediatamente, Fran me levantó un pie y hundió su nariz entre mis dedos. Luego tomó también el otro. Estuvo oliéndomelos por todas partes durante un rato. Me hacía algo de cosquillas, pero podría aguantar. Decidí que debía facilitarle el acceso aún más, por lo que me desabroché el liguero. Al verlo, él mismo se encargó de irme quitando las medias poco a poco. Cuando terminó, las cogió entre sus manos, y hundió su cara en ellas durante un rato. Se le oía respirar con intensidad. Luego las dejó a un lado y volvió a oler mis pies.

Como era de esperar, no se pudo contener mucho más, y al poco rato empezó a lamérmelos. Recorría con su lengua desde el talón hasta los dedos. Chupaba cada uno de mis deditos; a veces varios a la vez. E incluso intentó comprobar cuanto de mi pie izquierdo le cabía en la boca. Esto último era algo complicado, ya que mis pies, aunque se vean femeninos, tienen un tamaño masculino (aunque, por suerte, no demasiado).

Me fijé en que volvía a tener la polla dura, por lo que decidí que podía recompensarle por el agradable trato que le estaba dedicando a mis pies.

—Túmbate en el suelo —dije, mientras señalaba la zona que quedaba a los pies de la cama.

Sin mediar palabra, hizo lo que le acababa de pedir. Ambos sabíamos lo que iba a pasar.

Me senté en la cama, de manera que mis pies quedasen a la altura de su polla. Poco a poco empecé a acariciarla con mis pies, rozando toda su longitud con las plantas, jugando con su glande entre mis deditos. Estuve así hasta que salió una gota de líquido preseminal. Entonces, pasé la base de mis dedos por la punta de su polla, para que el líquido me sirviera de lubricante. Lo distribuí entre ambos pies, y, cuando terminé, rodeé la polla con ellos.

Empecé a hacerle una paja con los pies. Lentamente, ya que así era como me gustaba que me las hicieran a mí. He de reconocer que no tengo una excesiva habilidad en la materia (me he centrado más en aprender a hacer mamadas, porque eso es algo que toda mujer debería dominar), así que, de vez en cuando, su polla se escapaba de entre mis pies. Por alguna razón, el hecho de volverla a coger usando sólo los pies me parecía algo bastante erótico. Espero que Fran pensase lo mismo. En una de esas ocasiones, antes de que recuperara el control de la polla, él dijo:

—Me falta poco para correrme.

Intenté volver a rodear su polla con mis pies, pero Fran me interrumpió:

—Te parecerá raro, pero... ¿Me dejarías correrme en uno de tus zapatos?

En realidad no me parecía nada raro. Había visto todo tipo de pajas con los pies en Internet. Con los pies descalzos, con medias, con zapatos (normalmente de tacón), incluso con calcetines o zapatillas. Y también varios vídeos de hombres masturbándose con los zapatos de alguna chica, que supuestamente no sabe nada de ello. Por lo visto, a esos hombres, el hecho de que la chica se ponga después esos zapatos, sin saber que alguien se ha corrido en su interior, les resulta muy excitante.

Así que me parecía bastante normal que quisiera correrse en mis zapatos. Yo misma le ofrecí el zapato derecho.

—Todo tuyo —le dije.

Seguí masturbándole con mis pies un rato más, mientras él olía mi zapato. No tardó mucho en indicarme que terminaría el trabajo él mismo, apartando con delicadeza mis pies. Estuvo masturbándose unos segundos, con su polla apuntando al interior del zapato. Yo observaba divertida. Finalmente se corrió. Vi salir disparados tres grandes chorros de semen, que impactaron en el interior del zapato, en la zona donde estaría la planta del pie. Un cuarto chorro fue brotando lentamente, quedando colgado de la punta de su polla. Así que, cuando el orgasmo terminó, lo acabó de recoger con el zapato. Luego lo dejó a un lado.

—Bueno, Carla, yo ya he tenido bastante por hoy, pero como no me gusta dejar a las mujeres a medias: ¿Te apetece que te haga una paja de despedida?

—Claro. —Nunca se me ocurriría negarme a tal ofrecimiento.

Como yo aún estaba sentada en la cama, Fran se arrodilló delante de mí. Sin pensárselo demasiado tomó mi polla semi-erecta (?????) con su mano derecha y empezó a masturbarme. Podía parecer que lo hacía casi por obligación, pero estaba claro que estaba disfrutando, así que supuse que le avergonzaba reconocer que le excitaba masturbar a una travesti.

No tardé nada en tenerla como una piedra. En parte porque, gracias a estar sentada, el rabo de diablesa de mi culo presionaba hacia delante, rozando mi punto G. Fran cambió temporalmente de mano y empezó a masajearme los testículos. La mezcla de sensaciones cada vez era más agradable. Noté que se acercaba el punto de no retorno. No sabía si a Fran le parecería bien que me corriera en sus manos, así que decidí tantearle:

—No creo que tarde mucho en correrme —dije.

—Si me permites...

Dicho esto, Fran cogió mi zapato izquierdo y lo sostuvo debajo de mi polla, mientras con la otra mano me seguía masajeando los testículos. Ya tenía un zapato lleno de semen, así que no importaba llenar también éste. Me sorprendió, sin embargo, que dejara de masturbarme para ello. No sabía si llegaría a correrme sólo con el masaje de mis testículos (y el rabo presionando mi punto G). Lo normal, en estos casos, sería que me hubiera seguido masturbando, e incluso que hubiera incrementado el ritmo, o al menos eso pensaba yo.

A pesar de ello, las sensaciones agradables que sentía no se desvanecieron. Poco a poco, además, la perspectiva de llenar un zapato de semen me excitaba cada vez más. Finalmente, superé el punto de no retorno.

—Me voy a correr —anuncié.

Fran soltó también mis testículos. Lo único que aseguraba ahora mi orgasmo era la inercia. Allí estaba yo, con un rabo de diablesa metido en el culo, la polla como una piedra, y un hombre sujetando un zapato para que lo llenase de semen. Sin ningún otro estímulo sexual. Y pasó lo que tenía que pasar. De mi polla empezaron a brotar chorros de semen a presión, tanta que me dolían un poco los testículos. Mientras, mi ano se contraía rítmicamente, lo que incrementaba la presión a mi punto G. Y mi zapato se llenaba de mi esperma.

A pesar de la gran cantidad de semen que salió, notaba que mis testículos aún querían expulsar más. Pero la total falta de estímulo no lo permitía. Estuve tentada de masturbarme yo misma un poco, aunque, al final, decidí que no sería propio de una putita. Tenía la cantidad de placer que Fran había decidido proporcionarme, ni más, ni menos.

—Pues ya está —dijo Fran, recogiendo con el zapato el último hilito de semen que había logrado expulsar.

—Sí. He llenado bastante el zapato.

A continuación se vistió. Yo observaba como el semen iba resbalando hacia la parte baja de los zapatos (la zona en donde reposan los dedos).

—¿Me acompañas a la salida, Carla?

Deduje que lo que quería realmente era que me pusiera los zapatos llenos de semen y caminara un rato con ellos. Me pareció una idea muy sexy, así que respondí que sí. Cogí el zapato derecho, en el que se había corrido Fran, e introduje lentamente el pie. Luego lo saqué un poco, para que Fran pudiera ver como varios hilos de semen enlazaban mis deditos con el zapato. Repetí la operación con el zapato izquierdo, con el que noté como mi pie quedaba bañado de semen.

Una vez me acostumbre un poco a la sensación, me levanté y me dispuse a salir de la habitación. Fran me siguió. Cuando llegamos a la puerta llegó el momento de la despedida. Fran sacó su cartera y me ofreció cuatro billetes de 50€. Nos dimos un par de besos en la mejilla, y nos dijimos un "hasta pronto".

Una vez que se marchó, me quedé pensativa durante un rato. Hasta que apareció mi mujer. Ya ni recordaba que había estado observando.

—¿Te lo has pasado bien, Carla?

—Sí, Ama. Más de lo que esperaba.

—Me alegro. Ahora sí que estás hecha una verdadera putita.

—Y además con alguien como Fran, que era más pervertido de lo que pensaba.

—Sí, ya he visto las guarradas que habéis hecho.

—Aún tengo una corrida dentro del culo y dos más en el interior de mis zapatos... Hasta me ha obligado a chupar el rabo que llevo en el culo.

—De hecho, Soraya me avisó de que a Francisco le gusta que las putas le chupen la polla después del sexo anal. Es por eso que te dije que te asearas el culo.

—Gracias, Ama. Eso ha evitado que tuviera que probar mi propia mierda.

—Bueno, Carla, supongo que querrás asearte.

—Sí, por favor.

—Pues hazlo. Y cuando acabes podemos ver los vídeos. Estoy segura de que te encantarán.

Dicho esto, me dirigí al aseo. No sabía por dónde empezar. Tenía tres corridas en mi cuerpo. Una dentro, dos fuera. Una mía, dos de Fran. Aprovechando que estaba sola, decidí que me las tragaría. Las tres. Al fin y al cabo, nadie vería lo puta que era.

Poco a poco, empecé a retirar el rabo que aún llevaba en el culo. Salió con relativa facilidad, gracias al semen que actuaba como lubricante. Cuando salió del todo, puse mi mano izquierda bajo mi culo, por si caía parte de la corrida. Mientras, chupé el rabo hasta dejarlo completamente limpio de semen. Cuando acabé, lo dejé en el suelo de la ducha.

Sobre mi mano izquierda había caído un poco de semen de mi culo. Lo lamí. Para obtener el resto, me fui ayudando con un par de dedos que iba introduciendo en mi ano y luego chupándolos. Seguí hasta que salían limpios.

Luego llegó el turno de los zapatos. Empecé por quitarme el zapato derecho, en el que se había corrido Fran. Tenía el pie pegajoso por su semen, así que empecé a lamérmelo por todas partes, hasta dejarlo completamente limpio. Incluso tuve que pasar la lengua entre los dedos. Cuando terminé con el pie, volví a coger el zapato, pues aún había algo de semen en su interior. Lamí todo lo que pude la zona de la planta, pero a la zona interior mi lengua no llegaba, así que tuve que ayudarme con los dedos para irlo sacando.

Después de eso, me quité el zapato izquierdo. Yo lo había llenado bastante. Al retirar el pie, un par de hilos de semen lo enlazaban con el zapato. Los recogí con mis dedos, y procedí a limpiarme el pie con la lengua, como había hecho antes con el otro. Luego tomé el zapato. Había un pequeño charco de semen en el interior. Incliné el zapato para que fuera deslizándose hacia la zona del talón, y, como si de una copa de champán se tratase, lo cogí por el tacón y me lo bebí. Acabé de lamer lo que pude de la zona de la planta, y, al igual que con el derecho, me ayudé de los dedos para obtener los restos de semen del interior.

Tres corridas. Me supieron a poco.

Me terminé de desnudar y me duché. Cuando salí de la ducha, acabé de limpiar los zapatos con un par de toallitas húmedas y papel higiénico, y me los puse otra vez (me encantaban esos tacones). Decidí meterme también el rabo de diablesa. Luego me pinté los labios de rojo (gran parte del pintalabios se me había ido al hacerle la mamada a Fran, y lo poco que quedaba, con la ducha), y me volví a poner la peluca y la diadema de diablesa. Salí del aseo.

—Vaya, parece que te has quedado con ganas de más —dijo Mónica al verme.

—La verdad es que sí, Ama.

—Pensaba que el semen de tus zapatos te saciaría...

—¿Ha puesto también cámaras en el aseo, Ama?

—No, pero me lo acabas de confirmar tú misma. ¿Estaba bueno el semen, Carla?

—Mucho, Ama.

—Bueno, pues vamos a ver los vídeos de hoy, y puede que deje que te corras otra vez.

Y así fue.



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