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Fecha: 22-Jul-12 « Anterior | Siguiente » en Grandes Series

El principe de piedra. Capitulo 2

Elizabeth
Accesos: 1.674
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Tiempo estimado de lectura: [ 32 min. ]
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CAPÍTULO 2

La voz sonaba a puro pecado, como brandy caliente en una fría noche, y más sugestivamente sexual de lo Katie alguna vez hubiera imaginado. Parecía ser que sus fantasías subían de nivel. Pero entonces comprendió dos hechos alarmantes. Uno, su voz interior nunca había hablado antes con acento agudo, masculino. Y dos, los brazos fuertes, vigorosos que había imaginado alrededor de su cintura estaban realmente allí.

Sobresaltada, rompió el abrazo…y se encontró mirando fijamente al más hermoso par de ojos. Eran de un azul pálido, casi cristalinos, y brillantes de conocimiento y oscuras promesas.

Ojos que pertenecían a un hombre, no a una estatua.

Katie jadeó con una combinación de incredulidad, fascinación y mortificación. ¿Dónde estaba la estatua gris? ¿Dónde estaba su increíble estatua gris?

El aliento se atascó en su garganta, y cerró fuertemente los ojos. Cuando volviera a abrirlos, todo sería normal, como antes. Estaba segura, segurísima de eso. Era, después de todo, una persona cuerda. Sí, cierto que había experimentado algunos momentos de locura al besar a la estatua, pero aquellos momentos siempre pasaban.

Por favor, Señor, deja que este momento pase.

Muy despacio, entreabrió los párpados.

La imagen del guerrero seguía igual: humano.

Maldito, maldito, maldito, pensó desesperadamente. ¿Cómo podía la piedra convertirse en carne y hueso, con esa piel tan increíblemente besable? Sosteniéndola posesivamente entre sus brazos, el calor de su cuerpo rezumaba a través de la ropa y el latido de su corazón palpitaba contra su pecho, Ah, Dios, la luna de repente pareció más brillante, el aire más espeso.

—Tú eres… tú eres… —Desconcertada, luchó por formar una oración coherente. Había una explicación para todo esto. Sólo tenía que preguntar. Pero cuando abrió la boca, sólo formó una palabra—. ¿Cómo?

Él retiró los brazos de su cintura. Mirándole desconcertada, él movió lentamente su cuerpo, estirando y torciendo cada vértebra de su espalda como si no lo hubiera hecho en mucho tiempo. Y luego, Señor, por si fuera poco, sonrió, con una sonrisa devastadora que reveló sus blancos dientes y envió olas de calor sexual directamente a su corazón.

—Poseo esta propiedad desde hace dos semanas y media, y he caminado a través de este jardín casi cada día. Tú estabas justo aquí, una dura y fría piedra. Tú eres una estatua —balbuceó ella—. Sé que lo eres.

—No, katya. Yo era una estatua. —¿En ese mismo momento sus ojos se ensanchaban con alegría? ¿Temor? ¿Incredulidad? No estaba segura con qué. Independientemente de la emoción, él parecía como si acabara de comprender lo que acababa de decir.

¿Qué más? La confusión de Katie creció con la velocidad del relámpago. Tenía que oír algo inteligente y racional. Algo creíble. No “yo era una estatua”.

Todavía sonriendo ampliamente, de aquel modo tan delicioso, él cerró sus párpados y murmuró una larga hilera de palabras desconocidas, con tono urgente. Cuando los abrió, hizo una pausa para observar su entorno. Un latido de corazón pasó. Luego dos. Una feroz decepción tiró de sus labios, borrando su sonrisa. Pronunció las palabras otra vez. Y otra vez inspeccionó los alrededores.

—Explícame como es esto posible —dijo ella, con voz suplicante—. ¿Cómo eras de piedra, y ahora eres un hombre? ¿Un truco de la luz, tal vez? ¿O una alucinación? ¿Es eso, verdad?

—No —sacudió la cabeza, causando que los oscuros mechones del pelo se balancearan sobre la frente—. Eso no es cierto en absoluto. —Entonces él extendió la mano y tocó su pómulo, como si tuviera que cerciorarse de que ella era real.

Quizás fue esa apacible caricia, o tal vez que su propio sentido común volvió finalmente a la vida, pero Katie comprendió de pronto que no tenía ni idea de lo que este muy real y musculoso hombre planeaba hacerle. Combatiendo una oleada de miedo, le golpeó con la mano, empujando su pecho y se dio la vuelta, lista para lanzarse en una rápida huida. Pero había olvidado que estaba subida sobre una tarima a varios pies por encima de la frondosa hierba. Oscilando peligrosamente sobre el borde, intentó recuperar el equilibrio sin necesidad de agarrarse al forastero que tenía detrás.

Un segundo más tarde, caía de cara al suelo. Ella torció el cuerpo en el aire y logró aterrizar sobre un lado con un doloroso golpe. El impacto sacó el aire de sus pulmones y arrojó varios mechones de pelo sobre sus ojos.

Una vez que recuperó el aliento, brincó sobre los pies. Pese a todo, no corrió como era su primera intención. Debido al golpe o a la fascinación, Katie permaneció firmemente en el lugar. El hombre bajó de la tarima y se paró justo delante de ella. Es más alto que yo, pensó, abriendo mucho los ojos. Tan alto, de hecho, que tenía que alzar la vista. Ese hecho hizo que su sentido común se derritiera como un helado bajo el caliente sol del verano. Increíblemente, la cima de su cabeza apenas le llegaba a los hombros, y por primera vez en su vida, ella se sintió impresionantemente femenina y sorprendentemente vulnerable.

—Si mis músculos no estuvieran tan rígidos —dijo él, su intensa mirada azul clara deslizándose sugestivamente sobre su cuerpo—, podría haberte cogido. —Dio un paso hacia ella.

¿Qué hago? ¡Retrocede!

—Permanezca donde está —dijo, alejándose poco a poco de él.

Él suspiró.

—Sólo intento comprobar que estás ilesa. Las mujeres son criaturas débiles, delicadas, y chocaste con bastante fuerza sobre la tierra

Katie se paró y sus ojos se entrecerraron cuando todo empezó a encajar en su cabeza. Ella exploró el jardín. Sus hermanos debían estar detrás de esto y lo más probable es que se ocultaran entre los arbustos cercanos, riéndose a su costa. Nadie excepto su familia soltaba eso de que “las mujeres son débiles”. Mierda.

Señor, el hombre parado ante ella era probablemente Steven Harri, el detective con el que Gray quería que tuviera una cita.

—Gray, Erik, Denver… ya podéis salir —gritó, girando a su alrededor para asegurarse de que oían su voz—. Sé que estáis aquí.

Steven, la estatua, se agachó en posición de ataque, escudriñando el jardín. Sus músculos se apretaron y tensaron.

—¿Esperas a esos enemigos? —Su voz era casi imperceptible.

—No enemigos. Idiota. —Katie gritó a sus hermanos otra vez—. La broma ya cansa. Salid. Sé que éste es Steven —señaló con el dedo al pecho del hombre.

—No me llamo Steven.

Él lo dijo con la bastante convicción y disgusto como para que un pequeño asomo de inquietud se deslizara a lo largo de su columna.

—Ya lo creo que sí —gritó, su voz más aguda que antes—, salgan o le daré a este tipo la patada de la Muerte de Tae Kwon que me enseñaron.

—¿Así que no hay ningún peligro para ti? —preguntó el hombre.

Sólo a mi cordura.

—No.

Su postura se relajó y se alejó de ella. Comenzó a estirarse otra vez, esta vez haciendo rodar sus hombros y tobillos. Todo el ratolas palabras “yo no me llamo Steven” se repetían en su mente. ¿Si no era el amigo de Gray, quién “y qué” era él? La dirección de sus pensamientos cambió en este mismo momento, asustándola y confundiéndola aún más. ¿Tenía él… era posible… podía haberse transformado de forma sobrenatural?

No. No, no, no, no, no. El tipo no era Steven Harri. Vale. Podía aceptarlo. Pero era simplemente un hombre. Un hombre que tenía muchas explicaciones que darle, tanto si era un asesino-psicópata o un simpático bromista enviado por sus hermanos.

Ella se mordió el labio inferior. ¿Asesino psicópata?

—Bueno, debo irme —dijo, intentando sonar despreocupada, pero sonando más bien como el chirrido de una sierra cortando madera. Comenzó a retroceder otra vez y a rodear un seto. Él no soltó ni una palabra o mirada de protesta, ni actuó como si le preocupara, y ese comportamiento le hizo detenerse. Seguramente un asesino habría intentado pararla.

Se quedó allí de pie, la curiosidad luchando con la prudencia mientras observaba silenciosamente a ese hombre que había aparecido de ninguna parte, absorbiendo cada detalle, buscando respuestas. Él era simplemente… grande. Un rápido movimiento de su muñeca, y podría romper su cuello como una ramita. Sin embargo, había una suavidad en él, que desmentía cualquier intención amenazadora. Una contradicción andante, eso era él. Debió de parpadear o distraerse, porque no notó ningún movimiento repentino, pero de pronto él estaba justo delante de ella, mirándola.

—Te agradezco que rompieras la maldición —dijo, deslizando un dedo a lo largo de su nariz—. Pero ahora debo irme. —Sin otra palabra, él la rodeó y se alejó con una zancada.

¿Maldición?

—¿Dónde vas? —¿El hombre se había materializado en su jardín, vistiendo nada más que una sonrisa, y creía que podía marcharse sin algún tipo de explicación? Ah, como un golpe, justo ese pensamiento, le hizo olvidar cualquier sentimiento de miedo. Él era lo bastante grande como para hacerle daño, sí, pero estaba lo bastante loca como para infligirle algún serio daño propio, también—. Exijo que me digas quién eres y cómo llegaste a transformarte en una estatua de piedra.

En un movimiento lleno de gracia, en desacuerdo con su tamaño y la inflexibilidad anterior, se giró para afrontarla. Sus ojos estaban llenos de melancolía pero, en un segundo, su suave expresión se transformó en potente furia, como fuego atravesando un cielo nocturno, caliente y frío al mismo tiempo.

—Una mujer no tiene ningún derecho a emitir tal demanda.

¡Si tuviera una espada atada a su cintura, estaba segura de que la habría desenvainado justo en ese momento y la habría usado contra ella! Él estaba tenso y alerta, como un vengativo cazador que inspeccionaba a una presa arrinconada.

De improviso, se dio la vuelta y se alejó nuevamente.

Solo déjale irse, pensó. Pero Katie se encontró gritando:

—¡Espera! —Se movió a trompicones detrás de él y le agarró el brazo. Una acción inútil, realmente, pero se paró en todo caso—. No puedes marcharte. Estás desnudo.

Esta vez, se tomó su tiempo para afrontarla. Cuando lo hizo, arqueó una ceja con un gesto insolente y bajó la mirada fijamente hacia ella.

—Tú no conoces cuál es tu lugar, mujer.

Sus palabras expresaban disgusto. Pero su voz sonó ronca, misteriosa, carnal y con una lujuriosa intención que sólo se utilizaba entre amantes. ¿Comprendía él lo que su tono acababa de sugerir? Él apartó la vista de ella, sus ojos pesados cerrándose con erótica invitación. Las puntas de sus nervios volvieron a la vida provocativamente. Oh, sí. Lo sabía. Sabía exactamente lo que había sugerido, y si le diera el estímulo más leve, él la desnudaría y la pondría en su lugar.

Katie tragó aire, fingiendo ignorancia.

—Poseo esta finca. Este es mi lugar.

—Eso no es lo que quise decir y tú lo sabes muy bien. Algún día un hombre te mostrará exactamente cuál es el sitio al que perteneces dándote ese salvaje revolcón que pides silenciosamente cada vez que caminas a través de este jardín.

Escuchar la verdad de aquellas palabras fue más impactante que la insinuación velada, y ella retiró los dedos que agarraban débilmente su bíceps. Lo que le dolía era que no había nada que pudiera decir para desmentirlo ¡Si sólo hacia cinco minutos que ella había acariciado los pezones de la estatua, había envuelto la mano alrededor de su pene (¡dos veces!), y besado sus labios!

Éste no era ningún amigo de sus hermanos.

La verdad de ello la atravesó, innegable ahora de todos modos. Sus hermanos nunca permitirían a un hombre intimidarla así. Ni que la invitaran a participar en una noche de libertinaje. Ni siquiera en broma.

—Sólo un buen revolcón te enseñaría el respeto apropiado para un guerrero —dijo—. Lamentablemente, no tengo tiempo para instruirte. Ahora, te lo agradezco otra vez, katya, pero debo volver a casa. —Entonces, por tercera vez, él trató de alejarse.

En ese caso, sin embargo, fue él quien se paro sin necesidad de su agarre.

Echó un vistazo hacia la izquierda y luego hacia la derecha, estudiando el horizonte. Maldijo en una lengua que ella no entendió y luego giró para afrontarla. Un ceño estropeaba la perfección de sus rasgos.

—Acabo de comprender que eres una carga necesaria, ya que no conozco nada de tu mundo más allá de este recinto. —Sus cejas se juntaron ante “la carga necesaria”. Las ventanas de la nariz llamearon con sus siguientes palabras—. Llévame ante el hechicero más cercano.

—Vete al infierno —contestó ella.

Él cruzó los brazos sobre el pecho. La obstinada postura insinuaba que era un hombre acostumbrado a dar órdenes y que esperaba un cumplimiento inmediato. Normalmente ella no se lo pensaría dos veces para enfrentar a alguien con una súper abundancia de testosterona. Pero el modo en que este tipo la miraba, como si él fuera un rey y ella fuera un vasallo condenado a la guillotina, casi hizo que le asustara la idea.

—Harás lo que yo diga —soltó él bruscamente, y con los ojos muy abiertos, continuó—: ¡Maldita sea! Hay algo más que había olvidado ante el entusiasmo de volver a mi casa —exclamo con los dientes apretados—. Pero aunque es algo que gustoso olvidaría hacer, no puedo, ya que la continuidad de mi libertad depende de ello.

—¿Qué?

—Para empezar, debo acostarme contigo.

Katie sofocó un jadeo de alarma. O tal vez era un jadeo de anticipación. Incluso quizás fuera de cólera al escucharle decir que preferiría olvidarla. Cualquiera que fuera la razón, ella ya había perdido todas las pretensiones de cordura. Cualquier otra mujer ya habría gritado pidiendo ayuda antes de que él hubiera terminado la última frase. Acostarse con ella, ni más ni menos.

El silencio se alargó entre ellos. Con cada segundo que pasaba, se hacía cada vez más consciente de la desnudez, de él. Aspiraba su olor caliente, masculino, sentía la caricia de su mirada fija sobre todas y cada una de las partes de su cuerpo como si ella estuviera desnuda. Su sangre se calentó, y sus hormonas corrieron abrumadas, gritando: “Le tomaré, le tomaré, y es algo que tú quieres”.

—Ni hablar de acostarnos —dijo, cortando el silencio—, y también debes saber que no existen los hechiceros.

Durante un momento bajo la guardia y su expresión reveló dolor y furia, pero también desolación, una desolación que ató su estómago en mil nudos diminutos.

—Aunque tenemos psíquicos —añadió ella, dispuesta a decir cualquier cosa para borrar tal desolación.

—¿Psíquicos?

¿Estaba fingiendo perplejidad o realmente no lo sabía?

—Los psíquicos son la gente que asegura que pueden ver el futuro con sus poderes sobrenaturales. Ya sabes, a través de la magia.

Él hizo una pausa, considerando sus palabras.

—Simplemente busco a alguien que maneje la magia, tu psíquico servirá. —A pesar de que ahora su tono era amable, la fría determinación marcaba las líneas de su mandíbula—. Ahora, quítate la ropa. Cuando nuestros cuerpos sean saciados, te permitiré llevarme hasta el psíquico.

¿Él le permitiría? Ni hablar, gracias.

—Mi respuesta es no —dijo ella con firmeza—. No cuentes conmigo.

El azul de sus ojos brilló como trozos de hielo en una tormenta de invierno y esa fue la única advertencia que recibió sobre sus intenciones. Antes de que tuviera tiempo de parpadear, ya estaba sobre ella, sujetándola contra una estatua. Sabía que debería estar asustada, pero no lo estaba. Ella, de forma extraña, estaba excitada.

No conozco nada de este hombre, se recordó. No sabía cómo le gustaba el café, o si él pateaba a los pequeños cachorros cuando nadie miraba. Y aun así su cuerpo, durante mucho tiempo dormido, saltó a la vida. Los pezones se endurecieron ante el contacto, y las caderas se arquearon, apretándose contra él. Hacer el amor con él no parecía una idea tan mala en este momento.

—No te lo pregunté, katya, ordené que lo hicieras. —El timbre bajo de su voz sostenía el borde acerado de una espada.

Tragó aire, insegura de si todavía estaba excitada o muerta de miedo. El hombre rezumaba poder y autoridad y si ella no conseguía poner su mente en funcionamiento, ellos se unirían allí mismo.

—Uh, sobre el psíquico. Todos las consultas y negocios están cerrados hasta mañana por la mañana.

Él hizo una pausa.

—Cuando salga el sol, me llevarás a ver a ese hombre de magia. Tendré tu palabra en esto. —Sus labios permanecieron separados mientras esperaba su respuesta, mostrando los blanco y nacarados dientes de debajo—. En cuanto a acostarnos…

—Si terminas esa frase, juro por Dios que nunca te llevaré a ver a un psíquico.

Su boca se cerró, y él permaneció tranquilo, aunque la cólera bullía justo debajo de la superficie de su piel.

Wow. Ella no había esperado que la amenaza funcionara, pero ahora que lo sabía…

—Quiero que me contestes a algunas preguntas.

Su expresión se oscureció pero la sorprendió al ladrar:

—Pregunta.

Entonces ella lo hizo.

—¿Cómo lo hiciste para que desapareciera la piedra?

Las finas líneas alrededor de su boca se tensaron.

Ella esperó, esperando oír palabras como el nuevo vecino de al lado, la trampilla y la pintura de plata. En cambio, sólo oyó silencio, y minuto tras minuto, un sentimiento de inquietud creció. Finalmente, no pudo soportarlo más.

—Empiezas a asustarme. Creo... sé que lo que creo no es posible, y aún así… —Ella le echó una ojeada a través de sus pestañas.

Otra vez, silencio. Pensó que sus nervios se harían completamente trizas antes de que él contestara.

—Magia —chasqueó finalmente, como si fuera la mujer más mala del mundo por hacerle responder—. La piedra desapareció gracias a la magia.

Ella abrió la boca para continuar con sus preguntas, pero los brazos de él se cerraron alrededor de su cintura, atascando las palabras en su garganta. De repente, un temblor la recorrió, y se inclinó sobre él. Su cuerpo reaccionaba por sí solo, desatendiendo su voluntad. Aunque con un hombre así era natural, hasta esperado, tener sexo con un extraño estaba lejos de lo que ella consideraba aceptable.

Eso no le impidió que su mente se imaginara que las manos vagaban por su estómago, resbalando dentro de sus pantalones, bajo sus bragas, y… otro temblor la atormentó. Caray, tenía que alejarse de este hombre, tenía que pensar con claridad antes de que hiciera alguna locura, como arrojarse ella misma sobre él y exigirle que “la pusiera en su lugar”. Pero cuando ella trató de salir corriendo, los brazos se apretaron a su alrededor, manteniéndola sujeta.

—Suéltame —exigió ella. Su excitación mezclada con otro brote de miedo.

Su asimiento sólo se apretó más fuerte.

—Te lo advierto. Déjame ir antes de que te demuestre las habilidades maestras del mejor estudiante de Kai.

—No conozco a ese Maestro Kai, pero ni él ni su mejor estudiante pueden compararse conmigo. —Para demostrárselo, él atrajo a Katie más cómodamente hacia él, dureza contra suavidad. Ropa contra carne desnuda.

Lejos de estar intimidada o halagada, estaba ahora furiosa. Los ojos se le estrecharon, rechinando los dientes.

—¿Solamente pensamos en eso, verdad? —Estaba a punto de propinarle un rodillazo en la ingle cuando él agarró su pierna, asustándola.

—Permíteme darte una demostración de mis habilidades persuasivas. —Él presionó la coyuntura de los muslos contra la base de su erección. A pesar de sus racionales y buenas intenciones, Katie se encontró con que su sangre se volvía lava fundida, en un infierno de necesidad. Mientras la parte inferior de su cuerpo se balanceaba rítmicamente contra el suyo, él tocó uno de sus pechos. Tan nuevos como inesperados, estos toques la electrificaron, moviéndose a través de cada fibra de su ser con la intensidad del relámpago. Sus rodillas se debilitaron, a la vez que su voluntad.

Ella lamió sus labios y rezó para que él no notara su deseo.

Él lo notó.

Una oscura ceja se elevó, burlándose.

—¿Has cambiado de idea, pequeña, sobre lo de acostarnos?

Sí, sí, sí.

—No —gritó ella con fuerza—. Quiero que me dejes ir. Ahora.

Él no pareció convencido, pero dijo:

—Que sepas que consiento en tu voluntad porque yo decido hacerlo. —Con aquellos dedos mágicos, hábiles, amasó cada curva hasta sus nalgas—. De otra forma tal demanda sería desatendida. —Entonces de pronto, la soltó.

Ella salió corriendo.

—Tócame otra vez, y lo lamentarás.

Él soltó una ronca carcajada que retumbó profundamente en su pecho.

—Dulce katya, brillantes llamas se despiertan en tus ojos y tu cuerpo tiembla cuando te toco. Podrás huir de mí, pero no escaparas. Cuando te toque otra vez, lo único que pedirás es perdón... por tus evasivas.

Ella jadeó ante sus amenazas, aun cuando eran ciertas.

—Eso no es deseo en mis ojos, es cansancio. —Mentira—. Tiemblo porque tengo frío. —Mentira más grande—. Y para tu información, yo no huyo porque estoy esperando la oportunidad para aporrearte. —La mentira más grande de todas.

—¿Es así como llaman ahora al acoplamiento en tu mundo? —Su media sonrisa se ensanchó lenta y deliciosamente. Su mirada fija se desplazó por todo su cuerpo en un descarado escrutinio, de algún modo haciéndole sentir a Katie como si él le quitara cada pieza de ropa—. Entonces esperaré con mucha ilusión tu... aporrear, katya.

Ella frunció el ceño.

—Mi nombre es Katie, no Katya.

—Tú eres katya para mí. Una… —buscó las palabras exactas— pequeña bruja.

Su mandíbula cayó, luego la cerró con un chasquido. En vez de ser halagada con una palabra cariñosa al estilo de “querida” o “mi amor”, estaba siendo insultada.

—¿Te gustaría que yo te llamara: “bastardo gigantesco”?

—Llámame como quieras. —Su sonrisa permaneció en su lugar—. Te advierto, sin embargo, que te haré curar el escozor que causa un apodo tan fuerte. El deber de una mujer, después de todo, es dar placer a su hombre.

Él actuaba como si controlara el destino del universo, su universo, en particular. Bien, había algo que él pronto aprendería sobre ella: Era una mujer, no un felpudo.

—Mira —le dijo—. Me gustaría que dejaras de hablar de sexo. Soy una mujer, no un número 900.

Él frunció el ceño con confusión.

—Sé que eres una mujer. ¿Acaso no sostuve tu pecho en mi mano?

No gritaré.

—Tienes cinco segundos para ayudarme a entender que pasó o... —Nada parecía lo bastante brutal, así que terminó con— ...o lo lamentarás.

—¿Qué debes entender? —Como si él no pudiera tolerar la ausencia del contacto físico, comenzó a cerrar la distancia entre ellos de nuevo, esta vez con paso firme, predador—. Tú rompiste la maldición, katya. Tú me liberaste. Ahora debes darte en cuerpo y alma para que la maldición sea rota para siempre.

Como si eso lo explicara todo. Pero no tenía tiempo de considerar sus palabras ya que él se acercaba por segundos. Acercamiento de hombre desnudo. Acercamiento de hombre desnudo. Ella se lanzó a la izquierda. Él la siguió.

—Te advertí que no me tocaras. —Ahora se lanzó a la derecha. Él la siguió. Y de repente estuvo una vez más delante de ella, tan cerca que pudo sentir el calor de su cuerpo. Su trasero se apretaba contra una alta columna, cerca de un espinoso arbusto. Miró fijamente por encima de él, el olor de su cruda virilidad masculina le llegó hasta las ventanas de la nariz, carnal y atractivo. Sin parase a pensar en sus acciones, astutamente torció y colocó el pie detrás de su rodilla. Aquella rodilla se dobló y lo propulsó en su dirección. Aferró su brazo y lo derribó al suelo, de cara. Cuando cayó, cayó con fuerza, con todo ese músculo y fuerza física tumbada. Pero él no se quedó quieto. En un suspiro ya estaba de pie frente a ella, mirándola casi con crueldad.

—No intentes eso de nuevo. —Por su expresión y tono, luchaba con su necesidad de tomar represalias. Aunque él no lo hizo. Permaneció quieto, resoplando y mirándola ferozmente—. La próxima vez no me sorprenderás y serás vencida.

—Sólo mantén la distancia y no habrá una próxima vez.

Sus labios se apretaron con disgusto, diciéndole sin palabras que preferiría lanzarla sobre sus rodillas y azotarla ‑su corazón traidor dio un salto de anticipación ante aquel pensamiento‑ pero él cabeceó rígidamente.

—¿Donde aprendiste ese truco?

—Practicando mucho. —Cuando por fin fue capaz de estabilizar su aliento, ella forzó a los latidos de su corazón a reducir la marcha. Conseguir mantener la mirada lejos de él era otro asunto completamente diferente. Gruesa cicatrices de guerra surcaban arbitrariamente su abdomen, aunque eso no le restaba encanto. Un fino vello rodeaba su ombligo y bajaba provocativamente hacía… No mires hacia abajo, se ordenó. Pero lo hizo de todos modos y rezó para que él no se diera cuenta.

A cambio, él le devolvió el lento y experto escrutinio.

Katie se aclaró la garganta.

—Cuéntame más sobre la maldición.

La amargura endureció sus rasgos, y ella sintió una punzada de culpa por mencionarlo ya que, obviamente, era un hecho doloroso. Sin embargo, aquella punzada no era lo bastante fuerte como para hacerle retirar la pregunta.

—Eso no te que concierne —dijo él.

¿Oh, de verdad?

—¿Quieres mi ayuda o no? Con el psíquico —añadió rápidamente, disipando cualquier insinuación sobre hacer el amor.

Sus ojos se estrecharon.

—Percen de Locke es un hechicero poderoso, así como también mi hermanastro. Él me maldijo, encerrándome dentro de la piedra, capaz de oír, ver y sentir todo lo que ocurría a mi alrededor, pero incapaz de responder. Hasta que el beso de una doncella pura me otorgara la libertad. Temporalmente.

Bueno, pensó ella. Había querido una explicación racional, y esa distaba mucho de serlo. El tipo había sido convertido en piedra y su beso lo había liberado temporalmente. Sí, claro. Aquella clase de cosa sólo pasaban en los cuentos de hadas. Además, ella no era ninguna princesa encantadora. Katie tamborileó los dedos sobre los brazos cruzados y pensó en una forma de desenmascarar la mentira.

—¿Tú, por casualidad, no tendrás poderes propios? —le preguntó—. ¿Poderes mágicos que puedan demostrar tu historia?

Él arqueó una ceja.

—¿Qué hay de mi transformación?

—Necesito algo más.

Mirándola pensativamente, él dijo:

—¿Me invitarías de buen grado a tu cama si poseyera esos poderes mágicos?

No estaba segura, pero creyó escuchar una nota de resentimiento en su tono. Katie estudió los rasgos masculinos pero ni un atisbo de emoción lo traicionó.

—No —dijo ella—, no y no. Y no cambies de tema otra vez. ¿Puedes demostrar tu historia o no?

Él suspiró con frustración.

—Aunque este jardín esta retirado y no ha pasado mucha gente por él a lo largo de los palmos, he tenido siglos para estudiar tu mundo. Tú perteneces a una raza que sólo cree en lo que ve, en lo explicable. —Un brillo compasivo iluminó sus ojos—. Tu gente teme a la magia porque no pueden controlarla. De donde yo procedo, tanto grandes Señores como campesinos, poseen bajas habilidades místicas, y antes de que me lo preguntes de nuevo, sí, utilizo la magia. Y te lo puedo demostrar.

Un sentimiento de inminente fatalidad se deslizó a lo largo de su columna vertebral.

—Dijiste que has estudiado mi mundo. Has querido decir estado, país o continente, ¿verdad?

—No. Mundo significa cuerpo celeste. Planeta. Estrella. —Su mirada se volvió ausente, triste, dándole un aura vulnerable que la conmovió—. Para mí, mundo significa Imperia. Mi casa.

Él extendió la palma de la mano y cerró los ojos. Su expresión se endureció ante la intensa concentración. Mientras ella miraba, un globo pequeño y brillante se materializó en el aire por encima de su piel, girando despacio. Tres globos más pequeños giraban encima de ella. Cada centímetro era exquisitamente detallado, haciendo parecer a cada orbe sólido, y con vivos colores traslucidos.

Ella extendió temblorosamente la mano y tocó el globo más grande, sorprendida de encontrarlo firme y caliente. En el momento del contacto, vivas imágenes penetraron en su mente como si fueran fotografías. Ella jadeó. Castillos de cristal alzándose hacia un rosado horizonte. Criaturas majestuosas, parecidas a dragones se elevaban en un nebuloso cielo. Árboles arqueados en todas direcciones, ante el peso de la brillante fruta roja como zafiros o blancas como diamantes. Lo más hermoso de todo eran las extensiones de blanca hierba que ondeaba con una suave brisa, besada por el rocío.

Su expresión se tornó tirante, como si él usara cada onza de fuerza para mantener la imagen de su palma, pero los globos comenzaron a oscilar, luego desaparecieron totalmente. Su mano cayó a un costado.

Oh. Dios mío. Él decía la verdad. Magia. Un temblor frío la atravesó, congelando sus miembros. Ningún hombre mortal podría evocar una aparición tan maravillosa. Y ningún hombre terrenal podía transformarse de piedra a carne y hueso en un latido del corazón.

—Posees poderes mágicos, y eres un extraterrestre. —Parpadeó, luego parpadeó otra vez. Las imágenes de naves espaciales bullían a través de su cabeza—. Posees poderes mágicos, y eres un extraterrestre. —Tal vez si ella lo decía mil veces, su shock desaparecería—. Eres un extraterrestre. Un extraterrestre con poderes mágicos.

Cuando él no respondió, ella añadió:

—No te pareces a una criatura de otro planeta. —Realmente, ¿qué más podía decir? Su mente aún no estaba de vuelta.

—¿A qué se parece una criatura de otro planeta? —preguntó él.

—La piel verde, un cuerpo largo, viscoso y con ojos grandes y oscuros que te observan como si tuvieras que estar en una habitación, sobre una mesa, con una sonda que se introduce en partes de tu cuerpo que no merece la pena mencionar.

—Me he encontrado una raza que mira tal y como lo has descrito —se encogió de hombros—. Ellos viajan de planeta en planeta buscando el saber y el conocimiento.

—¿En naves espaciales?

—Sí.

Ella tembló, deseando no encontrarse nunca cara a cara con esa raza “culta”. ¿Pero, Dios mío, alguna vez había pensado en tener contacto con algún ser de otro planeta? ¡NO!

—¿Cómo viajaste hasta aquí? —Katie se felicitó mentalmente. Aquí estaba, conversando racionalmente con un extraterrestre y no desmayada, muerta, sobre la tierra.

Los labios de él se tensaron.

—Mi madre intentó ayudarme —contestó con fiereza—, y abrió un vórtice que me envió de mi mundo al tuyo.

Su intensa mirada recorrió el recinto, catalogando a las otras estatuas. ¿Habían sido enviadas todas ellas de otro mundo? ¿Todas ellas esperaban sólo el beso de un extraño para volver a la vida?

El guerrero delante de ella soltó una risita baja, como si oyera su tácita pregunta. O tal vez simplemente había hablado en voz alta. En este punto, Katie no estaba segura de lo que hacía, decía o pensaba.

—Soy el único —le aseguró—. Los demás son simplemente de piedra.

Sus hombros cayeron con alivio. Señor, sabía que sus nervios no podrían soportar a otro macho como… se quedó en blanco.

—¿Cómo te llamas?

—Soy Jorlan en Sarr. Una vez el primero al mando del gran Lord Gui, en el ejército de Sarr. —Alzando orgullosamente la barbilla, él cruzó los brazos sobre la sólida pared del pecho.

—Bien, soy Katie James, primera al mando del James Real Estate.

—Katie. —Él pronunció su nombre de una manera diferente a la que ella jamás hubiera escuchado, parándose sobre cada sílaba y prolongando la a y la e. Kaa‑tiee. Él cabeceó con aprobación—. Similar a katya. Ese nombre me complace.

Por alguna extraña razón, ella se alegró de que pensara así.

En este mismo instante, el frío viento de la noche, convirtió sus pezones en guijarros. Katie se sintió orgullosa de notarlo porque eso significaba que no había estado mirando hacia más abajo.

—Sabes —dijo ella—, se me acaba de ocurrir que podríamos continuar con la conversación dentro de casa. Debes de tener frío. —Lo mejor de ir adentro consistía en que así podría cubrir su desnudez con una sábana. Eso, a su vez, sofocaría su creciente atracción.

Dios mío, sentía lujuria hacia un extraterrestre.

Al menos él no es un asesino psicópata, susurró su mente.

—Tú no tienes frío —dijo él—, aunque no lleves prácticamente nada.

—Llevo un recio top y unos tejanos cortos. Es un conjunto perfectamente decente.

—Y yo voy así ataviado a propósito, como Elliea.

—Pero...

—No te olvides, tienes que darme tu palabra de que me ayudaras a localizar a un hechicero mañana al amanecer.

Otra brisa sopló, y esta vez ella miró hacia abajo. Sus mejillas se calentaron.

—¿Y bien? —preguntó Jorlan. Obviamente la paciencia no era una de sus virtudes.

—Es difícil de concentrarse cuando estas... —ella buscó en su mente la palabra adecuada— ...agitándote así. Por Dios, cúbrete.

Él miró hacia abajo, a su desnudez y se encogió de hombros, imperturbable.

—No hay que avergonzarse del cuerpo masculino, katya. Mejor que te acostumbres al mío rápidamente.

¿Qué quería decir con eso? ¿Que él nunca llevaría ropa en su presencia? ¿O es que el sucio y calentorro neandertal planeaba acostarse con ella, tanto con su permiso como sin él, así que debería acostumbrarse a su tamaño? ¡Lo uno o lo otro, él ya podía ponerse algo de ropa por su maldito bien!

—Te doy mi palabra de que te llevaré a un psíquico mañana. ¿Contento ahora?

—No. —Él inclino la barbilla hacia un lado, y colocó la mano sobre la mandíbula con expresión preocupada. Su mirada cautelosa, a la espera de algo. Parecía un hombre al encuentro de una tormenta peligrosa—. No se puede confiar en que las mujeres honren su palabra.

Katie resopló. Quiso preguntarle por qué había insistido tanto en que le diera su palabra ya que nunca tuvo la intención de creerla. En cambio, hizo rodar sus ojos.

—Tienes suerte de que me sienta amable, Jordie. Voy a permitirte vivir después de esa observación tan machista.

Él frunció el ceño.

Ella sonrió abiertamente.

—Ahora vas a entrar. A no ser que, desde luego, intentes romper tu palabra.

—Sólo un hombre deshonroso haría algo así. No yo —razonó con un tono duro.

—¿De verdad? Bueno, creo que el trato era que te daba mi juramento solemne de que te llevaría ante un hechicero mañana… cosa que ya hice… si entrabas… pero aquí estás de pie. ¿¡Um!, qué debo pensar ante eso?

Sus cejas se unieron en un ceño feroz.

Bueno. Ella se había anotado un punto, aunque el porqué lo aguijoneaba con eso, ella no lo entendía. Realmente comenzaba a sentirse a salvo en su presencia. Extraño, pero cierto.

—Después de ti. —Ella señaló hacia delante, en parte para echarle un vistazo a su trasero mientras caminaba y en parte porque no lo quería detrás de ella. Aunque, cuando le siguió, comprendió que no le gustaba la implicación sumisa que aquella posición le proporcionaba

Él la lanzó un vistazo sobre el hombro, con un malicioso destello oscureciendo su azulado iris.

—Quizás, la próxima vez podrías devolverme el favor y pasearte desnuda delante de mí.

Ni hablar, aunque se estuviera muriendo y ese fuera el único modo de salvarlo.

Mientras se acercaban a la casa, comprendió que este hombre era su responsabilidad. Él podía saber más dulce que el helado de chocolate durante un caliente y caluroso día. Él podía planear seducirla pare enseñarle cual era “su lugar apropiado”. (Eso aun tenía el poder de enfurecerla.) Y él podía ser un guerrero controlador. Pero lo había besado. Lo había puesto en libertad, y eso significaba que su bienestar, durante un ratito, al menos, recaía sobre sus hombros.

Dentro, observó a Jorlan precipitarse al interior e inspeccionar la madera astillada, las muestras de empapelado y los instrumentos que estaban dispersados por todas partes. Katie cogió una sábana salpicada de pintura del suelo y la colocó alrededor de sus hombros. Él no dio muestra de reconocer su acción. Por suerte, su falta de atención no desalojó la sábana. Lamentablemente, el colorido lino hacia poco para desmerecer su masculinidad. Él podría sostener una caja de tampones en una mano y un monedero en el otro y de todos modos ella no dudaría de su virilidad.

—¿Si somos de mundos diferentes —preguntó ella—, cómo conoces mi lengua?

—¿Crees que no sería capaz de aprender tu primitiva lengua a lo largo de todos estos palmos pasados? —parecía enfadado, ofendido y divertido a la vez.

Ella abrió la boca para explicar que no dudaba de su inteligencia, que simplemente se había preguntado si, también, fue a través de la magia, pero en cambio, dijo:

—Si eres lo bastante listo como para aprender una lengua entera, ¿qué clase de bloqueo mental te impidió aprender sobre la liberación de la mujer?

—Conozco todo sobre la igualdad de derechos y esas otras tonterías, pero lo que aprendí no es lo que a ti te gustaría. Aprendí que tu raza comenzó a debilitarse en el momento en que sus hombres perdieron sus instintos de guerrero.

—Bueno, tal vez lo que pasa es que no tuviste los profesores adecuados. —Con los puños apretados dijo—: Vamos a la sala de estar y te enseñaré una cosa o dos sobre el poder femenino.

Por fin él giró aquellos alarmantes ojos azules hacia ella.

—Cuando entre en esa “sala de estar” contigo, no será para hablar.

Cambio de planes.

—¿Tienes sed? —Salió precipitadamente y sin esperar su respuesta dijo—: Desde luego que la tienes. Has sido incapaz de beber desde la Edad de Piedra. Te buscaré algo. Tengo una nevera en mi camioneta. —Con eso, ella corrió hacia el frescor del aire nocturno.

Él rió suavemente, y susurró las palabras:

—No escaparás de mí esta noche —que la persiguieron todo el camino hasta su vehículo.

© Elizabeth


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