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Fecha: 21-Ene-13 « Anterior | Siguiente » en Transexuales

Dobles parejas (Laura, Gisela, Mónica y Carla) 1/2

Temporal
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Este relato cuenta el encuentro sexual entre Gisela (autora Giselachan en esta página) y su ama Laura con mi ama Mónica y yo misma (Carla). Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a

    Estaba impaciente. Sabía que Laura y Gisela eran una pareja como nosotras (Gisela es una travesti como yo) y estaba convencida de que lo pasaríamos muy bien.

 

    Conocí a Gisela a través de esta página y teníamos bastantes cosas en común. Aunque inicialmente la idea de quedar fuera de Gisela (o de Laura, porque dudo que Gisela hubiera propuesto nada sin la aprobación de su ama) a mí también me hacía muchísima ilusión. No sólo era cuestión de sexo. Conocer una pareja con tanto en común no es algo que suceda todos los días.

 

    Convencer a Mónica había sido más sencillo de lo esperado. Sólo me puso una condición. Laura no iba a poder tocar mi "clítoris". Mi mujer aceptaba que me vistiera de mujer, y que tuviéramos sexo con otros hombres, travestis o transexuales, pero, bajo ningún concepto iba a consentir que otra mujer me diera placer.

 

    Esa condición ya había sido comunicada a Laura, para evitar situaciones incómodas. De hecho, Laura y Mónica habían estado hablando sobre qué cosas les gustaban a sus respectivas "esclavas" y qué tipo de cosas planeaban obligarnos a hacer.

 

    Por la mañana me había despertado pronto para prepararme. Sabía que a Gisela le gustaba mucho el color rosa, cosa que tuve muy en cuenta.

 

    Empecé por quitarme con pinzas los pocos pelitos que habían sobrevivido al láser. Hacía ya tiempo que no me afeitaba como un hombre. Luego me pinté las uñas de pies y manos de rosa fucsia.

 

    Mónica me había obligado a hacerme un nuevo piercing, esta vez en la lengua. Por suerte, eso fue justo al empezar el mes de vacaciones, por lo que no tuve que ir a trabajar con el piercing puesto. Ahora que el nuevo agujero ya está curado no pasa nada si me lo quito unas horas al día (a diferencia del que llevo en el ombligo, éste me deja quitármelo para ir a trabajar).

 

    Al igual que mi primera vez como chica, decidí usar ropa interior blanca. Siempre he creído que el blanco y el rosa combinan muy bien. Escogí un tanga semitransparente pues me había hecho hacía poco un tatuaje en el pubis (la palabra "Slut") y quería que se viera. Por lo demás, era un tanga normal de mujer. Ni aberturas ni zonas más anchas. Me apretaba bastante los genitales, pero Soraya (nuestra amiga transexual) me había prometido que me iba a enseñar a esconder mis genitales cuando coincidiera un día libre de ambas y me había recomendado que me empezara a acostumbrar a las estrecheces.

 

    Me puse unas medias blancas. Éstas disminuían la intensidad del color de las uñas de mis pies, rebajándolo del rosa fucsia que llevaba a un aspecto rosado claro. Me puse también un sujetador blanco que tenía unas prótesis de relleno.

 

    Busqué la minifalda rosa y el pequeño top blanco que había llevado en aquella primera vez. Ya en aquella ocasión esas prendas me quedaban muy femeninas, pero ahora, con mi melena natural (aunque cortita) y totalmente depilada, se notaba mucho menos que en realidad era un hombre.

 

    Ahora ya tengo cierta libertad para escoger el calzado que llevo para andar por casa. El único requisito es que la altura del tacón (o para ser precisos la diferencia entre el tacón y la plataforma, si la hubiera) sea de, al menos, 11 cm. Para trabajar sigo teniendo que llevar alzas y, la verdad, creo que mis piernas se están adaptando demasiado. He empezado a notar molestias cuando voy descalza. Sin embargo, con tacones voy cada día más cómoda.

 

    Esa mañana escogí unas sandalias fucsia de tiras, de 14 cm de tacón (sin plataforma). No sabría decir con exactitud si eran las más altas, pues tenía ya varios modelos de altura similar y habría tenido que ponerme a medir tacones y suelas (o plataformas) para saberlo. Cuando me las puse, mi clítoris dio un respingo. Incluso hoy, después de tanto tiempo, me sigue excitando ponerme unos tacones.

 

    Hacía poco que había dejado de usar pelucas, pues mi pelo ya tenía una longitud mínimamente aceptable, aunque mi mujer me aseguró que lo dejaríamos crecer algo más. Me peiné cuidadosamente, acentuando un look lo más femenino posible.

 

    Finalmente, me maquillé usando mi pintalabios fucsia y sombra de ojos y colorete rosa. Quería asegurarme de que fuera de su agrado. Ya sólo quedaba esperar.

 

    Para hacer más amena la espera, decidí ponerme un butt plug. No tenía ninguno rosa. Todos mis butt plugs eran negros, a excepción del rabo del disfraz de diablesa, que era rojo. Pero tampoco era cuestión de obsesionarse con el color. Escogí uno que no fuera muy grueso, pues no quería que encontraran mi ano excesivamente dilatado, aparté mi tanga y me lo puse lentamente. Mi ano lo engulló sin el menor problema. Se quedó con hambre de más.

 

    Al cabo de una media hora, escuché una llamada al móvil de mi mujer. Pude oír como les decía a qué piso debían llamar y luego se dirigió al recibidor para abrirles la puerta de la calle. Yo aún no había visto a mi mujer esa mañana. Me llevé una grata sorpresa.

 

    Mónica llevaba un pequeño vestido blanco con un generoso escote. Por detrás de su espalda se apreciaban unas alas (claramente era un disfraz de ángel). Se había maquillado con tonos claros, como correspondía con el disfraz, y se había hecho la manicura francesa.

 

    Bajé la vista hacia lo que a mí más me interesaba. Se había puesto unas sandalias blancas marabou (de esas tipo mule con un pompón en la parte de arriba). El tacón era transparente de unos 13 cm, aunque no era de aguja. Había una pequeña plataforma, también transparente, pero apenas llegaba al centímetro de altura. No llevaba medias. También se había hecho una perfecta pedicura francesa. ¡Qué pies más sexis! Tuve que contenerme para no arrodillarme a chuparle los deditos en ese mismo momento.

 

    Lo que más me sorprendió era que se había teñido el pelo de rubio platino (suele llevarlo teñido, pero nunca tan claro). Le quedaba bien, pero eso significaba que tendría que llevarlo así durante un tiempo, lo que me pareció bastante atrevido por su parte.

 

    Cuando ya estaba terminando de comerme con la vista a mi mujer desde los pies hasta el cabello de ángel, oímos que llegaba el ascensor. Llegaron una mujer y un hombre. Abrimos la puerta.

 

    Ella era un poco más alta, aunque posiblemente fuera por los tacones (unas botas de tacón medio). Era realmente preciosa, con unos labios carnosos, bien sexis, que llevaba pintados de rojo pasión. Lucía una larga cabellera morena, perfectamente alisada. Y llevaba las uñas de las manos pintadas de un negro brillante. Había venido con camiseta y tejanos (supuse que luego se cambiaría), pero incluso así se apreciaba que era una belleza voluptuosa. Tenía unos grandes pechos y los tejanos le hacían un culo muy apetitoso.

 

    Él era... bueno, un hombre. Ni siquiera ahora me fijo demasiado en los hombres. También tenía el pelo moreno, aunque él tenía los ojos azules. Llevaba una bolsa en la que llevaría la ropa para cambiarse. Ya tendría tiempo de fijarme en su cuerpo cuando se hubiera vestido de mujer.

 

    —Tú debes ser Laura —dijo mi mujer.

    —Sí —contestó ella.

    —Y tú eras...

    —Álvaro, de momento.

    —Nosotras somos Carla —dijo, haciendo un gesto con la mano hacia mí— y Mónica. Para ti, Ama Mónica —eso iba por Álvaro.

    —Bienvenida, Ama Laura —me apresuré a decir yo.

    —¿Podemos ir a cambiarnos a algún sitio?

    —Por supuesto. Pero como ya os dije, si Álvaro cambia de idea, puede quedarse como está. Carla no se quejará por ello. Ya ha estado con hombres anteriormente. Cariño, ¿le demuestras a nuestro invitado que no es obligatorio que se vista de mujer?

 

    Lo hice de la mejor forma que se me ocurrió. Me arrodillé ante de él; le abrí la bragueta; saqué su polla, que resultó estar algo crecidita (al parecer lo habíamos puesto caliente); y la empecé a lamer.

 

    —Es suficiente, deja algo para luego —dijo mi mujer.

 

    Los acompañamos a la habitación y Mónica les dijo que nos llamaran cuando estuvieran listas. Tardaron un buen rato, pero la espera valió la pena.

 

    Laura se había disfrazado de diablesa. Sin duda mi mujer y ella se habían puesto de acuerdo. Llevaba un corsé rojo que acentuaba aún más sus senos, unas medias de rejilla negras y un tanga rojo. Se había cambiado las botas por unas sandalias negras de unos 10 cm de tacón, con 2 cm de plataforma. Las uñas de los pies también las llevaba de negro, a juego con las de las manos. Se había retocado el maquillaje (manteniendo los labios rojos) y ahora estaba muchísimo más sexy. Con diablesas así, daban ganas de cometer pecados. Había entrado con otra "mujer".

 

    —Os presento a Gisela —nos dijo.

 

    Gisela era una mujer rubia, bastante guapa. Se notaba que hacía deporte, pero no estaba excesivamente musculada. Se había puesto un vestidito rosa de tirantes muy corto, que apenas le llegaba a medio muslo. Y, a diferencia de mí, se había atrevido a lucir escote. Teniendo en cuenta que sus pechos también eran postizos, sin duda habían conseguido un magnífico truco de maquillaje.

 

    Llevaba las piernas perfectamente afeitadas y enfundadas en unas medias negras, con ligueros visibles justo donde terminaba el vestido. Se había puesto unos guantes largos, a juego con las medias, que le llegaban hasta los codos. Calzaba unos zapatos de salón negros de unos 11 o 12 cm de tacón, sin plataforma. A diferencia de antes, ahora Gisela era la más alta de las dos.

 

    Su maquillaje acentuaba todavía más la belleza de su rostro. Se había puesto sombra de ojos negra con rímel rosa, sin duda una combinación muy original, pero que le quedaba sorprendentemente bien. Llevaba los labios de un rosa intenso, muy sexy. Podía aprender alguna que otra cosa de nuestras nuevas amigas.

 

    —Encantada de conocerte —dije.

    —¿Sabes? —intervino Mónica— Carla tiene un disfraz parecido a ese. Si quieres te puede dejar una diadema con cuernos y un rabo.

    —Me parece una idea genial —dijo Laura.

    —Bájalos del altillo, Carla.

    —Sí, Ama —contesté yo.

 

    En un momento había bajado ambas cosas y Laura se había puesto la diadema. Se quedó un rato mirando el rabo. Para los que no hayan leído mis relatos anteriores, el rabo en cuestión es, básicamente, un butt plug. Una punta termina en forma de flecha, la otra en forma de consolador. Serían unos 14 cm insertables (aunque sólo 8 de ellos tenían el diámetro de una polla) terminados en un tope. Tras éste, seguía un metro de rabo y luego la punta de flecha.

 

    —¿Necesita que le lubrique el ano, mi ama? —preguntó Gisela.

    —Sí, pero prefiero que lo haga Carla. Para que lo hicieras tú no nos hacía falta el viaje. Hemos venido a jugar con Mónica y Carla, no entre nosotras.

 

    Gisela se quedó callada. El argumento de Laura tenía mucho sentido, pero aun así parecía que se hubiera sentido despreciada. Yo miré a mi ama, como esperando su aprobación.

 

    —No sé a que esperas, Carla —dijo Mónica—. Hoy cumplirás cualquier orden que te dé Laura como si viniera de mí misma.

 

    Laura se puso a cuatro patas en la cama, separando un poco las piernas. Yo me coloqué detrás de ella, también a cuatro patas, y empecé a bajarle poco a poco el tanga. Cuando tuve que pasarlo por sus rodillas, aproveché para acariciarle las piernas, y cuando tuve que sacárselo del todo, le acaricié disimuladamente los pies. Tenía la piel muy suave, eso me encantó.

 

    —Hemos traído lubricante con sabor a chocolate.

    —No te preocupes —intervino Mónica—, la putita no necesita que disimules el sabor de tu ano.

 

    Empecé besando los tersos glúteos de Laura, acercándome lentamente al centro. Cuando me sentí preparada, separé sus nalgas con mis manos y saqué la lengua. Lentamente, empecé a recorrer con la lengua el camino que iba desde el perineo hasta la rabadilla. Cuando mi lengua pasó por su ano, Laura se estremeció de placer.

 

    Viendo que le había gustado, propiné unos cuantos lametones más. Cada vez hacía un recorrido más corto, concentrándome en su ano, hasta que al final mi lengua ya no se apartaba de él. Aunque era evidente que se había limpiado previamente, tenía un sabor dulzón diferente al del resto de la piel.

 

    —Lo haces muy bien —dijo ella.

 

    Yo no contesté. En lugar de eso, empecé a hacer círculos alrededor de su ano, lubricándolo con mi saliva y ayudando a que se relajara y se abriera. Poco a poco fui introduciendo mi lengua en su agujero. La movía en círculos. La sacaba y la metía, procurando mantenerla siempre húmeda. Su ano ya estaba preparado. Mi mujer también lo pensó.

 

    —Ven aquí —dijo—. Ponle un condón al rabo. No querrás que Laura se lo meta en el culo después de haber pasado por el tuyo.

    —Sí, Ama.

 

    Cuando mi mujer me pedía que pusiera un condón se refería, por supuesto, a que lo hiciera con la boca. Ella ya me estaba ofreciendo tanto el condón como el rabo de diablesa, de manera que fui gateando por encima de la cama hasta llegar a ellos. Laura, que ahora estaba a mi lado, se levantó y se fijó en Gisela, que aun esperaba instrucciones.

 

    —Gisela, cariño, ¿no tenías tantas ganas de lubricar un culo? Puedes empezar con el de Carla, que luego querré follármela un rato.

 

    Gisela se situó detrás de mí. Mientras yo colocaba cuidadosamente el condón entre mis labios, noté como ella me levantaba la minifalda rosa, aunque descubriría que mi culito ya estaba ocupado. Apartó la tira del tanga, revelando, al hacerlo, la base de mi butt plug.

 

    —Tiene un consolador dentro, mi ama —dijo Gisela.

    —Menuda zorra viciosa estás hecha, Carla. No has podido esperar ni a que llegasen nuestras invitadas.

    —Lo siento, Ama —dije. Tras ello, puse el extremo redondeado del rabo de diablesa en mis labios y empecé a introducirlo en mi boca lentamente, poniéndole, así, el condón.

    —Bueno, es igual —dijo finalmente Laura—. Sácaselo.

 

    Gisela agarró el butt plug de la base y empezó a tirar. No pude reprimir un gemido cuando la parte más gruesa presionó mi punto G. El otro butt plug, al que le estaba poniendo el condón con la boca, justo acababa de llegar al tope. Nada difícil teniendo en cuenta que estoy habituada a chupar cosas mayores.

 

    Ambos butt plugs acabaron de salir al mismo tiempo. Gisela dejó a un lado el de mi culo y empezó a lamer mi ano en círculos. Como lo tenía algo dilatado, podía meter la puntita de la lengua sin problemas. Yo arqueaba mi espalda de placer y gemía de vez en cuando. Mónica cogió el rabo con el condón ya puesto.

 

    —¿Te ayudo a ponértelo? —le dijo a Laura.

    —Sí, por favor.

    —Muy bien, agáchate un poco y separa las piernas.

    —¿Puedes ponerle un poco de lubricante? No sé si la saliva de Carla será suficiente y no quiero que me duela.

    —Claro.

 

    Mónica cogió el lubricante de chocolate, que estaba más a mano, y puso una generosa cantidad en la punta y en los laterales de la parte insertable del rabo de diablesa. Mientras, Laura, siguiendo el consejo de mi ama, apoyó las manos en la cama y abrió las piernas. Entonces, mi mujer puso el rabo entre las nalgas de Laura y dirigió la punta hacia la entrada de su culo.

 

    Mónica empezó a empujar, incrementando la fuerza lentamente, hasta que la punta del rabo se adentró en el ano de nuestra invitada. Emitió un pequeño grito, que se transformó en gemido, a medida que el resto del butt plug iba penetrando su culo. Cuando la parte engrosada había entrado del todo, el músculo del ano absorbió la parte delgada, engulléndolo hasta el tope.

 

    —Me encanta —dijo Laura—. Me gustaría ponerle el otro butt plug a Gisela. También tiene derecho a disfrutar.

    —No hay problema —respondió Mónica.

    —¿Quiere que le ponga un condón con la boca, mi ama? —preguntó Gisela, apartando su cara de mi culo.

    —No hace falta. Si te molesta que haya estado en otro culo antes, límpialo. Con la lengua.

    —Como desee mi ama...

 

    Yo me recoloqué la tira del tanga en su sitio y me puse en pie. Pude ver a Gisela que empezaba a lamer tímidamente el butt plug, concentrándose en la zona más cercana a la base. En realidad no tenía nada que temer, pues yo había limpiado mi culo antes de metérmelo, pero supuse que era normal que tuviera ciertos reparos. Laura se lo recriminó.

 

    —No sé si lo sabes, pero la parte que se introduce es la otra. Haz el favor de metértelo en la boca y chuparlo como si fuera uno de esos caramelos que tanto te gustan.

    —Perdón, mi ama.

 

    Gisela empezó a hacer una felación a mi butt plug. Se lo metía en la boca hasta más de la mitad y, de vez en cuando, lamía la punta asegurándose de bañarlo en saliva. Por las ganas que le ponía, casi parecía que aspirase a proporcionarle un orgasmo. A mí me estaba poniendo a mil.

 

    —Carla, tu ama me ha contado que eres una guarrilla obsesionada con los pies. ¿Es eso cierto?

    —Sí, Ama Laura —respondí con timidez.

    —Demuéstramelo.

 

    Me encantó escuchar eso. Me acerqué gateando a la majestuosa diablesa que se alzaba ante mí. Era una de las imágenes más sexis que había visto nunca. El ver como le salía el rabo de diablesa por detrás, entre las piernas... En realidad, al estar frente a mí, no veía como se adentraba en su culo, pero yo sabía que lo hacía, y eso era suficiente.

 

    Acerqué mi cara a sus pies, con sus medias de rejilla y sus sandalias negras. Precisamente, eso era lo único que, en mi opinión, podría mejorar. Las sandalias tenían poco tacón (10 cm) para una plataforma de 2 cm. Lo que significaba que, a efectos prácticos, era como si llevara sólo 8 cm. Hace meses, me hubiera parecido perfectamente aceptable. Ahora no. Pero los pies que había dentro lo compensaban con creces. Preciosos, suaves, con las uñas inmaculadamente pintadas de negro. Acerqué mi nariz. Y descubrí que, además, olían muy bien. Ese olor sexy de unos pies femeninos que han sudado un poco, no mucho, sobre unos zapatos de tacón. Ese inconfundible aroma...

 

    —¿Qué crees que haces? —dijo, apartándome la cara con el pie. No llegó a ser una patada.

    —Pues... demostrar que me obsesionan los pies, Ama Laura.

    —Pero no conmigo. Es evidente que te van a gustar mis pies. Les dedico bastantes horas al mes para tenerlos sexis. Si de verdad te obsesionan los pies, demuéstramelo con los de Gisela.

    —Por supuesto, Ama Laura, disculpe que haya sido tan estúpida.

    —Gisela —intervino mi mujer—, ponte a cuatro patas en la cama, para que la zorra de Carla pueda probar tus pies mientras yo te pongo el butt plug, como acabo de hacer con tu ama.

    —Sí, ama Mónica —respondió ella, tras sacarse el butt plug de la boca, perfectamente ensalivado.

 

    Gisela hizo lo que le habían pedido. Sus pies entaconados quedaron colgando por el borde de la cama. Sus zapatos eran mucho más sexis que los de su ama. Los clásicos zapatos de salón negros sin plataforma. Se los quité lentamente, disfrutando del sonido que produce el roce entre las medias y los zapatos. Es diferente al ruido que se escucha al descalzar unos pies sin medias. En ambos casos, lo considero música para mis oídos.

 

    Empecé a masajearle los pies por encima de las medias. Sabía que, en realidad, esos pies pertenecían a un hombre. Pero hasta hacía poco habían llevado tacones y eso era lo que importaba. Para mí eran los pies de la sexy Gisela, y los deseaba. Sentí curiosidad por cómo llevaría las uñas de los pies, así que le cogí uno de los tobillos y le levanté un poco el pie con delicadeza. Me alegró ver que las llevaba rosa, o eso parecía, pues las medias negras oscurecían el tono. Tampoco es que me importara mucho el color (aunque tengo mis preferencias), lo que importaba es que, cuando le quitara las medias, sus pies descalzos siguieran viéndose femeninos. Y para eso era imprescindible que llevara las uñas pintadas.

 

    Recorrí con mis manos las piernas de Gisela, ascendiendo, poco a poco, hasta llegar a los ligueros que mantenían las medias en su sitio. Entonces, levanté un poco el vestido rosa, lo justo para acceder a ambos ligueros, solté las medias y se las fui bajando. Empecé por la izquierda, bajándola hasta que estuvo toda arrugada sobre el tobillo y luego hice lo mismo con la derecha. Finalmente, tomando una con cada mano, liberé ambos pies a la vez.

 

    Tímidamente, acerqué mi rostro y lo hundí entre sus pies. Como era de esperar, su olor era algo más fuerte que el de los de Laura. Aun así me encantó, olían a sensualidad. Mientras yo disfrutaba de su aroma, Mónica decidió que era el momento de penetrarla. Pude ver como le levantaba toda la parte baja del vestido, revelando un tanga azul bajo el cual se podía apreciar un bulto que tenía mucho potencial. La muy guarra ya tenía las braguitas mojadas de lubricante natural, pero de poco le iba a servir para lo que le iban a hacer ahora.

 

    —Laura, ¿le pongo algo de lubricante a tu esclava?

    —¿Tú se lo pones a la tuya?

    —Ahora ya no —reconoció mi mujer.

    —Pues no le pongas, que se vaya acostumbrando.

 

    Tras un rato lamiéndole las plantas de los pies, decidí chuparle los deditos. En ese momento descubrí que las uñas que llevaba eran postizas, aunque he de reconocer que si no fuera por lo cerca que estaba, no lo hubiera notado. Sin darle excesiva importancia, introduje el dedo más pequeñito en mi boca, mientras miraba como mi ama apoyaba la punta del butt plug en su ano.

 

    Mientras yo iba chupando los dedos de sus pies, alternando entre ellos, pasando la lengua entre cada par, podía ver como el butt plug iba desapareciendo lentamente en el culo de Gisela. Era una imagen hipnótica. Al final, igual que antes, los últimos centímetros entraron solos, hasta que el tope quedó sobre la entrada de su ano.

 

 

    Continuará...

 

 



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