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TODORELATOS » SEXO VIRTUAL » “EL EXTRAÑO CASO DE KARIM Y DOÑA FLOR” 2ª PARTE
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Fecha: 05-Nov-14 « Anterior | Siguiente » en Sexo Virtual

“El extraño caso de Karim y Doña Flor” 2ª parte

Anejo
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Tiempo estimado de lectura: [ 35 min. ]
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“Los amantes virtuales acuden puntualmente a la segunda cita. Siguen las peripecias del jardinero obediente y la inflexible doña Flor. Pero algo muy extraño pasa entre los dos internautas. ¿Fenómenos paranormales? ¿Realidades alternativas?” Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Llego el domingo por la noche y a las diez en punto Engracia se sentó ante el ordenador de su despacho. Era un modelo antiguo pero estaba muy bien revisado y funcionaba de forma razonablemente rápida.

El amante se hizo esperar. Eran casi las once cuando apareció la respuesta en la pantalla.

“Hola guapa. Perdona. Los niños no se querían acostar”

“No pasa nada. He estado leyendo la historia de la semana pasada. Me parece genial. Mejor cada vez que la vuelvo a leer”

“Tú no has leído muchas historias eróticas..”

“No. Es verdad, pero esta me parece muy buena. Me pone muy caliente, no sé.”

“Bueno, tal vez es también por la forma que te la cuento. Soy yo quien te pongo caliente quizás.”

“Si eso te  gusta más, puedes decir que sí, que eres tú. ¡Chulo!”

“Bueno, un poquito engreído. ¿Vamos a lo nuestro?”

“Preparada. No llevo ropa interior y mi camisón es muy sexi; rosa, caladito, escotado,..”

“Vaya. Muy sugerente, gracias. Pues empiezo. No puedes tocarte aún, recuerda.

Los días pasaron rápidamente y Karim y doña Flor no dejaron de encontrarse. Tenían excusa y privacidad. Zulema estaba exultante por la buena acogida que había tenido su hermano y Karim mostraba un brillo especial en sus ojos.

A la semana, algo empezó a olerse la asistenta, pues el jardinero llegaba a casa muy tarde y cansadísimo según parecía y en su trabajo se mostraba nervioso, como esperando con ansiedad la marcha de su hermana, que acababa la jornada hacia las cinco. Después del mediodía solía llegar la dueña de la casa. Zulema le servía la comida y ella la tomaba y se retiraba a descansar a su cuarto. Karim llegaba a las tres y no paraba de mirar en dirección a la ventana del dormitorio de doña Flor, en el primer piso. Zulema empezó a mosquearse con tantas miraditas.

Lo que le acabó de hacer desconfiar fue la súbita obsesión de Karim por la higiene. No era muy mirado para los temas de la limpieza habitualmente. Se duchaba de vez en cuando, eso sí, pero no a diario. En la última semana Karim olía a jabón y perfume, sobre todo a la vuelta del trabajo, lo que ya era para mondarse de risa.

Un lunes decidió la mujer aventurarse a espiar la casa para averiguar qué pasaba cuando el ama y el jardinero se quedaban  solos cada día. Nada más fácil. Ella tenía las llaves, como es natural. Volvería sigilosamente hacia las seis quizás. Entraría discretamente y miraría. Si era descubierta diría que había vuelto a recoger su monedero, que previamente dejaría encima de los fogones.

Así lo hizo. Caminó veinte minutos en dirección al pueblo y luego desandó el camino. Abrió con sumo cuidado la puerta del jardín. Primera confirmación de sus sospechas. Karim no estaba trabajando. Caminó en dirección a  la casa, pero se lo pensó mejor y, en lugar de abrir la puerta, se dirigió hacia una de las ventanas de la planta baja y asomó cautelosamente su cubierta cabeza por el cristal. Tuvo que sujetarse al alfeizar para no caerse de culo.

Su hermano estaba en el suelo, desnudo como un corderito y arrodillado ante la señora. Le hacía un agradable masaje en el pie derecho. Ella se recostaba en el sofá pensativa, con la otra pierna recogida y luciendo una preciosa combinación de braguitas azules cobalto y sostén a juego, con sus pechos hinchados por la tela sobresaliendo provocadores.

Luego la señora le ofreció al improvisado masajista el otro pie y él, abnegadamente, procedió a lamerlo de punta a talón, planta, dedos, empeine i tobillos para luego tomarlo entre las manos y friccionarlo con entusiasmo.

Algo pareció desagradarle a la masajeada, que indicó al jardinero que la saliva no era suficiente. Zulema pudo oír la voz de Karim que se ofreció a ir a buscar una crema al baño. Pero ella negó con una sonrisa pícara y le indico que se acercara un poco más, que iba a obtener la crema enseguida y sin tener que moverse del sitio.

Con gestos precisos, empezó a acariciar con su pie la enhiesta polla que ahora creció un poquito más. Con el otro masajeó los hinchados cojones del hombre. Finalmente formó un hueco entre sus plantas y abrazó con ellas el carnoso tallo. Movió las piernas con fuerza y se quitó el sujetador para motivar más al masturbado. Pronto la leche manó con abundancia impregnando las plantas de los dos pies. Entonces él volvió al trabajo, como si nada hubiera ocurrido, utilizando su precioso semen como crema de masaje de pies biológica, caliente y aromática.

Al cabo del rato la señora decidió seguir con la fiesta en su dormitorio y el hombre tuvo que levantarla en brazos y transportarla escaleras arriba.

Se había acabado el espectáculo para Zulema, pero ella pensó rápido y recordó que la escalera de atrás llevaba hasta el balcón de doña Flor. Corrió al patio trasero y subió sigilosa.

A través del visillo le llego una nueva escena más turbadora que la anterior. Ya desnuda la muy golfa se había sentado en la cama para dejar que su siervo se aplicara a lamerle entre los muslos con un fervor que indignó a la espía. Pero lo que la sacó de quicio  fue ver que la señora agitaba con la mano libre un largo látigo de carretero, con un palo de un metro de largo y un trenzado de cuero de más de dos. Y lo hacía silbar con habilidad, estrellándolo en la espalda y las nalgas del lamedor. No eran muy violentos los latigazos pero iban dejando una marca visible en forma de trazos rojos.

Ya era bastante lo que había visto. Zulema reculó discretamente y abandonó el territorio de depravación con lágrimas en los ojos.

Nadie supo lo que había descubierto, pero aquella noche, cuando su marido la requirió para el uso conyugal, como cada miércoles, Zulema se sintió molesta recordando la imagen de su hermano fustigado, humillado, chupando el chumino pestilente de aquella mala puta de mujer que lo había envenenado con alguna pócima.

Cuando su marido la penetró notó que estaba más húmeda que de costumbre y cuando se salió justo a tiempo para derramarse abundantemente entre sus nalgas, no pudo ella evitar imaginarse que el rollizo pene de Abdesalem era su lengua, su semen sus babas y sus rizos púbicos la poblada barba del señor de la casa. Era como si él estuviera cometiendo el humillante acto de restregarle la lengua bien mojada por el ano, haciéndole cosquillas con su bigote. Y aquello tuvo el efecto de hacerla correrse como una posesa, cosa que hacía semanas, quizás meses, que no ocurría.

Se durmieron, ella avergonzada por sus pensamientos impuros y el orgulloso de su maestría sexual que había hecho alcanzar tan glorioso orgasmo a su fiel compañera.

A la mañana siguiente Zulema desayunaba pensativa con su hija Yasmin. Tomaban té muy cargado con una nube de leche y tostadas con aceite y sal. Yasmin era una chica de grandes ojos soñadores y pequeñas tetas inquietas. Aún no tenía novio y era una empollona de cuidado. Y además era lista. Sabía que algo le pasaba a su mamá, que normalmente se mostraba optimista y dicharachera por las mañanas y ahora parecía preocupada y triste.

La buena mujer necesitaba confiar a alguien su preocupación y cuando Yasmin le preguntó qué le pasaba le dio una explicación algo edulcorada de la situación entre Karim y doña Flor. La muchacha ya intuyó que el motivo del disgusto no podía ser que la señora se estuviera acostando con su tío simplemente y escarbó un poquito más hasta tener un atisbo de lo que indignaba a su mamá. La chica sabía poco de sexo pero algo había oído en clase y tenía nociones de la existencia de aquellas perversiones de dominación  femenina. Pero, ¡su tío! Si era el macho por excelencia. El HOMBRE con mayúsculas. Cómo podía ser que…

Yasmin tenía fantasías más románticas que sexuales con el hermano de su madre. Desde du llegada de Marruecos hacía seis meses, había despertado en ella una sexualidad incipiente que se concretaba en imágenes de besos, abrazos efusivos y aromas masculinos que la envolvían. ¡Era tan guapo! Y callado, serio, un poco misterioso.. Cuando Karim  le hablaba, Yasmin sentía como se erizaban sus pezones, cosa que la avergonzaba en extremo.

Con la promesa de no  hablar con nadie de las revelaciones de su madre, Yasmin partió para el instituto. Allí la mañana se le pasó en blanco. No podía concentrarse en las materias. Le perseguía la imagen de su tío arrodillado y aquella mala mujer dándole de bofetadas y escupiéndole con desprecio. Su imaginación no llegaba a recrear nada más perverso dada su falta de experiencia e información en materia de sadomasoquismo.

Ya por la tarde, en la biblioteca municipal, Yasmin seguía en estado de shock, celosa, aturdida y profundamente cabreada. No podía concentrarse en los problemas de física y tecleaba en su calculadora sin orden ni concierto. De pronto una nube aromática la envolvió. La fragancia de Estivalia y unos dedos de uñas largas y azules le acariciaron. Desiré había llegado.

Desi era la nueva novia de Mohammed, su hermano mayor. ¡Menuda pieza la tal Desi! Habia ido a su clase hasta primero de bachillerato. Allí sus caminos se separaron, ya que la pobre Desiré tuvo que repetir curso mientras Yasmín, la empollona, pasaba a segundo con las mejores notas de la clase. Quizás la repetidora envidiaba la inteligencia y capacidad de la otra, pero ésta también tenía motivos para sentir envidia. Desi era la chica más popular del instituto. Era bajita, bastante más pequeña que Yasmin, pero tenía un pelo precioso, rubio, ondulado y larguísimo, mientras que nadie sabía cómo era el pelo de la joven magrebí, siempre oculto por el dichoso velo. Su cara era resultona más que bella, con los ojos pequeñitos y rasgados y la boca un poco grande. Pero lo que marcaba más las diferencias eran las dos enormes tetas que lucía la rubia, aún más ostentosas por lo menudo de su cuerpo. Habían hecho perder el sentido a alumnos y profesores desde que tenía quince años. Si hubiera recibido, digamos cinco euros, por cada paja ejecutada in memoriam de sus voluminosos pechos, ya sería millonaria.

Y ahora Desi salía con Moja y se volvía a relacionar con Yasmín. La amistad era bastante interesada por parte de la primera, ya que sus deberes habían recibido un impulso espectacular y sus notas mejoraban, hasta el punto que ya se veía con la ESO en el bolsillo. Y todo gracias a la ayuda de la hermana de su noviete, tan aplicada como ingenua.

Desiré notó también algo raro en la actitud de su compañera y empezó a tirarle de la lengua cuando salieron a que la vampiresa se fumara su cigarrito en la plaza. Yasmín no tenía ganas de hablar del tema, pero advertía que Desiré tenía mucha más mundología y experiencia que ella, así que empezó a sonsacarla sobre la cuestión de la dominación femenina. Aquello intrigó aún más a la rubia, que con muchos circunloquios fue sacando el agua clara del asunto hasta llegar a comprender que el apuesto tío de Moja se había pervertido, dominado por aquella mujer tan rica i glamurosa que tenía una tienda en Valencia.

Desiré era una muchacha exuberante, muy sexi y extrovertida, pero en el fondo, bastante insegura y temerosa de todo lo que el sexo representa. Dudaba de los sentimientos de los hombres hacia ella, consciente de que era difícil de que los chicos mostraran su afecto y valoraran su personalidad alegre y tierna, abrumados por su explosiva anatomía. Y era ella misma quien provocaba el equívoco con su coquetería incurable.

En suma, se preguntaba siempre si los hombres querían salir con ella o con sus dos espectaculares senos. Aquello le pasaba también con Mohammed. Desi quería sentirse amada por él por encima de sus atractivos físicos, pero era tal su inseguridad que siempre acababa poniendo sus tetas sobre la mesa, como argumento contundente de su atractivo personal, y se quedaba sin saber qué sentiría Moja por ella si tuviese los pechos de Yasmin, por poner un ejemplo extremo.

Los dos días siguientes fue dando vueltas al asunto. Había quedado con su novio para ir a cenar a casa de unos amigos, eufemismo de echar un polvo en el sofá del comedor de unos colegas, aprovechando la ausencia delos papis de éstos.  Y a Desi no le apetecía nada repetir otra vez la  lucha cuerpo a cuerpo para no verse privada de sus bragas. Ella no quería llegar al final aún. Era virgen, a pesar de tener un récord de actividad sexual y de promiscuidad. Mohammed estaba poniendo todos los medios para que dejara de serlo y en los últimos encuentros habían tenido problemas. Por eso acudió preocupada a la cita del sábado.

Sus amigos, otras dos parejas, ya estaban allí. Moja la esperaba en la puerta de la finca donde vivía la amiga de Desiré cuyos padres habían salido de fin de semana dejando libre la casa. A Desi le gustaba Mohammed. Era delgado, nervudo, algo serio, con ojos de poeta o de iluminado sufista. También era apasionado, romántico, tierno y muy sensual. Ella lo pasaba pipa haciendo sexo no coital con él. Pero parecía que se habían acabado las tardes felices de morreos y amorosas masturbaciones con sus tetas actuando de maestras de ceremonias. Ahora el chico insistía en llegar a la anhelada penetración, cosa  que a ella le aterraba.

Se besaron, Desi con poco entusiasmo, él ardiente, como siempre se mostraba con ella. ¡Demasiado ardiente!. La cena fue rápida, como preámbulo de lo que realmente les llevaba allí, que era sólo tener unas horas de intimidad tranquila cada pareja. Les tocó en suerte comedor, mientras que la dueña de la casa de reservó el dormitorio paterno y la otra pareja invitada el cuarto de los ídem.  Moja estaba ansioso por quedarse a solas con Desi pero ella no tenía muchas ganas de que esto ocurriera. Iniciaron su escarceo con lenguas, manos y roces y pronto Desi puso sus dos argumentos al descubierto esperando que eso bastara para darle a Moja un final feliz y a ella la tranquilidad de conservar una semana más la vagina intacta.

Desi hizo que su chico se tumbara, se sacó la camiseta y luego, con un gesto de gatita caliente, se desabrocho el voluminoso sujetador. Los pechos cayeron pesados al librarlos de su prisión. Moja los miró hipnotizado. Eran blancos, bastante más que el resto de la piel tostadita por el sol y eso hacía que parecieran aún más grandes. Moja se había quitado los pantalones hacía un momento y su pene se marcaba erecto bajo el bóxer negro. Desi se lo bajó haciendo dar un gracioso saltito a la flexible polla. De inmediato se abalanzó sobre él para besarle la pancita mientras sus senos aprisionaban a su buen amigo y compañero de juergas en un efusivo abrazo.

Cualquier adulto macho de la especie homo sapiens habría tenido dificultades para no derramarse en el cálido valle de carne que se había formado; A no ser que, como era el caso de Moja, le hubiesen realizado más de cien veces aquella deliciosa masturbación caribeña.

Pronto se vio que las soberbias tetas de la chica no eran ya suficiente festín para el muchacho que apartándola suavemente mientras le besaba en el cuello bajó sus manos hacia las aún cubiertas ingles, viendo como ella le hurtaba el objetivo tan deseado y empezaba a esquivarlo con cara de disgusto.

Y se desató la discusión, primero en voz baja, luego a gritos que contrastaban con los gemidos de gusto y las risas  que venían de las otras dependencias .

Moja empezó a vestirse sin dejar de insultar a su amada, con epítetos del calibre de calientapollas, putón, estrecha, vaca,.. mientras ella le tildaba de obseso, picha brava, maltratador, cochino,.. Ya con Moja en la escalera, Desi, despechada, lanzó su último dardo envenenado….¡Vete con tu tío a comerle el coño a doña Flor!. Inmediatamente se mordió la lengua. No debía haber dicho aquello. Era muy ruin y ponía en evidencia a su amiga, pero estaba tan enojada.. Rompió a llorar cuando sus colegas salieron medio desnudas a ver qué pasaba. Mohammed había dado la vuelta y empezó a golpear la puerta. No entendía qué quería decir Desiré con aquella última aseveración. La dueña de la casa, Nuria, le gritó que se largara y los dos chicos salieron a medio vestir dispuestos a echarlo de allí. Finalmente tuvo que irse frustrado y cabreado como una mona, eso sin mencionar el calentón que llevaba.

La imagen evocada por Desiré le perseguía mientras volvía a su casa. Su querido y admirado tío Karim practicando un cunnilingus a aquella mujer adusta cuya casa limpiaba a diario la madre del chico. Era una mujer mayor y no le parecía muy atractiva precisamente. ¿Cómo era posible que …? Pero, ¿Era cierto? Tal vez Desi se había inventado una trola enorme, pero algún fundamento había de tener para que lo hubiera dicho con tanta seguridad.

Eran las dos de la mañana cuando llego a su casa, una de las modestas viviendas de protección oficial de las afueras. Había luz en el cuarto de Yasmin. Llamó y pasó antes de recibir respuesta. Quería saber qué había de cierto en la acusación de Desiré. Por la cara de su hermana, comprendió enseguida que todo, aunque ella negó, disimuló, excusó..

“Oye. Esto es un poco aburrido. Parece una serie de jovencitos de la tele. No es por nada pero estoy aquí medio en pelota y no me dejas tocarme. Con lo que cuentas no me caliento nada, así que ves al grano. ¿Puede ser?”

“Perdona. Se me olvidó que no te podías tocar aún. Mira: Cógete los labios mayores entre el índice y el anular. ¿Ya está?”

“¿El anular cuál es, el del medio o el cuarto?”

“¿Estás flojita en anatomía tú, eh? Es el penúltimo. Te quedará libre el tercero, que se llama..”

“Corazón, me parece”

“Eso; Corazón. Pues te lo metes entre los labios. Ahora aprieta con los otros dos dedos, el segundo y el cuarto. ¿Te gusta?”

“No está mal.”

“Métetelo por la raja y con la base del dedo frótate el clítoris. ¿Estás mojada?”

“No”

“Pues métete los tres dedos en la boca, venga, rápido que se hace tarde”

“Eso me da un poquito de aprensión. ¿No puedo ponerme crema?. “

“Si, de la blanca. Te untas bien y empieza otra vez. ¿Te gusta el sado no consentido?”

“No suena muy bien dicho así”

“No me refiero a que te lo hagan a ti, sino a leerlo o imaginar cómo se lo hacen a otra mujer “

“Pues no mucho. Me imagino por dónde va la cosa ahora. No quiero que le pase nada malo a Doña Flor. Es mi heroína del cuento. “

“Bueno, tu aguanta, nada, cinco minutos y verás que te vas calentando y al final te vas a correr mejor que el sábado pasado”

“A ver si es verdad”

“Mohammed quiso corroborar la perversión de su tío y se lo montó para verlo desnudo al día siguiente. Fue fácil. Entró a afeitarse cuando Karim se duchaba. El lavabo era pequeño y a veces lo tenían que compartir. Por el espejo, mientras se daba jabón a la cara escrutó tras la cortinilla. Casi se corta la mejilla cuando pudo ver un sinfín de marcas rojas en el perfecto culo y la escultural espalda de su pariente. No había duda. Todo era cierto.

Inmediatamente un odio cerval se apoderó de él. Aquella bruja había hechizado a su tío. Ardía en deseos de venganza. Mohammed era ya un chico bastante europeizado, pero conservaba algunos tics culturales africanos cien por cien. La supremacía del macho era uno de ellos.

Aquel domingo por la mañana salió a recorrer el pueblo para olvidar su enfado y quiso la adversa fortuna que fuera a toparse con su colega Abdulah, también llamado “Malahierba”. Puedes pensar que le llamaban así porque nada honesto ni positivo podía crecer a su lado, o quizás porque siempre volvía a brotar cuando todos pensaban que había desaparecido sin dejar rastro. Pero la verdad es mucho más prosaica. El apodo hacía referencia a la poca calidad de la marihuana que vendía por toda la comarca desde hacía dos años. Tenía la edad de Mohammed y habían ido juntos a clase y jugado al futbol en el club local cuando eran cadetes. Luego, por suerte para Moja, sus caminos se separaron, aunque aún se encontraban a veces y mantenían una relación cordial.

Malahierba era un tipo bajito y peludo, con algún kilo de más, mirada torva y barba de una semana. Solía pasar el rato, entre trapicheo y trapicheo, en la terraza del bar de un callejón próximo a la plaza del ayuntamiento. Llamó a su amigo y le invito a cerveza. Había hecho una buena recaudación el día anterior y se sentía espléndido. Detecto el enojo de Mohammed y se interesó por los motivos. Costó un poquito, pero al cuarto tercio, Moja empezó a largar. Salió todo a relucir. La ignorancia de los hechos permitió que éstos crecieran en gravedad en la imaginación del muchacho. Adulah comprendió que había tema. Una mujer sola, rica y con secretos inconfesables. Sabía que su amigo podía acceder a la casa, ya que su madre tenía la llave. ¡Menudo chollo, tío! Podían entrar, darle un buen escarmiento y llevarse alguna joyita y todo el dinero de recuerdo. Ella no podría denunciarlos si no quería que saliera todo a relucir. Mohammed no era un malandrín como Abdulah, pero estaba muy quemado con aquella historia. Con tres tercios más acepto seguir el plan de su compañero y juntos se dirigieron a buscar la llave y a cerciorarse de que Karim no estaría haciendo compañía a su jefa.

Doña Flor se despertó con la extraña sensación de que algo le oprimía los labios. Cuando abrió los ojos advirtió que no era un sueño: Una mano peluda la amordazaba con gran fuerza, mientras alguien sujetaba sus brazos contra la cama. Percibió el aroma especial de la piel de los africanos. Eran dos. Jóvenes. Uno de ellos con cara de iluminado, de fanático. El otro de tunante de poca monta. 

Oyó la voz del primero, atronante, amenazadora, mientras el otro se colocaba encima de ella para inmovilizarla. Escucho una sarta de insultos, desde perra caliente a sucia hechicera

Sujeta con la cara contra la barriga de Malahierba, doña Flor vio por el rabillo del ojo cómo el otro chico se acercaba con uno de sus látigos en la mano. Lo debía haber encontrado enseguida al abrir un cajón de la cómoda. Una nueva retahíla de insultos cayó sobre ella mientras la mano nerviosa de Moja le levantaba el camisón, descubriendo su blanco y abundante culo.

El primer azote estalló en las nalgas con furia y la mujer no pudo contener un grito de sorpresa y dolor que hizo reír a Abdullah. Luego hubo otro y otro.

La flagelada no pudo evitar pensar, en medio del castigo, que su verdugo no tenía ni idea de aquel refinado arte. Con gusto le iba a dar ella una lección de cómo se azota a alguien en cuanto tuviera ocasión. No podía negarse, eso sí, la energía y voluntad que ponía el chico en aquella tarea; el culo y los muslos estaban ya al rojo vivo y él no parecía cansarse.

Abdullah disfrutaba del espectáculo en primera fila y la visión de las piernas regordetas pataleando y las nalgas enrojeciendo a cada golpe, iban excitándole por momentos . Con un gesto detuvo el castigo y le dijo algo en árabe a su compinche.

Luego agarró a su presa del cabello y levanto su cabeza para ver su llorosa cara. Doña Flor era todavía una mujer muy bella, con grandes ojos marrones enmarcados por cejas perfectas y unas pequeñas bolsas, además de alguna arruguita en los extremos. La nariz era algo prominente, pero hacía juego con la boca grande, de labios finos y dientes perfectos. El hombre le habló en tono neutro: Podían seguir con los azotes hasta arrancarle la piel, pero si ella se mostraba cariñosa y sumisa quizás les movería a apiadarse de ella y acortar el castigo.

Doña Flor se mostró dispuesta a hacer lo que fuera con tal de que pararan de pegarle. Abdullah la apartó y se incorporó. Mohammed empezó a protestar en su lengua natal. Una docena de latigazos no era nada comparado con la falta cometida por esa bruja pervertida. Su amigo le guiñó un ojo. Podían aprovecharse del miedo de la señora y luego seguir con el castigo hasta que se cansaran; Y él ya estaba muy caliente.

Se quitó toda la ropa, dejando al descubierto su cuerpo moreno, peludo y relleno, aunque no exageradamente. Una buena panza y fuertes brazos y piernas, todo cubierto de un vello oscuro y crespo. Del matojo de las ingles emergía un grueso fresón que parecía incrustado en dos peludos testículos de talla mediana.

Doña Flor comprendió enseguida lo que quería el tipo. Hacía tiempo que no se comía una polla, pero eso era una ciencia que, como ir en bicicleta, nunca se olvida, y ella había sido en sus años mozos la Reina de la Montaña de las mamadas. Analizó su objetivo. Parecía un pene ridículamente corto, pero sabía por experiencia que no había de fiarse de la primera impresión. El tío se acercó dejando su pubis a la altura de ella, que permanecía sentada al borde de la cama.

Doña Flor inspiró con precaución. El olor era intenso pero no desagradable. Al menos el gordito se duchaba. Dio unos lengüetazos estilo gato al rosado capullo que se hinchó. Llevo la mano a la bolsa y acarició su contenido con delicadeza. La bolsa se estremeció un poco y empezó el milagro del crecimiento de la polla de Abdullah, realmente curioso de observar. El tallo del pene empezó a engordar más que a alargarse y el glande se hinchó aún más. Al final, una pieza carnosa que ya no le cabía en la mano a la feladora, se manifestó ante sus ojos, con la forma de un pepino pequeño y dura como una piedra. Todo un reto meterse en la boca aquel instrumento, pero ella lo intentó con ganas, estimulada por los ardores que recorrían sus nalgas y sus muslos. Se arrodilló ante él, no por humildad y sumisión sino para evitar el contacto de su maltrecho trasero con la cama.

Para pollas de aquel grosor, la técnica adecuada era la succión del capullo, mientras una mano removía cadenciosamente los huevos en su peludo saquito y la otra comprimía con ritmo el voluminoso tallo del pene. La triple estimulación hizo pronto mella en el ánimo de Abdullah, que empezó a gruñir de gusto y a asir la cabeza de la cautiva con pasión.

Tras cinco minutos de jugueteos, el tipo se lanzó a fondo y doña Flor tuvo que dilatar las mandíbulas hasta dislocarlas para dejar entrar la gruesa berenjena hasta el fondo de su boca. Intuyendo la culminación, colocó la lengua bajo el glande, presionándolo contra el paladar. Aquello retraso y enlenteció la eyaculación y evito que los chorros de esperma entraran a su garganta con demasiado ímpetu provocándole arcadas.

Era una pasta salada y un poco amarga, densa pero fácil de deglutir, lo que hizo ella sin rechistar para mayor alegría del malandrín que se echó atrás extrayendo el pene ya blando de la boca. Había sido la mejor mamada de su vida.

Deseoso de más placeres y olvidando un poco el objetivo punitivo de la visita, Abdullah manifestó su deseo de darse una ducha caliente. Cuando entro al cuarto de aseo personal de doña Flor y vio la enorme bañera de hidromasaje, su cara se iluminó. Ordenó a la prisionera que le acompañara para prepararle un baño de sales y aceites aromáticos. Ella se encargaría de enjabonarlo, dijo el muy cabrón.

El amigo Mohammed había empezado a dar vueltas por la habitación hacía rato, para no mirar cómo disfrutaba su colega de los favores orales de la víctima. Buscó otras pruebas de las desviaciones de la dueña de la casa y las encontró a docenas: Dildos, cadenas, esposas, bolas chinas, mordazas y un sinfín de objetos cuyo uso ni siquiera podía imaginar ocupaban cajones y cajones del mobiliario. No comprendía que Abdullah le hubiera hecho parar la flagelación tan pronto para divertirse con la prisionera. Entró en el baño y se quedó a cuadros al ver al otro repantigado en la bañera mientras la mujer, ya sin camisón, se esmeraba en pasarle la esponja por la barriga y los muslos.

No pudo menos que apreciar lo bien conservada que estaba doña Flor. Era mayor que su madre y tenía aún dos buenas tetas, grandes y algo caídas, pero bien formadas. El vientre era abultado sin exageraciones y conservaba un talle marcado que la hacía atractiva en extremo.

Se acercó hablando en árabe al relajado Abdullah. Había que seguir con la penitencia y parar de regodearse. Abdullah le dijo algo que le pareció complacer. Se quitó la ropa y entró en la bañera decidido. Doña Flor lo miró sin comprender. Por un instante vislumbró una polla larga y delgada, sin ninguna erección y con el capullo medio cubierto por un prepucio muy sexy. Los testículos colgaban detrás en una bolsa grande y de color oscuro. El chico se tapó con las manos, un poco cortado por la proximidad de la mujer. Abdullah le ordenó que enjabonara al recién llegado y ella obedeció sin titubear. Como el hombre estaba aún de pie, se arrodillo ante él y le frotó las piernas, los muslos y las nalgas. Al final deslizó las dos manos por encima del largo pene, que reaccionó de inmediato. Lo aprisionó con dulzura y empezó a masturbarlo con gran pericia. Pronto pudo observar cómo aquella especie de zanahoria se erguía y apuntaba a su cara como un dedo acusador. No había engordado mucho pero era aún más larga que antes. Podía abarcarla con las dos manos y aún sobresalía el glande tembloroso por el extremo.

El peludo tomó la palabra para anunciar su sentencia. La señora iba a ser sodomizada allí mismo, lo que le serviría de lección a ella y de esparcimiento al joven ofendido. Fue a protestar doña Flor pero ya la había cogido del pelo Abdullah  que la atraía hacia sí para colocarla de rodillas con la cara sobre su pilosa panza y las manos bien sujetas, mientras con los pies le levantaba las caderas para dejar su culo expuesto al nuevo tormento decretado.

El chico no era muy habilidoso en aquellos menesteres y su amigo tuvo que ir aleccionándolo sobre la marcha. Le hizo enjabonar bien el culo, luego echar un chorro de gel en el ano y empezar a abrir camino con el dedo índice, luego el pulgar, finalmente el índice y el medio abriendo el esfínter. La mujer empezó a lloriquear y gemir alternativamente, más para contentarles que por el dolor que le producía, que era bien soportable.

Al cabo de unos minutos, Mohammed se aventuró con su capullo bien enjabonado, a penetrarla. Entró muy bien por la delgadez del miembro y provocó un escalofrío por su longitud enorme en la empalada. Siguiendo instrucciones de su guía, el empalador empezó a meter y sacar lentamente el largo rabo del agujerito que ya se había dilatado lo suyo haciendo que los gemidos fueran cada vez más intensos, aunque la causa no era ya el dolor precisamente.

Para acabarla de arreglar, la ovalada polla de Abdullah empezó a reaccionar positivamente a la fricción de los pechos jabonosos, que la comprimían deliciosamente, y el amo del instrumento comenzó a mecerse arriba y abajo soltando las manos que aprisionaba. Doña Flor no pensaba ya en liberarse, sino en proporcionarse un buen frotamiento entre los muslos para complementar convenientemente aquellos estímulos tan fuertes que estaba recibiendo por delante y por detrás.

Mohammed se había olvidado ya del látigo y de la ofensa. Nunca había invadido culo ajeno y aquella primera vez le estaba cambiando la forma de ver el mundo. El palo de carne entraba y salía lánguido, haciendo sobresalir una carne rosada delas entrañas de la mujer cada vez que la sacaba. La presión abarcaba toda la extensión del pene, de la punta a la raíz y los huevos chocaban con los labios mayores y recibían alguna caricia de propina de los dedos libres de la señora. Aceleró el ritmo, a ver qué pasaba, y sintió como si un poderoso desatascador le estuviera succionando los testículos y la próstata, extrayendo toda la porquería acumulada hacía semanas allí dentro y depurando su mente y sus genitales a la vez.

Más que correrse, se disolvió, se electrocutó, se partió en pedazos y quedó inerme sobre su víctima que aún convulsionaba, con una polla hundida en su intestino grueso y otra erupcionando entre sus tetas aparatosamente.

Más de diez minutos tardaron los tres en reaccionar. Había sido un polvo glorioso. Los dos hombres yacían exhaustos boca arriba dejándose flotar y la mujer hacía lo propio en medio de sus captores.

“¿Qué?¿Te corriste ya?”

“Si, si. Ya está. Nunca me excito con las violaciones o los tormentos, pero éste me ha gustado, la verdad”

“Bueno era muy light. Para señoras en realidad. Podíamos mudarnos a SADOMASO o NO CONSENTIDO

“¿Mudarnos? ¿Mudarnos de dónde?”

“De la sección de SEXO VIRTUAL. Es de las menos concurridas.”

“No entiendo lo que dices. ¿Estamos en una sección de dónde o de qué?

“No quiero disgustarte. Te lo explico al final del capítulo, ¿de acuerdo?”

“No sé por qué me habría de disgustar. Venga sigue a ver si me haces venirme otra vez”

“Abdullah, siempre liderando las operaciones, propuso trasladar la juerga al piso de abajo, ya que empezaba a tener hambre. Envueltos ellos en toallas y vistiendo la dueña de la casa un precioso albornoz rosa corto con bolsillos y cinturón a juego, descendieron majestuosamente la escalera.

Se instalaron en la cocina para vigilar a la cocinera, no fuera a tener alguna tentación de huir o pedir ayuda. El menú fue ligero: Ensalada de bolsa con salmón ahumado y queso de cabra y pollo al horno recalentado. Pidieron cervezas para beber, no eran religiosos estrictos, y comieron con buen apetito. Ella no les acompañó ya que no fue invitada, pero además estaba tramando un plan y eligió el momento justo para ponerlo en marcha en su primera fase.

Llevándose las manos al vientre, doña Flor puso cara de angustia y dolor y comenzó a correr hacia el baño. Mohammed salió tras ella. Anunció la señora que debía ir al wáter sin tardanza o les iba a estropear la comida. Abdullah se echó a reír comentando que aquellos eran los efectos del “supositorio” que su amigo le había administrado en el baño, pero éste no se fiaba, así que la siguió hasta el pequeño retrete contiguo al salón comedor.

Entró ella con grandes aspavientos que disuadieron al otro de acompañarla. Entorno la puerta y permaneció al lado de ésta escuchando. La mujer empezó a emitir sonoras pedorretas, pero no por el ano, sino por la boca, ya que todo era una estratagema. Sin parar de pedorrear y estirando la cadena, doña Flor rebuscó en su botiquín. Allí estaba el potente somnífero que le habían prescrito hacía meses y del que sólo tomo dos comprimidos. Y en el estante de arriba, la botellita de suero fisiológico. Fingiendo grandes entuertos con la voz entrecortada, empezó a machacar pastillas entre los dedos y a verterlas en el frasco. Cuatro, seis, diez pastillas…

Mohammed abrió la puerta de golpe y se encontró a la supuesta enferma completamente desnuda retorciéndose en la taza como si hubiera evacuado litros y litros de insalubres deshechos. Le ordeno limpiarse bien pero no se quedó a verificarlo.

Salió la mujer con el albornoz en la mano, desnuda cual lechoncilla y apretando los muslos ostentosamente, no para evitar que se le escapara algún aire fétido, sino para sujetar la botellita que ocultaba en su vagina.

De vuelta a la cocina bajo la vigilancia de Mohammed, doña Flor se puso el albornoz de nuevo y ofreció algunos postres a elegir: Fruta del tiempo, flan o trufas heladas. Éstas últimas fueron las escogidas y, como quien no quiere la cosa, sacó del refrigerador una llamativa botella de champaña francés de la mejor calidad.

Lo sirvió en dos copas altas que tenía en la repisa y los dos magrebíes paladearon con placer la deliciosa bebida. Devolvió la botella abierta a la nevera con la excusa de que no se calentara, pero aprovechó el momento de la inclinación para expulsar de su interior el frasquito de  narcótico que fue a parar a su mano y al interior de la botella en menos de un segundo. La posición de la puerta favoreció a la audaz señora.

Los dos hombres habían bajado la guardia ostensiblemente. Comieron trufas y pidieron más champaña, que doña Flor se apresuró a servir.

Abdullah sintió renacer el deseo, era una máquina el tío, y dispuso que subirían todos a gozar de una reparadora siesta, previamente a la cual, procederían a follarse por turnos del modo tradicional a la sumisa cautiva, a la que luego atarían a conciencia para que les dejara dormir tranquilos una horita antes de marcharse con algunas joyas, dinero y otros recuerdos.

El plan empezó como estaba previsto. Se tumbó en la cama la pobre Flor, con las piernas abiertas y la almejita bien a punto. El gordete se lanzó en picado al tercer asalto. Entró fácil, aunque su aparato estaba a medio empalmar ya que la abertura era amplia y estaba ya algo húmeda. La mujer miró de reojo a Mohammed, que se había tumbado a mirar y ahora tenía los ojos cerrados y carita de ángel que nunca ha roto un plato.

El otro se esforzó lo suyo, pero no acababa de ponerse duro el pepino y le estaba entrando sueño. Murmuró una orden a su compinche.” No olvides atar a la tía…” y se quedó dormido con uno de los grandes y rosados pezones de la mujer entre los labios.

Doña Flor espero cinco minutos a que los dos roncaran como ceporros, se sacó la flácida polla de la vagina y se puso en pie. Se puso unas bragas de algodón y un sujetador cómodo y luego se fue visiendo con calma. Fue dejando sobre la cama todo un pequeño arsenal de objetos que antes había tirado Mohammed por el suelo y salió dos minutos al jardín a buscar un grueso rollo de cuerda de tender la ropa y una enorme podadora.

“Ostras tú. Para el carro. No me gusta lo que estas preparando. Si no cambias de tema lo dejamos. Ya te has pasado tres pueblos con eso de los azotes y la violación”

“Pero ¿te has corrido a gusto o no?”

“Si, pero saltándome las cosas más fuertes. Lo de la bañera me ha gustado, pero, ¿porqué lo has hecho tan violento?. Eso explicado con tres amigos me gusta mucho más que así”

“Pero queda muy soso. Iría en la sección ORGIAS”

“A ver. Explica eso de las secciones que me tienes intrigada.”

“ Es un poco largo. Y no te va a gustar mucho, pero has de saberlo al final, así que… Allá va. Esto no es la vida real. Es una sección de una web que se llama TODORELATOS. Nuestra historia pasa en esa sección de la web. Es un relato que aparece por capítulos. La gente lo lee, si les excita se tocan y se masturban o se animan antes de echar un polvo..”

“Me dijiste que escribías sólo para mí. ¿Ahora resulta que esto lo lee todo dios?”

“No. A ver. Tu eres la única lectora entre los personajes de la historia. La única que la lee, pero hay ya más de mil personas que han leído la historia completa. Lo que escribo para ti  más lo que nos escribimos tú y yo. Y saben cómo eres, que tienes los pies bonitos, que las prótesis del pecho se han descolgado pero no quieres operarte ya porque te ves mayor…”

“Cabronazo!!. Eres un hijo de puta! ¿Quién eres en realidad?. ¿Me conoces, verdad? ¿Eres Joaquín, el de la ferretería, o Paco el del bar? “

“No, no Engracia. Es más sencillo todo. Te conozco porque te he creado yo. Eres un personaje. Un ente de ficción, que dijo Unamuno.”

“¿Qué coño me vienes diciendo ahora, capullo?¿Unamuno? ¿Un ente? Tú sí que eres un ente, un ente sin vergüenza y con la mente podrida”

“Sabía que te lo tomarías mal. Claro, no tiene mérito que lo supiera porque tú haces todo lo que yo quiero. Lo escribo y tú lo haces. Ya está”

“Pues a ver si esto lo has escrito. Apago el ordenador y a tomar por culo. Vas a gastarle bromas a tu puta madre.”

Engracia tecleó rabiosa el mouse una y otra vez, pero la pantalla parecía bloqueada. No se produjo ninguna variación. Con desespero estiró del cable de la corriente y abrió unos ojos como platos cuando la imagen no se desvaneció. Al contrario, nuevas frases aparecieron en el prompt.

“¿Lo ves?¿ Yo he creado tu persona, tu casa, tu ordenador. Eres literalmente una mujer objeto. Me perteneces. Toda tu vida me pertenece.”

La pobre Engracia estaba tan aterrorizada que no podía escribir. Intento levantarse y salir del cuarto. Abrió la puerta y una intensa negrura, un vacío absoluto le dio la bienvenida. Lanzó un grito terrible y cerró de golpe. Era cierto. Ahora que lo pensaba, no recordaba nada de su pasado más remoto. No podía visualizar con la mente su casa, su familia, su pasado. Sólo recordaba un cuarto de baño, la sala, el ordenador, sus dedos entre las piernas, un consolador,.. No había nada más. Volvió delante de la pantalla y escribió:.

“¿Cómo es que recuerdo a Paco y a Joaquín, pero no recuerdo nada más?”

“Era un recuerdo necesario para que tus frases tuvieran sentido. El resto no existe…aún. Puedo inventarlo poco a poco si tú quieres.”

“No puedo creer todo lo que dices. Es una fantasía, un sueño. Ostras! Ya  sé qué piasa! Estoy dormida. Estoy soñando y éste es un sueño estúpido pero muy real. Me voy a despertar ahora mismo y entonces recordaré todo”

“Es un recurso. Pensar que sueñas en lugar de vivir. En tu caso, creer que sueñas para olvidar que no existes, que no vives en realidad. Que eres sólo una fantasía mía. Esto le hubiera encantado a Calderón de la Barca”

“Te crees muy listo, pesadilla en forma de capullo internauta. ¿No se te ocurre que tú debes ser también una creación de alguien aún más desgraciado y retorcido que tú?”

“Vaya. Eso sí que es interesante. Hay unos sonetos de Borges que lo plantean así mismo. Busca en google los sonetos del ajedrez de Borges y verás”

“¡Me importan una mierda los sonetos! Eres un pedante, un creído y sólo eres un payaso que vive en mi sueño. ¿Te enteras? Es al revés. Tú existes porque yo te estoy soñando. Y para que lo sepas, no soy tan inculta. Sé quién era Calderón y también ese Borges, que dibujaba esos tíos tan feos con la narizota en los diarios.”

“Eres genial, Engracia. Un personaje redondo”

 “ Y si me has creado tú como dices, ¿por qué soy tan mayor?¿Por qué tengo estas tetas deformadas y las arrugas y las varices y …”

“ No quería fastidiarte, no creas. No soy un sádico. Pero yo soy ya mayor como tú, gordito, con poca gracia para las mujeres, tímido. No he engañado nunca a mi esposa, imagina”

“ Y eso ¿qué tiene que ver?”

“Pues mucho tiene que ver. No quiero sentirme inferior a mi creación. Quiero que seas una mujer sin mucho atractivo, solitaria, sin hombres que la deseen y la cortejen”

“Oye. No quiero decir que me crea nada de lo que cuentas. Esto es un sueño.  Pero, sólo por si acaso. ¿Si tú te lo propones, si lo ordenas o lo escribes, yo podría ser joven y atractiva?. ¿Podría tener aventuras, disfrutar de verdad, aunque sea en tu cuento?”

“Bueno, tú tienes la suerte de que puedes vivir esta fantasía mía como algo real. Yo sé que es todo una invención, una fábula”

“Contesta a la pregunta. ¿Puedes o no cambiarme?”

“Claro que sí, pero ¿Estás segura de que eso te va a gustar? Ahora te has acostumbrado a ser como eres. Igual no te gusta”

“Bueno lo voy a probar. Total es un sueño”

“Adelante entonces. Voy a empezar. Relájate y observa. Cuando acabe, te aviso”

Engracia se relajó un poco. Esperaba que pasara algo sutil, algún pequeño y progresivo cambio. Por eso se alarmó tanto cuando notó que el pecho se le hinchaba como si alguien estuviera bombeando aire en sus tetas. Los pezones, ahora tiesos y duros se marcaban a través de la seda del camisón. Sintió crecer sus extremidades, a lo largo y a lo ancho, como si tuviera una reacción alérgica. Su pelo también crecía. Vio una mecha rubia caer sobre sus ojos y sintió el cosquilleo de la melena que ahora se desparramaba sobre sus hombros desnudos. De pronto, una sensación extraña entre las ingles, como de miles de hormigas correteando arriba y abajo la invadió. Se levantó el camisón y llegó a tiempo de ver, con estupor, que una mata de pelo cobrizo estaba invadiendo su pubis, algunos pelillos emergían hasta casi alcanzar el ombligo y otros bajaban entre los muslos. Era una selva espesa y misteriosa. Más abajo, las piernas le picaban cada vez más. La juventud volvía a su cuerpo haciendo brotar en sus muslos y pantorrillas un vello dorado pero abundante. Sus axilas también le picaban. Se las palpó y las tocó hirsutas, con un vellocino espeso.

Corrió hasta el baño quitándose el camisón apresuradamente. El espejo le informó de los cambios en toda su extensión. Era diez centímetros más alta, ya que ahora el reflejo de su cabeza se salía por arriba del marco. Sus ojos eran grandes y verdes y su pelo, muy abundante, era rubio oscuro, casi castaño con reflejos rojizos. Y¡ vaya boca! . Aquello no tenía nada que ver con los morros colagénicos de sus amigas. Eran unos labios grandes, sensuales y muy carnosos. Sus senos ya no colgaban. Crecían hacia delante agresivos, casi insultantes. Parecían unos pechos operados,, pero al tocarlos la sensación era de autenticidad absoluta.

Era una super-hembra, aunque muy peluda, pudo constatar. Se dispuso a depilarse los sobacos, ya que le parecía inadmisible ir así aunque nadie la pudiera ver. Entonces recordó que seguía en línea conmigo.

“Oye, Anejo. ¿Me lees?”

“Claro que sí, Engracia. ¿Te gustan los cambios?”

“Bueno, sí. Me encantan. Voy a depilarme y luego nos escribimos, ¿quieres?”

“No. No. Te voy a dejar ya. Nos hablamos la semana que viene. He pensado que ahora, con ese cuerpazo podrías tener unas aventuras geniales y contármelas. ¿Te gustaría?”

“No escribo muy bien, pero puedo intentarlo. ¿Tú seguirás con tu cuento?”

“Sí, si. Espera. Tengo una idea. Haré que tú te incorpores al cuento. Hablaremos de la misma historia pero desde puntos de vista diferentes. ¿Te parece bien?”

“Me parece bien. ¿Puedes cambiarme el nombre? Es que eso de Engracia no le pega mucho al cuerpo serrano que me has puesto.”

“¿Te gusta Grace? Pronunciado “Greis” desde luego”

“No está mal. Y ¿ Cómo vas a incorporarme al cuento?”

“No lo sé todavía. Mira. Vamos a dejar que los lectores me ayuden. ¿Cómo puede seguir esta historia? Enviad propuestas a anejo1960@gmail.com

“Sigues con la tontería esa de que esto es una web de relatos. Es un sueño, Anejo. Verás como nadie te escribe. En mi sueño no vivo en ninguna web. En mi sueño chateo con un internauta guapísimo y sexi que se muere por irse a la cama conmigo. Y es lo que va a pasar al final, ya lo verás”


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